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martes, 31 de marzo de 2015

La desmesura del amor de Dios

30/03/2015 – Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo:”¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. Jesús le respondió: “Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre”. Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él. 
(San Juan 12,1-11) 


Amar sin medida 

El Evangelio recién proclamado nos conduce a Betania, donde, como apunta el evangelista, Lázaro, Marta y María ofrecieron una cena al Maestro (cf. Jn 12, 1). Este banquete en casa de los tres amigos de Jesús se caracteriza por los presentimientos de la muerte inminente: los seis días antes de Pascua, la insinuación del traidor Judas, la respuesta de Jesús que recuerda uno de los piadosos actos de la sepultura anticipado por María, la alusión a que no lo tendrán siempre con ellos, el propósito de eliminar a Lázaro, en el que se refleja la voluntad de matar a Jesús. Todo habla del desenlace final que esta terminando el tiempo de Jesús caminando con ellos.

En este relato evangélico hay un gesto para poner la atención: María de Betania, “tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos” (12, 3). El gesto de María es la expresión de fe y de amor grandes por el Señor: para ella que se retribuye en una expresión que va más allá de lo esperado. Hay una cierta desmesura por parte de María. En clave de desmesura es como se debe leer el misterio de la Pascua y para que ésta no nos impacte en el desborde al punto de dejarnos paralizados y confundidos es necesario que hagamos nuestro centro en el motivo por el que todo esto acontece: El amor con el que el Padre y Jesús han asumido la redención. A partir de allí todo es desmesurado, está fuera de cálculo, resulta irracional, no hay forma de que pueda comprenderse.

La razón no entiende lo que está pasando con el Hijo de Dios que es burlado, escarnecido, muerto ¿Cómo puede el hombre hacer semejante barbaridad? ¿Matar a su creador, autodestruirse? Sin embrago el Señor tiene puesta la mirada en la redención y permite que esta locura desmesurada, de total desquicio sea superada por una desmesura aun mayor, la de un amor que abraza, contiene desde el perdón. Toda esta locura que el hombre elige para terminar consigo mismo Dios lo impide en la persona de Cristo asumiendo la humanidad en lo más terrible así, en donde estuvo nuestra perdida está nuestro triunfo por el que el Padre y Jesús A partir de ahí todo resulta irracional no hay forma de que pueda comprenderse. Si solo queremos abordar el misterio pascual desde la razón la razón no entiende lo que esta pasando con el Hijo de Dios que es humillado. La desmesura de los hombres en su escarnio es desborda por la desmesura del amor de Dios. Dios asume lo humano y lo redime cambiándolo de sentido. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Donde la noche parece terminar con todo, tiene detrás y dentro suyo la luz mayúscula que todo lo ilumina y lo hace distinto. La desmesura del amor que puede con todo lo que no tiene sentido.


El amor no conoce de egoísmos

La humanidad fue vencida en un árbol, en el árbol de la Cruz. “Feliz culpa, que mereció tan grande Redentor” dirá San Agustín.

Hay lugares en la vida que están esperando de ésta fuerza de transformación. Para entrar en esta corriente de resignificación debemos entrar con María, ella que supo derramar lo mejor de sí a los pies del Maestro.

A veces lo único que tenemos es la humillación de encontrarnos con nuestros límites, nuestros fracasos. María derrama lo mejor que tiene, nosotros también estamos invitados a hacer lo mismo, decir “Lo que tengo te lo ofrezco Señor, esperando ser nada para recibir todo de Vos.” Es el amor de ella fruto del amor que él tiene por ella.

Da con alegría, sin mezquinad sin resentimientos. Sentimientos que sí hay en el corazón de Judas que se encuentra en el lugar opuesto. Hay una serie de cálculos que le impiden a Judas entrar en la dinámica de Cristo: no hay medidas en el amor, la razon del amor es sin mesuras, no hay forma de encajonarlo. Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya se acerca su “hora”, la “hora” en la que el Amor hallará su expresión suprema en el madero de la cruz: el Hijo de Dios se entrega a sí mismo para que el hombre tenga vida, desciende a los abismos de la muerte para llevar al hombre a las alturas de Dios, no teme humillarse “haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2, 8).

Hay que darle alas al amor de Dios que hay en nosotros para llegar hasta donde él nos quiere hacer llegar por encima de muestras fuerzas y de nuestros limites.

Para resignificar la vida hay que salir de esos lugares en los que comúnmente nos movemos, hay que encontrarle otra vuelta a la vida y viene tan contundente que nos dice “Donde esta la muerte está escondida la vida, donde es ta el dolor está escondida la alegría, donde está la oscuridad aparece la luz. El Señor viene a vencer y es Su amor el gran motivo. Encontrarnos con ese amor nos ayuda a superar los esquemas en los que nos movemos dándole a lo cotidiano un lugar nuevo.

Es importante al comenzar la semana, al afrontar nuestras dificultades dejarse alcanzar por un amor inmenso y descubrir el vínculo de amor que Dios tiene con Jesús. Esto está expresado en el gesto de amor desbordante de María al romper el frasco de nardo puro. Jesús es sorprendido por la desmesura del gesto de María, toda una expresión de amor. Lo hicieron con él y lo hace con los suyos.

No se puede explicar la vida si no nos dejamos alcanzar por este amor. Que sea ese amor el que resignifique nuestra vida en ésta Pascua.

“Para resignificar la vida hay que salir de esos lugares en los que comunmente nos movemos, hay que encontrarle otra vuelta” @PjavierSoteras — Radio María Arg (@RadioMariaArg) marzo 30, 2015


Amor es darse todo

“Toda la casa se lleno del perfume con el que María ungió los pies de Jesús” ¿Qué cambió el ambiente? El amor que le dio a ella el Padre; la unción del amor cambia el ambiente. Jesús va a la Pascua junto a sus discípulos ungidos desde el amor que vivieron en el ese retiro en Betania.

Desde ésta unción, Jesús unge a los suyos. Es el amor el que le da un sentido nuevo a a las cosas. ¿Como y desde qué lugar ubicarnos en la desmesura del amor de Dios para que lo que vivo desde cada día tenga una perspectiva, una mirada y sentido distinto?

La verdadera donación es darse por entero, sin restricciones. La gratitud de quien ama no conoce límites para los gestos de ternura. Agradece siempre, pero no esperes el reconocimiento de nadie. Gratitud con amor no sólo reanima a quien recibe, reconforta a quien ofrece.

escrito por el Padre Javier Soteras
(fuente: radiomaria.org.ar)

¿Dónde están las reliquias de la Pasión?

Riqueza y significado de la conservación de las reliquias de la Pasión. Desconocidas y poco veneradas.

Para un mundo informado sólo por los ojos de la carne, Semana Santa apenas representa un espacio de "reflexión y purificación de la memoria".

Alguno más piadoso, quizás, sólo concentre la mirada en la fiesta de la Resurrección, obviando implícitamente los sufrimientos inenarrables de la Pasión y de la Cruz.

La ciencia, por su parte, se empeña en "desmitificar" la tradición y la fe, confundiendo con fraudes y engaños a los fieles poco instruidos con sensacionalismo barato. La prensa corre con gran parte de la responsabilidad al difundir semejantes sandeces y medias verdades. Con el correr del tiempo, es verdad, muchas de las "impresionantes revelaciones" caen en el olvido o el descrédito, pero en el corazón de las personas queda la sensación de desacralización. Un caso típico ha sido el montaje paracientífico y manipulador del Santo Sudario.

¿Cuántos ilusos aún repiten con tono seguro las irresponsables afirmaciones que la prensa se apresuró a divulgar sobre supuestos descubrimientos de fraude en el Santo Sudario de Turín? Evidentemente ninguno de estos personajes conoce los dictámenes de la ciencia profesional que concluyó certificando la autenticidad de la preciosa reliquia. Valga como referencia la conversión de investigadores tras el proceso de estudio y verificación.

Pero como el escándalo vende, aún queda quien asegure que se trata de una invención medieval realizada por medio de complejos procesos holográficos para producir el efecto 3D cuando en el siglo XIX se mirase el negativo y se ampliaran, por ejemplo, la zona de los ojos y se observase sobre ellos monedas romanas del año 30 según la costumbre local.

De todo eso y mucho más deberemos soportar cada Semana Santa, repetidos ad nauseam por todos los medios de comunicación esmerados en entrevistar desconocidos expertos en negar todo lo afirmado y en afirmar todo lo negado.


Las preciosas reliquias de la Pasión

Un silencio revelador es el que se hace en torno a todas las reliquias que se conservan de la Pasión. ¿Quien se ha enterado de su existencia o ha recibido la sugestión de visitarlas y venerarlas con piadoso amor?

La cristiandad cuenta con decenas de ellas. Todas son testimonios ciertos de la veracidad histórica de los Evangelios y obligan - forzosamente - a darles aceptación. Cosa aparte es la rebelión a la consecuencia que ello implica, esto es, la suprema virtud y verdad que de ellos emana y la necesidad de seguir a Cristo a riesgo de la condenación eterna.

Examinemos, en tanto, el glorioso panorama que nos ofrece la Santa Iglesia, Maestra infalible de la Verdad y depositaria de tan ricos dones.

→ Las columnas del Templo de Jerusalén: El magnífico templo que había en Jerusalén cuando murió nuestro divino Redentor fue destruido, y según el sagrado vaticinio pronunciado por sus labios sagrados, no quedó piedra sobre piedra. Constantino el grande hizo trasladar doce columnas de este templo destruido, para que se colocaran delante de la Confesión de San Pedro; hoy en día aún se ven ocho debajo de la magnífica cúpula del Vaticano, dos en el altar de San Mauricio, dentro de la capilla del Santísimo, y otra en la cámara inferior de la capilla della Pietá, que según la tradición es en la que estuvo apoyado el divino Jesús cuando de edad de doce años disputó con los doctores de la Ley.

→ Columnas del velo del templo: El velo del templo de Jerusalén, que se rasgó en dos partes al morir nuestro divino Salvador, era sostenido por dos columnas, las cuales hoy día se conservan en el claustro de la basílica de San Juan de Letrán, en Roma.

→ Mesa de la Cena: La mesa, en la cual el amabilísimo Jesús celebró la última Cena e instituyó el adorable Sacramento del altar, se conserva y venera en la misma basílica de San Juan de la Cruz.

→ Plato de la Cena: Se conserva uno en la santa iglesia de Génova

→ Toallas: De las que sirvieron, tanto para lavarse las manos al Salvador como para enjuagar los pies a sus Discípulos, se conserva una parte notable en la citada basílica de San Juan.

→ Asiento: Del que, en forma de cama, sirvió a nuestro amable Jesús en la última Cena, se conserva una gran parte en la capilla llamada Sancta Sanctorum, en Roma.

→ Cáliz: El precioso cáliz de que se sirvió nuestro divino Redentor al instituir el augustísimo Sacramento del altar, tiene la imponderable dicha de conservarlo la santa y metropolitana Iglesia de Valencia: todos los años se coloca en el Monumento.

