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miércoles, 21 de marzo de 2012

La oración incesante

He vacilado mucho en decidirme a escribir estas páginas, aunque hacía unos meses que el título se me había impuesto. La vacilación se debía a que no sabía qué género asignarles.

¿Debía compartir una experiencia de oración que forzosamente había de tener connotaciones personales, y por tanto autobiográficas, o convenía escribir un libro de carácter más bien general sobre la oración incesante, según las palabras de Lucas?

La cuestión era para mí más crucial porque acababa de someterme a una segunda intervención quirúrgica y me sentía incierto sobre mi porvenir.

En aquel momento sentía el deseo de dar a conocer "la esperanza que llevaba dentro" y decirles a mis hermanos por qué había deseado consagrar toda mi vida a la oración. Al mismo tiempo están también las palabras de Jesús que llaman la atención de sus discípulos sobre la necesidad de mantener su oración en secreto y oculta, a pesar de que en otra parte afirma que hay que poner la lámpara sobre el candelero a fin de que los que entran vean la luz. Y añade: Porque nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no sea conocido y puesto en claro (Lc 8,17).

Como siempre en caso de duda, no sabiendo dónde encontrar la luz, he recurrido a lo que hago habitualmente: "mi oración", a fin de recibir de lo alto la decisión que he de tomar. Como san Ignacio, he dirigido numerosas oraciones a la Santísima Trinidad y a cada una de sus personas. He rezado mucho también a la virgen María en el rosario, con la absoluta seguridad de que ella se dignaría escucharme no obstante mis muchos pecados. Poco a poco se ha hecho la luz, y he sentido que había llegado el momento de escribir. No por ello se había desvanecido la vacilación; no obstante, veía lo que debía decir, que tenía tanto de testimonio como de enseñanza.

Ante todo me pareció que las palabras de Lucas citadas como lema contenían la clave de mi existencia. Varias veces, al recitar el oficio del tiempo ordinario habían calado en mí cuando las leía antes del salmo 53 (martes de la 2ª. semana a mitad del día). ¿Y no hará justicia Dios a sus elegidos, que claman a él día y noche? (Lc 18,7). ¡De ahí había nacido el título!

Estaba persuadido de que debía contarme entre los hombres que claman a Dios día y noche. Lo mismo hubiera podido decir -y me sentía ahí más en lo cierto-: ¿No tendrá Dios misericordia de los pecadores que claman a él día y noche? Pues sentía que era pecador y que tenía necesidad de misericordia más que de justicia. Al mismo tiempo, el final del texto me daba aún más la clave de mi vocación a la oración, pues sentía que era más urgente todavía interceder por todos mis hermanos los hombres, a fin de que el Hijo del hombre encuentre fe cuando vuelva a la tierra.


UN ITINERARIO

Esta llamada a interceder por mis hermanos, y en especial por todos los hombres, data sólo de hace unos años. Si hubiera de resumir en unas líneas la andadura de mi oración y, por tanto, esbozar la historia de mi vida, pues mi oración se confunde con mi existencia, diría que al principio, en los años de la infancia, me sentí atraído sobre todo por las "cosas religiosas". Luego, muy pronto, en la adolescencia y durante mi vida de profesor, fue el aspecto de la vida solitaria lo que me fascinó. Había leído por entonces La vida oculta en Dios, de Robert de Langeac, y me había reconocido en aquel hombre que quería ser una persona de oración y orar por las almas interiores.

Cuando miro hoy, en la perspectiva del tiempo, mi entrada en el seminario, tengo que confesar que fue el atractivo de la vida de oración mucho más que el sacerdocio lo que motivó mi vocación. Y no lo lamento; pues, poco después de mi ordenación, el Señor, a través de la Iglesia, me asignó un ministerio que me permitía orar y enseñar la oración. Recuerdo, sin embargo, muy bien que, después de mi primer libro, Aprender a rezar con sor Isabel de la Trinidad, mi superior me dijo: "Ese no es un estilo de oración para sacerdotes diocesanos". Y en parte tenía razón. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer yo si me sentía llamado a aquella vida de oración según el Carmelo?

Debo reconocer también que los ejercicios hechos con el padre Laplace (4 días, 8 días, 10 días y 30 días) me iniciaron en la espiritualidad y en la oración ignaciana, centrada en la contemplación en la acción. A ello se debe que todos mis retiros presenten el esquema y la estructura de los Ejercicios. Mis maestros de oración han sido sobre todo san Ignacio y los santos del Carmelo.


LAS HERIDAS

Tampoco aquí quiero entrar en detalles, pero la extracción de un pulmón y las sesiones de rayos que siguieron me hicieron sufrir mucho. Comprendo las palabras de Teresa de Lisieux: "Sufrir pasa, pero haber sufrido queda". Por no hablar de la angustia moral de quien ha tenido un cáncer y siente perpetuamente sobre su cabeza la espada de Damocles. Unas palabras me sostuvieron durante aquellos meses de prueba; las escribió la madre Marie-Denyse, antigua superiora general de las religiosas de la Asunción. Después de haber pasado varios meses internada en un hospital de Burdeos, sabía que padecía una leucemia, a la que sobrevivió aún cuatro o cinco años. En sus notas escribió: "No se muere de enfermedad, sino que se muere porque Dios dice: 'Te ha llegado la hora; ven"'. Teresa de Lisieux dijo unas palabras muy parecidas.

¿Necesito decir que en aquellos momentos supliqué? Por lo demás, la súplica se había convertido en algo instintivo en mí. Cuando se ha suplicado una vez de veras, es imposible olvidarlo, aunque ese grito se difumine a veces en los momentos de calma. Se convierte en nosotros como en una segunda naturaleza. Más aún, la súplica se convierte en nuestra misma naturaleza, pues nuestro ser es orar. Eso debió ser la súplica permanente de los santos; súplica que franqueó la barrera del sonido para entrar en la velocidad infinita de la danza trinitaria. No obstante, deseo hacer aquí una observación que estimo fundamental: no existe proporción alguna entre la súplica, ni siquiera la suscitada por una gran desgracia humana, sea física o moral, que brota de nuestro corazón y puede ser permanente, y la súplica que enciende en nosotros el Espíritu Santo en el momento en que menos lo pensamos. Pasamos entonces de la tercera velocidad a directa. 

Vivimos entonces una súplica que el hombre no puede expresar, porque semejante oración no viene de la tierra, sino del cielo. No es frecuente, ni depende de nuestra capacidad; es un puro don de Dios. No afirmo que se la pueda olvidar, pues deja en el corazón una herida, una quemadura, una nostalgia incurable; pero cuando desaparece, se vuelve a la súplica humana habitual, en la que se es un hombre cualquiera, como dice el autor anónimo del siglo IV. Sólo queda pedirla, desearla, suspirar por ella, pues no depende de nosotros hacer que nazca en nuestro corazón la súplica del Espíritu Santo.


