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sábado, 30 de marzo de 2013

La redención y la libertad de los hijos de Dios

La Semana Santa es el momento de la vida de la Iglesia en que todos los cristianos somos conducidos a acoger la Redención de Jesucristo, a la vez que a proporcionarla a los demás. Semana Santa ofrece a todo hombre la oportunidad de proyectar su existencias en la “Libertad de los Hijos de Dios”.

En Semana Santa contemplamos y nos abrimos al misterio de Cristo Redentor. La libertad o salvación por él obtenidas nos estimulan a "con - padecer", asumir su mismo destino o suerte; que precisamente no es más que la suerte nuestra, que con magnanimidad él asumiera.

Semana Santa es pues, el proceso de Cristo de cara a su inmolación, asumiéndola, proyectándose y proyectando toda la especie humana al destino supremo, al bien absoluto.

El drama de Cristo ilumina nuestra propia trayectoria, haciéndonos presente que nuestras perspectivas y nuestra suerte están en nuestras manos, en medio de tanta vicisitud.

Asimilar nuestra propia trayectoria a la de Jesucristo, supone de nuestra parte conocimiento atento y elección. El vivió por cierto en otra circunstancia histórica que nosotros, pero la sabiduría de vida por él observada es precisamente iluminación insuperable, revelada de lo alto: la voluntad de Dios. Ajustarnos a ella es sumirnos en su misterio y en su suerte; naturalmente con lo que tiene de sublime y lo que tiene de dramático.

El sentido o valor de nuestro ser a la luz de Jesucristo, nuestra dignidad, se basa en el amor divino que nos ampara: "tanto amó Dios al hombre, que no consideró excesivo entregar su propio hijo al tormento por salvarnos". El holocausto de Cristo, Hijo del Padre omnipotente, nos revela a la vez el poder o ardor de su amor sobre nosotros y la trascendencia o superioridad del destino celestial de la existencia.

El camino de Redención y de libertad de todo hombre es Jesucristo. Todos experimentamos incierto y arriesgado nuestro futuro y en él encontramos la posibilidad de elegir el camino adecuado: “en Cristo se comprende el hombre a sí mismo", en él comprendemos que "el amor es más fuerte", que quién opta por éste prevalece, se redime, se libera, se realiza.

Normalmente nos impacta la figura de Jesucristo Redentor por la dramática imposición sobre su integridad física. Hoy tan sobre valorada por la cultura secular materialista, de repulsa al dolor y de culto a la imagen corporal, pero escasamente atenta a la plenitud de vida, a la perfección y bien absoluto resultantes de la Redención: esto es, a la libertad de hijos de Dios, al estado de vida sobrenatural en gracia y santidad, en el ámbito de la caridad divina, en el amor teologal, amor en Dios, que procede de Dios y se orienta primordialmente a Dios. El solo hecho que hubiese dispuesto el Padre que el Hijo unigénito accediese a través de tan dramático holocausto, de la mano de la especie humana, a la plenitud de la perfección, revela la magnitud de lo que tenía por meta.

Pero el hecho de asumirlo es también muestra de poder o dominio sobre la situación que se imponía. Poder es fuerza, posesión actual o tenencia de algo; facultad, facilidad, tiempo y lugar para hacerla o hacer posible que suceda. El poder de Dios, de Jesucristo en el misterio redentor es poder sobre la vida y la muerte humanas, cual fenómenos subordinados a sí. “Tengo poder para entregarla y poder para volverla a tomar” (la vida), dice Jesucristo. Poder que consiste en el ardor de su amor hacia nosotros, dispuesto a solidarizar y "con - padecer" nuestra suerte o destino, a fin de redimirnos o liberarnos. Así, la máxima expresión de su amor es el uso de su poder sobre nuestra vida y nuestra muerte, y la máxima expresión de su poder es su amor misericordioso para redimirnos. Lo que implementa no con imposiciones a nuestra libertad, sino estimulándonos con su drama y su liberación a liberarnos consciente y voluntariamente de nuestro propio drama.


