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jueves, 31 de diciembre de 2009

Ya llega el 2010...

Elevemos nuestra mirada al Cielo y por un segundo demos gracias a Dios por lo vivido en este 2009, por más que no todo haya sido agradable pero es válido porque toda vivencia deja su enseñanza.

Pongamos nuestra confianza en Dios y miremos a este 2010 que se avecina con el optimismo y la Esperanza de los hijos de Dios.

¡¡FELIZ 2010!!

domingo, 27 de diciembre de 2009

"¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?"

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (Lc. 2, 41-52)

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el Niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, segú
n la costumbre. Pasados aquellos días se volvieron, pero el Niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca.

Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres se quedaron atónitos y su madre le dijo: "Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando, llenos de angustia". Él les respondió: "¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?".

Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su Madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas. Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres
.

Palabra de Dios.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Este es uno de los pasajes más famosos de la vida de Jesús. Allí leemos a Jesús siendo aún un niño como manifiesta su vocación y misión, el para qué vino a este mundo: desde su más tierna edad, Jesús ya empieza a anunciar la Buena Nueva.

Notemos un detalle que no debe pasar desapercibido: San Lucas nos cuenta que los padres de Jesús solían ir a Jerusalén para las fiestas de las Pascuas. José y María, los padres que Dios había elegido para su Hijo, eran personas de fe, personas piadosas. Esa religiosidad de José y María era el sostén espiritual de esa Sagrada Familia.

Jesús se quedó con los Maestros de la Ley hablando sobre las Sagradas Escrituras, mientras sus padres regresaban a su hogar. A pesar de que María lo reprendió (con firmeza pero con amor), el Niño Jesús se mostró humilde y dócil a la autoridad de sus padres. Ya tendría tiempo más tarde: en su adultez, con treinta años, saldría definitivamente a anunciar el Reino de los Cielos y a manifestarse como el Dios Hijo.

Jesús crecía en el seno de esa familia santa. Qué importante es que los padres de las familias sitúen a Dios en el centro de sus vidas, ya que eso asegura que sus hijos sean también personas de fe: no de una fe teórica, sino de una fe concreta y traducida en hechos cotidianos.

Como en otras cosas referidas a la educación, la fe de los hijos depende en gran medida del ejemplo que le dan sus padres: si los padres son personas de oración y de frecuentar los sacramentos y lo comparten con sus hijos, es muy probable que ellos sean personas dóciles a los designios de Dios.

Son muchas las familias en las que la fe no se comparte. Podemos encontrar familias en las que todos sus miembros dicen creer en Dios y hasta afirman que rezan regularmente... pero, ¿la fe se comparte?, ¿hay momentos de oración en común entre los familiares?, ¿la familia participa de la Misa?, ¿se lee la Biblia en familia?.

Estamos próximos a la finalización de otro año. Es una buena oportunidad para que los padres e hijos evaluemos cómo anduvo en este año la fe en la familia. Qué estuvo bien, qué no anduvo bien y qué se puede hacer concretamente de cara al año que viene.

La oración en familia es un alimento fundamental para la familia. Orar en familia es un reaseguro para los tiempos de tormentas de todo tipo (todas las familias las tienen, al fin y al cabo). Cuando papá y mamá contrajeron matrimonio en la Iglesia, Dios mismo se comprometió con ellos: Él es el garante de la familia que se fundó en ese momento... claro que depende de la familia que en el día a día la familia no solo subsista sino que sea un espacio de crecimiento y de salvación en Dios y con Dios. ¡Ánimos!

sábado, 26 de diciembre de 2009

¿Dios castiga?

Cuando nos cae una desgracia o sufrimos un accidente o una enfermedad, enseguida pensamos ¿por qué yo? Y a veces podemos preguntarnos ¿qué mal he hecho o qué pecado he cometido para que Dios me castigue así?
Y esta visión que tenemos de que Dios “castiga” es porque creemos que la justicia de Dios se parece a la de los seres humanos.

En realidad lo que denominamos “castigos” de Dios son más bien llamadas suyas para seguirle en medio de las circunstancias que El tenga dispuestas para cada uno de nosotros.

Y El, que es infinitamente sabio, sabe lo que mejor nos conviene a cada uno: lo que nos conviene para lo que verdaderamente importa, que es nuestra salvación eterna.

Cuando pensamos en que Dios nos castiga es porque perdemos de vista lo que es nuestra meta, perdemos de vista hacia dónde vamos mientras vivimos aquí en la tierra: vamos hacia la eternidad. Nos olvidamos de la otra vida, la que nos espera después de la muerte.

Y al olvidar eso tan importante, creemos que a los seres humanos Dios nos castiga o nos premia en esta vida. Y no es así. En realidad, Dios premia o castiga en la vida que nos espera después de morir.

De allí que el único castigo de Dios sea perderlo para siempre. En eso consiste la condenación eterna. Y, en realidad, no es Dios quien nos condena: somos nosotros mismos los que decidimos condenarnos, porque queremos estar en contra de Dios.

Así que lo que llamamos “castigos” de Dios, son regalos que nos da El con miras a la Vida Eterna. Pueden bien ser advertencias que El nos hace para que tomemos el camino correcto, para que nos volvamos hacia El, para que nos enrumbemos hacia la salvación y no hacia la condenación.

También es importante tener en cuenta que el demonio está muy interesado en distorsionar en nuestra mente cada situación de sufrimiento, para hacerlo ver como algo que Dios ha hecho para hacer daño al alma. Sabemos que el plan de Dios es atraer a todas las almas al Cielo. Y el plan del demonio es llevar a todas las almas que pueda al Infierno; y, dentro de esa estrategia, pretende lograr que la mente humana no acepte, mucho menos comprenda, el plan de Dios para cada uno.

En todo caso, en el plan de Dios las cosas son muy distintas a como las vemos los seres humanos. El tiene toda la “visión de conjunto” -como pudiéramos decir en lenguaje actual- pues El es un ser infinito en todas sus cualidades. Y, entre otros atributos, Dios es infinitamente bueno, infinitamente justo e infinitamente sabio. Nosotros, en cambio, tenemos una visión muy, muy incompleta, acorde -por supuesto- con nuestra limitada naturaleza humana.

¿Hemos pensado alguna vez, por ejemplo, que a veces hemos recibido favores de Dios que no nos merecemos? Lo mismo puede aplicarse en el sentido contrario con relación al sufrimiento: a veces lo merecemos y a veces, a nuestro modo de ver, tal vez no.

Y las cosas son así, porque en la justicia divina ni el sufrimiento en esta vida es proporcional a la culpa, ni el premio en esta vida es proporcional a los méritos. Dios es el que sabe; nosotros no sabemos nada.

(fuente: www.homilia.org)

viernes, 25 de diciembre de 2009

"Hoy les ha nacido en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor"

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (Lc 2,1-14)

Por aquellos días, se promulgó un edicto de César Augusto, que ordenaba un censo de todo el imperio. Este primer censo se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a empadronarse, cada uno en su propia ciudad; así es que también José, perteneciente a la casa y familia de David, se dirigió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, para empadronarse, juntamente con María, su esposa, que estaba encinta.

Mientras estaban ahí, le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando por turno sus rebaños.

Un ángel del Señor se les apareció y la gloria de Dios los envolvió con su luz y se llenaron de temor: El ángel les dijo: "No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre". De pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: "¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!".

Palabra del Señor.
Gloria a ti Señor Jesús.

Muchos de nosotros quizás ha escuchado este bello relato en no pocas oportunidades. Su significación es tan profunda como crucial para la humanidad entera: Dios se hace uno de nosotros para salvarnos del pecado.

Cada 25 de diciembre contemplamos a Dios Todopoderoso y Eterno que se hace un bebé, frágil y vulnerable, como todos nosotros que alguna vez lo fuimos apenas nacimos.

Por el lugar geográfico en donde se dieron estos hechos y por la época en que habían pastores que llevaban a pastar a sus ovejas, es casi seguro que Jesús, en realidad, no nació un 25 de diciembre. Lo importante de esta fecha es que nustros corazones tengan su mirada puesta en este hecho tan simple como trascendental.

El Cielo entero estalla de gozo porque Dios cumple la promesa que hizo siglos atrás: envía al Ungido, al Mesías que tomará sobre si mismo a los pecados del mundo para darnos Vida Nueva.

Cada año repetimos el rito de conmemorar el Nacimiento de Jesucristo. Si lo dejamos, Dios puede nacer siempre nuevamente en nuestro corazón: Él es siempre el mismo pero es siempre Nuevo. Navidad es un tiempo hermoso que empieza con el Adviento, tiene su culmen en el 25 de diciembre y llega hasta la Epifanía del Señor. Es una bella ocasión para dar gracias Dios, para alabar al Señor por haberse comprometido hasta el extremo por todos y cada uno de nosotros.

domingo, 20 de diciembre de 2009

"¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!"

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (Lc 1, 39-45)

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor".