LA ORACIÓN CURA

Después de la operación, la vida continuó. Hube de abandonar no pocas actividades, porque estaba singularmente disminuido y no pasaba un solo día sin sufrir de una cosa o de otra; pero, poco a poco, se habitúa uno a todo; incluso a sufrir. Felizmente estaba la oración. Prácticamente no tenía otra cosa que hacer, y ella constituía toda mi fuerza y mi sostén.

Repetidas veces me he preguntado incluso si el Señor no iba a llamarme. Pero he predicado dos retiros, y en cada momento el Señor me ha dado las fuerzas necesarias, mostrándome claramente que me quería aún en este ministerio. Esta iluminación la he tenido hace un mes durante mi último retiro.

Vino luego la segunda operación, el 25 de mayo pasado. Ya antes de la operación del pulmón se había detectado un bocio tiroideo; pero como no me molestaba, no se le prestó atención. Un buen día afectó a mis cuerdas vocales, apagándose mi voz. Se decidió la intervención. Todo salió bien, a pesar de mis temores. Así es. La intervención fue un éxito, pero los inevitables análisis descubrían algunas células no identificadas, como dicen elegantemente los laboratorios. Ello movió a mi cirujano a pedirme un pequeño tratamiento complementario de rayos, lo que no me encantaba en absoluto.

Y fue entonces cuando ocurrió un pequeño milagro, sin hablar de los restantes que me habían mantenido con vida hasta entonces. Un amigo me había indicado que el padre Tardif venía para una jornada de retiro en Nouan-le-Fuzelier. Me fui, pues, cerca de Orléans: cinco horas de coche para la ida, y otras tantas para la vuelta en un día. Participé bajo la lluvia en la asamblea de oración; no pensaba encontrarme con el padre de tanta gente como había (cinco mil personas). Mas he aquí que, después del mediodía, cuando me dirigía a la plataforma en espera de la segunda enseñanza sobre la intercesión, que ha ejercido una gran influencia en mí, me encuentro con el padre. Había recibido una carta referente a mí, y sabía de qué se trataba. Me acogió muy fraternalmente y fue muy bueno conmigo.

Ya me conocía algo por mis libros, traducidos al español en Santo Domingo. Le había gustado El poder de la oración. Me llevó aparte a la iglesia y rezó por mí con una oración de alabanzas en lenguas. Yo permanecí a su lado para la enseñanza y concelebré la eucaristía, en la que hubo una solemne oración de curación y muchos testigos. No me sentía cansado, y era como si todos mis dolores hubieran desaparecido.

Fue a la vuelta cuando, me parece, se produjo el milagro. Varias veces había él anunciado que en la próxima visita al médico se produciría una señal: el tratamiento previsto sería inútil. A la semana siguiente tenía que ir a ver a mi radiólogo para establecer el tratamiento de rayos. Después de examinarme, me anunció que los rayos no eran necesarios, puesto que ya había sido irradiado; no obstante, me pidió algunos exámenes complementarios. Me sentía lleno de gozo y de acción de gracias en aquel momento, pues tocaba con el dedo el poder del Resucitado. La oración que salía de mis labios era la de Jesús a propósito de la resurrección de Lázaro; pero yo la dirigía a Jesús: Señor Jesús, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé bien que tú me escuchas siempre.

Fuera de hechos notables como este, he de confesar que a menudo (por no decir siempre) he experimentado el poder de la oración para aliviar el dolor y el sufrimiento. En los momentos en que todo me abrumaba, me ponía a rezar (también eso es una gracia), y terminaba siempre sereno; el sufrimiento había desaparecido como por ensalmo

En el momento en que escribo estas líneas tienen lugar los funerales por mi amigo Jean-Pierre Leclerq (cincuenta y dos años). Le habían extraído un pulmón hace cuatro o cinco meses, y en junio se le declaró un tumor en el cerebro. Le había visitado recientemente y con mucho pudor y discreción, no me había ocultado su estado. Este sacerdote era un hombre auténtico, rebosante de humanidad y de amistad, y al mismo tiempo un hombre de Dios. Le he invocado anoche y esta mañana, y he experimentado su presencia y su intercesión, porque me ha afianzado en mi vocación profunda dándome la gracia de la oración.


¿QUIÉN ME ENSEÑÓ A ORAR?

Después de este rodeo biográfico, es hora de volver a las palabras de Lucas, que explican mi vida hoy. Sin embargo, era importante dar este rodeo para comprender cómo el Espíritu Santo forma a un hombre en la oración y le hace descubrir en esta oración su vocación última. A menudo se piensa que basta ser llamado a la oración, tener el deseo y la voluntad de orar, para ser hombre de oración. En esto nos equivocamos rotundamente; son las pruebas sobre todo las que nos enseñan a orar.

Nunca tocamos suficientemente a fondo la miseria para clamar a Dios, pues el grito que llega de lo profundo es siempre escuchado.

Todavía hoy, después de haber suplicado tanto y de encontrarme en un estado en el que no tengo más solución de recambio que la oración, estoy íntimamente persuadido de que apenas he comenzado a suplicar. Cualesquiera que sean los gritos de angustia arrancados a nuestro corazón de piedra, no son nada al lado de lo que el Señor espera de nosotros en materia de súplica. Con un toque de humor, casi podríamos decir que ni siquiera hemos comenzado a suplicar. No soy yo quien lo dice, sino el mismo Jesús, que amonesta a sus apóstoles con estas palabras: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestra dicha sea completa (Jn 16,24).

Pero reconozco también que no sabría nada de la oración de súplica, de la que tantos religiosos, e incluso sacerdotes, no conocen gran cosa, cuando no la critican incluso, si no hubiera pasado por las pruebas que he experimentado. Y en este sentido doy gracias a Dios por haberme hecho pasar por ahí, pues era el único medio de sumirme en la oración. Una historia que ya he contado en La oración del corazón permitirá comprenderlo.