COMO SE ENCAMINO JESUCRISTO AL MISTERIO REDENTOR

Para saber qué es la Redención y la libertad de los hijos de Dios hemos de preguntarnos en primer lugar: ¿que son ellas para N. S. Jesucristo, o lo que es lo mismo, ¿cómo, con qué actitud o sabiduría de vida se fue encaminando progresivamente hacia ellas y las asumió el Señor Jesús?

"Dijo Jesús: ¿no se venden dos pajaritos por una moneda barata? Sin embargo ninguno de ellos cae en la trampa sin la voluntad de vuestro Padre. No temáis vosotros, porque ¿no valéis más que los pajaritos? Aún los cabellos todos de nuestra cabeza los tiene el Padre contados” (Mt.10, 29ss)

Comenzó Jesús a enseñarles cómo era preciso que el Hijo del Hombre padeciese mucho. Claramente les hablaba de esto. Pedro, tomándolo aparte, se puso a disuadirle. Pero El, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro: Quítate allá, porque no sientes según Dios, sino según los hombres. Y llamando a la gente y a los discípulos dijo: El que quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mc 8, 31-34)

“Dijo Jesús: Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados ustedes cuando los odien los hombres y los expulsen y los insulten y difundan mala fama de ustedes por causa de este hombre; alégrense ese día y salten de gozo, miren que les va a dar Dios una gran recompensa” (Lc 6, 21-23)

Dijo a sus discípulos: el mundo reirá y se gozará y mientras vosotros lloraréis y os lamentarais, pero no tengáis miedo, yo he vencido al mundo. Ustedes se entristecerán, pero su tristeza se convertirá en alegría. De nuevo os veré y se alegrará vuestro corazón y nadie será capaz de quitaros la alegría. Llega la hora en que huiréis cada uno por su lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, está el Padre conmigo (Jn.16, 20.22.32).

Jesús les dijo: mirad subimos a Jerusalén y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas. Le condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que lo escarnezcan, lo azoten y lo crucifiquen, pero al tercer día resucitará (Mt 20, 17ss)

“Así que estuvo cerca de la ciudad. lloró sobre ella diciendo: !cuantas veces quise cobijarte y no quisiste! Te abatirán al suelo a ti y a tus hijos y no quedará piedra sobre piedra” (Lc 19, 41-44)

Dijo Jesús: Quién quiera salvar su vida, la perderá. Y quién la pierde por mi causa, la salvará. Quién se avergüence de mi y de mi doctrina, a su vez el Hijo del Hombre se avergonzará de é1 cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles (Lc 9, 24ss)

“El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mi. El que encontró su vida, la perderá y el que la perdió por mi causa, la encontrará” (Mt. 10, 38s)

“Os entregarán a los tribunales, os azotarán en instituciones religiosas y compareceréis ante los gobernadores por causa mía y para testimonio del evangelio. Seréis entregados, incluso por vuestros padres, por hermanos, parientes y amigos. Y os matarán” (Mc. 13, 9.12 Lc 21, 12.16)

"Dijo Jesús: Os he dicho estas cosas para que en mí tengáis paz. En el mundo padeceréis tribulaciones pero confiad, que yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33)

“Si el grano de trigo no muere no fructifica, sino que él sólo permanece. Más si muere da fruto abundante" (Jn 12, 24)

“Aquel que se mantenga hasta el final, ése será salvo” (Mt 10, 22).

