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viernes, 30 de noviembre de 2012

Los obispos llamaron al diálogo y a la reconciliación de los argentinos

Reflexiones de los obispos al acercarnos a la Navidad

Creemos en Jesucristo, Señor de la historia

Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento… Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás.(1)

El Año de la fe que hemos iniciado nos convoca a renovar nuestra fe en el Dios vivo y verdadero con una conciencia agradecida por el don recibido. Desde los orígenes de nuestra nacionalidad la fe cristiana fue transmitida en el ejercicio de la misión de la Iglesia, en el seno de las familias y por medio de sus proyecciones en la cultura de nuestro pueblo. Por eso, damos gracias por la fe de tantos argentinos que, a lo largo de nuestra historia, han sido testigos del Evangelio y ciudadanos ejemplares.

El centro de la fe cristiana es Jesucristo el Hijo de Dios hecho hombre, nuestro hermano y nuestro Redentor que nos ha revelado el amor del Padre y nos ha comunicado el Espíritu Santo, fuente de renovación y de unidad.

Al profesar con alegría y entusiasmo la fe expresamos nuestro deseo de difundirla y compartirla, de encarnarla en nuestra vida y en todas sus manifestaciones. Benedicto XVI al invitarnos a celebrar este tiempo de conversión, de reflexión sincera y de nueva adhesión al Señor nos ha recordado que la fe no puede quedar recluida en lo íntimo del corazón, sino que tiene una dimensión pública: requiere ser manifestada con coherencia en nuestras opciones temporales (2).


Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos

Invocamos a Jesucristo como Señor de la historia, y reconocemos que tenemos necesidad de Él, de su luz, de su perdón y de su gracia, para edificar la comunidad humana en la verdad, la justicia y el amor, según el plan de Dios. Varias veces, haciéndonos eco de una convicción ampliamente extendida, hemos afirmado que nos encontramos sumidos en una profunda crisis moral, que revela que la fe no impregna plenamente nuestro estilo de vida. Lo manifestamos en la oración que rezamos por la patria, al decir: Nos sentimos heridos y agobiados.

Esta dolorosa situación se refleja en todos los órdenes de la vida nacional. Podemos salir de ella mediante la conversión a Dios, el único Señor, abandonando el pecado y asumiendo el compromiso de cumplir sus mandamientos: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas… Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (3).

Este doble mandamiento del amor inspira el ejercicio de la justicia.


Queremos ser nación

Como señala Benedicto XVI, en este Año “será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado”. (4)

Estas palabras del Santo Padre nos interpelan, especialmente cuando miramos la vida de nuestra patria. Así como hemos dado gracias por la fecundidad de la fe en Argentina, también nos sentimos movidos a un examen de conciencia, a la conversión y a una purificación del corazón.

La patria es un don de Dios confiado a nuestra libertad. Un regalo que debemos cuidar y perfeccionar (5). Es esperanzador constatar que, no obstante tantas dificultades, sigue vivo en el alma de nuestro pueblo el deseo de ser nación y de construir juntos un proyecto de país.

La fe nos alienta a revisar nuestra vida personal y social a la luz de Jesucristo. Él es la Verdad que nos hace libres. El encuentro con el Señor despierta en el corazón del hombre aquellas energías espirituales y morales que necesitamos para fortalecer nuestro compromiso ciudadano. Aspiramos a ser una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común.

Con todos los discípulos misioneros de Jesús en Argentina ya estamos transitando los caminos de la nueva evangelización. Como pastores renovamos nuestro compromiso con el anuncio del Evangelio. Es el principal servicio que podemos ofrecerle a la sociedad argentina.

Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios, para amar a todos sin excluir a nadie El Hijo de Dios, al encarnarse, tomó la condición de servidor (6). En este Año de la fe, Él nos invita a ser plenamente libres, haciéndonos como Él servidores los unos de los otros, superando tanto el egoísmo, como actitudes meramente partidistas.

Todos los habitantes de nuestra patria necesitan sentirse respaldados por una dirigencia que no piense solo en sus propios intereses, sino que se preocupe prioritariamente por el bien común. “La felicidad está más en dar que en recibir” (7).

Recordamos, una vez más, que este servicio al bien común requiere una dedicación generosa a promover la dignidad de nuestros hermanos más pobres en su vida personal y familiar, para que sean protagonistas de su propio desarrollo integral. La educación y el trabajo siguen siendo los instrumentos que les permiten a las personas y a las comunidades ser artífices de su propio destino.

Los obispos argentinos, reunidos en nuestra 104 Asamblea Plenaria, hemos repasado con honda preocupación algunos síntomas de la persistencia de esta crisis moral y cultural.

Compartimos algunos de ellos:

1. La dignidad de la vida desde la concepción hasta su término natural es la base de todos los derechos humanos. Reiteramos, una vez más, que el ordenamiento jurídico debe respetar el derecho a la vida.

2. La familia, fundada sobre el matrimonio entre varón y mujer, es un valor arraigado en nuestro pueblo. Anterior al estado, es la base de toda la sociedad y nada puede reemplazarla. Vemos con preocupación una corriente cultural y un conjunto de iniciativas legislativas que parecen soslayar su importancia o dañar su identidad.

3. Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Tienen el derecho de que el sistema educativo no les imponga contenidos contrarios a sus convicciones morales y religiosas. Deseamos que toda la sociedad tome una mayor conciencia de la necesidad de mejorar el sistema educativo, de modo tal, que los más pobres sean sus principales beneficiarios. La necesaria preparación para la vida cívica de niños y jóvenes debe excluir la politización prematura y partidista de los alumnos.

4. Constatamos una angustia generalizada en nuestro pueblo por la vida de los jóvenes. Es enorme la cantidad de ellos que no estudian ni trabajan: ésta es una de las hipotecas sociales más desafiante para los argentinos.

5. La droga se extiende por el crecimiento del crimen del narcotráfico y la red de complicidades que lo sustentan. Pensamos que ésta es una de las causas principales de la proliferación del delito y de la consiguiente inseguridad.

6. A casi treinta años de la democracia, los argentinos corremos el peligro de dividirnos nuevamente en bandos irreconciliables. Se extiende el temor a que se acentúen estas divisiones y se ejerzan presiones que inhiban la libre expresión y la participación de todos en la vida cívica.


Concédenos la sabiduría del diálogo

Toda sociedad tiene conflictos. La democracia, tal como lo refleja la doctrina social de la Iglesia, no se construye agudizándolos, sino concretando los ideales de una verdadera amistad social.

Algunas sombras nos han perseguido a lo largo de nuestra historia, que en distintos momentos han acentuado su intensidad e impedido una vigencia más plena del orden democrático. Una es el excesivo caudillismo, que atenta contra el desarrollo armónico de las instituciones, acentúa su deterioro y menoscaba la autonomía de cada uno de los poderes del Estado, tanto en el orden nacional como provincial. Esto es particularmente delicado cuando se trata de la independencia del Poder Judicial.

Otra sombra es la oposición entre las visiones unitaria y federal de la nación, la cual se extendió fuertemente en los albores de nuestra patria, e intermitentemente se manifiesta en distintos momentos de la historia. Cuando en nuestra oración por la patria decimos que queremos ser nación expresamos un anhelo claramente manifiesto en nuestra Constitución. Queremos ser una nación basada efectivamente en un sistema republicano, representativo y federal.

Llegando la Navidad los argentinos debemos recordarnos la deuda pendiente de nues- tra reconciliación. Se hace cada vez más necesario generar contextos de encuentro, de diálogo, de comunión fraterna que nos permitan reconocernos y tratarnos como hermanos, aborreciendo el odio y construyendo la paz.

El niño que María recuesta en el pesebre es el Señor de la historia. A Él volvemos a dirigirle nuestra plegaria: “Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos…” A la Virgen María, Nuestra Señora de Luján, le confiamos nuestras inquietudes y ponemos en sus manos nuestras esperanzas.

104ª Asamblea Plenaria 
Año de la Fe. 
Adviento 2012 

(1) Flp 2,2.4
(2) Benedicto XVI, Porta fidei 10
(3) Mc 12,30-31
(4) Benedicto XVI, Porta fidei 13
(5) Cf. CEA, Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad 11
(6) Cf. Flp 2,7
(7) Hch 20,35

(fuente: www.aica.org)

Constancia de Dios

No desistas, Señor,
sigue insistiendo en venir a nosotros,
en hacerte vecino del dolor y de la lágrima.

Ven más cada mañana,
nunca dejes de acercarte.

Sucede que la arcilla es así,
que está rajada de añoranza y de amor
y nuestro cántaro se nos queda sin sol, s
e cuela el agua hacia Ti.

Sigue empeñado,
a pesar de nosotros y la aurora,
viniendo a nuestra sed.

Llegará un día
en que todo estará
como Tú quieras.

escrito por Valentín Arteaga 
(fuente: www.rezandovoy.org)

jueves, 29 de noviembre de 2012

Deberíamos hablar más de la eternidad

Cosas de curas y monjas, de gente religiosa. Y no se equivocan. Aunque yo les diría que es para todos, que aquí nadie se guarda ninguna carta, y ningún billete. Cosas de la iglesia, también, que estos días no pide que leamos el Apocalipsis. Mis alumnos también hablan de este libro, y la gente pregunta de vez en cuando por ahí como queriendo indagar y saber más, o peor, creyendo que sabe mucho de algo de lo que sólo podemos hablar en imágenes. Y a mí me nace pensar que deberíamos hablar más a la gente de la eternidad. Y de que todos estamos llamados a ella.


A algunos les parecerá que esto es escapar del mundo en el que vivimos, perder realidad, comenzar a divagar de aquí para allá. Porque yo mismo he dicho que “saber, saber” no sabemos mucho ni podemos describir mucho. Pero su misma existencia supone un interrogante de un calibre descomunal. Yo les diría que dependiendo de cómo se lo tomen, y de cómo lo reciban, verán qué sucede. Aseguro que no deja indiferente. Lejos de ser una huída, puede situarnos y danos razones más que suficientes, no por miedo, sino movidos por el amor y por el deseo, para cambiar el mundo por entero. No pocas personas dan testimonio de ello. Lejos de ser algo que imaginemos, así sin más dibujando cosas en el aire, podríamos escuchar también, y atender al deseo que llevamos dentro. Algo parecido, por ejemplo, creo que hizo el gran Unamuno, y tuvo finalmente que reconocer en sí mismo el deseo de inmortalidad, el deseo de lo eterno. La pregunta es quién ha puesto semejante insatisfacción en el corazón del hombre, semejante grandeza.

Deberíamos pensar más en lo eterno porque al final se vuelve en un impulso en favor de la vida en el tiempo, que pasa y pasa sin que sepamos bien por qué. Deberíamos pensar más en lo eterno, y creo que nos ayudaría a considerar que aquí y ahora disponemos de un lugar que hemos de ocupar. Deberíamos pensar más en lo eterno, lo cual nos mostraría, no que no hay nada que no valga, sino el verdadero valor de todas las cosas de las que estamos rodeado. Y también dialogar sobre lo eterno, percibir este deseo en los otros, esta necesidad en los otros, este sublime canto en el corazón de todo hombre.

