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domingo, 5 de diciembre de 2010

Juan Bautista nos propone la conversión

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (Mt 3, 1-12)

En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea, diciendo: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. Juan es aquel de quien el profeta Isaías hablaba, cuando dijo: Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos. Juan usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Acudían a oírlo los habitantes de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región cercana al Jordán: confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río. Al ver que muchos fariseos y saduceos iban a que los bautizara, les dijo: “Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les aguarda? Hagan ver son sus obras su arrepentimiento y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham, porque yo les aseguro que hasta de estas piedras puede Dios sacar hijos de Abraham. Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han arrepentido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego. El tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no extingue”.

Palabra del Señor.
Gloria a ti Señor Jesús.

Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento nos invitan a vivir el reinado de paz y de justicia que viene a instaurar Jesucristo, el Mesías prometido.

Y con el Salmo 71 hemos invocado a ese “Rey de Justicia y de Paz” que “extenderá su Reino era tras era de un extremo a otro de la tierra”.

La Primera Lectura del Profeta Isaías (Is. 11, 1-10) nos describe al Mesías y también describe ese ambiente de justicia y de paz que El vendrá a traernos.

Y el Profeta lo hace con un relato simbólico en que nos presenta a animales -que por instinto son enemigos entre sí- viviendo en convivencia pacífica: el lobo con el cordero, la pantera con el cabrito, el novillo con el león ... y hasta un niño con la serpiente.

Con esta descripción hecha por Isaías, en la cual nos presenta una situación aparentemente imposible, Dios quiere instar a los seres humanos a vivir en paz. Nos está invitando el Señor a que, a pesar de nuestra naturaleza de pecado, por la que a veces también tendemos a ser antagónicos y rivales unos de los otros -como los animales que presenta el Profeta- intentemos vivir en paz y en justicia. Y podremos convivir en paz y en justicia, si todos –unos y otros- recibimos al Mesías, si aceptamos su Palabra, si vivimos de acuerdo a ella.

Es lo mismo que nos sugiere San Pablo en su Carta a los Romanos (Rom. 15, 4-9) cuando nos dice: “Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, les conceda vivir en perfecta armonía unos con otros, conforme al Espíritu de Cristo Jesús, para que, con un solo corazón y una sola voz alaben a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo”.

El cómo llegar a esa armonía en Cristo Jesús, para alabar con un solo corazón y una sola voz a Dios Padre, nos lo indica San Mateo en el Evangelio de hoy (Mt. 3, 1-12).

San Mateo nos introduce a San Juan Bautista como aquél que Isaías anunciaba 700 años antes. Es una frase muy importante. Por eso esta frase nos viene recalcada en el Aleluya. “Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos” (Is. 40, 3).

Y ¿cómo se hacen rectos, cómo se allanan los caminos del Señor? El Profeta Isaías -en ese texto que no aparece en las Lecturas de hoy- nos detalla un poco más esta labor de preparación de los caminos. Nos pide: “rellenar las quebradas y barrancos, y rebajar los montes y colinas” (Is. 40, 4-5),

Nos dice el Evangelio que con estas palabras predicaba San Juan Bautista, para preparar la aparición del Mesías. Juan llamaba a un cambio de vida, a la conversión, al arrepentimiento.

Rebajar montes y colinas” significa rebajar las alturas de nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestra altivez, nuestro engreimiento, nuestra auto-suficiencia, nuestra vanidad.

“Rellenar quebradas y barrancos” significa rellenar las bajezas de nuestro egoísmo, nuestra envidia, nuestras rivalidades, odios, venganzas, retaliaciones.

Son pecados que dificultan el poder vivir en armonía unos con otros, alabando a Dios con un solo corazón y una sola voz. Son pecados que impiden la realización de ese Reino de Paz y Justicia que Cristo viene a traernos.

Por eso San Juan Bautista es claro y exigente en su predicación: “Cambien de vida, arrepiéntanse ... hagan ver los frutos de su arrepentimiento”.

Es la misma llamada que nos hace el Mesías que viene y que nos hace la Iglesia siempre, pero muy especialmente en este tiempo de Adviento: conversión, cambio de vida, rebajar las montañas y rellenar las bajezas de nuestros pecados, defectos, vicios, malas costumbres.

Ese llamado de hace casi dos siglos sigue siendo vigente. ¿Ha respondido el mundo? ¿No seguimos los hombres y mujeres de hoy con las mismas actitudes de los de hace dos mil años?

¿No podría San Juan Bautista decirnos las mismas cosas que dijo entonces? “Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto será cortado y arrojado al fuego ... El que viene después de mí (Jesucristo, el Mesías) separará el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”.

Así termina el Evangelio de hoy. Son palabras fuertes, que suenan a amenaza. Pero son la realidad de cómo funcionan la Bondad y la Justicia Divinas.

El Mesías ya vino hace dos mil años, y está presente en nosotros con su Gracia, está presente en la Eucaristía y en los demás Sacramentos, podemos -además- encontrarlo en la oración sincera, esa oración que busca al Señor para agradarlo, para entregarse a El, para conocer su Voluntad.

El Adviento nos invita a la conversión, al cambio de vida, a entregar nuestro corazón, nuestra vida, nuestra voluntad a Dios. Pero somos libres. Así nos hizo Dios.

Al final del mundo tenemos dos opciones: Cielo o Infierno. Con nuestra libertad podemos escoger: ¿Queremos ser “paja” arrojada al fuego o “trigo” a ser guardado en el granero del Señor?

(fuente: www.homilia.org)

sábado, 4 de diciembre de 2010

El Papa y el condón

escrito por el Pbro. Dr. Pablo Arce Gargollo

Suena muy bien la frase que dice que la jerarquía eclesiástica (el Papa y los Obispos, por ejemplo) no deben inmiscuirse en asuntos terrenales, porque eso sería tanto como «meterse en política».

Pero hay que decir que uno de los peores modos de «meterse en política» sería que la Iglesia bendijese, por acción, omisión o complacencia, la intromisión del César en los asuntos que son de Dios, creador del hombre a quien le dio un detallado y maravilloso instructivo de funcionamiento para lograr su felicidad en la tierra, condición necesaria para alcanzar la eterna.

El día en que la Iglesia permitiera, sin más, la intromisión del César en los asuntos que son de Dios se habría convertido en esa «gran ramera que fornica con los reyes de la tierra» de la que nos habla el Apocalipsis. Esa iglesia farisaica y corrompida, puesta de rodillas ante el César, es la que anhelan ciertos ámbitos sectarios a los que muchos medios de comunicación conceden amplios espacios, deformando ordinariamente el pensamiento de aquellos que consideran sus opositores.

Somos muchos millones las personas que aplaudimos el coraje y la claridad de ideas del Papa Benedicto XVI.