Palabra del Señor.
Glotia a Tí, Señor Jesús

Termina el Adviento y ya llega la Navidad. Ya nace el Redentor del mundo en Belén, esa “pequeña entre las aldeas de Judá”. Pero, dice la profecía de Miqueas (Mi. 5, 1-4) “de ti saldrá el jefe de Israel, cuyos orígenes se remontan a los días más antiguos”. La profecía hacía alusión al Mesías, a su origen antiguo (eterno), por lo tanto a su divinidad. Y también a la omnipotencia y grandeza de Dios: “la grandeza del que ha de nacer llenará la tierra y El mismo será la Paz”.

Los israelitas sabían que el Mesías debía nacer en Belén. Prueba de ello es que cuando los Reyes Magos llegan a Jerusalén preguntando por El, los sumos sacerdotes refirieron al Rey Herodes esta profecía de Miqueas (cfr. Mt. 2, 1-6). Suponemos, entonces, que la Virgen y San José conocían esta profecía y que el viaje obligado de José a Belén para el censo, les daría una certeza adicional de que Quien nacería del seno de la Virgen, era verdaderamente el Mesías.

La profecía también anunciaba a María, la Madre del Redentor. “Si Yahvé abandona a Israel, será sólo por un tiempo, mientras no dé a luz la que ha de dar a luz”. María, la que habría de dar a luz, preanunciada desde el comienzo de la Escritura (Gn. 5, 30) como la que aplastaría la cabeza de la serpiente con su descendencia divina, es la Madre del Mesías. Además es la vencedora del Demonio por su fe y su entrega a Dios. María era simple criatura de Dios, adornada -es cierto- de dones inmensos, pero tuvo que tener fe y tuvo que dar su sí. Y con su fe y con su sí se realizó el más grande milagro: Dios se hace Hombre y nos rescata de la esclavitud del Demonio.

“Dichosa tú que has creído que se cumpliría cuanto te fue anunciado de parte del Señor” (Lc. 1, 39-45). Son palabras de Santa Isabel, la prima de la Virgen, cuando María llegó a visitarla. No son superfluas estas palabras. Con ellas la prima alaba la fe de la Virgen, una fe que no todo el mundo tenía. Isabel lo sabía de sobra, pues su marido, Zacarías, no había creído lo que el Angel le había anunciado a él sobre la concepción milagrosa de su hijo, San Juan Bautista, el Precursor del Mesías, cuando Isabel, conocida como estéril, no estaba ya en edad de concebir. Por eso Zacarías quedó mudo hasta después del nacimiento de Juan, por no haber creído que lo anunciado se cumpliría. (cfr. Lc. 1, 5-25 y 57-80).

La fe es muy importante en nuestro camino hacia Dios. ¿Qué hubiera pasado si María no hubiera creído, si hubiera sido racionalista, incrédula, desconfiada? De allí que la primera cualidad en imitar de la Virgen es su fe en Dios, en que todo es posible para Dios, aún lo más increíble, tan increíble como lo que a Ella sucedió, que sin conocer varón, el Espíritu Santo la haría concebir a Dios mismo en su seno, en forma de bebé. Increíble, pero “para Dios nada es imposible” (Lc. 1, 37).

Lo segundo en María es su entrega a la Voluntad de Dios. Después de conocer lo que Dios haría, la Virgen se entrega en forma absoluta a los planes de Dios: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38).

Estas palabras con las que la Virgen hace su entrega a Dios recuerdan las del Salmo 40, 8, que Ella seguramente conocía: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. San Pablo también las retoma cuando habla del sacrificio de Cristo y pone a Cristo a decir: “No te agradan los holocaustos ni los sacrificios ... entonces dije -porque a Mí se refiere la Escritura: ‘Aquí estoy, Dios mío; vengo a hacer tu voluntad” (Hb. 10, 5-10).

Fe y entrega a la Voluntad de Dios, tanto en la Madre como en el Hijo, son condiciones indispensables para seguirlos, para que se cumpla en nosotros lo que Dios nos ha prometido y lo que nos trae en Navidad: nuestra salvación.

(fuente: www.homilia.org)

viernes, 18 de diciembre de 2009

María nos acompaña a la Navidad

Quien más espera y anhela el nacimiento del bebé es, ordinariamente, la mamá, pues ella lo ha estado sintiendo crecer en su interior. Más todavía, el vínculo no es sólo físico, sino también afectivo y espiritual.

La Virgen María es la que más espera la Navidad, el Nacimiento de Cristo Jesús. Tras el «sí» que le hizo a Dios en el diálogo que tuvo con el Arcángel Gabriel, ella paulatinamente empezó a sentir dentro de su cuerpo cómo empezó a formarse el cuerpecito de Jesús.

Sabemos que María quedó embarazada sin participación de varón; pero la gestación de Jesús se realizó según el proceso natural. De modo que el óvulo fecundado por el Espíritu Santo, rápidamente se fue desarrollando en su multiplicación celular, hasta llegar a sentir María la presencia de un nuevo cuerpo humano dentro del suyo, con todas las emociones que esto significa para la mamá. José no hallaba qué actitud asumir ante el hecho, pensando dejar a María en secreto, hasta que Dios le avisa que no dude en aceptar a María y lo que ha sucedido en ella. José mismo tendrá parte en esta misión.

María había ofrecido a Dios su virginidad; ella no se imaginaba que Dios le aceptaría dicha ofrenda, pero también le regalaría la maternidad. ¡Y qué maternidad: ser la madre del Mesías, largamente esperado!. Así, María sintetiza y plenifica la esperanza del pueblo de Israel, anunciada por los profetas, el último de ellos Juan Bautista. Los diversos títulos con que la aclamamos en estos días, entran de lleno en el espíritu del Adviento: Inmaculada Concepción, Virgen de Juquila, Nuestra Señora de Guadalupe.

Oh María, llena de gracia, preservada de todo pecado desde el primer instante de tu concepción, abogada de gracia y ejemplo de santidad, intercede por nosotros ante tu Hijo, para que seamos santos e irreprochables a sus ojos, por el amor, acogiendo y celebrando el don de la vida humana, desde su concepción hasta su término natural.

Madre de Guadalupe, que desciendes al Tepeyac para entregarnos a tu Hijo, te nos das como Madre y nos acoges en tu regazo, recibe este pueblo tuyo y derrama todo tu amor, compasión, auxilio y defensa. Ayúdanos a escuchar a tu Hijo Cristo Jesús, a seguirlo como discípulos perseverantes y anunciarlo como ardorosos misioneros. Con tu intercesión, queremos profundizar en nuestra fe y buscar el progreso de nuestra patria por caminos de justicia y de paz.

María, Madre Buena, queremos caminar contigo y crecer en la esperanza que nos lleva a la Navidad, para celebrar gozosos el fruto bendito de tu vientre, Jesús.

artículo escrito por
+ Rodrigo Aguilar Martínez
Obispo de Tehuacán

(fuente: http://www.elobservadorenlinea.com/)

jueves, 17 de diciembre de 2009

"Espíritu" Navideño: el engaño de la New Age

Conocemos la disposición de ánimo y el ambiente festivo que es común en los días navideños y pre-navideños. Y a esta tendencia característica propia de la época solemos llamar espíritu navideño o espíritu de la navidad.

Sin embargo, la palabra espíritu tiene también otras varias acepciones. Entre las 12 que da el Diccionario Larousse están dos muy interesantes en relación al tema que estamos tratando: “sustancia incorpórea”, “ente imaginario”.

Y es así como una nueva moda de un tal “espíritu de la navidad” se nos ha estado colando aún entre los católicos. Algunos de entrada toman el término como esa actitud festiva individual y social propia de los días navideños, para luego darse cuenta de que realmente se trata de una figura que puede catalogarse más bien dentro de los otros dos significados que nos da el Diccionario.

Y ¿qué se pretende con la introducción de ese tal “espíritu de navidad”? Sencillamente desviar el significado de la Navidad, que es el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, hacia esta nueva figura llamada “el espíritu de la navidad”.

Porque estamos ante una delicada situación, el Señor Arzobispo de Caracas dijo lo siguiente en su Exhortación Pastoral para la Navidad de 1996: "Hay que alertar a todos los fieles en general y hombres de buena voluntad para que no se dejen desviar hacia concepciones y prácticas que tratan de cambiar el rostro de la Navidad y eliminar el espíritu cristiano de la misma".

Lo que se ha dado en llamar últimamente “espíritu de la navidad” es un conjunto de enseñanzas sutiles y de prácticas ingeniosas que tratan de apartar a las familias y a los grupos en general de una celebración centrada en el nacimiento del Hijo de Dios y de desviar el significado de la fiesta navideña hacia la contemplación de figuras fantasmagóricas ...

La Navidad es la celebración del Nacimiento de Dios-hecho-Hombre, de ese bebé concebido milagrosamente por el Espíritu Santo -el Espíritu de Dios- en el vientre virgen de María, que nace también milagrosamente en una cueva en Belén de Judá, como había sido predicho por los profetas del Antiguo Testamento (Isaías 7, 14 y 9, 5).