→ Monedas que recibió Judas: Se conservan tres en la catedral de Génova, y una en la basílica de Santa Cruz de Jerusalén, en Roma

→ Cenáculo: Ocupado hasta mediados del siglo XX por los musulmanes, este lugar, uno de los más santos en la tierra, puede ser visitado bajo las condiciones impuestas por el gobierno que actualmente rige Tierra Santa. Los cristianos pueden visitarlo y ganar las preciosas indulgencias concedidas por los Romanos Pontífices a cuantos orasen en tan santo sitio.

→ Huerto de Getsemaní: Tanto la gruta en donde oró nuestro divino Redentor, que se conserva en su estado natural, como algunos de los olivos, que se cree son los mismos que existían en tiempo de la Pasión del Señor, están bajo la custodia de los ejemplares hijos del patriarca de Asís, en Jerusalén.

→ Piedra del torrente del Cedrón: Habiendo prendido al Señor, y llevándolo a la casa de Anás, al pasar por el torrente de Cederrón, la tradición dice que tiraron al Señor al fondo del torrente, dejando impresas las huellas de sus pies, rodillas, manos y cabeza sobre la durísima piedra que aún hoy se muestra a los peregrinos.

→ Cuerdas con que fue atado el Señor: Un pedazo importante se conserva en España, en la basílica del Escorial, y otro en Italia, en la catedral de Anaghi.

→ Casa de Anás: En el lugar donde estuvo esta casa hay una iglesia y convento, ocupado por monjas armenias.

→ Casa de Caifás: En el lugar en que estuvo hay una iglesia, cuidada por los armenios: en ella se ve un calabozo muy reducido, en donde pasó algunas horas nuestro divino Salvador: allí mismo había una columna en la cual estuvo atado, y es la que hoy se venera en Roma, en la iglesia de santa Práxedes. En el altar que hay en el fondo del ábside de esa iglesia se ve la piedra que se puso a la puerta del sepulcro del Salvador.

→ Lienzo con que vendaron los ojos al Señor: Se venera una parte en la iglesia de San Francisco á Ripa, en Roma.

→ Pretorio de Pilatos: El lugar en donde estaba hoy día también estuvo ocupado por los musulmanes, pero los fieles ya pueden visitarle y ganar indulgencia plenaria orando allí.

→ Escala Santa: Se llama así la que estando en el pretorio de Pilatos fue santificada y regada con la sangre de nuestro amable Salvador: tiene veintiocho gradas; se conserva en Roma, en la iglesia que lleva su nombre. Los fieles la suben de rodillas.

→ Columna de la flagelación: La principal parte se conserva en Jerusalén en la capilla que los Padres Franciscanos tienen en el Santo Sepulcro; pero se veneran partes muy notables en las principales basílicas de Roma, en la basílica del Escorial en España y en la iglesia de San Marcos de Venecia.

→ Azotes: Se veneran en la catedral de Anagni y en la Iglesia de Santa María in vía lata en Roma.

→ Corona de Espinas: Se venera en la Santa Capilla de Paris, pero sin espinas que han sido distribuidas por toda la cristiandad: en Roma son cerca de veinte las que reciben veneración pública: las iglesias que tienen más son las de San Marcos y Santa Praxénedes, las cuales conservan tres. En el Vaticano hay dos; en San Juan de Letrán una, etc. En España son muchas las que reciben veneración en diversas iglesias: en el Escorial se veneran once; Barcelona tiene la dicha de venerar varias, y en el célebre santuario de Montserrat se custodian dos.

→ Clámide: Se conserva parte en las iglesias de San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Francisco à Ripa, en Roma

→ Columna de los improperios: Se conserva en la iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén.

→ Arco del Ecce Homo: Hoy día se ve gran parte de él en la magnífica iglesia que el celoso misionero Alfonso María de Ratisbona levantó en Jerusalén para las monjas de Sión, tras su conversión desde el judaísmo por gracia de Nuestra Señora.

→ Santa Faz: La tradición común es que fueron tres las imágenes que quedaron en el velo de la Verónica, pero son muchísimas mas las que se veneran en la cristiandad. Las auténticas son: la que se venera en Roma, en la basílica de San Pedro; en España, en la catedral de Jaén, y en Venecia, en la iglesia de San Marcos. Las demás, aunque milagrosas, son tenidas como facsímiles o tocadas al original.

→ Puerta judiciaria: Aún se ven en Jerusalén restos de esa Puerta, por donde pasó el divino Salvador yendo al Calvario.

→ Columna de la sentencia: Frente a la puerta judiciaria se ve hoy, guardada por los Padres Franciscanos, la gran columna donde, según la tradición, tuvieron a nuestro divino Salvador mientras hacían los preparativos para crucificarle.

→ Vestidos de Jesús: La túnica inconsútil se conserva en Argenteuil. Estudiada y contrastada con el Santo Sudario, las heridas coinciden y corroboran los relatos de la Pasión. Se guarda una similar en Tréveris, Alemania. El manto se repartió por la cristiandad, pero se conserva un importante trozo en la catedral de Anagni.

→ La santa Cruz: Pocas reliquias se han propagado por toda la tierra como la perteneciente al árbol santo en donde murió nuestro Redentor, pero de un modo especial se conservan aún partes insignes en las basílicas de San Pedro y santa Cruz de Jerusalén, en Roma; en la catedral de Anagni se venera también un pedazo muy notable, y en la cual se ve aun uno de los agujeros que se hicieron al crucificar a nuestro divino Salvador.

→ Clavos: La tradición enseña que fueron tres los que tuvieron suspendido al Salvador del mundo: uno entero se conserva en Santa Cruz de Jerusalén, en Roma; otro en la capilla del Palacio Real de Madrid, y otro se ha distribuido a diversas iglesias de la cristiandad. Además de esos clavos, se veneran otros que también eran de la cruz pues los brazos de la misma estaban clavados y el I.N.R.I. también.

→ I.N.R.I.: La principal parte se halla en la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma; en san Juan de Letrán y en San Marcos de la misma ciudad santa se ven pedazos notables.

→ Esponja: La principal parte se venera en la Santa capilla de París, pero se conservan partes en la basílica del Escorial, en España, y en las de San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y Santa María Transtévere, en Roma.

→ Lienzos que cubrieron al Señor estando en la cruz: Se veneran en San Juan de Letrán y en San Marcos, de la misma ciudad eterna.

→ La Lanza: Esta, sin la punta, se venera en San Pedro de Roma: la punta, según afirma el Papa Benedicto XIV, desde el tiempo de San Luis se conserva en la Santa capilla de París.

→ Sangre y agua: Es de fe que del costado se nuestro divino Salvador salió sangre y agua : entre las reliquias más insignes que se exponen a la pública veneración en la santa ciudad de Roma, se encuentra parte de la sangre, y agua que salió de su sagrado costado después de muerto, se conserva en la basílica de San Juan de Letrán. En la de San Marcos se expone un velo que se embebió en la misma sangre y agua.

→ Piedra de la unción: Se venera en Jerusalén, en la iglesia del Santo Sepulcro

→ Santo Sepulcro: Dios ha querido que permaneciera en Jerusalén, siendo bajo todos los conceptos el sepulcro más glorioso que ha habido y habrá sobre la tierra. Muchas iglesias se glorían de tener pequeñas partes de tan glorioso monumento.

→ Sudarios y lienzos del Señor en el Santo Sepulcro: Según la costumbre que tenían los hebreos al embalsama, varios eran los sudarios y lienzos que empleaban: así parece deducirse del evangelio de San Juan. En la iglesia de San Juan de Letrán se conserva uno de esos lienzos en que estuvo envuelta la cabeza del Señor en el Sepulcro. En las iglesias de San Marcos, de San Francisco á Ripa y en el Escorial, en España, se veneran partes de otros lienzos; pero los santos sudarios de Turín en Italia, Besancon en Francia y Santo Domingo de la Calzada en España, son los que de modo especial han sido venerados y admirados siendo el de Turín el que la ciencia certificó como autentificable por las notables corroboraciones históricas y prodigiosas cualidades del santo tejido.


Reflexión final

Si la emoción embarga nuestros corazones al contemplar la riqueza y significación de la presencia de tales reliquias, sólo cabe extender nuestro amor y comprensión a un paso más. Y es ineludible.

¡Cuánto daríamos en este momento por ser trasladados - como Daniel al etíope - hasta cualquiera de estas reliquias! ¡Con qué gusto pasaríamos horas de rodillas venerando esos preciosos recuerdos del Salvador, que acaso fueron bendecidos por el roce de su tacto o que contienen parte de su Divina Sangre!

Y olvidamos, a un mismo tiempo, que quizás a pasos de nosotros, no muy lejos, tenemos al mismo Cristo presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. ¡A pocos minutos tenemos al mismo Cristo presente y tan vivo como cuando regó de gracias las preciosas reliquias que comentamos!

Contemplémosle ahora allí, donde le tenemos cerca. Meditemos en lo sólo y abandonado que se encuentra. Nadie peregrina hasta allí, nadie se arrodilla ante su sagrada Presencia. Pocos, muy pocos, parecen tener conciencia cabal de Él.

Vemos a tantos comulgar sin respeto, sin la debida compenetración que tal acto merece ¡Acto envidiado por los mismos ángeles, que no pueden comulgar! Es el mismo Cristo que viene a nosotros. ¡Cuántos comulgan con la mano, tocando con sus manos indignas e impuras el sagrado Cuerpo del Redentor! Duele pensar en semejante irreverencia, que a causa de la extensión y frecuencia ha sido indultada por la Iglesia. Imaginar tan sólo las divinas partículas olvidadas en la mano y llevadas al bolsillo, o caídas al suelo. Tiemblo al pensar en ello, en la tristeza y escándalo de los santos ángeles.

Mártires y santos, los mismos cruzados ofrecieron sus vidas por la conservación de las reliquias y lugares sagrados. Muchos prefirieron morir antes que verlas profanadas. ¿Cómo no querremos nosotros, hermanos en la fe e hijos de la Iglesia como ellos, ya no venerar las reliquias sino adorar a nuestro dulce y amable Salvador presente día y noche en la Sagrada Eucaristía?

escrito por P. Ignacio Acuña Duarte. S.J. 
(fuentes: Revista Cristiandad; catholic.net)

lunes, 30 de marzo de 2015

Papa Francisco en Domingo de Ramos: "El estilo del cristiano es la humildad"

VATICANO, 29 Mar. 15 / 09:30 am (ACI/EWTN Noticias).- La Plaza de San Pedro quedó desbordada de peregrinos que acudieron a celebrar el Domingo de Ramos en una mañana primaveral. Este día se conmemora la entrada de Jesús en Jerusalén a lomo de un burro mientras era aclamado por las gentes.