Se trata de Máximo, un joven griego, que oye la llamada a ir al desierto para realizar las palabras de Jesús: Hay que orar siempre sin desfallecer. Se va, y el primer día todo marcha bien. Se pasa el día rezando el padrenuestro y el avemaría. Pero se pone el día, oscurece y comienza a ver surgir formas y brillar ojos en la espesura. Entonces le invade el miedo, y su oración se hace más insistente: Jesús, hijo de David, ten compasión de mi, pecador. Y se duerme. Al despertarse por la mañana, se pone a rezar como la víspera; pero, como es joven, siente hambre y sed, y ha de alimentarse. Entonces comienza a pedir a Dios que le proporcione alimento; y cada vez que encuentra una baya, dice: "Gracias, Dios mío". Vuelve la tarde con los terrores de la noche, y se pone a rezar la oración de Jesús. Poco a poco se habitúa a los peligros exteriores: el hambre, el frío y el sol; pero, como es joven, siente tentaciones de todas clases en su corazón, en su alma y en su espíritu. Habituado ya a la lucha, repite la oración de Jesús. Se suceden los días, los meses y los años, y también el mismo ritmo de tentaciones, de oración, de pruebas, de caídas y de levantarse. Un buen día, al cabo de catorce años, van a verle sus amigos, y comprueban con estupefacción que está siempre orando. Le preguntan: "¿Quién te ha enseñado la oración continua?". Y Máximo les responde: "Sencillamente, los demonios".

Al contar esta historia, monseñor Antoine Bloom decía: "En este sentido, la oración continua es más fácil en una vida activa, en la que uno se siente hostigado por todas partes, que en una vida contemplativa, donde no existen preocupaciones". Las pruebas, las angustias, los sufrimientos y los peligros es lo que engendra la perseverancia, la cual nos impulsa a la oración incesante.

Pero queda otro paso por dar. Nos puede gustar rezar, e incluso rezar mucho, como el joven Máximo, bajo el peso de las tribulaciones y de la gracia; pero de ahí a ser de los elegidos que claman a Dios día y noche hay todavía un abismo. El impulso a hacerlo no proviene de nosotros, sino de una llamada especial del Espíritu, que, a menudo sin nosotros saberlo, nos coloca en un estado en el que no se puede hacer otra cosa que orar. Los que son llamados a ello actualizan hoy un aspecto muy preciso de la vida de Jesús: su oración apartada, de noche como de día, por la mañana antes del alba o entrada la noche. Lo mismo que otros se sienten llamados a actualizar su ministerio de anuncio del reino mediante la palabra y los signos de curación y de liberación realizados en los enfermos y los posesos. Ningún apóstol puede pretender reproducir él solo la vida total de Cristo. El que lo pretendiera no haría nada en absoluto. Al cristiano adulto se lo reconoce en que, deseando abarcar lo universal, encuentra la alegría y el descanso del corazón en limitarse a una tarea precisa, por ínfima que sea, como lo decía san Ignacio. 

Introducción del libro DÍA Y NOCHE
Ediciones Paulinas. Madrid 1993. Págs. 7-17
(fuente: www.abandono.com)

martes, 20 de marzo de 2012

Con la mirada limpia

  • La guarda de la vista.
  • En medio del mundo, sin ser mundanos.
  • Un cristiano no asiste a lugares o espectáculos que desdicen de su condición de discípulo de Cristo.
I. Llegó Jesús a Betsaida con sus discípulos, y enseguida le llevaron un ciego para que lo tocara. El Señor tomó de la mano al ciego y lo sacó fuera de la aldea, y allí hizo lodo con saliva y lo puso en sus ojos; a continuación le impuso las manos y le preguntó si veía algo. El ciego, alzando la mirada, dijo: Veo a los hombres como árboles que andan. Y después de imponerle de nuevo las manos, el ciego comenzó a ver, de manera que veía con claridad todas las cosas1.

Las curaciones del Señor solían ser instantáneas. Esta, sin embargo, tuvo un pequeño proceso, porque quizá la fe del ciego al comienzo era débil, y Jesús quería curar a la vez alma y cuerpo2. Ayudó a este hombre, al que con tanta piedad tomó de la mano, para que su fe se fortaleciera. Pasar de no tener luz alguna a ver algo borroso ya era algo, pero el Maestro quería darle una mirada clara y penetrante para que pudiera contemplar las maravillas de la creación. Muy probablemente, lo primero que vio con claridad aquel ciego fue el rostro de Jesús, que le miraba complacido.

Lo sucedido con este hombre ciego para las cosas materiales nos puede servir para considerar la ceguera espiritual; con frecuencia nos encontramos a muchos ciegos espirituales que no ven lo esencial: el rostro de Cristo, presente en la vida del mundo. El Señor habló muchas veces de este tipo de ceguera, cuando decía a los fariseos que eran ciegos3 o cuando se refería a quienes tienen los ojos abiertos pero no ven4. Es un gran don de Dios mantener la mirada limpia para el bien, para encontrar a Dios en medio de los propios quehaceres, para ver a los hombres como hijos de Dios, para penetrar en lo que verdaderamente vale la pena..., incluso para contemplar, junto a Dios y desde Dios, la belleza divina que dejó como un rastro en las obras de la creación. Por otra parte, es necesario tener la mirada limpia para que el corazón pueda amar, para mantenerlo joven, como Dios desea.

Muchos hombres no están ciegos del todo, pero tienen una fe muy débil y una mirada apagada para el bien, que apenas vislumbran en el horizonte de su vida. Estos cristianos apenas se dan cuenta del valor de la presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía, el inmenso bien del sacramento de la Penitencia, el valor infinito de una sola Misa, la belleza del celibato apostólico... Les falta limpieza de alma y una mayor vigilancia en la guarda de los sentidos –que son como las puertas del alma–, y de modo particular de la vista.

El alma que comienza a tener vida interior aprecia el tesoro que lleva en su corazón y cada día evita con más esmero la entrada en el alma de imágenes que imposibiliten o entorpezcan el trato con Dios. No se trata de «no ver» –porque necesitamos la vista para andar en medio del mundo, para trabajar, para relacionarnos–, sino de «no mirar» lo que no se debe mirar, de ser limpios de corazón, de vivir sin rarezas el necesario recogimiento. Y esto al ir por la calle, en el ambiente en el que nos movemos, en las relaciones sociales. 

Mirada limpia no solo en aquello que se refiere directamente a la lujuria –que ciega para los bienes sobrenaturales, e incluso para los auténticos valores humanos–, sino en otros campos que también caen dentro de la «concupiscencia de los ojos»: afán de poseer ropas, objetos, determinadas comidas o bebidas... La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas5.

¡Qué pena si alguna vez –por no haber sido delicadamente fieles en esta materia– en vez de ver el rostro de Cristo con claridad vislumbráramos solo una imagen desdibujada y lejana! Examinemos hoy en nuestra oración cómo vivimos esa «guarda de la vista», tan necesaria para la vida sobrenatural, para ver a Dios. Quien no tiene esa mirada limpia, su visión es borrosa y frecuentemente deforme.