El supuesto “espíritu de la navidad” nada tiene que ver con la Navidad Cristiana. Es otra forma de corromper el mensaje cristiano en aquello que tiene de básico y fundante como es la Encarnación del Hijo de Dios y su obra redentora. (De la Exhortación Pastoral del Monseñor Ignacio Velasco, Arzobispo de Caracas para la Navidad 1996)

Por esto debemos estar alerta ante una navidad a lo new age, que se nos trata de introducir a través de esta nueva moda: “el espíritu de la navidad”. Proveniente del ocultismo y apoyándose en costumbres paganas, se ha creado una figura que pretendidamente trae a lo largo del año lo que se le pida en un día específico antes de la fecha de Navidad.

Lo que se busca con esto es sustituir el sentido cristiano de la Navidad por ceremonias y prácticas provenientes del ocultismo y del espiritismo, pero bien disfrazadas de provechosas, espirituales y aparentemente cristianas.

Es el mismo engaño de todas las ideas y prácticas del New Age: presentar un error teñido de verdad, presentar un peligro vestido de provecho, presentar una idea anti-cristiana coloreada de cristianismo.

En el caso del tal “espíritu de navidad”, se ofrece como principal atractivo la posibilidad de que se realicen sueños y deseos y de que se nos dé cuanto pidamos. Pero ... ¿se dan cuenta quienes se sienten atraídos por esta costumbre engañosa de que pueden estar cayendo en prácticas que vienen del espiritismo?

Porque ... ¿qué es, si no, invocar y escribir a un “espíritu”? Y ...¿quiénes son los “espíritus” que están prestos a complacer a los hombres en sus deseos y sueños temporales? Los espíritus de Dios (Angeles y almas de los Santos que están en el Cielo) no son más que servidores de Dios para la salvación de los hombres (cfr. Hb. 1,14), encargados de las órdenes de Dios y atentos a la voz de Su palabra (cfr. Sal. 103, 20-21).

Los espíritus de Dios sirven sólo a Dios y -si Dios así lo dispone- pueden servir a los hombres en los designios salvíficos que El tenga para nosotros (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica #350).

Los espíritus de Dios no están para complacernos a los hombres en nuestros deseos, sueños, caprichos o necesidades creadas. Están al servicio de Dios y -sólo si Dios lo desea- pueden estar al servicio de los hombres para fines tendientes a nuestra salvación.

Lo que sucede es que el jefe de los espíritus que no son de Dios es el llamado en el Evangelio el amo o príncipe de este mundo (Jn. 12, 31-14, 30 y 16, 11) y, como tal, tiene cierto poder sobre las cosas del mundo. Pero también es, según el Evangelio, el inventor o padre de la mentira (Jn. 8, 44), que aparenta ser ángel de luz (2a. Cor. 11, 14) para engañar y que, además, desea ser adorado por nosotros y adueñarse de nosotros a cambio de lo poco que a veces pueda otorgar.

Si tuvo la osadía de tentar al mismo Dios -a Jesucristo- para tratar de desviarlo de la misión que Dios-Padre le había encomendado (cfr. CIC #394), proponiéndole: “Te daré poder y te entregaré riquezas, si te arrodillas delante de mí” (Mt. 4, 8-9 y Lc. 4, 6-7) ... ¿qué no intentará con nosotros los hombres para desviarnos del camino que nos lleva a Dios?

“En esta época de tantas confusiones es necesario que nosotros los cristianos tengamos un sentido claro de nuestra fe ... El supuesto espíritu de la navidad nada tiene que ver con la Navidad Cristiana. Es otra forma de corromper el mensaje cristiano” (De la Exhortación Pastoral para la Navidad 1996 de Mons. Ignacio Velasco, Arzobispo de Caracas).

(fuente: www.buenanueva.net)

martes, 15 de diciembre de 2009

Benedicto XVI nos habla sobre el Adviento




"Adviento
es un tiempo litúrgico
que nos invita
a detenernos en silencio
para percibir una presencia”.


(S.S. Benedicto XVI)

lunes, 14 de diciembre de 2009

El Adviento de María

El Señor quiso preparar el corazón de los justos del Antiguo Testamento con las condiciones necesarias para recibir al Mesías. Entre más estuvieran llenos de fe y confianza en las promesas recibidas, mas llenos de esperanza por verlas realizadas y mas ardieran de amor por el Redentor, mas listos estaban para recibir la abundancia de gracias que el Salvador traería al mundo. A medida que pasaba el tiempo, Dios iba preparando con mayor intensidad a su pueblo, derramando gracias, hablando, despertando mas el anhelo de ver al Salvador y levantando hombres y mujeres que prefiguraban a quienes estarían en relación directa con el Salvador en su venida.

¿Quien es la que ha esperado en perfección la venida del Salvador? La Virgen Santísima.

Toda esta preparación de Dios a su pueblo alcanza su culmen en la Santísima Virgen María, la escogida para ser la Madre del Redentor. Ella fue preparada por el Señor de manera única y extraordinaria, haciéndola Inmaculada. Tanto le importa a Dios preparar nuestros corazones para recibir las manifestaciones de su presencia y todas las gracias que Él desea darnos, que vemos lo que hizo con la Santísima Virgen María.

Ella, fue concebida inmaculada, sin mancha de pecado, sin tendencias pecaminosas, sin deseos desordenados, su corazón totalmente puro, espera, ansía y añora solo a Dios. Toda esa acción milagrosa del Espíritu Santo en ella tuvo un propósito, prepararla para llevar en su seno al Salvador del mundo. Eso es lo que requiere ser la Madre del Salvador.

Si entre mas fe en las promesas, mas esperanza en verlas realizadas y mas ardiente amor hacia el Salvador hacía a un corazón mas capaz de recibir al Señor, imagínense la intensidad de la fe, la esperanza y la caridad que residían en el corazón de María que lo hizo capaz de concebir en su seno al Hijo de Dios.

El Adviento de la Virgen María está marcado por las tres grandes virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad.


LA FE DE LA VIRGEN MARIA:

La Fe es la virtud por la cual creemos firmemente en las verdades que Dios ha revelado. "La fe es la garantía de los bienes que se esperan, la certeza de las realidades que no se ven" (Heb. 11,1).

La fe es una virtud infusa o sea dada por Dios directamente en el alma. Pero hay que alimentarla y hacerla madurar a través de nuestros actos de obediencia y confianza. Creer nunca ha sido fácil, ya que siempre implica una renuncia a las medidas propias para aceptar la medida de Dios, que es infinitamente superior a las nuestras.

La Virgen Santísima, tuvo una fe ejemplar. No ha existido criatura alguna que se pueda comparar a la fe de Nuestra Madre, ya que su vida requirió de su corazón una fe heroica capaz de poder responder en plenitud al misterio al cual se le llamó y en el cual siempre viviría.

Según el Evangelista San Lucas, la Virgen María se mueve exclusivamente en el ámbito de la fe.


La fe de María en la Anunciación:

Desde el saludo: "Ave, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc. 1,18), requiere fe pues el ángel le presentaba toda una identidad de la que ella no estaba consciente. Es por eso que leemos que María se turbó ante aquellas palabras. La razón es porque el ángel la invita a darse cuenta de lo privilegiada que había sido por Dios y de lo sublime que era la elección de Dios hacia ella. Solo la fe le permite aceptarse por lo que el ángel le dice que es en el plan de Dios: La llena de gracia. La fe de María la lleva a aceptar con humildad el misterio de su propio ser, ya que ella es situada en un lugar singular para una criatura humana.

Fe para creer que su Hijo, sería llamado hijo del Altísimo. El Dios hecho hombre, la Palabra encarnada.

La pregunta de María: "¿y cómo será esto pues no conozco varón?" no es una duda, o falta de fe, sino como muchos padres de la Iglesia concuerdan en decir, María aparentemente había hecho un voto de virginidad y aunque estaba desposada con José de hecho no intentaba romper su voto. Y es por eso la pregunta, pues ella debía oír de Dios como se daría esta concepción siendo ella virgen, ya que humanamente su maternidad era imposible. Pero es precisamente este camino de la imposibilidad el que Dios elige para demostrar que en realidad para Dios todo es posible.

La fe se convierte para María en la única medida para abrazar no solo su propio misterio, sino el de su mismo hijo: un puro don que Dios le ha dado no para su gozo o su exaltación, sino para el bien de todos.

Las palabras con que la Virgen María da su asentimiento: "Hágase en mi según su palabra", nos revelan la consciente aceptación de su función, ante el desafío de una realidad y de un conjunto de acontecimientos que están mas allá de la medida de la inteligencia, y los pensamientos humanos. Y esta respuesta solo la pudo dar un corazón lleno de fe.

"He aquí la esclava del Señor" esta es una profunda confesión de humildad y obediencia, pero sobre todo de confianza total en la palabra de Dios que, precisamente porque no encontrara el mas mínimo obstáculo o una sombra de vacilación en el corazón de María, se convertirá de manera absoluta en palabra creadora. ("la Palabra se hizo carne"). Ella creía tanto en la Palabra de Dios, que se hizo carne en su seno virginal. Si tuvieran fe como grano de mostaza, nos dijo el Señor, dirían a las montañas muévete y se moverían. Que clase de fe la de María Santísima que alcanzó ese inexplicable milagro: una concepción virginal....