¿Qué ha dicho el Papa en relación al condón? Todas las veces que se ha referido al preservativo lo ha hecho dentro de un contexto, insistiendo que hay que buscar una «humanización de la sexualidad», es decir, que la sexualidad entre personas debe ser una sexualidad humana que difiere en mucho de la meramente animal y que sería un error, contrario al querer de Dios, equiparar una a la otra.

En los últimos días muchos medios alrededor del mundo hicieron sonar las fanfarrias de sus grandes titulares anunciando con bombo y platillo, con palabras más o menos semejantes, que el Papa había aprobado el uso del condón. Pero, exactamente, ¿qué dijo el Papa?

El periódico del Vaticano, L’Osservatore Romano, presentó algunos párrafos, descontextualizados, del nuevo “libro-entrevista” de Benedicto XVI titulado “La luz del mundo” realizado por el periodista alemán Peter Seewald, que fue publicado en varias lenguas el pasado 23 de noviembre. El párrafo que desató el ruido y la confusión es parte de la respuesta que dio el Santo Padre a Seewald, ante la pregunta acerca del uso del preservativo en la lucha contra el sida. El párrafo publicado por L’Osservatore Romano, en su versión en español, dice así:

«Puede haber casos justificados singulares, por ejemplo, cuando una prostituta utiliza un preservativo, y éste puede ser el primer paso hacia una moralización, un primer acto de responsabilidad para desarrollar de nuevo la conciencia sobre el hecho de que no todo está permitido y de que no se puede hacer todo lo que se quiere. Sin embargo, este no es el verdadero modo para vencer la infección del VIH. Es verdaderamente necesaria una humanización de la sexualidad.»

En el texto original, en alemán, el Papa habla de «männliche Prostituierte» que significa “prostituto” (no prostituta) y vale puntualizar que el Santo Padre está hablando del preservativo como posible herramienta contra el sida y no del preservativo como medio de anticoncepción.

Bien se dice que traduttore, traditore pues el término «männliche Prostituierte» conserva el género masculino en la traducción que hace L’Osservatore al inglés, en donde se habla de «male prostitute», pero se cambia de manera arbitraria al femenino en las traducciones al español, italiano y francés. Sería interesante averiguar si hay malos traductores en ese periódico o si hay personas perversas que aprovecharon el viaje para ampliar conceptos y situaciones con animo de confundir aún más.

Lo que dice el Papa, si tomamos sus palabras originales en alemán, es simple y sencillamente que si un prostituto homosexual utiliza un condón, con el objetivo de no contagiar ni contagiarse de sida, esto podría ser señal de un inicio de moralización, puesto que se está dando cuenta, gracias a su conciencia, de que no puede hacer con su sexualidad lo que le venga en gana. El Papa no está justificando ni aprobando el uso del condón. Deja muy claro, además, que el preservativo no es la solución para frenar la trasmisión del VIH que se ha convertido en una pandemia.

Cuando un católico mira a un enfermo de sida lo ve, en expresión evangélica, como uno de esos «pequeños» sobre los que un seguidor de Jesús tiene la dulce obligación de quererlo, fundiéndose con su dolor. El neopaganismo reinante, en cambio, solo es capaz de ver en el sidoso una «tormenta de hormonas», y lo único que se le ocurre es regalarle un impermeable para que la tormenta no lo empape. Que es tanto como si a un pirómano se le obsequia un extintor, para que el fuego no lo abrase.

El sida tiene su origen, en muchos casos, en la promiscuidad sexual; y los santones laicos en lugar de combatir la promiscuidad sexual, la exaltan y aplauden, exhortando a sus súbditos a entregarse a ella sin recato y regalándoles luego un condón, para que actúe como salvoconducto de su promiscuidad. Si se promueve la promiscuidad, no puede extrañarnos que abunden personas promiscuas, aunque se hayan olvidado de meter un condón en el bolsillo, como el pirómano no puede renunciar a su pulsión aunque se haya dejado olvidado en casa el extintor.

Parece claro que hay amplios sectores de la sociedad que no están dispuestos a solucionar los males en su origen y se fijan solo en las consecuencias; consecuencias que, además, son incapaces de controlar. Ir al origen del grave problema del sida, por ejemplo, no se soluciona repartiendo condones a diestra y siniestra. Independientemente de que los condones garanticen o no un «sexo seguro», lo que es indubitable es que garantizan un sexo deshumanizado.

La actividad sexual es una unión física y afectiva tan radical pues supone la entrega de una buena parte de la intimidad, que sólo puede responder a una entrega total, sin reservas. Sólo esa unión es digna para ser sellada con una acción, que es en sí misma, y es la única, apta para generar una nueva vida. Buscar la manera de hacer imposible esa aptitud introduce una reserva que convierte el acto en una entrega que ya no es total, y que objetivamente abre la puerta para que el sexo no sea verdaderamente humano sino instintivo.

La verdad simple y llana es que la Iglesia católica proclama el querer de Dios para que las relaciones sexuales sean verdaderamente humanas, es decir con entrega total y estable, que solo son posibles con estas características en el verdadero matrimonio. La Iglesia denuncia abiertamente la falacia de quienes piensan que el uso del condón, da carta de bondad a la sexualidad, aún cuando argumenten, con otra falacia, que se trata de «sexo seguro».

Benedicto XVI cree en la «humanización de la sexualidad», que consiste en liberar al hombre de la esclavitud del sexo como mero instinto animal o el sexo como promiscuidad. Cree que la sexualidad debe contribuir a restituir al hombre su verdadera naturaleza, que no consiste en chapotear en una «tormenta de hormonas», aunque sea con impermeable, sino en buscar un sentido vital profundo en el que eros y ágape -amor carnal y amor como donación de afectos- formen una unidad liberadora del ser humano.

(fuente: www.encuentra.com)

CELAM: “Persisten vergonzosas violaciones a los Derechos Humanos”

San Salvador (El Salvador), 3 Dic. 10 (AICA) El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) destacó que se constata en el continente “una creciente conciencia” sobre el valor de los derechos humanos y la centralidad que deben ocupar en el ordenamiento político”, pero advirtió que “a pesar de estos avances tenemos que constatar con dolor que persisten situaciones vergonzosas de violación a los derechos humanos”.

“La existencia de un sistema social y económico que no está centrado en la persona humana y en sus derechos ha llevado a una degradación de las condiciones de poblaciones que han caído en situaciones de exclusión de todo orden. El Continente ha crecido económicamente, pero eso no se ha traducido en una mayor equidad y justicia social”, aseveraron en el documento conclusivo del V Encuentro Continental de Pastoral sobre Derechos Humanos que se realizó en San Salvador del 29 de noviembre al 3 de diciembre.

Los referentes eclesiásticos de la región denunciaron que “más de 200 millones de personas viven en condiciones inaceptables en un continente de enorme riqueza natural y biodiversidad que tiene todas las posibilidades de garantizar el bienestar y la dignidad de su población” e indicaron que se está produciendo una “feminización de la pobreza”.

