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miércoles, 12 de agosto de 2009

¿Qué es ser adolescente - joven hoy?

La construcción de la propia identidad

La adolescencia es actualmente una etapa de aplazamiento, un tiempo en el que se dispone de una capacidad física y cognitiva muy próximas a las de un adulto, pero en el que n se asumen todavía las responsabilidades propias de dicha edad (trabajo, familia...). Periodo que permite una incorporación gradual a dicho papel así como la posibilidad de conocer distintas posibilidades para desempeñarlo, cuestionar las experiencias reales, poder elegir entre ellas, o construir otras nuevas. Esta característica del adolescente (disponer de una capacidad física y cognitiva próxima a la de los adultos, ver la vida como un conjunto de posibilidades todavía sin explorar, ausencia de responsabilidades y tendencia a criticar a los adultos de forma radical) puede originar frecuentes enfrentamientos con sus padres, profesores, etc.

La tarea fundamental de la adolescencia es la construcción de una identidad propia, diferenciada, la elaboración de un proyecto vital en sus diferentes esferas, de forma que se pueda dar una adecuada respuesta a preguntas como las siguientes: ¿quién soy yo?, ¿qué quiero hacer con mi vida?, ¿en qué quiero trabajar?, ¿cómo quiero que sea mi vida social y mi vida familiar?, ¿cuáles son mis criterios morales?, ¿cuáles son los valores por los que merece la pena comprometerse?.

Comenzar a establecer una identidad positiva y diferenciada, que favorezca el compromiso personal y constructivo con las respuestas que uno mismo ha dado a dichas preguntas, difícilmente se produce antes de los últimos años de la adolescencia (19 o 20 años). Cuando dicha tarea se resuelve adecuadamente se produce una identidad lograda, que se caracteriza por dos criterios generales (Erikson, 1968; Marcia, 1980; Weiner y Elkind, 1976):

1) Ser el resultado de un proceso de búsqueda personal activa y no una mera copia o negación de una identidad determinada. En dicho proceso el adolescente se plantea distintas posibilidades, duda entre varias alternativas y busca activamente información sobre cada una de ellas (sobre cómo viven y trabajan personas que las representan, por ejemplo). La construcción de la identidad surge después de dicho proceso, durante el cual el adolescente puede experimentar cierta inestabilidad y tener, incluso, envidia de los compañeros que parecen más estables (porque saben ya lo que quieren, lo han conseguido...).

2) Permitir llegar a un nivel suficiente de coherencia y diferenciación, integrando: a) la diversidad de papeles que se han desempeñado y se van a desempeñar (en la familia, en trabajo...); 2) la dimensión temporal (lo que se ha sido en el pasado, lo que se es en el presente y lo que se pretende ser en el futuro); 3) lo que se percibe como real y como posible o ideal; 4) la imagen que se tiene de uno mismo y la impresión que se produce en los demás (amigos, compañeros, padres, profesores...).

No todos los adolescentes resuelven adecuadamente la tarea crítica de la adolescencia ni consiguen, por tanto, una identidad diferenciada y coherente. La crisis de identidad puede producir una serie de respuestas que reflejan cierto desequilibrio temporal, y que cuando se prolongan en exceso coinciden con las respuestas inadecuadas a dicha tarea, entre las cuales cabe destacar:

1) La identidad difusa, ignorando quién es uno mismo o hacia donde va. Problema que se detecta por: la ausencia de objetivos y la apatía, la incapacidad de esforzarse con cierta intensidad o durante un tiempo prolongado en una determinada dirección, la dificultad para decidir o para comprometerse con las propias decisiones. Estas características, que son relativamente frecuentes al principio de la adolescencia, pueden ser consideradas como problema cuando se prolongan en exceso, impidiendo una adecuada autorrealización en edades posteriores. Los adultos con difusión de identidad son inseguros, inestables y tienen una gran dificultad para comprometerse con proyectos o acciones emprendidas, parecen vivir permanentemente en la adolescencia, en crisis de identidad. Carencia que a medida que avanza la edad puede hacerles muy vulnerables a los problemas debido a que nunca llegan a lograr nada.

2) La fijación prematura de identidad es el extremo opuesto al problema anterior. En esta condición el individuo puede tener proyectos y objetivos claramente definidos, pero éstos no son el resultado de una búsqueda personal entre distintas alternativas, sino la consecuencia de una presión social excesiva (generalmente de la propia familia) y/o de su propia dificultad para soportar la incertidumbre que genera el cuestionamiento de una identidad proporcionada por otro(s). Los adolescentes que establecen sus proyectos vitales de forma prematura, sin crisis ni cuestionamiento de una opción propuesta por otra persona (y que suelen decir haber elegido incluso desde su infancia) pueden parecer más tranquilos y equilibrados que sus compañeros cuando éstos atraviesan por dicha crisis. Entre los riesgos que implica la identidad prematuramente definida cabe destacar: 1) el empobrecimiento de dicha identidad, limitando las posibilidades de desarrollo del individuo, así como su capacidad para comprometerse y luchar por lo que ha elegido cuando esta elección no fue realizada con la suficiente madurez; 2) o graves discrepancias entre las decisiones adoptadas (ocupación, pareja, estilo de vida) y determinadas características personales, con el consiguiente riesgo que de ello se deriva en el desarrollo posterior, produciendo insatisfacción con las decisiones adoptadas o la tendencia a vivir la crisis de identidad en edades posteriores cuando su solución resulta más difícil.

3) La identidad negativa, se produce cuando resulta muy difícil la búsqueda de alternativas constructivas a una determinada identidad convencional (la que proponen los padres o la sociedad, por ejemplo), pero no se quiere seguir dicha propuesta, sino que se reacciona contra ella, negándola. El resultado de dicho proceso suele ser también muy estereotipado y limita considerablemente el desarrollo del individuo, puesto que éste suele producirse en referencia a una determinada identidad aunque en sentido contrario. Una buena parte de las conductas antisociales que presentan algunos adolescentes pueden ser una consecuencia de su identidad negativa. Cuando esta condición queda como estilo permanente de identidad suele producir graves problemas tanto para el propio individuo como para los demás.

La identidad lograda (coherente y diferenciada) difícilmente se alcanza hasta los 21-23 años, pudiéndose producir ritmos de desarrollo distintos según el ámbito al que se refiere (ocupación, familia, valores...).

Los adultos con una identidad lograda tienen más capacidad para superar los problemas sociales y emocionales que los adultos con identidad difusa, prematura o negativa.

Cambios en la forma de ver el mundo

Para llevar a cabo la tarea fundamental de la adolescencia, en esta edad puede comenzar a desarrollarse una forma diferente de ver el mundo, el pensamiento abstracto, que permite un gran distanciamiento de la realidad inmediata para juzgarla a partir de lo que podría ser, imaginar otras posibilidades además de las que existen, pensar sobre los propios procesos psicológicos, sobre lo que se piensa o lo que se siente, tratar de explicar lo que sucede a través de múltiples hipótesis, o analizar todas las posibilidades y valorar la realidad como una de dichas posibilidades. Capacidad que no todos los adolescentes desarrollan por igual y que desempeña un decisivo papel en la principal tarea que debe realizarse en esta edad: la construcción del propio proyecto vital. Para elaborarlo adecuadamente conviene plantearse la propia vida como un conjunto de posibilidades que pueden ir mucho más allá de las realidades que rodean al adolescente. Estos cambios pueden ser el origen de algunos problemas de indisciplina, al hacer por ejemplo que el adolescente imagine nuevas posibilidades para transgredir las reglas establecidas y descubra las contradicciones o exageraciones de lo que le dicen los adultos encargados de su educación.

La necesidad de ser especial

La capacidad del adolescente para distanciarse de la realidad inmediata y pensar sobre sus propios procesos psicológicos, suele llevarle al principio (entre los 12 y los 16 años) a un tipo especial de egocentrismo, caracterizado por creer que lo que a él le preocupa es también objeto de preocupación para los demás, creyendo por ejemplo que los otros le prestan tanta atención (a su aspecto y a su conducta) como él mismo se presta, anticipando continuamente cuáles van a ser las reacciones que producirá en los demás, como si estuviera ante un auditorio imaginario (Elkind, 1967).

