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viernes, 17 de junio de 2016

El Sagrado Corazón de Jesús y nuestro corazón

Durante este mes de junio nos llama nuevamente a nosotros: ¡Mirad cómo os he amado! ¡Sólo os pido una cosa: que correspondáis a mi amor!

Todo este mes de junio está dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. Por eso vamos a meditar, sobre el significado y la actualidad de la devoción al Corazón de Jesús.

Este culto se basa en el pedido del mismo Jesucristo en sus apariciones a Santa Margarita María de Alacoque. Él se mostró a ella y señalando, con el dedo, el corazón, dijo: “Mira este corazón que tanto ha amado a los hombres y a cambio no recibe de ellos más que ultrajes y desprecio. Tú, al menos ámame”. Esta revelación sucedió en la segunda mitad del siglo diecisiete.

Hoy en día, tenemos que preguntarnos: ¿es popular entre los jóvenes esta devoción? ¿La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es de interés palpitante para nuestro tiempo actual?

Cuando hablamos del Corazón de Jesús, importa menos el órgano que su significado. Y sabemos que el corazón es símbolo del amor, del afecto, del cariño. Y el corazón de Jesús significa amor en su máximo grado; significa amor hecho obras; significa impulso generoso a la donación de sí mismo hasta la muerte.

Cuando Cristo mostró su propio corazón, no hizo más que llamar nuestra atención distraída sobre lo que el cristianismo tiene de más profundo y original; el amor de Dios. También durante este mes nos llama nuevemente a nosotros: ¡Mirad cómo os he amado! ¡Sólo os pido una cosa: que correspondáis a mi amor!

Nuestra respuesta del amor, en general, no es muy adecuada a su llamada. Porque sufrimos una grave y crónica afección cardíaca, que parece propia de nuestro tiempo: está disminuyendo e incluso muriendo el amor; el corazón se enfría y ya no es capaz de amar ni de sentirse amado.

Es una característica de los últimos tiempos - como nos indica la Santa Escritura – de que se “enfriará la caridad de muchos” (Mt 24,12).

¿Quién de nosotros no sufre bajo esta enfermedad del tiempo actual? ¿Quién de nosotros no sufre bajo esta falta de amor desinteresado hacia Dios y hacia los demás? ¿Quién de nosotros no se siente cautivo de su propio egoísmo, el cual es el enemigo mortal de cada amor auténtico? ¿Y quién de nosotros no experimenta, día a día, que no es amado verdaderamente por los que lo rodean?

Cuántas veces nuestro amor es fragmentario, defectuoso, impersonal, porque no encierra la personalidad total del otro. Amamos algo en el otro, tal vez un rasgo característico, tal vez un atributo exterior (- su lindo rostro, su peinado, sus movimientos graciosos -) pero no amamos la persona como tal, con todas sus propiedades, con todas sus riquezas y también con todas sus fragilidades.

Tampoco amamos a Dios tal como Él lo espera: "con todo nuestro corazón. Con toda nuestra alma. Con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas" (Mc 12,30).

He aquí, pues, el sentido y la actualidad de nuestra devoción al Sagrado Corazón de Jesús. A este tan enfermo corazón moderno contraponemos el corazón de Jesús, movido de un amor palpable y desbordante. Y le pedimos que una nuestro corazón con el suyo, que lo asemeje al suyo. Le pedimos un intercambio, un transplante de nuestro pobre corazón, reemplazándolo por el suyo, lleno de riqueza.

¡Que tome de nosotros ese egoísmo tan penetrante, que reseca nuestro corazón y deja inútil e infecunda nuestra vida! ¡Que encienda en nuestro corazón el fuego del amor, que hace auténtica y grande nuestra existencia humana!

Debiéramos juntarnos también con la Santísima Virgen María. Ella tiene tan grande el corazón que puede ser Madre de toda la humanidad. ¡Que, con cariñoso corazón maternal, ella nos conduzca en nuestros esfuerzos hacia un amor de verdad, sin egoísmo y sin límites!

¡Qué así sea!

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

escrito por el Padre Nicolás Schwizer 
(fuente: catholic.net)

lunes, 13 de junio de 2016

Señor.... ¿qué quieres que haga?

Tenemos que aprender cada vez más, -leer- la voluntad de Dios.

Algunos santos tienen el privilegio de tener al Señor como interlocutor directo. Sí, ¡hablan con Dios! Un caso particular es "el mínimo y dulce" Francisco de Asís, que, nos cuenta su historia, dialogaba con una imagen de Cristo crucificado, en el templo de San Damián.

La Iglesia medieval de sus tiempos estaba controlada, jerárquicamente y en buena medida, por los poderosos, quienes enviaban a sus hijos no-primogénitos, es decir no herederos del poder terrenal, a incorporarse al clero. Tenían suficiente poder de influencia para conseguir que cargos eclesiásticos importantes quedaran en sus manos. Ello creaba muchos problemas a la Iglesia para cumplir su misión, y sufría grandes peligros.

Así, nos cuenta la historia, en algún momento Jesús dijo a Francisco de Asís. "Francisco ¡repara mi Iglesia!". ¿Qué podía hacer un sencillo monje como Francisco, en un pequeño pueblo de Italia, para sacudir a la Iglesia que Jesús fundó y hacerla reaccionar? Pero pudo hacerlo, Cristo le encargó que actuara humanamente, pero con el poder divino tras él.

¡Que encargo! Nosotros, los "simples mortales" de este siglo, podemos también pensar que, como los profetas y muchos santos, vinimos a este mundo para llevar a cabo alguna misión especial de Dios. A veces, toda una vida se concreta en un solo hecho o un pequeño periodo de tiempo, en que hicieron lo que Dios les había destinado hacer.

Así, pensando en que debemos obedecer al Señor y cumplir nuestra misión en el mundo, la que sea, pequeña o grande, humanamente trascendente o conocida solamente en el ámbito de Dios, podemos pensar ¿no sería bueno que el Señor me dijera qué es lo que espera de mi?

Podemos entonces ponernos frente a un crucifico, o hasta frente a un sagrario, en donde, bajo la especie de pan, está verdaderamente Cristo resucitado, y preguntarle: "Señor ¿qué quieres que haga por ti y mis hermanos los hombres?"

Qué bueno sería, pero lo más probable es que el Señor no nos lo diga de viva voz, como a Francisco de Asís. Ni siquiera como mensaje digamos "telepático". Sin embargo, el Señor tiene maneras de presentarnos su expectativa de vida para nosotros, sin usar palabras. A veces su manera de pedírnoslo, es un entusiasmo "espontáneo" que "nos nace", de hacer alguna cosa por Cristo y los hombres.

Hay por supuesto ocasiones en que podemos escuchar, como dijimos "telepáticamente", en nuestra mente, la voz de Dios, que nos dice qué desea de nosotros en algún momento, o nos dé una señal indiscutible de la vocación, el llamado que hace de nuestras vidas.

Pero, para efectos prácticos, para la vida diaria y normal del "ciudadano de a pie", el Señor no nos dirá directamente lo que espera que hagamos por Él. Más bien pondrá frente a nuestros ojos, los físicos y los del alma, situaciones que aparezcan como "oportunidades" especiales para hacer el bien.

Algo sí podemos esperar; de alguna forma, en una situación particular, vía nuestra conciencia, Dios nos hará ver lo que desea que hagamos. Casi siempre se tratará de hacer algo, de no quedarnos impasibles ante alguna necesidad de otros, próximos o desconocidos, ajenos a nosotros, o ante los ataques contra la fe.

Esas "oportunidades" pueden ser casos como ver la necesidad de un buen consejo, que esté a nuestro alcance; una limosna que dar, tender una mano, dar una sonrisa, una alegría al entristecido. Puede ser combatir un desastre natural, para salvar vidas y bienes. Abogar por el inocente de la acusación injusta; defender la vida como derecho humano primigenio. Difundir su doctrina o de alguna forma predicar su palabra. Se trata quizá de orar, para que Él intervenga.

Yendo más lejos, en un momento de crisis, vemos que la "oportunidad" es salvar a otro de grave peligro, arriesgando nuestra vida en el intento. Puede ser que toda nuestra vida nos lleve a tener que ofrecerla, en martirio, por la fe de Cristo.

Pero la mayor parte de las veces no será la petición extrema de la vida. La santidad, es decir el seguir los dictados del Señor, es una suma de pequeñas acciones. Al repasar la trayectoria de los santos, vemos que las grandes obras son sólo momentos en una vida sencilla de hacer cuanto pudieron por los demás.

¿Cuántos milagros hizo en la India la Madre Teresa de Calcuta? Nunca, que se sepa, un enfermo tocado por su pequeña mano en nombre de Dios recuperó instantáneamente la salud y se levantó del lecho gritando ¡milagro, estoy curado! No, su vida fue una constante de ayudas al alcance de los recursos que Dios puso en sus manos, por los más pobres y desvalidos, por los "intocables" de la India.

Pero a Teresa de Calcuta, este mundo moderno -cristiano o no-, la calificó como "santa en vida", una santa "moderna". Esa suma de hechos diarios por los demás, se convirtió en fuente de gracia para que muchas mujeres siguieran su ejemplo como religiosas dedicadas a la caridad asistencial, y mucha gente ayudara también a esos intocables de la India y a pobres de diversas partes del mundo.

Entonces, si nos decidimos a preguntar directamente al Señor, en un afán de entrega, en una búsqueda de nuestra misión terrena muy personal, y le decimos: ¿Señor, qué quieres de mí, qué deseas que haga por ti? siempre, de alguna manera, poniéndonos enfrente la necesidad de hacer algo por los demás y hasta por un mensaje directo, lo sabremos ¡abramos ojos y oídos!

Para ello, tenemos que aprender cada vez más, a "leer" la voluntad de Dios, nuestro encargo, en los avatares de la vida diaria. En algún momento, sabremos a ciencia cierta que Dios quiere algo de nosotros ¡nos habrá respondido! y sólo queda entonces nuestra voluntad de cumplir lo que desea.

escrito por Salvador I. Reding Vidaña 
(fuente: catholic.net)

sábado, 11 de junio de 2016

Quince regalos que recibimos en el día de nuestro Bautismo

Recuerda con alegría tu fecha de bautismo y agradece abundantemente a Dios por todo lo que se te regaló con este maravilloso sacramento.

Te presento un breve recordatorio enumerado, de todas las Gracias que han fluido en ti y te han sido entregadas desde el día de tu bautismo. Contiene también caminos prácticos que pueden activar todas estas Gracias.

Recuerda tu fecha de bautismo y agradece abundantemente a Dios por todo esto que se te ha regalado:

1.- Ser Hijo de Dios Padre.
Reza el Padrenuestro pensando en su profundo significado. Reconócete con este parentesco. A través del bautismo tú eres un verdadero hijo de Dios.