La celebración presidida por el Papa Francisco comenzó a las 9,30 de la mañana. En el centro de la Plaza, donde está situado el famoso Obelisco, el Pontífice bendijo las palmas y los ramos de olivos y después dio comienzo la Misa, en la que se proclamó el Evangelio de la Pasión.

En la Plaza y alrededores muchos jóvenes escucharon las palabras del Santo Padre. Entre ellos, unos jóvenes que celebraban, como cada Domingo de Ramos, la XXX Jornada Mundial de la Juventud con el lema “Beatos los puros de corazón, porque verán a Dios”.

En su homilía, el Papa animó a seguir el camino de Jesús con humildad y a no renegar de Él, porque “el amor nos guiará y nos dará fuerza”.

“En el centro de esta celebración, que se presenta tan festiva, está la palabra que hemos escuchado en el himno de la Carta a los Filipenses: ‘Se humilló a sí mismo’”, dijo el Papa nada más comenzar su homilía.

Sobre esto, explicó que se trata de “la humillación de Jesús”, una palabra que “nos desvela el estilo de Dios y del cristiano: la humildad”.

Y sobre este ‘estilo’ destacó que “nunca dejará de sorprendernos y ponernos en crisis: nunca nos acostumbraremos a un Dios humilde” porque “humillarse es ante todo el estilo de Dios: Dios se humilla para caminar con su pueblo, para soportar sus infidelidades”.

El Santo Padre aclaró que esto ya se puede observar en el Libro del Éxodo cuando Dios escucha todas las murmuraciones del pueblo de Israel. Unas quejas que “estaban dirigidas contra Moisés, pero, en el fondo, iban contra él, contra su Padre, que los había sacado de la esclavitud y los guiaba en el camino por el desierto hasta la tierra de la libertad”.

Por eso, “en esta semana, la Semana Santa, que nos conduce a la Pascua, seguiremos este camino de la humillación de Jesús. Y sólo así será ‘santa’ también para nosotros”.

A continuación, Francisco adelantó algunos de los acontecimientos de los que los fieles serán testigos al asistir estos próximos días a las celebraciones. “Veremos el desprecio de los jefes del pueblo y sus engaños para acabar con él. Asistiremos a la traición de Judas, uno de los Doce, que lo venderá por treinta monedas. Veremos al Señor apresado y tratado como un malhechor; abandonado por sus discípulos; llevado ante el Sanedrín, condenado a muerte, azotado y ultrajado”.

También “escucharemos cómo Pedro, la ‘roca’ de los discípulos, lo negará tres veces. Oiremos los gritos de la muchedumbre, soliviantada por los jefes, pidiendo que Barrabás quede libre y que a él lo crucifiquen. Veremos cómo los soldados se burlarán de él, vestido con un manto color púrpura y coronado de espinas. Y después, a lo largo de la vía dolorosa y a los pies de la cruz, sentiremos los insultos de la gente y de los jefes, que se ríen de su condición de Rey e Hijo de Dios”.

Precisamente, “esta es la vía de Dios, el camino de la humildad. Es el camino de Jesús, no hay otro. Y no hay humildad sin humillación”.

Volviendo a la actitud de Cristo, que tomó “la condición de siervo”, el Obispo de Roma aclaró que, “en efecto, la humildad quiere decir servicio, significa dejar espacio a Dios negándose a uno mismo, ‘despojándose’, como dice la Escritura”.

“Esta es la humillación más grande. Hay otra vía, contraria al camino de Cristo: la mundanidad. La mundanidad nos ofrece el camino de la vanidad, del orgullo, del éxito. Es la otra vía”, alertó el Papa.

“El maligno se la propuso también a Jesús durante cuarenta días en el desierto. Pero Jesús la rechazó sin dudarlo. Y, con él, también nosotros podemos vencer esta tentación, no solo en las grandes ocasiones, sino también en las circunstancias ordinarias de la vida”.

Una de las propuestas para hacerlo fue que “nos ayuda y nos conforta el ejemplo de muchos hombres y mujeres que, en silencio y sin hacerse ver, renuncian cada día a sí mismos para servir a los demás: un familiar enfermo, un anciano solo, una persona con discapacidad. Pensemos también en la humillación de los que, por mantenerse fieles al Evangelio, son discriminados y sufren las consecuencias en su propia carne”.

Un ejemplo que también se puede ver en los perseguidos. “Pensemos en nuestros hermanos y hermanas perseguidos por ser cristianos, los mártires de hoy: no reniegan de Jesús y soportan con dignidad insultos y ultrajes. Lo siguen por su camino. Podemos hablar de ‘una nube de testigos’”.

“Como ellos, emprendamos también nosotros con decisión este camino, movidos por el amor a nuestro Señor y Salvador. El amor nos guiará y nos dará fuerza. Y, donde está él, estaremos también nosotros”, concluyó.

La Pasión de Cristo vista con los ojos de los santos

Estamos en Semana Santa, una de las etapas más importantes de todo nuestro calendario, pues nos invita a contemplar y ahondar esta frase del Evangelio de San Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único» (Juan 3, 16). Los santos han sido, siempre, muy conscientes de esta verdad. De hecho, no hay santo que haya llegado a las cimas de la vida espiritual sin haber meditado frecuentemente la Pasión de Cristo. ¿Un botón de muestra? La mediocre Teresa de Jesús que, al ver al Cristo flagelado, decide cambiar de vida.

En todos sus escritos insisten siempre en que la contemplación de los dolores de Cristo ayuda a crecer en la vida espiritual, a vencer las dificultades, a orar mejor.

Por ello, quisiera ahora proponerles diversos pensamientos de maestros de vida espiritual que, tal vez, les puedan ayudar a meditar mejor la Pasión de Cristo en esta Semana Santa. Mi deseo es que leyendo estas líneas, verdadero patrimonio de nuestra espiritualidad católica, se encuentren con los ojos de Cristo Crucificado que te mira y te dice: «Te amo con todo mi corazón».

La Pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida (Santo Tomás de Aquino, Sobre el Credo).

Es cosa muy buena y santa pensar en la pasión del Señor y meditar sobre ella, ya que por este camino se llega a la santa unión con Dios. En esta santísima escuela se aprende la verdadera sabiduría, en ella la han aprendido todos los santos (San Juan de la Cruz, Carta 1).

"Si quieres, alma devota, crecer siempre de virtud en virtud y de gracia en gracia, procura meditar todos los días la Pasión de Jesucristo". Esto es de San Buenaventura, y añade: "No hay ejercicio más a propósito para santificar tu alma que la meditación de los padecimientos de Jesucristo". Y San Agustín añade "que vale más una lágrima derramada en memoria de la Pasión de Cristo que hacer una peregrinación a Jerusalén y ayunar a pan y agua durante un año" (San Alfonso María de Ligorio, Meditaciones sobre la Pasión de Cristo).

Si tu mente no se eleva a la contemplación de ese Dios-Hombre crucificado, vuelve atrás y, comenzando de la cabeza o de los pies, rumia todos esos caminos de la pasión y de la cruz del Dios-Hombre ajusticiado. Y si no puedes retomar y hallar de nuevo estas cosas con el corazón, repítelas frecuentemente y amorosamente con los labios, porque lo que a menudo se repite con los labios, da calor y fervor al corazón (Beata Ángela de Foligno, El libro de la vida).

Aquellos tres clavos sostienen todo el peso del cuerpo; sufre grandes dolores y está en una aflicción superior a cuanto se puede decir ni pensar. Está pendiente entre dos ladrones, de todas partes sufre penas, de todas partes oprobios, de todas partes insultos. Pues aun viéndolo tan angustiado no perdonan insulto alguno (San Buenaventura, Meditación sobre la Pasión).

Seis cosas se han de meditar en la pasión de Cristo: la grandeza de sus dolores, para compadecernos de ellos. La gravedad de nuestro pecado, que es la causa, para aborrecerlo. La grandeza del beneficio, para agradecerlo. La excelencia de la Divina bondad y caridad, que allí se descubre, para amarla. La conveniencia del misterio, para maravillarse de él. Y la muchedumbre de las virtudes de Cristo, que allí resplandecen, para imitarlas. Pues conforme a esto, cuando vamos meditando debemos ir inclinando nuestro corazón, unas veces a compasión de los dolores de Cristo, pues fueron los mayores del mundo, así por la delicadeza de su cuerpo, como por la grandeza de su amor, como también por padecer sin ninguna manera de consolación, como en otra parte está declarado. Otras veces debemos tener respeto a sacar de aquí motivos de dolor de nuestros pecados, considerando que ellos fueron la cause de que Él padeciese tantos y tan graves dolores como padeció. Otras veces debemos sacar de aquí motivos de amor y agradecimiento, considerando la grandeza del amor que Él por aquí nos descubrió y la grandeza de beneficio que nos hizo redimiéndonos tan copiosamente, con tanta costa suya y tanto provecho nuestro (San Pedro de Alcántara).

La pasión de nuestro Señor es el motivo más dulce y el más fuerte que puede mover nuestros corazones en esta vida mortal…allá arriba en la gloria, después del motivo de la Bondad divina, conocida y considerada en sí misma, el de la muerte del Salvador será el más poderoso para arrebatar el espíritu de los bienaventurados en el amor de Dios (San Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios).

El canto del sufrimiento unido a sus sufrimientos es lo que más cautiva su corazón […] Jesús arde de amor por nosotras... ¡Mira su Faz adorable...! ¡Mira esos ojos apagados y bajos...! Mira esas llagas... Mira a Jesús en su Faz... Allí verás cómo nos ama (Santa Teresa de Lisieux).

Porque ningún libro hay tan eficaz para enseñar al hombre todo género de virtud, y cuánto debe ser el pecado huido y la virtud amada, como la pasión del Hijo de Dios; y también porque es extremo desagradecimiento poner en olvido un tan inmenso beneficio de amor como fue padecer Cristo por nosotros (San Juan de Ávila, Audi Filia).

Recuerden que la Pasión de Cristo desemboca siempre en la alegría de la Resurrección, para que cuando sientan en su corazón los sufrimientos de Cristo, tengan bien presente que luego llegará la resurrección (Beata Teresa de Calcuta).

Os confío la cruz de Cristo. Llevadla por el mundo como señal del amor de nuestro Señor Jesucristo a la humanidad, y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado está la salvación y la redención (Beato Juan Pablo II, Clausura del Año jubilar de la Redención, 1984).

escrito por P. Juan Antonio Ruiz J., L.C. 
(fuente: la-oracion.com)

domingo, 29 de marzo de 2015

"Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos"

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos
(Mc 14, 1-15, 47)
Gloria a ti, Señor.

Faltaban dos días para la fiesta de pascua y de los panes Azimos. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando una manera de apresar a Jesús a traición y darle muerte, pero decían: "No durante las fiestas, porque el pueblo podría amotinarse".

