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martes, 10 de marzo de 2015

¿Un católico puede tener supersticiones?

En todas las culturas hay supersticiones. Se trata de algo muy extendido a nivel social. Sin embargo, es algo incompatible con la fe cristiana, y así ha sido puesto de manifiesto por la doctrina de la Iglesia y los santos.


¿En qué consiste la superstición?

Como siempre, es apropiado fijarse inicialmente en la etimología. Superstición viene del latín, de la palabra superstitio, que a su vez procede de: super, encima; stare, permanecer. El sentido etimológico, por tanto, nos lleva a todo aquello que está por encima de lo establecido, lo que pervive en la mente de la gente como algo sobreañadido.

Yendo a la definición, esto es lo que dice el Diccionario de la Real Academia Española: “Creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón”. Por tanto, hablamos de una creencia, pero de una creencia que es extraña a la fe y se sitúa fuera del ámbito de lo religioso. Y además es contraria a la razón, porque en la fe, si bien no hablamos de saberes racionales, porque muchos exceden las capacidades intelectivas del ser humano, sí los consideramos razonables, conforme a la razón de la persona.

Hablamos, entonces, de una “creencia irracional”. Por ejemplo, el famoso Diccionario Espasa, cercano ya a cumplir un siglo, nos da una segunda definición después de la ya recogida por la RAE: “Creencia ridícula y llevada al fanatismo sobre materias religiosas”. La connotación es claramente negativa.

¿Desde cuándo el hombre es supersticioso?

Creo que no nos equivocamos si decimos que ha existido siempre. Pensemos en amuletos, ritos, costumbres sin mucho sentido práctico… en todas las épocas de la historia y en todos los lugares del mundo. Pero hemos de tener en cuenta que normalmente la etiqueta de “superstición” ha sido puesta por algunas culturas y civilizaciones a actitudes y prácticas de otras culturas o grupos anteriores, contemporáneos y vecinos, o a sectores de su propia población, con un claro componente crítico y de afirmación de lo positivo de la propia posición frente a lo que se considera inferior o menos formado.

Un ejemplo: los antiguos griegos llamaban deisidaimonía al comportamiento religioso que nacía de un miedo no racional, sin motivos, y por ello fruto de ignorancia, en presencia de los dioses, a los cuales se atribuía la facultad o la voluntad caprichosa de intervenir en la vida de los hombres. Los romanos le daban un sentido de exageración en la práctica religiosa. Así, religio sería la relación correcta con los dioses, mientras que superstitio denotaría una relación incorrecta.

¿La superstición tiene algo que ver con la magia?

Claro que sí. Acabamos de ver cómo el mundo clásico se refiere a la superstición como una actitud personal que responde al miedo y a la ignorancia. Por eso se ponen en práctica acciones rituales y prácticas religiosas encaminadas a dos objetivos principales. El primero, alejar el miedo bajo cuya amenaza se está o las intervenciones nocivas de los dioses. Es un objetivo defensivo. El segundo consiste en obtener también de los dioses protección y benevolencia en determinadas circunstancias, o bien, por motivos de escrúpulo interior, satisfacer de modo sobreabundante la deuda religiosa con los dioses.

Estamos hablando aquí de algo que, si no es magia, se le parece mucho: una relación en la que la persona quiere tomar el control y dominar, en la medida de lo posible, aquellas fuerzas sobrenaturales que le sobrepasan y con las que quiere estar en paz. Ya lo decía Cicerón: “Se llama supersticiosos a quienes rezan u ofrecen sacrificios todos los días para que sus hijos les sobrevivan”.

¿Desaparecen las supersticiones cuando se produce la evangelización?

Cuando una cultura se encuentra con el Evangelio de Cristo, cuando recibe este regalo, el mismo encuentro trae consigo la exigencia de dejar de lado todas esas actitudes religiosas irracionales para convertirse al Logos, al Señor Jesús, único Dios, razón de todo lo que existe. Sin embargo, la realidad nos muestra que las supersticiones no desaparecen. En primer lugar, porque no todos acogen la buena noticia y se convierten. Y en segundo lugar, porque los que se convierten continúan bajo la influencia de nuestra naturaleza humana, débil y pecadora.

