Buscar en mallinista.blogspot.com

Mostrando entradas con la etiqueta diablo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta diablo. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de mayo de 2015

El infierno... ¿Existe realmente?

IMPORTANCIA QUE TIENE CREER EN "EL INFIERNO" 

Creer en el infierno es de la mayor importancia, pues sólo el temor de él puede volver al buen camino a muchas almas descarriadas.

En efecto; solamente por dos razones el hombre evita el pecado: por amor a Dios o por temor al Infierno. Es claro que quien no evita el pecado no ama a Dios, pues si lo amara procuraría no ofenderlo, luego no será el amor a Dios lo que lo lleve al buen camino; no queda pues más que el temor al infierno para hacerlo volver a él y si no cree en el infierno, no habrá nada que lo saque del estado de pecado, no habrá nada que lo libre de su perdición eterna.

¡Cuántas, cuantisimas almas apartadas de Dios por el vicio del pecado, deben su regeneración al temor al infierno; cuántas de ellas en una grave enfermedad, por temor de condenarse, han llamado al sacerdote, se han reconciliado con Dios y ha empezado para ellas una nueva vida!

¡Bendito pues, sea este dogma! bien puede decirse que, para las almas apartadas de Dios es la creencia en el infierno la puerta del camino que conduce al cielo!

Si consideramos lo anterior, vemos claramente que los que tenemos la fortuna inmensa de huir del pecado por amor a Dios, si amamos al prójimo como a nosotros mismos, como nos manda nuestra religión, tenemos la obligación de procurar ayudarlo a que se libre de su perdición eterna; por lo tanto debemos esforzarnos por convencer a los que pretenden no creer en el Infierno, o que tienen acerca de él ideas equivocadas de que están en un error a este respecto y procurar poner de nuestra parte cuanto podamos para sacarlos de su error. Seguramente que mucho puede ayudar para ello la lectura de este folleto. Hay pues que hacerlo llegar a sus manos.


¿EXISTE REALMENTE EL INFIERNO?


YO NO CREO EN EL INFIERNO

Hay acerca del infierno tanta ignorancia, todavía peor, ideas tan equivocadas, tan fuera de razón, que no es de extrañar haya personas que no las acepten y que cayéndoles la genuina doctrina católica, las rechacen y afirmen que no creen en el infierno.

Esta actitud es ciertamente explicable, pero no lo es la de aquéllos que caen en el error de no ocuparse más del infierno, de no querer pensar más en él, de ni siquiera tolerar oír hablar de él.

Y esta actitud irracional, aparece más absurda cuando, llenos de azoro, vemos que se suele pretender fundar dicha negación en necedades como la siguiente: "yo no creo en el infierno, porque no puedo aceptar que haya en él, diablos colorados, con figura humana, con cuernos y cola, oliendo a azufre y llevando un tridente en las manos..."

Sin detenernos a considerar vulgaridades semejantes, ni a discutir por lo pronto qué clase de penas habrá o no habrá en el infierno y ateniéndonos a la idea substancial de él, la de un suplicio terrible, inconcebible, que eternamente tendrán que padecer después de su muerte los que obren mal en esta vida y mueran sin arrepentirse, fácilmente vemos que esto es algo tan espantoso, tan tremendo, que bien merece la pena de darle seria consideración.

En efecto: si alguien digno de crédito, nos advirtiera de algún peligro tremendo que corriéramos, necios de todo punto seriamos si no le diéramos oído. Pues bien, no solamente la Santa Iglesia Católica, seguramente la institución más seria, más prestigiada y más poderosa de la tierra, 20 veces secular, que ha contado entre sus fieles a los hombres más sabios y más santos de la tierra, sino todas las religiones; nos advierten del peligro tremendo del infierno eterno ¿cómo pues no darles cuidadosa atención?

Y todavía más: si reflexionamos en que los hombres más sabios que en el mundo ha habido y hay, tales como San Agustín, Newton, Kepler, Miguel Angel, Colón, Volta, Roenghten, Edison, Pasteur, Marconi, Nixon, De Gaulle y Franco, etc., han creído y creen en el infierno, que han creído y creen en él filósofos eminentísimos, que todo lo escudriñan, que todo lo profundizan y en tantos que ha habido que han pretendido negarlo y que a la hora de su muerte se han retractado y reconocido su error, no podemos menos que decir: no ha de ser tan absurdo como algunos creen, aceptar la existencia del infierno; bien puede estar equivocado quien no la acepta y es absurdo permanecer impasible, indiferente, ante un posible peligro tan tremendo, como es este, que se cierne sobre nosotros. Hay que indagar las razones que debe haber para que hayan creído en él hombres tan sabios y si después de un examen cuidadoso se llega a la conclusión de que realmente no hay infierno, bien se puede vivir siguiendo sus tendencias, pero si por el contrario se llega a la conclusión de que puede al menos existir, es indudable que se debe trabajar sin descanso para lograr librarse de él.

También por maldad se niega el Infierno. Pero no solamente por ignorancia se niega el infierno, también se niega por maldad.

En efecto: del mismo modo que si los ladrones lo pudieran, destruirían la gendarmería, los malvados que encuentran la creencia en el infierno incompatible con sus inmoralidades, están siempre dispuestos a hacer lo posible y lo imposible, para persuadirse de que no hay tal infierno, pues íntimamente sienten que si tal existiera, sería para ellos. Hacen como los cobardes que cantan lo más fuerte que pueden en la noche negra, para aturdirse y no sentir demasiado el miedo que los invade.

Para darse aún más valor, tratan de persuadir a los demás de que no hay infierno, se burlan de los que creen en él; si son escritores, lo escriben en sus libros más o menos científicos y filosóficos; lo repiten a los cuatro vientos, en todos los tonos y gracias a este ruidoso concierto, acaban por creer que nadie cree ya en el infierno y que por consecuencia, ellos tienen el derecho de tampoco creer en él.

Tales fueron en el siglo XVIII casi todos los jefes de la incredulidad Volteriana. Habían establecido tan claramente como 2 y 3 son 5, que no había ni Dios, ni paraíso, ni Infierno; estaban plenamente seguros de haber logrado ellos también "un concepto exacto y racional del universo" y sin embargo, ahí está la historia para mostrarnos que todos ellos, unos después de los otros, sobrecogidos a la hora de la muerte, de un espantoso pánico, se retractan, se confiesan, piden perdón a Dios y a los hombres.

Uno de ellos, Diderot, escribía refiriéndose a la muerte de D'Alembert: "si yo no hubiera estado con él, hubiera dado la zambullida como tantos otros".

Aquellos que gritan más alto contra el infierno, creen en él frecuentemente tanto como nosotros y en el momento de la muerte cae la máscara y se ve lo que había debajo de ella.

Todos sabemos cómo Voltaire a la hora de su muerte, había insistido varias veces para que se le trajera el cura de San Sulpicio. Los masones sus amigotes, le hicieron el servicio de que el sacerdote no pudiera llegar hasta el viejo moribundo que expiró en un acceso de rabia y la desesperación.

Es la corrupción del corazón, de las costumbres, más que el entendimiento, la que hace negar la existencia del infierno.

Cuando se tiene la cobardía de no dejar la vida mala que conduce a él directamente, siempre se está en disposición de decir, aunque ello no se crea, que no existe el infierno.

He ahí un hombre cuyo corazón, la imaginación, los sentidos, las costumbres de cada día están dominados, absorbidos por un amor culpable; se entrega a él todo entero; todo se lo sacrifica; "id a hablarle del infierno" encontraréis a un sordo: y si algunas veces, a través de los gritos de la pasión, la voz de la conciencia y de la fe se hacen oír, inmediatamente les impone silencio no queriendo oír la verdad, ni fuera, ni dentro de él. ¡Id a hablarles del infierno a esos jóvenes libertinos que pasan la vida en deshonestidades y francachelas, os responderán sus carcajadas diabólicas! ellos no quieren que haya infierno.

¿Y los avaros?, ¿y los usureros?, ¿y los malos ricos?, ¡qué de argumentos irresistibles encuentran en sus cajas fuertes, contra la existencia del infierno!, ¡devolver lo mal adquirido, entregar su oro, sus billetes! mejor la muerte, mejor el infierno, ¡si es que realmente existe! y lo mismo es cuándo se trata de cualquier otra pasión violenta; del odio, de la venganza, de la ambición, de ciertas exaltaciones del orgullo. Ellos no quieren oír hablar del infierno. Para negar su existencia ponen en juego todo cuanto tienen.

¿Queréis convencer a alguno de estos corrompidos de la existencia del Infierno?. Pues hacedlos vivir de tal manera que no tengan por qué temerlo. Ved los cristianos verdaderos, los cristianos castos, de conciencia recta y delicada, fieles a todos sus deberes ¿acaso les viene alguna vez a la cabeza la idea de dudar del infierno? no; las dudas vienen más que de la inteligencia, del corazón y salvo muy raras excepciones, debidas al orgullo y a la media ciencia, basta que un hombre lleve una vida medianamente correcta, para que nunca experimente la necesidad de tronar contra la existencia del infierno.


CREO EN El INFIERNO PERO NO EN QUE SEA ETERNO.

Creer en el infierno, pero no en que sea eterno quiere decir que se cree en el purgatorio y no en el infierno, pues lo que principalmente distingue éste de aquel es la eternidad de las penas.

Nada de extraño tiene el que haya quienes aceptando el purgatorio, no acepten el infierno, pues más fácilmente lleva la razón a descubrir la necesidad de la existencia del purgatorio, que la del infierno y sin embargo, por una de esas anomalías tan frecuentes entre los herejes, la inmensa mayoría de las sectas protestantes, admiten la existencia del infierno y niegan la del purgatorio.

Decimos que es más accesible a la razón la existencia del purgatorio; en efecto: la existencia de un castigo en la otra vida para los malvados, se impone a la razón de quien acepta la existencia de Dios, su Justicia y la responsabilidad de los actos del hombre; pues es una realidad que Dios ha grabado en el corazón del hombre la voz de la conciencia, que no solamente le enseña lo que es moralmente bueno, y lo que es malo, sino que debe hacer el bien y evitar el mal: además, es un hecho que en varias ocasiones y de diversas maneras, Dios le ha revelado al hombre su ley, le ha dado a conocer lo que debemos hacer, lo que debe evitar, le ha impuesto su ley; si Dios es justo, debe forzosamente premiar al que la guarda y castigar al que la infringe, pues de otra manera sería un legislador de cartón.

Ahora bien, vemos muy frecuentemente que los que infringen la ley de Dios son felices en esta vida y que, por el contrario, son muchas veces desgraciados los que la guardan; luego se impone a la razón el que después de esta vida sean castigados los malvados que no fueron suficientemente castigados y premiados los que no lo fueron en esta vida.

Pero el que este castigo sea eterno, es una verdad que la razón no alcanza con la misma facilidad y las pruebas que de ello nos proporcionan los teólogos son de un orden bastante elevado para que no pueda fácilmente captarlas quien no tenga una preparación filosófica adecuada. Es por esto que no pasamos a desarrollarlas aquí, limitándonos solamente a enunciarlas. Helas aquí:

El infierno es necesariamente eterno:

- a causa de la naturaleza misma de la eternidad.
- a causa de la falta de gracia en los condenados.
- a causa de la perversidad de los condenados.

Santo Tomás de Aquino en la cuestión XCIX del 5o. tomo de su maravillosa "Suma Teológica", discute la duración de las penas del infierno y demuestra que éstas deben ser eternas. Podemos sintetizarlo que él dice en estas 4 razones:

1º- El pecado mortal contiene en cierto modo una malicia infinita, como quiera que por él se desprecia a Dios, que es infinitamente bueno; merece, pues, ser castigado con una pena eterna en cuanto a su duración.
2º- La culpabilidad o malicia permanece para siempre y no puede remitirse sin la gracia, la cual no se da después de la muerte.
3º- El que peca mortalmente tiene interpretativa voluntad de permanecer para siempre en el pecado, como quiera que se coloca en un estado, del cual no puede salir sin el divino favor y antepone la criatura por cuya causa ama el pecado, a Dios.
4º-En este mundo los delitos contra el rey o contra la patria, tienen señalado un especial castigo, relativamente eterno; pues, como bien nota San Agustín, el que atenta contra la patria es separado de la sociedad. Lo mismo pues, debemos decir del castigo eterno. Si un desterrado pudiese vivir eternamente, eternamente estaría en el destierro.