Estando Jesús sentado a la mesa, en casa de Simón el leproso, en Betania, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y derramó el perfume en la cabeza de Jesús. Algunos comentaron indignados: "¿A qué viene este derroche de perfume? Podía haberse vendido por más de trescientos denarios para dárselos a los pobres". Y criticaban a la mujer; pero Jesús replicó: + "Déjenla. ¿Por qué la molestan? Lo que ha hecho conmigo está bien, porque a los pobres los tienen siempre con ustedes y pueden socorrerlos cuando quieran; pero a mí no me tendrán siempre. Ella ha hecho lo que podía. Se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Yo les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se predique el Evangelio, se recordará también en su honor lo que ella ha hecho conmigo”.

Judas Iscariote, uno de los Doce, se presentó a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le prometieron dinero; y él andaba buscando una buena ocasión para entregarlo.

El primer día de la fiesta de los panes Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le preguntaron a Jesús sus discípulos: "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?" (Él les dijo a dos de ellos): + "Vayan a la ciudad. Encontrarán a un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y díganle al dueño de la casa en donde entren: 'El Maestro manda preguntar: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?' Él les enseñará una sala en el segundo piso, arreglada con divanes. Prepárennos allí la cena".

Los discípulos se fueron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que Jesús les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Al atardecer, llegó Jesús con los Doce. Estando a la mesa, cenando, les dijo: + "Yo les aseguro que uno de ustedes, uno que está comiendo conmigo, me va a entregar". Ellos, consternados, empezaron a preguntarle uno tras otro: "¿Soy yo?" Él respondió: + "Uno de los Doce; alguien que moja su pan en el mismo plato que yo. El Hijo del hombre va a morir, como está escrito: pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre! ¡Más le valiera no haber nacido!

Mientras cenaban, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: + "Tomen: esto es mi cuerpo". Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo: + "Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Yo les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios".

Después de cantar el himno, salieron hacia el monte de los Olivos y Jesús les dijo: + "Todos ustedes se van a escandalizar por mi causa, como está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas; pero cuando resucite, iré por delante de ustedes a Galilea". Pedro replicó: "Aunque todos se escandalicen, yo no”. Jesús le contestó: + "Yo te aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, tú me negarás tres". Pero él insistía: "Aunque tenga que morir contigo, no te negaré". Y los demás decían lo mismo.

Fueron luego a un huerto, llamado Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: + "Siéntense aquí mientras hago oración". Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan; empezó a sentir terror y angustia, y les dijo: + "Tengo el alma llena de una tristeza mortal. Quédense aquí, velando". Se adelantó un poco, se postró en tierra y pedía que, si era posible, se alejara de él aquella hora. Decía: + "Padre, tú lo puedes todo: aparta de mí este cáliz. Pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres". Volvió a donde estaban los discípulos, y al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro: + "Simón, ¿estás dormido? ¿No has podido velar ni una hora? Velen y oren, para que no caigan en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es débil". De nuevo se retiró y se puso a orar, repitiendo las mismas palabras. Volvió y otra vez los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño; por eso no sabían qué contestarle. Él les dijo: + "Ya pueden dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora. Miren que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está cerca el traidor".

Todavía estaba hablando, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él, gente con espadas y palos, enviada por los sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles: "Al que yo bese, ése es. Deténgalo y llévenselo bien sujeto". Llegó, se acercó y le dijo: "Maestro". Y lo besó.

Ellos le echaron mano y lo apresaron. Pero uno de los presentes desenvainó la espada y de un golpe le cortó la oreja a un criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo: + "¿Salieron ustedes a apresarme con espadas y palos, como si se tratara de un bandido? Todos los días he estado entre ustedes, enseñando en el templo y no me han apresado. Pero así tenía que ser para que se cumplieran las Escrituras".

Todos lo abandonaron y huyeron. Lo iba siguiendo un muchacho, envuelto nada más con una sábana, y lo detuvieron; pero él soltó la sabana y se les escapó desnudo.

Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote y se reunieron todos los pontífices, los escribas y los ancianos. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del patio del sumo sacerdote y se sentó con los criados, cerca de la lumbre, para calentarse. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban una acusación contra Jesús para condenarlo a muerte y no la encontraban. Pues, aunque muchos presentaban falsas acusaciones contra él, los testimonios no concordaban. Hubo unos que se pusieron de pie y dijeron: "Nosotros lo hemos oído decir: 'Yo destruiré este templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro, no edificado por hombres'". Pero ni aún en esto concordaba su testimonio.

Entonces el sumo sacerdote se puso de pie y le preguntó a Jesús: "¿No tienes nada que responder a todas esas acusaciones?" Pero él no le respondió nada. El sumo sacerdote le volvió a preguntar: "¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?,” Jesús contestó: + "Sí lo soy. Y un día verán cómo el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y cómo viene entre las nubes del cielo". El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras exclamando: "¿Qué falta hacen ya más testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?" Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle, y tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían: "Adivina quién fue", y los criados también le daban de bofetadas.

Mientras tanto, Pedro estaba abajo, en el patio. Llegó una criada del sumo sacerdote, y al ver a Pedro calentándose, lo miró fijamente y le dijo: "Tú también andabas con Jesús Nazareno". Él lo negó, diciendo: "Ni sé ni entiendo lo que quieres decir". Salió afuera hacia el zaguán, y un gallo cantó. La criada, al verlo, se puso de nuevo a decir a los presentes: "Ese es uno de ellos". Pero él lo volvía a negar. Al poco rato, también los presentes dijeron a Pedro: "Claro que eres uno de ellos, pues eres galileo". Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar: "No conozco a ese hombre del que hablan". En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro se acordó entonces de las palabras que le había dicho Jesús: 'Antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres', rompió a llorar.

Luego que amaneció, se reunieron los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el sanedrín en pleno, para deliberar. Ataron a Jesús, se lo llevaron y lo entregaron a Pilatos. Este le preguntó: "¿Eres tú el rey de los judíos?" Él respondió: + "Sí lo soy". Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilatos le preguntó de nuevo: "¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan". Jesús ya no le contestó nada, de modo que Pilatos estaba muy extrañado.

Durante la fiesta de Pascua, Pilato solía soltarles al preso que ellos pidieran. Estaba entonces en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en un motín. Vino la gente y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilatos les dijo: "¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?" Porque sabía que los Sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilatos les volvió a preguntar: "¿Y qué voy a hacer con el que llaman rey de los judíos?" Ellos gritaron más fuerte: "¡Crucifícalo!" Pilatos, queriendo dar gusto a la multitud, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de mandarlo azotar, lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados se lo llevaron al interior del palacio, al pretorio, y reunieron a todo el batallón. Lo vistieron con una manto de color púrpura, le pusieron una corona de espinas que habían trenzado, y comenzaron a burlarse de él, dirigiéndole este saludo: "¡Viva el rey de los judíos!". Le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminadas las burlas, le quitaron aquel manto de color púrpura, le pusieron su ropa y lo sacaron para crucificarlo.

Entonces forzaron a cargar la cruz a un individuo que pasaba por ahí de regreso del campo, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir "lugar de la Calavera"). Le ofrecieron vino con mirra, pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echando suertes para ver qué le tocaba a cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: "El rey de los judíos". Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: Fue contado entre los malhechores.

Los que pasaban por ahí lo injuriaban meneando la cabeza y gritándole: “Anda" Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo y baja de la cruz”. Los sumos sacerdotes se burlaban también de él y le decían: "Ha salvado a otros, pero a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos" Hasta los que estaban crucificados con él también lo insultaban.

Al llegar el mediodía, toda aquella tierra se quedó en tinieblas hasta las tres de la tarde. Y a las tres, Jesús gritó con voz potente: + "Eloí, Eloí, ¿lamá sabactaní?" (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: "Miren, está llamando a Elías". Uno corrió a empapar una esponja en vinagre, la sujetó a un carrizo y se la acercó para que bebiera, diciendo: "Vamos a ver si viene Elías a bajarlo". Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El oficial romano que estaba frente a Jesús, al ver cómo había expirado, dijo: "De veras este hombre era Hijo de Dios".

Había también ahí unas mujeres que estaban mirando todo desde lejos; entre ellas, María Magdalena, María (la madre de Santiago el menor y de José) y Salomé, que cuando Jesús estaba en Galilea, lo seguían para atenderlo; y además de ellas, otras muchas que habían venido con él a Jerusalén.

Al anochecer, como era el día de la preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro distinguido del sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios. Se presentó con valor ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó de que ya hubiera muerto, y llamando al oficial, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto. Informado por el oficial, concedió el cadáver a José. Este compró una sábana, bajó el cadáver, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro excavado en una roca y tapó con una piedra la entrada del sepulcro. María Magdalena y María, la madre de José, se fijaron en dónde lo ponían.

Palabra del Señor. 
Gloria a ti Señor Jesús.


La Iglesia Católica celebra hoy día el Domingo de Ramos, que recuerda y revive la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, donde pocos días después había de morir clavado a la cruz. Este domingo recibe su nombre de un hecho que está registrado en el Evangelio: al paso de Jesús que entraba en Jerusalén, montado sobre un pollino, "muchos extendieron sus mantos por el camino; otros extendieron ramas cortadas de los árboles" (Mc 11,8). De aquí habría recibido el nombre "Domingo de Ramos". Si se pregunta, ¿ramas de qué árboles? Debemos responder: de olivos. En efecto, la caravana que escoltaba a Jesús partió del monte de los Olivos, el monte que está frente a Jerusalén al otro lado del torrente Cedrón, llamado así precisamente porque estaba cubierto de olivos. Era imposible encontrar ramas de otro árbol. Por eso hoy día en la Misa principal en cada parroquia se hace memoria de este episodio evangélico por medio de la procesión de los fieles que escoltan al sacerdote, revestido de rojo, llevando ramos de olivos en las manos. Es importante registrar lo que gritaba el pueblo al paso de Jesús: "¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!...¡Hosanna en las alturas!". Así fue aclamado Jesús a su entrada en Jerusalén. Estos gritos iban a desencadenar los hechos que lo llevaron a su muerte en la cruz. Todos reconocemos en esos gritos de júbilo la misma aclamación que en cada Misa introduce la plegaria eucarística. Si con esa aclamación se dio entrada a Jesús en Jerusalén, donde iba a ofrecerse en sacrificio muriendo en la cruz, es significativo que se cante esa aclamación en la acción sacramental que va a hacer presente sobre el altar ese mismo sacrificio con toda su eficacia salvífica. Por eso resulta inoportuno que al canto del "Sanctus" se le acomoden otras palabras. En efecto, adoptar otras palabras en ese lugar de la Misa hace perder toda la ambientación de lo que se está conmemorando.