Insisto en que, quien ha pasado verdaderamente por ahí, por ese pensamiento, ve su vida después renovada y transfigurada. Algunos, por miedo a qué sé yo qué cosas que más bien ven en sí mismos, no quieren ni mirar a lo alto, ni mirar a lo grande, ni contar con esta otra vida que llamamos vida eterna. Aunque tarde o temprano, como súplica o como lamento, como anhelo o como suspiro. Lo eterno tiene que ver con lo poético, con lo más humano, con aquello que nunca terminará y que se vive igualmente sin origen. En lo eterno parece escucharse una perpetua canción de paz, una compañía constante de lo amado, el amado, del amor mismo, en perfecta comunión. En lo eterno, que es a lo que se refiere por lo que se ve todo el tiempo y toda vida que transcurre, se vive el orden más perfecto, y cada hombre y cada mujer alcanzará aquello que realmente y que anda buscando.

No será eternidad lo que busquemos escapando en el tiempo. Lo que ahora podemos vivir y experimentar serán aquellos momentos que desaríamos que no tuvieran fin, y durasen siempre. Lo que ahora contemplamos de lo eterno es la generosidad máxima de quien puede darlo todo porque no pierde nada, sin ataduras, en libertad absoluta, en confianza radical. Lo eterno sin duda alguna lo vislumbramos en el amor que roza lo perfecto y parece atraparlo frágilmente, en el compromiso total y único de el hombre consigo mismo, del hombre con el otro hombre, de la capacidad de dignificar al otro. Allí, ante tanta belleza, sentimos la presencia de lo eterno, que en una especie de leve susurro nos dice que lo que ahora veremos que termina pervivirá para siempre.

Aunque, de todos modos, la eternidad sin más, no tiene ningún aliciente. La cuestión es si alguien desea compartirla conmigo, si no estaré en ella solo. Porque una eternidad privado del encuentro con el otro me parece de lo más esclavizante que pueda existir. A mí me atrae lo eterno por la compañía, por la presencia, por el abandono de la injusticia y el establecimiento de lo más justo, por el amor que se recibe y que se puede entregar… Lo eterno requiere de Alguien con quien disfrutarlo. Si no, como siempre, dejaría de ser humano, dejaría de ser divino.

(fuente: mambre.wordpress.com)

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Acerca de las HIJAS DE MARÍA SANTÍSIMA DEL HUERTO

Las Hijas de María Santísima del Huerto, somos miembros de una Familia Religiosa fundada en la ciudad de Chiávari –Italia- el 12 de enero de 1829 por iniciativa del sacerdote Antonio María Gianelli, entonces Párroco de la Iglesia San Juan Bautista de Chiávari, en la Diócesis de Génova.

En América se nos conoce como “Hermanas del Huerto” y en Europa como “Gianellinas”.

Esta Familia Huertana- Gianellina, cumplió ya 181 años de amor y servicio de la mano de María del Huerto en cuatro continentes, Europa, América, Asia, África.

La idea inicial del Fundador fue buscar un grupo de jóvenes, que fueran más que madres de las niñas huérfanas de Chiávari; que las educaran para ser buenas ciudadanas y ejemplares cristinas, a través de la pedagogía del amor y lograr de esta manera la “educación integral de las pequeñas, necesitadas de cariño y comprensión”. Así nació nuestra Familia Religiosa

Al poco tiempo surgieron otras necesidades apostólicas como la educación de jóvenes y el cuidado a los enfermos a las que, Gianelli siempre respondió favorablemente.

En la actualidad el Instituto de las Hijas de María Santísima del Huer¬to, (aprobado definitivamente por el Papa Pio IX, el 10 de marzo de 1882) está consagrado a actividades apostólicas. Sus miembros, siguiendo a Cris¬to más de cerca, por la acción del Espíritu Santo se en-tregan totalmente a Dios, amado sobre todas las cosas, dedicándose a su gloria y participando en la obra salvífica de la Iglesia.

Las Hijas de María, como miembros de una Iglesia llamada a vivir en “permanente estado de misión” estamos llamadas a hacernos “todas a todos” con una caridad que no conozca otro límite que la imposibilidad o la inoportunidad, promoviendo la dignidad de la persona, acogiendo la diversidad en Caridad Evangélica Vigilante, que se expresa en un servicio a los hermanos, especialmente a los más necesitados y, con preferencia donde otras no pueden ir por falta de medios, atentas a las necesidades de los tiempos.

La acción apostólica del Instituto es universal por la amplitud y la variedad de las Obras: hospitales, escuelas, servicios de asistencia social, misiones, ect. Esta apertura exige: disponibilidad, capacidad de discernimiento, pre¬paración, actualización, responsabilidad personal y co¬munitaria, espíritu de adaptación para obrar el bien con los medios más comunes y sencillos privilegiando los lu-gares más pobres y menos deseados

La fuerza carismática del Instituto es iluminada por el lugar que ocupa María en la vida de sus Hijas. La Virgen es para cada Hija de María Madre y modelo de su consagración; en su “fiat” el impulso a una fidelidad siempre más perfecta en el don total que de sí mismo han hecho a Dios; en su “magnificat” el canto agradecido del pobre de espíritu que reconoce haber recibido todo del Señor.

Si desea conocer más sobre dónde están y que hacen las Hijas de María Santísima del Huerto en el mundo visite nuestro portal: www.gianelline.net


Espiritualidad

Nuestra espiritualidad, es el modo peculiar de vivir nuestro carisma, es decir nuestro modo de ser y actuar en la Iglesia y el mundo.

El Fundador y nuestras primeras Hermanas son para nosotras los auténticos modelos de la forma cómo debemos vivir la Caridad Evangélica Vigilante.

Expresada en:

• Pobreza
 • Comunidad de vida
• Disponibilidad total al sacrificio, en una atmósfera de piedad eucarística y mariana.

La pobreza es entendida como la identificación con Cristo pobre. Por ello las Hijas de María se abren a los bienes del espíritu, como es el anuncio del reino, la búsqueda de la voluntad de Dios en la oración, abandonándose a El con plena confianza.

La comunidad de vida y de servicio, exige para cada Hija de María, esfuerzo por identificarse con las primeras comunidades cristianas, donde se comparte la vida, los bienes, el carisma y la misión.

Disponibilidad total al sacrificio implica para la Hija de María, vivir en el espíritu de las bienaventuranzas evangélicas, en desprendimiento y disponibilidad para ir al encuentro del prójimo.

Esta espiritualidad es siempre actual, y nos permite vivir en plenitud nuestra consagración bautismal en una entrega más plena, reproduciendo en sí mismas los rasgos de la espiritualidad de nuestro Fundador, fe viva y operante.

La Virgen del Huerto

Fue pintada sobre el muro de un huerto en Chiávari (Italia) en 1493, se apareció en una admirable visión a Sebastián Descalzo el 2 de julio de 1610.

S. Antonio Gianelli, Obispo de Bobbio, se inspiró en su Santuario al fundar a las religiosas "Hijas de María Sma. Del Huerto". Éstas, con su presencia apostólica y misionera, han difundido su devoción en todas las regiones del mundo en las que se encuentran presentes: Italia, España, América del Sur y del Norte, Palestina, India, República Democrática del Congo.

San Antonio María Gianelli, fundador

San Antonio María Gianelli nace el 12 de abril de 1789 en Italia, en Cerreta, en la provincia de La Spezia. La suya era una familia de campesinos la cual lo forma a en una vida simple, esencial, austera, y lo ayuda a abrirse a los valores auténticos, a una vida genuina. Aprende a amar el trabajo que procura el pan, y también a compartirlo con quien pasa necesidad. Desde pequeño, en su familia aprende que todos estamos llamados a ser santos, que todos podemos llegar a serlo si lo queremos, y que el camino hacia la santidad se recorre en lo cotidiano. Este mismo estilo de vida exigirá más tarde a sus "Hijas espirituales".

Inicia sus estudios bajo la guía del Párroco (a 5 km. de su casa). Hasta los 18 años su vida transcurre entre el estudio, la oración, el catecismo, el trabajo y las obras de caridad. Con la ayuda de una rica señora de Génova, propietaria de los terrenos cultivados por sus padres, entra en el seminario de Génova. Fue ordenado Sacerdote en mayo de 1812.

Como Sacerdote y profesor de retórica, transcurre sus primeros años de sacerdocio trabajando intensamente y preocupándose especialmente por la buena formación de los jóvenes sacerdotes. En Chiávari, es el sacerdote para todos, atento a las necesidades de los últimos: sea de sus necesidades materiales como de aquellas espirituales. En estos años de servicio la caridad lo lleva a pensar en grande. La necesidad de proveer es fuerte, no puede permanecer mirando sin comprometerse concretamente. A todo y a todos quisiera dar una respuesta. Por esto busca colaboradores: allí donde él no llega pueden llegar otros y así, de esta urgencia interior, de este celo pastoral por su rebaño, hemos nacido nosotras, Hijas de Maria Santisima del Huerto; nombre que nos ha sido dado porque hemos sido fundadas a la sombra del Santuario de Chiávari.

Gianelli afirma que su único modelo es Jesús, Buen Pastor, y Él mismo lo ha sido como Sacerdote, Fundador y Obispo. Fue nombrado Obispo de Bobbio, el 6 de mayo de 1838, pero ni siquiera este difícil ministerio apaga en él el gran fuego misionero; aumenta en efecto, con celo incansable, su desempeño en las misiones populares. Consumado por las fatigas apostólicas, más que por la enfermedad, muere en Piacenza el 7 de junio de 1846, tan pobre que no tenía dinero ni siquiera para los gastos de la sepultura. En 1925 fue beatificado por Pío XI y el 21 de octubre de 1951, Pío XII al proclamarlo Santo afirma: "Un Obispo devorado por el celo pastoral". En el año 2000 fue proclamado Patrono de Val di Vara (Italia). En el año 2001 hemos celebrado los 50 años de su Canonización.

(fuentes: www.hermanasdelhuerto.org; www.gianelline.net)

martes, 27 de noviembre de 2012

27 de noviembre: Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa

La primera aparición de la Medalla Milagrosa tuvo lugar el domingo 18 de Julio 1830, en París, justo en la capilla de la casa central de las Hijas de la Caridad, a una religiosa llamada Catalina Laboure. El padre Aladel, confesor de la vidente, fue quien insertó el relato en el proceso canónico siete años más tarde.

"A las cinco de la tarde, estando las Hijas de la Caridad haciendo oraciones, la Virgen Santísima se mostró a una hermana en un retablo de forma oval. La Reina de los cielos estaba de pie sobre el globo terráqueo, con vestido blanco y manto azul. Tenía en sus benditas manos unos como diamantes, de los cuales salían, en forma de hacecillos, rayos muy resplandecientes, que caían sobre la tierra... También vio en la parte superior del retablo escritas en caracteres de oro estas palabras: ¡Oh María sin pecado concebida!, rogad por nosotros que recurrimos a Vos. Las cuales palabras formaban un semicírculo que, pasando sobre la cabeza de la Virgen, terminaba a la altura de sus manos virginales. En esto volvióse el retablo, y en su reverso viose la letra M, sobre la cual había una cruz descansando sobre una barra, y debajo los corazones de Jesús y de María... Luego oyó estas palabras: Es preciso acuñar una medalla según este modelo; cuantos la llevaren puesta, teniendo aplicadas indulgencias, y devotamente rezaren esta súplica, alcanzarán especial protección de la madre de Dios. E inmediatamente desapareció la visión".