San Agustín: "Ella concibió primero en su corazón (por la fe) y después en su vientre".

María escucha plenamente, acoge y medita dentro de su corazón, para dar fruto. Esta palabra, que requiere fe, disponibilidad, humildad, prontitud, es aceptada tal como se deben acoger las cosas de Dios. En María debemos reconocer las palabras de Jesús: "Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" (Luc. 11,27) Por lo tanto, la maternidad de María no es solo ni principalmente un proceso biológico. Es ante todo el fruto de la adhesión amorosa y atenta a la palabra de Dios.

Cuando María dijo: "Hágase en mi según su Palabra", dio su consentimiento no solo a recibir al Niño, sino un sí a todo lo que conllevaba el ser la Madre del Salvador. Este consentimiento de María pone de relieve la calidad excepcional de su acto de fe. Fe: es ante todo conversión, o sea, entrar en el horizonte de Dios, en la mente de Dios, en los pensamientos de Dios y de sus obras.

En el Cántico del Magníficat: Isabel dice a la Virgen María: "Bienaventurada por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor" (Lc. 2:45), e inmediatamente después María responde a ese reconocimiento de su fe, con el cántico del Magníficat, que considero es un canto de fe profunda, que fluye de un corazón auténticamente humilde. Pues la fe solo nace en un corazón humilde y sencillo.

"Miró con bondad la humillación de su sierva" -Solo reconociéndose nada es que puede apreciar y a la vez necesitar fe para creer en las maravillas que Dios había hecho y haría con ella.

"En adelante me felicitaran todas las generaciones" -Fe de que la vida plena en Dios da frutos abundantes.

"El Poderoso ha hecho grandes cosas en mí" -Fe de que Dios interviene en la vida de sus hijos.

"Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen". Y empieza a describir lo que por fe sabe que Dios hará con su pueblo.


En el nacimiento de Jesús

Todos los demás acontecimientos de la vida de María Santísima pueden comprenderse tan solo a la luz de la fe, que le hace palpar el sentido de las cosas y el signo de la presencia de Dios incluso en donde, humanamente, podía parecer que no había ningún sentido o que Dios se había ocultado de alguna manera.

Pensemos en la extrema pobreza....¿no era también una prueba para la fe de María, a quien el ángel había anunciado el nacimiento del Mesías, un Mesías Rey tan pobre que ni siquiera tenia casa propia y que recibía tan solo el homenaje de unos humildes pastores? ¿ En que consistía entonces ese reino que había mencionado el ángel? ¿No se habría engañado ella al interpretar esas palabras?

Las apariencias parecerían desmentir su fe; pero es por eso que "María guardaba todas las cosas en su corazón", porque quería a través de la fe descubrir la profundidad de las cosas y llegar incluso a creer con mas intensidad. Este guardar todas las cosas en su corazón, era una búsqueda honesta del sentido de los acontecimientos que ella se empeña en explorar porque esta segura de que Dios no puede haberla engañado ni puede dejarla desamparada.

(fuente: www.corazones.org)

domingo, 13 de diciembre de 2009

Viene llegando Jesús

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (Lc 3, 10-18)

En aquel tiempo, la gente le preguntaba a Juan el Bautista: "¿Qué debemos hacer?" Él contestó: "Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo". También acudían a él los publicanos para que los bautizara, y le preguntaban: "Maestro, ¿qué tenemos que hacer nosotros?" El les decía: "No cobren más de lo establecido". Unos soldados le preguntaron: "Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?" Él les dijo: "No extorsionen a nadie ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario".

Como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles: "Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue".

Con éstas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva.

Palabra del Señor.
Gloria a ti Señor Jesús.

Ya estamos en el Tercer Domingo del Adviento, ¡cada vez más cerca de la Navidad!.

Para este domingo, antes de que Jesús se manifestar a su pueblo como el Hijo de Dios, vemos como Juan Bautista predicaba la venida del Mesías instando a su gente a cambiar su conducta, a abandonar el pecado para que sus corazones estén listos para recibir a Dios.

Juan fue el primer apóstol del Cristo, el primero en salir a anunciarlo, el primero en jugarse por Cristo hasta la muerte. En ningún momento Juan quiso ponerse por encima de su Maestro: él tenía bien en claro su misión en el Plan de Dios y por eso dejaba en claro que él no era el Salvador que Dios había prometido durante siglos.

El bautismo de Juan era un signo de preparación para la llegada de Jesucristo. Juan lo explica para no dejar lugar a dudas y ahí anuncia el Bautismo que Jesús nos dejará a todos los seres humanos de todos los tiempos, que será con el mismo Espíritu Santo. Habla también de como Jesús les dará la salvación eterna a aquellos que obren según los designios de Dios y separará a aquellos que le den la espalda.

Por estos tiempos de relativismo, muchos quieren creer que no existe el infierno, que Dios "salva a todos" por lo que muchos optan por relajar su moral y no preocuparse por evitar el pecado ni procurar acercarse a Dios a través de la Lectura de la Palabra y los Sacramentos. En esta lectura, como en otros pasajes bíblicos, se habla claramente del infierno: El granero al que se hace referencia es el Cielo, mientras los otros serán "quemados en un fuego que no se extingue", haciendo una clara alusión a la real existencia de ese lugar espiritual de condenación eterna.

Seguimos transitando este tiempo de Adviento, en donde debemos ir preparando nuestros corazones para celebrar dignamente el Nacimiento de Jesús y es muy bueno tomar estas recomendaciones de Juan Bautista, que nos propone dejar aquellos pecados de los que nos cuesta zafar. Es cuestión de poner voluntad y dejarse moldear por Dios: solo en Él, por Él y con Él podemos vencer todo pecado. ¡Ánimos!

sábado, 12 de diciembre de 2009

Oración a Nuestra Señora de Guadalupe Patrona de México y Emperatriz de las Américas



"Madre Santísima de Guadalupe. Madre de Jesús,
condúcenos hacia tu Divino Hijo por el camino del Evangelio,
para que nuestra vida sea el cumplimiento generoso
de la voluntad de Dios
Condúcenos a Jesús,
que se nos manifiesta y se nos da en la Palabra revelada
y en el Pan de la Eucaristía
Danos una fe firme,
una esperanza sobrenatural
una caridad ardiente
y una fidelidad viva
a nuestra vocación de bautizados.
ayúdanos a ser agradecidos a Dios,
exigentes con nosotros mismos y llenos de amor
para con nuestros hermanos.

Amén"

Nican Mopohua: texto original del relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe

En orden y concierto se refiere aquí de qué maravillosa manera se apareció poco ha la siempre Virgen María, Madre de Dios, Nuestra Reina, en el Tepeyac, que se nombra Guadalupe.

Primero se dejó ver de un pobre indio llamado Juan Diego; y después se apareció su preciosa imagen delante del nuevo obispo don fray Juan de Zumárraga. También (se cuentan) todos los milagros que ha hecho.

PRIMERA APARICIÓN

Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo paz entre los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive. A la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales aún todo pertenecía a Tlatilolco.

Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyácac amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitosos, sobrepujaba al del COYOLTOTOTL y del TZINIZCAN y de otros pájaros lindos que cantan.

Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: "¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño? ¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿Acaso ya en el cielo?"

Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto celestial y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían: "Juanito, Juan Dieguito".

Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario, muy contento, fue subiendo al cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.

Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que se posaba su planta flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba la tierra como el arco iris.

Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.

Se inclinó delante de ella y oyó su palabra muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima mucho. Ella le dijo: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?" Él respondió: "Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de nuestro Señor".

Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad, le dijo: "Sabe y ten entendido, tú, el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra.

Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.

Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado y lo que has oído.

Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo".

Al punto se inclinó delante de ella y le dijo: "Señora mía, ya voy a cumplir tu mandado; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo" Luego bajó, para ir a hacer su mandado; y salió a la calzada que viene en línea recta a México.

Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, que era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba don fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco. Apenas llegó, trató de verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle y pasado un buen rato vinieron a llamarle, que había mandado el señor obispo que entrara.

Luego que entro, se inclinó y arrodilló delante de él; en seguida le dio el recado de la Señora del Cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su recado, pareció no darle crédito; y le respondió: "Otra vez vendrás, hijo mío y t e oiré más despacio, lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido".

Él salió y se vino triste; porque de ninguna manera se realizó su mensaje.


SEGUNDA APARICIÓN

En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrillo y acertó con la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde la vio la vez primera.

Al verla se postró delante de ella y le dijo: "Señora, la más pequeña de mis hijas, Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandado; aunque con dificultad entré a donde es el asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, así como me advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, pareció que no la tuvo por cierto, me dijo: "Otra vez vendrás; te oiré más despacio: veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido..."

Comprendí perfectamente en la manera que me respondió, que piensa que es quizás invención mía que Tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual, te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje para que le crean porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro.

Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía". Le respondió la Santísima Virgen: "Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad.

Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por enero mi voluntad, que tiene que poner por obra el templo que le pido.

Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía”. Respondió Juan Diego: ”Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandado; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino.

Iré a hacer tu voluntad; pero acaso no seré oído con agrado; o si fuere oído, quizás no se me creerá. Mañana en la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a dar razón de tu mensaje con lo que responda el prelado. Ya de ti me despido, Hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora. Descansa entre tanto”.

Luego se fue él a descansar a su casa. Al día siguiente, domingo, muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatilolco, a instruirse en las cosas divinas y estar presente en la cuenta para ver enseguida al prelado.

Casi a las diez, se presentó después de que oyó misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor obispo. Apenas llegó, hizo todo empeño por verlo, otra vez con mucha dificultad le vio: se arrodilló a sus pies; se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la Señora de Cielo; que ojalá que creyera su mensaje, y la voluntad de la Inmaculada, de erigirle su templo donde manifestó que lo quería.

El señor obispo, para cerciorarse, le preguntó muchas cosas, dónde la vio y cómo era; y él refirió todo perfectamente al señor obispo. Mas aunque explicó con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, no le dio crédito y dijo que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy necesaria alguna señal; para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del Cielo. Así que lo oyó, dijo Juan Diego al obispo: “Señor, mira cuál ha de ser la señal que pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del Cielo que me envía acá”. Viendo el obispo que ratificaba todo, sin dudar, ni retractar nada, le despidió.

Mandó inmediatamente a unas gentes de su casa en quienes podía confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando a dónde iba y a quién veía y hablaba. Así se hizo. Juan Diego se vino derecho y caminó por la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del puente Tepeyácac, lo perdieron; y aunque más buscaron por todas partes, en ninguna le vieron. Así es que regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque les estorbó su intento y les dio enojo.

Eso fueron a informar al señor obispo, inclinándole a que no le creyera, le dijeron que no más le engañaba; que no más forjaba lo que venía a decir, o que únicamente soñaba lo que decía y pedía; y en suma discurrieron que si otra vez volvía, le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más mintiera y engañara.


TERCERA APARICIÓN

Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor obispo; la que oída por la Señora, le dijo: “Bien está, hijo mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso e creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; ea, vete ahora; que mañana aquí te aguardo”.

Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió, porque cuando llegó a su casa, un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad, y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave.

Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera, y viniera a Tlatilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría. El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyácac, hacia el poniente, por donde tenía costumbre de pasar, dijo: “Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que llevase la señal al prelado, según me previno: que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo deprisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando”.

Luego, dio vuelta al cerro, subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo.


CUARTA APARICIÓN

Pensó que por donde dio vuelta, no podía verle la que está mirando bien a todas partes.

La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: “¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿Adónde vas?” ¿Se apenó él un poco o tuvo vergüenza, o se asustó?.

Juan Diego se inclinó delante de ella; y le saludó, diciendo: “Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos, venimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte.

Pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, Hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa”. Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro que ya sanó”.

(Y entonces sanó su tío según después se supo). Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la Señora del Cielo, se consoló mucho; quedó contento. Le rogó que cuanto antes le despachara a ver al señor obispo, a llevarle alguna señal y prueba; a fin de que le creyera.

La Señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrillo, donde antes la veía. Le dijo: “Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo, allí donde me vise y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; Enseguida baja y tráelas a mi presencia”.

Al punto subió Juan Diego al cerrillo y cuando llegó a la cumbre se asombró mucho de que hubieran brotado tantas variadas, exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo; estaban muy fragantes y llenas de rocío, de la noche, que semejaba perlas preciosas.

Luego empezó a cortarlas; las juntó y las echó en su regazo. Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes rosas que fue a cortar; la que, así como las vio, las cogió con su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole: “Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo.

Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo que fueras a cortar flores; y todo lo que viste y admiraste; para que puedas inducir al prelado a que te dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido”.

Después que la Señora del Cielo le dio su consejo, se puso en camino por la calzada que viene derecho a México: ya contento y seguro de salir bien, trayendo con mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de las manos, y gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores.

Al llegar al palacio del obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del prelado. Les rogó le dijeran que deseaba verle, pero ninguno de ellos quiso, haciendo como que no le oían, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían, que sólo los molestaba, porque les era importuno; y, además, ya les habían informado sus compañeros, que le perdieron de vista, cuando habían ido en su seguimiento.

Largo rato estuvo esperando. Ya que vieron que hacía mucho que estaba allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía algo que portaba en su regazo, se acercaron a él para ver lo que traía y satisfacerse.

Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que tría y que por eso le habían de molestar, empujar o aporrear, descubrió un poco que eran flores, y al ver que todas eran distintas rosas de Castilla, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se asombraron muchísimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy frescas, tan abiertas, tan fragantes y tan preciosas.

Quisieron coger y sacarle algunas; pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas; no tuvieron suerte, porque cuando iban a cogerlas, ya no se veían verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta.

Fueron luego a decir al obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas veces había venido; el cual hacía mucho que aguardaba, queriendo verle. Cayó, al oírlo el señor obispo, en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito. Enseguida mandó que entrara a verle.

Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje. Dijo: “Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad.

Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió: me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla.

Después me fui a cortarlas, las traje abajo; las cogió con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las diera. Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé; cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo miré que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla, brillantes de rocío que luego fui a cortar.

Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje. He las aquí: recíbelas”.

Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyácac, que se nombra Guadalupe.

Luego que la vio el señor obispo, él y todos los que allí estaban se arrodillaron; mucho la admiraron; se levantaron; se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y con el pensamiento.

El señor obispo, con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato. Cuando se puso de pie, desató del cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la señora del Cielo.

Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día más permaneció Juan Diego en la casa del obispo que aún le detuvo. Al día siguiente, le dijo: “Ea, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del Cielo que le erija su templo”.

Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo. No bien Juan Diego señaló dónde había mandado la Señora del Cielo que se levantara su templo, pidió licencia de irse.

Quería ahora ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino, el cual estaba muy grave, cuando le dejó y vino a Tlatilolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le dijo la Señora del Cielo que ya había sanado.

Pero no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa. Al llegar, vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía.

Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho.

Le respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y dispusiera, se le apareció en el Tepeyácac la Señora del Cielo; La que, diciéndole que no se afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se consoló, le despachó a México, a ver al señor obispo para que le edificara una casa en el Tepeyácac. Manifestó su tío ser cierto que entonces le sanó y que la vio del mismo modo en que se aparecía a su sobrino; sabiendo por ella que le había enviado a México a ver al obispo.

También entonces le dijo la Señora que, cuando él fuera a ver al obispo, le revelara lo que vio y de qué manera milagrosa le había sanado; y que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe.

Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera a informarle y atestiguara delante de él. A entrambos, a él y a su sobrino, los hospedó el obispo en su casa algunos días, hasta que se erigió el templo de la Reina del Tepeyácac, donde la vio Juan Diego.

El Señor obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo; la sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su bendita imagen.

La ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen.

(fuente: www.corazones.org)

viernes, 11 de diciembre de 2009

Benedicto XVI: "Qué alegría inmensa tener como Madre a María"

"Queridos hermanos y hermanas:

El 8 de diciembre celebramos una de las fiestas más hermosas de la bienaventurada Virgen María: la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Pero, ¿qué significa que María es "Inmaculada"? Y, ¿qué nos dice este título? Ante todo, hagamos referencia a los textos bíblicos de la liturgia de hoy, especialmente al gran "fresco" del capítulo tercero del libro del Génesis y a la narración de la Anunciación del Evangelio de Lucas. Después del pecado original. Dios se dirige a la serpiente, que representa a Satanás, la maldice y añade una promesa: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar" (Génesis 3,15). Es el anuncio de una revancha: Satanás en los primeros momentos de la creación, parece vencer, pero vendrá un hijo de mujer que le aplastará la cabeza. De este modo, mediante la estirpe de la mujer, el mismo Dios vencerá. Esa mujer es la Virgen María, de la que nació Jesucristo que, con su sacrificio, derrotó de una vez para siempre al antiguo tentador. Por este motivo, en tantos cuadros o estatuas de la Inmaculada, es representada aplastando a una serpiente con el pie.

El evangelista Lucas, por su parte, nos muestra a la Virgen María recibiendo el anuncio del mensajero celeste ( Cf. Lucas 1,26-38). Aparece como la humilde y auténtica hija de Israel, la verdadera Sión, en la que Dios quiere poner su morada. Es el retoño del que debe nacer el Mesías, el Rey justo y misericordioso. En la sencillez de la casa de Nazaret, vive el "resto" puro de Israel, del que Dios quiere hacer renacer a su pueblo, como un nuevo árbol que extenderá sus ramas por todo el mundo, ofreciendo a todos los hombres buenos frutos de salvación. A diferencia de Adán y Eva, María permanece en la obediencia a la voluntad del Señor, con todo su ser pronuncia su "sí" y se pone plenamente a disposición del designio divino. Es la nueva Eva, auténtica "madre de todos los vivientes", es decir, de quienes reciben por la fe en Cristo la vida eterna.