La tendencia de los adolescentes a pensar sobre sí mismos, a buscar su diferenciación y su coherencia, les lleva a contarse una historia sobre sí mismos basada en el convencimiento de que su experiencia personal es algo especial y único. Este problema podría estar en la base de las conductas de riesgo en que se implican algunos adolescentes con cierta frecuencia, creyendo que las consecuencias más probables de dichas conductas no pueden sucederles a ellos porque son especiales. Esta fuerte necesidad que los adolescentes tienen de sentirse especiales ayuda a explicar por qué a veces pueden considerar deseables determinados problemas (como la violencia o la expulsión de la escuela, por ejemplo). Y en relación a estas tendencias suele explicarse también el sentimiento de invulnerabilidad que caracteriza a los adolescentes con frecuencia, puesto que creen que no van a sufrir las consecuencias más probables de las conductas de riesgo en las que incurren porque son especiales (Schinke, Botvin y Orlandi, 1991).

Los problemas anteriormente mencionados pueden comenzar a superarse a través de una adecuada interacción con compañeros, que permita al adolescente contar con un auditorio real con el que compartir sus pensamientos y sentimientos y descubrir así que a pesar de ser diferente comparte con los demás importantes semejanzas, puesto que todos somos únicos y especiales y al mismo tiempo iguales a los demás, incluso en la adolescencia.

Búsqueda de sensaciones y atracción por el riesgo

La habilidad para afrontar con eficacia y autonomía las situaciones de riesgo es un aspecto importante de nuestra capacidad de adaptación que suele desarrollarse bastante tarde. En relación a lo cual cabe considerar la escasa eficacia que suelen tener con los jóvenes los intentos de prevenir graves problemas que aumentan en dicha edad (accidentes de trafico, embarazos no deseados, drogadicciones...) informando simplemente sobre el riesgo que suponen las imprudencias. Y es que con frecuencia el adolescente se comporta como si se creyera invulnerable (o incluso inmortal), como si no fuera a sufrir las consecuencias de los riesgos en los que incurre (porque él es especial). Esta tendencia a participar en situaciones arriesgadas (bebiendo mucho alcohol, llegando a la violencia...) se incrementa, además, por la orientación del adolescente hacia la novedad y la independencia, que le lleva a buscar nuevas sensaciones (Arnett, 1992).

Para comprender la conducta de riesgo en los adolescentes es necesario tener en cuenta que no se produce de forma gratuita, porque sí, sino que puede ser utilizada para responder a funciones psicológicas y sociales, especialmente cuando no se dispone de otros recursos para ello (Jessor, 1992). Entre dichas funciones cabe destacar: la integración en el grupo de compañeros, la reducción del estrés y de la incertidumbre sobre la propia identidad, obtener experiencias de poder y protagonismo social, establecer la autonomía de los padres, rechazar las normas y valores de la autoridad convencional, o marcar la transición de la infancia al estatus adulto.

En función de lo anteriormente expuesto, se deduce que para prevenir las conductas de riesgo no basta con enseñar a rechazarlas sino que es preciso desarrollar otras alternativas que las hagan "innecesarias".

Prevención de la violencia y lucha contra la exclusión desde la adolescencia.
La violencia entre iguales en la escuela y en el ocio.
Programa de intervención y estudio experimental. Tomo 2.
María José Díaz – Aguado Jalon
Ministerio de trabajo y estudios sociales – INJUVE - España
(fuente: http://www.pastoraldejuventud.org.ar/)

martes, 11 de agosto de 2009

Santa Clara de Asís, una vida fecunda en Dios

Clara nació en Asís, Italia, en 1193. Su padre, Favarone Offeduccio, era un caballero rico y poderoso. Su madre, Ortolana, descendiente de familia noble y feudal, era una mujer muy cristiana, de ardiente piedad y de gran celo por el Señor.

Desde sus primeros años Clara se vio dotada de innumerables virtudes y aunque su ambiente familiar pedía otra cosa de ella, siempre desde pequeña fue asidua a la oración y mortificación. Siempre mostró gran desagrado por las cosas del mundo y gran amor y deseo por crecer cada día en su vida espiritual.

Ya en ese entonces se oía de los Hermanos Menores, como se les llamaba a los seguidores de San Francisco. Clara sentía gran compasión y gran amor por ellos, aunque tenía prohibido verles y hablarles. Ella cuidaba de ellos y les proveía enviando a una de las criadas. Le llamaba mucho la atención como los frailes gastaban su tiempo y sus energías cuidando a los leprosos. Todo lo que ellos eran y hacían le llamaba mucho la atención y se sentía unida de corazón a ellos y a su visión.

Su llamada y su encuentro con San Francisco. Cofundadora de la orden.

La conversión de Clara hacia la vida de plena santidad se efectuó al oír un sermón de San Francisco de Asís. En 1210, cuando ella tenía 18 años, San Francisco predicó en la catedral de Asís los sermones de cuaresma e insistió en que para tener plena libertad para seguir a Jesucristo hay que librarse de las riquezas y bienes materiales. Al oír las palabras: "este es el tiempo favorable... es el momento... ha llegado el tiempo de dirigirme hacia El que me habla al corazón desde hace tiempo... es el tiempo de optar, de escoger..", sintió una gran confirmación de todo lo que venía experimentando en su interior.

Durante todo el día y la noche, meditó en aquellas palabras que habían calado lo más profundo de su corazón. Tomó esa misma noche la decisión de comunicárselo a Francisco y de no dejar que ningún obstáculo la detuviera en responder al llamado del Señor, depositando en El toda su fuerza y entereza.

Cuando su corazón comprendió la amargura, el odio, la enemistad y la codicia que movía a los hombres a la guerra comprendió que esta forma de vida eran como la espada afilada que un día traspasó el corazón de Jesús. No quiso tener nada que ver con eso, no quiso otro señor mas que el que dio la vida por todos, aquel que se entrega pobremente en la Eucaristía para alimentarnos diariamente. El que en la oscuridad es la Luz y que todo lo cambia y todo lo puede, aquel que es puro Amor. Renace en ella un ardiente amor y un deseo de entregarse a Dios de una manera total y radical.

Clara sabía que el hecho de tomar esta determinación de seguir a Cristo y sobre todo de entregar su vida a la visión revelada a Francisco, iba a ser causa de gran oposición familiar, pues el solo hecho de la presencia de los Hermanos Menores en Asís estaba ya cuestionando la tradicional forma de vida y las costumbres que mantenían intocables los estratos sociales y sus privilegios. A los pobres les daba una esperanza de encontrar su dignidad, mientras que los ricos comprendían que el Evangelio bien vivido exponía por contraste sus egoísmos a la luz del día. Para Clara el reto era muy grande. Siendo la primera mujer en seguirle, su vinculación con Francisco podía ser mal entendida.

Santa Clara se fuga de su casa el 18 de Marzo de 1212, un Domingo de Ramos, empezando así la gran aventura de su vocación. Se sobrepuso a los obstáculos y al miedo para darle una respuesta concreta al llamado que el Señor había puesto en su corazón. Llega a la humilde Capilla de la Porciúncula donde la esperaban Francisco y los demás Hermanos Menores y se consagra al Señor por manos de Francisco.

Empiezan las renuncias.

De rodillas ante San Francisco, hizo Clara la promesa de renunciar a las riquezas y comodidades del mundo y de dedicarse a una vida de oración, pobreza y penitencia. El santo, como primer paso, tomó unas tijeras y le cortó su larga y hermosa cabellera, y le colocó en la cabeza un sencillo manto, y la envió a donde unas religiosas que vivían por allí cerca, a que se fuera preparando para ser una santa religiosa.

Para Santa Clara la humildad es pobreza de espíritu y esta pobreza se convierte en obediencia, en servicio y en deseos de darse sin límites a los demás.

Días más tardes fue trasladada temporalmente, por seguridad, a las monjas Benedictinas, ya que su padre, al darse cuenta de su fuga, sale furioso en su búsqueda con la determinación de llevársela de vuelta al palacio. Pero la firme convicción de Clara, a pesar de sus cortos años de edad, obligan finalmente al Caballero Offeduccio a dejarla. Días más tardes, San Francisco, preocupado por su seguridad dispone trasladarla a otro monasterio de Benedictinas situado en San Angelo. Allí la sigue su hermana Inés, quien fue una de las mayores colaboradoras en la expansión de la Orden y la hija (si se puede decir así) predilecta de Santa Clara. Le sigue también su prima Pacífica.