II. El cristiano ha de saber –poniendo los medios necesarios– quedar a salvo de esa gran ola de sensualidad y consumismo que parece querer arrasarlo todo. No tenemos miedo al mundo porque en él hemos recibido nuestra llamada a la santidad, ni tampoco podemos desertar, porque el Señor nos quiere como fermento y levadura; los cristianos «somos una inyección intravenosa puesta en el torrente circulatorio de la sociedad»6. Pero estar en medio del mundo no quiere decir ser frívolos y mundanos: no te pido que los saques del mundo -pidió Jesús al Padre-, sino que los preserves del mal7. Debemos estar vigilantes, con una auténtica vida de oración y sin olvidar que las pequeñas mortificaciones –y las grandes, cuando lleguen y cuando el Señor las pida– han de mantenernos siempre en guardia, como el soldado que no se deja vencer por el sueño, porque es mucho lo que depende de su vigilia.

Los Apóstoles alertaron a quienes se convertían a la fe para que vivieran la doctrina y la moral de Cristo, en un ambiente pagano bastante parecido al que en estos tiempos nos rodea8. Si alguno no luchara de una manera decidida sería arrastrado por ese clima de materialismo y de permisivismo. Incluso en los países de honda tradición cristiana es patente cómo se han extendido modos de vivir y de pensar en oposición abierta con las exigencias morales de la fe cristiana y hasta de la misma ley natural.

Los propagadores del nuevo paganismo han encontrado un eficaz aliado en esas diversiones de masas, que ejercen un gran influjo en el ánimo de los espectadores. Con mayor abundancia en los últimos años, proliferan estos espectáculos que, bajo las más variadas excusas o sin excusa alguna, fomentan la concupiscencia y un estado interior de impureza que da lugar a muchos pecados internos y externos contra la castidad. A un alma que viviera en ese clima sensual le sería imposible seguir a Cristo de cerca... y quizá tampoco de lejos. No es raro que, junto a la procacidad e impureza en la forma o en el fondo, esas representaciones traten de ridiculizar la religión y las verdades más santas del Cristianismo, y hagan alarde de irreligiosidad y de ateísmo, con un lenguaje blasfemo o unas actitudes irreverentes.

Los Santos Padres utilizaron en su predicación palabras duras para apartar a los primeros cristianos de los espectáculos y diversiones inmorales9. Y aquellos fieles supieron prescindir –con soltura, porque así lo pedían los nuevos ideales que habían encontrado al conocer a Cristo– de los esparcimientos que podían desdecir de su afán de santidad o poner en peligro su alma, hasta el punto de que, no pocas veces, los paganos se daban cuenta de la conversión de un amigo, de un pariente o de un vecino porque dejaba de asistir a aquellos espectáculos10, poco coherentes o abiertamente opuestos a la delicadeza de conciencia de una persona que ha encontrado en su vida a Cristo.

¿Ocurre con nosotros algo semejante? ¿Sabemos cortar con diversiones, o dejamos de asistir a lugares que desdicen de un cristiano? ¿Cuidamos la fe y la santa pureza de los hijos, de los hermanos más pequeños, por ejemplo cuando un programa de televisión es inconveniente? Pidamos al Señor una delicada conciencia para apartar con firmeza, sin titubeos, lo que nos separe de Él o enfríe nuestro afán de seguirle.


III. El Cristianismo no ha cambiado: Jesucristo es el mismo ayer, y hoy y siempre11, y nos pide la misma fidelidad, fortaleza y ejemplaridad que pedía a los primeros discípulos. También ahora deberemos navegar contra corriente en muchas ocasiones; y pueden darse situaciones que quizá nuestros amigos no entiendan en un primer momento, pero que frecuentemente son el primer paso para acercarlos al Señor y para que se decidan a vivir una honda vida cristiana.

Nuestra lealtad con Dios nos ha de llevar a evitar las ocasiones de peligro para el alma. Por esto, antes de ver la televisión o de acudir a una diversión hay que tener la seguridad de que no será ocasión de pecado. En la duda debemos prescindir de esos entretenimientos, y si –por estar mal informados– se asistiera a un espectáculo que desdice de la moral, la conducta que sigue un buen cristiano es levantarse y marcharse: si tu ojo derecho te es ocasión de escándalo, arráncatelo y tíralo lejos de ti12. No asistir o marcharse, sin miedo a «parecer raros» o poco naturales, pues lo poco natural en un seguidor de Jesucristo es precisamente lo contrario.

Para vivir como verdaderos cristianos debemos pedir al Señor la virtud de la fortaleza, de no transigir con nosotros mismos y saber hablar con claridad a los demás, sin miedo al qué dirán, aunque parezca que no van a entender lo que les decimos. Las palabras, acompañadas del ejemplo y de una actitud llena de seguridad y de alegría, les ayudarán a comprender y a buscar una vida más firme, una mejor formación. Y si alguno objetara que está inmune al influjo de esas diversiones, cuando sea oportuno le podremos recordar cómo, de modo imperceptible, se va creando en el alma una corteza que impide el trato con Dios y la delicadeza y respeto que exige todo amor humano verdadero. Cuando alguien dice que no le hace daño asistir a esos lugares o ver esos programas, quizá es señal precisamente de que él necesita más que otros abstenerse de ellos. Posiblemente tiene ya el alma endurecida y los ojos nublados para el bien.

Además de no asistir, de no contribuir ni con una sola moneda al mal, y poner de su parte, cada uno según sus posibilidades, los medios para evitarlo, los cristianos deben contribuir positivamente a que existan espectáculos y diversiones sanas y limpias que sirvan para descansar del trabajo, para relacionarse y conocerse, para cultivar amenamente el espíritu, etc.

San José, fiel a su vocación de custodio y protector de Jesús y de María, los amó con amor purísimo. Pidámosle hoy que sepamos nosotros, con fortaleza, poner los medios que sean necesarios para poder contemplar a Dios con una mirada clara y penetrante; que sepamos amar a las criaturas con hondura y limpieza, según la peculiar vocación recibida de Dios.

1 Cfr. Mc 8, 22-26. — 2 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, 2ª ed., Pamplona 1985, nota a Mc 8, 22-26. — 3 Mt 15, 14. — 4 Cfr. Mc 4, 12; Jn 9, 39. — 5 Mt 6, 22-23. — 6 San Josemaría Escrivá, Carta 19-III-1934. — 7 Jn 17, 15. — 8 Cfr. Rom 13, 12-14. — 9 Cfr. San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 6, 7. — 10 Cfr. Tertuliano, Sobre los espectáculos, 24. — 11 Cfr. Heb 13, 8. — 12 Mt 5, 29.

lunes, 19 de marzo de 2012

La herida de una violación no se cura con una injusticia como el aborto

Monseñor José María Arancibia
Mendoza, 17 Mar. 12 (AICA) Ante la reciente resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación a favor de la no penalización del aborto en los casos de embarazo por violación, los obispos de la región Cuyo emitieron un comunicado de prensa al finalizar la reunión ordinaria.