Queridos amigos: qué alegría inmensa tener por madre a María Inmaculada! Cada vez que experimentamos nuestra fragilidad y la sugestión el mal, podemos dirigirnos a Ella, y nuestro corazón recibe luz y consuelo. Incluso en las pruebas de la vida, en las tempestades que hacen vacilar la fe y la esperanza, pensemos que somos sus hijos y que las raíces de nuestra existencia se hunden en la infinita gracia de Dios. La misma Iglesia, aunque está expuesta a las influencias negativas del mundo, encuentra siempre en Ella la estrella para orientarse y seguir la ruta indicada por Cristo. María es de hecho la Madre de la Iglesia, como proclamaron solemnemente el Papa Pablo VI y el Concilio Vaticano II.

Por tanto, mientras damos gracias a Dios por este signo estupendo de su bondad, encomendemos a la Virgen Inmaculada a cada uno de nosotros, nuestras familias y comunidades, toda la Iglesia y todo el mundo. Lo haré yo también en la tarde de hoy, según la tradición, a los pies del monumento que se le dedica en la Plaza de España.

[Tras rezar el Ángelus, el papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo: ]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana y a quienes se unen a ella a través de la radio y la televisión. La Iglesia celebra hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima, tan arraigada en España y en los países latinoamericanos. La Purísima, como es denominada la Virgen en la liturgia de este día, fue preservada de toda mancha de pecado para ser digna morada del Cordero Inocente, abogada de gracia y ejemplo de santidad. Que el Señor nos conceda el don, por intercesión de la "llena de gracia", de purificarnos interiormente en este tiempo de Adviento para acoger con prontitud la venida de Cristo a nuestras vidas. Muchas gracias."

S.S. Benedicto XVI
Diciembre 8, 2009
(fuente:
www.zenit.org)

jueves, 10 de diciembre de 2009

III Campeonato del Reencuentro para Mallinistas en San Juan

Por tercer año consecutivo, en el Colegio Don Bosco de la Ciudad de San Juan, se desarrollará Campeonato de Fútbol para Mallinistas, tantos los que actualmente están participando activamente en el Movimiento, como aquellos que ya no están. La idea es compartir un momento agradable entre amigos y reecontrarse con otros.

Para esta oportunidad, además de Fútbol 5, se agregará Voley y un Concurso de Preguntas y Respuestas sobre Don Bosco que se llama "Miguelito". El evento tendrá lugar este fin des semana, entre los días 12 y 13 de diciembre en horario de tarde.

Para el fútbol, algunos equipos ya han confirmado su presencia, entre los que se destaca Dynamo, equipo que buscará retener el título brillantemente obtenido (Campeón invicto, goleador, valla menos vencida) el año pasado. Quizás sea el equipo a vencer.

Lo más importante será, sin dudas, reencontrarnos en le patio del Colegio y compartir un lindo momento.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

¿Qué nos enseña la Navidad?

La Navidad es una de las fiestas más importantes de la Iglesia porque en ella celebramos que el Hijo de Dios se hizo hombre para abrirnos las puertas del Cielo, para enseñarnos el camino para la vida eterna.

La Navidad es una de las fiestas más importantes de la Iglesia porque en ella celebramos que el Hijo de Dios se hizo hombre para abrirnos las puertas del Cielo, para enseñarnos el camino para la vida eterna.

La Navidad, a pesar de ser una fiesta cristiana, se ha popularizado en todo el mundo. Efectivamente, hasta los no creyentes celebran "las fiestas de diciembre", como se les dicen. Los regalos, los pinos adornados y los Santa Claus abundan en esta época y el gasto familiar se eleva a las nubes.

Por desgracia, el verdadero sentido de celebrar el nacimiento de Cristo se ha transformado en un mero intercambio de regalos, tal como lo hacían los paganos griegos y romanos para las fiestas de la Saturnalia, es decir, el inicio del invierno.

Un poco de historia

Emmanuel significa Dios con nosotros. La celebración de la Navidad nos recuerda que Dios no está lejos, sino muy cerca de nosotros. En Navidad, celebramos al Niño Jesús que es Hijo de Dios. En Él, Dios nos mostró su rostro humano, para salvarnos y amarnos desde la tierra.

Jesús es el Hijo unigénito de Dios, imagen perfecta del Padre, lleno de gracia y de verdad.

¿Qué nos enseña la Navidad?

La celebración de la Navidad es un momento privilegiado para meditar en el texto evangélico de San Lucas 2, 1-20, en donde se narra con detalle el Nacimiento de Cristo.

Podemos reflexionar las virtudes que encontramos en los diferentes personajes involucrados y luego, aplicarlas a nuestra vida:

→ María nos enseña a ser humildes, a aceptar la voluntad de Dios, a vivir cerca de Dios por medio de la oración, a obedecer a Dios y a creer en Dios.

→ José nos enseña a escuchar a Dios y hacer lo que Él nos diga en nuestra vida, aunque no lo entendamos y a confiar en Dios.

→ Jesús nos enseña la sencillez. A Dios le gusta que seamos sencillos, que no nos importen tanto las cosas materiales. Jesús, a pesar de ser el Salvador del mundo, nació en la pobreza.

→ Los pastores nos enseñan que la verdadera alegría es la que viene de Dios. Ellos tenían un corazón que supo alegrarse con el gran acontecimiento del nacimiento de Cristo.

El 25 de diciembre se celebra la Navidad. Dios se hizo hombre para abrirnos las puertas del Cielo y enseñarnos el camino para la vida eterna.

Jesucristo es luz, amor, perdón y alegría para todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

La Sagrada Familia nos da ejemplo de la aceptación de la Voluntad de Dios, viviendo con sencillez, humildad y alegría el nacimiento de Jesús en el Portal de Belén.

(fuente: www.catholic.net)

La espera del Señor en los personajes bíblicos del Adviento

por Fray Sergio Uribe G., Capuchino.

El Adviento celebra la manifestación del Señor. Esta manifestación salvadora de Dios exige una actitud, una postura de parte del hombre creyente. Los textos bíblicos que nos ofrecen las Misas del Adviento, como también las de la Liturgia de las Horas, son auténticos e ideales modelos de respuesta y de sensibilización ante las manifestaciones salvadoras del Señor.

Señalamos los principales personajes bíblicos del Adviento: Isaías, Juan Bautista, María, San José.

ISAÍAS, el hombre de la esperanza

* Su nombre hebreo sería Iesayaú, que traducido significa Yavé es ayuda, se siente llamado al profetismo más o menos a los 25 años de su edad y profetizará al Pueblo de Dios durante cuarenta años. Su misión fue difícil: debía anunciar a sus compatriotas la huida de Israel y de Judá, en castigo de las infidelidades e idolatrías de su pueblo.

* Recibió en el Templo de Jerusalén su vocación de profeta, Is 6, 1-13, y esa manifestación de Dios, muy calcada en el género literario de otras vocaciones bíblicas, lo marcó profundamente. Por una parte, Dios le muestra su grandeza y su trascendencia, la inmensidad de lo que Él es, el Santo de Israel, Yavé de los Ejércitos; y esta manifestación pone muy en claro la poquedad del elegido y la desproporción de sus potencialidades para desempeñar la difícil misión que le encomienda Yaveh. Estas dos realidades antagónicas, la trascendencia de Dios y su propia limitación e indignidad de su persona, marcarán a fuego todo el aporte y el servicio profético de Isaías y su lucha constante por lograr la pureza del Yavismo en Israel y la fidelidad a la Alianza.

* El ambiente político que le tocó vivir fue muy tenso y difícil por la amenaza constante y creciente de Asiria: La superioridad del enemigo es muy clara y, de nuevo, esa claridad ahonda aun más y pone de relieve la pobreza y la limitación del profeta y del pueblo.

* Frente a esta situación de incertidumbre se producen dos reacciones entre los judíos creyentes: una, la de los reyes y dirigentes del pueblo que buscan hacer alianzas y pactos con otros pueblos oprimidos para ver la manera de liberarse del invasor; la otra es la de Isaías y un número reducido de fieles que, partiendo del reconocimiento de su pobreza, ponen su confianza y su fe solamente en el Señor, en la certeza que será Él el único y el auténtico liberador.

* Isaías interpreta el peligro y la amenaza extranjera desde su punto de vista profético, y no como lo habría hecho un observador político: Es Dios el que habla y frente a este Dios que se manifiesta, hay que tomar algunas actitudes concretas para purificar nuestra relación con Él y para asumir el camino que el mismo Señor nuestra a su Pueblo.