2.- Ser hermano de Jesucristo.
Conoce, ama y sigue a Jesús todo el tiempo. ¿Cuál “nombre” con los que se le ha llamado a Jesús, te atrae más?

3.- Ser amigo del Espíritu Santo.
Él es tu más íntimo y constante amigo. ¿Cuál nombre que se le ha dado, te atrae más?

4.- La Fe.
Haz crecer tu fe estudiando aún más. Ten sed de conocer tu fe, cada vez más y más.

5.- La Esperanza.
En este año de la Divina Misericordia, lee el diario de Santa Faustina y ¡Confía en Dios! Durante las pruebas, cree en Dios aún más. Di: “JESÚS, EN TI CONFÍO”

6.- La Caridad.
Esfuérzate por amar a Dios desde una oración más profunda, pero a la vez, a través del amor a tu prójimo. Contempla a Jesús colgado en la Cruz por amor a ti y por amor a mí.

7.- La Justicia.
Aprende a ser justo contigo mismo y con los demás. Según Santo Tomás de Aquino “La justicia es dar a cada uno su parte”.

8.- La Templanza.
Ofrece a tu cuerpo una alimentación correcta, el necesario descanso y el ejercicio adecuado. Aprende que la virtud descansa entre estos dos extremos (Aquino y Aristóteles)

9.- La Prudencia.
Aprende y aplica los tres pasos para realizar una obra o tomar una decisión con cautela: 1) Piensa, 2) Decide y 3) Actúa. Permite que esta virtud se perfeccione a través del Don del Consejo. Ora por el gran poder de tomar buenas decisiones basadas en la fe y en la razón. Lee la encíclica “Fides Ratio” (La Fe y la Razón) de San Juan Pablo II.

10.- La Fortaleza.
Soporta pacientemente las cosas malas que Dios permite entrar en tu vida en imitación a Cristo, por tu propia perfección, así como por la salvación de las almas. Pide la intercesión de los mártires, ellos son brillantes ejemplos de la paciencia en el sufrimiento.

11.- La Gracia Santificante.
¡Permite que la Gracia de Dios permee toda tu vida! Pídelo a la “Llena de Gracia”, Nuestra Señora. Ábrete a las inspiraciones celestiales de Dios.

12.- Te hace miembro de la Iglesia.
En este momento estás unido al cuerpo místico de Cristo. Diles a los demás que amar a Cristo es amar a la Iglesia, que es su cuerpo místico.

13.- El Exorcismo.
Renuncia a Satanás y a todas sus obras en todo momento. Ora a San Miguel, San José y también a San Benito.

14.- Ser una vela ardiente.
Sé una luz para el mundo, esto significa dar un buen ejemplo. El lema del Movimiento Cristiano: "Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad".

15.- El Cielo.
Reconoce que a través del bautismo estás llamado a ser seguidor de Cristo, lo que significa llegar a ser un santo. El final del viaje de todos los santos es el cielo. Alégrate que tu nombre se encuentra escrito en el cielo, en el Libro de la Vida. Vive entonces de acuerdo con esta dignidad. ¡Conviértete en un santo!

Adaptación y traducción al español por Rafael Ruiz, 
para PildorasdeFe.net
artículo publicado en: Catholic Exchange, autor: Padre Ed Broom, OMV

viernes, 10 de junio de 2016

Las 12 promesas del Sagrado Corazón de Jesús y su poderoso significado

Jesús promete derramar abundantes bendiciones y con una generosidad verdadera a quien honre a Su Divino Corazón.

Santa María Margarita de Alacoque, en sus escritos, insiste una y otra vez en el deseo ardiente que tiene Jesús en derramar bendiciones con una generosidad verdadera a quien honre a Su Divino Corazón.

Estas promesas están dirigidas a todo tipo de personas: a las fervorosas, a las tibias y sobre todo a los pecadores. Abraza a todas las condiciones de vida: sacerdotes, religiosos y seglares. Prometen alivio a los afligidos, resistencia a la tentación, consuelo a los afligidos, paz a las familias, bendiciones en el hogar, el éxito en nuestras empresas, la misericordia al pecador, alta santidad a las almas fervorosas, valor para los corazones fríos. También prometen gran poder a los sacerdotes y consagrados para ablandar los corazones más endurecidos. Prometen fuerza y valor en nuestro lecho de muerte, y nos hablan del don inestimable de la perseverancia final y de un refugio en el Corazón de Jesús en el último momento de vida.

En las palabras brillantes de Santa Margarita María las promesas encierran el misterio del amor de Dios:

"Jesús me mostró cómo esta devoción es, por así decirlo, el esfuerzo final de su amor, el último invento de su caridad ilimitada"

A continuación, explicaremos una por una el significado de las 12 promesas que nuestro Señor dejó a los devotos de su Sagrado Corazón


1.- "Daré a las almas devotas, todas las gracias necesarias para su estado de vida".

Los deberes de nuestra vida diaria son numerosas y a menudo bastante difíciles. Dios nos concede, en respuesta a la oracióny la recepción frecuente de los sacramentos, todas las gracias necesarias para nuestro estado de vida. Hay también gracias extraordinarias que se encuentran fuera de la acción normal de la Providencia de Dios, gracias que Él da a sus amigos especiales. Estas son las gracias más eficaces, las más abundantemente dadas a los devotos del Sagrado Corazón.


2.- "Voy a establecer la paz en sus hogares".

"La paz es la tranquilidad del orden, la serenidad de la mente, con sencillez de corazón, es el vínculo de la caridad". (San Agustín) Fue la primera cosa que los ángeles desearon a los hombres en el nacimiento de Jesús. Nuestro Señor mismo ordenó a sus discípulos que dieran la paz: "En cualquier casa donde entréis, decid primero: ¡Paz a esta casa" (Lucas 10,5)

En el Corazón de Jesús se encuentra la verdadera paz, que hace que la casa sea su reflejo y el anticipo de nuestro hogar celestial


3.- "Voy a consolarlos en todas sus aflicciones"

El deseo de consolar a los tristes es la marca de un corazón noble y amable. El Sagrado Corazón es el más noble y generoso de los corazones, tanto humano como divino. ¿Cómo nos consuela? No necesariamente liberándonos de la tristeza y aflicción. Él conoce, el valor inmensurable de la cruz y por medio de ella, tenemos que expiar nuestros pecados. Por su gracia, Él hace lo que lo doloroso sea tolerable.

"Yo siempre les hablo con toda franqueza y tengo sobrados motivos para gloriarme de ustedes. Esto me llena de consuelo y me da una inmensa alegría en medio de todas las tribulaciones" (2 Cor. 7,4)


4.- "Voy a ser su refugio seguro en la vida, y sobre todo en la hora de la muerte".

"Uno de los soldados abrió el costado de Jesús con una lanza, y al instante salió sangre y agua." (Juan 19,34)

El costado de Cristo se abrió para demostrar que la Divina Providencia quiso que todos los hombres encontrasen en su Corazón Divino un refugio seguro contra los enemigos de nuestra salvación. En su Corazón podemos encontrar protección, fuerza en nuestra fragilidad, la perseverancia en nuestra inconstancia, refugio seguro en los peligros, fatigas de la vida y en la hora de la muerte.


5.- "Voy a conceder abundantes bendiciones sobre todo a sus empresas temporales y espirituales".

Dios es amor. Él está dispuesto a dar a sus hijos abundantes bendiciones temporales, siempre que no pongan en peligro nuestros intereses eternos. Su especial Providencia protege y vela por los devotos al Sagrado Corazón con gran amor y ternura. Sin embargo, no debemos desanimarnos si nuestras oraciones, pidiendo favores temporales, no son contestadas siempre, porque Dios siempre pone nuestro bien eterno antes de nuestro bien temporal.


6.- "Los pecadores encontrarán en Mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia"

La redención es el drama inmortal de la misericordia de Dios; y nuestro Divino Redentor es, por así decirlo, la Misericordia de Dios Encarnado. "…porque en Él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia" (Sal. 129,7)

En la tierra, el Corazón de Jesús estaba lleno de misericordia hacia todos. Ahora en su humanidad glorificada en el cielo, Jesús sigue mostrando Su misericordia sin límites, "viviendo siempre para interceder por nosotros." (Heb. 7,25)


7.- "Las almas tibias se harán fervorosas"

La tibieza es un estado moribundo y lánguido del alma que ha perdido su interés en la religión. El Espíritu Santo expresa disgusto profundo para un alma así:

"Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca." (Ap 3,15-16)

El único remedio para la tibieza es la devoción al Sagrado Corazón, que vino "a traer fuego sobre la tierra", es decir, para inspirar a los corazones fríos y tibios con un nuevo temor y el amor de Dios.


8.- "Las almas fervorosas alcanzarán mayor perfección".

La mayor perfección es la recompensa que Jesús otorga a los devotos fervientes de su Divino Corazón; esta devoción tiene, como su fruto especial, transformarnos en gran semejanza a Nuestro Señor. Esto enciende en nuestros corazones el fuego del amor divino, que, como dice San Pablo: "es el vínculo de la perfección." (Col 3,14)

A través de la devoción al amor del Sagrado Corazón, se dará paso a un celo ardiente por igualar nuestros intereses a los de Jesús


9.- "Bendeciré a cada lugar en el que se exponga y se venere una imagen de mi sagrado corazón".

Las imágenes religiosas son una poderosa y atractiva fuente de inspiración. El Sagrado Corazón es un libro abierto en el que podemos leer el infinito amor de Jesús hacia nosotros en su pasión y muerte. Nos muestra su Corazón, cortado y abierto por la lanza, todo resplandeciente como un horno ardiente de amor, cuyas llamas aparecerán brotando desde la parte superior. Está rodeado de espinas, el angustiante golpe de amor ignorado. Quizás esto siempre nos impulse a los actos de amor y de generosidad.


10.- "Daré a los sacerdotes y a todos aquellos que se ocupan de la salvación de las almas, el don de tocar los corazones más endurecidos".

La conversión de un pecador ocurre a veces por gracias extraordinarias. Dios nunca va a forzar a la libre voluntad de un ser humano. Pero Él puede otorgar gracias con las cuales impulsa al pecador a vencer la actitud rebelde que tienen las almas pecadoras más obstinadas. Esto, entonces, es lo que ocurre en el caso de los sacerdotes que están animados con gran devoción al Sagrado Corazón.


11.- "Los que propaguen esta devoción tendrán sus nombres escritos en Mi Corazón, y nunca serán borrados".

Esta promesa otorga a los promotores de la devoción al Sagrado Corazón una recompensa maravillosa: "tendrán sus nombres escritos en mi Corazón". Estas palabras implican una amistad fuerte y fiel de Cristo mismo, y nos presenta el "Libro de la Vida" de San Juan: "No voy a borrar su nombre del libro de la vida." (Ap 3,5)


12.- "A los que comulguen el primer viernes de cada mes, durante nueve meses consecutivos, le concederé la gracia de la perseverancia final".