“La ausencia de condiciones de trabajo digno para millones de habitantes de nuestro continente. La inequidad en el acceso a los recursos a la política y a los bienes de la creación sigue siendo un grave escándalo para esta región que no podrá avanzar en su integración en el mundo actual mientras persistan estas dolorosas situaciones”, subrayaron.

Tras sostener que “por muchos años la impunidad ha sido el común denominador en las violaciones a los derechos humanos causadas por agentes al servicio del Estado y por grupos poderosos”, aseguraron que “todavía la independencia del poder judicial es un desafío para fortalecer nuestras frágiles democracias. Los mismos grupos han logrado en muchos casos politizar el marco de los derechos humanos y desplazar el imperativo humanitario de reconocimiento de la dignidad de cada ser humano”.

El Encuentro
El encuentro fue promovido por el Departamento de Justicia y Solidaridad del CELAM, con el objetivo de hacer que la nueva Guía de Pastoral de Derechos Humanos sea instrumento para la renovación de la pastoral de la Iglesia en el contexto de la misión continental, para que nuestros pueblos tengan vida digna.

Participaron 65 personas provenientes de 22 países, entre responsables Nacionales de Pastoral de Derechos Humanos de América Latina y El Caribe, y personas vinculadas a la Comisión de DDHH – Justicia y Paz, de los distintos países.

El acto inaugural de este encuentro se realizó en las inmediaciones de la Universidad Centro Americana José Simeón Cañas con la presencia del cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz; monseñor Luigi Pezzuto, nuncio apostólico en El Salvador; monseñor José Luis Escobar Alas, arzobispo de San Salvador; monseñor Gregorio Rosa Chávez, presidente de la Pastoral Social Caritas de El Salvador, y monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú, responsable de la Sección de Pastoral Social del Departamento de Justicia y Solidaridad del CELAM.




Misa en la cripta de Mons. Romero

El prelado argentino tuvo a su cargo la apertura y la misa de clausura, que se celebró en la Cripta de monseñor Óscar A. Romero, el arzobispo salvadoreña asesinado. Allí, monseñor Lozano consideró que la clave de una pastoral en Derechos Humanos es “oír la Palabra y ponerla en práctica”.

“Podemos, sin embargo ser necios e insensatos y elegir la inconsistencia de la guerra, el odio, la venganza, la avaricia, la comodidad, el silencio… Cuando la Palabra no fecunda en nuestra vida, nos cubren las sombras del desinterés por la suerte de los hermanos, de quienes no nos hacemos cargo porque no nos sentimos responsables. Pero podemos despertar de esa desidia. Somos llamados a vencer la soberbia de hacer las cosas ‘a mi manera’. Nos ha iluminado en estos días rezar con la historia de Moisés. Debemos crecer en humildad y generosidad para comprometernos en la liberación del Pueblo según el ‘estilo’ de Dios”, subrayó.

Durante el Encuentro hubo exposiciones y trabajos en grupos donde se analizará la situación de los Derechos Humanos en América Latina y El Caribe, a partir de los aportes recibidos, (ponentes y delegados de los países) como desafíos a la Pastoral de Derechos Humanos.

Además se buscó identificar, desde el horizonte de fe, iluminación teológica doctrinal, experiencias prácticas pastorales y testimonios (personales y comunitarios) los nuevos desafíos para una renovada Pastoral de los Derechos Humanos.

También se consideró discernir, a partir de las realidades emergentes y de los aportes de la Guía, la priorización de las líneas de acción para la Pastoral de Derechos Humanos en el continente: profundizar la dimensión espiritual de la dignidad de la persona, sus derechos y deberes en América Latina y el Caribe y descubrir los nuevos signos de los tiempos; como así también asumir la promoción y defensa de los DDHH como parte esencial de la vida y misión de los discípulos de Jesucristo en el continente como Buena Noticia para todos los pueblos.+


Adviento, proyección de la Pascua

Esta experiencia primitiva de la espera impaciente del retorno del Señor que nace de la Pascua, es fundamento de nuestra celebración actual del Adviento, como lo es también aquella larga espera de nuestros Padres en la fe que volvían sus miradas hacia el futuro, casi vislumbrando, como hacen los profetas, los rasgos de aquel que tenía que venir para salvar a su pueblo.

Por eso el tema del "Marana-thá", repetido en las invocaciones y en los himnos de Adviento, es como una prolongación de la invocación del Padre nuestro: "Venga a nosotros tu Reino". Ambas invocaciones nos permiten vivir una instancia fundamental de la experiencia cristiana que la Iglesia celebra de un modo coral en Adviento: la esperanza de la definitiva venida del Señor.

Así Adviento es como una proyección de la Pascua, una ritualización prolongada de una de las dimensiones esenciales de la Vigilia pascual que es la raíz y síntesis de todo el Año litúrgico. En realidad, la primera ritualización de la esperanza escatológica, los cristianos la celebraban en la Vigilia pascual. Si antiguas tradiciones hebreas aseguraban que el Mesías tenía que venir en la celebración de la Cena pascual, los cristianos recogieron también esta tradición. Cuando se reunían para celebrar la Pascua tenían la certeza de que el Señor volvería una vez u otra. Un texto de San Jerónimo nos recuerda esta curiosa tradición: "Una tradición de los judíos dice que Cristo vendrá a medianoche, como en el tiempo de Egipto, cuando se celebró la Pascua... De aquí creo que viene la tradición apostólica que ha llegado hasta nosotros; según ésta no es lícito despedir la asamblea en la vigilia pascual antes de medianoche, mientras se espera todavía la venida de Cristo. Pero pasado este tiempo, todos hacen fiesta, al recobrar de nuevo la seguridad".

Textos litúrgicos antiguos, conservados todavía hoy en la celebración eucarística ambrosiana, ponen en labios del Señor estas palabras con las que aclamamos su presencia después de la consagración: "Cada vez que hagáis esto, lo haréis como memorial mío: anunciaréis mi muerte, proclamaréis mi resurrección, esperaréis con confianza mi retomo, hasta que venga de nuevo a vosotros desde el cielo".

Se puede, pues, afirmar que Adviento celebra un fragmento de la Pascua, su dimensión escatológica, y al colocarse como preparación del principio del misterio pascual que es Navidad, nos hace revivir la otra espera y la otra venida. La espera de los justos del Antiguo Testamento, y la venida que cumplió tantas promesas, el misterio de Navidad, misterio de la presencia del Dios con nosotros.

(fuente: www.encuentra.com)

viernes, 3 de diciembre de 2010

03 de diciembre: San Francisco Javier

El 3 de diciembre de 1552 moría frente a la costa china, en una choza de la isla de Sancián, San Francisco Javier.

