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jueves, 31 de enero de 2013

El Sistema Preventivo en la educación de la juventud (escrito por Don Bosco)

(MB 13,918-923) Muchas veces se me ha pedido exponga, de palabra o por escrito, algunos pensamientos sobre el llamado sistema preventivo, practicado en nuestras casas. Por falta de tiempo no he podido hasta ahora satisfacer tales deseos; mas disponiéndome en la actualidad a imprimir el Reglamento usado ordinariamente hasta el presente casi por tradición, estimo oportuno dar aquí una idea que será como el índice de una obrita que estoy preparando y que publicaré, si Dios me da vida y salud para terminarla. Hago esto movido únicamente por el deseo de aportar mi granito de arena al difícil arte de educar a la juventud. Diré, pues, en qué consiste el sistema preventivo y por qué debe preferirse; sus aplicaciones prácticas y sus ventajas.


1. EN QUÉ CONSISTE EL SISTEMA PREVENTIVO Y POR QUÉ DEBE PREFERIRSE

Dos sistemas se han usado en todos los tiempos para educar a la juventud: el preventivo y el represivo. El represivo consiste en dar a conocer las leyes a los súbditos, y vigilar después para conocer a los transgresores y aplicarles, cuando sea necesario, el correspondiente castigo. Basándose en este sistema, la palabra y la mirada del superior deben ser en todo momento, más que severas, amenazadoras. El mismo superior debe evitar toda familiaridad con los subordinados.

El director, para aumentar su autoridad, debe dejarse ver raras veces de los que de él dependen, y, por lo general, sólo cuando se trate de imponer castigos o de amenazar.

Este sistema es fácil, poco trabajoso y sirve principalmente para el ejército y, en general, para los adultos juiciosos, en condición de saber y recordar las leyes y prescripciones.

Diverso, y casi diré opuesto, es el sistema preventivo. Consiste en dar a conocer las prescripciones y de un instituto y vigilar después de manera que los alumnos tengan siempre sobre sí el ojo vigilante del director o de los asistentes, los cuales, como padres amorosos, hablen, sirvan de guía en toda circunstancia, den consejos y corrijan con amabilidad; que es como decir: consiste en poner a los niños en la imposibilidad de faltar.

Este sistema descansa por entero en la razón, en la religión y en el amor; excluye, por consiguiente, todo castigo violento y procura alejar aun los suaves.

El sistema preventivo parece preferible por las razones siguientes:

1) El alumno, avisado según este sistema, no queda avergonzado por las faltas cometidas, como acaece cuando se las refieren al superior. No se enfada por la corrección que le hacen ni por los castigos con que le amenazan, o que tal vez le imponen; porque éste va acompañado siempre de un aviso amistoso y preventivo, que lo hace razonable, y termina, ordinariamente, por ganarle de tal manera el corazón, que él mismo comprende la necesidad del castigo y casi lo desea.

2) La razón más fundamental es la ligereza infantil, por la cual fácilmente se olvidan los niños de las reglas disciplinarias y de los castigos con que van sancionadas. A esta ligereza se debe sea, a menudo, culpable el jovencito de una falta y merecedor de un castigo al que no había nunca prestado atención y del que no se acordaba en el momento de cometer la falta; y ciertamente no la habría cometido si una voz amiga se lo hubiese advertido.

3) El sistema represivo puede impedir un desorden, mas con dificultad hacer mejores a los que delinquen. Se ha observado que los alumnos no se olvidan de los castigos que se les han dado; y que, por lo general, conservan rencor, acompañado del deseo de sacudir el yugo de la autoridad y aun de tomar venganza. Parece a veces que hacen caso omiso; mas quien sigue sus pasos sabe muy cuán terribles son las reminiscencias de la juventud y cómo olvidan fácilmente los castigos que les han dado los padres, mas, con mucha dificultad, los que les imponen los maestros. Algunos ha habido que después se vengaron brutalmente de castigos que les dieron cuando se educaban.