En otros lugares se llama a este domingo "Domingo de Palmas". Este nombre se inspira en el Evangelio de San Juan. En ese relato de la entrada de Jesús a Jerusalén, el pueblo no extiende las ramas por el suelo sino que "tomaron ramas de palmera y salieron al encuentro de Jesús gritando: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Jn 12,13). También este hecho está evocado en nuestra celebración, porque el sacerdote y algunos ministros llevan en la procesión ramos de palmera. En cada Misa en la que participamos repetimos la aclamación "Hosanna". Tal vez la hayamos cantado miles de veces en nuestra vida. Ya hemos explicado que ella resonó con ocasión de la entrada de Jesús en Jerusalén. Pero ¿sabemos cuál es su significado? Esta palabra es la transcripción de un verbo hebreo en la segunda persona singular del modo imperativo. En hebreo suena así: hoshiána. El verbo en cuestión es el verbo "hoshía'" (raíz "yashá'") que significa: salvar, liberar. El sujeto era generalmente Dios, como ocurre en los salmos: "¡Salva, Yahveh, que no hay quien sea fiel!" (Sal 12,1); "¡Oh Yahveh, salva al rey, respondenos el día de nuestra súplica!" (Sal 20,9); "Salva a tu pueblo, bendice tu he-redad" (Sal 28,9).

Sobre todo, en el salmo 118,25: "¡Ah, Señor, salva! (Yahveh hoshiáhna)... ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!... ¡Cerrad la procesión con ramos hasta los ángulos del altar!". De aquí se toma la aclamación que gritaba el pueblo cuando entraba Jesús en Jerusalén. Conociendo el significado de esa aclamación, comprendemos mejor lo que quería decir el pueblo y lo que decimos nosotros cada vez que la cantamos durante la santa Misa. Pedimos a Dios que nos salve y reconocemos que esa salvación nos ha sido dada en Jesucristo. El mismo nombre de Jesús significa: Yahveh salva. Este domingo toma también el nombre de "Domingo de Pasión", porque en la celebración de la Misa se lee el relato de la Pasión. Este año se toma del Evangelio de San Marcos.

La celebración de este día es como recorrer con Cristo el camino desde su entrada en Jerusalén hasta su muerte en la cruz. Como dijimos, es lo mismo que hacemos en cada Eucaristía que celebramos. Pero en la Eucaristía se hace memoria de todo el ciclo pascual, es decir, tenemos allí el encuentro con Cristo resucitado y glorioso, tal como está ahora a la diestra del Padre en el cielo. El relato de la Pasión seguida de la resurrección de Cristo es el núcleo más original del Evangelio. Con razón alguien ha afirmado que los Evangelios son el relato de la Pasión y resurrección de Cristo precedido de largas introducciones. Podemos, en cierta medida, verificar la exactitud de esta afirmación leyendo en los Hechos de los Apóstoles la predicación más original de San Pedro: "A este Jesús a quien vosotros matasteis clavandolo en la cruz por mano de los impíos... Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos" (Hech 2,23.32).

El relato de la Pasión de Cristo se leía en la celebración de la Eucaristía, que es la memoria y actualización de ese hecho entre los participantes. Por eso este domingo en que leemos entera la Pasión de Cristo, la celebración de la Misa adquiere un sentido profundo. Que esta introducción de la Semana Santa mueva a todos a participar en las celebraciones litúrgicas de estos días, sobre todo, durante el triduo pascual. Tomar esos días como meras vacaciones y ocasión para divertir-se, es profanar los hechos que nos han dado la salvación. Esos días debemos contemplar a Jesús haciendo realidad su declaración: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13).

escrito por  Felipe Bacarreza Rodríguez 
Obispo Auxiliar de Concepción
(fuente: aciprensa.com)

sábado, 28 de marzo de 2015

La fe tiene que convertirse en vida para mí

¿Hasta qué punto dejamos que nuestra alma sea abrazada plenamente por Cristo?

Ante el testimonio que Jesucristo le ofrece, ante el testimonio por el cual Él dice de sí mismo: “Soy Hijo de Dios”, ante el testimonio que le marca como Redentor y Salvador, el cristiano debe tener fe. La fe se convierte para nosotros en una actitud de vida ante las diversas situaciones de nuestra existencia; pero sobre todo, la fe se convierte para nosotros en una luz interior que empieza a regir y a orientar todos nuestros comportamientos.

La fundamental actitud de la fe se presenta particularmente importante cuando se acercan la Semana Santa, los días en los cuales la Iglesia, en una forma más solemne, recuerda la pasión, la muerte y la resurrección de nuestro Señor. Tres elementos, tres eventos que no son simplemente «un ser consciente de cuánto ha hecho el Señor por mí», sino que son, por encima de todo, una llamada muy seria a nuestra actitud interior para ver si nuestra fe está puesta en Él, que ha muerto y resucitado por nosotros.

Solamente así nosotros vamos a estar, auténtica- mente, celebrando la Semana Santa; solamente así nosotros vamos a estar encontrándonos con un Cristo que nos redime, con un Cristo que nos libera. Si por el contrario, nuestra vida es una vida que no termina de aceptar a Cristo, es una vida que no termina en aceptar el modo concreto con el cual Jesucristo ha querido llegar a nosotros, la pregunta es: ¿Qué estoy viviendo como cristiano?

Jesús se me presenta con esa gran señal, que es su pasión y su resurrección, como el principal gesto de su entrega y donación a mí. Jesús se me presenta con esa señal para que yo diga: “creo en ti”. Quién sabe si nosotros tenemos esto profundamente arraigado, o si nosotros lo que hemos permitido es que en nuestra existencia se vayan poco a poco arraigando situaciones en las que no estamos dejando entrar la redención de Jesucristo. Que hayamos permitido situaciones en nuestra relación personal con Dios, situaciones en la relación personal con la familia o con la sociedad, que nos van llevando hacia una visión reducida, minusvalorada de nuestra fe cristiana, y entonces, nos puede parecer exagerado lo que Cristo nos ofrece, porque la imagen que nosotros tenemos de Cristo es muy reducida.

Solamente la fe profunda, la fe interior, la fe que se abraza y se deja abrazar por Jesucristo, la fe que por el mismo Cristo permite reorientar nuestros comportamientos, es la fe que llega a todos los rincones de nuestra vida y es la que hace que la redención, que es lo que estamos celebrando en la Pascua, se haga efectiva en nuestra existencia.

Sin embargo, a veces podemos constatar situaciones en nuestras vidas —como les pasaba a los judíos— en las cuales Jesucristo puede parecernos demasiado exigente. ¿Por qué hay que ser tan radical?, ¿por qué hay que ser tan perfeccionista?

Los judíos le dicen a Jesús: “No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios". Esta es una actitud que recorta a Cristo, y cuántas veces se presenta en nuestras vidas.

La fe tiene que convertirse en vida en mí. Creo que todos nosotros sí creemos que Jesucristo es el Hijo de Dios, Luz de Luz, pero la pregunta es: ¿lo vivimos? ¿Es mi fe capaz de tomar a Cristo en toda su dimensión? ¿O mi fe recorta a Cristo y se convierte en una especie de reductor de nuestro Señor, porque así la he acostumbrado, porque así la he vivido, porque así la he llevado? ¿O a la mejor es porque así me han educado y me da miedo abrirme a ese Cristo auténtico, pleno, al Cristo que se me ofrece como verdadero redentor de todas mis debilidades, de todas mis miserias?

Cuando tocamos nuestra alma y la vemos débil, la vemos con caídas, la vemos miserable ¿hasta qué punto dejamos que la abrace plenamente Jesucristo nuestro Señor? Cuando palpamos nuestras debilidades ¿hasta qué punto dejamos que las abrace Cristo nuestro Redentor? ¿Podemos nosotros decir con confianza la frase del profetas Jeremías: “El Señor guerrero, poderoso está a mi lado; por eso mis perseguidores caerán por tierra y no podrán conmigo; quedarán avergonzados de su fracaso, y su ignominia será eterna e inolvidable”?

¿Que somos débiles...?, lo somos. ¿Que tenemos enemigos exteriores...?, los tenemos. ¿Que tenemos enemigos interiores...?, es indudable.

Ese enemigo es fundamentalmente el demonio, pero también somos nosotros mismos, lo que siempre hemos llamado la carne, que no es otra cosa más que nuestra debilidad ante los problemas, ante las dificultades, y que se convierte en un grandísimo enemigo del alma.

Dios dice a través de la Escritura: “quedarán avergonzados de su fracaso y su ignominia será eterna e inolvidable”. ¿Cuando mi fe toca mi propia debilidad tiende a sentirse más hundida, más debilitada, con menos ganas? ¿O mi fe, cuando toca la propia debilidad, abraza a Jesucristo nuestro Señor? ¿Es así mi fe en Cristo? ¿Es así mi fe en Dios? Nos puede suceder a veces que, en el camino de nuestro crecimiento espiritual, Dios pone, una detrás de otra, una serie de caídas, a veces graves, a veces menos graves; una serie de debilidades, a veces superables, a veces no tanto, para que nos abracemos con más fe a Dios nuestro Señor, para que le podamos decir a Jesucristo que no le recortamos nada de su influjo en nosotros, para que le podamos decir a Jesucristo que lo aceptamos tal como es, porque solamente así vamos a ser capaces de superar, de eliminar y de llevar adelante nuestras debilidades.

Que la Pascua sea un auténtico encuentro con nuestro Señor. Que no sea simplemente unos ritos que celebramos por tradición, unas misas a las que vamos, unos actos litúrgicos que presenciamos. Que realmente la Pascua sea un encuentro con el Señor resucitado, glorioso, que a través de la Pasión, nos da la liberación, nos da la fe, nos da la entrega, nos da la totalidad y, sobre todo, nos da la salvación de nuestras debilidades.

escrito por P. Cipriano Sánchez LC 
(fuente: catholic.net)

viernes, 27 de marzo de 2015

Meditación: Concentrar la mirada en Cristo

¿Qué es la Semana "de Pasión"?

No hay tiempo que perder, los acontecimientos se precipitan. La Palabra del Señor nos dice cómo convertir la muerte en vida, los llantos en cantares, la tristeza en gozo. Es la paradoja del Evangelio: "Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna" (Jn 12,24-25).

A esta semana se la llama "de Pasión" por la proximidad de la Semana Santa. Debemos disponernos a celebrar la Pascua, fiesta del nuevo nacimiento, de novedad de vida, de reiniciar con gozo el seguimiento de Cristo, quien nos presenta el paradigma cristiano: "Cristo, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna" (Hbr 7, 9).

Dispongámonos a renovar el pacto sagrado, el de nuestro bautismo, porque "mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva (Jr 31, 31).

La forma que todos tenemos a nuestro alcance es la reconciliación, la súplica del perdón. Si por lo que sea no hemos caminado por senda llana en los días cuaresmales, siempre se nos ofrece la misericordia, y es posible celebrarla, si la pedimos con humildad: "Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme" (Sal 50).


La enseñanza de Santa Teresa

Tenemos la llamada a la renovación de las promesas bautismales, aunque con dolor debamos reconocer, como hace Santa Teresa, nuestras incoherencias. "¿Qué remedio, Señor, para poder después vivir, que no sea muriendo con la memoria de haber perdido tanto bien como tuviera estando en la inocencia que quedó del bautismo?" (Las Exclamaciones del Amor de Dios 3, 2).