A estas pruebas añadamos este otro razonamiento:

Por la muerte, la voluntad del hombre se fija en el bien o en el mal. Dios no puede conceder el perdón sino por el arrepentimiento, por esto es por lo que ¡o obtenemos tantas veces en esta vida, pues podemos arrepentirnos. Pero fijados en el mal los réprobos, no pueden arrepentirse. Ellos eligieron el mal, luego Dios no puede perdonarlos y como el castigo es proporcionado a la duración de la existencia del mal, él es eterno.

Habiendo enunciado simplemente, como dijimos, estas pruebas filosóficas, vamos a presentar 2 de sentido común; una probando. que la eternidad de las penas del infierno no es contraria a la razón y otra que los tormentos del infierno son eternos.

Como prueba de que la eternidad del infierno no es contraria a la razón, decimos que si lo fuera, no habría sido aceptada por todos los pueblos, en todos los tiempos, por los hombres más sabios y eminentes que ha habido.

Y como prueba de que los tormentos del infierno son eternos, las enseñanzas de N.S. Jesucristo a este respecto, no dejan lugar a duda.

Una prueba de que la existencia del tormento eterno no es contraria a la razón.

Lo que todos los pueblos han creído siempre, en todos los tiempos, constituye lo que se llama una verdad de sentido común. Quien quiera que rehuse admitir una de estas grandes verdades universales, no tendrá, pues, como justamente se dice, sentido común. Se requiere, en efecto, estar loco para imaginarse que se pueda tener razón contra todo el mundo.

Ahora bien: en todos los tiempos, desde el principio del mundo hasta nuestros días, todos los pueblos de la tierra han creído en el infierno. Bajo diferentes nombres, bajo formas más o menos alteradas, todos ellos han proclamado la creencia en castigos tremendos, en castigos sin fin, en los que siempre aparece el fuego para castigo de los malvados después de su muerte.

Ni qué dudar que desde la más remota antigüedad tal creencia existía en el pueblo hebreo, en cuyos santos libros se encuentra la creencia del tormento eterno, hasta con su mismo nombre: INFIERNO, con todas sus letras.

Vemos así que Moisés hace ya 3,500 años, lo dejó consignado en los primeros libros de la Biblia, por ejemplo en el capítulo XVI del libro de los números, leemos que 3 levitas, Coré, Dathán y Abirón que habían blasfemado contra Dios y se habían rebelado contra Moisés, fueron tragados al infierno: "cubiertos de tierra bajaron vivos al infierno". (Vers. 33).

En el deuteronomio dice el Señor por boca de Moisés: "Mi furor se ha encendido como un fuego grande que los abrazará hasta el abismo del infierno" (Deut. XXXII, 22).

En el libro de Job, igualmente escrito por Moisés, leemos que los impíos, rebosantes de bienes que dicen a Dios: "No tenemos necesidades de Ti, no queremos tu ley, ¿para qué servirte y rogarte? caen "repentinamente en el infierno".

Mil años antes de la era cristiana, cuando todavía no se empezaba a escribir la historia griega ni la iomana, David y Salomón hablan con frecuencia del infierno como de una gran verdad conocida por todos y de todos reconocida.

Así David en el libro de los Salmos, dice hablando de los pecadores: "que serán arrojados al infierno", "que los impíos serán confundidos y precipitados en el infierno" y habla después "de los dolores del infierno".

Y Salomón refiriéndose a los dichos de los impíos que quieren seducir y perder al justo, dice: "Devorémoslos vivos como lo hace el infierno". Y en su famoso libro de la sabiduría, donde tan admirablemente pinta la desesperación de los condenados, añade: "He aquí lo que dicen en el infierno los que han pecado, pues la esperanza del impío se desvanece como el humo en el viento."

Y testimonios semejantes encontramos en casi todos los libros del Antiguo Testamento, especialmente en el Eclesiastés, en el de Isaías, de Daniel, de los demás profetas, hasta el precursor del Mesías, San Juan Bautista, quien también habla al pueblo de Jerusalén del fuego eterno del infierno, como de una verdad conocida de todos y de la que nunca nadie ha dudado.

"He aquí que llega Cristo, dice, Él cernirá su grano; recogerá el trigo (los elegidos) en su granero y quemará la paja (los pecadores) en el fuego inextinguible".

Y no solamente el religioso pueblo hebreo, también la antigüedad pagana, tanto la griega como la latina, nos hablan igualmente del infierno, de un infierno de fuego y de tinieblas al que llaman "el tártaro".

Así de Platón tenemos esta cita de Sócrates su maestro,. "Los impíos que han despreciado las santas leyes son precipitados en el tártaro para no salir de él jamás y para sufrir ahí tormentos horribles y eternos". Y Platón mismo nos dice: "deben aceptarse como ciertas las tradiciones antiguas y sagradas. que enseñan que, después de esta vida, el alma será juzgada y castigada severamente, si ella no ha vivido como conviene"

Y Aristóteles y Séneca y Cicerón nos hablan de estas mismas tradiciones que se pierden en la noche de los tiempos. Homero y Virgilio las han revestido con los colores de sus inmortales poesías. Quien haya leído el relato del descendimiento de Eneo a los infiernos, habrá visto que, bajo el nombre de "Tártaro", de "Plutón", etc., encontramos las grandes verdades primitivas, desfiguradas, es cierto, pero conservadas por el paganismo: "los suplicios de los malvados son ahí eternos": y uno de ellos nos es presentado como "eternamente" fijado en el infierno.

Y lo mismo es en todos los tiempos, hasta en los modernos en que encontramos la creencia en el infierno en todos los pueblos, hasta en los indios salvajes de América, los negros de Africa y de Oceanía. El paganismo de la India y de Persia aún guarda vestigios patentes de él. Y el cisma y el protestantismo y hasta el mahometismo, cuentan entre sus dogmas la existencia del infierno.

De tal manera es incontestable que esta creencia es universal, que tal lo han reconocido los filósofos más escépticos, ejemplo entre ellos Bayle y su hermano en volterianismo e impiedad; el inglés Bolingbroke quien dice formalmente: "la doctrina de un estado futuro de recompensa y de castigos es plenamente universal. Ella se pierde en las tinieblas de la antigüedad, precede todo lo que sabemos de cierto".

Si pues todos los pueblos, en todos los tiempos, han conocido y reconocido la existencia del infierno, si este dogma admirable forma parte del tesoro de las grandes verdades universales, que constituyen la luz de la humanidad, ningún hombre sensato, que tenga sentido común, podrá ponerla en duda, diciendo en la locura de una ignorancia orgullosa y estúpida; "la creencia en la existencia de un tormento eterno es contraria a la razón, yo no creo en la eternidad del infierno".


El mejor argumento de la eternidad de las penas del Infierno.

Como hemos dicho, son muchas las consideraciones que los teólogos nos presentan para establecer racionalmente que deben ser eternas las penas del infierno. Pero seguramente que el más sencillo, el más terminante y el mejor argumento que puede presentarse con este objeto, son las enseñanzas de N. S. Jesucristo, a este respecto.

Si Cristo nos enseña la existencia del infierno, todo aquél que crea en Cristo, deberá creer en el infierno, parézcale o no le parezca bien tal doctrina.

Y esto lo ven no pocos cristianos ignorantes, que pretenden no creer en el infierno. Por eso no es raro oírles querer disculpar su negación diciendo falsedades como ésta: "tan no existe el infierno, que Cristo nunca nos habló de él".

Y cuando se les prueba que ello no es exacto, que sí habló de él y en múltiples ocasiones y en forma terminante, recurren al expediente de mala fe, de pretender que hablaba de él en forma metafórico, figurada, o que nos hablaba de él para en su deseo ardiente de apartarnos del mal, amedrentarnos con algo que en realidad no existe.

Se concibe que niegue el infierno gentuza tal, que tiene de Cristo tan equivocada idea, que piensa pueda mentir El mismo para lograr un objeto falso, pues si no existiera en realidad el infierno, ¿para qué habría de poner Cristo tanto empeño en apartar a los malos del pecado?

¡Cómo se hace patente la mala fe e ignorancia de quien tal afirma, pues no sabe qué es doctrina católica, expuesta por San Pablo, que no deben hacerse cosas malas para que resulten buenas!

La mejor manera de refutar a los que afirman que Cristo nunca habló del infierno, o que cuando lo hizo fue en forma figurada, es presentar los diferentes textos en que constan las palabras que pronunció N.S. Jesucristo a este respecto; pues si de algunas doctrinas, tales como su presencia real en la Sagrada Eucaristía y la supremacía de San Pedro, habla N.S. Jesucristo con tanta claridad como del infierno, tal vez de ninguna otra hable tan reiteradamente, pues encontramos en los Evangelios 14 citas de N.S. Jesucristo a este respecto, de las que presentamos a continuación las siguientes:

-Que si tu mano o tu pie te es ocasión de escándalo, arrójalos lejos de ti; pues más te vale entrar en la vida eterna manco o cojo, que con dos manos, o dos pies ser precipitado al fuego eterno. Y si tu ojo es para ti ocasión de escándalo sácalo y tíralo lejos de ti: mejor te es entrar en la vida eterna con un solo ojo, que tener los dos y ser arrojado al fuego del infierno (Mat. XVIII 8-9).
-Al fin del mundo enviará el Hijo del Hombre a sus Angeles y quitará n de su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran, la maldad y los arrojará en el horno del fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes (Mat. XIII-40-43).
-Después de explicar. N.S. Jesucristo como vendrá a juzgar a los buenos y a los malos el día del juicio, dice: al mismo tiempo dirá a los que están a la izquierda; apartaos de mi malditos: id al fuego eterno y añade: y éstos irán al suplicio eterno (Mat. XXV-41).
-Si tu mano te escandaliza, córtala; mejor es para ti llegar a la vida con solo una mano que con las dos, arder en el infierno, en un fuego inextinguible, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Que si tu pie te escandaliza, córtatelo; es mucho mejor llegar a la vida eterna con un solo pie, que no con los dos ser arrojado al infierno a un fuego que no consume, donde el gusano no muere ni el fuego se apaga. Y si tu ojo te escandaliza, arráncalo; mejor es para ti entrar en la Gloria con un solo ojo que con los dos ser arrojado en el infierno, donde el gusano no muere ni el fuego se extingue (Mat. IX-42-43).
-Y no temáis a los que solamente pueden mataros en el cuerpo, si no pueden mataros "el alma" temed únicamente a quien puede arrojarnos en cuerpo y alma en el infierno (Mat. X-26).
-Murió también el rico y fue sepultado en el infierno. Y abriendo los ojos estando en los tormentos, vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro en su seno. Y exclamó diciendo: "Padre Abraham ten misericordia de mi y manda a Lázaro que con la punta de un dedo mojado en agua venga a refrescar mi lengua, pues estoy abrasado en estas llamas (Luc. XVI-22-24).
-Yo os digo que el que se enoje con su hermano será reo de Juicio... y el que te diga "raca" (un gran insulto) será reo del fuego del infierno (Mat. V-22)
-Ver también Mat. VIII-11-12; Mat. XXII 11-13; Mat. VII-19; Juan IV-5-6.

¿Qué puede objetarse de buena fe a esto? Habiendo hablado N.S. Jesucristo en términos tan claros. ¿Es de pensarse que lo haya, hecho en forma figurada?

Y tan no fue así, que vemos que los Apóstoles, encargados por el Salvador de predicar y desarrollar su doctrina, nos hablan incesantemente del fuego y de sus llamas eternas, en forma tal, que está muy lejos de poder honradamente parecernos que ellos lo entiendan figuradamente.