Esta promesa contiene una gran recompensa, que es nada más y nada menos que el cielo eterno. "La perseverancia final es un don gratuito de la bondad de Dios, y no puede ser merecido como un derecho adquirido por cualquier acto individual que hagamos" (Concilio de Trento) Se da como la recompensa por una serie de actos continuos hasta el final: "El que persevere hasta el final se salvará" (Mat. 10,22)

Traducción al español, modificaciones y adaptación de PildorasdeFe.net 
del artículo del Padre Irenaeus Schoenherr, O.F.M 
publicado originalmente en Catholicharboroffaithandmorals.com

miércoles, 8 de junio de 2016

Irak, donde los cristianos no reniegan de la fe ni fingiendo

El testimonio del nuncio: aprendemos de ellos el valor del testimonio, no hacer algo sino "ser de Cristo".

En Irak “no conocemos ningún cristiano que se haya convertido al Islam, ni para fingir, por ejemplo para conservar la casa o el trabajo”. Lo cuenta el nuncio apostólico, monseñor Alberto Ortega. El arzobispo, de paso por Roma, celebró una misa en la Basílica de los Santos Apóstoles. El evangelio del día recordaba las duras palabras de Jesús: “Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna”.

El arzobispo comentó: “¿Cuál es el contenido de esta vida? ¿En qué consiste entrar en el Reino de Dios? ‘Son de Cristo’. Este es el contenido de la vida, la consistencia de nuestra vida: ser de Cristo, pertenecer a Él. Lo comprendieron muy bien los cristianos en Irak, que tuve la gracia de conocer y visitar a menudo, sobre todo aquellos que han sido perseguidos y han perdido todo para mantener esta amistad con el Señor, para mantener la fe”.

Cuando los militantes del Isis llegan hay tres posibilidades que se abren para quien no es musulmán: la conversión, pagar un impuesto, o irse y dejarlo todo. “Y todos, todos se fueron – subrayó monseñor Ortega -, no conocemos a ninguno que se haya convertido al Islam, ni fingiendo, por ejemplo para conservar la casa o el trabajo. Todos abandonaron todo y perdieron todo para afirmar la fe, para dar testimonio de la amistad con el Señor. Les agradecí este testimonio”.

Monseñor Ortega visitó los campos de refugiados en Kurdistán, donde las condiciones de vida, tras dos años, son aún muy precarias. “Toda una familia vive en una sola habitación, con los colchones por una lado, y por la noche los ponen en el suelo para dormir, y las paredes llenas de imágenes de Jesús, María y los santos”. Aquí monseñor Ortega pudo tocar con una mano la caridad de la Iglesia universal hacia sus hijos llamados a vivir esta persecución. Todo lo que tienen estas personas viene de la Iglesia”.

En Irak, el nuncio celebró la Navidad y la Pascua, y abrió una puerta santa de la misericordia. “Frente a una tragedia así sólo la misericordia puede dar respuesta – dijo -, un amor más grande que ha vencido al mal, que es más fuerte que el mal. Sólo la misericordia es la única verdadera respuesta a la situación del hombre, a la violencia, al cansancio, a las contradicciones. A ellos les digo: el Señor, por quien han perdido todo, es Aquel que les puede dar la fuerza también hoy, Aquel que los sostiene y puede conducirlos hasta el final de su vida, y los invito a permanecer cada vez más unidos al Señor y a apoyarse los unos en los otros”.

Ese es “el secreto de la vida”, en Irak como en Italia: “La amistad con el Señor, estar unido a Él, ‘buscarlo día y noche'”. De los cristianos iraquíes “aprendemos el valor del testimonio: nuestra contribución al mundo no consiste en hacer algo sino en ‘ser de Cristo'”. Y concluyó con un deseo, siempre con las palabras del evangelio: “Tengan sal en ustedes y tengan paz unos con otros”.

(fuente: aleteia.org)

viernes, 3 de junio de 2016

La misericordia del Sagrado Corazón

El lector de los escritos de San Juan Eudes no puede sino maravillarse ante la facilidad y la simplicidad con las cuales asocia a las sublimidades de la metafísica cristiana las de la humildad. Sus categorías se esclarecen y fortalecen recíprocamente. Por ejemplo ¿cómo no emocionarse con el pasaje siguiente:

“¿Oh Dios mío, que es el hombre para los ames tanto? ¿No sabes que la mayor parte de los hombres no hace caso de ti y que no tienen sino desprecio por gracias y que sólo te tributan ingratitudes y ultrajes? ¿Has olvidado, Señor mío, quién eres y cuál es la gloria infinita de tu divina Majestad que abates hasta el punto de dar tu corazón adorable a gusanos de tierra y a miserables pecadores que no son dignos ni del menor de tus pensamientos?

En la medida en que le cristiano cultive en sí mismo la conciencia de su indignidad respecto del amor con el que es gratuitamente amado, los mandamientos divinos le se le mostrarán como otras amorosas atenciones de su Creador respecto de sí. El peso de su obligación abre el paso a la dulzura de su ejecución:

“Dios ha querido mandarnos que lo amemos. ¡Oh cuánta bondad! ¡Oh cuánta gracia! Para comprenderla bien, habría que conocer la distancia infinita que hay entre Dios y el hombre, entre aquel que es el soberano bien y la fuente de todo bien, y aquel que es un abismo de males y de miseria.

Ciertamente si conocemos bien lo que es Dios y lo que somos, estaríamos extraordinariamente sorprendidos del mandamiento de amarlo que su divina Majestad nos hace, porque veríamos que nos haría uyn gran favor si nos permitiera pensar en él (…) Esto no es basta a la bondad infinita que tiene para nosotros; nos ordena que lo amemos como padre”.

Sobre el fondo del cuadro de la diferencia infinita entre creatura y Creador, la ética cesa de aparecer como una imposición extrínseca y e mandamiento divino, sin dejar de ser tal, se vuelve manifestación de misericordia. El Ser divino deja transparentar su misericordia no sólo cuando perdona, sino también cuando ordena ya la brinda. El lector del santo es conducido a entrever que su anterior insumisión a la orden divina tenía su raíz en una inconsciente y orgullosa voluntad de equiparar su pequeñez al infinito y al absoluto de la divinidad. Ciego, cerraba los ojos delante de las innumerables manifestaciones de la misericordia.

El mérito de Juan Eudes al mismo tiempo que su originalidad consiste a no aislar del conjunto del dogma, de la ética y del culto privado o público y sacramental la fe amante en la misericordia infinita del Corazón de Jesús. Manifiesta su presencia en todas las realidades, morales y espirituales. El universo eudista es un universo pan-misericordioso.

El discípulo de san Juan Eudes es invitado por él a reconocer la misericordia infinita del Corazón de jesús en todas las partes de este universo: no sólo en el cielo sino también sobre la tierra e incluso en el infierno. De ahí la impresión optimista que se desprende de sus escritos y que sin embargo en nada impide su alcance reparador.

escrito por Bertrand de Margerie S.J.
Traducido del francés por José Gálvez Krüger para ACI Prensa
(fuente: aciprensa.com)

El corazón de Jesús cura nuestras conciencias

Hemos tratado de captar el alcance del simbolismo del Corazón de Jesús. Podemos, pues, percibir mejor la función terapéutica del culto privado y público que se le rinde. En un tiempo de secularización y aún de secularismo(1), los bautizados, que se preocupan de adorar al Corazón de Jesús en armonía con la Iglesia, experimentan una curación intelectual y afectiva, despojándose de errores y desviaciones que constituyen muchos de los factores de perturbación psíquica. Curación tanto más acentuada cuanto perciben mejor la identidad entre el Corazón de Jesús, por un lado, y su conciencia psicológica y moral por le otro. Estamos, aquí, en la confluencia de muchas ramas (dogmática, sacramental, moral, ascética y mística) de la doctrina teológica.


El Corazón de Jesús cura nuestras conciencias

Cristo es el médico corporal y espiritual(2) que ilumina sin cesar las inteligencias atacadas por el Mentiroso, padre de la mentira (Jn 8, 44), príncipe de este mundo de tinieblas. La enfermedad intelectual más radical de nuestro tiempo es el ateísmo. El hombre “masificado” tentado de considerarse como un simple número en la sociedad industrial, desconoce fácilmente su origen y su finalidad divinas: el Amor creador de la Trinidad. Se hiere a sí mismo volviéndose indiferente, luego ateo, no sin terminar, algunas veces, en el ateísmo.

El orgullo ingrato favorecido por las deformaciones filosóficas desemboca en un “odio a Dios y a aquellos que lo representan legítimamente, la mayor de las faltas que pueden cometer los hombres creados a imagen y semejanza de Dios y destinados a gozar perpetuamente de su perfecta amistad en el cielo: separando en grado sumo al hombre del Bien supremo, ella lo conduce a apartar de él y de sus prójimos todo lo que viene de Dios, todo lo que une a Dios, todo lo que conduce a disfrutar del gozo de Dios, como lo recordaba Pío XII(3).

Una religión demasiado abstracta, demasiado separada del ejercicio de la sensibilidad y de la imaginación, favorece indirectamente el enrumbamiento hacia el ateísmo, frente al cual esta menos preparado para resistir con las fuerzas vivas de la persona. Por el contrario, el culto al Corazón de Jesús, favoreciendo la integración de la personalidad humana, ayuda a perseverar en el nexo que constituye la religión: actúa mediante imágenes sobre la imaginación y sobre la inteligencia incapaz de de pensar sin acompañamiento de imágenes. La imagen del Corazón de Jesús ayuda al espíritu a creer, resumiéndole el objeto de su fe (a saber: el amor salvífico del Creador por el ser humano), orientándolo hacia una deseable y bienaventurada eternidad de amor.

Se podría objetar: la fe en Dios ha existido, existe todavía sin ningún culto explícito al corazón atravesado ni a sus imágenes. Ciertamente, esto es verdad; pero es verdad, también, en los protestantes de buena fe, la perseverancia en la fe al Verbo encarnado e incluso a Dios Creador no es facilitada por el ejercicio de una religión cuya humanidad sensible se muestra ausente, y sobre todo, en los católicos, la ausencia de culto privado al Corazón del Redentor los priva, a menudo de una superabundancia de gracias actuales que inclinan a enraizar activamente en el misterio de Cristo y en la fidelidad a la Iglesia. El hombre es una unidad. Si se rehúsa a conceder a Dios el homenaje de su sensibilidad y de su imaginación, pone en peligro su crecimiento en la fe, la esperanza y la caridad; y aquel que no crece en esas virtudes está a punto de perderlas.