La noticia de este hecho, que tanto suponía para la marcha de las misiones asiáticas, llegó a Roma casi tres años después. En febrero de 1555, como un rumor no confirmado, en octubre, como un hecho cierto, pero rodeado de tales detalles en cuanto a la traslación del cuerpo desde Sancián a Malaca y Goa, su estado incorrupto y los milagros que se le atribuían, que el nombre de Javier pasó presto a tener esa resonancia apostólica ante el pueblo cristiano que hasta hoy le caracteriza.


¿Quién era aquel misionero y cuáles sus hazañas?

Francisco de Javier, cuyos apellidos debieron haber sido Jassu, Azpilcueta, Atondo y Aznárez de Sada, nació el 7 de abril de 1506 en el castillo de Javier, situado en los confines de Navarra, frente a Aragón, a ocho kilómetros de Sangüesa, 54 de Pamplona y uno de las márgenes del río Aragón.

Situación estratégica en la Edad Media, salvando los pasos de la ribera de Navarra al valle del Roncal a través del puente de Yesa, casi en su punto medio.

La familia del Santo era de las más distinguidas del reino navarro. Su padre, don Juan de Jassu o Jaso y Atondo, doctor por Bolonia en ambos derechos, era uno de los principales personajes del país, y unía en sí la rama de los Jassu de Ultrapuertos (hoy Francia) con la de Atondo, del señorío de Idocin. Su madre, María de Azpilcueta y Aznárez de Sada, provenía de la casa solar del mismo nombre del valle del Baztán, y heredaba de su madre la posesión de Javier, vinculado a su familia por lo menos desde 1263, lo mismo que cierto grado de parentesco con la realeza navarra.

Por eso Francisco de Javier reunía en sí una representación de casi todas las reglones de Navarra, y puede presentarse como un prototipo de sus hijos en el conjunto de sus cualidades distintivas, que la santidad no eclipsó u ocultó, sino que sublimó en rasgos heroicos de un universalismo sin tacha, matizado y punteado con las caracteristicas de su tierra.

Su formación primera dependió principalmente de la abadía fundada por su padre en la parroquia de Javier, lo mismo que de los miembros de su familia en aquel castillo solitario, especialmente de su madre: porque su padre, muerto cuando el Santo contaba nueve años, había estado ausente largas temporadas en Pamplona o en cortes extranjeras por los asuntos del reino.

Fuera de la piedad intensa que bebió en su vida familiar, el acontecimiento que influyó especialmente en la orientación de su carácter y de sus aspiraciones fue la ruina de las instituciones políticas bajo las que había nacido y por las que luchó su familia, y la ruina también de su castillo, rebajado a la categoría de mansión señorial de tipo agrícola, en vez de ostentar las almenas guerreras de sus enhiestas torres. Es indudable que todo ello influyó en su marcha a la Universidad de Paris en 1525, al terminar las guerras en que participaron sus hermanos y al asentarse sobre bases nuevas y duraderas la vida de los Javier, reconociendo el nuevo orden de cosas.

Los once años de Paris, como estudiante primero y como maestro algún tiempo en la Universidad de París (1525-1536), marcaron la etapa decisiva de la vida de Javier.

Hoy se conoce con profusión de datos la vida universitaria parisiense relacionada con el Santo. Conocemos el funcionamiento de sus colegios, divididos por naciones o grandes regiones, y en los que se daba la enseñanza principal, así como los nombres de los profesores y mil detalles de la vida diaria de aquella masa de estudiantes, verdadera ciudad libre dentro del recinto de París.

Los estudios duraban alrededor de once años. Javier escogió el colegio de Santa Bárbara, fundado en 1520 bajo la protección del rey de Portugal, donde concurrían estudiantes de las diferentes partes de la Península Ibérica. Comenzó sus estudios como porcionario, que se pagaba toda la pensión, con un fámulo a su servicio y un caballo para sus deportes y utilidad. Por octubre de 1525 entró en las aulas universitarias, se graduó en Letras en la Cuaresma de 1526, se licenció en Filosofía en agosto de 1530, obtuvo una clase de Filosofía en el colegio de Dormans-Beauvais y prosiguió juntamente sus estudios teológicos hasta fines de 1536, en que partió para Italia con sus compañeros a unirse con Ignacio.

El esquematismo de estas fechas no nos devuelve la enorme complejidad de sucesos trascendentales que tuvo para el menor de los Javier. Por una parte la lucha de las ideas filosóficas y teológicas, atacadas por el naciente protestantismo, que encontró en la Universidad de París uno de sus más fuertes enemigos, y por otra las relaciones con sus compañeros de estudio, especialmente los españoles. Como coronación de todo, su trato con Iñigo de Loyola, que le llevó paulatinamente a desviar por completo el curso de sus aspiraciones terrenas dentro del campo eclesiástico, al que pensaba dedicarse, y abrazar el camino de la santidad personal y del apostolado con el ardor brioso de su sangre y con aquella decisión desconocedora de cambios y vacilaciones en el ideal abrazado en la plenitud de su vida.

Ignacio supo insinuarse en su corazón, a pesar de los recuerdos de luchas pasadas en campos políticos opuestos y de la poca apariencia del incomparable conductor de hombres, que vino providencialmente a vivir en la misma casa y en la misma cámara que el maestro valenciano Juan de la Peña, el angelical saboyano Pedro Fabro y Javier.

Las prevenciones de Javier no pudieron impedir a la larga el acercamiento con Iñigo, que, lejos de oponérsele, le llevó discípulos, le sacó de algún apuro económico y pudo, por fin, penetrar en el interior de aquella alma y comunicarle sus proyectos, sus ideas, su modo de ser.

En 1534 Javier estaba ganado, y, aun antes de hacer el mes de ejercicios espirituales, que le armaría para los duros combates de la vida, se alistó en el pequeño escuadrón ignaciano de los primeros votos de Montmartre, 15 de agosto de 1534.

Javier completó su formación espiritual junto a Ignacio en Italia, ejercitó sus primeros ministerios apostólicos en favor de las almas, gustó más el sentido católico de la vida junto a la cátedra de San Pedro en Roma, y recibió las sagradas órdenes en Venecia. Para coronamiento de estas actividades vivió varios meses en Roma como secretario del mismo San Ignacio, en aquellos tiempos en que estaban estudiando su futuro régimen de vida al ver fallidas providencialmente las esperanzas y planes de su viaje a Jerusalén y su vida apostólica en Palestina. La impresión que guardaron sus compañeros de todos estos años fue la de una santidad incontenible y de una admirable disposición para toda clase de apostolados. Su don de gentes se impuso en Roma y en Bolonia; su heroicidad, en los hospitales, mientras aprendía junto a su padre del alma los métodos del gobierno espiritual.