Para no citar sino algunas de sus palabras, recordemos que el Apóstol San Pedro dice que "los malvados compartirán el castigo de los malos ángeles, que el Señor ha precipitado en las profundidades del infierno, en los suplicios del tártaro".

San Pablo les escribe a los cristianos de Tesalónica, hablándoles del juicio último, que el Hijo de Dios "sacará venganza de las flamas del fuego de los impíos que no han querido reconocer a Dios y que no obedecieron el Evangelio de N. S. Jesucristo; tendrán que sufrir las penas eternas lejos del rostro de Dios".

San Juan nos habla del infierno y de sus fuegos eternos. Refiriédose al Anticristo y a su falso profeta, dice: "serán arrojados vivos en el abismo abrasado de fuego y de azufre para ser ahí atormentados día y noche por los siglos de los siglos".

En fin, el Apóstol San Judas nos habla a su vez del infierno mostrándonos los demonios y los condenados "encadenados por la eternidad en las tinieblas y sufriendo las penas del fuego eterno".

Ver también entre otras muchas las citas siguientes: Hebreos X, 26-27; Apocalipsis XIV, 10-11; XX, 9-10; XX, 15; XXI, 3.

Después de enseñanzas tan claras, bien se ve que no puede negarse el infierno sin negar a Cristo y con cuánta razón la Iglesia Católica nos presenta la eternidad de las penas y del fuego del infierno, como un dogma de que, desde los tiempos apostólicos, dejó consignado en el Credo en estos términos: "creo en la vida perdurable", es decir, creo en otra vida que será para todos inmortal y eterna; para los buenos inmortal y eterna en la beatitud del Paraíso y para los malos, inmortal y eterna en los castigos del infierno, como explícitamente lo encontramos expuesto antes del año 429, en el Credo de San Atanasio en estos términos: "... a cuya llegada (de N. S. Jesucristo el día del Juicio) todos los hombres tienen que resucitar con sus cuerpos y dar cuenta de sus propios hechos. Y los que obraron bien irán a la vida eterna, pero los que obraron mal, al fuego eterno. Esta es la fe católica en la que el que no creyere fiel y firmemente no podrá salvarse".

Sí, esta es la fe católica, creer en la existencia del infierno tal y como lo enseña la Iglesia Católica es de fe y así, el que niega este dogma, que no se tenga por católico, pues con ese mismo hecho incurre en excomunión y viene a ser un hereje.


¿COMO PUEDE ACEPTARSE QUE SIENDO DIOS TAN BUENO HAYA CREADO EL INFIERNO?
 
Esta objeción puede también presentarse bajo otras formas como ésta: "Dios es demasiado bueno para condenarme". Vamos a pasar a refutarla y después refutaremos otras de las más usuales y múltiples objeciones del mismo tenor, que ponen contra el infierno los que así buscan pretextos para negarlo.

Los que juzgan la existencia del infierno incompatible con la bondad de Dios, es por que tienen un concepto enteramente equivocado de la bondad, pues basta con tener de ella un concepto verdadero, para ver que precisamente por ser Dios infinitamente bueno, tenía que haber creado el infierno.

En efecto: quienes ven incompatible la bondad de Dios con la creación del infierno, tienen de la bondad un concepto equivocado, creen que ésta consiste en pasar por todo, creen que la verdadera bondad es como la de una madre consentidora que todo cuanto hace el niño mimado, por malo y perjudicial que para el mismo pueda ser, lo disculpa y hasta lo aplaude, en vez de, como debería ser si ella fuera realmente buena, reprenderlo y castigarlo.

La verdadera bondad pide ante todo la justicia: dar a cada cual según sus obras; al bueno premio, al malo castigo y premio y castigo, proporcionados a la bondad o maldad de sus obras.

Por eso Dios, que es infinitamente justo, da como castigo a una obra cuya maldad no tiene límite, un castigo eterno.

La bondad de Dios, su misericordia infinita, se manifiesta no a expensas de su justicia infinita, sino perdonando al pecador ARREPENTIDO, cuantas veces se arrepienta, por innumerables que sean las veces que reincida, por grave que sea la falta cometida y para poder perdonarlo sin forzar la justicia divina, se requirió que El pagara por el pecador, lo que hizo haciéndose hombre, sufriendo los más atroces tormentos. El mismo vino al mundo a advertirnos de la existencia del infierno, a enseñarnos lo que deberíamos hacer para librarnos de él; instituyó la Iglesia para que continuamente nos estuviera recordando sus enseñanzas ¿qué más podía hacer por el hombre una bondad infinita?

Pero si a pesar de esto no hacemos aprecio a sus enseñanzas, si no queremos arrepentirnos de nuestros pecados, si no queremos ni aceptar el perdón que Él nos brinda, ¿va Dios a la fuerza a perdonarnos? perdonar a quien no reconoce sus faltas, a quien no se arrepiente de ellas, a quien no quiere ser perdonado, no es bondad, es injusticia, más aún es estupidez del todo impropia de un ser racional como es el hombre, absurdo del todo suponerla en Dios.

Sobre este mismo tema suelen ponerse sentimentales los negadores del infierno y presentar esta otra objeción.

Si un padre que es humano y tan imperfecto, nunca castigaría con la pena de muerte a un hijo ¿cómo va a aceptarse que Dios, la bondad, la perfección infinitas, que nos ama infinitamente más que lo que nos puede amar nuestro propio padre, pueda castigarnos con el infierno eterno que es muchas veces peor que la muerte?

Ver la inconsistencia de esta objeción no es nada difícil, basta considerarla con un poco de lógica y detenimtento.

En efecto: desde luego las dos penas que se aducen no son correspondientes, pues el padre no tiene el derecho de castigar la mala conducta de un hijo con la muerte y Dios, en cambio, tiene toda clase de derecho sobre sus criaturas.

Después, el castigo que un padre diera a un hijo llega al máximum si la falta del hijo lo amerita. Cierto es que no va un padre consciente a correr a un hijo de su casa simplemente porque llega un día pasado de copas, pero hay faltas que ameritan eso y más.

Imaginemos por ejemplo el caso de un hijo perdulario, que a pesar de todos los consejos, reconvenciones y castigos de su padre, es desobediente, irrespetuoso, trasnochador, borracho, fornicario, criminal y cuya maldad llega al grado de abusar de su misma hermanita de 7 u 8 años ocasionándole la muerte, todo lo cual no es un imposible, véase la plana roja de los diarios. Lo sabe el padre, lo recrimina y en vez de dar el hijo muestras de arrepentimiento, se enfrenta al padre y lo insulta y lo abofetea ¿no es de todo punto forzoso el que tal padre, a pesar de todo lo bueno que sea y de todo lo que quiera a su hijo, lo corra de la casa? y que no se conforme simplemente con esto, sino que lo maldiga y lo desherede.

Pues esto es precisamente lo que hace Dios con el pecador no arrepentido, con el que a pesar de que sabe que Dios se hizo hombre y dio la vida por él y todo lo que por él ha hecho, lo desprecia y desprecia su ley y vive en la corrupción y le ofende y niega su castigo y se burla de El y hasta en la hora de la muerte reniega de El y no se arrepiente y muere en su pecado. Dios entonces, a semejanza del padre humano le dice: "apártate de mí maldito, ve al fuego eterno" sentencia tremenda que no es solamente el esplendor de la justicia de Dios sino también el de su bondad infinita.

Todavía los negadores del infierno, pretenden esgrimir contra él otras objeciones más del mismo tenor. Refutaremos de entre ellas esta última:

Dios sabe de antemano quiénes se han de condenar, ¿por qué pues los crea?

Esta objeción está refutada con la amplitud necesaria en el Folleto E.V.C. No. 53 por lo que aquí nos referimos a ella brevemente.

Dios crea a todos los hombres para su eterna bienaventuranza y les da los medios necesarios para alcanzarla. Ellos son libres de aprovechar o no estos medios; si no los aprovechan y se pierden, ellos solos tienen la culpa.

Dios tiene sabias y poderosas razones para tolerar el mal que hacen los malos en este mundo, pues ellos son causa de grandes merecimientos para los buenos que son escandalizados y perseguidos por los malos. Si Dios no tolera el mal, quitaría a los buenos la oportunidad de merecer por causa de los malos, lo que es una injusticia manifiesta: El dá además a los malos, plena oportunidad para arrepentirse; si ellos no la aprovechan, repetimos, culpa de ellos es, no de Dios.

En esta cuestión, como en otras de orden espiritual, se encierran dificultades que se requiera tiempo y estudio para poder sondear y que no fácilmente pueden ver a primera vista los que no tienen amplios estudios en religión.


EL CONCEPTO DE LA IGLESIA CATOLICA SOBRE EL INFIERNO ES NECIO.

Dar dé todo el horror del infierno, a quien no tiene de la excelencia de Dios ideas bastante claras para que pueda darse cuenta de la desgracia tremenda que significa perderlo, que es en lo que principalmente consiste el sufrimiento del infierno, es algo sencillamente imposible, de aquí que algunos autores y predicadores, en su anhelo de llevar a las multitudes, idea de los horrendos castigos del infierno, recurran a representaciones materiales, esperando que ellas los lleven a más elevadas concepciones y hablan así de una manera figurada, que a pesar de sus excelentes intenciones, no pocas veces resultan cuentos fantásticos y hasta grotescas, que mal interpreta el vulgo y no pocas veces causan mala impresión en las personas cultas y de buen sentido, que creyendo lo expuesto la verdadera doctrina de la Santa Iglesia Católica, cuando no tienen de esta institución divina el concepto que ella merece llegan hasta a juzgarla necia.

Pero lo que tales autores o predicadores dicen en forma material y figurada, está muy lejos, lejísimos, de ser la auténtica doctrina católica sobre el infierno, la que está condensada en estas palabras de N.S. Jesucristo, que ya hemos mencionado: Apartaos de Mí, malditos, id al fuego eterno.

Basta profundizar estas terribles palabras para tener la doctrina auténtica de la Iglesia Católica acerca del infierno. Libros y más libros pueden escribirse y han sido escritos haciéndolo. Aquí nosotros no tenemos espacio sino para glosarlas brevemente.

APARTAOS DE MI. He aquí el sufrimiento principal del infierno: la separación de Dios, la pérdida de Dios. Pena que los teólogos llaman pena de daño, porque pérdida en latín se dice damnum.

En ésta vida, quien vive en estado de gracia, cultivando el amor de Dios, puede tener idea, aunque lejana, de lo que esta pena significa; no así quien vive en pecado, apartado de un Dios a quien no conoce, a quien no ama, del que no se ocupa, al que no toma para nada en consideración. Pero inmediatamente después de la muerte, al abrirse los ojos del alma a la otra vida, ve el pecador empedernido el bien soberano que significa la sociedad de Dios; ve que solo en ella puede hallar el alma plena felicidad, una felicidad desconocida en la tierra, pues no es una felicidad humana, sino la misma felicidad de Dios y ve que esa felicidad inefable, infinita, la ha perdido y que la ha perdido para siempre. ¡Eternamente!

Quien haya sentido la pena de por una torpeza, por un descuido haber perdido la ocasión de hacer un gran negocio, de salvar la vida de un ser querido, de haber perdido la oportunidad de casarse con alguien de quien estaba profundamente enamorado, podrá darse alguna idea de la pena infinita que tendrán los condenados al darse cuenta de que, por lo que no valía la pena, por lo que no valía nada, lo perdieron todo, perdieron eternamente la felicidad de Dios.

MALDITOS. Pero en las palabras de Cristo no solamente hay separación, hay ¡maldición y maldición de Dios; el réprobo es un ser maldito de Dios: si por malvado que sea, cualquiera se sobrecoge de horror, con solo pensar que puede ser maldito de su mismo padre. ¡Qué será ser maldito de Dios.! De Dios, del poder infinito, cuya maldición penetra el alma del réprobo, como penetrará su cuerpo el día de la resurrección universal por todos los poros y circulará por su sangre e invadirá todas sus entrañas hasta impregnar la médula de sus huesos.