El mensaje del arzobispo de Mendoza, monseñor José María Arancibia; el arzobispo de San Juan, monseñor Alfonso Delgado; el obispo de San Rafael, monseñor Eduardo María Taussig; el obispo de San Luis, monseñor Pedro Daniel Martínez; y el obispo auxiliar de Mendoza, monseñor Sergio Buenanueva, dice lo siguiente:

Toda vida humana es sagrada desde su concepción hasta su término natural.

Es sagrada, por tanto, la vida de la mujer que ha sufrido una violación sexual; una grave lesión a su dignidad de persona. Es sagrada también la vida del niño que es fruto de una violación.

Una mujer que ha sido violada merece comprensión y acompañamiento. Su herida, sin embargo, no se cura con una injusticia mayor como es el aborto.

Cuando la vida del más indefenso es relativizada, todo el cuerpo social se pone en peligro. El aborto es una derrota de todos. Aunque llegue a ser legal, siempre será una grave injusticia y una ofensa a Dios. +

La Iglesia, lugar de conversión

La ascensión del Señor no interrumpió la convivencia y la amistad que Él comenzó a establecer con los hombres durante su existencia terrena. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, que sigue llamando a la conversión y perdonando los pecados; pues «Él es su cabeza, que deja ver su rostro en la faz de la Iglesia».

Los Apóstoles, una vez que recibieron el Espíritu Santo, junto a María, la Madre de Jesús, comenzaron a anunciar la Buena Noticia: Él es el Señor, el Salvador (cf. Hch 2,1-36). Como respuesta al anuncio, se reclamaba la conversión y el bautismo (cf. Hch 2,37-38). De esta manera la Iglesia comprendía, desde sus comienzos, que no hay respuesta adecuada al anuncio de Jesucristo si no es dada desde una actitud de conversión sellada por el bautismo. La relación de conversión y bautismo pone de manifiesto la densidad y profundidad de la conversión cristiana, que no se limita a los afanes que pueden impulsar a cualquier hombre de buena voluntad a mejorar sus relaciones, sus actitudes o sus obras. La conversión cristiana va unida a la acogida en la fe de Jesucristo, y, por el bautismo, lleva al hombre a constituirse en una criatura nueva: recibe el perdón de los pecados y el Espíritu Santo, que le posibilita orientar su vida en la dirección y por el camino al que desde la creación estaba destinado, y que anhela la más auténtica verdad de su corazón, a pesar del pecado. «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva... Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,3-4.1 l).


La vida nueva

El convertido y sellado por el bautismo experimenta una riqueza que responde a los anhelos de su corazón, inquieto y roto por el pecado. Una riqueza gratuita, una gracia, que procede del misterio pascual de Cristo. De aquí surge el principio de una nueva e inédita relación entre los hombres, una comunión singular, la comunidad eclesial: «Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil almas. Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones... Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común» (Hch 2,41-42.44).


Conversiones

Ésta es la experiencia en la que se fragua y se renueva constantemente la vida de la Iglesia, que tanto sabe de conversiones. El cristianismo de los primeros siglos nos ha legado bellísimos itinerarios de conversión: Justino, Cipriano, Hilario, Agustín... Sin embargo, han quedado fuera de la memoria histórica los detalles conmovedores de innumerables itinerarios de conversión de gentes sencillas: marineros, soldados, esclavos, mujeres, ancianos y niños. Hasta qué grado de hondura inexcrutable llegó su transformación interior y exterior en Cristo, lo prueba el testimonio de su martirio: la profesión martirial de su fe.

Los pasos de su conversión probablemente fueron tan varios como diversos son los caracteres, circunstancias y vicisitudes de cada existencia humana. Pero, en su corazón, se habla producido el mismo misterio de identificación con la verdad y la vida de Cristo, la misma comprensión de sus palabras: hablan encontrado el tesoro escondido en el campo y, llenos de alegría, todo lo daban a cambio (cf. Mt 13,44). Una luz desconocida hasta entonces, de increíble esplendor, que inundaba sus 0 os, les hacia ver todo de un modo nuevo, y apreciar plenamente su significado y su valor.

Ninguno dejaba de estar convencido de que su conversión era fruto de la gracia que habla irrumpido en su vida, como escribía san Cipriano: «Es odioso jactarse en alabanza propia, aunque no debiera considerarse jactancia, sino gratitud, aquello que no se atribuye a las fuerzas del hombre, sino que se predica de la gracia de Dios... De Dios es, de Dios, insisto, todo lo que podemos».

La conversión se manifiesta siempre como la acogida de una gracia que viene a llenar con creces lo que el corazón del hombre anhelaba, sin ser capaz a veces ni de percibirlo nítidamente, ni menos de alcanzarlo con sus propias fuerzas, aun buscándolo con insistencia por otros caminos -los del hombre- que conducen una y otra vez a la insatisfacción. «Me alejaba de Ti amando mis caminos y no los tuyos, amando una libertad fugitiva» : Así expresaba san Agustín su búsqueda de la felicidad antes de que la gracia de la conversión viniese a sosegar su sed.

El que no ha experimentado esa gracia, que se ofrece a todos, puede temer que la conversión venga a truncar sus proyectos personales e, incluso, la propia libertad. En ese caso, nos encontramos ante una incomprensión o rechazo de la gracia. La mirada interior del hombre se superficializa, huye de su propia verdad, elige falsas sendas y no llega nunca al fin. La respuesta a la gracia de la conversión no destruye nunca a la persona, al contrario, le abre un camino de perfección: «Gracias a Ti, Dios mío, por tus dones, pero guárdamelos Tú. Así me guardarás a mi, y lo que me has dado crecerá y se perfeccionará, y yo mismo existiré contigo, porque Tú también me diste la existencia».

El acontecimiento de la conversión está siempre y comunión en relación con la Iglesia. En él se desvela claramente eclesial su carácter materno. Porque, mediante el bautismo, la Iglesia hace del hombre una criatura nueva, y porque la Iglesia constituye el punto de referencia imprescindible y la compañía necesaria para todo el que ha oído y acogido la llamada a la conversión. El convertido precisa de otros convertidos; más que de teóricos del seguimiento, de lo que tiene necesidad es de testigos de una vida entregada al seguimiento de Cristo; de condiscípulos vivos del Señor, testigos vivientes de que Cristo en la Iglesia salva y colma la existencia del hombre con la paz honda y la alegría de Zaqueo y de la mujer pecadora; testigos de que Cristo es la respuesta a los interrogantes, ansias y afanes más profundos del hombre.