DamianoSan Francisco les reconstruye la capilla de San Damián, lugar donde el Señor había hablado a su corazón diciéndole, "Reconstruye mi Iglesia". Esas palabras del Señor habían llegado a lo más profundo de su ser y lo llevó al más grande anonadamiento y abandono en el Señor. Gracias a esa respuesta de amor, de su gran "Si" al Señor, había dado vida a una gran obra, que hoy vemos y conocemos como la Comunidad Franciscana, de la cual Santa Clara se inspiraría y formaría parte crucial, siendo cofundadora con San Francisco en la Orden de las Clarisas.

Cuando se trasladan las primeras Clarisas a San Damián, San Francisco pone al frente de la comunidad, como guía de Las Damas Pobres a Santa Clara. Al principio le costó aceptarlo pues por su gran humildad deseaba ser la última y ser la servidora, esclava de las esclavas del Señor. Pero acepta y con verdadero temor asume la carga que se le impone, entiende que es el medio de renunciar a su libertad y ser verdaderamente esclava. Así se convierte en la madre amorosa de sus hijas espirituales, siendo fiel custodia y prodigiosa sanadora de las enfermas.

Desde que fue nombrada Madre de la Orden, ella quiso ser ejemplo vivo de la visión que trasmitía, pidiendo siempre a sus hijas que todo lo que el Señor había revelado para la Orden se viviera en plenitud.

Siempre atenta a la necesidades de cada una de sus hijas y revelando su ternura y su atención de Madre, son recuerdos que aún después de tanto tiempo prevalecen y son el tesoro mas rico de las que hoy son sus hijas, Las Clarisas Pobres.

Sta. Clara acostumbraba tomar los trabajos mas difíciles, y servir hasta en lo mínimo a cada una. Pendiente de los detalles más pequeños y siendo testimonio de ese corazón de madre y de esa verdadera respuesta al llamado y responsabilidad que el Señor había puesto en sus manos.

Por el testimonio de las misma hermanas que convivieron con ella se sabe que muchas veces, cuando hacía mucho frío, se levantaba a abrigar a sus hijas y a las que eran mas delicadas les cedía su manta. A pesar de ello, Clara lloraba por sentir que no mortificaba suficiente su cuerpo.

Cuando hacía falta pan para sus hijas, ayunaba sonriente y si el sayal de alguna de las hermanas lucía más viejo ella lo cambiaba dándole el de ella. Su vida entera fue una completa dádiva de amor al servicio y a la mortificación. Su gran amor al Señor es un ejemplo que debe calar nuestros corazones, su gran firmeza y decisión por cumplir verdaderamente la voluntad de Dios para ella.

Tenía gran entusiasmo al ejercer toda clase de sacrificios y penitencias. Su gozo al sufrir por Cristo era algo muy evidente y es, precisamente esto, lo que la llevó a ser Santa Clara. Este fue el mayor ejemplo que dio a sus hijas.

La humildad brilló grandemente en Santa Clara y una de las mas grandes pruebas de su humildad fue su forma de vida en el convento, siempre sirviendo con sus enseñanzas, sus cuidados, su protección y su corrección. La responsabilidad que el Señor había puesto en sus manos no la utilizó para imponer o para simplemente mandar en el nombre del Señor. Lo que ella mandaba a sus hijas lo cumplía primero ella misma con toda perfección. Se exigía mas de lo que pedía a sus hermanas.

Hacía los trabajos mas costosos y daba amor y protección a cada una de sus hijas. Buscaba como lavarle los pies a las que llegaban cansadas de mendigar el sustento diario. Lavaba a las enfermas y no había trabajo que ella despreciara pues todo lo hacía con sumo amor y con suprema humildad.

"En una ocasión, después de haberle lavado los pies a una de las hermanas, quiso besarlos. La hermana, resistiendo aquel acto de su fundadora, retiró el pie y accidentalmente golpeó el rostro a Clara. Pese al moretón y la sangre que había salido de su nariz, volvió a tomar con ternura el pie de la hermana y lo besó."

Con su gran pobreza manifestaba su anhelo de no poseer nada mas que al Señor. Y esto lo exigía a todas sus hijas. Para ella la Santa Pobreza era la reina de la casa. Rechazó toda posesión y renta, y su mayor anhelo era alcanzar de los Papas el privilegio de la pobreza, que por fin fue otorgado por el Papa Inocencio III.

Para Santa Clara la pobreza era el camino en donde uno podía alcanzar mas perfectamente esa unión con Cristo. Este amor por la pobreza nacía de la visión de Cristo pobre, de Cristo Redentor y Rey del mundo, nacido en el pesebre. Aquel que es el Rey y, sin embargo, no tuvo nada ni exigió nada terrenal para si y cuya única posesión era vivir la voluntad del Padre. La pobreza alcanzada en el pesebre y llevada a su cúlmen en la Cruz. Cristo pobre cuyo único deseo fue obedecer y amar.

La vida de Sta. Clara fue una constante lucha por despegarse de todo aquello que la apartaba del Amor y todo lo que le limitara su corazón de tener como único y gran amor al Señor y el deseo por la salvación de las almas.

La pobreza la conducía a un verdadero abandono en la Providencia de Dios. Ella, al igual que San Francisco, veía en la pobreza ese deseo de imitación total a Jesucristo. No como una gran exigencia opresiva sino como la manera y forma de vida que el Señor les pedía y la manera de mejor proyectar al mundo la verdadera imagen de Cristo y Su Evangelio.

Siguiendo las enseñanzas y ejemplos de su maestro San Francisco, quiso Santa Clara que sus conventos no tuvieran riquezas ni rentas de ninguna clase. Y, aunque muchas veces le ofrecieran regalos de bienes para asegurar el futuro de sus religiosas, no los quiso aceptar. Al Sumo Pontífice que le ofrecía unas rentas para su convento le escribió: "Santo padre: le suplico que me absuelva y me libere de todos mis pecados, pero no me absuelva ni me libre de la obligación que tengo de ser pobre como lo fue Jesucristo". A quienes le decían que había que pensar en el futuro, les respondía con aquellas palabras de Jesús: "Mi Padre celestial que alimenta a las avecillas del campo, nos sabrá alimentar también a nosotros".

Mortificación de su cuerpo.

Si hay algo que sobresale en la vida de Santa Clara es su gran mortificación. Utilizaba debajo de su túnica, como prenda íntima, un áspero trozo de cuero de cerdo o de caballo. Su lecho era una cama compuesta de sarmientos cubiertos con paja, la que se vio obligada a cambiar por obediencia a Francisco, debido a su enfermedad.

Los ayunos. Siempre vivió una vida austera y comía tan poco que sorprendía hasta a sus propias hermanas. No se explicaban como podía sostener su cuerpo. Durante el tiempo de cuaresma, pasaba días sin probar bocado y los demás días los pasaba a pan y agua. Era exigente con ella misma y todo lo hacía llena de amor, regocijo y de una entrega total al amor que la consumía interiormente y su gran anhelo de vivir, servir y desear solamente a su amado Jesús.

Por su gran severidad en los ayunos, sus hermanas, preocupadas por su salud, informaron a San Francisco quien intervino con el Obispo ordenándole a comer, cuando menos diariamente, un pedazo de pan que no fuese menos de una onza y media.

La vida de Oración

Para Santa Clara la oración era la alegría, la vida; la fuente y manantial de todas las gracias, tanto para ella como para el mundo entero. La oración es el fin en la vida Religiosa y su profesión.

Ella acostumbraba pasar varias horas de la noche en oración para abrir su corazón al Señor y recoger en su silencio las palabras de amor del Señor. Muchas veces, en su tiempo de oración, se le podía encontrar cubierta de lágrimas al sentir el gran gozo de la adoración y de la presencia del Señor en la Eucaristía, o quizás movida por un gran dolor por los pecados, olvidos y por las ingratitudes propias y de los hombres.

Se postraba rostro en tierra ante el Señor y, al meditar la pasión las lágrimas brotaban de lo mas íntimo de su corazón. Muchas veces el silencio y soledad de su oración se vieron invadidos de grandes perturbaciones del demonio. Pero sus hermanas dan testimonio de que, cuando Clara salía del oratorio, su semblante irradiaba felicidad y sus palabras eran tan ardientes que movían y despertaban en ellas ese ardiente celo y encendido amor por el Señor.