La inteligencia, esa faculta del alma que nos atormenta en la desgracia, haciéndonos descubrir la magnitud de nuestra desdicha, está en el réprobo maldita de Dios.

El sentimiento, esa otra facultad del alma que lleva al hombre irremisiblemente a amar, a amar lo santo si se es bueno y a amar lo malo, si se es malvado, pero a amar, será maldita de Dios en el réprobo. El ya no podrá amar nada, tan solo podrá odiar y ser odiado.

El mismo Cristo, que tanto amó al malvado mientras viviendo en esta vida tuvo oportunidad de haberse arrepentido, que lo amó al grado de siendo Dios hacerse hombre por él, de morir por él, de hacerse pan por él, ha dejado de amar al réprobo que murió en pecado. ¿Puede concebirse pena mayor que haber dejado de ser amado por Cristo, de haber dejado de ser amado por Dios?

IR AL FUEGO ETERNO. Todavía más. Además de las penas anteriores que son espirituales, tendrá que sufrir el condenado una pena que llaman los teólogos, de sentido, porque es producida por agentes sensibles como el fuego.

Esta pena que existe ya en las almas separadas de sus cuerpos, como existe en los Angeles caídos, cuando después del día del juicio el cuerpo esté unido al alma, alcanzará toda su intensidad.

¿En qué consiste la pena de sentido? Pues en muchas cosas, pero principalmente en el tormento del fuego. Y esto no puede negarse, pues N.S. Jesucristo claramente dice: Id al fuego eterno, con todas sus letras.

¿Cómo será este fuego? nada ha definido la iglesia a este respecto, pero está fuera de duda que no se trata de un fuego metafórico. Las palabras tan claras, tan terminantes, tan reiteradas de N.S. Jesucristo, a este respecto, nunca podrían acomodarse a una interpretación metafórica. Se trata pues de un fuego real, aunque seguramente no de la misma especie del fuego que vemos en esta vida, ya que el fuego del infierno quema las almas y el fuego terrestre, a pesar de las sutilezas de algunos comentadores bíblicos, no quema el alma, menos aún si está separada del cuerpo; ya que el fuego terrestre consume lo que quema y el fuego del infierno no consume ni el alma, ni el cuerpo resucitado del réprobo y que nuestros mismos cuerpos resucitados tendrán facultades que no concuerdan con el fuego terrenal. Pero es de fe el creer que los réprobos, en el infierno, tendrán sufrimientos iguales, aunque más intensos, que los que en esta vida produce el fuego terrenal y el que no comprendamos bien como puedan ser producidos estos sufrimientos, no es razón para dejar de creer en ellos, pues una cosa es conocer claramente la verdad de algo y otra es el comprenderla.

Y no es la del fuego la única pena sensible de los condenados, hay otras más, que las Sagradas Escrituras llaman metafóricamente el agua, el hielo, el gusano que no muere, las inmundicias, el lago de azufre y otras no metafóricas, como la compañía excecrable de Satanás y de los demás demonios, de los criminales y depravados, que serán para los condenados, otras tantas causas de tormento y la privación de todo lo bueno, de la libertad, de la variedad, de la mudanza, de la luz, del reposo, de toda satisfacción, en fin de todo bien.


Algunas Doctrinas más sobre el infierno.

- Desigualdad de las penas del Infierno.
Sabemos además, de cierto, que si las penas de los condenados son iguales en cuanto a que son eternas, son desiguales en cuanto a su intensidad, como claramente lo expresan estas palabras de San Pablo: "Dios dará a cada quien según sus obras". (Rom. 11-6). Hay pues en el infierno distintos grados de tormentos para los distintos grados de culpabilidad, siendo proporcionada la pena, al número y a la gravedad de las faltas. Habrá pues en él pecadores que sufran mil veces más que otros por lo que es gran locura decir que una vez en pecado mortal, no hay que cuidarse de multiplicar sus faltas, ya que cada pecado mortal no perdonado en esta vida, tiene su correspondiente suplicio eterno en la otra.

- Sitio del Infierno.
Aún no ha sido definido por la Iglesia, si el infierno es un lugar o simplemente el estado desgraciado en que se encuentran los condenados. Pero el sentir más general de ella es que el infierno es ambas cosas a la vez. ¿Dónde se encuentra? eso es lo de menos. En siglos anteriores en que no se creía que fuera redonda la tierra era la creencia común entre los teólogos, que se encontraba debajo de ella; otros después, pensaron que se encontraba en su interior, pero repetimos esto, está muy lejos de haber sido definido.


COMO VA A SER POSIBLE QUE BASTE UN SOLO PECADO MORTAL PARA CONDENARSE.
Nada de extraño tiene que piensen así las personas que viven alejadas de Dios. Las que, ignorantes, no saben las condiciones requeridas para que sea mortal un pecado y que no conocen, por lo tanto, la malicia del pecado mortal.

Un pecado mortal es una ofensa grave, que se hace a Dios, voluntaria y conscientemente.

Quien se da cuenta de esto no puede dudar que baste un sólo pecado mortal para condenarse, pues ¿cómo va a perdonar Dios a quien voluntariamente y sabiendo bien lo que hace, lo ofende gravemente? sin embargo, si se arrepiente, Dios, que es infinitamente bueno lo perdona, pero si no se arrepiente y reniega de Dios y muere en su pecado ¿cómo no va a ir al infierno?

Además, el pecado mortal supone o requiere para ser cometido, un estado de alejamiento de Dios de enemistad de El, que aún sin llegar a cometerlo, quien pueda cometerlo merece la separación eterna de Dios: el infierno.

Es absurdo suponer que alguien que viva habitualmente en amistad con Dios, en estado de gracia, cometa inopinadamente un pecado mortal. Si cae en pecado grave no será voluntariamente, faltará gravemente, ofuscado por el atractivo de los bienes materiales, pero en cierta forma contra su voluntad y después de haberlo hecho se arrepentirá profundamente de él. En realidad puede decirse que, quien habitualmente está en estado de gracia, se sentirá arrepentido antes de cometer un pecado grave, al estarlo cometiendo y después de haberlo cometido.

Así pues, para cometer un pecado mortal y perseveraren su pecado, se requiere, repetimos, tanta perversidad de alma que quien esté en ese caso, merece plenamente el infierno.

Siendo el hombre como es, un ser libre, puede haciendo mal uso de esa libertad, negar lo más evidente, hasta la existencia de Dios pero hay algo que nunca podrá negar por más cegado que esté: LA MUERTE y de ninguna manera podrá estar absolutamente cierto de que no haya otra vida. ¿No es pues un necio el que vive como si esta realidad no existiera?

Una idea que hay que tener bien clara, es que Dios nos creó para ser eternamente felices; nos ayuda por los méritos de la redención y con su gracia, a alcanzar el cielo, recompensando "al ciento por uno" nuestras buenas obras, pero no nos manda al infierno, somos nosotros con el libre albedrío de elegir entre el bien y el mal, los que decidimos nuestro destino eterno, que no será otro que la consecuencia lógica de la conducta que llevamos en esta vida.

Dicen los negadores del Infierno:

- Como va a ser justo por un pecado de un instante, ser castigado con una eternidad de tormentos.
Sí es justo, porque para que un pecado sea castigado con una eternidad de tormentos, se requiere que este pecado haya sido mortal y que se muera sin arrepentirse de él y el caer en pecado mortal y no arrepentirse, revela que el alma del pecador se encuentra en un estado de enemistad de Dios completa, que bien merece el infierno.

- Juzgando del mismo modo, quien solicita un empleo vitalicio para el que se requiere pasar un breve examen, diría: ¡cómo va ser justo que me priven de este empleo para toda la vida, nada más por no haber sabido contestar unas cuantas preguntas! no fue el tiempo que duró el examen lo que lo privó del empleo, sino que en él demostró ineptitud para el empleo.
Juzgando también con la misma falta de lógica, un asesino podría decir: ¿cómo va a ser justo que por una falta de un segundo de tiempo, pues no tardé más en darle la puñalada al difunto, se me condene a muerte, castigándome eternamente, pues no volveré nunca a recuperar la vida?


OTRAS OBJECIONES MAS.

Nunca acabaríamos si quisiéramos refutar todas las objeciones que hacen a la existencia del infierno sus negadores, pero refutaremos al menos las siguientes:

¿No podría Dios perdonar al alma después que hubiese, éstar expiado suficientemente?

Dios perdonaría al alma si ella se arrepintiese; pero en el infierno no cabe arrepentimiento. Bastante tiempo concede Dios en esta vida al pecador para arrepentirse. La muerte fija al alma en el estado en que la encuentra, como dice el Evangelio en estos términos: "hacia el lado que el árbol cayere ahí quedará".

El que Cristo haya dicho: Apartaos de mí malditos, id al fuego eterno, probará que el fuego del infierno es eterno, pero no que los condenados tengan que padecer en él eternamente, del mismo modo que decir que un alpinista va a las nieves eternas de los volcanes, no significa que éste se quede en ellas eternamente.

¡Vaya que aguzan el ingenio los enemigos de la eternidad del infierno! Pero basta considerar los textos de los Evangelios, con un poco de detenimiento, para que sus argucias no se tengan en pie. Así, para ver que esta nada imparcial interpretación es falsa, basta con leer todo el párrafo de donde está tomada la cita, párrafo que termina diciendo: "e irán estos al eterno suplicio". (Mat. XXV-46).

Y hay otros muchos textos bíblicos que no dejan lugar a duda a este respecto. Las Sagradas Escrituras hablan de la misma manera acerca de la duración de las penas de los condenados que de la gloria de los justos y a nadie se le ha ocurrido poner en duda la eternidad de la Gloria. ¿Por qué pues hacerlo tratándose de la duración de las penas del infierno, si no es porque lo torcido de la voluntad, tuerce la rectitud del criterio?


LO QUE SABEMOS DE LA CONDENACION O NO DE LAS ALMAS.

Es doctrina de la Iglesia Católica, que no podemos estar plenamente ciertos, de que una persona a quien se ha visto morir en pecado, se haya ido al infierno. Pues sabemos de cierto que todo aquél que muere en pecado mortal, sin arrepentirse, va irremisiblemente al infierno, pero no es fácil saber si quien ha pecado gravemente, lo ha hecho con pleno conocimiento y con plena libertad, como se requiere para que haya pecado mortal y aún suponiendo que haya pecado mortal, es decir, grave, consciente y libremente, no podemos saber si la gracia de Dios tocó o no al pecador a la hora de la muerte y si en aquél momento supremo no se volvió a Dios su alma arrepentida.

De lo anterior se desprenden dos cosas:

lº Que no debemos negar nuestras oraciones, sufragios, sacrificios y buenas obras en general, por el alma de alguien de quien pensemos puede estar en el Infierno.
2º Que no podemos tener idea de cuál sea el número o proporción de los condenados. Hay así personas que creyéndose justas mandan a todo el mundo al infierno, como hay otros que creyéndose caritativos, lo mandan por el contrario al cielo.

Nuestra Santa Iglesia, que al canonizar a un Santo define que su alma ha entrado ya en el Paraíso, nunca ha declarado cuáles de ellas estén en el infierno, salvo la de Judas y eso porque N.S. Jesucristo dijo de él: mas le valiera no haber nacido (Mat. XXVI-24).