La conversión siempre tiene lugar en la Comunión de los Santos, en la cercanía de María, la Madre del Redentor, a quien fuimos confiados en la persona de Juan, al pie de la Cruz (cf jn 19,25-27). Quien experimenta la gracia de la conversión ve su vida bañada por la misericordia de Dios, y proclama sus alabanzas (c£ Sal 50,17). Adquiere una mirada -nueva sobre las personas, las cosas, los acontecimientos: sobre la propia vida. Es capaz, incluso, de mirar su pasado, por horrible y absurdo que haya sido, de una manera distinta con los ojos -y las lágrimas- de san Agustín, que tan bien analizó la conversión, pudo escribir: «Deleita a los buenos oir las maldades de aquellos que ya carecen de ellas. Pero no les deleita porque son maldades, sino porque fueron y ya no son». Es ya una mirada que no brota de la impotencia del pecador por redimirse, sino de la misericordia de Dios que es capaz de sanar las debilidades humanas. A partir de ahí, el futuro puede encararse de otra manera, con unos ojos benevolentes, misericordes, plenos de gozo, con una esperanza «que no defrauda» (Rm 5,5), porque tiene por objeto a Dios.

La Iglesia no se limita a llamar al hombre a una conversión primera. Pues todo cristiano, avanzando en el camino de la fe, experimentará los mismos sentimientos de san Pablo: «No que lo tenga ya conseguido o que sea perfecto, sino que continuo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús» (Flp 3,12). En efecto, quien conoce la profundidad del amor de Cristo, de la misericordia del Padre, derramada por el Espíritu Santo en nuestros corazones (cf. Pm 5,5), siente la insuficiencia de todas sus respuestas, el dolor por la propia infidelidad y la urgencia de conformarse cada vez más con la caridad de Jesucristo. Así pues, crecer en la fe es siempre profundizar en la actitud de la conversión, caminando con la mirada vuelta al Señor, hasta llegar «al estado de hombre perfecto, a la madu-rez de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).

La Iglesia, que es a la vez santa y necesitada de purificación, «busca sin cesar la conversión y la renovación» , sabe que los bautizados son peregrinos, y que, al caminar, sus ojos se ciegan por el polvo del camino, se cansan, se distraen e, incluso, se ven tentados a abandonar la senda, y que, a veces, la abandonan. más aun, sabe que ella misma es la obra maravillosa de Dios, que constituye «una sociedad fraterna entre hombres que son pecadores».

El cristiano, pues, no siempre se mantiene fiel a la nueva vida que se le confirió en el bautismo. Si dijésemos que no tenemos pecado, nos engañaríamos (cf. 1 Jn 1,8). Ya el mismo Maestro enseñó a sus discípulos a pedir perdón cada dia por sus pecados, y san Pablo exhortaba a los efesios para que no entriste-cieran al Espíritu Santo (cf. Ef 4,30); y es que quien ama, precisamente porque ama, se entristece mas que nadie por las infidelidades del amado. El hombre es infiel al amor de Dios, rompe la amistad con Él, cuando transgrede los mandamientos, fruto del amor de Dios, que no desea que el hombre se pierda por caminos que enajenan su propia humanidad y lo alejan de Él: «Éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo o, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 3,23-24). Y, a pesar de ello, como hijos pródigos, duros con el amor del Padre, nos vemos en la necesidad de repetir con frecuencia: «Padre, he pecado contra el cielo y contra Ti. No soy ya digno de llamarme hijo tuyo» (Lc 15,21). Para que el cristiano -y, con él, todo hombre- no se sienta abandonado a su impotencia y no pierda la esperanza, Cristo ha querido que su Iglesia sea sacra-mento de reconciliación. Por su medio permanece en el tiempo la obra redentora del Señor, de quien recibe la misión de «suscitar en el corazón del hombre la conversión y la penitencia y ofrecerle el don de la reconciliación».

En este camino de la Iglesia, el sacramento de la penitencia ocupa un lugar de excepción, pues en él se experimenta de un modo pleno y eficaz la misericordia divina: «No hay ninguna falta, por grave que sea, que la Iglesia no pueda perdonar». «Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él, y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones» 27 Confesando contritos, personal e íntegramente, los pecados, por la absolución del ministro de la Iglesia -del Obispo o de los presbíteros, sus colaboradores- se recibe el abrazo de reconciliación de la Iglesia y, con él, el del mismo Cristo.

En este clima permanente de la caridad maternal de la Iglesia, que ofrece sin cesar por el sacramento de la reconciliación el signo eficaz del amor misericordioso de su Señor Salvador, el cristiano está llamado a vivir una actitud de penitencia y purificación espiritual como un talante habitual de su vocación cristiana, en particular por medio del ayuno verdadero, de la limosna generosa y de la oración intensa, que expresan el dolor por los pecados y el deseo de volver al Padre (cf. Is 58,1_12)21.

fragmento de la Carta Pastoral 
del Arzobispo de Madrid D. Antonio María Rouco Varela 
en la Cuaresma de 1996 
(fuente: www.mercaba.org)

domingo, 18 de marzo de 2012

"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en El tenga vida eterna"

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (Juan 3, 14-21)
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: "'Así como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en El tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unico, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por El. El que cree en El, no será condenado; pero el que no cree, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo Unico de Dios. La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios".


Palabra del Señor.
Gloria a ti Señor Jesús.

Hoy la Iglesia nos regala este Evangelio de San Juan, en el capítulo tres, donde se nos dice el mensaje central del Evangelio. Dice que el que cree en Hijo de Dios, en Jesús, no está condenado, porque Dios, que nos amó tanto, nos dio a su Hijo para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna.

Este Evangelio es un Evangelio que nos muestra el corazón de Dios. Dios que nos amó tanto. No que nos amó un poco, sino "tanto". Habla de la grandeza del amor de Dios sobre el mundo. Y cuando dice "mundo" dice todos. No dice que amó tanto a los buenos, o que amó tanto los de tal raza, o que amó tanto a estos o aquellos, sino al "mundo"; y vos y yo... todos formamos parte de este mundo al que Dios tanto amó.

Hoy es un día, a la luz de esta Palabra, para alegrarse por el amor inmenso que Dios te tiene personalmente. Un día para agradecerle la paternidad que Él quiere ejercer sobre tu vida con cuidados, con cariño, con detalles que quieren realmente hacerte feliz. Hoy es un día para alegrarse.