Subrayamos algunas líneas de su enseñanza profética:

I - Frente al culto de Yaveh, amenazado por el formalismo ritual y la idolatría, Isaías proclama la trascendencia de Dios. Pero esa trascendencia que, por definición supone lejanía, superioridad, altura, en el Dios de Israel es cercanía, amistad, misericordia, protección: ¡Dios está cerca de Israel, lo cuida, lo sana, lo dirige, renueva alianza con él! Las dificultades de la esclavitud no deben oscurecer la certeza de que Yaveh es el que salva;

II - Frente a las injusticias y la opresión que los poderosos ejercían sobre los débiles del pueblo, Isaías proclamará un mensaje religioso y será la voz de Dios que llama y denuncia a los esclavizadores de sus hermanos, denuncia que buscará siempre la conversión del pecador y del injusto;

III - Para lograr esto Isaías predica la cercanía del Dios de la Alianza e invita a una confianza ilimitada en Yaveh, más bien en el amor providente de Yaveh. El Dios que ha estado escondido, aparecerá para calmar los dolores de su pueblo y para sanar sus heridas. Pero esto no se realizará sin la entrega confiada e incondicional del creyente: aunque la salvación viene de la bondad de Dios, la confianza de sus fieles será garantía y certeza de salvación.

* Volver al Señor, es el centro iterado y repetido de su predicación: Y la vuelta supone una renovación comprometida de la Alianza pactada en tiempos antiguos y que fue pisoteada por los infieles judíos, un volver de los ídolos a la intimidad con el Señor.

* Tal vez el mensaje y el modelo de Isaías podríamos resumirlo en estos puntos:

a) sustituir los criterios y las seguridades humanas por los ideales propuestos por Dios; confiar más en el Señor que en las ayudas de salvación que nos puedan venir de los hombres, de las instituciones, de los pactos con los poderosos;

b) redescubrir el verdadero rostro del Yaveh, despojarnos del concepto negativo que se tiene de Dios y descubrirlo como el Dios clemente, compasivo, misericordioso, siempre dispuesto a perdonar y comprender;

c) aceptar nuestra indigencia, nuestra falta de méritos, nuestra pobreza, como punto de partida en la vuelta a Dios; jamás uno que no se sienta indigente, saldrá de sí para pedir ayuda o perdón;

d) condiciones para lograr el reencuentro con Dios: La fe incondicional en el Señor; la confianza absoluta en su bondad y en sus promesas de salvación que, aunque hayan estado limitadas por el castigo, este castigo era el correctivo necesario para el pueblo lograra comprender la bondad salvadora de Yaveh.

* Textos bíblicos: Vocación de Isaías Is 6, 1-12;
La promesa de salvación, Is 32, 15 al 33, 6;
Dios se manifiesta salvando, Is 61, 1-3.

JUAN BAUTISTA, el predicador de la conversión.

* Es otro de los modelos bíblicos clásicos del Adviento. Es santificado por Cristo en el seno de su madre Santa Isabel aun antes de nacer. Lleva una vida austera y de profunda comunicación con Dios en el desierto. Adquiere conciencia clara de su rol de profeta y no de cualquier profeta, sino el que ha de señalar con su dedo al Mesías. Y eso lo hace descubrir, igual que Isaías, la trascendencia de Dios y la poquedad de su persona. Y toda esta experiencia la comparte con los israelitas en una predicación fuerte y valiente que lo lleva a desenmascarar la mentira y el vicio y a anunciar con entereza la conversión, la verdad y el bien hasta el supremo sacrificio.

* Por esta conciencia de la trascendencia de Dios y de su propia poquedad es que se declara indigno hasta de desatar la correa de las sandalias de Jesús. Es necesario que el Mesías crezca y Juan mengue ante Él. No quiere bautizar a Cristo.

* Hombre de profunda fe y de valiente compromiso en el seguimiento de su vocación. Hasta dar su vida por los valores y por la verdad que predica.

* Pero su fe sufre la prueba: Mt 11, 1-6. Se siente desconcertado [¿defraudado?] por la pobreza de Jesús, por sus medios demasiado simples o rutinarios: Cristo asume como discípulos a hombres de poco cultura; predica a los sencillos y se pelea con los dirigentes del pueblo judío; su lenguaje es demasiado simple. Y esto desconcierta al Bautista, hombre profundamente anclado en las categorías religiosas israelitas y para quien era tan clara la trascendencia, la infinitud y la grandeza de Dios. En su concepto, el enviado de Yaveh no podía rebajarse tanto.

* Y en esa situación Juan Bautista acude a Cristo mismo: ¿Eres tú... o debemos seguir esperando?... Y la respuesta de Jesús fue el testimonio bíblico de las características del Mesías: hace oír a los sordos, hablar a los mudos, evangeliza a los pobres... Y Jesús añade una respuesta específica a Juan, al escandalizado Juan: ¡Dichoso el que no tomare de mí ocasión de tropiezo...!

* La trascendencia de Dios que tan clara era para el judío Juan lo llevó a no poder aceptar las formas de salvación encarnadas en Jesús. Y por haber acudido a Cristo en su duda e incertidumbre, recibió del Señor la confirmación de la fe. Y esta maduración y confirmación se logró cuando supo despojarse de su criterio religioso y humano; cuando aceptó el plan de manifestación simple y sencillo que Dios hacía a través de su Hijo; cuando se dio cuenta que Dios estaba cerca, muy cerca de quien lo busca.

* Así Juan Bautista, frente a la manifestación de Dios en Jesucristo, nos entrega varias lecciones:

a) Aceptar y apreciar la grandeza trascendente de Dios y nuestra poquedad, miseria y limitación. Nos enseña a ubicarnos delante de Dios, a asumir nuestro lugar y rol en la salvación que Dios quiere protagonizar en nosotros a través de su Hijo: Conviene que Él crezca...;

b) Tener sensibilidad ante el paso del Señor; saber descubrir su cercanía. Y cuando no logremos descubrirla, acudir al Señor para que sea Él quien ilumine el camino de nuestra fe y de nuestra experiencia con Él;

c) Tener una flexible capacidad de conversión, de acomodamiento a los planes de salvación que el Señor tiene para salvarnos, planes que no siempre coinciden con nuestros criterios y categorías. O más bien, que son siempre distintos y lejanos a los nuestros,

* Juan Bautista nos enseña, por una parte, que es necesario aceptar la humildad de la manifestación divina: ¡Dichoso el que no se escandalizare en mí! Y resulta también un admirable ejemplo de pobreza y limitación: Conviene que Él crezca y yo disminuya. Para llegar a Dios, Juan Bautista asumió dos actitudes de humildad: aceptó la pobreza de los medios de manifestación de Jesús y experimentó la cercanía de la Salvación, no sólo en forma pasiva en el seno de su madre, sino sobre todo en la aceptación dificultosa de los planes de Dios en su Hijo Jesucristo.

MARÍA, la mujer que oyó, meditó y vivió la Palabra

* El que logró realmente ser pobre del Señor pudo percibir la manifestación y la presencia salvadora de Dios en su vida. El Evangelio nos presenta a María, la Madre de Jesús, como una mujer dichosa por haber creído, por haber descubierto a Dios y por haberse sabido fiar de Él.

* El Evangelio nos la muestra en un proceso de esa aceptación y de este acercamiento al Dios que se le manifestaba. La Virgen escuchó meditó y vivió el contenido de la Palabra o manifestación de Dios a través de su Hijo.

* María escucha la Palabra. Y por esa razón fue dichosa. Tuvo estrecho contacto con su Hijo en el hogar de Nazaret, en donde Cristo vivía los contenidos que después, en los días de su vida pública, palabrizó; oyó atónita el mensaje del ángel el día de la Anunciación; escuchó la profecía que Simeón le hacía.

* Pero en la aceptación de la Palabra y en su proceso de fe, María también siguió el caminar corriente de todos los creyentes. Como no comprendía el sentido y la proyección de lo que escuchaba como manifestación del querer y de los planes de Dios, la Virgen meditaba y reflexionaba, guardaba en su corazón el mensaje de Dios.

* Y la grandeza de la Madre de la Iglesia consistió en vivir el contenido de esa manifestación de Dios, vivencia que no le fue fácil, sobre todo cuando veía la marginación que se hacía de su Hijo en los días de su vida pública, y más todavía cuando estaba de pie junto a la cruz de su Hijo, asumiendo su rol y viviendo su hora junto a Jesús Salvador. Así se constituyó en madre de los creyentes y medianera del pueblo de Dios.

* Frente a la nueva manifestación de Jesucristo como Salvador, que sacramentalmente celebramos en este Adviento, la Iglesia nos propone el modelo bíblico de María para que nosotros también asumamos este ejemplo de docilidad, docilidad que, en el itinerario de fe de la Virgen, no estuvo exenta de dudas e incertidumbres, pero que supo apoyarse en la bondad infinita del Dios que nos ama y que, por ese amor, nos salva en su Hijo.

SAN JOSÉ, el hombre justo

* No son muchos los datos que los Evangelios nos entregan de la vida y misión de San José. Pero afirman categóricamente que era un hombre justo, Mt 1, 19. Y descubrimos esa justicia en las actitudes que tomó frente a la difícil manifestación de los planes divinos.

* Es descendiente de la familia de David y a través de él llega la promesa mesiánica a Jesús. Jesús aparece legalmente como el Hijo de José y es, a través de esta característica, que Él asume el título y la prerrogativa bíblica de Hijo de David.