Pero si no sabemos de cierto quienes están en el infierno, sí sabemos plenamente quienes son los que van camino de él. Sabemos que van camino de él, en términos generales, los que no se preocupan por salir del estado de pecado, que no aborrecen el pecado, que no cuidan de estar siempre en estado de gracia. Mencionaremos algunos de entre ellos:

-Van camino del infierno, desde luego, los que no creen en el infierno, pues no creyendo en él no se preocupan por hacer algo para evitarlo. ¿Cómo podrán pues librarse de él?
-Los que son causa de escándalo, principalmente si tienen alguna autoridad y abusan de ella para arrastrar a sus subordinados al mal, ya empleando la violencia, ya la seducción o si teniendo dones intelectuales, abusan de ellos para arrancar la fe a las pobres gentes ignorantes en religión. A estos corruptores públicos, a estos heresiarcas, se aplica este anatema tremendo de N.S. Jesucristo: Ay de vosotros que recorreis la tierra y los mares para hacer un prosélito y cuando lo habéis ganado, hacéis de él un hijo del infierno dos veces peor que vosotros mismos. (Los protestantes, los teósofos, los Testigos de Jehová, los Espiritistas, los propagandistas de la vida impersonal, los masones, que muestran para propagar sus errores un celo digno de mejor causa).
-A esta categoría pertenecen también los publicistas impíos, los profesores de ateísmo y de herejía y esa turba de escritores sin fe y sin conciencia, que día a día conscientemente mienten, calumnian, blasfeman y de los que se sirve el padre de la mentira para perder las almas e insultar a N.S. Jesucristo.
-Van camino del Infierno los sectarios de la francmasonería que hacen voto, por decirlo así, de ligarse al demonio, haciendo juramento de vivir y morir fuera de la Iglesia, sin confesión, sin sacramentos, sin Jesucristo y por consiguiente contra Jesucristo.
-Todos aquellos para quienes el matrimonio no es un sacramento indisoluble y que se divorcian para dizque contraer otras nupcias que no son sino un hipócrita concubinato, como lo es el matrimonio de los que dizque se casan con una persona divorciada y el de todos aquellos que sin estar casados por la Iglesia, se llaman casados o hacen vida de casados.
-Los orgullosos que llenos de sí mismos, desprecian a los demás y les arrojan sin piedad la primera piedra. Hombres duros y sin corazón, encontrarán, ellos también, si no se convierten en el momento de su muerte, un juicio implacable.
-Los egoístas, los malos ricos, que ahogados en las delicias del lujo y de la sensualidad, no piensan más que en satisfacer sus deseos desordenados de placer y olvidan a los pobres. Ejemplo de ellos el mal rico del Evangelio, del cual Dios mismo ha dicho: fue sepultado en el infierno.
-Los avaros que no piensan más que en amontonar dinero y olvidan a Jesucristo y la eternidad. Estos hombres metalizados que, por medio de negocios más que dudosos, por medio de injusticias acumuladas sordamente y de comercios sucios, por medio de compra de bienes de la Iglesia y de "buscas", han hecho su fortuna, grande o pequeña, sobre bases que reprueba la ley de Dios. De ellos está escrito que no poseerán el Reino de los cielos
-Los voluptuosos que viven tranquilamente, sin remordimientos, en sus costumbres impúdicas y se abandonan a todas sus pasiones, no teniendo otro dios que su vientre y acaban por no conocer otra felicidad que las cosas materiales y los toscos placeres de los sentidos.
-Las almas mundanas, frívolas, que no piensan más que en divertirse, en pasar locamente el tiempo, las gentes honradas según el mundo que olvidan la oración y el servicio de Dios y viven sin sacramentos. Ellos no tienen ninguna preocupación por la vida cristiana; no piensan en su alma; viven en estado de pecado mortal y la lámpara de su conciencia se apaga sin que por ello se inquieten lo más mínimo. Si el Señor viene de improviso como lo ha predicho, oirán la terrible respuesta que dirige en el Evangelio a las vírgenes locas: yo no os conozco ¡Desgraciado del hombre que no se haya revestido con el traje nupcial! El juez soberano ordenará a sus ángeles que cojan al servidor inútil, en el momento de la muerte, para arrojarlo atado de pies y manos en el abismo de las tinieblas exteriores, es decir, en el infierno.
-Van al Infierno aquellos cuyas conciencias falsas y torcidas los llevan a confesiones y comuniones sacrílegas, "comiendo y bebiendo su propia condenación", según la terrible frase de San Pablo. Aquellas gentes que abusando de la gracia de Dios, encuentran la manera de ser malos hasta en los medios más santificantes. Los que llenos de odio rehusan el perdón.

Todas estas pobres gentes ciertamente que van camino del infierno. Felizmente para ellos aún no llegan a él. Quiera Dios que llegue a ellos este folleto y que su lectura los haga preferir convertirse humildemente, a quemarse eternamente.

¡Ay de ellos! El camino que conduce al infierno es tan ancho, tan cómodo, tan engañosamente hermoso: siempre va en descenso, una vez tornado basta con dejarse ir.


CONCLUSIONES PRACTICAS.

De todo lo expuesto precisa tomar algunas conclusiones prácticas para librarnos del infierno. He aquí algunas.

Debemos convencernos plenamente de la existencia del infierno, darnos cuenta de sus terribles tormentos y formar el propósito de trabajar sin descanso por librarnos de él.

Quien no logre convencerse de la realidad del infierno, siquiera por las dudas, que trabaje por librarse de él. Esto le costará ciertamente algunos sacrificios pero vale la pena hacerlos y ya verá como estos sacrificios no le traerán desgracia, sino que, al contrario, lo apartarán del pecado, que es la causa de la desgracia en ésta vida y lo lleva a la felicidad que inútilmente buscará en otra parte.

Para librarnos del infierno se requieren 3 cosas:

1º- Salir del estado de pecado.
2º- Huir de las ocasiones de pecado.
3º- Vivir una vida seriamente cristiana.

1º- Salir del estado de pecado.
Lo primero que hay que hacer para evitar el Infierno, es salir del estado de pecado.
Para eso, todos sabemos que hay que hacer una confesión sincera de nuestros pecados, con propósito firme de corregirnos de ellos en adelante.
Que ello pueda significar hasta grandes sacrificios ¡qué importa! de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma.
Si se está en pecado, hay pues, que confesarse y pronto, sin pérdida de tiempo ¡hay tantos que mueren en un accidente, repentinamente!
Hay que estar siempre preparado para comparecer ante Dios, pues bien puede ser que no muera uno repentinamente, pero es absurdamente necio jugar toda una eternidad contra un ¡puede ser!

2º- Huir de las ocasiones de pecado.
Quien no huye del peligro en él perece, dice un sabio proverbio; no se trata pues, únicamente, de no permanecer en estado de pecado mortal, sino de no volver a caer en él. Para esto solo hay un medio: evitar las ocasiones de caída, sobre todo aquellas de las que triste experiencia nos ha demostrado el peligro.
Un hombre verdaderamente cristiano, que tiene sentido común, soporta todo, sacrifica todo para escapar del fuego del infierno ¿no acaso N.S. Jesucristo nos ha dicho; si tu mano derecha (es decir, lo mas útil, lo más querido que tenemos) te es causa de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: mucho mejor es vivir con una sola mano, que no con las dos ser arrojado al fuego eterno? (Mat. XVIII-8).
No hay que hacerse ilusiones a este respecto. No debemos sentirnos seguros de estar libres del infierno. Cierto que N.S. Jesucristo, nos ha dicho: Jamás rechazaré a quien viene a mi, pero también nos ha dicho por boca de su Apóstol Pablo: "Trabajad por vuestra salvación con temor y con temblor". Hay pues que temer santamente, para tener el derecho de esperar también santamente,
Así pues, no nos hagamos ilusiones de que podemos transigir con las enseñanzas del espíritu contra la fe, contra la sumisión entera que debemos a la autoridad de la Santa Sede o de la Iglesia. No nos hagamos la ilusión de que, por pretendidos motivos de salud o de descanso, podemos transigir con costumbres que pueden mancharnos con el lodo de la impureza, de transigir con los usos del mundo que tan fácilmente nos arrastran al torbellino del placer, de la vanidad, del olvido de Dios, de la negligencia en la vida Cristiana.
No caigamos en el error de que, so pretexto de necesidades en el comercio, de sabia previsión por el porvenir de los nuestros, caer en negocios sucios, con la necia disculpa de que tal sea la costumbre general en los negocios.
Para, evitar las ocasiones de pecado, esforcémonos, en fin, por evitar el camino ancho de la perdición y seguir la vereda angosta que conduce a la estrecha puerta del cielo.

3º - Vivir una vida seriamente cristiana.
Quien quiera estar seguro de evitar el infierno, que no se contente con evitar el pecado mortal, con evitar las ocasiones de él, sino que se esfuerce por llevar una vida buena, seriamente cristiana, santa, llena de N.S., Jesucristo.
Entregaos generosamente a la noble vida que se llama la vida Cristiana, la vida piadosa. Para ello es necesario, de una necesidad capital, acercarse con frecuencia al sagrado Sacramento de la Eucaristía. Claramente N.S. Jesucristo nos dijo: Quien come de este Pan vivirá eternamente.
Y comulgar trae consigo también la confesión, esa maravilla de sacramento, execración de los impíos, bendición y alegría de los buenos. La confesión y la comunión son los dos grandes medios ofrecidos por N.S. Jesucristo a los que quieren evitar el pecado, crecer en el amor del bien, en la práctica de las virtudes cristianas, a los que quieren santificarse y salvarse.
Mientras más frecuente y mejor comulguemos, más nos apartamos del infierno. Y no olvidemos cada vez que comulguemos, pedir a Dios nos conceda la mayor de todas las gracias que podemos alcanzar sobre la tierra: la gracia de la COMUNION DIARIA.
Es necesario, además, instruirse en religión. La colección de los folletos E.V.C. especialmente editados sobre la perfección, números 201 y siguientes, proporcionan toda la instrucción necesaria a este respecto. Puede también tomarse consejo de un sacerdote sabio y prudente, pedirle que nos forme un reglamento de vida; pero por sabio y prudente que sea, seguramente que nunca podrá presentarnos un plan de vida mejor, que el que N. S.P. San Francisco nos proporciona, en la regla de la Tercera Orden, plan que por declaración expresa de él mismo, sabemos le fue revelado por N.S. Jesucristo.
Hermano Cristiano: no le des más vueltas; déjate de vacilaciones. Si quieres librarte del infierno y no solamente de él, sino evitar el purgatorio y tener mayor gloria y ser en esta vida tan feliz como en ella podemos serlo, si quieres hacer lo mejor de lo mejor para esto, ingresa cuando antes a la V.0.T. de N.S.P. San Francisco.


LOS DOS PECES .
(Cuento dedicado a los que dicen que no creen en el infierno porque nunca nadie ha venido de él para probárnoslo.)

Dos peces nadaban muy contentos en un río, uno ya de edad, el otro aún bisoño.

Un pescador se acerca a la ribera y echa su anzuelo:

"Atención, dice al novicio el más experimentado de estos dos habitantes del agua. Bajo ese cebo se oculta un peligro. No lo toques, eso te costaría la vida; un gancho de fierro te cogería y a pesar tuyo te arrastrarías en tierra. Ahora, en la tierra hay fuego y el fuego tuesta los pescados y los hombres se los comen... si tú amas la vida, aléjate de ese peligro".

- ¡Vamos, pues! - responde el otro pescado, no por muy lego menos espíritu fuerte: ¡tierra a donde no se puede nadar!... ¡fuego que nos tuesta! y los hombres que nos comen!... ¿Quién diablos ha vuelto de allá para asegurárnoslo?

E imprudente muerde el anzuelo y la parrilla le enseñó, aunque, un poco tarde, que a pesar de su incredulidad existe de veras, fuera del agua, un fuego que tuesta los pescados y hombres que se los comen.

esrito por R.P. Pedro Herrasti, S.M.
INSTRUCCION RELIGIOSA Y EUCARISTIA
Nihil Obstat. México, D.F. Enero 18 de 1942 - J. Cardoso-. S.J.
Secretario del Arzobispado de México.
622/42 México, D.F., 12 de Febrero de 1942.
Puede imprimirse. El Excmo. y Rvdmo. Señor Arzobispo lo decretó. Doy Fe.
Pedro Benavides, Srio.
(fuente: www.laverdadcatolica.org)

lunes, 2 de marzo de 2015

Si Dios es amor, ¿por qué permite que algunas almas vayan al infierno?

¿Qué sentido tiene entonces la vida de esas personas? ¿Por qué Dios no se lo impide?