Hizo fuertes sacrificios los cuarenta y dos años de su vida consagrada. Cuando le preguntaban si no se excedía, ella contestaba: Estos excesos son necesarios para la redención, "Sin el derramamiento de la Sangre de Jesús en la Cruz no habría Salvación". Ella añadía: "Hay unos que no rezan ni se sacrifican; hay muchos que sólo viven para la idolatría de los sentidos. Ha de haber compensación. Alguien debe rezar y sacrificarse por los que no lo hacen. Si no se estableciera ese equilibrio espiritual la tierra sería destrozada por el maligno". Santa Clara aportó de una manera generosa a este equilibrio.

Milagros de Santa Clara

◘ La Eucaristía ante los sarracenos: En 1241 los sarracenos atacaron la ciudad de Asís. Cuando se acercaban a atacar el convento que está en la falda de la loma, en el exterior de las murallas de Asís, las monjas se fueron a rezar muy asustadas y Santa Clara que era extraordinariamente devota al Santísimo Sacramento, tomó en sus manos la custodia con la hostia consagrada y se les enfrentó a los atacantes. Ellos experimentaron en ese momento tan terrible oleada de terror que huyeron despavoridos.

En otra ocasión los enemigos atacaban a la ciudad de Asís y querían destruirla. Santa Clara y sus monjas oraron con fe ante el Santísimo Sacramento y los atacantes se retiraron sin saber por qué.

◘ El milagro de la multiplicación de los panes: Cuando solo tenían un pan para que comieran cincuenta hermanas, Santa Clara lo bendijo y, rezando todas un Padre Nuestro, partió el pan y envió la mitad a los hermanos menores y la otra mitad se la repartió a las hermanas. Aquel pan se multiplicó, dando a basto para que todas comieran. Santa Clara dijo: "Aquel que multiplica el pan en la Eucaristía, el gran misterio de fe, ¿acaso le faltará poder para abastecer de pan a sus esposas pobres?"

En una de las visitas del Papa al Convento, dándose las doce del día, Santa Clara invita a comer al Santo Padre pero el Papa no accedió. Entonces ella le pide que por favor bendiga los panes para que queden de recuerdo, pero el Papa respondió: "quiero que seas tu la que bendigas estos panes". Santa Clara le dice que sería como un irespeto muy grande de su parte hacer eso delante del Vicario de Cristo. El Papa, entonces, le ordena bajo el voto de obediencia que haga la señal de la Cruz. Ella bendijo los panes haciéndole la señal de la Cruz y al instante quedó la Cruz impresa sobre todos los panes.

Larga agonía.

Santa Clara estuvo enferma 27 años en el convento de San Damiano, soportando todos los sufrimientos de su enfermedad con paciencia heroica. En su lecho bordaba, hacía costuras y oraba sin cesar. El Sumo Pontífice la visitó dos veces y exclamó "Ojalá yo tuviera tan poquita necesidad de ser perdonado como la que tiene esta santa monjita".

Cardenales y obispos iban a visitarla y a pedirle sus consejos.

San Francisco ya había muerto pero tres de los discípulos preferidos del santo, Fray Junípero, Fray Angel y Fray León, le leyeron a Clara la Pasión de Jesús mientras ella agonizaba. La santa repetía: "Desde que me dediqué a pensar y meditar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y sufrimientos no me desaniman sino que me consuelan".

El 10 de agosto del año 1253 a los 60 años de edad y 41 años de ser religiosa, y dos días después de que su regla sea aprobada por el Papa, se fue al cielo a recibir su premio. En sus manos, estaba la regla bendita, por la que ella dio su vida.

Cuando el Señor ve que el mundo está tomando rumbos equivocados o completamente opuestos al Evangelio, levanta mujeres y hombres para que contrarresten y aplaquen los grandes males con grandes bienes.

Podemos ver claramente en la Orden Franciscana, en su carisma, que cuando el mundo estaba siendo arrastrado por la opulencia, por la riqueza, las injusticias sociales etc., suscita en dos jóvenes de las mejores familias el amor valiente para abrazar el espíritu de pobreza, como para demostrar de una manera radical el verdadero camino a seguir que al mismo tiempo deja al descubierto la obra de Satanás, aplastándole la cabeza. Ellos se convirtieron en signo de contradicción para el mundo y a la vez, fuente donde el Señor derrama su gracia para que otros reciban de ella.

El Señor en su gran sabiduría y siendo el buen Pastor que siempre cuida de su pueblo y de su salvación, nunca nos abandona y manda profetas que con sus palabras y sus vidas nos recuerdan la verdad y nos muestran el camino de regreso a El. Los santos nos revelan nuestros caminos torcidos y nos enseñan como rectificarlos.

Tras los pasos de Santa Clara en Asís.

En la Basílica de Sta. Clara encontramos su cuerpo incorrupto y muchas de sus reliquias.

En el convento de San Damiano, se recorren los pasillos que ella recorrió. Se entra al cuarto donde ella pasó muchos años de su vida acostada, se observa la ventana por donde veía a sus hijas. También se conservan el oratorio, la capilla, y la ventana por donde expulsó a los sarracenos con el poder de la Eucaristía.

Hoy las religiosas Clarisas son aproximadamente 18.000 en 1.248 conventos en el mundo.

(fuente: http://www.corazones.org/)

Novedades del Mallín Estilo de Chicas en Avellaneda

Del 13 al 16 de Agosto se realizará el Mallín Estilo de Chicas. El mismo debía realizarse en Santa Rosa, pero por un pedido del Equipo Coordinador Zonal, tenemos el regalo de que sea en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires.

Como consecuencia de esto el Domingo 16 de Agosto a las 17 hs, aproximadamente, celebraremos la Misa de Clausura en el Oratorio.

En esta experiencia, participarán del Centro Oratorio de Avellaneda:

■ María Isabel Romanín
■ Mariana Alegreta
■ Yasmín Salcedo
■ Ailén Godoy

Además participarán como delegadas.

■ Julieta Rovira
■ Julieta Palma
■ Daiana De María.

Por otro lado aprovechamos este medio para pedirte un favor!

Si conocen a alguna madre que desee brindar un servicio en la cocina de este Mallín Estilo, se pide que se comuniquen vía mail a mallinavellaneda@gmail.com

Muchas Gracias!

Y esperamos contar con tu presencia en la MISA DE CLAUSURA!!!

Un fuerte abrazo en Mamá María.

Centro Mallinista ORATORIO - Avellaneda, Bs. As
mallinavellaneda@gmail.com

Buscanos en:

Web: www.mallinavellaneda.com.ar
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Santa Clara y su devoción a la Eucaristía en el Sagrario

Clara vive en la época en la cual se despliega pujante en el pueblo de Dios el culto a Cristo presente en la Eucaristía. Este, tras un desarrollo ininterrumpido desde los orígenes, alcanza un lugar importante en la vida espiritual de la Iglesia. Sus manifestaciones se multiplican. «Puede afirmarse, escribe H. Thurston, que a partir de 1200 el pensamiento y el culto de la Eucaristía se convierten en casi toda la Iglesia en objeto constante e inmediato de solicitud». Ello inducirá al Papa Urbano IV a aprobar oficialmente, en 1264, la fiesta del Cuerpo de Cristo, a instancias de santa Juliana de Montcornillon.

La abadesa de San Damián, que siempre quiso vivir en plena comunión de fe con la Iglesia y de vida con el Pueblo de Dios, no podía permanecer indiferente a ese progreso que hallaba, además, un amplio eco en las aspiraciones de su corazón y en el ejemplo de san Francisco.

Su fe y su recurso al Señor, presente bajo las apariencias del pan consagrado, nos son revelados en un momento grave de su existencia y de la existencia de sus hermanas. En 1240, soldados musulmanes venidos para sitiar Asís, invaden el monasterio. Entre el pánico general, sólo la abadesa conserva la sangre fría. No hay posibilidad alguna de socorro humano; pero queda Dios. Y Clara se dirige a Cristo en la Eucaristía, como recuerda una testigo en el Proceso de canonización:

«Una vez entraron los sarracenos en el claustro del monasterio, y madonna Clara se hizo conducir hasta la puerta del refectorio y mandó que trajesen ante ella un cofrecito donde se guardaba el santísimo Sacramento del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo. Y, postrándose en tierra en oración, rogó con lágrimas diciendo, entre otras, estas palabras: "Señor, guarda Tú a estas siervas tuyas, pues yo no las puedo guardar". Entonces la testigo oyó una voz de maravillosa suavidad, que decía: "¡Yo te defenderé siempre!" Entonces la dicha madonna rogó también por la ciudad, diciendo: "Señor, plázcate defender también a esta ciudad". Y aquella misma voz sonó y dijo: "La ciudad sufrirá muchos peligros, pero será protegida". Y entonces la dicha madonna se volvió a las hermanas y les dijo: "No temáis, porque yo soy fiadora de que no sufriréis mal alguno, ni ahora ni en el futuro, mientras obedezcáis los mandamientos de Dios". Y entonces los sarracenos se marcharon sin causar mal ni daño alguno» (Proceso 9,2).