Esta visión se repitió algunas veces, durante la Misa y durante la oración, siempre en la rue du Bac, de París, cerca de la parada de "Metro" Sèvre-Babylone, detrás de los grandes almacenes "Au Bon Marché" donde está el edificio de las Hijas de la Caridad, en la capilla rectangular y sin estilo definido similar a las miles que existen en las casas religiosas.

¡Oh María sin pecado concebida!, rogad por nosotros que recurrimos a Vos.

(fuente: es.catholic.net)

lunes, 26 de noviembre de 2012

Ateísmo práctico y testimonio de fe

¿No puede el hombre ser feliz al margen de Dios? ¿No se puede ser honrado, colaborar en el bien común, sacar adelante una familia, servir a los demás, sin tener fe? ¿Es que acaso no se puede respetar la dignidad humana y la libertad, sin contar con Dios?

Estas y otras preguntas se pueden responder meditando en las palabras de Benedicto XVI, durante su audiencia del 14 de noviembre.

Así lo ve el Papa: "En nuestros tiempos hay un fenómeno particularmente peligroso para la fe: hay una forma de ateísmo que se define como 'práctico', en el que no se niegan las verdades de la fe o los rituales religiosos, sino que simplemente se consideran irrelevantes para la existencia cotidiana, separados de la vida, inútiles". Consecuencia: "A menudo, por lo tanto, se cree en Dios de una manera superficial y se vive 'como si Dios no existiera' (etsi Deus non daretur)". Pero este ateísmo "práctico" no es menos dañino para el que lo vive, al contrario: "Al final, sin embargo, esta forma de vida es aún más destructiva, porque conduce a la indiferencia hacia la fe y hacia la cuestión de Dios".

Ante estas afirmaciones, cabría quizá preguntar: ¿Por qué el ateísmo es destructivo? ¿No puede el hombre ser feliz al margen de Dios? ¿No se puede ser honrado, colaborar en el bien común, sacar adelante una familia, servir a los demás, sin tener fe? ¿Qué tiene de malo rechazar la fe en la práctica? ¿Por qué la fe es necesaria?

He aquí una respuesta que procede de la experiencia: "En realidad, el hombre separado de Dios, se reduce a una sola dimensión, la horizontal; y justamente este reduccionismo es una de las causas fundamentales de los totalitarismos que han tenido consecuencias trágicas en el siglo pasado, así como de la crisis de valores que vemos en la realidad actual".

Pero –alguien podría insistir–, ¿qué tiene que ver la fe con los valores? ¿Es que acaso no se puede respetar la dignidad humana y la libertad, sin contar con Dios? Calma. Leamos despacio lo que ha ocurrido de hecho. No se trata solamente de una cuestión de "religión", sino también de razón, pues la razón puede mostrar que la apertura a Dios es, también en la práctica, condición para alcanzar la verdad y el bien. "Oscureciendo la referencia a Dios –argumenta Benedicto XVI–, también se ha oscurecido el horizonte ético, para dejar espacio al relativismo y a una concepción ambigua de la libertad, que en lugar de liberadora, termina por atar al hombre a los ídolos". Los Evangelios ya lo habían anunciado: "Las tentaciones que Jesús afrontó en el desierto antes de su vida pública, representan aquellos 'ídolos' que fascinan al hombre, cuando va más allá de sí mismo" (cf. J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, vol. I, cap. II, pp. 49-71).

En efecto: si es cierto que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14, 6), cuando esto se oscurece, se oscurece la verdad y se camina hacia el relativismo. Y si la verdad es condición para la libertad (Jn 8, 32), sin la verdad se camina hacia la esclavitud de ponerse uno mismo en lugar de Dios. Y no se trata de teorías. La experiencia histórica lo muestra: "Cuando Dios pierde su centralidad, el hombre pierde su justo lugar, no encuentra ya su lugar en la creación, en las relaciones con los demás". Por eso, "no se ha disminuido lo que la sabiduría antigua evoca como el mito de Prometeo: el hombre cree que puede llegar a ser él mismo 'dios', dueño de la vida y la muerte".

Y entonces, ¿qué se puede hacer ahora? En el centro de su discurso, el Papa propone tres "palabras", de la mano de San Agustín. Cada una de ellas es una vía que conduce a Dios.

Primero, la contemplación del mundo. "El mundo no es una masa informe, sino que cuanto más lo conocemos y más descubrimos sus maravillosos mecanismos, más vemos un diseño, vemos que hay una inteligencia creadora". Evoca el Papa las palabras de Albert Einstein cuando dijo que en las leyes de la naturaleza "se revela una razón tan superior, que todo pensamiento racional y las leyes humanas son una reflexión comparativamente muy insignificante" (El mundo como lo veo yo, Roma 2005).

En segundo lugar, el hombre. En nuestro mundo ruidoso y disperso corremos el riesgo de perder "la capacidad de pararnos y mirar en lo profundo de nosotros mismos, y de leer esta sed de infinito que llevamos dentro, que nos impulsa a ir más allá y nos refiere a Alguien que la pueda llenar" (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 33).

Y la tercera palabra, la fe, o más precisamente "la vida de la fe"; pues el que cree "está unido a Dios, está abierto a su gracia, a la fuerza del amor". Así –observa Benedicto XVI enlazando con la última parte de su argumentación– la existencia del que cree "se convierte en un testimonio no de sí mismo, sino de Cristo resucitado, y su fe no tiene miedo de mostrarse en la vida cotidiana, está abierta al diálogo que expresa profunda amistad para el camino de cada hombre, y sabe cómo abrir luces de esperanza a la necesidad de la redención, de la felicidad y de futuro".

Es así porque la fe implica participar de la vida de Cristo: el que cree participa de la luz que da el tener la "mente de Cristo", y participa del amor que proviene del Espíritu Santo (cf. 1 Co, 16).

La fe –sigue explicando el Papa de modo bien cercano– es un encuentro con Dios que habla y actúa en la historia y que convierte nuestra vida cotidiana, transformando nuestra mente, los juicios de valor, las decisiones y las acciones concretas. No es un espejismo ni un escape de la realidad. No es ni cómodo refugio ni sentimentalismo; sino que es "implicación de toda la vida y proclamación del Evangelio, Buena Nueva capaz de liberar a todo el hombre".

Por eso, concluye: "Un cristiano, una comunidad que sean operativos y fieles al designio de Dios que nos ha amado primero, son un camino privilegiado para aquellos que son indiferentes o dudan acerca de su existencia y de su acción". Pero, cuidado, esto requiere cierta condición: "Esto, sin embargo, pide a todos hacer más transparente su testimonio de fe, purificando su vida para que sea conforme a Cristo".

En definitiva: la experiencia histórica muestra que sin Dios (y a Dios, no lo olvidemos, se puede llegar con la razón), se oscurecen la verdad, el bien y la belleza. La fe, cuando es "auténticamente vivida" (es decir, en unión con el amor), es luz que indica el camino para la vida plena: el conocimiento de Dios y el encuentro con Dios.

escrito por Ramiro Pellitero 
(fuente: www.religionconfidencial.com)

domingo, 25 de noviembre de 2012

¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David!

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (Jn 18, 33-37)
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús:” ¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó:” ¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?” Pilato le respondió: “¿Acaso soy yo judío?”. Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?” Jesús le contesto:” Mi Reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”. Pilato le dijo:” ¿Conque tú eres rey? ” Jesús le contestó:” Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”.

Palabra del Señor.
Gloria a ti Señor Jesús.

1. INVOCA

Nos preparamos para entrar a la escucha de la Palabra que el Señor nos quiere trasmitir. Hacemos el silencio exterior e interior. Procuramos concentrarnos en lo que vamos a realizar en estos momentos importantes del día.

Orar es: estar convencido de que una sola cosa es necesaria (Lc 10, 41-42). Orar es: aprender a vivir desde una sola cosa es necesaria y para esa cosa tan necesaria. Orar es: aprender a experimentar que quien posee tal cosa necesaria es dueño de sí mismo y está en posesión de la llave, que le permite entrar en la profundidad del Amor. Invocamos al Espíritu. Él nos hace entrar en la intimidad de la Trinidad: Veni, Sancte Spiritus:

Ven, Espíritu Santo, te abro la puerta, entra en la celda pequeña de mi propio corazón, llena de luz y de fuego mis entrañas, como un rayo láser opérame de cataratas, quema la escoria de mis ojos que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió que no nos dejaría huérfanos. No me dejes solo en esta aventura, por este sendero. Quiero que tú seas mi guía y mi aliento, mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz. Te necesito en mi noche como una gran tea luminosa y ardiente que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento, sopla el rescoldo y enciende el fuego. Que arda la lumbre sin llamas ni calor. Tengo la vida acostumbrada y aburrida. Tengo las respuestas rutinarias, mecánicas, aprendidas. Tú que eres viento, enciende la llama que engendra la luz. Tú que eres viento, empuja mi barquilla en esta aventura apasionante de leer tu Palabra, de encontrar a Dios en la Palabra, de encontrarme a mí mismo en la lectura.

Oxigena mi sangre al ritmo de la Palabra para que no me muera de aburrimiento. Sopla fuerte, limpia el polvo, llévate lejos todas las hojas secas y todas las flores marchitas de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo, acompáñame en esta aventura y que se renueve la cara de mi vida ante el espejo de tu Palabra. Agua, fuego, viento, luz. Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza)

2. LEE LA PALABRA DE DIOS Jn 18, 33-37 (Qué dice la Palabra de Dios)

- Contexto litúrgico: Celebramos hoy, último domingo del año litúrgico, la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo. El próximo domingo iniciaremos el Tiempo de Adviento.

- Contexto bíblico: A lo largo de los Evangelios aparece claramente que el mensaje central de Jesús es el Reino de Dios. Alrededor de 120 veces escriben los evangelistas la expresión Reino de Dios (Marcos y Lucas) o Reino de los cielos (Mateo). Y alrededor de 70 veces tal expresión la ponen en boca de Jesús. Esto nos hace pensar sobre la importancia que Jesús da a establecer el Reinado de Dios entre los hombres. En el texto de hoy vemos a Jesús ante Pilato expresar claramente su misión: Soy Rey.

1. ¿Eres tú el rey de los judíos? (v. 33)

Jesús responde a la pregunta de Pilato con otra pregunta que inquieta al procurador romano: ¿Dices eso por ti mismo o te lo han dicho otros de mí? (v. 34). La respuesta de Pilato, dada con arrogancia, no intimida a Jesús que le responde claramente: Soy rey (v. 37).

Jesús afirma ante la autoridad romana (representante del imperio y del mundo pagano) su misión de ser Mesías y Rey. Para los judíos el Mesías era también el Rey que esperaban, a fin de liberarse del dominio político de los romanos y establecer el propio reino de Israel. Así lo entendieron y anhelaron incluso sus mismos discípulos. Pero, una vez más, Jesús tratará de explicar el sentido en que Él entiende su misión.

La realeza de Jesús se identifica con su servicio desinteresado y gratuito a favor de los más débiles y de los más desprotegidos. Porque cura a los enfermos, perdona a los pecadores, practica el servicio, da testimonio de la verdad, desenmascara a los doctores de la ley y fariseos e identifica el amor a Dios con el amor al prójimo.

2. Mi reino no es de este mundo (v. 36)

Esta frase se ha interpretado de modo espiritualista a lo largo de la historia de la Iglesia. Como si los cristianos tuvieran que estar al margen de los problemas de la sociedad y dedicarse solamente a las cosas espirituales, como rezar y ocuparse exclusivamente en las cosas internas de la Iglesia.