“Salvaréis vuestras vidas con la esperanza paciente” (Lc 21, 19)

“Dijo Jesús: vosotros sois los que perseverasteis conmigo en mis pruebas. Como mi Padre me ha dado el reino, yo os lo doy a vosotros para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino y os sentéis sobre tronos y juzguéis al mundo” (Lc 22, 28ss)

Dijo: En mí se cumplirá la escritura: fue contado entre malhechores” (Lc 22, 37)

"Todos vosotros esta noche os escandalizaréis de mi. Herido el pastor se dispersarán las ovejas, pero resucitaré y os reuniré. Comenzó a entristecerse y angustiarse, entonces dijo: triste está mi alma hasta la muerte, velad conmigo. Y oraba: Padre, si es posible pase de mi este cáliz sin que yo lo beba; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú. Llegaron a prenderle y les dijo: Habéis salido contra mí igual que contra un ladrón con espadas y garrotes" (Mt 26, 31.37.39.55) “Jesús, con voz fuerte exclamó: Dios mío, Dios mío ¿porqué me has abandonado?” (Mt.27, 46)

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, dijo Jesús y expiró” (Lc 23,46)

De todo este elenco de palabras del Señor, camino del misterio redentor podemos deducir en primer lugar, que confía absolutamente en el Padre, o más bien, que pese al tormento que le supone resignarse, hace fe en El,; que está enteramente persuadido del bien a que el Padre le conduce, del bien de su voluntad, de su recompensa, de la alegría de estar con El. De la resurrección de la muerte. Sabe que en la fidelidad al Padre hay más bien que en toda la vida y posibilidades de este mundo. Tiene clara conciencia desde el comienzo, de adónde habrá de llegar; que no cabe ilusión respecto a una plenitud o dicha terrena; que ni para él ni para sus discípulos es permitido solazarse con la utopía de un mesianismo terrestre, de un cielo instaurado en la tierra. "Mi reino no es de este mundo".

Tal proposición representaban más bien los sacerdotes fariseos, que aguardaban un Mesías político, contra la opresión del imperialismo de aquella circunstancia histórica; y por verle diverso de lo que imaginaban le rechazaron, ante todo cual inoportuno: “Se decían, si lo dejamos seguir todos le darán su adhesión y vendrán los romanos y quitarán de en medio nuestro lugar sagrado e incluso nuestra nación; conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera" (Jn.11, 48.50). Razonamiento por cierto nada religioso y en cambio, meramente político y de conveniencias.

Jesús había rechazado ya a Pedro cual emisario de Satanás por razonamiento similar, conque procuraba un resultado exitoso en lo terreno para su misión. Y en cambio exige taxativamente de los suyos la disposición a perder todo lo de este mundo, la vida incluso, por el Reino de Dios. Les pide una adhesión absoluta, religiosa o de fe; propiamente la adoración. Les amonesta a una alegría en su persona, en su fidelidad en su reino, y en su Padre celestial absoluta; o por encima de toda experiencia, emoción sensación o afecto humano o terrenal. Les pide que esta relación sea superior a todas las relaciones humanas; que prevalezca a la relación con los padres y familia, amigos, nación e incluso institucionalidad u organismo de la religión.


SENTIDO DEL PODER DE DIOS EN EL MAL

Podemos ahora preguntarnos ¿Cómo puede ser liberadora la redención de Jesucristo si subsisten tantos males en el mundo después de su muerte en la cruz? Si vamos a afirmar que Dios, Jesucristo significan para toda la especie humana su destino supremo, su bien absoluto: ¿tiene acaso poder El realmente, sobre el mal que acosa a los seres humanos?

Tenemos que responder que esencialmente el poder de Dios sobre el mal se manifiesta en su santidad infinita y absoluta, ajena a siquiera el solo riesgo de contaminarse con el mal. De hecho, el Hijo de Dios se hizo semejante a nosotros en todo salvo el pecado. Este poder de Dios es inherente a su ser: poder del tres veces santo, poder del Creador de todo bien, de la vida, poder de la verdad, rectitud, del amor divino; poder infinito y absoluto. El poder de Dios le hace invisible, superior, inaccesible. Pero la magnanimidad de ese poder le lleva a plasmarse en sus criaturas: imagen y semejanza del bien que es El. Todo bien procede solamente de El, hasta tal punto que a nosotros es imposible obrar nada bueno por nosotros mismos, al margen suyo: “de El procede tanto él querer como el obrar el bien”.