Los acontecimientos se precipitan ya en la vida de Javier. Doce años le quedan aún para luchar por Dios, y el que hasta ahora ha estado como en segundo plano, hace ahora de pronto irrupción en la vanguardia de los acontecimientos, y en ella se mantiene sin desfallecer hasta su último aliento.

Dios convertiría en realidad los sueños que había tenido aquellos años, de estar evangelizando en las Indias.

Un día se presentó ante Ignacio el embajador de Portugal, don Pedro de Mascareñas, con un encargo de su rey, don Juan III, que señalaría el comienzo de una sólida amistad del monarca lusitano con Loyola y Javier. Deseaba aquel consolidar sus empresas oceánicas impulsando vigorosamente la evangelización de las nuevas regiones descubiertas en la India y el Brasil. Por insinuación de don Diego de Gouvea, regente de Santa Bárbara, de París, que allí había conocido a aquellos compañeros de Inigo y luego se había enterado de sus intentos y actividades en Italia, el rey supo las cualidades y condiciones del grupo ignaciano, sondeó la realidad por medio del embajador en Roma y propuso al Papa su deseo de invitarlos para las Indias.

En pocos días se llega al nombramiento de Javier por Ignacio, comisionados para ello por Paulo III antes de la fundación canónica de la Compañía de Jesús, como sustituto del padre Bobadilla en su destino a la India portuguesa, y al día siguiente de su nombramiento, 16 de marzo de 1540, partía con Mascareñas camino de Lisboa, después de haber firmado unos cuantos documentos acerca de la Orden religiosa que se tramitaba y de la elección de su primer general.

Javier atraviesa Italia y Francia, entra por Fuenterrabía en Guipúzcoa, renuncia a ir a saludar a sus parientes, y por la casa solar de Loyola, adonde llevaba una carta de Ignacio, por Burgos, Valladolid y Salamanca pasó a Portugal. Allí trabajó intensamente en la corte, ganándose la confianza y estima del rey y de muchísima gente durante nueve meses, gracias a sus predicaciones, confesiones y buen ejemplo, y el 7 de abril de 1541 se embarcó para Goa.

En vez de partir como segundo del padre Simón Rodríguez, va como jefe de otros dos, y actúa desde el primer momento como tal. En Lisboa ha perfeccionado su portugués y se ha informado detenidamente acerca de la situación de la India y de sus relaciones eclesiásticas y temporales con la metrópoli. Pero Juan III no quiere enviarle sin amplísimas facultades, y para ello consigue del Papa varios breves pontificios.

Hay que tener presentes esos documentos para poder juzgar de su actuación sin caer en los extremos de los que, al margen de la verdadera historia, pretenden enjuiciar su obra y describirnos su carácter de hombre y de apóstol.

Javier no es un misionero más que va al Oriente a ocupar un puesto cualquiera en un lugar determinado. Su misión y su destino es mucho más complejo.

Va, en primer lugar, como nuncio o legado pontificio. Pero esa nunciatura era de un tipo especial. No se trataba de representar permanentemente a la Santa Sede en alguna corte determinada, sino de revestirle de su autoridad apostólica y de amplísimas facultades espirituales para la implantación, conservación y aumento de las nuevas cristiandades desde el Cabo de Buena Esperanza hasta el último límite de los dominios o protectorados portugueses en las Indias orientales, y en especial ante el rey de Etiopía. Pero no se indica en los documentos nada de estar en comunicación directa y permanente con la Santa Sede.

Esto influyó en el deseo de Javier de conocer personalmente aquellas nuevas cristiandades, fundadas ya o posibles y ver sobre el mismo campo las posibilidades de dilatar la fe. Su carácter de nuncio, más que ligarle a un sitio, le impulsaba a recorrer, explorar y evangelizar aquel vasto territorio, Algo parecido le sucedía en su cargo de superior de la nueva Orden religiosa en las mismas tierras. Con tan pocos sujetos al comienzo, era él el que debía dar el ejemplo de las virtudes apostólicas y señalar los emplazamientos de los centros misionales.

Y algo parecido podríamos decir con respecto al rey de Portugal, que, prendado de sus virtudes y cualidades, deseaba que fuera una especie de visitador privado y oficioso de la vida religiosa de los establecimientos lusitanos del Oriente. Su correspondencia demuestra cómo eiercitó esta labor, con valentía apostólica por un lado y con escrupulosidad independiente y cautelosa por otro. Aun así no siempre consiguió el auxilio que el rey ordenaba darle a todos sus gobernadores para cosas de apostolado y evangelización.

Francisco llegaba a Goa con la idea de marchar cuanto antes al cabo Comorín y costa de Pesquería, donde el gobernador general que le llevaba en su flota, Martín Alfonso de Sousa, había conseguido establecer una misión de cristianos en un mando anterior. Sousa le habló de la empresa varias veces durante el viaje marítimo, y en cuanto transcurrieron en Goa los primeros cinco meses durante el monzón que interrumpía las navegaciones, pasó a aquella tierra, cuando sus compañeros de viaje dejados en Mozambique llegaban a Goa a continuar las empresas allí por él iniciadas.

En Goa, lo mismo en la primera ocasión que en las otras varias que tuvo que volver a ella para gobernar a los suyos, tratar con las autoridades eclesiásticas y civiles o fundar las primeras casas de su Orden, su celo se impuso en la ciudad con sus predicaciones, catecismos por las calles, plazas e iglesias y su dirección espiritual. Todo esto se comprueba en las cartas de sus contemporáneos: el obispo, algunos sacerdotes religiosos y empleados civiles.

Desde fines de 1542 a 1545 trabajó en aquellas regiones de Malabar y Travancor, su primera gran misión viva. El movimiento de reagrupación de los cristianos, bautismo de neófitos, composición de catecismos, etc., fue extraordinario. El fracaso de sus planes sobre Ceilán, por culpa de algunos mercaderes portugueses, y la noticia de las perspectivas que se abrían para la fe en las Molucas, le determinó a ir allá después de dejar algunos compañeros en la Pesquería.

Pasado algún tiempo junto al sepulcro de Santo Tomás en Meliapur, llegó a Malaca en septiembre de 1545 y evangelizó a toda clase de gentes en la ciudad y contornos durante algunos meses. Siguió al Maluco y misionó las islas de Amboino, Ceram y otras vecinas, cumo luego Ternate, Tidore, las islas del Moro, con igual fruto y conmoción espiritual.

Vuelto a Malaca en 1547 a buscar compañeros para aquella nueva misión, se encontró en aquella ciudad con unos japoneses que le esperaban. Esto varía el rumbo de los acontecimientos, y, arreglados los asuntos de la India, penetra el primero de los misioneros en el Japón, 15 de agosto de 1549, misión que desde el primer momento ejerce en él una especie de fascinación cautivadora.