Jesús no proclama un Evangelio de evasión de la realidad de este mundo, sino que predica y realiza una nueva situación de: respeto, justicia, igualdad, servicio y amor. Por defender a los marginados Jesús fue sentenciado a muerte. Por esclarecer la verdad sobre Dios como "Padre" y sobre los hombres como "hermanos" sufrió el martirio de la cruz.

Jesús quiere decir que su actuación no es "al estilo de este mundo". Es decir, con dominio, superioridad y poder y marcando la distancia entre unos y otros. Jesús se ha presentado entre nosotros "como el que sirve". Él, siendo Maestro (en su condición humana) y Señor (en su condición divina), se pone a lavar los pies de los discípulos (Jn 13, 13-14). Les he dado ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes (Jn 13, 15).

La Iglesia, la comunidad cristiana, ha de ser la "servidora" de la sociedad. Debe estar atenta a tomar distancia de los poderes influyentes (partidos políticos) y a no caer en la falsa ilusión de fortalecer el Reino con diplomacias, poderes y dinero...

3. Yo he venido para ser testigo de la verdad (v. 37)

La vocación de Jesús como Mesías es trasmitir la verdad del Padre. Él es el Testigo fiel (Ap 1, 5 y 3, 14), que nos manifiesta el plan de Dios: Ámense unos a otros como yo los he amado (Jn 13, 34), porque Dios es amor (1 Jn 4, 8 y 16).

El cristiano ha de ser el misionero del Amor de Dios, para aquellos que creen y también para aquellos que quieren construir la sociedad a base de injusticia, desigualdad y corrupción.

Jesús manifiesta su condición de Rey en circunstancias dramáticas e increíbles. Él había huido de la multitud que quería proclamarlo Rey (Jn 6, 15). Ahora, ante Pilato representante del imperio romano, Jesús, como víctima y condenado a muerte, se proclama Rey. El Reino de Dios no se basa en el poderío humano y social.

3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios)

Jesús se entrega a la condena y a la muerte para enseñarnos que la verdad está en el amor, en el perdón, en la comprensión, en el servicio y en la solidaridad.

Éste es el Reinado de Jesús. Y este estilo y modos hemos de aprender sus seguidores. Jesús es un Rey crucificado. Y su poder está en la entrega de sí mismo para la salvación de todos. Así nos enseña la inversión de valores, en contra de lo que la sociedad nos pregona y nos enseña.

Es necesario entrar en este estilo de Jesús, aunque lo veamos difícil. Pero, es el único camino de colaborar con Él y de tener el gozo de realizar nuestra vocación de servicio por amor.

4. ORA (Qué le respondo al Señor)

Jesús, Tú te proclamas Rey cuando todos te acusan y quieren enviarte a la muerte. Tú huiste de la multitud cuando querían proclamarte Rey, porque les habías saciado el hambre con el pan multiplicado milagrosamente. Así nos enseñas claramente que "servir es reinar", y que amando es como entendemos tu Evangelio y sirviendo es como nos identificamos contigo y con tu misión. Señor, que entendamos este modo tuyo de actuar, aunque nos cueste.

5. CONTEMPLA

A Jesús, ante Pilato, proclamando que es Rey al servicio de la verdad y del amor. A ti mismo, a veces tan engreído y buscando admiración y aplauso. A ti mismo, para que hagas el plan de tu vida de servicio y de amor.

6. ACTÚA

Trataré de entender mi vida como acto de servicio por amor. Repetiré: Hazme, Señor, instrumento de tu paz. Donde haya ofensa, ponga yo perdón...

(fuente: es.catholic.net)

sábado, 24 de noviembre de 2012

Venga tu Reino Señor ¡Viva Cristo Rey!

Ante ti, Señor una vez más.

Ante ti, que siempre estás en el Sagrario para escucharme, para infundir calor a mi corazón muchas veces indiferente y frío. Más frío que estas tardes del ya cercano invierno. Pero hoy quiero que hablemos, no del cercano invierno, sino del cercano día en que vamos a festejar Tu día, Señor, el DÍA DE CRISTO REY.

El Padre Eterno, como tú nos enseñaste a llamarle a Dios, es el Rey del Universo porque todo lo hizo de la nada. Es el Creador de todo lo visible y de lo invisible, pero... ¿cómo podía este Dios decírselo a sus criaturas? ¿cómo podría hacer que esto fuese entendido?... pues simplemente mandando un emisario.

No fue un ángel, no fue un profeta, fuiste tú, su propio Hijo, tu, Jesús.

Como nos dice San Pablo: - "Fue la propia imagen de Dios, mediador entre Este y los hombres y la razón y meta de toda la Creación. Él existe antes que todas las cosas y todas tienen su consistencia en Él. Es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia Católica. Es el principio, el primogénito, para que sea el primero en todo". Así se expresa San Pablo de ti, Jesús mío y en esa creencia maravillosa vivimos.

Cuando fuiste interpelado por Pilato diste tu respuesta clara y vertical: "Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos... PERO MI REINO NO ES DE AQUÍ". Entonces Pilato te dijo: "Luego... ¿tú eres rey?. Y respondiste: - "Tú lo dices que soy rey. Para esto he nacido yo y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la Verdad, escucha mi voz. (Juan 18,36-37).

Jesús... tú hablabas de un Reino donde no hay oro ni espadas, donde no hay ambiciones de riquezas y poder. Tu Reino es un reino de amor y de paz.

Un Reino que los hombres no entendieron y seguimos sin entender porque lo que tú viniste a enseñar no está en el exterior sino en lo más profundo de nuestro corazón.

Pertenecer a este Reino nos hace libres de la esclavitud del pecado y de las pasiones.

Pertenecer a este Reino nos hace súbditos de un Rey que no usa la ley del poder y del mando sino del amor y la misericordia.

Diariamente pedimos "venga a nosotros tu Reino".... y sabemos que en los hombres y mujeres de bien, ya está este Reino, pues el "Reino de Dios ya está con nosotros" (Lc.17, 20-21).

El domingo, la Iglesia celebra a "CRISTO REY". A ti, Jesús, que pasaste por la Tierra para decirnos que "REINAR ES PODER SERVIR Y NO SERVIRSE DEL PODER".

Que viniste para ayudar al hombre y bajar hasta él, morir con él y por él, mostrándonos el camino hacia Dios.

¡VENGA TU REINO, SEÑOR! ¡Viva Cristo Rey !

(fuente: es.catholic.net)

La vocación del laico, un don, un compromiso, una misión

Formosa (AICA): En el marco del Año de la Fe, el obispo de Formosa, monseñor José Conejero Gallego, invitó a reflexionar sobre la vocación del laico, cuyo día se celebra el sábado 24 de noviembre.

El prelado recordó que “el término laico del griego ‘alguien del pueblo’ aparece primeramente en un contexto cristiano. Pero como es de saber, para el hombre de hoy, en un tiempo en el que se imponen culturas difieres a nuestra fe, se hace muy difícil vivir la vocación cristiana de amar a Dios en el mundo. No existe conciencia de la vocación laica; no se le ve como prolongación de la vida encarnada de Jesús”.

Sin embargo, aseguró que “los signos de los tiempos muestran que el presente milenio será el del protagonismo de los laicos, en las que el seguimiento de Jesús y a la misión evangelizadora, entregada a testimoniar y anunciar su Reino de santidad, verdad, gracia, justicia, paz, amor, en este momento de la historia”.

“Un laico comprometido, se entiende que está comprometido con Jesús, por lo tanto lo sigue, está a su lado, unido a Él, y, como Jesús, trata de hacer la voluntad del Padre en el servicio de los hermanos”, precisó.

“Ser laico es un llamado que debe discernirse y desde lo más profundo de nuestro ser, por cuanto se trata de un llamado, que debe discernirse desde lo más profundo de nuestro ser. Es bueno que nos planteemos una elección seria y consciente de esta vocación, porque esta reflexión nos hará caer en la cuenta de que la vocación laical no es otra cosa que un don, como un compromiso y una misión”, agregó.

Por último, monseñor Conejero Gallego sostuvo que “los laicos no están llamados a alejarse del mundo, todo lo contrario están llamados a estar en el mundo, a significarnos en el mundo con todas las miserias y pobrezas que este mundo tiene. Si Dios quiere que sea laico -y le digo s- entonces empezaré el asumir todas las responsabilidades que la tarea requiere”.+

viernes, 23 de noviembre de 2012

'Stella Maris': La parábola del buen samaritano, central en el apostolado del mar

Entrevista a exmarinero y diácono español que trabaja con tripulación de mercantes.

ROMA, jueves 22 de noviembre de 2012 (ZENIT.org).- Acabada la tercera jornada de trabajo del XXIII Congreso Mundial del Apostolado del Mar, que se realiza en el Aula del Sínodo, el exmarinero español Ricardo Rodríguez Martos, actualmente diácono y delegado diocesano del Apostolado del Mar en Barcelona, afirma: “La parábola que inspira el apostolado del mar es la del buen samaritano". Informa sobre el servicio que la pastoral del mar, Stella Maris, presta a las gentes del mar cualquiera sea su procedencia y religión.

Ricardo Rodríguez Martos ilustró a ZENIT sobre algunos particulares en esta misión que quiere estar al paso con la nueva evangelización.

“La parábola que inspira el apostolado del mar es la del buen samariatano --indica- que no pregunta a la persona herida, de dónde vienes, qué piensas o en qué crees, sino que te ayuda porque eres un ser humano. Tenemos que evitar la rutina, redescubrir que estamos transmitiendo el mensaje cristiano y ser también evangelizados por los testimonios de vida que recibimos de los marinos”·

Y precisó: “Aquí estamos tratando también temas legales porque la legislación que protege a los marinos es un instrumento importante para llevar ese mensaje de buena nueva. Tenemos el tema de los barcos de crucero, de la pesca, y otros sectores. Abordamos las problemáticas que podemos debatir, para tener la visión de los expertos sobre un tema concreto. Además es fundamental la relación entre nosotros”.

¿En qué tipos de barcos trabajan, cómo son los tripulantes?

--Rodríguez Martos: Básicamente trabajamos con el sector mercante si bien recibimos barcos de todo tipo. Simplificando un poco podemos distinguir dos tipologías de barcos, los de carga y el crucero.

En los mercantes son tripulaciones de entre 12 y 25 personas, multinacionales, mayoritariamente de los países llamados del tercer mundo: filipinos, paquistaníes, de India, y del Este, especialmente Rusia y Ucrania.

¿Cuál es el problema fundamental de estos trabajadores?

--Rodríguez Martos: Sigue siendo el de la comunicación, el contacto con los puertos y poder desconectar del barco, porque los barcos están poco tiempo atracados, no hacen noche. Aumentan además las distancias entre los lugares de atraque y las ciudades. Por ello nosotros ofrecemos un servicio gratuito de transporte, que los recoge y los trae a nuestro centro, que está muy cerca de la ciudad.

¿Qué necesitan ellos básicamente?

--Rodríguez Martos: La comunicación con la familia, sea por sky, internet o teléfono. Además hoy existen tarjetas Sim para los móviles, especiales para los marinos, que pueden usarse en cualquier parte de las costas del mundo. Para ellos es una herramienta muy importante.