Lo que acabamos de decir muestre suficientemente el peligro que entraña, para la fe en la divinidad de Cristo, la ausencia de interés por el culto de su amor divino y trascendente, respecto del género humano. El culto bien entendido al Corazón de Jesús y que apunta, sobre todo (lo hemos largamente explicado) a su amor divino, preserva de las simplezas de una cristología horizontalista, de estilo “protestante liberal”. Poniendo el acento sobre la infalibilidad y la eternidad de la Persona de Cristo amante, ese culto nos libra del mito de un Cristo ignorante y errante favorecido por algunos modernistas; la Iglesia, en las Encíclicas Misserentissimus Redemptor y Haurietis Aquas(4) nos muestra, en Jesús, su corazón agonizante y sufriente consciente de nuestras faltas y susceptible de ser consolado por nosotros, siempre deseoso de consolarnos gracias a los méritos de sus propias desolaciones. Este consolador desolado nos manifiesta que tomó sobre él nuestros sufrimientos (Mt 8, 17; Is 53, 4).

Con el mismo golpe, favoreciendo la fe viva en la divinidad de Cristo, el culto a su Corazón estimula, igualmente, una fe penetrante en el rol extraordinario de su Humanidad trascendiendo cualquier otra. Este corazón no es el de un Liberador revolucionario, violento, sino el Corazón dulcísimo del Liberador espiritual, preocupado antes que nada, por arrancarnos a la esclavitud del pecado y del demonio. Frente al corazón de Jesús, nuestros pecados contra la fe a su amor divino y humano retoman gravedad a nuestros ojos y se muestran más detestables aun que nuestras faltas contra las virtudes cardinales y morales. Incluso, el culto al corazón de Jesús, nos hace buscar contra todos los cismas, contra todas las divisiones, pero también contra todos los falsos irenismos(5), la verdadera unidad de los cristianos en su Preciosa Sangre de Profeta, Sacerdote y Rey, instituyendo para ello el Orden y el Papado unificador(6).

Igualmente, la contemplación del Corazón de Cristo Sacerdote, institutor y celebrante principal del Sacrificio eucarístico, nos ayuda a unirnos a Él a través de la comunión eucarística, a evitar y rechazar los errores negadores de su Presencia substancial y real bajo la apariencia del pan y del vino, Nos es más fácil, poniendo el acento sobre el amor creador y redentor en tanto que origen permanente de la permanente Presencia, de reconocer en esto un signo de su omnipotencia siempre activa, en medio de las variaciones históricas. Este amor actuante vive en una incesante oblación de sí mismo; y una de las consecuencias históricas más destacables del culto privado y público del Corazón herido del Señor ha sido y sigue siendo la ofrenda cotidiana del Apostolado de la Oración: concentrando toda la vida de cada persona humana, toda su actividad profesional, familiar y social en torno del altar, permite a cada uno desplegar y actualizar su vocación corredentora a favor del mundo.

De esta manera, podemos entrever mejor, como el culto del Corazón de Jesús facilita su reconocimiento íntimo y concreto como Profeta, Sacerdote y Rey, en tanto que Hijo del Hombre, como Creador, Mediador y Juez Remunerador en tanto que Hijo de Dios. ¡Ventaja preciosa en un tiempo de de “reducción cristológica”! Bajo la influencia de cierta literatura espiritual de nuestro tiempo, Cristo aparece hoy, a menudo, primeramente, como Amigo, Compañero, Benefactor y Taumaturgo: ¿cuán pocos, incluso entre los creyentes piensan en presentarlo primeramente como su Origen creador, su Sostén y Apoyo, a Aquél que deberán rendir cuenta exacta y exhaustiva de todas sus acciones y decisiones? Tal es la imagen del Cristo resultante del culto eclesial de su Corazón.

Estos últimos comentarios nos invitan a considerar la transfiguración ética producida por el culto, en Espíritu y en Verdad, del Corazón de Jesús: la victoria sobre l nihilismo moral, sobre la permisividad inmoral y sobre la desesperanza ética.

El nihilismo moral se extiende a una concepción exclusivamente sentimental del amor identificado con el placer y escindido de toda obligación como de toda finalidad o sanción. Frente a este vacío, el Corazón de Jesús nos presenta su ley de amor, enraizada en el ejercicio de la humildad: “Aprendan de mi que soy mano y humilde de corazón, ustedes que penan y que se curvan bajo el fardo (de sus pecados) y yo los aliviaré: mi yugo es suave y mi fardo ligero” (Mt 11, 28-30). El sentido de esas palabras, observaba Suárez(7), es hacernos ver a Cristo como el único Redentor, capaz de liberar al ser humano del peso y de las penas que merece, el único autor de la gracia y de la ley evangélica que nos libera del peso de la ley antigua (o solamente exterior), el único médico y autor de la salvación.

Lo que Jesús nos enseña, pidiéndonos aprender de Él la humildad de su Corazón, es que sólo lo humilde puede amarse verdaderamente, querer su propio bien corporal y espiritual, temporal y eterno(8). Solo el humilde puede cumplir el mandamiento divino de amarse a sí mismo, inseparable del mandamiento de amar a Dios y al prójimo. El orgulloso, queriendo su propio mal al mismo tiempo que el del prójimo no se ama más y no puede comenzar a amarse sino aceptando de Jesús humilde de corazón el don de la humildad. La acogida del humilde amor para sí y para otro que ofrece a la persona humana el Corazón humilde del Verbo encarnado condiciona la eficacia de la lucha contra el vacío del orgulloso nihilismo moral.

De esta manera se hace posible la victoria sobre la permisividad inmoral de la desesperanza ética. El culto al Corazón de Jesús restaura, enraiza y profundiza la fe en los mandamientos de Dios, es decir el humilde reconocimiento de su origen divino y la esperanza del auxilio divino para guardarlos. Dios revelador nos invita a creer en las interdicciones de su Amor, preocupado de obtener así la reciprocidad del nuestro, y a esperar de Él el don de una caridad capaz de no violar sus prohibiciones y de guardar sus mandamientos con perseverancia.

Conviene evocar aquí la solemne declaración del concilio de Trento: “Dios no te manda lo imposible, pero mandando te invita a hacer lo que esté a tu alcance y a pedir lo que no puedes y te ayuda a poder: esos mandamientos no son pesados, su yugo es suave y su fardo ligero”(9).

Sí, paradójicamente, dándonos mediante y con su Espíritu la gracia de obdecer por puro amor a sus mandamientos, el Corazón agonizante y traspasado de Jesús nos libera, del moralismo de las normas idolatradas, pero cuyo fin y origen divinos nos son percibidos, y del amoralismo que rechaza toda norma ética de carácter trascendente. El Corazón amante de Cristo nos preserva así de la incrédula negación de las normas absolutas(10) y del escepticismo en materia moral.

Especialmente, cultivando la redamatio respecto del Legislador amante de la ley de amor, el adorador del Corazón del Hijo encarnado se dispone a poner al servicio de la fe, de la esperanza y de la caridad el ejercicio racional y divinizado de sus pasiones en la imitación de las virtudes morales que Jesús practicó por puro amor por su Padre y que quiso continuar practicando en nosotros y por nosotros. Se comprende así que, para Kart Rahner(11) y Joseph Ratzinger(12), como para los papas(13), el culto rendido al Corazón de Jesús se sitúa al centro del cristianismo y aun del mundo.

Porque la devoción al Corazón de Jesús opera una recapitulación de toda la vida virtuosa moral en la llamas de la caridad (Col. 3, 14). Unifica los múltiples aspectos éticos de la existencia humana. Orienta toda la vida social, todas las dimensiones horizontales hacia la vida eterna ya que la caridad nos une inmediatamente al Creador(14).

En un período de la historia eclesial que manifiesta una falta de afecto frente a la comunión cotidiana y a la confesión frecuente o personal(15), una renovación de la Hora Santa del jueves y de la comunión del primer viernes de mes facilitan el acceso a los sacramentos, a la vez que preparan su digna recepción(16).

De igual manera, la insistencia acerca de la reparación ayuda a percibir mejor el carácter propiciatorio de la Misa, perdido de vista por aquellos que exaltan unilateralmente el aspecto de comida que acarrea(17).

El culto privado y público al Corazón corresponde a la necesidad permanente y profunda de simplificación y de unificación de toda la vida espiritual que se manifiesta en nuestro tiempo. Favorece, igualmente, una jerarquización de las finalidades éticas paralela a la jerarquía de la verdades que ha exaltado el concilio Vaticano II(18), sin sacrificar al “falso irenismo” denunciado por el mismo concilio(19), siguiendo a Pío XI(20).

Todo lo que acabamos de recordar fue ya anticipado por Charles Foucauld:

“La religión católica nos ilumina haciendo brillar frente a nuestros ojos la más luminosa, la más cálida, la más benefactora de todas las verdades: la “verdad” del Corazón de Jesús… no estamos olvidados, solos, sobre el camino que sigue Jesús: antes de que fuésemos, un Corazón nos amó con amor eterno y todo el curso de nuestra vida ese Corazón nos abraza con el más cálido de los amores. Ese corazón es puro como la Luz: todas las bellezas y las perfecciones increadas resplandecen en Él; Dios nos ama, nos amó ayer, nos ama hoy y nos amará mañana. Dios nos ama en todo instante de nuestra vida terrestre y nos amará durante la eternidad si nos rechazamos su amor. Ésta es loa verdad del Corazón de Jesús, revelada para iluminar y abrazar los corazones de los hombres(21).

A pesar de los silencios (sobre la Iglesia y los sacramentos) que le confieren una tonalidad un poco “intimista”, ese texto de 1903 expresa admirablemente lo que en la actualidad siguen percibiendo y experimentando los adoradores del Corazón de Jesús.

Después de haber recordado los efectos positivos y terapéuticos operados por el ejercicio del culto privado y público hacia el Corazón de Jesús, podemos, ahora recordar las indispensables condiciones teológicas que hacen posible ese culto(22):

◙ no hay culto al Corazón de Cristo sin fe en la Resurrección de su cuerpo crucificado; ese corazón sigue latiendo;
◙ no hay culto al corazón de Jesús si el pecado no es reconocido como ofensa personal frente a la Persona divina;
◙ no hay reparación posible frente a la Humanidad de su Persona divina si no se reconoce su ciencia humana y sobrenatural de los pecados del mundo (durante su Agonía).
◙ no hay culto al corazón de Jesús sin reconocimiento de su Sacrificio sobre la Cruz, perpetuado por la Misa, y de nuestra asociación eucarística a su vocación de Redentor.

Ahora bien, esas condiciones – esto es bien sabido – tienen de manera desigual carencia en muchos sectores de reflexión teológica contemporánea.

El conjunto de esas condiciones equivale a una inteligencia correcta y ortodoxa del Misterio Pascual, como de la conciencia mesiánica de Jesús. Las confusiones y dudas debatidas sobre el carácter consciente, voluntario y libre, sobre el carácter humano y no solamente divino del Acto Redentor ponen en peligro la esencia misma del culto al Corazón de Cristo Salvador.

De rebote, esas dudas nos ayudan, indirectamente a percibir mejor la identidad entre su Corazón, por un lado, y su conciencia psicológica y sobre todo moral, por el otro, clave de su misión Redentora.