Son días de concentrar la mirada en Cristo. Antiguamente, durante esta semana permanecían cubiertas todas las imágenes, y sólo se mostraba a Cristo Crucificado en la celebración del "Miserere", canto del salmo 50. Aunque actualmente, en general, no se cubren los altares, sin embargo tenemos la recomendación de centrar nuestros ojos en el Señor, según nos enseña la maestra espiritual.

"Miradle cargado con la cruz, que aun no le dejaban hartar de huelgo. Miraros ha El con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros, sólo porque os vayáis vos con El a consolar y volváis la cabeza a mirarle" (Camino de Perfección 25, 5).

Considero yo muchas veces, Cristo mío, cuán sabrosos y cuán deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama y Vos, bien mío, queréis mirar con amor. Paréceme que sola una vez de este mirar tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años de servicio (Las Exclamaciones del Amor de Dios 14, 1).

escrito por Don Ángel Moreno de Buenafuente
(fuente: la-oracion.com)

jueves, 26 de marzo de 2015

¿Hay que obligar a los hijos a ir a misa?

Los padres deben educar a los hijos en la libertad verdadera, no en el "porque sí"Los padres quieren lo mejor para sus hijos y esto incluye educarles para la libertad, ayudarles a ser capaces de vivir "desde su interior", con sentido. No se trata de que hagan en cada instante lo que se les ocurra, sino de hacer realidad en su vida lo que libremente han elegido.

 Cuando un hijo les dice a sus padres que no quiere ir a misa, hay que tener en cuenta varios factores: su edad, las razones que le llevan a expresarse así, si se trata de una situación circunstancial o un problema importante...

En caso de tratarse de un hijo pequeño, el padre y la madre deben introducir al niño en aquella vida que desean transmitirle con arreglo a su edad.

En el caso de los católicos, esto incluye acompañarlo a misa y tratar de mostrarle la grandeza de ese misterio que vive conjuntamente la familia, de la misma manera que le "obligan" a ir al colegio o a visitar a los abuelos aunque a veces pueda no apetecerle al pequeño.

El hecho de que el hijo muestre su oposición a asistir a misa puede servir para que los padres se planteen si están viviendo con plenitud su identidad y su unión con Cristo y si están transmitiendo la fe a sus hijos de manera eficaz, lo cual es una obligación derivada de su matrimonio católico. Quizás suponga una oportunidad de reavivar su fe...

Por otra parte, cuando el hijo va avanzando en edad, es necesario que vaya haciendo propio todo aquello que le han transmitido de pequeño, lo cual a veces conlleva pequeñas o grandes crisis.

En este camino, el respeto a la libertad debe ser proporcionado a los años y madurez del hijo, y estar acompañado de una preocupación personal por el hijo acorde con la responsabilidad como padres, pero que puede darse de muy diversas formas, no siempre manifiestas.

Por ejemplo, unos padres a los que su hijo mayor de edad no quiera acompañar a misa los domingos pueden intensificar su oración por él y su acompañamiento paciente y ofrecer también el sufrimiento que les ocasiona esa actitud de su hijo y esforzarse por vivir ellos mejor la misa. Quizás eso sea más formativo y eficaz a largo plazo que una respuesta coercitiva.


Sacrificio y amor

Dice la Madre Teresa de Calcuta: “Estamos en una cultura en que el amor se identifica generalmente con los sentimientos más que con un acto de voluntad, con el placer más que con el sacrificio”. ¿Qué nos quiere mostrar? Que el amor auténtico se identifica con un acto de la voluntad y con el sacrificio. Amar implica pues un movimiento personal que arranca del querer y se hace realidad en el sacrificio.

Es decir el amor ‘obliga’ a algo. Pero no es una obligación inconsciente, sin contenido, ciega o realizada de mala gana. Es una obligación consciente, consecuente, connatural, espontánea y realizada con gusto.

Lastimosamente la palabra ‘obligación’ no se ve con buenos ojos pues erróneamente tiene una connotación algo negativa. ¿Por qué? Porque esta palabra implícitamente exige esfuerzo, sacrificio.

Una cosa es cierta: lo que cuesta es lo que vale, lo que cuesta edifica, lo que cuesta da buenos frutos.

Negarse a uno mismo y cargar la cruz (Mt 16,24) nos identifica como cristianos, nos permite seguir a Cristo donde está. ¿Dónde? A la derecha del Padre.

Si queremos seguir a Jesús nos obligamos a negar nuestro punto de vista, nos obligamos a cargar la cruz. Pero esto lo hacemos por amor a Él, a nosotros y a los demás.

Sin cruz no hay amor. Si creemos, estamos obligados a ser consecuentes toda la vida; en caso contrario nunca creímos.

Una persona por amor se obliga a hacer varias cosas que sin amor no haría; ejemplos sobran para entender que las cosas sin amor no tienen sentido.

Obligamos a los niños para que se levanten y se arreglen; obligamos a los niños a ir al colegio; obligamos a los niños para hagan sus tareas escolares; obligamos a los niños para hagan tareas de casa; obligamos a los niños para que cambien malos hábitos; obligamos a los niños para que se tomen las medicinas, etcétera.

¿Por qué? Porque los amamos, porque creemos que es lo mejor para su vida, porque queremos que su tránsito por esta vida sea feliz.

Y se supone que tras éstas obligaciones está el ejemplo de los padres. Y, ¿no ‘obligamos’ a que el niño conozca a Dios, se relacione con Él? ¿No queremos su salvación?

El amor obliga a ciertas cosas. Y una madre, más y mejor que nadie, lo sabe bien. Por amor a Dios y a nuestra salvación nos obligamos a ir a misa. Nuestra fe nos obliga a transmitir nuestrafe.

Todos tenemos la obligación de emplear parte de nuestro tiempo para consagrarlo a Dios y darle culto, esta es una ley inscrita en el corazón. Es ley natural darle culto a Dios, y la misa es el acto fundamental del culto cristiano.

De este modo la Iglesia concreta el tercer mandamiento de la Ley de Dios y el deber de los cristianos es cumplirlo, además de ser sobre todo un inmenso privilegio y honor.

Ahora bien, recordemos que Jesús les dijo a sus apóstoles: “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos” (Lc 18,16).

Por tanto -si no hay que impedir que los niños vayan a Jesús y, a través de Él, a Dios- hay que favorecer el encuentro de los niños con Dios, hay que motivarlos, hay que ‘empujarlos’, hay que estimularlos, hay que encaminarlos.


¿Cómo? Entre otras cosas con el ejemplo.

Pero claro, nadie ama lo que no conoce. Si no se conoce a Dios, si no se conoce el valor de la misa, sino no conocemos la importancia de los sacramentos, pues de consecuencia no hay amor a Dios, no hay amor a la misa ni a los sacramentos, ni nos amamos buscando la salvación propia ni amamos a los demás buscando su salvación.

Ya se sabe que se debe amar a Dios y al prójimo como a sí mismo. Pero, si Dios es amor, ¿entonces de qué va la cosa? Pues se trata de darle a Dios lo que él nos da. ¿Cómo se debe amar a Dios? Sobre todas las cosas (primer mandamiento de la ley de Dios) y “…con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente…” (Lc 10,27).

¿Qué implica amar a Dios sobre todas las cosas? Implica que nuestra capacidad de amar sea dirigida primero a Dios, que tenga a Dios como prioridad; que a Dios se le ame primero y más que a todo lo demás; amar -todo lo demás y a todos los demás- comenzando por el amor a Él.

¿Qué significa que hay que amar a Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente? Significa amar a Dios dándonos totalmente a Él, entregándonos a Él, ofreciéndole -como se dice- alma, vida y corazón.

Jesús también nos dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22, 39). Es decir, para poder amar al prójimo uno se tiene primero que amar a sí mismo.

Jesús no dice, ‘amarás a tu prójimo en lugar de amarte a ti mismo’ o ‘amarás a tu prójimo primero que ti mismo’; sino “como te amas a ti mismo amarás a los demás”.

Es decir en la medida que tú quieres o buscas tu bien espiritual y tu relación con Dios, en esa misma medida buscarás el bien espiritual de los demás, comenzando por tu familia: esposo(a), hijos, etc.

El bien que uno quiere para sí mismo lo quiere para los demás. ¿Cómo combinar estos dos amores: el amor a Dios y el amor a nosotros mismos? ¿Dónde se pueden encontrar estos dos amores? En la santa misa, en la vida sacramental, en la oración.


¿Qué nos pide Dios y la Iglesia?

El tercer mandamiento de la ley de Dios dice: “Santificarás las fiestas”. Y el primer precepto de la Iglesia dice: “Oír misa entera todos los domingos y fiesta de guardar”.

La Iglesia, como madre que es, y quiere nuestro bien presente y eterno, pide que todos los fieles asistan a misa todos los domingos y fiestas de guardar.

“El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la misa; y se abstendrán además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor, o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo (Canon 1247)”.

“La participación en la celebración común de la Eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo (Catecismo 2182)”.


¿Quién está obligado a ir a misa?

El canon 11 establece que las leyes meramente eclesiásticas obligan a los fieles “siempre que tengan uso de razón suficiente y, si el derecho no dispone expresamente otra cosa, hayan cumplido siete años”.

La obligación pues de cumplir el primer precepto eclesial es de todos los fieles desde los siete años.

La Iglesia exige a los fieles participar en la celebración eucarística el día en que se conmemora la Resurrección de Cristo y en algunas fiestas litúrgicas importantes.

El no cumplirlo es pecado grave para todos aquellos que tienen uso de razón y hayan cumplido los siete años.

Para cumplir este precepto hay que hacerlo el día en que está mandado, no se puede suplir. Implica una presencia real, es decir, hay que estar ahí y hay que escucharla completa.


Obligaciones de los padres creyentes

Ya se sabe que la familia es la Iglesia doméstica y “en esta especie de Iglesia doméstica, los padres deben ser para los hijos los primeros educadores de la fe mediante la palabra y el ejemplo” (Lumen gentium, 11).

A partir de aquí los padres deben ayudar a los hijos a superar los obstáculos que a nivel humano dificulten su vida de fe. Deben preparar y motivar a sus hijos para que por su propia iniciativa, relacionen su vida cotidiana con Dios.

Deben ayudarles a conocer a Dios y a tratarle como Padre. Los padres deben rezar por y con sus hijos. Deben crear las disposiciones adecuadas para que los hijos respondan generosamente al querer de Dios.

(fuente: aleteia.org)

miércoles, 25 de marzo de 2015

Reformemos nuestras costumbres en Cristo, por el Espíritu Santo

San Paciano
El pecado de Adán se había transmitido a todo el género humano, como afirma el Apóstol: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres. Por lo tanto, es necesario que la justicia de Cristo sea transmitida a todo el género humano. Y, así como Adán, por su pecado, fue causa de perdición para toda su descendencia, del mismo modo Cristo, por su justicia, vivifica a todo su linaje. Esto es lo que subraya el Apóstol cuando afirma: Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos. Y así como reinó el pecado, causando la muerte, así también reinará la gracia, causando una justificación que conduce a la vida eterna.