¿Por qué es tan importante este contacto con las familias?

--Rodríguez Martos: Un marinero español se pasa dos semanas o un mes fuera de casa. Estos no, llegan desde Indonesia en un avión, se embarcan en un puerto europeo y pasan ocho meses entre los puertos de América a los de Europa. Si bien un marinero se acostumbra a estar solo, necesita sentir que sigue formando parte de una familia y de una sociedad, mismo que esté lejos de ella. Antes eran las cartas y ahora es internet. Y es muy bonito cuando ves a los marineros, muchos con su propio portátil hablar con sus mujeres o niños.

¿Qué significa Stella Maris para un marinero?

--Rodríguez Martos: Para el marino Stella Maris representa un punto de referencia al margen de cualquier sociedad. Nuestro lema a nivel mundial es “tu hogar lejos de tu hogar”. Y pretendemos ser esto para cualquier marinero, sea judío, cristiano o musulmán.

¿Cuál es la necesidad espiritual de un tripulante?

--Rodríguez Martos: Tenemos muy en cuenta la necesidad espiritual del marinero, delante del marinero cristiano y en general, aunque no subimos a un barco con una biblia en la mano, porque parecería que… si bien cuando un marinero se interesa le ofrecemos una. Saben que Stella Maris es de la Iglesia católica, los filipinos, si están varios días, nos piden una misa a bordo y, si hubo algún accidente, nos solicitan una bendición para el barco. Para la cuaresma, pascua y adviento distribuimos materiales sencillos pero con contenido de catequesis, adaptados a su realidad.

¿Y los sacramentos?

--Rodríguez Martos: Participar a la eucaristía normalmente no pueden, si bien cuando llega al puerto si hay un Stella Maris, tienen la posibilidad.

¿Y con los de otras religiones?

--Rodríguez Martos: Por nuestra dimensión hemos de acoger a todo marinero. Si vemos un barco con tripulación mayoritariamente ortodoxa, o de otra religión, les preguntamos si necesitan a alguien ortodoxo, anglicano, etc.

¿Una relación interreligiosa? --Rodríguez Martos: Sí, tenemos en cuenta a las otras religiones y todos los años realizamos una jornada interreligiosa de Stella Maris con budistas, musulmanes y judíos, y gracias a esa relación, en alguna ocasión por ejemplo, cuando un barco musulmán estaba el viernes en el puerto, les hemos preguntado si querían que le lleváramos a la mezquita. Ellos saben que somos católicos y allí está nuestro testimonio, pero si un musulmán, para sentirse espiritualmente bien, quiere ir a la mezquita --y no confunde las cosas- le ayudamos, pues saben que lo hacemos con espíritu de solidaridad.

¿Y con los barcos de crucero?

--Rodríguez Martos: Los barcos de crucero tienen un problema añadido, porque puede haber ochocientos o mil tripulantes, además de los pasajeros. Sólo los de la línea Costa tienen capellán; los otros solamente para circunstancias especiales dan el permiso de subir a bordo. Esos tripulantes tienen jornadas superiores a las doce horas diarias, en un régimen casi militar, hacinados en camarotes de cuatro, cinco o seis, y esto hace difícil la vida a bordo, y son los que normalmente te plantean problemas de tipo laboral, si los tratan mal, situaciones complicadas. En Barcelona tenemos una oficina extra para ellos. Eso es lo que hacemos.

¿Stella Maris también realiza esto en otros puertos?

--Rodríguez Martos: Según las estructuras de cada puerto y de lo que se disponga, pero la filosofía es la misma.

Nuestra fe, la fe de la Iglesia

La fe cristiana, es, en efecto, el remedio para la fragilidad personal precisamente porque nos abre a Dios y a los demás.

"Un cristiano que se deja guiar y formar poco a poco por la fe de la Iglesia, a pesar de sus debilidades, sus limitaciones y sus dificultades, se vuelve como una ventana abierta a la luz del Dios vivo, que recibe esta luz y la transmite al mundo". (Benedicto XVI)

¿Es la fe algo meramente individual, que solo interesa a cada uno?

Una vez más se ha enfrentado Benedicto XVI, en su audiencia del 31 de octubre, con el individualismo que puede afectar a los creyentes.

Por supuesto, observa, “el acto de fe es un acto eminentemente personal, que tiene lugar en lo más profundo y que marca un cambio de dirección, una conversión personal: es mi vida que da un giro, una nueva orientación”. En la liturgia del Bautismo, quien acepta la fe católica en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo responde en singular: “Yo creo”.


Creer no es individualista

Pero, añade el Papa, explicando cómo se origina la fe personal, “este creer no es el resultado de mi reflexión solitaria, no es el producto de mi pensamiento, sino que es el resultado de una relación, de un diálogo en el que hay un escuchar, un recibir, y un responder”. Es el resultado de la relación con Jesús: “Este creer es el comunicarse con Jesús, el que me hace salir de mi ´yo´, encerrado en mí mismo, para abrirme al amor de Dios Padre”. Y hay que entender esa relación mirando cómo es en realidad: “Es como un renacimiento en el que me descubro unido no solo a Jesús, sino también a todos aquellos que han caminado y caminan por el mismo camino”. Pues bien, este nuevo nacimiento que comienza con el Bautismo, se prolonga luego a lo largo de la vida.


La fe me viene por la Iglesia, mi fe sólo existe en "nuestra fe"

En consecuencia: “No puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús, porque la fe me ha sido dada por Dios a través de una comunidad de creyentes que es la Iglesia, y por lo tanto me inserta en la multitud de creyentes, en una comunidad que no solo es sociológica, sino que está enraizada en el amor eterno de Dios, que en Sí mismo es comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que es Amor trinitario”. Dicho brevemente: “Nuestra fe es verdaderamente personal, solo si es a la vez comunitaria: puede ser ´mi fe´, solo si vive y se mueve en el ´nosotros´ de la Iglesia, solo si es nuestra fe, nuestra fe común en la única Iglesia”.

En efecto. Es claro que -como creemos- la vida cristiana es un vivir juntos con Cristo. Por tanto, la fe, que es participar de la mirada de Cristo sobre la realidad, sólo puede ser viva en cada uno en la medida en que participa de esa misma mirada. La fe no nos quita nuestra personalidad, sino que la dota de una mayor profundidad de conocimiento y de capacidad para amar.

De hecho, continúa Benedicto XVI, esto es lo que se manifiesta el domingo en la misa: rezamos el “Credo” en primera persona, pero al mismo tiempo lo hacemos junto con los demás en confesando la única fe de la Iglesia. De esa manera, “ese ´creo´ pronunciado individualmente, se une al de un inmenso coro en el tiempo y en el espacio, en el que todos contribuyen, por así decirlo, a una polifonía armoniosa de la fe”. Y esto, apunta el Papa, es lo que quiere decir el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 181) cuando afirma que “creer es un acto eclesial”, y explica el mismo texto: “La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la Madre de todos los creyentes”. Por eso decía San Cipriano: “Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre”. En síntesis, resume el Papa, “la fe nace en la Iglesia, conduce a ella y vive en ella”.


La Iglesia es madre donde la fe vive y se transmite

La Iglesia es también -como una madre que siempre da vida- el ámbito donde la fe se transmite. En Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos y les da la fuerza para proclamar el núcleo de la fe cristiana: Cristo es el Hijo de Dios que ha muerto en la Cruz y ha resucitado para nuestra salvación (cf. Hch., cap. 2). Y muchos se convierten y son bautizados. “Así -muestra el Papa Ratzinger de un modo que gusta desde hace mucho tiempo utilizar-, comienza el camino de la Iglesia, comunidad que lleva este anuncio en el tiempo y en el espacio, comunidad que es el Pueblo de Dios basado sobre la nueva alianza gracias a la sangre de Cristo, y cuyos miembros no pertenecen a un determinado grupo social o étnico, sino que son hombres y mujeres provenientes de cada nación y cultura”. Este pueblo es una familia universal: “Es un pueblo “católico”, que habla lenguas nuevas, universalmente abierto a acoger a todos, más allá de toda frontera, haciendo caer todas las barreras” (cf. Col. 3,11).

Por tanto, la Iglesia es el “lugar” donde nace la fe, donde la fe se transmite y donde se celebra y vive, nos libera de la esclavitud del pecado y nos hace hijos de Dios; y “al mismo tiempo, estamos inmersos en comunión con los demás hermanos y hermanas en la fe, con todo el Cuerpo de Cristo, sacándonos fuera de nuestro aislamiento”. Así lo dice el Concilio Vaticano II: “Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (Const. Dogm. Lumen Gentium, 9).


Esta es nuestra fe, la fe de la Iglesia: donde mi fe crece y madura

Y por eso el celebrante del bautismo, al concluir las promesas en las que expresamos la renuncia al mal y repetimos “creo” a las verdades de la fe, dice: “Esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús Nuestro Señor”. Esta es la fe que transmite la Iglesia (en una “Tradición” viva) con la proclamación de la Palabra de Dios, la celebración de los sacramentos y la vida cristiana. El Concilio Vaticano II afirma que la Iglesia, “en su doctrina, en su vida y en su culto transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que ella cree” (Dei Verbum, n. 8).

Finalmente, vuelve Benedicto XVI al principio de su argumentación, precisando que la Iglesia no es sólo el “lugar” donde nace la fe y se transmite, sino también “donde la fe personal crece y madura”. Por eso el Nuevo Testamento llama “santos” al conjunto de los cristianos: no porque todos tuvieran ya las cualidades para ser declarados santos, sino porque, por la fe, estaban llamados a iluminar a los demás, acercándolos a Jesucristo.

“Y esto -sostiene el Papa- también vale para nosotros: un cristiano que se deja guiar y formar poco a poco por la fe de la Iglesia, a pesar de sus debilidades, sus limitaciones y sus dificultades, se vuelve como una ventana abierta a la luz del Dios vivo, que recibe esta luz y la transmite al mundo”. Y recoge estas palabras de Juan Pablo II: “La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!” (enc. Redemptoris missio, n. 2).


Protagonistas de una experiencia que nos sobrepasa

En definitiva, la auténtica fe cristiana tiene esta dinámica personal, eclesial y universal, Y esto, señala Benedicto XVI, es contrario a la tendencia actual. “La tendencia, hoy generalizada, a relegar la fe al ámbito privado, contradice por tanto su propia naturaleza. Tenemos necesidad de la Iglesia para confirmar nuestra fe y para experimentar los dones de Dios: su Palabra, los sacramentos, el sostenimiento de la gracia y el testimonio del amor”. “Así -apunta-, nuestro ´yo´ en el ´nosotros´ de la Iglesia, podrá percibirse, al mismo tiempo, como destinatario y protagonista de un acontecimiento que lo sobrepasa: la experiencia de la comunión con Dios, que establece la comunión entre las personas”.

Y así concluye el Papa mostrando, en la perspectiva del Concilio Vaticano II: “En un mundo donde el individualismo parece regular las relaciones entre las personas, haciéndolas más frágiles, la fe nos llama a ser Pueblo de Dios, a ser Iglesia, portadores del amor y de la comunión de Dios para toda la humanidad (cf. GS, 1)”.