De manera semejante, dice el relato paralelo de Celano que los sarracenos cayeron sobre San Damián y entraron en él, hasta el claustro mismo de las vírgenes; entonces las damas pobres acudieron a su madre entre lágrimas. «Ésta, impávido el corazón, manda, pese a estar enferma, que la conduzcan a la puerta y la coloquen frente a los enemigos, llevando ante sí la cápsula de plata, encerrada en una caja de marfil, donde se guarda con suma devoción el Cuerpo del Santo de los Santos» (LCl 21). Estos textos hacen pensar en una pequeña caja o cofre de plata revestido de marfil, en el cual se tenía entonces la costumbre de conservar las formas consagradas, más que en una custodia. En 1230, Juan Parente, Ministro general de la Orden franciscana, mandó que se conservara en todos los conventos el Santísimo Sacramento en copones de marfil o de plata, colocados en tabernáculos bien cerrados. Nótese, sin embargo, que las custodias más antiguas se remontan al siglo XIII.

Así pues, en un momento dramático para la comunidad, Clara recurre a Cristo presente en el Santísimo Sacramento. Manda que lo coloquen entre las hermanas y los soldados y dirige a La su oración. Él responde a su confianza. De Él viene la salvación.

La respuesta de Cristo debió marcar profundamente en el futuro la piedad eucarística de San Damián. No podían olvidar las hermanas que un día les había llegado la salvación de Cristo escondido en la «píxide de plata recubierta de marfil».

Otro hecho refuerza esta intuición. En 1241, Vital de Aversa asedia Asís, amenazando destruir la ciudad. Clara moviliza a sus hermanas a la oración y a la penitencia, a fin de obtener la protección del Señor sobre la ciudad en peligro. También en este caso las impele a dirigir sus ruegos a Cristo presente en la Eucaristía, como recuerda una testigo: Alguien dijo a Clara que la ciudad de Asís iba a ser entregada; entonces ella mandó a sus hermanas que de madrugada fuesen a donde estaba ella. Cuando estuvieron reunidas, Clara hizo traer ceniza, se descubrió por completo la cabeza y mandó a todas hacer lo mismo. «Después, tomando ceniza, ella se puso gran cantidad sobre su cabeza, recientemente rapada, y a continuación la puso también sobre la cabeza de todas las hermanas. Hecho esto, mandó que todas fuesen a la capilla a hacer oración. Y de tal modo lo cumplieron, que al día siguiente, de mañana, huyó aquel ejército, roto y a la desbandada» (Proceso 9,3).

Las hermanas van a la capilla a hacer oración. Sin duda, la experiencia de la presencia protectora del año anterior permanece viva en todas las memorias. Su oración eucarística es escuchada de nuevo.

Lo que estos relatos nos testifican formalmente es el recurso a Cristo presente en la eucaristía y la respuesta del Señor en situaciones trágicas. Conociendo la profundidad contemplativa de las hermanas de San Damián, su simplicidad y su rectitud, resulta impensable que este recurso brotara excepcionalmente a partir de un clima de pánico. Los instantes de peligro inminente excluyen la reflexión: el corazón revela entonces sus impulsos íntimos. Si Clara acude tan espontáneamente a Cristo en el Santísimo Sacramento, si le pide ayuda y le confía el cuidado de defender a las hermanas, en vez de recogerse simplemente en Dios, es, sin duda, porque estaba habituada a buscar a su Señor en la hostia consagrada.

La iconografía confirma esta intuición. Ya las primeras imágenes la muestran asociada al culto eucarístico: desde el siglo XIII se la representa llevando una custodia en una actitud de humilde adoración. Si los contemporáneos han visto en esta representación el símbolo de la vida espiritual de Clara es porque para ellos la adoración de Cristo velado en el Pan consagrado había dominado la vida contemplativa de Clara. La imaginería de los siglos XVII y XVIII deformó este significado. Ya no representa a Clara en actitud de adoración, sino levantando la custodia hacia los sarracenos, como queriéndoles expulsar. Lo que prevalece es el milagro y no el culto de la santa a Cristo en el Sacramento. Un curioso cuadro de Rubens representa a Clara en medio de los grandes doctores de la Iglesia. Ella tiene en sus manos la píxide (Museo del Prado, Madrid).

La piedad de Clara se ampliaba, a partir de la persona de Cristo, reconocido y frecuentado en su presencia eucarística, a todo cuanto rodea la Eucaristía. Si Francisco regalaba ciborios y utensilios para la elaboración de las formas a las iglesias pobres (LP 80; 2 Cel 201), nuestra santa confeccionaba corporales con sus propias manos. Declara sor Cecilia: «Madonna Clara, la cual no quería estar nunca ociosa, aun durante la enfermedad de la que murió, hacía que la incorporasen de modo que se sentase en el lecho, e hilaba. De este hilado mandó confeccionar una tela fina con la que se hicieron muchos corporales y fundas para guardarlos, guarnecidas de seda o de paño precioso. Y los envió al obispo de Asís para los que bendijese, y luego los envió a las iglesias de la ciudad y del obispado de Asís. Y, según creía la testigo, se repartieron por todas las iglesias» (Proceso 6,14). Sor Pacífica de Guelfuccio precisa que dichos corporales eran enviados por los hermanos a las iglesias o se daban a los sacerdotes que iban al monasterio (Proceso 1,11; cf. 2,12). Celano, que refiere también estos hechos, subraya su valor expresivo: en ellos ve una prueba evidente de la fervorosa devoción de Clara al Santísimo Sacramento del altar: «Cuán señalado fuera el devoto amor de santa Clara al Sacramento del Altar lo demuestran los hechos. Así, por ejemplo, durante aquella grave enfermedad que la tuvo postrada en cama, se hacía incorporar y asentar al apoyo de unas almohadas; sentada así, hilaba finísimas telas, de las cuales elaboró más de cincuenta juegos de corporales que, envueltos en bolsas de seda o de púrpura, destinaba a distintas iglesias del valle y de las montañas de Asís» (LCl 28).

En estas obras se trasluce todo el amor de Clara y de sus hermanas. Las Hermanas Pobres, que no siempre tienen bastante pan para comer, no dudan en ofrecer a las iglesias tejidos de fino linón, estuches preciosos recubiertos de seda, de púrpura, bordados en oro. Nada es costoso, cuando se ama; no hay nada excesivamente hermoso para estas telas que van a recibir el Cuerpo de Cristo.

Una carta del cardenal Hugolino nos proporciona una última indicación sobre el fervor que reinaba en San Damián hacia el Sacramento del altar. Testimonio tanto más precioso por cuanto es anterior a los hechos arriba relatados. El prelado había celebrado la fiesta de Pascua en San Damián. Una vez de regreso junto al Papa, envía a Clara una carta muy afectuosa, en la cual sobresale, entre todos los recuerdos de su estancia en San Damián, el siguiente: «Me falta aquella alegría gloriosa que sentí cuando hablaba con vosotras del Cuerpo de Cristo, con motivo de la Pascua que celebré contigo y con las demás siervas de Cristo» (BAC p. 358-9).

Si estas conversaciones quedaron tan profundamente impresas en la memoria del cardenal, si éste se recrea en evocarlas, es porque en San Damián debió encontrar una devoción al Santísimo Sacramento del Cuerpo de Cristo superior a lo que era habitual entonces.