Todo poder está en manos de Dios y nada puede amenazar le sea arrebatado. El no pierde de su mano la marcha de la creación, del mundo, del hombre, de la historia. No puede menos de requerirnos por sí mismo y para sí mismo; para que seamos en El, compenetrándonos de su misterio sagrado. El mueve en nosotros las fibras del amor, de la benevolencia y de la rectitud. Nosotros en cambio, no tenemos poder para ello, ya que somos frágiles, vulnerados, engañosos y malos. Pero hemos recibido benignamente de El, la facultad de obrar bajo su Poder; con un ‘poder’, delegación o aptitud que nos ha asignado, “poder de exusía": derivado de poder superior, de un ordenamiento global justo, de una ley natural inscrita desde nuestro origen cual norma y pauta del existir. Poder que se ejecuta en la obediencia; poder responsable, un derecho, una licencia, una libertad.

El poder de bien, de amor, inherente al ser de Dios, encuentra su expresión en nosotros, cual trasparencia del poder suyo, en la medida que somos existencialmente seres en relación o dependencia de El. Así el poder de Dios sobre el mal se manifiesta en cuantos libremente se le someten y escogen la justicia, la rectitud y el amor. Mientras a su vez se manifiesta sobre quienes escogen el mal - como decíamos al comienzo - cual amor misericordioso que ofrece redención; no imponiéndola, sino estimulando con su drama de crucificado y liberado, a liberarse consciente y voluntariamente del propio drama particular.

Durante toda la existencia de este mundo, Dios tolera la coexistencia del mal y el bien; aunque el amor, el bien es más fuerte. Necesariamente bien y mal se originan en el ámbito de la libertad constitutiva del ser humano - imagen y semejanza de Dios -, ser capaz de amarle y sometérsele responsable y conscientemente. Con todo, un día, tras el juicio final, su poder se cernirá universalmente sobre el mal, cerrándose ya la posibilidad de conversión y consiguiente posibilidad de perdón. Entonces, El vendrá a ser: “todo en todos”. Sobre los malos, al ser estos condenados y sobre los buenos, al entrar a ser partícipes plenamente de su señorío y gloria.


SENTIDO DE LA VIDA VERDADERA O ETERNA

Hemos visto que para N. S. Jesucristo, como para su siervo fiel Francisco de Asís, la redención y libertad de los hijos de Dios no consiste fundamentalmente en ninguna situación o perspectiva terrena. Sino que, por el contrario, ellos se disponen al despojo de todo bien de este siglo, incluida la vida corpórea en aras de una vida verdadera o eterna. Manifiestan la irrecusable convicción de un bien superior, trascendente, invisible e inabordable mientras vivimos en este mundo.

Todo ser humano desea perpetuar el bien que disfruta, la gracia de la vida de que goza. Y Dios creador, en su amor infinito por nosotros, no consideró excesivo "entregar al Hijo divino unigénito al tormento", por perpetuar y eternizar ese don magnífico que nos otorgó desde el principio, y mal-perdimos. Que el Padre omnipotente, capaz de preservar por cualquier modo al Verbo encarnado de la más leve mancha del mundo, no se haya retraído de inducirle al drama supremo de la especie humana, la muerte, revela a la vez la trascendencia suprema del poder de Dios sobre la vida y la muerte, y la trascendencia o superioridad del destino celestial de nuestra existencia.


NUESTRA PROPIA TRAYECTORIA HACIA LA PLENITUD

Nuestra propia trayectoria hacia la plenitud se realiza entre esperanzas y angustias, entre dichas y frustraciones. De ordinario muy pocos seres tienen un derrotero claro, un conocimiento y una elección precisas; sino que trascurrimos la existencia entre ambigüedades, pasos adelante y pasos atrás; etapas de resolución y períodos de depresión. Días de claridad y días de oscurantismo y sinrazón, tiempos de desbandada y tiempos de recapacitación.