Este texto es un texto esperanzador, es un texto en donde nos ánima seguir adelante. ¿Cómo no vas a tener una sonrisa? ¿Cómo no vas a mirar con esperanza?... Si este Dios te amó tanto, y lo que quiere es que tengas vida en abundancia. Hoy es un día para mirarlo y decirle gracias.

escrito por el Padre Andrés Peirone sdb
(fuente: www.oleadajoven.org.ar)

sábado, 17 de marzo de 2012

¿Por qué confesarse? Porque, «para que a uno le curen, ha de reconocer que está enfermo»

Una recomendación del Papa en Cuaresma: frecuentar el sacramento de la Penitencia para intensificar el camino de la conversión.

Aunque Benedicto XVI concluyó sus palabras previas al Angelus con un agradecimiento a quienes mañana, festividad de San José y por tanto su onomástica, recen por él, la catequesis del cuarto domingo de Cuaresma tuvo otro protagonista: el sacramento de la Penitencia.

Al acercarse la Semana Santa, cuando ya en el horizonte "se perfila la Cruz", entramos en un periodo en el que debemos "desenmascarar las tentaciones que hablan dentro de nosotros", dijo el Papa, porque "la Cruz es el vértice del amor, que nos alcanza la salvación".

Por tanto, "si el amor misericordioso de Dios, que llega al punto de entregar a su único Hijo en rescate de nuestra vida, es infinito, entonces también es grande nuestra responsabilidad: para que a uno le curen, debe reconocer que está enfermo. Hay que reconocer los propios pecados, para que el perdón de Dios, ya alcanzado en la Cruz, pueda tener efecto en nuestro corazón y en nuestra vida".

Y cita el Papa diversos comentarios de San Agustín al Evangelio de San Juan: "Dios condena tus pecados. Si tú los condenas también, te unes a Dios. Cuando comienza a disgustarte lo que has hecho es cuando comienzan tus obras buenas, porque [reconoces y] condenas tus obras malas".

Pero, señala Benedicto XVI, "a veces el hombre ama más las tinieblas que la luz, porque está apegado a sus pecados. Sólo abriéndose a la luz, sólo confesando sinceramente sus culpas a Dios, se encuentran la verdadera paz y la verdadera alegría. Por eso es importante acercarse con regularidad al sacramento de la Penitencia, en particular en Cuaresma, para recibir el perdón del Señor e intensificar nuestro camino de conversión".

(fuente: www.religionenlibertad.com)

viernes, 16 de marzo de 2012

Hay que orar con humildad

Escucha el Señor bondadosamente las oraciones de sus siervos, pero sólo de sus siervos sencillos y humildes, como dice el Salmista: Miró el Señor la oración de los humildes. Y añade el apóstol Santiago: Dios resiste a los soberbios y da sus gracias a los humildes. No escucha el Señor las oraciones de los soberbios que sólo confían en sus fuerzas, antes los deja en su propia miseria, y en ese mísero estado, privados de la ayuda de Dios, se pierden sin remedio. Así lo confesaba David con lágrimas amargas: Antes que fuera humillado, caí. Pequé porque no era humilde. Lo mismo acaeció al apóstol Pedro el cual, cuando el Señor anunció que aquella misma noche todos sus discípulos le habían de abandonar, él, en vez de confesar su debilidad y pedir fuerzas al Maestro para no serie infiel, confió demasiado en sus propias fuerzas y replicó animoso que, aunque todos le abandonaran, él no le abandonaría. Predícele de nuevo Jesús que aquella misma noche, antes que cantase el gallo, tres veces le había de negar; de nuevo, Pedro fiado en sus bríos naturales contestó orgullosamente: Aunque tenga que morir, yo no te negaré. ¿Qué pasó? 

Apenas el malhadado puso los pies en la casa del pontífice, le echaron en cara que era discípulo del Nazareno y él por tres veces le negó descaradamente y afirmó con juramento que no conocía a tal hombre. Si Pedro se hubiera humillado y con humildad hubiera pedido a su divino Maestro la gracia de la fortaleza, seguramente no le hubiera negado tan villanamente.

Convenzámonos de que estamos todos suspendidos sobre el profundo abismo de nuestros pecados... por el hilo de la gracia de Dios. Si ese hilo se corta, caeremos ciertamente en ese abismo y cometeremos los más horrendos pecados. Si el Señor no me hubiera socorrido, seguramente sería el infierno mi morada. Eso decía el Salmista y eso podemos repetir nosotros también. Esto mismo quería manifestar San Francisco de Asís cuando de sí mismo decía que era el mayor pecador del mundo. Contradíjole el fraile que le acompañaba: Padre mío, le dijo, eso no es verdad, pues de seguro que hay en el mundo muchos pecadores que han cometido más graves pecados. A lo cual contestó el Santo: Muy verdad es lo que decía; pues si Dios no me tuviera de su mano, hubiera hecho los más horribles pecados que se pueden cometer.

Es verdad de fe que sin la ayuda de la gracia de Dios no puede el hombre hacer obra alguna buena, ni siquiera tener un santo pensamiento. Así lo afirmaba también San Agustín: Sin la gracia de Dios no puede el hombre ni pensar ni hacer cosa buena. Y añadía el mismo Santo: Así como el ojo no puede ver sin luz, así el hombre no puede obrar bien sin la gracia. Y antes lo había escrito ya el Apóstol: No somos capaces por nosotros mismos de concebir un buen pensamiento, como propio, sino que nuestra suficiencia y capacidad vienen de Dios. Lo mismo que siglos antes había confesado el rey David, cuando cantaba: Si el Señor no es el que edifica la casa" en vano se fatigan los que la edifican. Vanamente trabaja el hombre en hacerse santo, si Dios no le ayuda con su poderosa mano. Si el Señor no guarda la ciudad, inútilmente se desvela el que la guarda. Si Dios no defiende del pecado el alma, vano empeño sería quererlo hacer ella con sus solas fuerzas. Por eso decía- el mismo real profeta: No confiaré en mi arco. No confío en la fuerza de mis armas, solamente Dios me puede salvar.

El que sinceramente tenga que reconocer que hizo algún bien y que no cayó en más graves pecados, diga con el apóstol San Pablo: Por la gracia de Dios soy lo que soy. Y por esta misma razón debe vivir en santo temor, como quien sabe que a cada paso puede caer. Mire, pues, no caiga el que piense estar firme. Con estas palabras que son del mismo apóstol nos quiso decir que está en gran peligro de caer el que ningún miedo tiene a caer. Y nos da la razón con estas palabras: Porque si alguno piensa ser algo, se engaña a sí mismo, pues verdaderamente de suyo nada es. Sabiamente nos recordaba lo mismo el gran San Agustín, el cual escribió: Dejan muchos de ser firmes, porque presumen de su firmeza. Nadie será más firme en Dios que aquel que de por sí se crea menos firme. Por tanto si alguno dijere que no tiene temor, señal será que confía en sus fuerzas y buenos propósitos; pero los que tal piensan, andan muy engañados con esta vana confianza de sí mismos, y fiados en sus solas fuerzas no temerán y no temiendo dejarán a Dios y por este camino su ruina es inevitable y segura.