A diario hablo con ateos y agnósticos y consigo dar respuesta a muchas de sus objeciones, pero hay una que me pone en dificultad... por lo demás clásica... ¿cómo se concilia la presciencia divina con la existencia del infierno? Si Dios, respetando el libre arbitrio, sabe con todo que un alma está condenada, ¿dónde está su amor? ¿Qué sentido tiene entonces la vida de esa persona? ¿Está todo, en el fondo, ya escrito? F.S.

Responde don Angelo Pellegrini, profesor de Teología sistemática en la Facultad de Italia Central.

Como dice el lector, la objeción es verdaderamente histórica, y se encuentran trazas ya bien definidas por ejemplo en el pensamiento de Severino Boezio (años 475-525) en relación con la relación entre el tiempo y lo eterno; y sin embargo, reflexionar sobre esta cuestión resulta importante para las motivaciones de fe. Voy a ser un poco esquemático para no perder algunas de las preguntas presentes en la consulta del lector.

El primer punto tiene que ver con el dialogo con el no creyente: quisiera subrayar brevemente que el principal fin de este diálogo, en el pleno respeto mutuo, no debería caracterizarse por el tener respuestas, sino más bien por la búsqueda de la verdad, que brota del debate y de la colaboración, de lo contrario no se trata de un diálogo, sino de un intercambio de opiniones contrarias.

El segundo punto se refiere a la presciencia divina, el hecho de conocer todo, antes incluso de que suceda en el tiempo: los documentos del Concilio Vaticano II, apoyados en una tradición muy sólida, enseñan que la presciencia divina está unida con su voluntad.

La Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la Divina Revelación en el n. 2 afirma: “Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina”.

La voluntad de Dios, desvelada mediante la revelación, consiste en crear y redimir a los seres humanos para elevarlos a la comunión con él. Todo el misterio de la relación con la humanidad, de la creación en adelante, está marcado por la bondad divina que quiere una proximidad con el ser humano, hasta dar a su Hijo, que en su carne realiza esta comunión.

Si esta es la voluntad divina, hay que decir que no forma parte del proyecto divino la perdición humana: una de las principales objeciones se refiere a una especie de preordenación al infierno, como si Dios hubiera creado a alguien exclusivamente para llenar una especie de lugar que si no estaría vacío.

En realidad, Dios quiere la salvación para todos. Su conocimiento eterno, por tanto, debería verse más como un espectador de las elecciones libres de la humanidad y de cada ser humano. Dios ofrece la salvación, no la impone.

Es oportuno recordar la lección del libro del Deuteronomio (30,15ss): “Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha. Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que hoy te prescribo, si amas al Señor, tu Dios, y cumples sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, entonces vivirás, te multiplicarás, y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde ahora vas a entrar para tomar posesión de ella. Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar y vas a postrarte ante otros dioses para servirlos, yo os anuncio hoy que os perdéis irremediablemente (vv. 15-18)”.

Del texto apenas citado se ve claro el enorme valor que Dios da a la libertad humana, pues el pueblo de Israel está puesto ante una elección. Se suele tender a interpretar “la muerte y el mal” de que habla el texto como una especie de castigo, pero en realidad es una advertencia: Dios invita a elegir la vida y la bendición y a permanecer fieles a su alianza, porque fuera de él no existe la vida.

Pero la muerte aquí no es un castigo, sino el triste resultado de no haber elegido la vida, es en la práctica un suicidio.

El pasaje citado dice muchas cosas sobre el estilo de Dios y su actuación temporal: Dios tiene una actitud, que podríamos definir “continuo aguijoneo”, para que los seres humanos hagan elecciones salvíficas. Lo hace mediante líderes, alianzas, profecías, pero sobre todo lo hace con la misión de Jesucristo y con el don del Espíritu Santo.

Y sin embargo, su respeto de la libertad de elección es enorme, el mismo Jesús no impone y no se impone nunca, como se ve en la respuesta al joven rico: “Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes… y sígueme” (Mt 19,21). El mismo Espíritu es un “viento que sopla donde quiere”, se puede oír su voz y compartir la característica de la extrema libertad: “así es el que nace del Espíritu” (Jn 3,8).

El hecho de que Dios intervenga históricamente en el tiempo debería enseñarnos que Él no es un espectador aséptico, eterno y lejano, respecto a lo que pasa en la creación; lo vemos implicarse personalmente en el mundo, hasta el don del Hijo y del Espíritu, porque quiere profundamente la salvación y el bien de toda la creación. Él, con el estilo de la propuesta, no se cansa de exhortar a elegir la vida, no se resigna a los no, pero nunca fuerza la libertad humana.

Hace algún tiempo, un teólogo importante, Hans Urs von Balthasar, había sugerido que el infierno podría estar “vacío”. En realidad esta hipótesis, aun resaltando el gran amor y misericordia divinos, no muestra plenamente la característica de Dios de respetar las decisiones, incluso suicidas, de sus criaturas.

Por tanto, el sentido de la vida humana, desde este punto de vista, es importantísimo, porque es el momento de la elección radical de Cristo, de Dios, de la salvación.

No debemos pensar en Dios como aquel que ya se ha leído el final de la novela, haciendo casi inútil leer el libro, sino más bien como el “hincha” incansable que sigue animando y alentando a su criatura para que no se cierre a su don.

La historia de la salvación parece enseñarnos que Dios, aun pudiendo tener conocimiento de que el final será negativo, no se resigna y sigue impertérrito reiterando su propuesta y su don.

(fuente: www.toscanaoggi.it; aleteia.org)

martes, 12 de noviembre de 2013

Tres visiones del infierno absolutamente aterradoras

Si las visiones de los santos son mínimamente cercanas a la verdad, el infierno es real y terrible. Nadie debería querer ir.

 El juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos Antonin Scalia afirma creer en el infierno y en el diablo y se han burlado de él, pero los partidarios de Scalia son mucho más importantes que sus críticos: aparte de la mayoría de los norteamericanos, tanto Jesús, el hijo de Dios, como su vicario, el Papa Francisco, hablan constantemente del infierno en sus enseñanzas.

El infierno es real y para los católicos su existencia es un dogma. El Concilio de Florencia estableció en 1439 que “las almas de los que mueren en pecado mortal actual, o solo en el pecado original, descienden rápidamente al infierno”.

Ya que es un lugar en el están solo los que están muertos, no pueden tener acceso al infierno los que todavía están vivos, al menos en circunstancias ordinarias. Sin embargo, muchos santos y no santos en el transcurso de la historia de la Iglesia afirmaron haber vivido experiencias místicas del infierno y las han descrito. A continuación detallaremos tres de estas descripciones:

El Catecismo afirma claramente que el papel de las revelaciones privadas “no es el de ‘mejorar’ o de ‘completar’” el depósito de la fe, sino el de “ayudar a vivirla más plenamente en una determinada época histórica”. El relato de estas visiones sirven para ayudar a las personas a tomar más seriamente la realidad del reino eterno de los condenados: dos de las visiones que proponemos son del siglo XX.


“Densa oscuridad”: Santa Teresa de Ávila

La gran santa del siglo XVI, Teresa de Ávila era una religiosa y teóloga carmelita. Es una de los 35 doctores de la Iglesia. Su libro “El castillo interior” está considerado uno de los textos más importantes sobre la vida espiritual. En su autobiografía, la santa describe una visión del infierno que creía que Dios le había concedido para ayudarla a alejarse de sus pecados.

“La entrada me parecía un callejón largo y estrecho, como un horno muy bajo, oscuro y angosto; el suelo, un lodo de suciedad y de un olor a alcantarilla en la que había una gran cantidad de reptiles repugnantes. En la pared del fondo había una cavidad como de un armario pequeño encastrado en el muro, donde me sentí encerrar en un espacio muy estrecho. Pero todo esto era un espectáculo agradable en comparación con lo que tuve que sufrir” […].

“Lo que estoy a punto de decir, sin embargo, me parece que no se pueda ni siquiera describirlo ni entenderlo: sentía en el alma un fuego de tal violencia que no se como poderlo referir; el cuerpo estaba atormentado por intolerables dolores que, incluso habiendo sufrido en esta vida algunos graves […] todo es incomparable con lo que sufrí allí entonces, sobre todo al pensar que estos tormentos no terminarían nunca y no darían tregua”. [...].

“Estaba en un lugar pestilente, sin esperanza alguna de consuelo, sin la posibilidad de sentarme y extender los miembros, encerrada como estaba en esa especie de hueco en el muro. Las misas paredes, horribles a la vista, se me venían encima como sofocándome. No había luz, sino unas tinieblas densísimas” [...].

“Pero a continuación tuve una visión de cosas espantosas, entre ellas el castigo de algunos vicios. Al verlos, me parecían mucho más terribles [...]. Oír hablar del infierno no es nada, como tampoco el hecho de que haya meditado algunas veces sobre los distintos tormentos que procura (aunque pocas veces, pues la vía del temor no está hecha para mi alma) y con las que los demonios torturan a los condenados y sobre otros que he leído en los libros; no es nada, repito, frente a esta pena, es una cosa bien distinta. Es la misma diferencia que hay entre un retrato y la realidad; quemarse en nuestro fuego es bien poca cosa frente al tormento del fuego infernal. Me quedé espantada y lo sigo estando ahora mientras escribo, a pesar de que hayan pasado casi seis años, hasta el punto de sentirme helar de terror aquí mismo, donde estoy” [...].

“Esta visión me procuró también una grandísima pena ante el pensamiento de las muchas almas que se condenan (especialmente las de los luteranos que por el bautismo eran ya miembros de la Iglesia) y un vivo impulso de serles útil, estando, creo, fuera de dudas de que, por liberar a una sola de aquellos tremendos tormentos, estaría dispuesta a afrontar mil muertes de buen grado” […].


“Horribles cavernas, vorágines de tormentos”: Santa María Faustina Kowalska

Santa María Faustina Kowalska, conocida como Santa Faustina, era una monja polaca que afirmaba haber tenido una serie de visiones que incluían a Jesús, la Eucaristía, los ángeles y varios santos. De sus visiones. Registradas en su Diario, la Iglesia recibió la ya popular devoción a la coronilla de la Divina Misericordia. En un pasaje de finales de octubre de 1936, ella describe una visión del infierno:

“Hoy, guiada por un ángel, he estado en los abismos del Infierno. Es un lugar de grandes tormentos en toda su extensión espantosamente grande. Estas son las varias penas que he visto: la primera pena, la que constituye el infierno, es la pérdida de Dios; la segunda, los continuos remordimientos de conciencia; la tercera, la conciencia de que esa suerte no cambiará nunca; la cuarta pena es el fuego que penetra el alma, pero que no la aniquila; es una pena terrible: es un fuego puramente espiritual, encendido por la ira de Dios; la quinta pena es la oscuridad continua, un hedor horrible y sofocante, y aunque está oscuro, los demonios y las almas condenadas se ven entre sí y ven todo el mal propio y de los demás; la sexta pena es la compañía continua de Satanás; la séptima pena es la tremenda desesperación, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias”.

“Estas son penas que todos los condenados sufren juntos, pero esto no es el final de los tormentos. Hay tormentos particulares para varias almas que son los tormentos de los sentidos. Cada alma, con lo que ha pecado, es atormentada de forma tremenda e indescriptible. Hay cavernas horribles, vorágines de tormentos, donde cada suplicio es distinto del otro. Haría muerto a la vista de esas horribles torturas si no me hubiese sostenido la omnipotencia de Dios. Que el pecador sepa que con el sentido con el que haya pecado será torturado por toda la eternidad. Escribo esto por orden de Dios, para que ningún alma se justifique diciendo que el infierno no existe, o que nadie ha estado nunca y que nadie sabe cómo es”.

“Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, he estado en los abismos del infierno, con el fin de contarlo a las almas y atestiguar que el infierno existe. Ahora no puedo hablar de esto. Tengo la orden de Dios de dejarlo por escrito. Los demonios han demostrado un gran odio contra mí, pero por orden de Dios han tenido que obedecerme. Lo que he escrito es una débil sombra de las cosas que he visto. Una cosa he notado, y es que la mayor parte de las almas que hay allí son almas que no creían que existía el infierno. Cuando volví en mí, no conseguía recuperarme del espanto, pensando que las almas allí sufren tan tremendamente, por esto rezo con mayor fervor por la conversión de los pecadores, e invoco incesantemente la misericordia de Dios para ellos. Jesús mío, preferiría agonizar hasta el fin del mundo, entre los peores sufrimientos, antes que ofenderte con el mínimo pecado” (Diario di Santa Faustina, 741).


“Un gran mar de fuego”: sor Lucía de Fátima

Sor Lucia no es una santa, pero es una de las destinatarias de una de las revelaciones privadas más importantes del XX siglo, sucedida en Fátima (Portugal). En 1917 era uno de los tres niños que afirmaba haber experimentado numerosas visiones de la Beata Virgen María. Declaraba que María les mostró una visión del infierno que ella describió así en sus Memorias:

“[María] Ella abrió de nuevo Sus Manos, como había hecho los dos meses anteriores. Los rayos [de luz] parecía que penetrasen la tierra y nosotros vimos como un vasto mar de fuego y vimos a los demonios y las almas (de los condenados) inmersos en el”.

“Estaban como tizones ardientes transparentes, todos ennegrecidos y quemados, con forma humana, ellos se movían en esta gran conflagración, a veces lanzados al aire por la llamas y absorbidos de nuevo, junto a grandes nubes de humo. Otras veces caían por todas partes como chispas en fuegos enormes, sin peso o equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación, que nos aterrorizaban y nos hacían temblar de miedo (debe ser esta visión la que me hizo llorar, como dice la gente que me oyó)”.

“Los demonios se distinguían (de las almas de los condenados) por su aspecto aterrador y repelente parecidos a animales horrendos y desconocidos, negros y transparentes como tizones ardientes. Esta visión duró solo un segundo, gracias a nuestra buena Madre Celeste, que en su primera aparición había prometido llevarnos al Paraíso. Sin esta promesa, creo que habríamos muertos de terror y de espanto”.

¿Alguna reacción? Podemos confiarnos a la misericordia de Dios en Cristo, y evitar así cualquier cosa que se acerque a esta descripción, transcurriendo la eternidad en unión con Dios en el Cielo.

(fuente: www.aleteia.org)

viernes, 21 de junio de 2013

El infierno tan temido

Después dirá a los de su izquierda: Aléjense de mí malditos, vayan al fuego eterno, que fue preparado para los demonios y sus ángeles. Porque tuve hambre y ustedes no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber. Estaba de paso y no me alojaron, desnudo y no me vistieron, enfermo y preso, y no me visitaron. Éstos a su vez le preguntaran: - ¿Señor cuando te vimos hambriento, sediento, de paso, desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido? Y él les responderá: - Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, no lo hicieron conmigo. Éstos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna.” 
(Mateo 25; 41 - 46)

Para entender este misterio de oscuridad, y de sombra, de iniquidad, de sinsentido, de oscuridad profunda para siempre (al que llamamos infierno), que es eternamente ausencia de Dios; para quienes eligieron apartarse de Dios y asumieron una actitud de vida en opciones que fueron fundamentales en su vida, lejos de Dios; hay que desmitificar las imágenes que la iconografía ha ido utilizando para representar qué es el infierno.

El infierno existe pero no es el de los diablos con cuernos y con tridentes. El infierno es ausencia. Es oscuridad. Es ausencia de Presencia de Dios. Y no como una realidad pasajera, como puede ser el sentimiento hondo de desolación, que en el camino de la vida encontramos, si no como un estado para siempre.

A veces, se instala y para nosotros no hay Cielo es que en realidad habitamos en las sombras. La ausencia habla en todo caso de sinsentido. Que tal vez, como dicen algunos, sea de los grandes males que vive el tiempo que nos toca transitar.

La ausencia de sentido. La pérdida del sentido de la historia, la ruptura con lo que fue, por eso el no valorar el presente, viviéndolo demasiado apurado, ni que hablar de perspectivas de futuro.

Este infierno temido. Tal vez temido porque las imágenes con las que se lo ha representado en fealdad, en rostros desencajados, en miradas cargadas de odio, en expresiones absolutamente llenas de fealdad, nos quieran como generar un sentimiento de apartarnos de aquello.

Sin embargo, lo temido del infierno no está en cómo se lo representa sino en cuanto significa. Significa ausencia, y ausencia para siempre. Esa ausencia para siempre, esa ausencia de sentido, esa ausencia de luz, esa ausencia de amor, de fraternidad, la ausencia de la paz, de la armonía, la ausencia de la belleza, de la calidez. Estas ausencias que hablan que no está aquél que las genera, que es el Dios en que todo esto encuentra su fuente, a veces vienen como a instalarse tan prolongadamente en nosotros, que solemos decir: “mi vida es un infierno”, o “este tiempo me resulta un infierno”.

Cielo es humanidad. El infierno es deshumanización.

La guerra es infierno. El hambre es infierno. La sed es infierno.

Los infiernos, en los que a veces nos metemos son aquellos que la Palabra, hoy claramente nos describe, como los lugares donde hay una necesidad humana que está clamando por una Presencia que venga, como a sacar y a humanizar ese lugar de oscuridad y sombra, de sinsentido.

El infierno tan temido. Es en lo que hoy queremos poner a la luz. Porque describiéndolo y denunciándolo, somos capaces de pararnos en un lugar distinto. Tal vez nunca te hayas detenido a describir ni a pensar en tus infiernos, en tus ausencias y en tus carencias. Las que te hacen vivir sin sentido, en oscuridad y en sombra. Ponerle hoy luz y palabras, denunciarlo es entrar en nuestros infiernos con esos pedazos de Cielo, y poder transformarlos (a estos infiernos), en lo que Dios quiere que sea: realidades ya no deshabitadas por Él sino habitadas por el Dios de la Vida.

¿Qué dice la Palabra de Dios respecto del infierno? El telón de fondo de todos los textos respecto al infierno, consiste en la triste realidad del hombre que puede fracasar en su proyecto. Que se puede perder y cerrar sobre sí mismo como una cápsula.

Jesús aparece, frente a esta realidad, predicando la liberación, ofreciendo la oportunidad de convertirse una espléndida posibilidad para quien siente esta amenaza. Jesús sabe de la posibilidad que tenemos de construirnos un infierno, es decir, de elegir no estar con Él… Por eso un elemento esencial de su predicación consistió en llamar a la conversión.

Conversión quiere decir volver al buen camino, tornar hacia el otro, revolucionar el modo de pensar y de actuar, según el sentido que Dios da a las cosas.

Cuando el hombre se endurece en su mal y muere, de ese modo, entra en este estado definitivo de absoluta frustración. De frustración existencial. Lo expresó también Paul Claudel, cuando decía “todo hombre que no muere en Cristo, muere en su propia imagen. Ya no puede alterar la señal de sí, que se fue formando a través de todos los instantes de su vida, en la sustancia eterna. Mientras no se acaba la palabra, su mano puede volver atrás y tacharla con una cruz, pero cuando se acaba la palabra, se vuelve indestructible al igual que la materia que la recibió.” Esto es el infierno.

El infierno es un estado de existencia frustrante para siempre, sin retorno. A veces, eso se manifiesta hondamente en el corazón, cuando por algún motivo, sentimos que el dolor, la tristeza, la angustia, el sinsentido se vino a instalar para quedarse. Éstos son nuestros infiernos tan temidos. Queremos ponerlos a la luz, para que la invitación de Jesús a salir de la oscuridad y de la sombra, a abrir nuestro sepulcro, nos permita con Él (que descendió hasta estos lugares), RESUCITAR A UNA VIDA NUEVA.

Todo hombre es un gran potencial de capacidad, de planes, de deseos. Cada uno de nosotros sueña con realizarse y con darle lugar y cabida a estas posibilidades de realizarse que están escondidas allí, como esperando salir a mostrarse. Es cada mañana una posibilidad de empezar de nuevo esta tarea. Nos esforzamos uno y otro día por querer llegar a ser lo que sentimos estamos llamados a ser. Es terrible cuando, a veces, atravesamos por esos lugares oscuros, por distintas circunstancias, donde nos parece que todo se acaba. Donde tenemos la sensación que ya nada tiene sentido, que todo es en vano. Que nunca llegaremos a alcanzar lo que sentimos estamos llamados a ser. Esto nos hace sufrir. Nos sentimos como amputados, como que algo nos han cortado.

Los rasgos del infierno

Nadie puede vivir sin sentido y sin embargo, muchas veces, nos encontramos con rostros empalidecidos, con miradas perdidas, con ceños fruncidos, con brazos caídos, con actitud vacilante, con mirada sospechosa, con puños cerrados que parecieran indicarnos que por algún lado, en la historia hay ciertos hombres que han sido atravesados por esta sombría realidad del sinsentido, que anticipa el infierno como posibilidad y que desde ese mismo lugar somos invitados a reaccionar para liberarnos.

Si por allí es que vamos caminando, o si por allí alguien camina y necesita un poquito de nuestra luz, un poquito de nuestra presencia, que con amor es capaz de hacer poner de pie al que se siente profundamente caído.

La imagen del hombre amputado de sus órganos, quizá nos pueda dar una idea. Alguien que carece de ojos, de oídos, de olfato, de tacto, no puede recibir nada, no puede comunicar nada. Está como ausente en sí mismo. Esto es el infierno. Es una incapacidad total de estar con otros y con Otro. Es ausencia. Y ante la ausencia del Otro y de los otros lo único que nos queda es el poder estar con uno mismo. Es que nadie puede estar bien con uno mismo si no sabe estar con otros.

Si nos detenemos un instante a pensar, seguramente vamos a descubrir que éstos son los momentos más dramáticos de nuestra vida, los de la soledad deshabitada por la Presencia de alguien que le dé sentido. Porque en sí misma la soledad no es mala, es necesaria. Cuando hemos sabido estar con otros y encontramos en la soledad la manera de permanecer con nosotros mismos, sin apartarnos de los demás. Es necesario para redescubrir el sentido que tiene mi vida en relación con los demás.

Pero cuando la soledad es deshabitada, la vida se nos hace un infierno. Y el infierno se podría definir entonces como imposibilidad para comunicarnos, para recibir y para dar, para estar con.... ES AUSENCIA.

Cuando queremos describir nuestros infiernos, nada mejor que pensar, hacia atrás o en el presente, de las ausencias que llenan de vacío nuestra existencia y que la hacen carecer de sentido.

En cada uno de nosotros se hace realidad lo que la Palabra de Dios dice, “delante de ti pongo la vida y la muerte, elige”. Es dentro del corazón humano donde se entabla esta posibilidad de opción. Donde esta posibilidad de opción se hace lucha cotidiana por la vida, apartándonos de lo que es muerte. El infierno revela esta posibilidad de muerte, que el corazón humano por su herida, tiene como tendencia a inclinarse sin terminar de elegir lo que lo hace feliz, eligiendo… algunas realidades que supuestamente lo hacen feliz, lo que terminan por endurecer, enfriar, entristecer, angustiar, empalidecer su corazón.

escrito por Padre Javier Soteras 
(fuente: www.radiomaria.org.ar)

viernes, 7 de junio de 2013

¿Qué es el exorcismo?

El exorcismo constituye una antigua y particular forma de oración que la Iglesia emplea contra el poder del diablo.

Un video del Papa Francisco, quien impuso sus manos sobre un hombre enfermo después de la Eucaristía de Pentecostés, ha causado un notable revuelo internacional. Según expertos contactados por la productora Tv2000, de la Conferencia Episcopal Italiana, el Pontífice habría realizado una oración de liberación o un exorcismo sobre esta persona. Los medios de comunicación divulgaron sobre todo esta última palabra, el exorcismo, y la noticia dio la vuelta al mundo.