Con todo, hoy está en las mentes de la mayoría un particular sentimiento o intuición del futuro, en el sentido de la prosperidad, del desarrollo colectivo. Y aún no siendo muy concreta esa idea o anhelo, que muchas veces tiene las características de una “utopía”: imaginación irreal, inalcanzable, las personas compiten y se empeñan en su vida cotidiana por la “prosperidad”. Los políticos diseñan modelos diversos de desarrollo que prometen instaurar. Cunde cual fenómeno moderno el secularismo, esto es la independización de toda sujeción a criterios espirituales o del otro mundo, para manejarse ya solo por juicios de razón por las indicaciones de la ciencia y de la práctica. Se opina por otra parte entre nosotros, que la religión nos ha hecho muy individuales, muy capillistas, muy espirituales y que es necesario preocuparnos más de este mundo.

Así las cosas, llegan a parecer inaceptables enseñanzas de la fe tales como: “buscad primero el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura”, “mirad los pájaros del campo que no siembran ni siegan y sin embargo vuestro Padre celestial los alimenta”. Hoy nos sentimos más estimulados a querer toda plenitud sin considerar el querer de Dios, y a procurarnos toda la prosperidad posible sin contar con el poder de Dios, sino solo con nuestras fuerzas e inteligencia.

La idea de desarrollo y prosperidad lleva a no pocos a endiosar "la historia", como el proceso que nos la alcanzará. Pero el desarrollo se presenta como una meta inconcreta, que no se sabe si incluye o no el espíritu y la eternidad, los bienes absolutos que nos ha enseñado el cristianismo y la fe. O si su interés está solo en bienes temporales, disfrazados con galas de lo sagrado, para otorgarles fuerza y aceptación. Así y todo, para no pocos es argumento conque descalifican y revolucionan toda la forma actual de nuestra vida e instituciones.


TRAYECTORIA DEL MUNDO

El mundo como tal sólo se preocupa de edificarse para este tiempo, no interesándose ni por la trascendencia, ni por la eternidad. Sus juicios son de mera conveniencia o conciliación. Adopta una mentalidad inmanentista, materialista, que absolutiza al hombre, mirado solo bajo dichos aspectos. Reduce la realidad espiritual y eterna a un fenómeno superfluo y alienante, y toma todo fenómeno como hecho meramente horizontal, psicológico, sociopolítico o científico, sin relación a la fe, o dejando ésta, sólo como agregado accidental, y en lugar suyo aquello como sustancial.

La trayectoria del mundo en búsqueda de plenitud, no está dirigida por la magnanimidad e interés franco por el bien y por la humanidad; sino por el interés, la ambición y las conveniencias. Incluso, decía el Papa J. Paulo II: “muchas veces sus reclamaciones por el pobre no responden a una conciencia aguda de su necesidad y aflicción, sino solo dependen de su interés en cuanto argumento populista”. Y el mismo fundamento del comunismo sobre plataforma popular, no constituye una opción por el pobre, puesto que Marx se refería al proletariado o la clase trabajadora: a los obreros de las industrias, capacitados de organizarse e influir; mientras que desechaba al pobre propiamente tal, al que está en la miseria y no tiene posibilidad de emitir su voz, considerándolo perdido; dice es el ‘lumpen’, la escoria de la sociedad.

No existiendo para el mundo una redención espiritual ni la libertad en la perspectiva de Dios, solo puede procurar su satisfacción en el bienestar terreno. Pero en la misma medida que prescinde de Dios, se vuelve temeroso aún en la situación de bienestar, de prosperidad y progreso. Es que se llena de incertidumbre, de inquietud y de miedo de perderlo; de perder todo con ello, y de fracasar existencialmente. El Evangelio de Dios cual Padre de todos los seres, aportó al mundo la confianza en su providencia, la paz y la esperanza; pero el materialismo sin Dios retorna a los viejos temores ancestrales frente a las fuerzas incontrolables, el acaso y la catástrofe súbita.