El sistema preventivo, por el contrario, gana al alumno, el cual ve en el asistente a un bienhechor que le avisa, desea hacerle bueno y librarle de sinsabores, de castigos y de la deshonra.

4) El sistema preventivo dispone y persuade de tal modo al alumno, que el educador podrá, en cualquier ocasión, ya sea cuando se educa, ya después, hablarle con el lenguaje del amor. Conquistado el corazón del discípulo, el educador puede ejercer sobre él gran influencia y, avisarle, aconsejarle y corregirle, un después de colocado en empleos, en cargos o en ocupaciones comerciales. Por estas y otras muchas razones, parece debe prevalecer el sistema preventivo sobre el represivo.


2. APLICACIONES DEL SISTEMA PREVENTIVO

La práctica de este sistema está apoyada en las palabras de San Pablo: La caridad es benigna y paciente... todo lo sufre, todo lo espera y lo soporta todo (1 Cor 13,4.7). Por consiguiente, solamente el cristiano puede practicar con éxito el sistema preventivo.

Razón y religión son los medios de que ha de valerse continuamente el educador, enseñándolos y practicándolos si lesea ser obedecido y alcanzar su fin.

1) El director debe, en consecuencia, vivir consagrado a sus educandos y no aceptar nunca ocupaciones que le alejen de su cargo; aún más: ha de encontrarse siempre con sus alumnos de no impedírselo graves ocupaciones, a no ser que estén por otros debidamente asistidos.

2) Los maestros, los jefes de taller y los asistentes han de ser de acrisolada moralidad. Procuren evitar, como la peste, toda clase de aficiones o amistades particulares con los alumnos, y recuerden que el desliz de uno solo puede comprometer a un instituto educativo. Los alumnos no han de estar nunca solos. Siempre que sea posible, los asistentes han de llegar antes que los alumnos a los sitios donde tengan que reunirse, y estar con ellos hasta que vayan otros a sustituirlos en la asistencia; no los dejen nunca desocupados.

3) Debe darse a los alumnos amplia libertad de saltar, correr y gritar a su gusto. La gimnasia, la música, la declamación, el teatro, los paseos, son medios eficacísimos para conseguir la disciplina y favorecer la moralidad y la salud. Procuren únicamente que la materia de los entretenimientos, las personas que intervienen y las conversaciones que sostengan, no sean vituperables. Haced lo que queráis, decía el gran amigo de la juventud San Felipe Neri; a mi me basta con que no cometáis pecados.

4) La confesión y comunión frecuente y la misa diaria son las columnas que deben sostener el edificio educativo del cual se quieran tener alejados la amenaza y el palo. No se ha de obligar jamás a los alumnos a frecuentar los santos sacramentos: pero sí se les debe animar y darles comodidad para aprovecharse de ellos. Con ocasión de los ejercicios espirituales, triduos, novenas, pláticas y catequesis, póngase de manifiesto la belleza, sublimidad y santidad de una religión que ofrece medios tan fáciles, como son los santos sacramentos, y a la vez tan útiles para la sociedad civil, para la tranquilidad del corazón y para la salvación de las almas. Así quedarán los niños espontáneamente prendados de estas prácticas de piedad y las frecuentarán de buena gana y con placer y fruto.

5) Debe vigilarse con el mayor cuidado para que no entren en una casa de educación compañeros, libros o personas que digan malas palabras. Un buen portero es un tesoro para una casa de educación.