* El calificativo bíblico de justo solemos entenderlo ordinariamente con relación a una buena conducta moral. En el caso de San José su justicia radica más bien en su conformidad a la voluntad y al querer de Dios. Como María y como tantos otros fieles del Antiguo Testamento, José es el pobre del Señor, el hombre capaz de despojarse de sí mismo y de la lógica de sus criterios y planes para asumir en obediencia total la voluntad y los caminos de Dios. Por difíciles que éstos resulten.

* Es el hombre de la fe y de la obediencia incondicional que, aun con dificultades en la comprensión y en la ejecución de lo manifestado por Dios, se le mantiene fiel. Es el hombre justo que entra en diálogo existencial y siente y experimenta la cercanía de Dios.

(fuente: www.iglesia.cl)

martes, 8 de diciembre de 2009

"María es la estrella que guía a la Iglesia hacia Cristo", dijo Benedicto XVI

Al presidir el rezo del Ángelus hoy martes 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, el Papa Benedicto XVI resaltó que ella es verdaderamente Madre de la Iglesia y es además "la estrella para orientarse y caminar en la ruta indicada por Cristo".

Ante miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre explicó los pasajes bíblicos de la liturgia de hoy, en los que "luego del pecado original, Dios se dirige a la serpiente, que representa a Satanás, lo maldice y le hace una promesa: ‘pondré enemistad entre ti y la serpiente, entre su estirpe y la suya: ella te aplastará la cabeza y tu acecharás su calcañar’. Es el anuncio de una victoria: Satanás en los inicios de la creación parece estar mejor, pero habrá un hijo de mujer que le aplastará la cabeza. Así, mediante la estirpe de la mujer, Dios mismo vencerá".

Esa mujer, continuó el Papa, "es la Virgen María, de la cual ha nacido Jesucristo que, con su sacrificio, ha vencido una vez y para siempre al antiguo tentador. Por ello, en tantas imágenes o estatuas de la Inmaculada, Ella está representada en el acto de aplastar a una serpiente con sus pies".

El Santo Padre resaltó luego que en María, "la humilde y auténtica hija de Israel, verdadera Sión en donde Dios quiere poner su morada", se puede ver la obediencia; que la distingue de Adán y Eva, pues "permanece obediente a la voluntad del Señor, ya que toda ella pronuncia un ‘sí’ y se pone plenamente a disposición del divino designio. Es la nueva Eva, verdadera ‘madre de todos los vivientes’, de cuantos por la fe de Cristo reciben la vida eterna".

"¡Queridos amigos, qué alegría inmensa tener como Madre a María Inmaculada! Cada vez que experimentamos nuestra fragilidad y las sugestiones del mal, podemos dirigirnos a Ella. Y nuestro corazón recibe luz y consuelo. También en las pruebas de la vida, en las tempestades que hacen vacilar la fe y la esperanza, pensemos que somos hijos suyos y que las raíces de nuestra existencia van a lo profundo en la infinita gracia de Dios".

Seguidamente Benedicto XVI explicó que "la Iglesia misma, aún expuesta a los influjos negativos del mundo, encuentra en Ella la estrella para orientarse y seguir la ruta que le indica Cristo. María es en efecto la Madre de la Iglesia, como han proclamado solemnemente el Papa Pablo VI y el Concilio Vaticano II".

Por lo tanto, continuó, "mientras rendimos gracias a Dios por este signo estupendo de su bondad, encomendemos a la Virgen Inmaculada a cada uno de nosotros, nuestras familias y las comunidades, a toda la Iglesia y al mundo entero. Lo haré yo también esta tarde, según la tradición, a los pies del monumento dedicado a Ella, en la Plaza de España".

Tras saludar a los miembros de la Pontificia Academia de la Inmaculada, liderada por el Cardenal Andrea Maria Deskur, el Papa se dirigió a los presentes en la Plaza de San Pedro en diversos idiomas. En español el Papa recordó que "la Iglesia celebra hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima, tan arraigada en España y en los países latinoamericanos".

"La Purísima, como es denominada la Virgen en la liturgia de este día, fue preservada de toda mancha de pecado para ser digna morada del Cordero Inocente, abogada de gracia y ejemplo de santidad".

"Que el Señor nos conceda el don, por intercesión de la ‘llena de gracia’, de purificarnos interiormente en este tiempo de Adviento para acoger con prontitud la venida de Cristo a nuestras vidas. Muchas gracias", concluyó.

Fiesta de la Inmaculada Concepción: "He aquí la Esclava del Señor"

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (Lc 1, 26-38)

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María. Entró el Angel a donde ella estaba y le dijo: "Alégrate, llena de Gracia, el Señor está contigo".

Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.

El Ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y El reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin".

María le dijo entonces al Ángel:"¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?". El Ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios".

María contestó "Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho". Y el Ángel se retiró de su presencia.

Palabra del Señor.
Gloria a ti Señor Jesús.

Nuestra Madre Iglesia nos propone para cada 08 de diciembre celebrar el dogma de la Inmaculada Concepción de la siempre Virgen María.

El dogma de fe fue proclamado en el año 1862 por el Papa Pío IX y nos enseña que María fue preservada del pecado original cuando fue concebida en el seno de su propia madre, Santa Inés. Pío IX expresó que "la Santísima Virgen, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio concedido por Dios omnipotente, en previsión de los méritos de Jesucristo Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de pecado original". Cuatro años antes del pronunciamiento papal, en la aparición de Lourdes, cuando se le presenta a Santa Bernardita, Nuestra Madre le dice simplemente "Yo soy la Inmaculada Concepción".

El pecado que cometieron Adán y Eva no solo que contaminó su propia humanidad, sino que todos los que nacimos de ellos hemos heredado esa mancha en nuestro ser; esa mancha es lo que conocemos como pecado original.

Dios preparó con mucha antelación su Plan de Salvación y preparó a María desde que fue concebida por su madre. Dios hizo la excepción con ella y por eso decimos que es Inmaculada para ser digna Madre de su Hijo. La existencia de María en el plan de Dios está anunciada en el mismo Libro del Génesis cuando le dice al demonio que está representado por la serpiente “Pondré enemistad entre tí y la Mujer, entre tu descendencia y la suya; y su descendencia te aplastará la cabeza” (Gen. 3, 9-15.20).

Este día es una ocasión más que propicia para dar gracias a Dios en María por habernos tendido su Mano, habernos salvado del pecado a través de Cristo y dejándonos una Madre Espiritual que nos guía siempre hacia Dios.

El diálogo de la Anunciación entre el Ángel y Nuestra Madre Celestial es muy rico en enseñanzas. A partir de este pasaje del Evangelio de San Lucas, nos detengamos a analizar los siguientes puntos:

◘ San Lucas nos dice que María estaba "desposada", lo que significa que ya estaba comprometida con José, hombre descendiente de David y que había sido elegido para ser el esposo de Ella;

◘ Un detalle no menor es que Lucas no dice que María se haya asustado ante la aparición de un ángel, lo que nos hace deducir que Ella estaba habituada a ser asistida por los Mensajeros del Señor.

◘ Leemos que "la virgen se llamaba María" lo que nos deja en claro sobre la virginidad de María, un tema muy cuestionado por Iglesias Protestantes. Aún así, la maternidad virginal es reconocida en el Corán, libro sagrado de los musulmanes; Martín Lutero, líder de un gran cisma en la Iglesia Católica declaró "Cristo... fue el único Hijo de María, y la Virgen María no tuvo otros hijos aparte de Él... Me inclino a aceptar a quienes declaran que los "hermanos" realmente significan "primos" aquí ya que el escritor sagrado y los judíos en general siempre llamaban hermanos a los primos." Desde su más tierna edad, María estaba enteramente consagrada al Señor no solo en el alma y espíritu sino también su cuerpo. Nuestra Madre Iglesia nos enseña que María había ofrecido su virginidad para toda su vida basándose en este pasaje cuando, ante el Anuncio de su Maternidad Divina, Ella responde "¿cómo podrá ser ésto si yo permanezco virgen?" (otras traducciones bíblicas se lee "¿cómo puede ser posible si no conozco ningún hombre?") Tratándose de una mujer punto de contraer matrimonio, cualquiera pensaría que si le dicen que será madre es porque concebirá un hijo con su marido... pero en el caso de María no es así: Ella, en consecuencia con su virginidad, no entiende como podrá ser madre sin tener relación carnal con un hombre.

◘ La virginidad de María no es un desprecio de la sexualidad humana, al contrario, la enaltece. El celibato es una práctica antiquísima, ya varios siglos antes del nacimiento de Cristo, los griegos lo sugerían para poder entregarse enteramente al estudio de la filosofía (Sócrates lo recomendaba) y monjes budistas e hindúes. Dios mismo creo el sexo y, por provenir de Él, es intrínsecamente bueno; somos los seres humanos quienes, haciendo un mal uso de la libertad que Dios nos da, podemos desviar el sentido noble y fecundo que el sexo tiene en si mismo.
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