TRAYECTORIA DE LA IGLESIA

Para la Iglesia, toda la vida y particularmente Semana Santa es tiempo de salvación, en que todos los fieles nos asimilamos más estrechamente al misterio redentor de N. S. Jesucristo. En que profundizamos el contenido de la libertad de los Hijos de Dios. La Iglesia se siente Cuerpo de Cristo y como tal desea vivir su misterio, su experiencia de cara al Padre. Cada cual es Iglesia en la medida y grado de su compenetración con Cristo, que proyecta con él todas sus perspectivas a esa redención y a aquella libertad que en El se nos ha manifestado.

El humo de Satanás y los apetitos del mundo penetran también el santuario, y se nos advierte en el Apocalipsis que incluso la abominación de la desolación, circunstancialmente puede apoderarse de este. Aunque finalmente: “las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia”. Avizoramos de pronto por ello, la mentalidad y la trayectoria del mundo discurriendo ufanas dentro del ámbito de la Iglesia, o revestidas de sus signos más reservados. Vemos aparecer un cúmulo de herejías, no ya cual tumor que pudiera delimitarse y extirpar, sino cual contagio que se expande a todos los órganos, y caracteriza gran parte de su cuadro de salud. En medio del secularismo de la época, la Iglesia padece también en sus miembros una conversión a una fe secular, cual baja de creencia en la vía cristiana y adopción de una postura materialista.

La Iglesia siempre santa, es urgida constantemente a restaurarse para volver a ser ella misma. Requiere del misterio de redención de su cabeza y Señor, como de la libertad que El otorga. En tal sentido se inscribe la misión de Francisco: “anda repara mi Iglesia que amenaza ruina”.

Se afirma por ello que “dentro da la institución de la Iglesia hay personas que han dejado ya de pertenecer al Reino de Dios, mientras a su vez, fuera de la Iglesia existen personas que sí son partícipes del Reino de Dios”. Antes que en lo institucional, tal categoría se funda en el espíritu. Todos por algún modo integramos la Iglesia. Recordemos cómo se habla de un bautismo de deseo de quienes aman y buscan la verdad. Es una de las diversas formas de pertenencia a la Iglesia, a Jesucristo. “Las semillas del Verbo han sido esparcidas por toda la tierra”. En todos asoman los gérmenes de Cristo. Cualquier hombre puede estar haciendo la trayectoria de la Iglesia, beneficiándose de la Redención de Jesucristo y disfrutando la libertad de los Hijos de Dios, aún sin contarse en sus filas: “la gracia de Dios no está amarrada a los sacramentos”. La santidad no es un título o patrimonio de la entidad eclesiástica, sino don de libertad y Redención de parte de Dios. Aún la antigua máxima eclesial: “Fuera de la Iglesia no existe salvación alguna”, puede entenderse en cuanto que Dios hace Iglesia, pueblo y fieles suyos, aún de las piedras, si él quisiese.

La Iglesia de hoy no quiere olvidar o excusar falazmente sus errores históricos como institución. Es el caso de la condena de Galileo, de los procedimientos de la Inquisición, del papel del clero realista y pro español en contra de la independencia americana; y abiertamente se muestra pidiendo perdón por todo ello. Esto nos habla de su rechazo y vergüenza del chauvinismo, de la trasnochada mentalidad o actitud clericalista, institucionalista, que laureó cual siempre recto, veraz y casi infalible el proceder de los eclesiásticos y las jerarquías, mientras miró prejuiciadamente con desconfianza como manchado y aplicó una cruda y cáustica crítica al proceder de quienes consideraba sus súbditos o a los de fuera, del ámbito civil, ciudadano o político - a no ser que proviniese de la tienda partidaria que le era afín -. Que hizo moralmente obligatorio el punto de vista de eclesiásticos mientras incriminó de perverso al que disentía, por más que no se tratase de ninguna verdad de fe.