6) Terminadas las oraciones de la noche, el director, o quien haga sus veces, diga siempre algunas palabras afectuosas en público a los alumnos antes de que vayan a dormir, para avisarles o aconsejarles sobre lo que han de hacer o evitar. Sáquense avisos o consejos de lo ocurrido durante el día, dentro o fuera del colegio; y no dure la platiquita más de dos o tres minutos. En ella está la clave de la moralidad y de la buena marcha y éxito de la educación. (En este párrafo quedan descritas las clásicas “buenas noches” salesianas)

7) Téngase como pestilencial la opinión de retardar la primera comunión hasta una edad harto crecida, cuando, por lo general, el demonio se ha posesionado del corazón del jovencito con incalculable daño de su inocencia. Según la disciplina de la Iglesia primitiva, solían darse a los niños las hostias consagradas que sobraban de la comunión pascual. Esto nos hace conocer lo mucho que desea la Iglesia sean admitidos pronto los niños a la primera comunión. Cuando un niño sabe distinguir entre Pan y pan y revela suficiente instrucción, no se mire lo edad: entre el Soberano celestial a reinar en su bendita alma.

8) Los catecismos recomiendan la comunión frecuente. San Felipe Neri la aconsejaba semanal, y aun más a menudo. El concilio Tridentino dice bien claro que desea ardientemente que todo fiel cristiano, cuando oye la santa misa, reciba también la comunión. Pero esta comunión no sea tan sólo espiritual sino sacramental a ser posible, a fin de sacar mayor fruto del augusto y divino sacrificio (sesión XXII, capítulo VI).


3. UTILIDAD DEL SISTEMA PREVENTIVO

Tal vez diga alguno que es difícil este sistema en la práctica; a lo que respondo que para los alumnos es bastante más fácil, agradable y ventajoso. Para los educadores encierra eso sí, algunas dificultades, que disminuirán ciertamente si sé entregan por entero a su misión. El educador es una persona consagrada al bien de sus discípulos, por lo que debe estar pronto a soportar cualquier contratiempo o fatiga con tal de conseguir el fin que se propone; a saber: la educación moral, intelectual y ciudadana de sus alumnos.

A las ventajas del sistema preventivo arriba expuestas se añaden aquí estas otras:

1) El alumno tendrá siempre gran respeto a su educador, recordará complacido la dirección de él recibida y considerará en todo tiempo a sus maestros y superiores como padres y hermanos suyos. Dondequiera que van alumnos así educados, son, por lo general, consuelo de las familias, útiles ciudadanos y buenos cristianos.

2) Cualquiera que sea el carácter, la índole y el estado moral de un jovencito al entrar en el colegio, los padres pueden vivir seguros de que su hijo no empeorará de conducta, antes mejorará. Muchos jovencitos que fueron por largo tiempo tormento de sus padres y hasta expulsados de correccionales, tratados según estos principios, cambiaron de manera de ser: se dieron a una vida cristiana, ocupan ahora en la sociedad honrosos puestos y son apoyo de la familia y ornamento del lugar donde viven.

3) Los alumnos maleados que, por casualidad. entraren en un colegio, no pueden dañar a sus compañeros, ni los niños buenos ser por ellos perjudicados; porque no habrá ni tiempo, ni ocasión, ni lugar a propósito. pues el asistente a quien suponemos siempre con los niños, pondría en seguida remedio.


UNA PALABRA SOBRE LOS CASTIGOS.

¿Qué regla hay que seguir para castigar? A ser posible, no se castigue nunca; cuando la necesidad lo exigiere, recuérdese lo siguiente:

1) Procure el educador hacerse amar de los alumnos si quiere hacerse temer. Así, el no darles una muestra de benevolencia es castigo que emula, anima y jamás deprime.

2) Para los niños es castigo lo que se hace pasar por tal. Se ha observado que una mirada no cariñosa en algunos produce mayor efecto que un bofetón La alabanza, cuando se obra bien, y la reprensión, en los descuidos, constituyen, ya de por sí, un gran premio o castigo.

3) Exceptuados rarísimos casos, no se corrija ni se castigue jamás en público, sino en privado, lejos de sus compañeros y usando la mayor prudencia y la mayor paciencia para hacer comprender, valiéndose de la razón y de la religión, la falta al culpable.

4) El pegar, de cualquier modo que sea, poner de rodillas en posición dolorosa, tirar de las orejas y otros castigos semejantes se dejen absolutamente evitar, porque están prohibidos por las leyes civiles, irritan mucho a los alumnos y rebajan al educador.