La fe cristiana, es, en efecto, el remedio para la fragilidad personal precisamente porque nos abre a Dios y a los demás.

escrito por Ramiro Pellitero Iglesias 
(fuente: iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com.es)

jueves, 22 de noviembre de 2012

Tres grados de influencia para el bien

Dicen que está demostrado empíricamente que las cosas buenas y malas se contagian, aunque las positivas tienen más facilidad. Y que el mundo de la empresa y la publicidad ya están aprovechándose de estas investigaciones. Mi reflexión inmediata: "Si esto funciona con el tabaquismo, la obesidad, la felicidad, etc., también podría funcionar con la esperanza, la fe y la caridad..."

Se trata de la famosa regla de los tres grados de influencia. Para entenderla rápidamente, un ejemplo: Si una persona es feliz, la probabilidad de que tenga un amigo cercano feliz, será del 50%. Con dos grados de separación (un amigo de tu amigo), la probabilidad es de 20%. Y con tres grados de separación, cae al 10%. Y ahí, hasta tres grados, llega el tope, el límite inherente sobre cuánto puedes tú influenciar a otra gente.

"La regla de los tres grados de influencia" es el resultado de las investigaciones de James Fowler, profesor asociado de la Universidad de California, San Diego, y Nicholas Christakis, de la Harvard School of Public Health. Un fenómeno que ellos explican al detalle en su libro "Connected: The Surprosing Power of Social Networks and How They Shape Our Lives". Un libro que también examina la influencia de las redes sociales, entre otras.

Sé que a muchos todo este tipo de investigaciones no les va. Y menos el hecho de relacionarlas con lo religioso. Cada uno es libre de tenerlas en cuenta o no. Pero si tan sólo fuéramos un poco conscientes de lo que los demás influyen en nosotros, o de lo que nosotros podemos influir en los demás, quizás entre todos podríamos hacer de este mundo un sitio más humano y más cristiano.

Estos investigadores son conscientes de que la genética también juega un papel importante en nuestras relaciones y por eso, actualmente, están realizando un estudio con gemelos idénticos, criados juntos y separados, que les ayuden a comprender mejor los grados de influencia genética y ambiental.

Yo dejo la investigación para ellos. Y me quedo con la reflexión sobre cómo utilizar las redes sociales (reales y virtuales) para generar impactos positivos en la gente. En los medios de comunicación está claro. Estos condicionan y modelan nuestros criterios para comprender la realidad de la que informan. Pero, ¿hasta qué punto somos del todo conscientes de ello? Otro campo en el que todos lo tenemos claro es en el colegio, en las asociaciones políticas o sociales, etc.

Pero ¿quién se detiene a pensar hasta qué punto se ve influenciada su conducta por sus contactos sociales? O ¿hasta qué punto él mismo está influyendo en su propia red de relaciones? El refrán ya lo decía: "Dime con quién andas y te diré quién eres". Llevo tiempo poniendo cada mañana un tuit con un versículo del evangelio del día y cada noche otro con una frase optimista bajo el hastag #arezaryadormir, y aún me sorprendo cuando alguien me escribe y dice que ya no se le olvida rezar antes de dormir.

No sé si todos lo percibimos, pero incluso en la redes sociales se crea un ambiente, y además con emociones muy intensas que rápidamente se contagian. Podemos mucho más de lo que creemos. Por algo Jesús nos ha enviado "hasta los confines de la tierra". De nosotros depende mucho más de lo que somos conscientes. Es tiempo de despertar y de unir energías para evangelizar este mundo. Eso es, para hacerlo más esperanzado, más rebosante, más solidario, más lleno de los valores de Cristo. El Papa Benedicto XVI ya lo dice en Porta Fidei, que la fe se transmite por contagio.

escrito por Xiskya Valladares 
(fuente: www.religionconfidencial.com)

Santa Cecilia, virgen y mártir

Martirologio Romano: Memoria de santa Cecilia, virgen y mártir, que, según la tradición, consiguió la doble palma por amor a Jesucristo, en el cementerio de Calixto, en la vía Apia de Roma. El título de una iglesia en el Transtíber lleva desde antiguo su nombre (s. inc.).

La gran devoción popular hacia la virgen y mártir romana hizo que el nuevo calendario litúrgico conservara su memoria, a pesar de que faltan documentos históricos anteriores al siglo VI. Esta devoción y el mismo patrocinio de Santa Cecilia sobre la música sagrada se deben efectivamente al relato de su martirio, titulado Pasión, fechado después del año 486. En ella la fundadora del “título” de la basílica de Santa Cecilia en Trastévere es identificada con una santa homónima, enterrada en las catacumbas de San Calixto y que habría sufrido el martirio durante el imperio de Alejandro Severo, hacia el 230.

En la Liturgia de las Horas se lee: “El culto de Santa Cecilia, bajo cuyo nombre fue construida en Roma una basílica en el siglo V, se difundió ampliamente a causa del relato de su martirio, en el que es ensalzada como ejemplo perfectísimo de la mujer cristiana, que abrazó la virginidad y sufrió el martirio por amor a Cristo”.

Cecilia, noble y rica, iba todos los días a la Misa celebrada por el Papa Urbano en las catacumbas próximas a la Vía Apia, y una multitud de pobres la esperaban porque conocían su generosidad. En el día de su boda con Valeriano, mientras el órgano tocaba, ella cantaba en su corazón: “solamente para el Señor” (de este pasaje de su Pasión tuvo origen el patrocinio de Cecilia sobre la música sagrada); después, llegada la noche, la joven le dijo a Valeriano: “Ninguna mano profana puede tocarme, porque un ángel me protege. Si tú me respetas, él te amará, como me ama a mí”.

Al contrariado esposo no le quedó otro remedio que seguir el consejo de Cecilia, hacerse instruir y bautizar por el Papa Urbano y después compartir el mismo ideal de pureza de la esposa, recibiendo en recompensa su misma gloria: la palma del martirio, al que por gracia divina se asoció también el hermano de Valeriano, Tiburcio.

Aunque el relato del martirio parece fruto de una piadosa fantasía, históricamente es cierto que Valeriano y Tiburcio fueron mártires y que fueron enterrados en las catacumbas de Pretestato. Después del proceso, narrado con abundancia de detalles por el autor de la Pasión, Cecilia fue condenada a la decapitación, pero los tres poderosos golpes del verdugo no lograron cortarle la cabeza: esto se debió a que, según el relato, Cecilia había pedido al Señor la gracia de ver al Papa Urbano antes de morir.

En espera de esta visita, Cecilia pasó tres días en agonía, profesando su fe. No pudiendo decir ni una palabra, expresó con los dedos su credo en Dios uno y trino.

(fuente: es.catholic.net)

miércoles, 21 de noviembre de 2012

21 de noviembre: Presentación de la Virgen María en el Templo

La Iglesia celebra este acontecimiento para honrar a la Madre de Dios y nos propone vivr su entrega en cada momento de nuestra vida.

La Presentación de la Santísima Virgen María

En este día en que se recuerda la dedicación, en el año 543 de la Iglesia de Sta. María la Nueva, construída cerca del templo de Jerusalén, celebramos, junto con los cristianos de la Iglesia Oriental, la “dedicación” que María hizo de Sí misma a Dios, ya desde su infancia, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde su Concepción inmaculada.

Este es un día dedicado a honrar a María, a quien alaban las liturgias de los diferentes ritos, en el lugar más venerable de la Cristiandad.

El día de hoy debemos implorar de María la paz en favor de los pueblos judío y árabe, reunidos al pie de esta iglesia, en Jerusalén, aún con las armas en la mano. Debemos meditar, además, que María es el templo perfecto del Nuevo Testamento. “La Casa de Oro”, donde Dios se dignó preparar su morada.

Es un día de admiración para todos los hombres de buena voluntad, ya que Dios adornó a esta niña, desde su Concepción inmaculada en el seno de Ana y durante todo el tiempo de su niñez y juventud, con prerrogativas tan extraordinarias, que se convirtió en la segunda Eva.

Por el “Fiat” -”Hágase en mí tu Voluntad”-, ella ofreció una libre y total obediencia a los designios de Dios. Desde ese momento, cesaron ante Dios los ritos exteriores del Antiguo templo y Jesucristo comenzó, en el mismo seno de María, a ofrecerse como el único y eterno Sacerdote: como la única ofrenda grata a Dios por todos los hombres.

La razón principal de este hecho reside en la persona de la Virgen Niña, aquella concebida sin pecado. El Arcángel San Gabriel la llama llena de gracia. Por tanto, se comprende que, como algo espontáneo, al no haber estorbo alguno que lo impidiera, se lanzaría intrépida hacia el Señor, como hacia un imán irresistible. Cuando María contesta al ángel “¿cómo puede ser esto, pues no conozco varón?”, da a entender su consagración virginal.

Hay un lienzo de Murillo con una linda escena. Santa Ana está enseñando a leer a la Niña. Y lo hace con la Sagrada Escritura. María sabría muy bien el salmo 15: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano. ¡Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!”.

No dejemos de poner en manos de Nuestra Madre Santísima cada día, entregándonos como ella lo hizo, con esa fidelidad y desapego, al Señor.

Oh Dios, que quisiste que en este día fuese presentada en el templo la Santísima Virgen María, morada del Espíritu Santo: suplicámoste por su intercesión nos concedas merecer ser presentados en el templo de tu gloria. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

(fuente: www.encuentra.com)

martes, 20 de noviembre de 2012

XXIII Congreso Mundial del Apostolado del Mar": Stella Maris, luz de todo océano y Señora de las profundidades"


CIUDAD DEL VATICANO, lunes 19 noviembre 2012 (ZENIT.org).-El XXIII Congreso Mundial del Apostolado del Mar que se realiza en Roma, inició hoy con una misa en la basílica de San Pedro y durará hasta el viernes 23, cuando a mediodía los más de cuatrocientos delegados tendrán una audiencia con Benedicto XVI en el Aula Pablo VI. El cardenal Antonio María Veglió, presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes, finalizó su discurso de apertura del evento con una invocación del beato Juan Pablo II a Nuestra Señora del Mar, al finalizar la exhortación apostólica Ecclesiain Oceania: "Stella Maris, luz de todo océano y Señora de las profundidades".

Organizado por el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes tendrá por auditorio el Aula del Sínodo y contempla un programa lleno de temáticas, iniciando con lanueva evangelización; las relaciones con la industria marítima; el Apostolado del Mar al servicio de los pescadores; el problema de la piratería y la necesidad de hacer escuchar la voz de los marinos; el bienestar de los marinos que trabaja en el mundo de los cruceros; la formación de marinos, capellanes y voluntarios para la nueva evangelización, entre otros.

Problemáticas que además de las exposiciones contarán con mesas redondas en las cuales participarán por ejemplo, el presidente y gerente de Costa Crociere, empresa en el ojo del ciclón tras el naufragio de su crucero Concordia en la Isla del Giglio; el testimonio de una víctima de la piratería; y la intervención del padre Gustavo Meneses, sacerdote diocesano de Puntarenas, Costa Rica.

“Es el mayor Congreso Mundial jamás organizado en la historia del Apostolado del Mar” indicó el cardenalAntonio Maria Veglió, presidente del Pontificio Consejo, que precisó. “Están aquí reunidos más de cuatrocientos delegados procedentes de setenta países, que aportan sus diferencias sociales, culturales y nacionales”.

Las estadísticas indican que cada año aproximadamente 1,2 millones de trabajadores se encuentran embarcados, de los cuales más del 60% no pueden bajar a tierra cuando la nave está en el puerto.