El Verbo, convertido en Corazón humano, es decir conciencia psicológica y moral, santa y amante, cura nuestras conciencias maculadas por el pecado.

En la antropología concreta y global de la Biblia, nos recuerdan en los exegetas, “el corazón del hombre es la fuente misma de su personalidad consciente, inteligente y libre, el lugar de sus elecciones decisivas, el de la Ley no escrita, el de de la acción misteriosa de Dios. En el Antiguo Testamento, como en el Nuevo, el corazón es el lugar donde el hombre encuentra a Dios, encuentro que se vuelve plenamente efectivo en el Corazón humano del Hijo de Dios(23)”.

La Biblia “no conoce término específico para designar la conciencia sino a partir del contacto con el medio griego: Syneidésis no aparece sino en Q10, 20 y Sab 17, 10(24)”.

Ausente de los evangelios, el término es, sobre todo, empleado por Pablo, que identifica claramente el corazón y la conciencia: “Los paganos privados de la Ley… muestran la realidad de esta Ley inscrita en su corazón, por cuanto les da testimonio de su conciencia” (Rm 2, 14-15).

Una vez reconocida la identidad entre corazón y conciencia en el Antiguo Testamento, una vez admitido que el Corazón humano del Hijo de Dios es el lugar del encuentro salvífico entre el hombre y Dios, lugar inseparablemente metafórico y físico(25); nuevas e importantes perspectivas se desprenden del conocimiento del Corazón de Jesús y de su misión redentora.

Se debe a que es el Hijo único y a que lo sabe, que Jesús puede realizar su misión de Redentor. Conviene subrayar, con P.I. de la Potterie, “la importancia absolutamente central de esta conciencia humana que tenía Jesús de su Yo divino o más bien de su conciencia de ser Hijo de Dios esta conciencia, es el “corazón” de la santa humanidad de Jesús”: el “misterio de la conciencia de Jesús” e idénticamente el “misterio del corazón de Cristo”(26).

Asumiendo una conciencia humana, el hijo único podía conducir a ésta conciencia, a ese corazón, el peso terrible del pecad del mundo, de todos los pecados de todos los hombres de todos los tiempos, conocidos todos en el horror de su culpabilidad, para expiarlos, detestándolos, por amor a sus autores.

Más qué el de Pablo y el de los griegos, el “Corazón-conciencia” de Jesús es el testigo interior – antecedente, concomitante y consecuente – de las acciones buenas y malas de los hombres, sus hermanos. Mucho más que en ellos, la Ley moral de amor por el Padre y por los hermanos está íntimamente presente en su conciencia psicológica y moral, en su Corazón. Conociendo lo que hay en el hombre(27), en los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos, en las conciencias y en los corazones de todos los primitivos y todos los civilizados, el Corazón humano de Jesús conoce y reconoce la presencia, en ellos como en sí mismo, de esta Ley moral que los finaliza como lo finaliza a él mismo.

La conciencia moral de Jesús tiene por objeto los valores morales, los bienes morales, las virtudes, los deberes que debe realizar y la manera de realizarlos. Se enraíza en la conciencia psicológica de su identidad teándrica y de su misión. En Jesús, la conciencia moral estuvo siempre conciente de haber actuado bien, nunca de haber actuado mal. Jesús siempre tuvo conciencia moral del valor de sus actos(28).

Esta conciencia inseparablemente psicológica y moral, es ejercida por Jesús en su nombre pero también nombre de la humanidad entera: es la “conciencia capital” del Jefe de la humanidad y de la Iglesia, que acompaña a la “gracia capital” que Él recibe para beneficio de la humanidad. En y por su conciencia moral, Jesús es el Corazón de la humanidad.

En el acto de su conciencia moral, el Corazón de Jesús se sabe unido y obligado por los mandamientos amantes del Padre, de los que recibe el poder de dar la vida por sus hermanos y recuperarla (Jn 15, 10; 10, 18). Se sabe obligado a obedecer la ley de amor sacrificial dictada por el Padre (Jn 10, 13).

La pureza de conciencia de Cristo trae consigo la ausencia, en él, de toda falta consentida su corazón es irreprochable (1 Tm 3, 9). Su buena conciencia purifica las conciencias deformadas por el pecado(29).

El corazón de Jesús es el Salvador de las malas conciencias, maculadas:las hace buenas mediante su expiación y su perdón (Cf Ti 1, 15). A través de sus sacramentos, la conciencia moral de Cristo Sacerdote y Rey rectifica los apetitos, confiere, con la caridad, las virtudes morales informadas por ella. Por medio de la eucaristía, la conciencia de Jesús ayuda a la conciencia que estaba voluntariamente y culpablemente deformada a reformarse desterrando sus juicios erróneos y a la conciencia deformada a perseverar en la rectitud.(30) Recibiendo a Cristo eucarístico, recibimos a aquél que, en la conciencia humana de su Corazón, nos conoció y amó siempre, del Pesebre a la Cruz, pasando por el Jardín de su Agonía, como Dios y como Hombre. Viene a transformar en las llamas de su caridad nuestras conciencias y nuestros corazones vacilantes, a manudo divididos(31).

Entonces, la conciencia moral de Cristo eucarístico viene a nuestras conciencias deformadas por el pecado a reformarlas haciéndolas conforme a la suya y aun a transformarlas por el don de su Espíritu. Comulgar, es recibir y adorar la conciencia moral del Corazón de Jesús, perfecto Adorador, divino Adorador, Adorador infinito, único Adorador(32).

El corazón eucarístico de Jesús se manifiesta, así, como el terapeuta sacramental de esta humanidad cuyo pecado la hizo espiritualmente enferma.

1 Aunque estos dos términos sean diversamente entendidos, recordemos aquí dos definiciones a menudo admitidas: la secularización quiere sustraer de su orientación hacia el siglo futuro para reducirlos al servicio del siglo presente (cf. Mc 10,30; Mt 12, 32) a las personas o a los lugares o a las cosas consagradas ; el secularismo significa la tendencia a ignorar a Dios y a las cuestiones religiosas para darse enteramente a las actividades seculares (cf. Bertrand de Margerie, Le Christ pour le Monde, París, 1971, cap. 8, pp. 156-160.

2 San Ignacio de Antioquia, Ad Ephesios, VII, 1-2; SC 10, 64; cf. G. Dumeige, Médecin (le Christ) DSAM 10, 891, sq.

3 DC 67, col. 737; AAS, P. 349 Pío XII se refiere a santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II, II, 34, 2.

4 Cf. Nuestro cap 4 y, en HA, la alusión del § 27 a la ciencia infusa de Jesús (DC, 722; AAS, 328); Cristo nunca tuvo necesidad de auxilio de oro humano para descubrir el secreto de su propia identidad.

5 Cf. Vaticano II. Decreto sobre el Ecumenismo, § 11: “Nada más ajeno al ecumenismo que ese falso irenismo por el cual la pureza de la doctrina católica es puesta en peligro y su sentido auténtico y cierto oscurecido”.

6 Vaticano II (LG 28 fin sobre la misión del sacerdote) y Vaticano I (DS 305 1) sobre la misión del Papa.

7 Suárez, defensio fidei, II. 9,15 (Opera omnia, 24, 164).

8 Santo Tomás de Aquino de Aquino, Suma Teológica, II, II, 23 a 26.

9 Trento, DS 1536.

10 Como esta: no está permitido matar a un inocente.

11 K.Rahner, Le Dieu plus grand, París, 1971, p. 165.

12 J. ratzinger, Fe cristiana ayer y hoy, París. 1969:pp. 163-164.

13 HA, 69 a 71: DC, /37.738; AAS, 350-351.

14 Así, la opción por los pobres, en la medida en la que sobrepase un sentimiento natural de solidaridad y sea ejercida en virtud de una caridad sobrenatural, alcanza a Dios inmediatamente, aunque no sea conocido abajo sino mediatamente: santo Tomás, Suma Teológica, II, II, 27, 4.

15 Cf. B. de Margerie, Communion quotidienne et Confesión fréquente, Résiac, 1988.

16 Cf. Juan Pablo II, Discurso al Apostolado de la Oración, 13 d abril de 1985 § 4: el papa alienta vivamente la difusión renovada de la práctica del primer viernes del mes, Ésta puede y debe ser comprendida como un primer paso hacia comunión dominical e incluso la cotidiana, alentada por san Pío X, más que, históricamente, que el consejo de la comunión del primer viernes que abrió el camino al llamado de este papa a la comunión cotidiana. (Cf. C. Bernard Le Coeur du Christ et ses symboles, París, 1981, p. 75.

17 Jesús no quiso dar al pan y al vino el valor de signo de una comida fraternal, al menos no en primer lugar; pero el pan partido es directamente signo de su cuerpo entregado, el vino de su s

18 Vaticano II, decreto sobre el ecumenismo, §11.

19 Ibid, cf. Nota 5, pag. 185.

20 Pío XI, Mortalium Animos, 6 de enero de 1928, AAS, 20 (1928), 12 citando 2 Jn 10: visiblemente el concilio Vaticano II consideró que esta monición del apóstol de la caridad se aplicaba, no a los herejes materiales, sino a los herejes formales.

21 C. de Foucauld, Oevres spirituelles, senil, París, 1958, p. 603.

22 C. Pozo., “La teología del Corazón de Jesús en la actual crisis del pensamiento teológico”, estudio aparecido en el volumen colectivo Semana de Teología y Pastoral, Valladolid, 1975, 44.

23 J. de Fraile y A. Vanhoye, art. Coeu, VTB, París, 1971, 2 p. 176.

24 X. Léon-Dufour, art. Coscience, ibid., pp. 204-205.

25 Los artículos sobre el corazón o sobre el hombre en los diferentes diccionarios bíblicos manifiestan claramente el nexo entre el sentido físico y metafórico del término corazón en la lectura bíblica. El emplazamiento del corazón, invisible, al interior del pecho, explica el uso metafórico del término para designar la interioridad. Cf. A. Guillaumont, en Le Coeur, París, 1950, pp. 42, 45, 49-51, 65-66.

26 I. de la Potterie S.J., “Fundamento bíblico de la teología del Corazón… Su conciencia filial” en el volumen colectivo El Corazón de Jesús, Corazón del mundo, FAC París, 1982, p. 136.

27 Jn 2, 25.28

28 Cf. H. Brouillard, art. Consciencie Morale, Catholicisme, III (1952), 58 sq.

29 Cf. C. Spiq, “La conciencia en el Nuevo Testamento“, Revue bíblica, 1938

30 Santo Tomás de Aquino, de veritate, 17, 3.

31 J.M. Mc dermott S.J.., Revue biblique

32 El cardenal de Bérulle describía así a Cristo.

escrito por Bertrand de Margerie S.J.
Traducido del francés por José Gálvez Krüger para ACI Prensa
(fuente: aciprensa.com)

jueves, 2 de junio de 2016

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, cuando se meditaba en el costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua. De ese Corazón nació la Iglesia y por ese Corazón se abrieron las puertas del Cielo. La devoción al Sagrado Corazón está por encima de otras devociones porque veneramos al mismo Corazón de Dios. Pero fue Jesús mismo quien, en el siglo diecisiete, en Paray-le-Monial, Francia, solicitó, a través de una humilde religiosa, que se estableciera definitiva y específicamente la devoción a su Sacratísimo Corazón.