Vuelve a la India y Goa, visita algunas residencias, resuelve nuevas fundaciones, se entera de grandes noticias de Europa: Trento, Roma, Alemania; recibe el nombramiento de provincial, y en vez de volver al Japón, según había pensado primero, se resuelve por China. Frustra sus intentos de embajada virreinal el capitán mayor marítimo de Malaca y se embarca para Sancián a intentar solo aquella empresa. Una pulmonía corta el vuelo a sus empresas apostólicas cuando apenas cuenta cuarenta y seis años.

Se ha hablado de Javier aventurero, poco constante, impetuoso. Nunca dejó Javier un campo roturado por él sin dejar a otros que siguieran la obra, y de vez en cuando volvía a visitarlo. Atendió al mismo tiempo a otras partes adonde no llegó personalmente. Todas sus misiones continuaron florecientes, y sólo algunas decayeron decenios más tarde a causa de las persecuciones que sobrevinieron.

Fomentó el clero indígena, la enseñanza y los catecismos. Su salud, sus conocimientos, sus dones de trato personal, su valor a toda prueba, y sobre todo su santidad, superaron todos los obstáculos. Consiguió dejar cristiandades en todos los puntos estratégicos del Extremo Oriente, ampliar el conocimiento de todas aquellas regiones. Sin intentarlo forjó un parecido oriental suyo con el San Pablo mediterráneo que admira la historia.

No es extraño, por lo mismo, que al saber de cierto su muerte, con las circunstancias de su traslación y sepultura, el mismo San Ignacio, que ya tenía en Roma una antologia epistolar proveniente de Asia acerca de la fama de santidad de Javier, iniciara los primeros pasos para la glorificación de su hijo. Beatificado en 1619, fue canonizado a los tres años, 12 de marzo de 1622, juntamente con San Ignacio, Santa Teresa de Jesús, San Felipe Neri y San Isidro Labrador. Pronto se le declaró Patrón de las misiones del Oriente.

San Pío X lo constituyó protector de la Obra de la Propagación de la Fe, y Pío XI le declaró en 1927 junto con Santa Teresa de Lisieux, Patrón universal de las misiones católicas.

escrito por LEÓN LOPETEGUI, S. I.
(fuente: www.mercaba.org)

jueves, 2 de diciembre de 2010

Meditaciones de Juan Pablo II sobre el Adviento

1. LA REALIDAD DEL HOMBRE

Hermanas y hermanos queridísimos:

El significado del Adviento

1. Para penetrar en la plenitud bíblica y litúrgica del significado del Adviento, es necesario seguir dos direcciones. Hay que «remontarse» a los comienzos, y al mismo tiempo «descender» en profundidad. Lo hicimos ya por vez primera el miércoles pasado, escogiendo como tema de nuestra meditación las primeras palabras del libro del Génesis: «Al principio creó Dios» (Beresit bara Elohim). Al final del tema desarrollado la semana pasada, hemos puesto de relieve, entre otras cosas, que para entender el Adviento en todo su significado hay que entrar también en el tema del «hombre». El significado pleno del Adviento brota de la reflexión sobre la realidad de Dios que crea y, al crear, se revela a Sí mismo (ésta es la revelación primera y fundamental, y también la verdad primera y fundamental de nuestro Credo). Pero, al mismo tiempo, el significado pleno del Adviento aflora de la reflexión profunda sobre la realidad del hombre.

A esta segunda realidad que es el hombre nos asomaremos un poco más durante la meditación de hoy.



Imagen y semejanza de Dios

2. Hace una semana nos detuvimos en las palabras del libro del Génesis con las que se define al hombre como «imagen y semejanza de Dios». Es necesario reflexionar con mayor intensidad sobre los textos que hablan de esto. Pertenecen al primer capítulo del libro del Génesis, que presenta la descripción de la creación del mundo en el transcurso de siete días. La descripción de la creación del hombre, el sexto día, se diferencia un poco de las descripciones precedentes. En estas descripciones somos testigos sólo del acto de crear expresado con estas palabras: «Dijo Dios —hágase—»...; en cambio, aquí, el autor inspirado quiere poner en evidencia primeramente la intención y el designio del Creador (del Dios Elohim); así leemos: «Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza» (Gén 1, 26). Como si el Creador entrase en sí mismo; como si, al crear, no sólo llamase de la nada a la existencia con la palabra: «hágase», sino como si de forma particular sacase al hombre del misterio de su propio Ser. Y se comprende, pues no se trata sólo del existir, sino de la imagen. La imagen debe «reflejar», debe como reproducir en cierto modo «la sustancia» de su Modelo. El Creador dice además «a nuestra semejanza». Es obvio que no se debe entender como un «retrato», sino como un ser vivo que vive una vida semejante a la de Dios.

Sólo después de estas palabras que dan fe, por así decirlo, del designio de Dios Creador, la Biblia habla del acto mismo de la creación del hombre: «Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra» (Gén 1, 27).

Esta descripción se completa con la bendición. Por lo tanto, constan aquí el designio, el acto mismo de la creación y la bendición:

«Y los bendijo Dios diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados, y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra» (Gén 1, 28).

Las últimas palabras de la descripción: «Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho» (Gén 1, 31) parecen el eco de esta bendición.



El primer capítulo del Génesis

3. Hay certeza de que el texto del Génesis es de los más antiguos: según los estudiosos de la Biblia, fue escrito hacia el siglo IX antes de Cristo. Dicho texto contiene la verdad fundamental de nuestra fe, el primer artículo del Credo apostólico. La parte del texto que presenta la creación del hombre es estupenda dentro de su sencillez y su profundidad a un tiempo. Las afirmaciones que contiene se corresponden con nuestra experiencia y nuestro conocimiento del hombre. Está claro para todos, sin distinción de ideologías sobre la concepción del mundo, que el hombre, si bien pertenece al mundo visible, a la naturaleza, se diferencia de algún modo de esta misma naturaleza. En efecto, el mundo visible existe «para él», y él «ejerce dominio» sobre aquél; aunque esté «condicionado» de varias maneras por la naturaleza, el hombre la «domina». La domina bien seguro de lo que es, de sus capacidades y facultades de orden espiritual que lo diferencian del mundo natural. Son estas facultades precisamente las que constituyen al hombre. Sobre este punto el libro del Génesis es extraordinariamente preciso. A1 definir al hombre como «imagen de Dios», pone en evidencia aquello por lo que el hombre es hombre; aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas del mundo visible.