Pero alguno me puede decir: «Con razón el pecado de Adán ha pasado a su posteridad, ya que fueron engendrados por él. ¿Pero acaso nosotros hemos sido engendrados por Cristo para que podamos ser salvados por él?» No penséis carnalmente, y veréis cómo somos engendrados por Cristo. En la plenitud de los tiempos, Cristo se encarnó en el seno de María: vino para salvar a la carne, no la abandonó al poder de la muerte, sino que la unió con su espíritu y la hizo suya. Éstas son las bodas del Señor por las que se unió a la naturaleza humana, para que, de acuerdo con aquel gran misterio, se hagan los dos una sola carne, Cristo y la Iglesia.

De estas bodas nace el pueblo cristiano, al descender del cielo el Espíritu Santo. La substancia de nuestras almas es fecundada por la simiente celestial, se desarrolla en el seno de nuestra madre, la Iglesia, y cuando nos da a luz somos vivificados en Cristo. Por lo que dice el Apóstol: El primer hombre, Adán, fue un ser animado, el último Adán, un espíritu que da vida. Así es como engendra Cristo en su Iglesia por medio de sus sacerdotes, como lo afirma el mismo Apóstol: Os he engendrado para Cristo. Así, pues, el germen de Cristo, el Espíritu de Dios, da a luz, por manos de los sacerdotes, al hombre nuevo, concebido en el seno de la Iglesia, recibido en el parto de la fuente bautismal, teniendo como madrina de boda a la fe.

Pero hay que recibir a Cristo para que nos engendre, como lo afirma el apóstol san Juan: Cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios. Esto no puede ser realizado sino por el sacramento del bautismo, del crisma y del obispo. Por el bautismo se limpian los pecados, por el crisma se infunde el Espíritu Santo, y ambas cosas las conseguimos por medio de las manos y la boca del obispo. De este modo, el hombre entero renace y vive una vida nueva en Cristo: Así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros andemos en una vida nueva, es decir, que, depuestos los errores de la vida pasada, reformemos nuestras costumbres en Cristo, por el Espíritu Santo.

Oficio de lectura, XIX viernes del tiempo ordinario 
Del Sermón de San Paciano sobre el bautismo #5-6. PL 13, 1092-1093 
(fuente: corazones.org)

martes, 24 de marzo de 2015

El Colegio Don Bosco de San Juan festejó sus 85 años de vida

1930. Fiesta de fin de curso encabezada por el padre José Fansolato,
hermano de Juan Fansolato.
Reviví los 85 años del colegio Don Bosco en fotos

Este jueves pasado, el colegio Don Bosco festejó sus 85 años de vida.

La institución formó a millones de jóvenes en todos estos años, muchos de los cuales llegaron a ser importantes políticos y figuras públicas de la provincia.

El colegio Don Bosco abrió sus puertas como institución educativa para todos los sanjuaninos el 19 de marzo de 1930, fecha en la que monseñor Américo Orzali inauguró y bendijo los espacios del colegio. Su primer director fue el padre José Fanzolato (hermano de Juan Fanzolato) y la matricula no llegó a los 100 niños.

1962. Padre Alberto Gonzalez "Beto" (centro-abajo, cura joven de lente) en sus primeros años en la comunidad. Actualmente realiza confesiones en la capilla del colegio
Tiempo después, Modestino Pizarro, interventor de la provincia, otorgó un subsidio para la construcción de algunas aulas que con el tiempo empezaron a albergar a una mayor cantidad de niños impulsados por el espíritu alegre de la comunidad salesiana.

Sin embargo, la inversión era escasa y en el año 1931 se recurrió a la ayuda de la gente para poder crecer como institución educativa. Así fue como encararon la campaña denominada "del metro cuadrado” con la que se consiguieron donaciones para seguir construyendo la escuela. Para aquel entonces, la institución ya contaba con 200 alumnos y tiempo después siguió creciendo de la mano del cuerpo de "Exploradores de Don Bosco”.

19 de junio de 1938. EL padre Garbini ofreció un almuerzo en el patio del colegio para 1.500 niños pobres.


En 1944 la capilla se mantuvo intacta pese al devastador terremoto que azotó a los sanjuaninos. Eso le permitió convertirse, por esos, días en refugio de las personas que no tenían techo y los que estaban heridos y necesitaban asistencia médica.

Para festejar, el viernes 20 en horas de la mañana, los alumnos, docentes y sacerdotes armaron una murga y recorrieron calles céntricas de San Juan para compartir con todos los sanjuaninos la alegría de la presencia salesiana.

(fuente: diariolaprovinciasj.com)

El Papa en Santa Marta invita a 'ser cristianos sin peros'

Este martes en su homilía indica que la Semana Santa es un medio que nos ayuda a ser cristianos sin caprichos espirituales.

Roma, 24 de marzo de 2015 (Zenit.org) El santo padre Francisco en la homilía de este martes en la capilla de la residencia Santa Marta invitó a ser cristianos sin 'peros', aprovechando las gracias que otorga la Semana Santa.

Señaló que ante la salvación que nos ofrece Dios de mil maneras, a veces tenemos “caprichos espirituales”, porque no sabemos aceptar “el estilo divino” y nos entristecemos, y deslizamos “en la murmuración”. Sucede hoy con tantos cristianos, como sucedía un tiempo con el pueblo judío salvado de la esclavitud, según nos cuenta la Biblia.

A partir del episodio propuesto en el Libro de los Números, el Papa recuerda que los judíos se rebelaban a las fatigas que conllevaba la fuga en el desierto, y del alimento “liviano” del maná, y entonces comienzaban a “hablar mal de Dios”, y muchos de ellos acabaron siendo mordidos por las serpientes venenosas.

Solamente la oración de Moisés que intercede por ellos y levanta un bastón con una serpiente --símbolo de la Cruz en la que será colgado Jesús-- se volverá para quien lo mira la salvación del veneno.

“También nosotros cuantas veces encontramos que entre los cristianos están aquellos un poco envenenados porque descontentos de la vida. Sí, realmente, Dios es bueno, cristianos sí, pero... cristianos sí, pero..., que no terminan de abrir el corazón a la salvación de Dios y siempre ponen condiciones. 'Sí, pero...'. 'Sí, sí, sí, quiero ser salvado pero por este camino...'. Y así el corazón se envenena” dijo.

El Papa recuerda que “no aceptar el don de Dios con su estilo, eso es el pecado, eso es el veneno, nos envenena el alma y nos quita la alegría”. Jesús, afirma el Santo Padre, resuelve este problema subiendo al Calvario. “Él mismo toma sobre sí el veneno, el pecado. Y de esta tibieza del alma uno se cura solamente mirando la cruz, mirando a Dios que se asume nuestros pecados”.

Cuantos cristianos hoy, concluye Francisco, “mueren en el desierto de su tristeza, de su murmuración, por no aceptar el estilo de Dios”. Y añade: “Miremos a la serpiente y su veneno, allí en el cuerpo de Cristo, el veneno de todos los pecados del mundo; y pidamos la gracia de aceptar los momentos difíciles. De aceptar el estilo divino de la salvación, de aceptar también este alimento liviano del que se lamentaban los judíos, de aceptar las cosas... de aceptar las vías por las cuales el Señor me lleva hacia adelante. Esta Semana Santa que inicia el domingo nos ayude a salir de esta tentación y de 'ser cristianos sin 'peros'...”.

(24 de marzo de 2015) © Innovative Media Inc.

lunes, 23 de marzo de 2015

El Papa comió en una cárcel de Nápoles en compañía de los reclusos


extraído de www.romereports.com

El Papa almorzó en la prisión de Poggioreale, en Nápoles, junto a unos 90 presos que le dieron la bienvenida con este caluroso aplauso.

Antes, en el patio, bendijo esta figura de San Francisco de Asís y saludó a los demás reclusos.

En el comedor, agradeció a los presos que le acompañaran durante la comida y ellos respondieron con otro aplauso y cantos.

El menú estuvo compuesto de un primer plato de pasta y un segundo de pollo. Al finalizar, el Papa escuchó las preguntas de algunos de los reclusos.

Francisco les dijo que Dios no se olvida de sus hijos y que ni los barrotes de la cárcel podrán separarlos de su amor. También denunció "las condiciones indignas” de muchas prisiones en el mundo.


El Papa en una cárcel de Nápoles, como Jesús entre pecadores y publicanos

Entrevista al capellán Franco Espósito, en la que ha sido definida la peor cárcel de Italia, donde el papa Francisco come este sábado con algunos detenidos

Nápoles, 21 de marzo de 2015 (Zenit.org) Salvatore Cernuzio Franco Espósito capellán de la cárcel de Poggioreale, que el papa ha vistado en Nápoles este sábado, ha visto nacer verdaderas flores. En una cárcel definida la peor de Italia, hay quien encontró la vocación al sacerdocio, se registró la reconciliación de familias, y ladrones y asesinos que decidieron cambiar de vida y orientarse hacia el bien. El Papa comió en la mesa con algunos detenidos. "Una escena evangélica --dijo el capellán-- que llega más que una catequesis".

***

- Poggioreale, es una de las cárceles más antiguas de Italia. También una de las más llenas ¿Qué realidad encontrará el Papa este sábado?
-- Capellán Espósito: Es una realidad difícil. Hasta hace algún mes atrás la cárcel de Poggioreale sufría de una excesiva población carcelaria. Habíamos llegado a 2900 detenidos cuando su capacidad es de 1400. Tuvimos que limitar los proyectos. Solamente 200 de los 1900 retenidos fijos trabaja y una parte importante de ellos permanecen encerrados durante 22 horas al días en las celdas.

- ¿O sea que esta cárcel sige siendo el infierno de Italia, como muchos la definen?
-- Capellán Espósito: Se registraron mejoras pero sigue siendo una de las peores cárceles de Italia. El problema es que muchos han sido transferidos a otras cárceles y diversas actividades y proyectos de reeducación y de reinsersión social quedaron interrumpidos. Y esto representa un gravísimo problema.
Porque estas actividades son las únicas cosas que sirven cuando uno está en la cárcel. La mejora de la gente sucede cuando tienen contacto con una realidad positiva, con un proyecto que los haga crecer, madura, tomar conciencia del mal cometido. Cuando esto sucede en el ser humano nace el deseo de vivir de manera diversa, de vivir haciendo el bien.

- ¿Tienen experiencias en este sentido?
-- Capellán Espósito: Sí. Sobre todo, en los grupos de evangelización que están presentes en todo los pabellones. Así se reflexiona sobre la propia vida, munchos toman conciencia de sus delitos, de sus pecados, y maduran un deseo de orientar la propia vida hacia el bien. El encuentro con un operador, con el voluntario, es fundamental, porque es una persona que mira al detenido no por el crimen que cometió, sino para aceptarlo como persona. Existen tantos fracasos, pero también tantas experiencias lindas. Por ejemplo, tenemos a un joven que salió hace seis años de la cárcel y que ahora es un voluntario, cuida a otro jóvenes, realiza este servicio compasión. También otros detenidos, una vez que han salido, al encontrar un mínimo de acogida en el exterior y una pequeña inserción laboral, han logrado cortar las relaciones negativas y comenzar una nueva vida.