Pongamos también mucho cuidado en no tener vanidad de nosotros mismos, cuando vemos los pecados en que por ventura vienen a caer los demás; por el contrario, tengámonos entonces por grandes pecadores y digamos así al Señor: Señor mío, peor hubiera obrado yo, si Vos no me hubierais sostenido con vuestra gracia. Porque si no nos humillamos, bien pudiera ser que Dios, en castigo de nuestra soberbia, nos dejara caer en más graves y asquerosas culpas. Por esto el Apóstol nos manda que trabajemos en la obra de nuestra salvación. Pero ¿cómo? temiendo y temblando. Y es así, porque aquel que teme caer desconfía de sí mismo y de sus fuerzas y pone toda su confianza en Dios pues que en El confía, a El acude en todos los peligros, le ayuda el Señor y le sacará vencedor de todas las tentaciones.

Por Roma caminaba un día San Felipe Neri y por el camino iba diciendo: Estoy desesperado. Le corrigió un religioso y el Santo le contestó: Padre mío, desesperado estoy de mí mismo... pero confío en Dios.. Eso mismo hemos de hacer nosotros, si de veras queremos salvarnos. Desconfiemos de nuestras humanas fuerzas. Imitemos a San Felipe, el cual apenas despertaba por la mañana decía al Señor: Señor, no dejéis hoy de la mano a Felipe, porque si no, este Felipe os va a hacer alguna trastada.

Concluyamos, pues, con San Agustín que toda la ciencia del cristiano consiste en conocer que el hombre nada es y nada puede. Con esta convicción no dejará de acudir continuamente a Dios con la oración para tener las fuerzas que no tiene y que necesita para vencer las tentaciones y practicar la virtud. Y así obrará bien, con la ayuda de Dios, el cual nunca niega su gracia a aquel que se la pide con humildad. La oración del humilde atraviesa las nubes... y no se retira hasta que la mire benigno el Altísimo. Y aunque el alma sea culpable de los más grandes pecados, no la rechaza el Señor, porque, como dice David: Dios no desprecia un corazón contrito y humillado. Por el contrario: Resiste Dios a los soberbios y a los humildes les da su gracia. Y así como el Señor es severo para los orgullosos y rechaza sus peticiones, así en la misma medida es bondadoso y espléndido con los humildes. El mismo Señor dijo un día a Santa Catalina de Sena: Aprende, hija mía, que el alma que persevera en la oración humilde, alcanza todas las virtudes.

A este propósito parécenos bien apuntar aquí un consejo que en una nota a la carta decimoctava de Santa Teresa trae el piadosísimo Obispo Palafox y que se dirige muy especialmente a las personas que tratan de cosas del espíritu y quieren hacerse santas. Escribe la Santa a su confesor y le da cuenta de los grados de oración sobrenatural con que el Señor la había favorecido. Sobre esto el citado Prelado nos enseña que esas gracias sobrenaturales que se dignó conceder Dios a Santa Teresa y a otros santos no son necesarias para llegar a la santidad, ya que muchas almas llegaron sin ellas a la más alta perfección y otras muchas por el contrario, aunque alguna vez las gozaron, al fin miserablemente se perdieron. De aquí concluye que es tontería y presunción pedir esos dones sobrenaturales, ya que el verdadero camino para llegar a la santidad es ejercitarnos en la virtud y en el amor de Dios, y a esto se llega por medio de la oración y de la correspondencia a las luces y gracias de Dios, que sólo desea vernos santos, como dice el Apóstol: Esta es la voluntad de Dios.. vuestra santificación.

Luego pasa a tratar el dicho piadoso escritor de los grados de oración extraordinaria de los cuales la Santa escribía, esto es, de la oración de quietud, del sueño y suspensión de las potencias, de la unión, del éxtasis, del vuelo y de la herida espiritual. Sobre estas cosas escribe discretamente el sabio autor.

En vez de oración de quietud debemos pedir y desear que Dios nos libre de todo afecto y deseo de bienes mundanos que, no tan sólo no dan la paz, sino que por el contrario traen consigo inquietud y aflicción de espíritu, como dijo Salomón: Todo es vanidad y aflicción de espíritu. No hallará jamás verdadera paz el corazón del hombre si no arroja de sí todo aquello que no es del agrado de Dios, para dejar lugar totalmente al amor divino, el cual debe poseerlo por completo. Mas esto de por sí no puede tenerlo el alma y tendrá que alcanzarlo con continua oración.

En vez del sueño y suspensión de potencias, pidamos a Dios que tengamos el alma dormida y muerta para todas las cosas temporales y muy despierta para meditar la bondad divina y para suspirar por el amor santo y los bienes eternos.

En vez de la unión de las potencias pidamos a Dios la gracia de no pensar, buscar y desear sino lo que sea su divino querer, pues la santidad más alta y la perfección más sublime sólo consisten en la unión de nuestra voluntad con la voluntad divina.

En vez de éxtasis y raptos será mucho mejor que pidamos a Dios que nos arranque del alma el amor desordenado de nosotros mismos y de las criaturas y que nos arrastre detrás de sí, y de su amor.

En vez del vuelo del espíritu pidamos al Señor la gracia de vivir enteramente despegados de este mundo, como las golondrinas, que no se posan sobre la tierra para comer, si no que volando comen. Con lo cual debe entenderse que sólo debemos tomar aquellas cosas materiales que son necesarias para sostenimiento de la vida, pero volando por los aires siempre, es decir, sin detenernos en la tierra para saborear los placeres de este mundo.

En vez del ímpetu del espíritu pidamos al Señor que nos dé aquella energía y aquella fortaleza que nos son necesarias para resistir a los ataques de nuestros enemigos y para vencer las pasiones y abrazarnos con la cruz, aun en medio de las desolaciones y tristezas espirituales.

Y en cuanto a la herida espiritual pensemos que, así como las heridas con sus dolores nos traen a cada paso a la memoria el recuerdo de nuestro mal, así hemos de pedir a Dios que de tal suerte nos hiera con la lanzada de su santo amor, que recordemos continuamente su bondad y el apodo que nos ha tenido, y de esta manera podamos vivir siempre amándolo y complaciéndolo con obras y deseos.

Pues todas estas gracias no se alcanzan sin oración, y con ella se alcanza todo, con tal que sea humilde, confiada y perseverante. 

escrito por San Alfonso María Ligorio
(Fuente: www.abandono.com)
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