Nos gustaría ciertamente conservar testimonios más explícitos sobre este culto. Sin embargo, enmarcados en el amplio movimiento en pro de la adoración del Santísimo Sacramento y, sobre todo, si se les aproxima a la devoción de Francisco, que «exhortaba con solicitud a los hermanos... a que oyesen devotamente la Misa y adorasen con rendida devoción el cuerpo del Señor» (TC 57) y que fue guía de Clara en su vida de entrega a Dios, los pocos hechos aducidos adquieren valor de signos que permiten pensar que Clara y sus hermanas recluidas en San Damián dirigían al Señor presente entre ellas todo el entusiasmo de su amor.

(para leer más, visitar http://www.franciscanos.org/sanfraneucaristia/dhontrc.htm)

lunes, 10 de agosto de 2009

Santa Clara de Asís y sus hermanas

por Engelbert Grau, o.f.m.

Con frecuencia se cita de un aliento a Francisco y a Clara, porque son la doble configuración de una única e idéntica presencia nueva y dinámica que la providencia de Dios quiso suscitar hace más de 750 años; la vida según el Evangelio, según el alegre mensaje de Cristo, nuestro Señor y hermano, y de Dios, a quien podemos llamar: ¡Abba, Padre! El Evangelio que Francisco no solamente oyó, no sólo conoció, sino que vivió e hizo realidad de nuevo hasta la más cabal ejecución interior y exterior posible: este Evangelio encuentra en Clara, por así decirlo, su configuración e irradiación femenina. En esto reside la validez perenne de esta vida, su fuerza evocadora y ejemplar incluso para el cristiano de nuestros días y especialmente para la mujer, sobre todo para aquellas que se han enrolado en el séquito de san Francisco en la Segunda y también en la Tercera Orden.

1. Vocación de Clara

La Santa nació en una casa noble de Asís. Ya desde la infancia se manifestó como una persona interiorizada. Cuando quisieron casarla, teniendo ella alrededor de dieciocho años, Clara se había encontrado ya algunas veces con Francisco, doce años mayor que ella, había escuchado su predicación y había abierto el propio corazón a su convocatoria para la causa de Cristo. En la noche del Domingo de Ramos de 1212, Clara forzó la puerta de su casa, no la entrada principal de la mansión paterna, sino un postigo retirado, obstruido por vigas y piedras. Abierta así la salida y junto con una compañera, acudió deprisa a Francisco que, con sus hermanos, las esperaba en la pobrecilla capilla de la Porciúncula, abajo en el valle. A la mañana siguiente, los familiares de Clara, consternados, se ponen en movimiento para buscar a la joven. La encuentran cerca de Asís en un monasterio de monjas benedictinas. Francisco la había hecho llevar allí y allí permanecería «hasta que el Altísimo dispusiera otra cosa» (LCl 8). Los familiares la asedian con halagos, consejos, promesas, lisonjas, y finalmente intentan hacerla regresar por la fuerza. Clara se refugia en la iglesia, se agarra a los manteles del altar y se descubre la cabeza cuyos cabellos habían sido cortados. Así es como la dejan.

Clara ha forzado la puerta de la casa paterna; pronto cerrará otra puerta, detrás de la cual se ha retirado, y la clausurará para siempre. Entre su futuro allí dentro y todo lo de afuera se yergue el muro del conventito de San Damián, cerca de Asís. Entonces empieza allí a bosquejarse e irradiarse algo de la aparente contradicción del Evangelio y del cristianismo: que una mujer viva alejada de todo cuanto se llama «el mundo» y que, sin embargo, esa mujer influya sobre este mundo con una fuerza espiritual asombrosa; que una mujer viva retirada y que, no obstante, esté presente, visible como la luz sobre el celemín; que una mujer viva callada y que, sin embargo, irrumpa con voz potente, la que clamó en el desierto; que Clara esté enferma 28 de los 59 años de su vida y que, no obstante, apure esta vida con toda la energía posible y la colme de cuanta grandeza cabía; que una mujer abrace una abnegación que afecta a la conducta entera de una vida normal, abnegación aparentemente inhumana y mortífera, y que, sin embargo, se desarrolle en una admirable grandeza de humanidad y de feminidad; que, como dice la bula de canonización, «cuanto más acerbamente ella maceraba el vaso de alabastro de su cuerpo en el estrecho encerramiento de su soledad, tanto más llenaba con el perfume de su santidad toda la casa de Dios, la Iglesia» (BulCan 3).

2. Hacia la plenitud de vida

Apartada de la ciudad, en el monasterio de San Damián, Clara estuvo encerrada toda su vida en la sobriedad insensible y dura de aquellos aposentos en los que se rezaba, se trabajaba y se descansaba; estaba enterrada, por así decirlo, entre aquellos ásperos muros y, al mismo tiempo, era luz para todos en medio del oscuro mundo, era la amabilidad inmutable y el foco de calor. En este conventito de San Damián, enseñoreado por la pobreza más extrema, Clara estaba muy lejos de ser una persona decrépita, atrofiada o marginada. Clara tiene un sentido exquisito de la belleza; el alba que confeccionó para el Padre Francisco es una de las piezas más preciosas del bordado medieval de ornamentos. En la misma estrechez del espacio al que ella misma se ha «desterrado», Clara es de una liberalidad asombrosa y, en su sorprendente amplitud de miras, sabe unir en tranquila e íntima armonía las dos cosas: para consigo misma, la austeridad extremada; para los demás, la indulgencia considerada. Tiene Clara la pureza de la compasión verdadera; es discreta en la corrección, moderada en los preceptos, y prefiere respetar a ser respetada. Junto a esto, Clara hace, risueña y alegre, una penitencia excepcional, y es necesario que el mismo san Francisco le ordene explícitamente que acepte algunos cuidados durante su enfermedad.

Las pocas cartas que conservamos de Clara manifiestan una profundidad madura y nada común, y lo que podría llamarse una elevación de espíritu francamente aristocrática. Vence por la amabilidad de su nobleza interior y asombra por la firmeza con que persigue su meta. «Cuando una vez el señor Papa Gregorio IX había prohibido que ningún hermano visitase sin su permiso los monasterios de las clarisas, Clara se entristeció, doliéndose de que las hermanas iban a tener con menos frecuencia el manjar de la doctrina sagrada, y dijo gimiendo: “¡Que nos quite a todos los hermanos después de habernos privado de los que nos administraban el alimento vital!” Y de inmediato hizo que todos los hermanos volvieran a sus ministros, porque no quería tener limosneros que les procuraban el pan para el cuerpo, una vez que las hermanas no iban a tener los limosneros del pan espiritual. Cuando el Papa se enteró, dejó inmediatamente tal prohibición bajo la potestad del ministro general» (LCl 37). Clara resistió al Papa que trataba de persuadirla de que asegurase a su monasterio los medios de subsistencia más necesarios mediante alguna pequeña posesión. «Si temes por el voto», le dijo el Papa, «Nos te dispensamos del mismo». A lo que respondió Clara con prontitud: «Santísimo Padre, de ninguna manera quiero jamás ser dispensada del seguimiento de Cristo» (LCl 14).

3. Plenitud humana y sobrenatural de Clara

De manera semejante a esta autenticidad inquebrantable como persona, se mostró también Clara en su comportamiento como mujer. Renuncia, es cierto, a la plenitud de la vida de mujer que la naturaleza le depara, pero lo hace ciertamente no por falta de espíritu de sacrificio ni tampoco porque su corazón ignorara lo que es el amor, sino por la fe, por una iluminación íntima, por el fuego del corazón de su Señor que le es tan familiar y cuyo amor, sabe ella, no tiene medida y quiere darse sin límites. Y por esto su feminidad se elevó a alturas de ejemplaridad. Su primer biógrafo no duda en decir: «Imiten las mujeres a Clara, vestigio de la Madre de Dios, nueva guía de las mujeres» (LCl Prólogo).