El 16 de junio de 1675 se le apareció Nuestro Señor y le mostró su Corazón a Santa Margarita María de Alacoque. Su Corazón estaba rodeado de llamas de amor, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior de su corazón, salía una cruz. Santa Margarita escuchó a Nuestro Señor decir: "He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor." Con estas palabras Nuestro Señor mismo nos dice en qué consiste la devoción a su Sagrado Corazón. La devoción en sí está dirigida a la persona de Nuestro Señor Jesucristo y a su amor no correspondido, representado por su Corazón. Dos, pues son los actos esenciales de esta devoción: amor y reparación. Amor, por lo mucho que Él nos ama. Reparación y desagravio, por las muchas injurias que recibe sobre todo en la Sagrada Eucaristía.

(fuente: ewtn.com)

miércoles, 25 de mayo de 2016

Catequesis del Papa: “La oración, transforma el deseo y lo modela según la voluntad de Dios”

(RV).- “¡La oración no es una varita mágica! Ésta nos ayuda a conservar la fe en Dios y a confiar en Él incluso cuando no comprendemos su voluntad”, lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General del último miércoles de mayo, donde meditó sobre la oración como fuente de misericordia.

Continuando su ciclo de catequesis sobre la misericordia en la Sagrada Escritura, el Obispo de Roma recordó “que es necesario orar siempre sin desanimarse”; por lo tanto, no se trata de orar algunas veces, solo cuando tengo ganas. No, dice el Papa, Jesús nos enseña que se necesita «orar siempre sin desanimarse».

Comentando la parábola de la “viuda y el juez injusto”, el Santo Padre preciso que este hombre, “era un juez perverso, sin escrúpulos, que no tenía en cuenta a la Ley pero hacia lo que quería”. A él se dirige una viuda para obtener justicia. Las viudas, puntualizó el Pontífice, junto a los huérfanos y a los extranjeros, eran las categorías más débiles de la sociedad. Sus derechos tutelados por la Ley podían ser pisoteados con facilidad porque, siendo personas solas e indefensas, difícilmente podían hacerse valer. “Ante la indiferencia del juez, la viuda recurre a su única arma: continuar insistentemente a fastidiarlo presentándole su pedido de justicia. Y justamente con esta perseverancia alcanza su objetivo”.

De esta parábola, afirma el Sucesor de Pedro, Jesús saca una doble conclusión: si la viuda ha logrado convencer al juez injusto con sus pedidos insistentes, cuanto más Dios, que es Padre bueno y justo, «hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche»; y además no «les hará esperar por mucho tiempo», sino actuará «rápidamente».

Por esto, recuerda el Papa, Jesús exhorta a orar “sin desfallecer”. Todos sentimos momentos de cansancio y de desánimo, sobre todo cuando nuestra oración parece ineficaz. Pero Jesús nos asegura: a diferencia del juez injusto, que Dios escucha rápidamente a sus hijos, aunque si esto no significa que lo haga en los tiempos y en los modos que nosotros quisiéramos. ¡La oración no es una varita mágica! Ésta nos ayuda a conservar la fe en Dios y a confiar en Él incluso cuando no comprendemos su voluntad.

Antes de concluir su catequesis, el Papa Francisco alentó a no desistir en la oración aunque no sea correspondida. ¡Es la oración que conserva la fe, sin ella la fe vacila! Pidamos al Señor, dijo el Papa, una fe que se haga oración incesante, perseverante, como aquella de la viuda de la parábola, una fe que se nutre del deseo de su llegada. Y en la oración experimentamos la compasión de Dios, que como un Padre va al encuentro de sus hijos lleno de amor misericordioso.


TEXTO COMPLETO

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La parábola evangélica que apenas hemos escuchado (Cfr. Lc 18, 1-8) contiene una enseñanza importante: «que es necesario orar siempre sin desanimarse» (v. 1). Por lo tanto, no se trata de orar algunas veces, cuando tengo ganas. No, Jesús dice que se necesita «orar siempre sin desanimarse». Y pone el ejemplo de la viuda y el juez.

El juez es un personaje poderoso, llamado a emitir sentencias basándose en la Ley de Moisés. Por esto la tradición bíblica exhortaba que los jueces sean personas timoratas de Dios, dignas de fe, imparciales e incorruptibles (Cfr. Ex 18,21). Nos hará bien escuchar esto también hoy, ¡eh! Al contrario, este juez «no temía a Dios ni le importaban los hombres» (V. 2). Era un juez perverso, sin escrúpulos, que no tenía en cuenta a la Ley pero hacia lo que quería, según sus intereses. A él se dirige una viuda para obtener justicia. Las viudas, junto a los huérfanos y a los extranjeros, eran las categorías más débiles de la sociedad. Sus derechos tutelados por la Ley podían ser pisoteados con facilidad porque, siendo personas solas e indefensas, difícilmente podían hacerse valer: una pobre viuda, ahí, sola, nadie la defiende, podían ignorarla, incluso no hacerle justicia; así también el huérfano, así el extranjero, el migrante. ¡Lo mismo! En aquel tiempo era muy fuerte esto. Ante la indiferencia del juez, la viuda recurre a su única arma: continuar insistentemente en fastidiarlo presentándole su pedido de justicia. Y justamente con esta perseverancia alcanza su objetivo. El juez, de hecho, en cierto momento la compensa, no porque es movido por la misericordia, ni porque la conciencia se lo impone; simplemente admite: «Pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme» (v. 5).

De esta parábola Jesús saca una doble conclusión: si la viuda ha logrado convencer al juez deshonesto con sus pedidos insistentes, cuanto más Dios, que es Padre bueno y justo, «hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche»; y además no «les hará esperar por mucho tiempo», sino actuará «rápidamente» (vv. 7-8).

Por esto, Jesús exhorta a orar “sin desfallecer”. Todos sentimos momentos de cansancio y de desánimo, sobre todo cuando nuestra oración parece ineficaz. Pero Jesús nos asegura: a diferencia del juez injusto, que Dios escucha rápidamente a sus hijos, aunque si esto no significa que lo haga en los tiempos y en los modos que nosotros quisiéramos. ¡La oración no es una varita mágica! ¡No es una varita mágica! Ésta nos ayuda a conservar la fe en Dios y a confiar en Él incluso cuando no comprendemos su voluntad. En esto, Jesús mismo – ¡que oraba tanto! – nos da el ejemplo. La Carta a los Hebreos recuerda que – así dice – «Él dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión» (5,7). A primera vista esta afirmación parece inverosímil, porque Jesús ha muerto en la cruz. No obstante la Carta a los Hebreos no se equivoca: Dios de verdad ha salvado a Jesús de la muerte dándole sobre ella la completa victoria, pero ¡el camino recorrido para obtenerla ha pasado a través de la misma muerte! La referencia a la súplica que Dios ha escuchado se refiere a la oración de Jesús en el Getsemaní. Invadido por la angustia oprimente, Jesús pide al Padre que lo libere del cáliz amargo de la pasión, pero su oración esta empapada de la confianza en el Padre y se encomienda sin reservas a su voluntad: «Pero – dice Jesús – no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mt 26,39). El objeto de la oración pasa a un segundo plano; lo que importa antes de nada es la relación con el Padre. Es esto lo que hace la oración: transforma el deseo y lo modela según la voluntad de Dios, cualquiera que esa sea, porque quien ora aspira ante todo a la unión con Dios, que es Amor misericordioso.

La parábola termina con una pregunta: «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (v. 8). Y con esta pregunta estamos todos advertidos: no debemos desistir en la oración aunque no sea correspondida. ¡Es la oración que conserva la fe, sin ella la fe vacila! Pidamos al Señor una fe que se haga oración incesante, perseverante, como aquella de la viuda de la parábola, una fe que se nutre del deseo de su llegada. Y en la oración experimentamos la compasión de Dios, que como un Padre va al encuentro de sus hijos lleno de amor misericordioso. ¡Gracias!


(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

domingo, 22 de mayo de 2016

¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo!

Lectura del santo Evangelio según San Juan 
(Jn 16, 12-15) 
Gloria a ti, Señor. 

Espíritu de verdad, El los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. El me glorificará, porque primero recibirá de Mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes".


Palabra del Señor. 
Gloria a ti Señor Jesús.















Oración inicial: Escucha, Señor, nuestra oración y concédenos que así como celebramos en la fe la gloriosa resurrección de Jesucristo, así también, cuando él vuelva con todos sus santos, podamos alegrarnos con su victoria. Por nuestro Señor.

Reflexión

• En estas semanas del tiempo pascual, los evangelios diarios están sacados, casi todos, de los capítulos de 12 a 17 de Juan. Esto revela algo respecto del origen y del destino de estos capítulos. Reflejan no sólo lo que acontece antes de la pasión y de la muerte de Jesús, pero también y sobre todo la vivencia de la fe de las primeras comunidades después de la resurrección. Reflejan la fe pascual que las animaba.

• Juan 16,12: Mucho tengo todavía que deciros. El evangelio de hoy comienza con esta frase: "Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello”. En estas palabras de Jesús afloran dos cosas: el ambiente de despedida que marcaba la última cena, y la preocupación de Jesús, el hermano mayor, con sus hermanos más jóvenes que en breve se quedarán sin su presencia. Quedaba muy poco tiempo. En breve, Jesús sería detenido. La obra iniciada estaba aún incompleta. Los discípulos apenas estaban al comienzo del aprendizaje. Tres años es muy poco para cambiar de vida y comenzar a vivir desde otra imagen de Dios. La formación de ellos no se había terminado. Faltaba mucho, y Jesús tenía todavía muchas cosas que enseñar y transmitir. Pero él conoce a sus discípulos. Ellos no son de los más inteligentes. No soportarían conocer ya todas las implicaciones y consecuencias del discipulado. Quedarían desanimados, no serían capaces de soportarlo.

• Juan 16,13-15: El Espíritu Santo dará su ayuda. “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os explicará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros”. Esta afirmación refleja la experiencia de las primeras comunidades. En la medida en que iban imitando a Jesús, tratando de interpretar y aplicar su Palabra en diversas circunstancias de sus vidas, experimentaban la presencia y la luz del Espíritu. Y esto acontece hoy en las comunidades que tratan de encarnar la palabra de Jesús en sus vidas. La raíz de esta experiencia son las palabras de Jesús: “Todo lo que tiene el Padre es mío, también. Por eso os he dicho recibirá de lo mío y os lo explicará todo”.