Entre las dificultades sucede que por motivos económicos hay "naves carretas" con personal a bordo que se queda sin alimentos, agua y la posibilidad de retornar a sus hogares. La red local del Apostolado del Mar, interviene en decenas de situaciones para resolver concretamente estas formas de segregación.

Diversos fueron los congresos mundiales, en Polonia 2007; Brasil 2002; Filipinas 1997; Estados Unidos, 1992; etc, si bien el último celebrado en Roma fue en 1982. “Después de treinta años, hemos optado por reunirnos una vez más en el Vaticano, porque queríamos regresar a nuestras raíces y recordar el 90º aniversario de la aprobación de las primeras Constituciones y la bendición de este nuevo Apostolado por parte de Pío XI”, dijo.

Sobre el actual panorama relativo al trabajo de las gentes del mar subrayó que “las nuevas y a menudo restrictivas normas, y la crisis económica mundial” que “obligan al Apostolado del Mar a evangelizar en condiciones bastante difíciles”, siendo de todos modos “terreno fértil para la evangelización”.

“La evangelización de los trabajadores del mar, de los pescadores y de sus familias no difiere de la de aquellos que pertenecen a otras categorías sociales”, recordó, así como es necesario elegir con cuidado los medios y los instrumentos teniendo en cuenta que “quienes pertenecen al mundo del mar, ellos están más allá del alcance del cuidado pastoral ordinario de la Iglesia, porque están obligados a permanecer lejos de su comunidad cristiana durante meses”.

“La Nueva Evangelización y el Año de la Fe --subrayó el purpurado- invitan a cada capellán y voluntario del Apostolado del Mar a profundizar en su fe, a creer en el mensaje evangélico y a continuar proclamando el Evangelio a aquellos que no lo conocen y avivar así esa 'mecha humeante' con su testimonio cristiano”.

Y al concluir su palabras inaugurales el cardenal invocó para el congreso “la luz y la protección de María, Estrella del Mar”, proponiendo la oración del beato Juan Pablo II, con que se concluyó la exhortación apostólica Ecclesiain Oceania”. Recordó que la imagen de la Virgen Estrella del Mar, realizada para esta ocasión por el pintor taiwanés Cheen Sheen, tiene rasgos asiáticos.

"Stella Maris, luz de todo océano y Señora de las profundidades:/ guía a los pueblos de Oceanía por todo mar oscuro y tempestuoso,/ para que arriben al puerto de la paz y de la luz/ preparado en Aquél que serenó las aguas./ Protege a todos tus hijos de todo mal, porque altas son las olas y estamos lejos de casa./ Mientras nos aventuramos por los océanos del mundo/ y atravesamos los desiertos de nuestro tiempo,/ muéstranos, María, al Fruto de tu vientre,/ que sin el Hijo tuyo perecemos./ Ruega para que jamás desfallezcamos a lo largo del camino,/ para que en el corazón y en el ánimo, con palabras y hechos,/ los días de borrasca y los días de bonanza,/ podamos siempre dirigirnos a Cristo y decirle:/ «¿Quién será éste al que hasta el mar y el viento así obedecen?" (Beato Juan Pablo II, Ecclesia in Oceania).

¡Sí, ahí está Dios!

Siempre que hablamos de Dios lo hacemos con un gran amor --no digamos ya con un gran respeto--, y siempre tratamos de crecer en la fe, en la confianza y en el amor de ese Dios que nos ama y que nos espera.

Cualquiera diría que esto es muy fácil, y, sin embargo, todos tenemos la experiencia --porque lo oímos mil veces-- de que muchos, cuando sufren algo que les parece injusto, tienen miedo a Dios y dudan de todo: dudan de que Dios exista, dudan de que les ame, y dudan de que Dios les reserve algún bien, y se preguntan:

- Si Dios existe, si Dios me ama, ¿por qué Dios no me escucha? ¿Por qué ha de mandarme este sufrimiento? ¿Por qué tiene que venirme este mal?

Esta queja la oímos muchas veces. Pero, ¿no es cierto que Dios nunca está más cerca de nosotros que cuando sufrimos, como el papá y la mamá sobre el niñito que se ha agravado?...

Se cuenta muchas veces lo que ocurrió en el más terrible campo de concentración y de exterminio de la Segunda Guerra Mundial. Estaban formados todos los prisioneros ante un espectáculo macabro, contemplando al compañero colgado en la horca. En medio del silencio aterrador, se levanta una voz estremecedora:

- ¿Y dónde está Dios?

Ante este grito de un descreído, se alza la voz de un creyente, mientras su dedo señala al que cuelga del patíbulo:

- ¡Dios está ahí!

Cierto. Allí estaba Dios, allí estaba Jesucristo, que extendía a aquel campo de la muerte su propia muerte en la cruz. Porque Dios estaba junto a la horca y las cámaras de gas para salvar a las víctimas inocentes, como estaba en el Calvario esperando que Jesús muriese y fuera sepultado, para resucitarlo después con gloria.

Dios no quiere nuestros males. Dios pedirá cuentas a los causantes del dolor ajeno. Dios nos librará definitivamente un día de todo lo que ahora nos atormenta.

Si tenemos estas convicciones, la prueba se convierte en resignación cristiana y en mérito ante Dios.

Ciertamente, que el dolor es un misterio. ¿Por qué Dios permite el mal? No lo sabremos nunca en este mundo. En este mundo estamos viendo el tapiz o el bordado al revés: todo son hilos que se entrecruzan en un desorden feo y sin ninguna dirección fija. Habrá que mirarlo por el otro lado para asombranos de la obra de arte que allí se esconde.

Únicamente en la vida futura entenderemos el dolor de este mundo, cuando veamos que esas pruebas han sido el camino --angustioso, pero seguro-- por el que Dios nos ha llevado a la salvación.

La gran respuesta a nuestra pregunta la tenemos en Jesucristo clavado en la cruz. Inocente como Jesús, ninguno. ¿Y por qué Jesús ha tenido que sufrir como nadie en este mundo?

Cuando parece que Dios se ha escondido en nuestra vida es precisamente cuando nos mira con más amor. Está detrás de las cortinas de la ventana mirando cómo caminamos por la calle del mundo; nosotros no lo vemos, pero a Él no se le escapa ninguno de nuestros movimientos.

No entendemos su Providencia, pero sabemos besar su mano amorosa cuando nos permite algún mal.

La palabra de Job es una de las más repetidas de toda la Biblia:

- Si recibimos los bienes de la mano de Dios, ¿por qué no vamos a recibir los males? Males que no nos vienen de la mano de Dios, pero que son permitidos por Dios para nuestro bien.

Le preguntaron un día a Teresita:

- ¿Has tenido que sufrir hoy también muchos dolores?

- Sí, pero porque los quiero. Yo quiero todo lo que me envía Dios.

En esta respuesta de la querida Santa está la clave que resuelve todo el problema. Para ella, nos se trataba solamente de resignación y de simple aceptación. Era más. Era querer lo que Dios quería, haciendo de las dos voluntades una sola. Esto es el colmo de la virtud cristiana. Esto es lo que hacen tantos hermanos nuestros, de quienes decimos que están en lo más alto de la santidad.

El mal, por otra parte, no puede triunfar. Dios le tiene puesto un límite del cual no pasará.

Dios no quiere que nuestra vida sea un fracaso. Si permite la tempestad es para dar después la bonanza. Si consiente que los ojos derramen lágrimas, es para convertirlas después en júbilo y alegría.

Dios siempre hace brotar una rosa en medio de las espinas. El dolor entonces, sostenido con valentía, se convierte en la elegancia de la vida.

Un sabio escritor nos lo dice bellamente:

- El dolor, para los que viven en el Espíritu, se convierte en el más recio hilo telefónico, por el cual transmitimos a Dios un himno de amor, como el más hermoso saludo que los hijos pueden dirigir a su Padre, inspirado por el Espíritu Santo.

Hay que repetirse constantemente ese eslogan tan conocido: ¡Dios me ama! El día en que nos convencemos de ello, y sabemos vivir la realidad que entraña, ese día se ha encontrado la clave misteriosa de la felicidad verdadera...

escrito por Pedro García, misionero claretiano 
(fuente: Catholic.net)

lunes, 19 de noviembre de 2012

Santa Rosa Filipina Duchesne: La oración, sublime vía de comunicación

MADRID, domingo 18 noviembre 2012 (ZENIT.org).- Isabel Orellana Vilches nos ofrece hoy la semblanza de una mujer de origen francés, misionera entre los pieles rojas americanos, cuya arma de evangelización fue exclusivamente la oración y su entrega a los desheredados.

Primera estadounidense canonizada, llevaba inscrito en su nombre de pila el ardor apostólico de dos grandes santos: san Felipe apóstol y santa Rosa de Lima en quienes sus padres pensaron al imponérselo. Un apóstol jamás pone cotas a su acción. Tiempo y edad palidecen ante el torrente de gracia que Dios les otorga para llevar a cabo sus misiones. Rosa tenía 49 esplendorosos años cuando se embarcó en la excelsa misión de sembrar la fe en América. Tres décadas más tarde, a la edad de 72, los pieles rojas de la reserva de otowatomi en Sugar Creek (Kansas) la denominaba «la mujer que siempre reza», hermosísimo apelativo para un seguidor de Cristo y testigo suyo ante el mundo, claro indicio, sin duda, del impacto que les causaba el ejemplo de esta gran mujer.

Había nacido en Grenoble el 29 de agosto de 1769 en una familia acomodada. Su padre, un prestigioso jurista, y su madre la enviaron para que cursara estudios con las religiosas de la Visitación en Sainte Marie d'en Haut. Seguramente ignoraban que la profunda piedad de Rosa, devota del Sagrado Corazón de Jesús, había calado hasta tal punto en ella, que siendo adolescente tenía claro que iba a integrarse en la comunidad religiosa que tan bien conocía. Tan rotunda era su convicción que no dudó en rechazar el matrimonio que sus padres fraguaron para ella cuando tenía 17 años y aunque no contaba con su autorización para hacerse religiosa, a los 18 ingresó en el convento. Eso sí, su padre se opuso a que profesara antes de cumplir los 25. Su vida dio un giro inesperado cuando las autoridades gubernamentales en medio de la convulsa situación política clausuraron el convento y expulsaron a la comunidad. De regreso al hogar paterno Rosa se involucró en acciones caritativo-sociales socorriendo a pobres, enfermos y prisioneros. En 1801 adquirió el convento en el que había ingresado con objeto de dinamizarlo nuevamente, acompañada de otras jóvenes, pero no fructificó.

De modo que en 1804 se unió a la reciente fundación puesta en marcha por santa Magdalena Sofía Barat, las Religiosas del Sagrado Corazón, puso a su disposición el convento y un año más tarde profesó. El Jueves Santo de 1806 en el transcurso de una singular experiencia mística que le sobrevino mientras oraba ante el Sagrado, se sintió transportada al continente americano, desbordada por intensísimo amor alumbrado por la Pasión de Cristo. Un instante sublime que le hizo revivir la gesta de otros insignes misioneros, san Francisco Javier y san Francisco de Regis, entre ellos, dejando su espíritu invadido por la paz y la urgencia apostólica.