Clara es toda una mujer en su sensibilidad para con los hombres, para con todo lo que la conmueve interna y externamente, llenándola de pena o de alegría. Ella acoge a todos y a cada uno con profunda reverencia, y las cosas, en sus manos, bajo esta reverencia, se resuelven como milagrosamente; con esta reverencia acoge sobre todo a los hombres, acoge su individualidad particular, su conciencia, sus debilidades y su gracia. Es verdad que ha de dejarse llamar «abadesa», según las prescripciones eclesiásticas. Ella a sí misma se llama «humilde e indigna sierva y servidora»; así se llama y lo es. Lo único que ella sabe y quiere es: amar sirviendo y mandar amando. Su feminidad se consuma en un amor verdaderamente materno, incluso creador. Se refugia en la soledad, se retira del mundo, y es como si ese mismo mundo se sintiese atraído hacia ella. Como la mariposa errante aspira a la luz, así ese mundo se siente empujado hacia ella. Las gentes acuden a ella cargadas con las dificultades y preocupaciones de este mundo, le llevan a ella a los enfermos, a quienes muchas veces cura sólo con la señal de la Cruz. La gente busca su sabiduría, su consejo, sus instrucciones. Parece como verdaderamente simbólico el hecho de que cuando un buen día un ejército bárbaro y brutal ataca la ciudad de Asís, las tropas se desmoronan, no ante los muros ni las armas, sino por la fe, por la grandeza de una mujer indefensa, una Clara que reza en la soledad. Clara es como una torre de paz, como una roca, contra la cual se rompen las olas (LCl 21-23).

San Francisco había recibido y adquirido en el silencio de la soledad cuanto con su fuerza transformadora y creativa dio a aquel mundo desintegrado en su intimidad con Dios. Y siempre que se hallaba de camino para predicar la penitencia, para proclamar el Reino de Dios y su paz, le embargaba la nostalgia de la vocación a la soledad. Una vez, cautivado por esta nostalgia, mandó encomendar a Clara que deliberase con Dios si él, Francisco, no podría sumergirse para siempre en el silencio de la soledad, en el silencio continuo con su Señor. Pero Clara le hizo llegar este recado: esa no es la voluntad de Dios para contigo. Francisco debía anunciar el espíritu y la riqueza vital del silencio. Ella, con sus hermanas, se cuidaba de guardar este silencio.

Clara sabía, cuando entró en el silencio tan sobrio y nada romántico de San Damián, que no se trataba de ganar algo, sino todo. Entró en aquel silencio porque buscaba la proximidad de Dios. Dios no está en el estrépito ni en el ruido (cf. 1 Re 19,11ss); Él ama el silencio, la calma, en que se entra a un «mundo» del todo diferente. Sucede como con las vidrieras de colores de una iglesia. Miradas desde fuera, parecen sin vida y oscuras; pero vistas desde dentro, se iluminan y revelan un colorido y variedad insospechados. De manera semejante, en esos muros desnudos e insensibles de San Damián, se descubre todo un «mundo». El mundo que está fuera es también creación de Dios, es verdad: la belleza del paisaje umbro con sus líneas suaves que fluctúan y sus colores discretos. Clara, al igual que Francisco, conserva ante el mismo una mirada lúcida y embelesada. Pero el mundo de dentro es algo del mundo interior de Dios, que no se puede comparar con todo lo que da de sí la creación. Allí dentro hay otro mundo, el mundo inmediato de Dios. Dentro hay inmutabilidad e inmortalidad, hay verdad, espíritu y vida. Clara fue sumamente exigente, como sólo puede serlo un gran corazón, cuando se entregó incondicionalmente a ese mundo interior y silencioso. Y aquí sucede algo curioso que no se tiene bastante en cuenta y que quizá no quiera comprenderse: sobre este monasterio de monjas de San Damián, cerrado, ajeno en apariencia al mundo y a la vida, parece que está abierto el cielo; sobre esta parcela de tierra, el cielo de Dios, su gracia, su fidelidad, su longanimidad y su misericordia. En el silencio de esta casa sopla aquel viento suave (cf. 1 Re 19,12) que exhala la proximidad de Dios. En la tranquilidad de San Damián, Clara crea un espacio para la eternidad, crea, con sus hermanas, en medio del mundo y para el mundo, un lugar de paz de Dios y de su salvación. En un tejido enfermo que corre hacia la corrupción, ella preserva una célula que está enteramente sana y que actúa sanando.

Pues si queremos hablar de una enfermedad interna que aqueja al mundo, entonces como ahora, tendremos que referirnos a la agitación y al estrépito, al desasosiego sin razón que lo merezca, a la precipitación alocada, al proceder estruendoso. Y frente a este mundo está Clara, callada, sí, pero no menos exhortando y orientando; ahí está Clara recordando a todos muy especialmente que existe ese «otro mundo», esa tranquilidad silenciosa, esa quietud llenada en Dios y con Dios, esa posibilidad de callar y de escuchar. Cuando el hombre está envuelto en su ruido, no experimenta que Dios hace todavía más ruido para hacerse perceptible. Experimentará, sin embargo, que el Dios escondido se esconde aún más, que SU silencio viene a ser como una distancia insalvable y que su propio desasosiego se enfrenta a un enigma en el que Dios se aleja cada vez más. Quien ya no es capaz de callar, vive del aturdimiento y no ya de la reflexión, al menos según el sentido y valor que constituyen el núcleo y el corazón del silencio: la oración. Clara esconde toda una vida en la envoltura del silencio porque a ella lo que le importa es encontrar en la oración aquella manifestación primordial de la vida y aquel impulso originario del amor que lleva a Dios. La razón de esto es que Clara aspira a la intimidad y a la unión con su Señor. De ahí que la oración sea el corazón de su silencio.

4. Clara y sus hermanas en la oración

Y por esto Clara vive más de cuarenta años en el retiro silencioso. Durante largo rato, después de Completas, sigue orando con sus hermanas. Y cuando éstas se retiran a descansar, ella permanece en oración (LCl 19). Con frecuencia, Clara se levantaba antes que las demás hermanas para encender las lámparas, y se adelantaba aun a las jóvenes, a las que, con toda delicadeza, despertaba y llamaba al Oficio divino (cf. ibid.).

El trabajo también forma parte de la jornada, y a este respecto exhorta Clara expresamente en su Regla: «Las hermanas, a quienes el Señor dio la gracia de poder trabajar, trabajen, después de la hora de Tercia, con fidelidad y devoción...» (cap. 7). Por esto Clara, cuando estaba enferma, se hacía incorporar y recostar sobre almohadones, para poder ocuparse en labores de punto (cf. LCl 28). Pero también el trabajo debe estar envuelto en la oración. Sí, el trabajo ha de ser tal que «no apague el espíritu de la santa oración y entrega a Dios, pues a él deben servir todas las demás cosas temporales» (RCl 7). Así queda todo, incluso el trabajo, envuelto en la oración, de día y de noche. Y después que las otras hermanas se habían retirado a descansar, Clara permanecía aún largo tiempo en oración para, como dice tan acertadamente su biógrafo citando a Job (4,12), «percibir furtivamente el susurro divino» (LCl 19). El sentido, el secreto y el valor de su soledad y de su silencio es, pues, la oración; y ella es también el secreto de su comienzo, de su perseverancia y de su culminación.

5. La vida de «altísima pobreza»

Uno de los rasgos característicos de Clara y de sus hermanas es la pobreza estricta; precisamente aquí Clara ha comprendido a Francisco profundamente. Pudiera parecer que para Clara, como para Francisco, la pobreza constituía una forma de especialidad religiosa. También pudiera parecer que Clara había llevado hasta sus consecuencias máximas y sin aceptar compromiso alguno un ideal puramente personal. Así pudiera parecer cuando ella, para sí y para la comunidad en que vive, pone en práctica una pobreza lo más extremada posible, cuando excluye todo lo que de algún modo pudiese tener apariencia de propiedad. Pero lo que aparentemente pudiera tener quizás aspecto de mezquino y terco, no es, en realidad, su propia concepción de la pobreza ni la expresión vivida de la misma. Ante sus ojos, en su corazón, está erguido el Evangelio. Y este Evangelio proclama, página a página, la gracia y la verdad en Jesucristo, que reposa en el seno del Padre, que se hizo hombre y que vivió entre nosotros. Por medio del Evangelio, Clara encuentra en Él al Hijo de Dios vivo; y Él encuentra a ella, no envuelta en la grandeza que oprime ni en el esplendor que nos hace inaccesibles, sino en la pobreza y en la humildad.

Clara, al igual que Francisco, ha aprendido del Señor esta pobreza y humildad. Y la manera rigurosa en que Clara lleva a la práctica la pobreza no es, en el fondo, la renuncia por la renuncia misma: su pobreza y su renuncia a toda propiedad son la proclamación y la expresión de una dependencia absoluta de Dios, de una entrega total e incondicional a Él. Su pobreza no es sino la confianza radical en Dios, en su fidelidad y en su amor. La pobreza, tal como la concibe Clara y la vive con sus hermanas, es la renuncia incondicional a toda garantía natural y humana, una renuncia mediante la cual, creyendo y amando, desafía a la omnipotencia misericordiosa de Dios. Su «altísima pobreza», como ella la llama al igual que Francisco, es la esperanza perfectamente entendida y vivida, es la confesión cabal y sin reservas de que el ser humano es criatura y, como consecuencia de esta confesión, es la entrega sin límites a Él, Creador y Señor. Una vida en pobreza semejante se convierte en la realización maravillosa de estas palabras del Señor. «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33).