Todo ello recuerda que la condición de católico o de sacerdote, no significa ser automáticamente recto y honesto. Que la concreta realidad de un laico verás y honesto es expediente mucho más valioso y bueno que la presencia de un mal clérigo o sacerdote. Que la mayor crisis de la Iglesia no es la escasez de sacerdotes, sino la de auténticos discípulos de Jesucristo, sean éstos laicos o clérigos. La contribución de nuestra persona a la Iglesia no se mide por el grado de potestad que dentro de ella poseamos, sino por nuestra efectiva asimilación a Jesucristo. Amar a la Iglesia no significa en primer lugar defender a ultranza la rectitud de proceder de sus personeros. Iglesia no es esencialmente la jerarquía o la institucionalidad, sino el conjunto del pueblo de Dios, el misterio salvador de Jesucristo difuminándose en toda carne y en toda la tierra para regocijarnos con la libertad de Hijos de Dios.

Es tan perjudicial para la Iglesia el afecto servil de los fieles a sus dignatarios eclesiásticos, cuanto el criticismo negativo en contra de estos. Es que la vida propiamente tal de la Iglesia se desarrolla en lo hondo del corazón convertido de cada fiel; en el pueblo sencillo que busca sinceramente y sin poses a Cristo, como en el devenir cotidiano de la vida monástica, claustral o contemplativa. En el ámbito institucional y jerárquico-administrativo se filtran con facilidad las competiciones y animadversiones inconsideradas e injustificadas, las falacias del mundo. Bien sabemos, la Iglesia también está compuesta y dirigida por hombres. Tal realidad precisamente fue llamado a advertir nuestro padre san Francisco, cuando pugnaban el obispo y el podestá de Asís.

Francisco no ufanó entonces condenar a la autoridad civil en beneficio de la autoridad eclesiástica, ni a la autoridad eclesiástica en beneficio de la autoridad civil. Se presentó básicamente cual auténtico buscador de la verdad y el amor de Jesucristo; libre de todo sectarismo partidario o chauvinista, y amante fiel de la paz y rectitud. Estas, aún desprovistas de todo poder terrenal, incluso eclesiástico, al fin prevalecen - nos enseña la sabiduría sobrenatural -. Y si nosotros permanecemos de su parte brillaremos al fin cual triunfadores, pues cuenta con la virtud o poder divino: "el amor es más fuerte". Así Iglesia auténtica es esencialmente sólo la comunión de los santos - en Cristo -, más allá de toda apariencia o envanecimiento eclesiástico o institucional, no pocas veces autocomplaciente, auto referente y auto halagador.

Hay que recordar que un sólo santo puede salvar a todo un pueblo, como se deduce de la historia de Sodoma y Gomorra. Santos estamos llamados a ser todos en la Iglesia. Santo es quién está del todo proyectado al destino supremo y eterno a través de la redención de Jesucristo y con la libertad de los Hijos de Dios. La Redención y la libertad de Jesucristo se manifiestan en la Iglesia, en la persona que ha sido alcanzada por esta y hace presente desde ya el Reino eterno. Lo irradia, lo testimonia, lo edifica. En la Iglesia - comunión de los santos - la pauta no está dada por las mayorías, puesto que la verdad y el bien no vienen determinados por el número de quienes lo postulan, sino por la inteligencia y la rectitud de alma. Así, por más bullada y popular que sea una posición en la comunidad, puede ser errónea, y estar el acierto en la postura de un sólo hombre inteligente y santo. La posibilidad de acierto de la Iglesia en cuanto institución está en la prudencia de sus pastores.

escrito por fray Oscar Castillo Barros
(fuente: www.mercaba.org)

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