• La acción del Espíritu Santo en el Evangelio de Juan. Juan usa muchas imágenes y símbolos para significar la acción del Espíritu. Como en la creación (Gen 1,1), así el Espíritu desciende sobre Jesús "como una paloma venida del cielo" (Jn 1,32). ¡Es el comienzo de una nueva creación! Jesús habla las palabras de Dios y nos comunica el Espíritu sin medida (Jn 3,34). Sus palabras son Espíritu y Vida (Jn 6,63). Cuando Jesús se despidió, dijo que iba a enviar a otro consolador, a otro defensor, para que se quede con nosotros. Es el Espíritu Santo (Jn 14,16-17). A través da su pasión, muerte y resurrección, Jesús conquistó el don del Espíritu para nosotros, a través del bautismo, todos nosotros recibimos este mismo Espíritu de Jesús (Jn 1,33). Cuando apareció a los apóstolos, sopló sobre ellos y dijo: "¡Recibid el Espíritu Santo!" (Jn 20,22). El Espíritu es como agua que brota de dentro de las personas que creen en Jesús (Jn 7,37-39; 4,14). El primer efecto de la acción del Espíritu en nosotros es la reconciliación: "A quienes vosotros perdonaréis los pecados serán perdonados; y a quienes no liberéis de sus pecados, quedarán atados" (Jn 20,23). El Espíritu que Jesús nos comunica tiene acción múltipla: consuela y defiende (Jn 14,16), comunica la verdad (Jn 14,17; 16,13); hace recordar lo que Jesús enseñó (Jn 14,26); dará testimonio de Jesús (Jn 15,26); manifiesta la gloria de Jesús (Jn 16,14); desenmascara el mundo (Jn 16,8). El Espíritu nos es dado para que podamos entender el significado pleno de las palabras de Jesús (Jn 14,26; 16,12-13). Animados por el Espíritu de Jesús podemos adorar a Dios en cualquier lugar (Jn 4,23-24). Aquí se realiza la libertad de Espíritu de la que habla San Pablo: "Donde hay el Espíritu del Señor, ahí hay libertad", (2Cor 3,17).

Para la reflexión personal

• ¿Cómo vivo mi adhesión a Jesús: solo o en comunidad?
• Mi participación en la comunidad ¿me llevó alguna vez a experimentar la luz y la fuerza del Espíritu Santo?

Oración final

Sólo su nombre es sublime, su majestad sobre el cielo y la tierra. Él realza el vigor de su pueblo, orgullo de todos sus fieles. (Sal 148,13-14)

(fuente: ocarm.org)

jueves, 28 de abril de 2016

¿Cómo rezar contemplando los ojos de Cristo?

La mirada es un mapa del alma, una ventana al corazón de cada persona. Hay miradas tiernas que acogen. Hay miradas también duras que alejan y que separan. Miradas limpias que dan y miradas que roban. Miradas que llenan y miradas que dan miedo.

Mirar a Jesús en la oración es descansar los ojos del corazón en los suyos y entrar así en su corazón humano. Es contemplar el paisaje de su amor cada día distinto, nuevo, lleno de color y belleza.

La mirada es un mapa del alma, una ventana al corazón de cada persona. Hay miradas tiernas que acogen. Hay miradas también duras que alejan y que separan. Miradas limpias que dan y miradas que roban. Miradas que llenan y miradas que dan miedo.

Mirar a Jesús en la oración es descansar los ojos del corazón en los suyos y entrar así en su corazón humano. Es contemplar el paisaje de su amor cada día distinto, nuevo, lleno de color y belleza.


¿Qué ojos podemos ver en la oración?

◙ Ojos que se agachan para escribir mi nombre en el polvo y levantarme con su mirada y así ser restaurado con su mirada (Jn 8, 10: ¿mujer quién te condena?)
◙ Ojos que lloran la pérdida de su amigo, lágrimas que escriben ríos de amistad en cada uno de nuestros corazones. Te amé y lloré por ti. Te amo y lloro por ti y contigo (Jn 11, 35: resurrección de Lázaro)
◙ Ojos que desde lo alto de la cruz reflejan el cielo y gritan con amor: "en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc. 23, 43: buen ladrón)
◙ Ojos que sueñan proyectos de amor, que penetran corazones y resucitan vidas muertas por el pecado. Miradas que mezcladas con palabras atraen la voluntad como un imán y crean discípulos incondicionales (Mt 9, 9: "viéndolo le dijo sígueme...", vocación de Mateo)
◙ Ojos que conocen historias y nombres, miedos y sueños, angustias y esperanzas. Miradas que se alzan al cielo y crean amistadas que perduran hasta la eternidad (Lc 19, 5: encuentro con Zaqueo)
◙ Ojos que abrazan, ojos que sonríen, ojos que simplemente son ventanas a un corazón de niño que con sencillez y gozo pide que los niños se acerquen a Él porque de ellos y de su sencillez es el Reino de los cielos (Lc 18, 16)
◙ Ojos que perdonan, que cruzan miradas, aceptan límites, renuevan esperanzas. Ojos que traspasan corazones, que ven bondades ocultas y reales y acogen 70 veces 7, es decir, siempre (Mt. 18, 21-22: Pedro)
◙ Ojos que siembran, que riegan, abonan y esperan hasta que la mies esté lista para la cosecha (Mt. 13)
◙ Ojos que buscan la oveja perdida, la persigue con la mirada para que no se pierda. Ojos que ven en la oscuridad porque el amor siempre vela. Pastor que guía su rebaño con sus ojos de bondad y compasión (Jn 10)
◙ Ojos que presentan su cuerpo y su sangre al Padre anticipadamente. Ojos que se ven reflejados en el sacrificio y que gimen y lloran porque no todos lo comerán, no todos lo beberán. Ojos que se ofrecen en memoria; ojos que recuerdan y son recordados; ojos que se entregan, mirada que se funde con la nuestra en la Eucaristía. Mi mirada en su corazón y tu mirada en el mío (Lc 22, 19-20)
◙ Ojos que fueron mirados por María y ojos que miraron a María. Ver sus ojos es ver reflejada a la Madre y ver los ojos de María es encontrarse con los de Jesús (Jn 19, 25-27).
◙ Ojos que te miran oh hombre y mujer, ojos que te espera. Ven, tenemos siempre abierto a un corazón cuya ventana es su mirada y te espera en el Sagrario.


Para la oración

- ¿Qué mirada de Jesús has conocido en tu vida?
- ¿Cómo te ha mirado Jesús y cómo les has mirado?

escrito por P. Guillermo Serra
(fuente: www.la-oracion.com)

miércoles, 27 de abril de 2016

El Papa: ‘Ignorar el sufrimiento del hombre es ignorar a Dios’

27/04/2016 El Santo Padre señala la parábola del buen samaritano e indica que para obtener la vida eterna hay que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco ha reflexionado en la catequesis de la audiencia general sobre la parábola del buen samaritano y ha recordado quién es nuestro prójimo. De este modo, ha advertido que no es automático que quien frecuenta la casa de Dios y conoce la misericordia sepa amar al prójimo. El Santo Padre ha asegurado que no existe verdadero culto si eso no se traduce en servicio al prójimo.

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy reflexionamos sobre la parábola del buen samaritano (cfr Lc 10,25-37). Un doctor de la Ley pone a prueba a Jesús con esta pregunta: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” (v. 25). Jesús le pide que responda él mismo, y lo hace perfectamente: “Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo” (v. 27). Por tanto Jesús concluye: “Haz esto y vivirás” (v. 28).

Entonces ese hombre plantea otra pregunta, que se hace preciosa para nosotros: “¿Quién es mi prójimo?” (v. 29), y pone como ejemplo: “¿mis parientes?, ¿mis compatriotas?, ¿los de mi religión?…”. En resumen, quiere una regla clara que le permita clasificar a los otros en “prójimo” y “no prójimo”. En esos que pueden convertirse en prójimo y los que no pueden convertirse en prójimo.

Y Jesús responde con una parábola, que muestra a un sacerdote, un levita y un samaritano. Los dos primeros son figuras relacionadas al culto del templo; el tercero es un judío cismático, considerado como un extranjero, pagano e impuro. Es decir, el samaritano. En el camino de Jerusalén a Jericó el sacerdote y el levita se encuentran con un hombre moribundo, que los bandidos le han asaltado, robado y abandonado. La Ley del Señor en situaciones similares prevé la obligación de socorrerlo, pero ambos pasaron de largo sin detenerse. Tenían prisa, no sé, el sacerdote quizá ha mirado el reloj y ha dicho ‘pero llego tarde a misa, tengo que decir misa’. El otro ha dicho ‘pero no sé si la ley me permite porque hay sangre ahí y seré impuro’. Van por otro camino y no se acercan.

Y aquí la parábola nos ofrece una primera enseñanza: no es automático que quien frecuenta la casa de Dios y conoce la misericordia sepa amar al prójimo. No es automático. Tú puedes conocer toda la Biblia, tú puedes conocer todos los libros litúrgicos, tú puedes conocer toda la teología, pero del conocer no es automático el amar. El amar tiene otro camino, el amor tiene otro camino, con inteligencia pero algo más. El sacerdote y el levita ven, pero ignoran; miran pero no proveen. Sin embargo, no existe verdadero culto si eso no se traduce en servicio al prójimo. No lo olvidemos nunca: frente al sufrimiento de tanta gente agotada por el hambre, la violencia y la injusticia, no podemos permanecer como espectadores. Ignorar el sufrimiento del hombre, ¿qué significa? ¡Significa ignorar a Dios! Si yo no me acerco a ese hombre, esa mujer, ese niño, ese anciano, esa anciana que sufre, no me acerco a Dios.

Pero vayamos al centro de la parábola: el samaritano, es decir el despreciado, ese sobre el que nadie hubiera apostado nada, y que aún así tenía también él sus compromisos y sus cosas que hacer, cuando vio al hombre herido, no pasó de largo como los otros dos, que estaban vinculados al templo, sino que “tuvo compasión”, así dice el Evangelio, tuvo compasión (v. 33). Es decir, el corazón y las entrañas se conmovieron. Esta es la diferencia. Los otros dos “vieron”, pero sus corazones se quedaron cerrados, fríos. Sin embargo el corazón del samaritano estaba en sintonía con el corazón mismo de Dios.

De hecho, la “compasión” es una característica esencial de la misericordia de Dios. Él tiene compasión de nosotros. ¿Qué quiere decir? Sufre con nosotros, Él siente nuestros sufrimientos. Compasión, sufre con. El verbo indica que las entrañas se mueven y tiemblan ante el mal del hombre. Y en los gestos y en las acciones de buen samaritano reconocemos el actuar misericordioso de Dios en toda la historia de la salvación. Es la misma compasión con la que el Señor viene al encuentro de cada uno de nosotros: Él no nos ignora, conoce nuestros dolores, sabe cuándo necesitamos ayuda y consuelo. Está cerca de nosotros y no nos abandona nunca. Cada uno de nosotros, podemos hacernos la pregunta en el corazón, ¿yo lo creo? ¿Creo que el Señor tiene compasión de mí, así como soy, pecador, con tantos problemas y tantas cosas? Pensar en eso y la respuesta es sí. Cada uno debe mirar en el corazón si tiene la fe en esta compasión de Dios. De Dios bueno que se acerca, nos sana, nos acaricia y si nosotros lo rechazamos él espera, es paciente, siempre junto a nosotros.