Brotando del ser-pobre genuino de todo el hombre interior, crece en Clara aquella actitud de humildad que le da el valor para reconocer que el hombre es criatura y, como tal, esencialmente pobre. Tan sólo en esta verdad puede la criatura permanecer ante el Señor. Este ser-pobre fue la forma y la ley del ser- cristiano de santa Clara: servir con toda reverencia y tomar en serio al otro hombre, porque Dios lo toma en serio; amar con la entrega total de sí mismo y ser tan sincero en este amor, que hasta pueda el mismo originar dolor alguno a causa del querer del Señor; ser insobornable, olvidándose de sí mismo, y, sin embargo, guardar esa dignidad que se ha recibido de Dios; y estar firme ante este Dios en la plena y pura verdad y veracidad, según la expresión del Apóstol: «¿Qué tienes, hombre, que no hayas recibido? Y si de hecho lo has recibido, ¿de qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4,7).

La «verdadera y perfecta alegría» de Clara

Por dura, pesada y carente de todo romanticismo que fuese esta vida de santa Clara y de sus hermanas, nada tenía, sin embargo, de sombría: no se consumía en la tristeza o en el descontento. Antes al contrario, hacía crecer una alegría profunda y encantadora, aquella alegría del hombre redimido que puede considerarse «ayudante de Dios» en su obra de redención (3 CtaCl). También aquí Clara ha comprendido cabalmente a su padre espiritual, san Francisco, penetrando cada vez más en el secreto de la «perfecta alegría» que el mundo no conoce. Esta alegría alcanzó su expresión sin par en la muerte de la Santa.

Durante diecisiete días, Clara no había podido tomar alimento alguno. Sin embargo, se encontraba tan fuerte en la virtud del Señor que aún podía confortar en su santo servicio a todos los que acudían a ella y despedirlos consolados. En las últimas horas de su vida, yacía tendida, totalmente absorta, y se la oía hablar silenciosamente: «Anda segura», decía Clara a su alma, «porque llevas buena escolta para el viaje. Anda, porque Aquel que te creó te ha santificado; y, custodiándote siempre, como una madre a su hijo, te ha amado con amor tierno. ¡Tú, Señor –prosiguió–, bendito seas porque me has creado!» (LCl 46).

Estas son las palabras de Clara moribunda. Y esto lo dice ella después de una vida a la que había sido ajena todo cuidado acostumbrado y toda sonrisa amable del mundo. Lo dice ella después de una vida en la que había renunciado a cualquier boato exterior y a toda humana pretensión, después de una vida marcada por el sufrimiento y las enfermedades. Allí en San Damián, donde Clara vivió, podemos todavía verla y comprenderla hoy. La casa, estrecha y desnuda; el coro, donde las hermanas rezaban y oraban, sin ornamentación; la sala donde comían, con mesas rudas y piso basto; la otra sala, donde dormían, bajo el maderamen de la techumbre. Y como si todo esto no le hubiera bastado, Clara llevaba un sayal de penitencia confeccionado por ella misma. Su alimento era pan y agua. Dormía sobre el suelo desnudo y alguna vez sobre ramas secas; y un tarugo de madera le servía de almohada. Y esta Clara, en presencia de la muerte, risueño el semblante, se encuentra con estas palabras entre los labios: «¡Tú, Señor, bendito seas porque me has creado!».

Die heilige Klara von Assisi und ihre Schwestern, separata, publicada en 1976,
del boletín semanal del Obispado de Münster

(fuente: http://www.franciscanos.org/)

sábado, 8 de agosto de 2009

"Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del Cielo"

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (Jn 6, 41-51)

En aquel tiempo, los judíos murmuraban contra Jesús, porque había dicho: "Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del Cielo", y decían: "¿No es éste, Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo?"

Jesús les respondió: "No murmuren. Nadie puede venir a Mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése Yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Todos serán discípulos de Dios. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de El, se acerca a Mí. No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquel que procede de Dios. Ese sí ha visto al Padre. Yo les aseguro: el que cree en Mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que Yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida.
Palabra del Señor.
Gloria a ti Señor Jesús.

Jesucristo da testimonio de si mismo: se revela como el Pan Vivo que baja del Cielo, es decir, es el alimento verdadero que nos da la Vida Eterna, es Dios mismo que sale al encuentro de la humanidad para hacerse alimento espiritual.

Nuestro Señor se define a si mismo a través de una metáfora. Aunque la poca fe de quienes lo escuchaban, hizo que fuera malinterpretado y generó escándalo. Varios de los allí presentes lo conocían como "el hijo de José y María" y su falta de fe hace que no puedan ver más allá de lo que sus mentes les dice.

Si uno se queda en la interpretación literal de las palabras de Jesús, se nos puede hacer la imagen de un cierto canibalismo: comer la carne de un ser humano. Pero no. Este Alimento es Dios y no es un alimento como los demás: cualquier alimento es asimilado por el cuerpo de quien lo ingiere... pero este Alimento Divino es quien termina transformando a quien lo come.

Este es un bello discurso eucarístico que Nuestro Señor nos regala. Nuestra Madre Iglesia nos invita en cada Misa a revivir esa sublime entrega de Dios a través de la Eucaristía que se nos entrega en la comunión.

Comulgar frecuentemente nos mantiene unidos a Dios. Si uno comulga asiduamente, deja que Dios entre en su ser para transformar la propia vida. Para comulgar, uno debe velar para permanecer en la Gracia de Dios, dando batalla contra las tentaciones que nos acechan y con las que el demonio nos quiere alejar de Nuestro Señor.

Pero bueno, somos limitados y falibles. Dios nos ha creado y nos conoce profundamente a cada uno de nosotros. Y así nos ama infinitamente. Es por eso que Dios nos ofrece el Sacramento de la Reconciliación para poder rehacernos cada vez que pecamos y así retornar al Estado de Gracia siempre que sea necesario.

Aprovechemos la lectura de este hermoso pasaje para meditar acerca de la importancia de comulgar para que tengamos el propósito de hacerlo frecuentemente. ¡Ánimos!

Agosto en Mallín Avellaneda


MALLIN ESTILO DE CHICAS

Del 13 al 16 de Agosto se realizará el Mallín Estilo de Chicas. El mismo debía realizarse en Santa Rosa, pero por un pedido del Equipo Coordinador Zonal, tenemos el regalo de que sea en casa.
Como consecuencia de esto el Domingo 16 de Agosto a las 17 hs., aproximadamente, celebraremos la Misa de clausura en el Oratorio.


CELEBRAMOS EL MES DE DON BOSCO

Sábado 22: Misa de Don Bosco. 17,30.

Domingo 23: El MJS de Bernal nos invita a participar del Encuentro Joven de la Zona Buenos Aires a realizarse a partir de las 15 hs. Salimos juntos desde el Oratorio a las 14Hs para tomar el tren. Para mayores de 15 años.

Martes 25: Recepción de las Reliquias

14,30 Guardia de honor a cargo de los exploradores.
Cada media hora se hace una oración y bendición de María Auxiliadora para ganar las indulgencias plenarias.
19:00: Actúa en el patio la murga Siempre Alegres.
19:30: actuación del grupo de Hip Hop ABC.
20:00: Misa precedida por el Obispo Rubén Frassia
21:00: Actúa la Banda de Exploradores.
21:30: Velada salesiana de Oración. A cargo del Mallín y el Oratorio.
23:30: Buenas Noches donboscanas: P. Tony.

Invitación a todos los que quieran pernoctar junto a las reliquias.

Como verás no es una invitación mas, y no queremos que faltes. Para nosotros es muy importante compartir con cada uno / a de Ustedes estos momentos que nos marcan con Mallinistas y como Salesianos.

Esperamos contar con tu presencia, un fuerte abrazo en Mamá María.


MALLÍN AVELLANEDA
(www.mallinavellaneda.com.ar)
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