La Madre Barat, conocedora de estos sentimientos y otros que bullían en su interior, aconsejó un periodo de espera en el que debía acrecentar su humildad, espíritu de abandono y desprendimiento de sí. Su certero consejo de que las “angustias interiores” únicamente las paliaría “buscando la gloria de Dios”, ayudaron a Rosa a crecer en el sendero de la virtud. Su momento de partir llegó en 1818. El prelado de Luisiana, monseñor Doubourg requería la presencia de las religiosas, y Rosa emprendió el viaje junto a cuatro de ellas. La primera fundación firmemente erigida en una modesta cabaña de madera fue en San Carlos, cerca de San Luis (Mississipi), y a ella siguieron otras cinco, además de la creación de una escuela gratuita. La fe inquebrantable de Rosa brillaba con especial fulgor en medio de las difíciles condiciones a las que hizo frente: miseria, hambre, frío, epidemias, inclemencias meteorológicas… Su espíritu de austeridad y entrega fue en todo momento heroico.

Fue relevada de su misión como superiora general en 1841, y quedó libre de responsabilidades para dedicarse por entero a los indígenas. La salud hartamente quebrantada tampoco fue óbice para responder a la demanda de un jesuita que juzgaba esencial su presencia en la reserva. Se desvivió por los enfermos y erradicó el alcoholismo. No estaba dotada para los idiomas, así que el lenguaje de la oración le permitió suplir esa deficiencia; fue su vehículo de comunicación y con él conmovió el corazón de los indios. Después de un año de intensa entrega entre ellos, dado su precario estado de salud regresó a San Carlos en 1842 y diez años más tarde, el 18 de noviembre de 1852, entregó su alma a Dios. Juan Pablo II la canonizó el 3 de julio de 1988.

Cardenal Bergoglio convoca jornada por la paz entre Israel y Palestina

BUENOS AIRES, 19 Nov. 12 / 11:43 am (ACI).- El Arzobispo de Buenos Aires (Argentina), Cardenal Jorge Mario Bergoglio, llamó a los argentinos a unirse en oración este 21 de noviembre en la Catedral Metropolitana para pedir por la paz entre Israel y Palestina, cuyo nuevo conflicto iniciado hace seis días ha dejado cerca de cien muertos en Gaza, cincuenta de ellos civiles.

"Animados por las palabras del papa Benedicto XVI llamando a la paz en Medio Oriente, exhortamos a todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad a rezar y a desear la paz a nuestros hermanos que sufren el flagelo del enfrentamiento y la desolación", expresó el Arzobispado a través de un comunicado.

Según informó la prensa internacional, Egipto, Turquía y Qatar han expresado su voluntad para negociar una tregua. Sin embargo, las diferencias entre Israel y el grupo Hamas –que gobierna Gaza-, hacen difícil lograr el fin del conflicto.

La familia en la vida de María Crescencia

Pergamino (Buenos Aires - Enviado Especial) (AICA) Varios parientes próximos de la hermana María Crescencia Pérez –sobrinos, sobrinos nietos y sobrinos bisnietos- asistieron a su beatificación. Todos la quieren mucho y escucharon hablar de ella desde su niñez, pero ninguno llegó a conocerla personalmente.

Le preguntamos a una sobrina bisnieta, Antonia, de ocho años, quién era María Crescencia: Con timidez, deslizó: “Era una señora que era monja”. “¿Y vos sos pariente?”, le preguntamos. “Creo que sí”, contestó, dubitativa. Otro chico, también sobrino bisnieto, más avispado, se permitió corregirla: “No digas creo; decí sí”.

Tres sobrinos bisnietos –Antonia, Augusto y Axel- estaban con sus padres, a su vez sobrinos nietos de la nueva beata, Alejandro Apesteguía Pérez, de 46 años, y su hermano Marcelo, de 44.

La mamá de estos dos, María Angélica Pérez de Apesteguía nació en 1941, nueve años después de que falleciera su tía monja (cuyo nombre civil antes de entrar en religión era precisamente María Angélica).

Ella contó que desde chicos todos los sobrinos la tenían presente, en realidad toda la familia hablaba de ella. “Mi abuela nos contaba historias de ella, de cómo la ayudaba”. Y cuenta que la religiosa extrañaba a la familia cuando estaba lejos, en la Argentina y en Chile, donde falleció, aunque siempre estuvo bien dispuesta para ir a donde Dios quisiera. Hija de inmigrantes españoles, María Crescencia fue la quinta de once hermanos. Algunos murieron chiquitos, entre ellos, dos mellizos.

Otra sobrina directa, María Luisa (Marisa) -hija de Antonio Pérez, uno de los hermanos de la religiosa-, la señala como “un ejemplo de humildad y servicio a los más pobres”.

En el momento del ofertorio de la misa, María Angélica, con su marido, Alberto Apesteguía, y Marisa, con su marido, Carlos Pérez, subieron al altar a entregar las ofrendas, junto con otros sobrinos directos como ellos, Martha Pérez, María Isabel Pérez y su marido, Hernán Filgueira Risso; Ema Pérez, y Alicia Pérez, y su marido, Héctor Ferrari Musso. Hay otros dos sobrinos que no estuvieron; viven en Estados Unidos.

Desde el micrófono se dijo: “Familiares de la hermana Crescencia presentan el pan y el vino, que son fruto del esfuerzo y del trabajo de tantos inmigrantes, hombres y mujeres que han cultivado esta tierra argentina a lo largo de las generaciones, entre los cuales se cuentan también los Pérez Rodríguez”.

Esas ofrendas se sumaron a las plantas de violeta que antes habían acercado representantes de Chile y de nuestro país, simbolizando la vida sencilla y humilde de la hermana Crescencia. “escondida con Cristo en Dios”.

Y a cuatro lámparas encendidas que acercaron miembros de la familia gianellina (la congregación del Huerto fue fundada por San Antonio María Gianelli y está extendida por cuatro continentes); las lámparas expresaban el deseo de santidad de la hermana Crescencia y su preocupación constante por la salvación de las almas. Otro sobrino es un conocido sacerdote: el presbítero Carlos Pérez, rector del santuario de María del Rosario de San Nicolás, quien desde el comienzo estuvo involucrado en el fenómeno espiritual suscitado alrededor de las apariciones de la Virgen. El padre Pérez estuvo en el altar con los obispos durante la misa.

Pero en un momento bajó al campo, para acompañar a la superiora general de la congregación de las Hijas de María Santísima del Huerto, la religiosa portuguesa Terezinha María Petry, y a quien se curó por el milagro atribuido a María Crescencia, María Sara Pane, que llevaron un relicario de la beata hasta el altar (el relicario contiene un mechón de su cabello).

El sentido de la familia en que se formó desde chica la nueva beata, con un cariño que conservó y acrecentó durante toda su vida, fue subrayado en su homilía por el cardenal Angelo Amato, representante del papa Benedicto XVI.

Tras señalar su generosidad con los pequeños, con los pobres, con las madres que no tenían medicinas para los niños, dijo el cardenal: “Es importante notar que esa sensibilidad con los pobres la había aprendido en la escuela de sus padres profundamente cristianos. Lo afirma la misma beata, que en una carta recuerda el afecto de la madre: ‘Mamá: siempre la recuerdo, sobre todo cuando recuerdo sus consejos, sus ejemplos, sus enseñanzas, y ¡cuánto me animan!’. Y continúa: ‘Si no me hago santa, deberé dar cuentas al Señor, porque pienso que otras quizá no han recibido la fortuna de tener un padre y una madre que siempre han orientado a sus hijos en el buen camino de la virtud, como yo’ ”. (Jorge Rouillon)

domingo, 18 de noviembre de 2012

"Velen y oren, para que puedan presentarse sin temor ante el Hijo del Hombre"

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (Mc 13, 24-32)
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos. “Cuando lleguen aquellos días, después de la gran tribulación, la luz del sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá. Entonces verá venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad. Y El enviará sus ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo. Entiendan esto con el ejemplo de la higuera. Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, ustedes saben que el verano está cerca. Así también, cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta. En verdad que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla. Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse. Nadie conoce el día ni la hora. Ni los ángeles del cielo ni el Hijo; solamente el Padre”.

Palabra del Señor.
Gloria a ti Señor Jesús.

Si buscamos en una Biblia el texto del Evangelio de este domingo, veremos que es parte de un discurso de Jesús al cual se da el título de “discurso escatológico”. ¿Por qué lo llaman así? La palabra griega “éschaton” significa “lo último”; designa el extremo final de algo. Si leemos el capítulo XIII del Evangelio de Marcos veremos que allí Je-sús habla sobre el final de la historia humana. En el lenguaje teológico la "escatología" es el estudio de los eventos finales de la historia humana y de lo que hay después. En ese capítulo Jesús indica los signos que anunciarán el fin, nos revela el evento que pondrá fin a la historia y, sobre todo, la suerte de los seres humanos, de los que estén vivos y de los que ya habrán muerto. Un solo punto no tiene la misión de revelar: el día y la hora en que ocurrirá. Su misión es advertirnos para que no nos sorprenda: "Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será ese momento" (Mc 13,33).

Los signos que Jesús indica son sobrecogedores: “El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas”. Jesús se acomoda a las nociones de astronomía de su tiempo, en que se creía que el sol y la luna son luminarias de tamaño menor que la tierra, que las estrellas cuelgan del firmamento sobre la superficie de la tierra y que ésta está sostenida por columnas sobre el abismo inferior. Hoy día sabemos que el sol es de tamaño muy superior a la tierra y que las demás estrellas no están dentro del ámbito de la tierra, sino a distancias inimaginables de ella. El oscurecimiento del sol o el acercamiento de cualquier estrella a la tierra sería la destrucción inmediata de ésta con todo lo que contiene. La tierra es un punto infinitesimal del espacio inmenso. Para que ella exista y se haya mantenido en equilibrio con todos los demás cuerpos del espacio durante millones de años –nadie puede calcular la edad de la tierra- se necesita la intervención de un Ser superior. Este Ser es el Creador de todo. Éste es el único que sabe cuándo comenzó la historia humana y cuándo será su fin.

Los signos que Jesús indica anuncian el evento final: “Entonces verán al Hijo del hombre que viene entre las nubes con gran poder y gloria”. El Hijo del hombre ya sabemos quien es y como apareció a sus contemporáneos; lo que Jesús revela es que en ese día vendrá “con gran poder y gloria”. Estos son conceptos que pertenecen a Dios. Quiere decir que vendrá en el esplendor de su divinidad.

¿Qué ocurrirá con los hombres? Jesús responde: “Entonces enviará a los ángeles a reunir de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo”. Se menciona sólo la suerte de los “elegidos”: ellos serán reunidos en la gloria. El “Elegido” de Dios es su Hijo, tal como lo reconoce la voz que vino desde el cielo en el momento de la transfiguración de Jesús: “Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadlo” (Lc 9,35). Los “elegidos” son todos los que comparten con el Hijo la condición de “hijos de Dios”. Acerca de todos ellos el mismo Dios declara: “Estos son mis hijos, mis elegidos”. Y el único medio para llegar a ser hijos de Dios y compartir su naturaleza divina es el amor. Por eso se nos ha dado este precepto: “Queridos, amemonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios” (1Jn 4,7). El que cumple este precepto no tendrá que temer el día de su Venida, sino que ese día se llenará de gozo eterno.

+ Felipe Bacarreza Rodriguez 
Obispo Residencial de Santa María de Los Angeles (Chile)
(fuente: www.aciprensa.com)
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