Son conocidos los muchos intentos que la ciencia ha hecho —y sigue haciendo— en los diferentes campos, para demostrar los vínculos del hombre con el mundo natural y su dependencia de él, a fin de inserirlo en la historia de la evolución de las distintas especies. Respetando, ciertamente, tales investigaciones, no podemos limitarnos a ellas. Si analizamos al hombre en lo más profundo de su ser, vemos que se diferencia del mundo de la naturaleza más de lo que a él se parece. En esta dirección caminan también la antropología y la filosofía cuando tratan de analizar y comprender la inteligencia, la libertad, la conciencia y la espiritualidad del hombre. El libro del Génesis parece que sale al encuentro de todas estas experiencias de la ciencia y, hablando del hombre en cuanto «imagen de Dios», da a entender que la respuesta al misterio de su humanidad no se encuentra por el camino de la semejanza con el mundo de la naturaleza. El hombre se asemeja más a Dios que a la naturaleza. En este sentido, el salmo 82, 6 dice: «Sois dioses», palabras que luego repetirá Jesús (cf. Jn 10, 34).



Reflexionando sobre si mismo

4. Esta afirmación es audaz. Hay que tener fe para aceptarla. Aunque es cierto que la razón libre de prejuicios no se opone a tal verdad sobre el hombre; al contrario, ve en ella un complemento de lo que resulta del análisis de la realidad humana y, sobre todo, del espíritu humano.
Es muy significativo que el mismo libro del Génesis, en la amplia descripción de la creación del hombre, ya obliga a éste —al primer creado, Adán— a hacer un análisis parecido. Lo que os vamos a leer puede «escandalizar» a alguno por el modo arcaico de expresión; pero al mismo tiempo es imposible no sorprenderse ante la actualidad de aquella narración cuando se tiene en cuenta el meollo del problema.

He aquí el texto: «Modeló Yavé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. Plantó luego Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara. Hizo Yavé Dios brotar en él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar, y en el medio del jardín el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Salía del Edén un río que regaba el jardín y de allí se partía en cuatro brazos...

Tomó, pues, Yavé Dios al hombre, y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase... Y se dijo Yavé Dios: `No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él". Y Yavé Dios trajo ante el hombre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo los llamaría, y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera. Y dio el hombre nombre a todos los ganados y a todas las aves del cielo y a todas las bestias del campo; pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él» (Gén 2, 7 20).

¿De qué somos testigos? De esto: el primer «hombre» realiza el acto primero y fundamental de conocimiento del mundo. Al mismo tiempo, este acto le permite conocerse y distinguirse a sí mismo, «el hombre», de todas las otras criaturas y sobre todo de quienes en cuanto «seres vivos» —dotados de vida vegetativa y sensitiva— muestran proporcionalmente mayor semejanza con él, «con el hombre», dotado también de vida vegetativa y sensitiva Se podría decir que el primer hombre hace lo que de costumbre realiza el hombre de todos los tiempos, es decir, reflexiona sobre su propio ser y se pregunta quién es él.

Resultado de dicho proceso cognoscitivo es la comprobación de la diferencia fundamental y esencial. Soy diferente. Soy más «diferente» que «semejante». La descripción bíblica termina diciendo: «No había para el hombre ayuda semejante a él» (Gén 2, 20).



El misterio del Adviento

5. ¿Por qué hablamos hoy de todo esto? Lo hacemos para comprender mejor el misterio del Adviento, para comprenderlo desde los cimientos, y poder penetrar así con mayor profundidad en nuestro cristianismo.


E1 Adviento significa «la Venida».

Si Dios «viene» al hombre, lo hace porque en su ser humano ha puesto una «dimensión de espera» por cuyo medio el hombre puede «acoger» a Dios, es capaz de hacerlo.
Ya el libro del Génesis, y sobre todo este capítulo, lo explica cuando al hablar del hombre afirma que Dios lo «creó... a su imagen» (Gén 1, 27).

Catequesis del Papa Juan Pablo II - 6 de diciembre de 1978
(fuente: www.encuentra.com)

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Universidades católicas a favor de la vida y en contra del aborto

La defensa de la vida humana fue el tema del Plenario de Universidades Católicas que se reunió el 17 de noviembre en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, de la Universidad Católica de Cuyo (UCC), y que concluyó con una firme declaración titulada “La apertura a la vida, centro del verdadero desarrollo”.

Tras rechazar los proyectos legislativos tendientes a la despenalización y legalización del aborto, se manifestaron contrarios a determinadas prácticas con embriones humanos.

"El mejor modo de evitar muertes maternas no es sumar la muerte del niño, sino hacerse cargo de la contención y acompañamiento de la madre y su bebé desde la fecundación", aseguraron.

Al referirse a los embarazos productos de una violación, sostiene que "es compromiso ineludible del Estado y la sociedad civil ayudar a la víctima a llevar a término su gestación" y, en caso de ser necesario, "apoyarla para que pueda asumir su maternidad" o para que otros puedan asumirla por ella.

En la apertura, hablaron la ministra de Educación sanjuanina, Cristina Díaz, junto a la rectora de la UCC, María Isabel Larrauri; el arzobispo de San Juan de Cuyo, monseñor Alfonso Delgado, y el ministro de Desarrollo Humano, Daniel Molina.

Las deliberaciones contaron con ponencias de las Universidades participantes.

Asistieron representantes de la Universidad Católica de Salta, la Universidad del Norte "Santo Tomás de Aquino", la Universidad del Salvador, la Universidad Fraternidades y Agrupaciones Santo Tomás de Aquino (FASTA Mar del Plata), la Universidad Católica de Santiago del Estero, la Universidad Católica de Santa Fe, la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, Universidad Católica Argentina de Paraná, la Facultad “Teresa de Ávila” de la Universidad Católica de Paraná y el Instituto de Bioética, la Universidad Católica de La Plata, la Universidad Católica de Córdoba y la Universidad Católica de Cuyo, sede San Luis.


Texto de la declaración

“1. “La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo” (Caritas in Veritate, n. 28). Como Universidades comprometidas con el país, debidamente reconocidas y acreditadas en el sistema de Educación Superior, queremos expresar algunas reflexiones sobre la centralidad de la vida humana desde el inicio de la concepción en el seno materno, en la perspectiva de nuestro crecimiento como Nación. Esta vinculación entre vida y desarrollo no es forzada ni casual, ya que es evidente que en la capacidad de recibir, proteger y acompañar cada vida humana para que alcance su desarrollo pleno, se ponen en juego y fortalecen relaciones sociales de compromiso y entrega desinteresada por el bien común.

2. Cotidianamente constatamos la fragilidad y la falta de aprecio por la vida. La violencia de todo tipo, la muerte de niños a causa del aborto y durante el primer año de vida, las muertes maternas, las que derivan de situaciones de pobreza extrema, embarazos de alto riesgo y no controlados, las víctimas de las adicciones, etc. En todas ellas, la fragilidad de la vida humana queda expuesta a la indiferencia social y política y a la instrumentación de los poderosos. Estas situaciones nos interpelan y nos mueven a hacernos cargo de cada vida humana de manera más racional, concreta, eficiente, programada y sustentable.