El Papa Francisco se ha referido precisamente a esto en la exhortación apostólica Evangelii gaudium cuando escribe: “en el caso de las culturas populares de pueblos católicos, podemos reconocer algunas debilidades que todavía deben ser sanadas por el Evangelio: el machismo, el alcoholismo, la violencia doméstica, una escasa participación en la Eucaristía, creencias fatalistas o supersticiosas que hacen recurrir a la brujería, etc. Pero es precisamente la piedad popular el mejor punto de partida para sanarlas y liberarlas” (n. 69).

¿Qué han dicho los Padres de la Iglesia sobre la superstición?

El apologista Lactancio, del siglo III, amplió lo que decía Cicerón de los supersticiosos. Es muy interesante este cambio cristiano del sentido de la palabra. Fíjense: “los supersticiosos no son aquellos que esperan que sus hijos les sobrevivan —eso lo esperamos todos—, sino quienes veneran la memoria de los difuntos para que sobreviva a ellos, o incluso aquellos que mediante imágenes de sus padres rinden culto como lo hacen con sus dioses penates”. Así, Lactancio contrapone religión a superstición, identificando la superstición con la idolatría, algo incompatible con la fe monoteísta del cristianismo.

Si vamos al siglo siguiente, el gran San Agustín da un paso más, afirmando que las supersticiones no son otra cosa que la supervivencia del paganismo, de la idolatría que no acaba de desaparecer en los corazones de los hombres a pesar de la difusión de la religión cristiana, que para entonces ya estaba bastante extendida en el Imperio romano. Veamos lo que dice: “Es supersticioso aquello instituido por los hombres para crear ídolos y venerarlos o rendir culto a una criatura o parte de una criatura como si se tratase de Dios, o para consultar a los demonios y sellar a través de ciertos acuerdos una comunicación con ellos”.

¿Qué dice el Magisterio de la Iglesia?

Un católico no debe tener supersticiones, no son coherentes con la fe. El mismo Catecismo de la Iglesia Católica deja clara la postura creyente frente a la superstición. El contexto es el primer mandamiento: Amarás a Dios sobre todas las cosas. Y nos dice, este texto que transmite la fe de la Iglesia, que “el primer mandamiento prohíbe honrar a dioses distintos del Único Señor que se ha revelado a su pueblo”. Claro, leemos esto y pensamos enseguida en el politeísmo, en la idolatría, en la adoración de otros dioses. Sin embargo, el Catecismo aclara que el primer mandamiento también “proscribe la superstición”, que “representa en cierta manera una perversión, por exceso, de la religión” (CEC 2110).

Y el Catecismo dedica un número a explicar la superstición, el n. 2111: “La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición”.

Como puede verse, el Catecismo es valiente a la hora de hacer una denuncia profética no sólo de una superstición externa y pagana, que demuestra la superioridad del cristianismo, sino del riesgo interno de vivir los sacramentos y los ritos católicos de forma supersticiosa, con una actitud mágica. Así que no sólo es negativo y reprobable creerse lo del número 13, los gatos negros, pasar debajo de una escalera… sino también un entendimiento de este tipo de los sacramentos y de los sacramentales de la Iglesia. Porque, no podemos negarlo, hay gente que entiende así el bautismo, la comunión, el agua bendita, las bendiciones, la ceniza, etc.

¿Cuándo es pecado la superstición?

La superstición es objetivamente un pecado contra el primer mandamiento, como señala el Catecismo. Contra Dios y la adoración que le debemos. Por supuesto, habría que tener en cuenta la imputabilidad en la persona, porque pueden darse muchas circunstancias que intervengan. Quizá alguien es lo que ha recibido por formación, o lo que ve en el ambiente, o lo vive por un miedo invencible… o nunca le ha oído a un sacerdote, a un catequista… hablar sobre esto.

Pero sí lo es, sin duda, en tanto que el pecado es una ofensa a Dios, la superstición lo es, porque aparta nuestro corazón de Él. Recordemos cuál es la definición de pecado mortal: “aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior” (CEC 1855). Y, al fin y al cabo, ¿no es precisamente esto la superstición? Claro, para que se dé este pecado grave, se requiere que haya plena conciencia y entero consentimiento, que sea una elección personal.

escrito por el Padre Luis Santamaría del Río
(fuente: aleteia.org)

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