El samaritano se comporta con verdadera misericordia: cura las heridas de ese hombre, lo lleva a una pensión, lo cuida personalmente, paga su asistencia. Todo eso nos enseña que la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, pero significa cuidar del otro al punto de pagar personalmente. Significa comprometerse cumpliendo todos los pasos necesarios para “acercarse” al otro hasta identificarse con él: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este es el mandamiento del Señor.

Concluida la parábola, Jesús gira la pregunta del doctor de la Ley y le pregunta: “¿Quién de estos tres te parece que haya sido el prójimo de aquel que había caído en las manos de los bandidos?” (v. 36). Finalmente la respuesta es clara: “El que ha tenido compasión de él” (v. 27). Al inicio de la parábola para el sacerdote y el levita el prójimo era el moribundo; al finalizar el prójimo es el samaritano que ha estado cerca. Jesús cambia la perspectiva: no hay que clasificar a los otros para ver quién es el prójimo y quién no. Tú puedes convertirte en prójimo de quien esté en necesidad, y lo serás si tu corazón tiene compasión. Es decir, tienes esa capacidad de sufrir con el otro.

Esta parábola es un buen regalo para todos nosotros, ¡y también un compromiso! Jesús nos repite a cada uno de nosotros lo que dijo al doctor de la Ley: “Ve y haz tú lo mismo” (v. 37).

Estamos todos llamados a recorrer el mismo camino del buen samaritano, que es figura de Cristo: Jesús se ha inclinado ante nosotros, se ha hecho nuestro siervo, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos también amarnos como Él nos ha amado. De la misma forma.

(Texto traducido y transcrito por ZENIT desde el audio)

lunes, 25 de abril de 2016

¿Quién es el ángel consolador?

Un papa, Benedicto XV, escribió una bellísima oración sobre él

El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios; creado para entrar en la amistad con Dios; puesto por Dios mismo en el Paraíso, es al mismo tiempo el hombre horrorizado, adolorido, apesadumbrado por tanta violencia, tantas escenas de dolor, inclusive dentro de los más inocentes e indefensos. A veces parece cansarnos tantas noticias malas, tantas imágenes de dolor y crueldad. Y ante esto surge en el corazón la pregunta: “¿Qué podemos hacer?”, “¿hay algo que pueda hacer?”.

Esta realidad la recoge el Papa Francisco en su mensaje para Cuaresma de este año 2015 y que lleva por título: “Fortalezcan sus corazones”. En este mensaje el Santo Padre nos llama a no dejarnos absorber por “la espiral de horror y de impotencia”, y para ello propone tres medios:

1. Orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial
2. Ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas. La Cuaresma, dice el Papa, es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro
3. Resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar el mundo y a nosotros mismos y para ello debemos pedir la gracia de Dios y aceptar nuestros límites.

Todo esto implica, según palabras del mismo Papa, “un camino de formación del corazón”, que nos lleva a tener “un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia”.

Y esto, hay que decirlo bien fuerte, ES POSIBLE: es posible tener ese corazón misericordioso, abierto a Dios y a los hermanos.

Es posible porque JESUS mismo nos hace capaces. como miembros suyos, de participar en aquella maravilla del amor que es su acto de entrega a Dios Padre en la Cruz. Somos, entonces, no solo beneficiarios, sino que más aún somos participantes del amor expiatorio de Jesús.

De hecho, como cristianos estamos llamados a participar del sacrificio único y perfecto de Jesús en la Cruz y lo podemos hacer entregando y ofreciendo nuestras buenas obras en unión con el sacrificio de Jesús. En esto consiste la expiación: en entregar u ofrecer algo a Jesús, uniéndonos a Su sacrificio en la Cruz, y buscando el bien espiritual de otros.

Y si Jesús, el hijo de Dios, en la debilidad de la carne necesitó la fuerza y el consuelo que le brindó un ángel en su agonía, al que la tradición de la Iglesia le ha dado el nombre de “Angel consolador” o “Angel confortador” (cfr. Lc. 22,43) con cuánta mayor razón nosotros necesitamos este consuelo si realmente queremos vivir esta dimensión expiatoria que se encuentra presente en toda vida auténticamente cristiana.

Hay, por tanto, una colaboración estrecha entre los ángeles y los hombres en este aspecto de la vida cristiana.

Para entender esta colaboración miremos que el Evangelio de San Lucas antes de narrar la aparición del Angel que consuela y conforta a Nuestros Señor, expresa que Jesus oraba diciendo “Padre, si quieres, que pase de mi este cáliz; mas no se haga mi voluntad, sino la Tuya” (Lc. 22, 42).

Es la obediencia a la voluntad del Padre lo que atrae este Ángel sobre Jesús. Es por causa de esta obediencia que el Angel aparece delante del Señor.

El Evangelio de San Lucas, en el que narra la aparición del Angel consolador, no trae ninguna palabra pronunciada por este Ángel. Entonces, ¿cómo el ángel confortó a Nuestro Señor?. El Ángel conforta a Nuestro Señor con su sola proximidad. El Angel no viene a darnos clases, el ángel viene a darnos fuerzas comunicando algo de su propia perfección, y esto lo hace con su sola cercanía.

Pero también el Angel consolador se muestra sereno, no sale huyendo con Nuestro Señor. El Angel contempla todas las cosas desde Dios y ve que Dios prefiere sacar bien del mal, antes que no permitir ningún mal. Por ello el Angel ve que “todo está bien”, que “todo es bueno”, pues es capaz de ver que “a su tiempo todas las cosas cumplirás su fin” (Eclo. 39,40)

Así, en todo tiempo y especialmente en Cuaresma, para ayudar a tantos hermanos en necesidad, para formar nuestro corazón como el de Jesús te invito a que entregues tus obras y las unas al sacrificio de Jesús, obedece en silencio y así tengas un mejor conocimiento que tus superiores, obedece a la Iglesia. Y, por último, acercaste a este Angel consolador, que su sola presencia te llevará a ser alguien mejor sabiendo que todo está dentro de los designios de amor y misericordia de Dios por ti y por los hombres.

Te dejo esta bella oración compuesta por el Papa Benedicto XV a este Angel Consolador:

“Te saludo, Santo Angel que saludaste a Jesús en el monte de los Olivos. Tú consolaste a mi Señor Jesucristo en su agonía. Contigo alabo a la Santísima Trinidad, quien te eligió de entre todos los Angeles para consolar y fortalecer a quien es Consuelo y la Fortaleza de todos los afligidos. Ante los pecados del mundo y especialmente ante mis pecados, El cayó al suelo lleno de dolor.

Por la honra que tú recibiste y por la disponibilidad, la humildad y el amor con los cuales ayudaste a la santa humanidad de mi Salvador Jesús, te pido me concedas un arrepentimiento perfecto de mis pecados. Consuélame en la tristeza que actualmente me aflige y en todas las otras que van a sobrevenir, especialmente a la hora de mi agonía. Amén”

escrito por el Padre Antonio María Cárdenas ORC 
(fuente: aleteia.org)

viernes, 22 de abril de 2016

Creo en la vida eterna

«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.Ya conocen el camino del lugar adonde voy».Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?». Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí" 
(Jn 14, 1-6)

Éste texto es muy reconfortante, por esta promesa de Jesús que nos está preparando un lugar en la otra vida. Éste fragmento del evangelio debería alejar de nosotros los miedos y dejarnos seguridad en el corazón por la promesa amorosa de Dios. ¡Qué palabras cariñosas las del Señor, que nos dice que cuando viene a nosotros es porque ya tiene un lugar preparado para nosotros!.

La novena de la fiesta de los santos y la conmemoración de los difuntos es una buena oportunidad para recordar a nuestros difuntos, y es una linda fiesta popular que no hay que olvidar.

El Catecismo de la Iglesia Católica en el punto 1020, donde se hace referencia al Credo, nos habla de la vida eterna. “El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad:

«Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y todos los ángeles y santos […] Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos […] Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor» (Rito de la Unción de Enfermos y de su cuidado pastoral, Orden de recomendación de moribundos, 146-147).


El juicio particular

Nos dice el Catecismo que “la muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros”

Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre. «A la tarde te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57).


El cielo, el purgatorio y el infierno

Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4) (…) Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

Salvo que elijamos libremente no amarle podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 14-15). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección”. Es por eso que nosotros también rezamos por los moribundos para que la gracia de Dios toque sus corazónes y ellos con un corazón abierto puedan recibir el amor de Dios" (Cateciscmo, 1033)

No es un tema ni temeroso ni terrible, sino que San Francisco de Asís por este convencimiento de lo que Jesús nos dice en el evangelio, llegó a llamar a la muerte “hermana” y mientras él se preparaba para bien morir, por su enfermedad, decía a sus hermanos “no retrasen a la hermana muerte que venga a buscarme”. Y lo dice por esa convicción de que cuando Jesús tiene preparada la morada para nosotros nos viene a buscar.

Todos tenemos en el corazón el recuerdo de nuestros seres queridos difuntos, por eso quería compartir con ustedes un lindo texto del Cardenal Carlo María Martini quien fue Arzobispo de Milán.


Comunicarnos con nuestros muertos
(escrito por Cardenal Carlo María Martini)

Podemos comunicarnos con nuestros muertos, ellos nos conocen y, aunque estén ahora en el cielo junto a Dios, conocen el mundo que dejaron, conocen ante todo su relación con Dios y con sus planes eternos que ahora pueden contemplar. A partir de Dios, por tanto, conocen nuestras cosas, nuestros problemas y hablan de ellos entre sí y con Dios.

Ellos no sólo nos conocen, sino que nos están cerca. Es cierto que han dejado el mundo para vivir en donde están los cuerpos gloriosos de Jesús y de María, es decir, fuera y más allá de todo el universo y de su espacio. Pero todavía intervienen en el mundo y están presentes en él con su oración, con la fuerza de su amor, con las inspiraciones que nos ofrecen, con los ejemplos que nos recuerdan, con los efectos de su intercesión. El amor que tuvieron con las personas queridas, con nosotros, conmigo, con ustedes, no lo han perdido. Lo conservan en el cielo, transfigurado y no abolido por la gloria. La expresión de santa Teresa de Lisieux: “Quiero pasar mi cielo haciendo el bien sobre la tierra”, no vale sólo para la Santa carmelita. Vale para todos aquellos que piadosamente creemos acogidos por la misericordia de Dios.

(fuente: www.radiomaria.org.ar)
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