- ¿Usted cree que el sistema penitenciario actual es adecuado para hacer frente a este tipos de exigencia?
-- Capellán Espósito: No, porque primero se necesita un proyecto político que prevenga. O sea una atención hacia los grupos más débiles. Digamos la verdad, como dijo el papa Francisco, en la cárcel están los peces pequeños, mientras que los grandes están afuera nadando libremente. Por lo tanto, la cárcel como está estructurada ahora es una institución que no da aquello a lo que la persona tiene derecho: reeducación, inserción, afecto.

- ¿A la luz de todo esto que significado tiene la presencia del Papa aquí?
-- Capellán Espósito: El Papa viene personalmente a Poggioreale para comer con los detenidos. Esto es especialmente significativo, porque Francisco no viene a realizar una celebración o una oración. Él viene a sentarse aquí en la mesa con los detenidos. Es un anuncio evangélico: Jesús amaba almorzar con los publicanos y pecadores. Cristo no ha juzgado a esta gente, sino que ha estado a su lado.

- ¿Cómo han recibido los detenidos la noticia de que el Papa se va a sentar a su lado? 
-- Capellán Espósito: Ellos han entendido las intenciones del Santo padre y han querido recambiar el afecto preparando con atención y durante meses este evento. Por ejemplo, han trabajado más horas al día restaurando la iglesia, preparando el jardín. Han comprado una estatua de san Francisco y con las manos han realizado una imagen del papa Francisco en hierro batido. Incluso han seguido un curso de cocina para prepararle el almuerzo...
Además, hubo también una preparación espiritual. Todos los detenidos de todos los pabellones han participado en el grupo de oración y catequesis, sabiendo que el Papa viene a confirmar la presencia de la iglesia, que no los excluye sino que los acoge. Seguramente tenemos que denunciar el mal, las injusticias, la camorra (nombre de la mafia napolitana), también con claridad, pero sobre todo estamos llamados a amar a la persona, porque solamente el amor cambia nuestro corazón. Y esto el Papa no sólo lo enseña, sino que lo demuestra continuamente con sus palabras y con sus gestos concretos.

- ¿Cómo han elegido a las personas que almorzarán con el Santo Padre?
-- Capellán Espósito: Hemos hecho un sorteo de manera que esté un representante por cada pabellón. Por lo tanto hay tóxicos, transexuales y cuatro enfermos de SIDA. Otro comensal es del centro clínico y está en silla de ruedas. Al único que hemos elegido directamente es a un argentino, en la cárcel por transporte internacional de droga, tiene que descontar aún 15 años; le hará una pregunta al Papa. En cada caso habrá solamente detenidos y ninguna autoridad, por deseo del mismo Francisco.

- ¿Y ellos cocinarán por lo tanto para Francisco?
-- Capellán Espósito: Sí. Cocinarán lo que se come cada día, pero con el corazón. También esto es por deseo del Santo Padre: un menú simple, como el de los detenidos cada día. Alguno quería hacer venir un catering, pero la voz llegó a Roma y Francisco bloqueó la propuesta. Por lo tanto en la mesa habrá fideos al horno, rodajas de carne de ternera, coliflor y papas.
El postre será para todas las personas de la cárcel. Ha sido una iniciativa del presidente del Tribunal de vigilancia que quiso ofrecerlo a todos, o sea 1900 dulces.

- Estaba mirando esta frase en el cuadro “De los diamantes no nace nada, del estiércol nacen las flores”.
-- Capellán Espósito: Sí, hay una flor en particular muy linda, que está aquí desde hace cuatro años, y que dentro de poco saldrá. Es un joven de 27 años del cual no digo el nombre, que una vez afuera iniciará seriamente en camino hacia el sacerdocio. Es una cosa que me conmueve. También comerá en la mesa con el Papa. Hay también otros casos, de personas que se han reconciliado con sus esposas, que no tenían una vida ni reglas, y han comenzado a descubrir un modo nuevo de vivir en sociedad y en familia. Tantas flores en medio también de tantos fracasos.

(21 de marzo de 2015) © Innovative Media Inc.

Plegaria del perdonado

La mas honda experiencia humana es la experiencia del amor.

La supera a todas porque es mas decisiva, mas autentica y mas profunda.

Dentro del universo del amor Senor, aparece tu perdón como aquel amor que todo lo supera, porque va mas lejos que nadie ni que nada. Tu Palabra es el cántico a ese Perdón y la Parábola del hijo Prodigo es su plenitud.

Ahora soy yo ese hijo prodigo del Evangelio, soy yo quien reconoce que ha huido de tu casa, soy yo quien ha experimentado su frustración, soy yo el agobiado por el hambre de paternidad.

Y digo que voy a volver, y digo que si, vuelvo a Ti sabedor de la urgencia del cam

ino y de la facilidad de recorrerlo porque al final te encuentro a Ti, mi Dios del Perdón y del Amor. ¿Cuantas veces no me has abrazado cuando volvía a ti?

¿Cuantas veces no me has besado cuando me acercaba a ti?

¿Cuantas veces no me ha desbordado tu ternura cuando caía en tus brazos?

En lo mas hondo del pecado descubro siempre la mayor hondura de tu perdón que es amor, de un amor que se hace perdón. Tomame pues con tus brazos de Padre, visteme de la vestidura de tu Gracia que es Jesucristo siempre vivo y prepara el banquete de la Eucaristía para que coma y beba perdón, salvación y Amor. Ya estoy cansado de vergonzosas huidas, quiero recuperar la experiencia de tu persona, de tu cercanía, de tu forma de vida. Sabiendo que si tu me perdonas también tendré yo que perdonar a los demás, confiando que no me rechazas.

Acepto tu perdón sin medida: setenta veces siete y con toda la alegría de mi corazón. Padre mío que estas en la Gloria, gracias por ser para mi el padre amante del hijo prodigo.

escrito por Norberto Alcover S.J 
(fuente: www.radiomaria.org.ar)

domingo, 22 de marzo de 2015

"Señor, quisiéramos ver a Jesús..."

Lectura del Santo Evangelio según San Juan
(Jn 12, 20-33)
Gloria a ti, Señor.

Entre los que habían llegado a Jerusalén para adorar a Dios en la fiesta de Pascua, había algunos griegos, los cuales se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pidieron: "Señor, quisiéramos ver a Jesús". Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús y El les respondió: "Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. Yo les aseguro que si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre. Ahora que tengo miedo, ¿le voy a decir a mi Padre: "Padre, líbrame de esta hora? No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, dale gloria a tu nombre". Se oyó entonces una VOZ que decía: "Lo he glorificado y volveré a glorificarlo". De entre los que estaban ahí presentes y oyeron aquella voz, unos decían que había sido un trueno; otros, que le había hablado un ángel. Pero Jesús les dijo: "Esa voz no ha venido por mí, sino por ustedes. Está llegando el juicio de este mundo; ya va a ser arrojado el príncipe de este mundo. Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí". Dijo esto, indicando de qué manera habría de morir.

Palabra del Señor. 
Gloria a ti Señor Jesús.

PERDER PARA GANAR

¿Puede darse esta aparente contradicción de perder para ganar? Sí puede darse. Es lo que Jesús nos propone cuando nos advierte que quien pretenda conservar su vida la perderá, pero quien la entregue la conservará. “El que ama su vida la destruye, y el que desprecia su vida en este mundo la conserva para la vida eterna” ( Jn. 12, 20-33).

Próximo a su Pasión, y ya en Jerusalén, donde iba a ser entregado para su muerte en la cruz, Jesús informó a sus discípulos y a algunos seguidores, lo que estaba a punto de suceder. Y agregaba que después de “ser levantado de la tierra”, su Reino se extendería a todos, porque iba a ser arrojado el príncipe de este mundo (el Demonio) ... y Él, a través de su muerte en cruz y por la gloria de su Resurrección, atraería a todos hacia El. Palabras de esperanza y seguridad para todos los que nos dejamos “atraer” por El, por su doctrina y por su ejemplo.

Palabras también de compromiso, porque “dejarnos atraer por El” significa seguirlo en todo ... como Él nos pide reiteradamente. Y “seguirlo en todo” significa seguirlo también en la muerte. Por supuesto esto no significa que todos tengamos que morir en una cruz como Él. Tampoco significa que todos tengamos que sufrir un martirio violento -como algunos sí lo tienen. Significa más bien ese “morir” cada día a nuestro propio yo. Significa ese “perder la vida” que Jesús nos pide en este pasaje de San Juan. Por cierto también nos lo requirió en otra oportunidad, con palabras similares: “El que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Mí, la asegurará” (Mt. 16, 25 - Mc. 8, 35 - Lc. 9, 24).

Morir cuesta mucho. Y más cuesta la idea misma de “morir”. Pero la Palabra de Dios es clara, muy clara: debemos entregar nuestra vida, morir a nosotros mismos, si realmente queremos vivir. ¿Qué significa entregar nuestra vida y morir a nuestro yo?

Significa entregar nuestros modos de ver las cosas, para que los modos de Dios sean los que rijan nuestra vida, no los nuestros. Significa entregar nuestros planes, para pedirle a Dios que nos muestre Sus planes para nuestra vida, y realizar esos planes, no los nuestros. Significa entregar nuestra voluntad a Dios, para que sea Su Voluntad y no la nuestra la que sigamos durante nuestra vida en la tierra. Es, entonces, un continuo morir a lo que este mundo nos propone como deseable y hasta conveniente.

Ya Dios nos advierte en su Palabra quién es el que rige este mundo: aquél que es llamado en este pasaje “príncipe (o amo) de este mundo”. Los valores que nos propone el mundo son muy diferentes a los de Dios. Los criterios de este mundo son también muy diferentes a los de Dios. Y cada vez que optamos por ese “perder la vida de este mundo”, cada vez que optamos por “morir” a nuestro yo, es decir, a nuestras propias inclinaciones, deseos, ideas, criterios, planes, etc., de hecho estamos optando por el bando de Dios, que es el bando ganador.

Próximos ya a la Semana Santa, cuando conmemoraremos la entrega total que Cristo hizo de Sí mismo, perdiendo su vida para darnos una nueva Vida a todos nosotros, es tiempo propicio para una profunda conversión.

Reflexionando sobre las palabras del Evangelio y aplicándolas a nuestra vida espiritual, podríamos pedir al Señor esta gracia de conversión profunda que significa el poder comprender y realizar este ideal paradójico que nos propone y nos muestra Cristo: morir para vivir, perder para ganar, entregar para obtener.

(fuente: homilia.org)
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