3. En este marco, nos sorprende la irrupción de diversos proyectos de ley que propugnan la despenalización y legalización del aborto, o pretenden legitimar la producción de embriones para superar riesgos genéticos, la criopreservación de embriones humanos y el descarte de los sobrantes de técnicas artificiales de reproducción humana. Estas iniciativas denigran la naturaleza humana, son una afrenta a la dignidad del embrión humano que impide ser tratado como un objeto y debilitan la percepción cultural y social del valor inalienable de cada vida humana, introduciendo en la sociedad mecanismos de eliminación y exclusión de los más débiles e indefensos. En ese sentido, nuestra determinación como Universidad es comprometernos a formar profesionales para curar, investigar, ayudar y legislar a favor de la vida.

4. Al respecto, las modernas tecnologías nos han abierto de manera maravillosa la intimidad del seno materno y nos han confirmado lo que el sentido común nos advertía desde siempre: la plena humanidad del niño por nacer. Esta inédita capacidad de conocer la realidad biológica del concebido, que incluso es tratado como paciente en la medicina fetal (diagnóstico pre-natal, cirugías intrauterinas, ecografías 3D), es una invitación a desarrollar una igual y proporcionada capacidad de reconocer en ese embrión-feto a un ser humano, con toda la dignidad y derechos de la persona humana. Este dato biológico es una realidad científica incontrastable de la cual no puede apartarse el legislador. Por ello toda argumentación a favor del aborto encierra un sofisma porque parte de soslayar este dato científico y biológico.

Nuestra capacidad de reconocer, cuidar y promover a la vida naciente tiene que abarcar todas las circunstancias en que la vida se presenta. Todos los hijos, sin distinción de origen o nacimiento, tienen igual derecho a la vida (cf. Art. 3°, Convención sobre los Derechos del Niño). Lamentablemente se verifican en el mundo nuevas tendencias que desde un análisis de costo-beneficio buscan eliminar la vida que presenta alguna discapacidad, generando la peor discriminación que es eliminar al débil. Ello no sólo es grave para con la persona concreta con discapacidad, sino que también significa un mensaje de minusvaloración para todos los que padecen esta problemática y a quienes debemos un mayor y más intenso cuidado y amor. Tampoco es lícito discriminar a los hijos según sean “deseados” o “no deseados”.

5. La mortalidad materna también es invocada con frecuencia como causal para la despenalización del aborto. Al respecto, estamos convencidos que el mejor modo de evitar las muertes maternas no es sumar la muerte del niño en su seno, multiplicando así el dolor y el sufrimiento, sino al contrario, es hacerse cargo del cuidado, contención y acompañamiento sanitario, psicológico, económico y social integral de la madre y su bebé desde la fecundación. El drama del aborto debe encontrar soluciones por caminos menos devastadores para el concebido y para la madre que la liberación irrestricta de las prácticas abortivas. No será con la banalización de esta grave cuestión sino con políticas públicas que se inscriban en el personalismo solidarista como se removerán efectivamente sus causas (individuales, familiares, sociales, económicas), y con la asistencia y la ayuda a las madres y la toma de conciencia del deber propiamente humano de acoger y proteger la vida que nace.

6. En el lamentable caso de una mujer que ha sufrido un ataque a su integridad sexual es necesario un renovado compromiso de apoyo del Estado y de las organizaciones de la sociedad civil. A tal fin, cuando el embarazo se origina en una violación, es compromiso ineludible ayudar a la víctima a llevar a término su gestación. En el caso que se viere imposibilitada de asumir la crianza de su hijo luego del nacimiento, debemos apoyarla integralmente para que pueda asumir y desarrollar la maternidad. Si la madre no está en condiciones de cuidar a su hijo, ella le habrá dado la posibilidad de vivir y de ser criado por una de tantas familias que anhelan tener hijos y no pueden concebirlos.

7. La legislación debe tutelar la vida, por ello entendemos que no puede haber derecho cuando la sustancia, el factor eficiente, la finalidad, sea la muerte. Pero además, la ley tiene una función docente que es decisiva en este camino de apertura a la vida. Como decía Juan Pablo II, “Si las leyes no son el único instrumento para defender la vida humana, sin embargo desempeñan un papel muy importante y a veces determinante en la promoción de una mentalidad y de unas costumbres” (Evangelium Vitae, 90). Por ello, apelamos a la conciencia cívica de los legisladores, así como a su indelegable responsabilidad en el cuidado de cada vida humana. Por otra parte, la despenalización del aborto conduce a una depreciación del bien jurídico vida frente a otros bienes ciertamente menos relevantes desde la perspectiva de los derechos humanos y, consecuentemente, a una distorsión de la coherencia legislativa.

A contramano de los avances en la protección de los derechos humanos, lamentablemente constatamos la paradoja de que a la vida le es negada su condición de derecho natural, protegido además como derecho subjetivo por todo el ordenamiento jurídico argentino.

Nuestra esperanza y determinación es que la medicina, la enfermería, la biología, la farmacología, el derecho, la comunicación, el Congreso y sus leyes, la universidad y la política sean aliados por la vida. “El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo protege a los mas necesitados. Por eso se debe proteger más a los más débiles. Porque el criterio no es ya el valor del sujeto en función de los afectos que suscita en los demás o de la utilidad que presta, sino el valor que resulta de su mera existencia”.

8. La Constitución Nacional y los Tratados Internacionales de Derechos Humanos con jerarquía constitucional, como así también el Código Civil, el Código Penal, las leyes nacionales y las constituciones provinciales son claras en reconocer a cada ser humano la dignidad y derechos fundamentales de la persona desde el momento de la concepción. En especial, el derecho a la vida se presenta como el primer derecho humano, un derecho tan fundamental y básico que no puede ser reglamentado sin que ello signifique automáticamente su aniquilación.

9. Por ello, este Plenario de Universidades Católicas en defensa de la Vida Humana, reunido en la Provincia de San Juan, renueva su más decidido apoyo a la defensa de la vida humana desde la concepción de la persona hasta su muerte natural, y expresa su más enérgico rechazo a los proyectos legislativos tendientes a la despenalización y legalización del aborto, como a toda disposición administrativa orientada a favorecerlo.

10. En el año del Bicentenario, adherimos al Año de la Vida que impulsa la Conferencia Episcopal Argentina, en la convicción que “La persona humana, portadora de vida, es «necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales» y es en este sentido que la Iglesia ha buscado siempre, en su accionar, la promoción de la dignidad de la persona y la protección de los derechos humanos como sustento imprescindible y constitutivo de todo orden social” (Declaración “2011: Año de la Vida”, 14 de octubre de 2010). Como Universidades Católicas, con la fuerza de la fe y la razón, renovamos nuestro compromiso por trabajar por “la vida, la dignidad y la integridad de la persona humana” (Aparecida, 468), desde las aportaciones específicas de cada disciplina, con capacidad de diálogo y escucha de la realidad y en la perspectiva del bien común”.+

(fuente: www.aica.org)
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