Presentamos algunos datos concisos de lo que sucedió y de lo que es un exorcismo y la diferencia con la oración de liberación.

Solo un sacerdote autorizado por su obispo puede hacer exorcizar, pero los laicos pueden con prudencia orar por liberación privadamente.


Los hechos

La escena que ha atraído la atención de los medios de comunicación ocurrió al término de la Eucaristía de Pentecostés, y en el video se aprecia al Papa Francisco quien se acercó, escoltado por dos hombres de seguridad, para saludar a varios enfermos en silla de ruedas. Uno de ellos estaba acompañado por un sacerdote, quien llevaba una carpeta con documentos y presenta el paciente al Santo Padre.

El Santo Padre Francisco entonces impuso sus dos manos sobre la frente del hombre y oró en silencio, visiblemente concentrado. El hombre se sacudió un poco, sostenido por el sacerdote, y abrió su boca respirando agitadamente, lo cual alertó a uno de los hombres de seguridad, quien llamó la atención de su compañero y lo hizo acercarse al Papa en caso de alguna eventualidad. Tras la corta oración, de menos de un minuto, el Santo Padre se despidió de ambos y continuó saludando a los enfermos.

La idea de un exorcismo hecho por del Papa Francisco fue aclarada por el Padre Federico Lombardi, portavoz de la Santa Sede, quien afirmó que el Santo Padre "no tuvo ninguna intención de llevar a cabo un exorcismo, sino simplemente orar por una persona que sufría que le fue presentada". La aclaración del sacerdote coincide con las disposiciones de la Iglesia, que prescribe un ritual para el exorcismo propiamente dicho, con acciones y oraciones que se desarrollan en un orden específico.

(es.gaudiumpress.org)


El Papa Francisco y el supuesto exorcismo
Por el P. José Antonio Fortea

Hoy todo el mundo me ha preguntado por el supuesto exorcismo del Papa Francisco. ¿Es un exorcismo o no?

Mi respuesta es que no, no es un exorcismo. Indudablemente, el acompañante de la persona en silla de ruedas le ha dicho que se trataba de un poseído, o el mismo Papa se ha dado cuenta de que aquello no parecía una enfermedad. Entonces el Papa ha decidido orar un poco más. Probablemente, al ver de qué se trataba, el Papa se ha dirigido internamente al demonio. Pero una cosa tan breve, tan simple, no podemos llamarla un exorcismo, es una simple plegaria, con toda la generalidad y ambigüedad que tiene la palabra plegaria.

Cuando yo voy a dar charlas en iglesias en distintos países, mucha gente me pide que le dé la bendición. Entre esa gente, de vez en cuando, hay alguna persona que reacciona como lo hace el que está sentado en la silla de ruedas. ¿Lo que he hecho yo es un exorcismo? La respuesta es no. He hecho una plegaria y se ha producido esa reacción.

Cuántas veces he pensado que si alguien grabara en vídeo mis bendiciones e imposiciones de manos, cuando aparece un caso así, los que lo vean pensarán que he hecho un exorcismo. Cuando mi voluntad es no hacer ningún exorcismo. Pues eso es lo que le ha ocurrido al Papa.

Una cosa es un exorcismo, otra es una breve bendición o plegaria. Incluso si el Papa quería expulsar al demonio, su acción no cabe que se la califique de exorcismo. La acción del Papa no prejuzga el estado de esa persona. Y si el Papa hubiera querido hacer un exorcismo, sin duda lo hubiera hecho en condiciones, con tiempo y con una intensidad diversa que la que hemos visto en esa plegaria. Los periodistas deberían decir en sus titulares que el Papa ha hecho una brevísima plegaria sobre un supuesto poseso.


El exorcismo en el Catecismo de la Iglesia Católica
Catecismo #1673

El exorcismo es una antigua y particular forma de oración que hace un ministro ordenado de la Iglesia, en nombre de Jesucristo y por el poder que Jesucristo ha otorgado a su Iglesia para liberar del poder de Satanás, demonio. Por lo tanto no es oración personal sino de la Iglesia.

Los exorcismos pueden ser simples o solemnes. El exorcismo simple se reza en el rito del bautismo.

El exorcismo solemne es un sacramental que sólo puede ser válidamente celebrado por un sacerdote con el permiso del Ordinario (obispo) del lugar. El obispo da permiso al sacerdote para cada caso o puede, con el permiso de la Santa Sede, formalmente otorgar a un sacerdote el oficio de exorcista. En ese caso el sacerdote está facultado para exorcizar y no necesita un permiso particular para cada caso.

Solo el exorcista con la debida licencia puede verificar la verdadera posesión diabólica. Es un proceso difícil en el que se deben descartar causas naturales.

Según el Padre Amorth, exorcista de Roma, el poder de expulsar demonios que Jesús confirió a todos los creyentes conserva toda validez. Es un poder general basado en la fe y en la oración, y puede ser ejercido por individuos o comunidades sin ninguna autorización. Sin embargo, en este caso, se trata de plegarias de liberación, y no se deben llamar exorcismos. Sólo al sacerdote autorizado, además de al obispo exorcizante, corresponde el nombre de exorcista.

En algunas diócesis hay laicos que han sido preparados para el ministerio de liberación (no exorcismo) bajo la dirección de un sacerdote. La liberación es oración para liberar de la opresión del demonio pero sin utilizar el rito de exorcismo. Nadie debe ejercer este ministerio sin autorización de la Iglesia.

Jesús vino a liberarnos del poder de Satanás y darnos la gracia de ser hijos de Dios.

Jesús impartió su poder liberador a sus discípulos para que ellos y sus sucesores continuaran la misión de liberación y exorcismo en su nombre. Por lo tanto el protagonista en el exorcismo es Dios a través de su ministro y no el demonio.

El exorcista ante todo busca llevar la persona atribulada a un encuentro con Jesús. Para ello es necesario apertura a los canales de gracia en la Iglesia: la confesión, la eucaristía, la meditación de la Palabra, la comunidad, la catequesis... Es un camino de fe en al que se invita también a la familia Cf. Mc 9, 14-29.


Necesidad de diagnóstico y la prudencia

Actualmente muchos viven una fe supersticiosa o de superstición y muchos tienden a no hacerse responsables, no saben afrontar el sufrimiento y atribuyen todo trastorno físico o espiritual a la acción del demonio. Pero frecuentemente el remedio es una verdadera y sincera confesión. Cuando en cambio se percibe aversión a lo sagrado, enfermedades desconocidas o incluso síntomas difíciles de identificar, es posible que sea necesario el exorcismo. La presencia demoníaca de cualquier forma hay que diagnosticarla en cada caso. En cambio debería haber más dedicación a la ascesis, a la oración, a la penitencia. La mentalidad popular ha exagerado los poderes de Satanás, que son los de un ángel común.

En la vida diaria para defenderse del mal basta con ser coherentes con el Evangelio, no tener miedo de testimoniar la propia fe y cuidar la propia relación con Dios. A veces es Dios mismo quien permite que algunos sean vejados u obsesionados; piénsese en algunos santos. Pero en estos casos nos hallamos ante planes divinos para nosotros impenetrables. (Corazones.org)


El rito de exorcismo de 1999

El Padre Amorth, exorcista oficial de Roma, se lamenta de que por tres siglos, los exorcismos fueron casi abandonados por la Iglesia. Juan Pablo II, volvió a recordar la importancia de estos. Durante la audiencia pública del 3 de Junio de 1998, El Papa Juan Pablo II habló de los deberes del exorcista y en 1999 se publicó el rito de exorcismo que remplaza al del 1614.

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, presentó el nuevo rito de exorcismos en enero del 1999. El prefecto de dicha congregación, el Cardenal Medina, enseñó en dicha ocasión los siguientes puntos:


¿QUÉ ES EL EXORCISMO?

"El exorcismo es una antigua y particular forma de oración que la Iglesia emplea contra el poder del diablo".

Catecismo #1673: "Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del maligno y sustraída a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó (cf. Mc 1:25s), de El tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar. (cf. Mc 3:15; 6:7.13; 16:17). En forma simple, el exorcismo tiene lugar en la celebración del Bautismo.
El exorcismo solemne sólo puede ser practicado por un sacerdote y con el permiso del obispo. En estos casos es preciso proceder con prudencia, observando estrictamente las reglas establecidas por la Iglesia. El exorcismo intenta expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia."

"Muy distinto es el caso de las enfermedades, sobre todo psíquicas, cuyo cuidado pertenece a la ciencia médica. Por tanto, es importante asegurarse, antes de celebrar el exorcismo, de que se trata de una presencia del Maligno y no de una enfermedad." (cf. CIC can. 1172).

En que se fundamenta: El exorcismo tiene como punto de partida la fe de la Iglesia, según la cual existen Satanás y los otros espíritus malignos. La doctrina católica nos enseña que los demonios son ángeles caídos a causa de sus pecados, que son seres espirituales de gran inteligencia y poder".

¿Por qué hace falta?: La capacidad del hombre de acoger a Dios "es ofuscada por el pecado, y a veces el mal ocupa el puesto en el que Dios quiere vivir. Por eso, Jesucristo ha venido a liberar al hombre del dominio del mal y del pecado. (...) Jesucristo expulsaba los demonios y liberaba a los hombres de las posesiones de los espíritus malignos para hacerse espacio en el hombre".

¿Cuánto poder tiene Satanás? "El poder de Satanás no es infinito", sin embargo el que Dios permita que seamos tentados "es un gran misterio".

¿Cómo nos influencia el demonio? "El influjo nefasto del demonio y de sus secuaces es habitualmente ejercitado por medio del engaño, la mentira y la confusión. Así como Jesús es la Verdad, el diablo es el mentiroso por excelencia. Desde siempre, desde el inicio, la mentira ha sido su estrategia preferida".

¿Ha cambiado la doctrina de la Iglesia sobre el exorcismo? No ha cambiado. Solo han habido algunos cambios en el lenguaje del rito. "Entre el rito anterior y el nuevo hay una gran continuidad; no existe un cambio radical. El lenguaje es más sobrio; hay menos adjetivos, pero la expresión de la fe en el poder de Dios para expulsar al demonio es la misma en ambos casos".


Criterios para discernir posesión diabólica según el nuevo ritual del exorcismo.

La principal es:
- Aversión vehemente hacia Dios, la Virgen, los Santos, la cruz y las imágenes sagradas.

Junto con esta pueden darse otros fenómenos que por si solos podrían ser don de Dios pero en el caso de posesión se manifiestan para el mal:

- El hablar con muchas palabras de lenguas desconocidas o entenderlas.
- Hacer presentes cosas distantes o escondidas.
- Demostrar más fuerzas de lo normal.


¿Puede el demonio tener influencia sobre lugares, objetos y personas? Si. Esta realidad se reconoce en el ritual de exorcismos.

¿Hay diferentes formas de influencia demoníaca además de la posesión? Si. En el presente ritual se encuentran el rito el exorcismo propiamente dicho y las oraciones que hay que recitar públicamente cuando se juzga prudentemente que existe una influencia de Satanás sobre lugares, objetos o personas, sin llegar a la fase de una posesión verdadera y propia. Además, existe una serie de oraciones que los fieles deben rezar privadamente cuando tienen fundadas sospechas de que son sometidos a influencias diabólicas.


¿Quién puede practicar el exorcismo? En la pregunta anterior vimos que el nuevo ritual contiene oraciones que los fieles pueden rezar cuando están sometidos a influencias diabólicas. Sin embargo, "Para practicar el exorcismo es necesaria la autorización del obispo diocesano, que puede ser concedida para un caso específico o de un modo general y permanente al sacerdote que ejercita el ministerio de exorcista en la diócesis".

¿Por qué un nuevo ritual? En el último capítulo del ritual romano se ilustraban las indicaciones y el texto litúrgico de los exorcismos, pero se quedó sin ser revisado después del Concilio Vaticano II. Tras un trabajo de 10 años, en enero de 1999 se hizo oficial el texto actual aprobado por el Pontífice.

(fuente: es.catholic.net)
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...