5) Dé a conocer bien el director las reglas y premios y castigos establecidos por las normas disciplinarias, a fin de que el alumno no pueda disculparse diciendo: “No sabía que estuviera esto mandado o prohibido”

Si se practica en nuestras casas el sistema preventivo, estoy seguro de que se obtendrán maravillosos resultados sin necesidad de acudir al palo ni a otros castigos violentos. Hace cerca de cuarenta años que trato con la juventud, y no recuerdo haber impuesto castigos de ninguna clase, y, con la ayuda de Dios, he conseguido no sólo el que los alumnos cumplieran con su deber, sino que hicieran sencillamente lo que yo deseaba; y esto de aquellos mismos que no daban apenas esperanzas de feliz éxito.

JUAN BOSCO, Pbro 
(fuente: www.conoceadonbosco.com)

Don Bosco, un santo que fascina

Entre los factores que constituyen nuestra identidad como Congregación y como Familia Salesiana, el primero y el más fuerte es el amor a Don Bosco. Es una simpatía, una admiración, un sentimiento, una tracción, una especie de energía 'instintiva', que se orienta, pues, hacia la imitación, el querer estar espiritualmente con él y el implicarse en su obra.

Sabemos que es la gracia que está en el origen de nuestra vocación. Orientándonos hacia Don Bosco, como Padre, Maestro y Amigo, el Espíritu Santo nos ha llevado hacia la consagración religiosa caracterizada por la misión juvenil y por la preocupación educativa.

En la tradición salesiana este efecto se manifestó siempre sin pudor, casi con entusiasmo juvenil, prolongando aquella admiración de los primeros jóvenes oratorianos que quisieron 'quedarse con Don Bosco' y formaron el primer núcleo de la Congregación. Es el signo de una relación filial, profundamente sentida.

Desde los Salesianos este entusiasmo y admiración pasa, en todos los lugares, a los jóvenes, quienes lo expresan de diversas formas, según su estilo: con cantos, representaciones, camisetas, celebraciones, peregrinaciones, lectura de alguna biografía, presentación de algún film o videocasete, agrado por estar u ocuparse en nuestras casas y amistad con los hermanos. Una colección común de canciones y de alabanzas sagradas atraviesa ya el mundo y se escuchan en todas las lenguas.

He tocado con la mano dos resultados de este afecto. En los jóvenes es generador de iniciativas, pensamientos, deseos y proyectos en línea de compromiso y de crecimiento en la fe. Es un potente factor vocacional. En la comunidad es fuente de alegría, de confianza en el proprio trabajo, de serena pertenencia e identificación. Incluso en los casos en que un observador algo crítico encontrase en ello un poco de ingenuidad o exageración, los frutos que resultan de ello son positivos. La frialdad y el desapego, por el contrario, parecen estériles

La admiración va más allá de nuestro ambiente. Comentarios, necesariamente generales, sobre la genialidad y la originalidad de Don Bosco, los escuchamos de instancias eclesiales, de autoridades civiles y de gente común. Muchas expectativas se ponen en la aplicación de nuestros métodos y en la creación de iniciativas en el campo de la educación como aquellas a las que él ha dado origen.

Me ha interesado el estudio sobre la formación de la imagen de Don Bosco. En ella ciertamente ha influido la adhesión de sus jóvenes, conquistados por su capacidad de amarles y abrirles a la vida. Éstos han recogido y difundido anécdotas, sueños y empresas con extraordinaria vivacidad narrativa cuando no existían todavía los modernos medios de comunicación. Han trasmitido su experiencia, haciendo casi sentir presente la paternidad fascinante de Don Bosco. Esto ha permanecido entre nuestras características carismáticas y pastorales: el amor entusiasta al Fundador y su comunicación a los jóvenes.

Ha influido también el modo con que se presentaban sus empresas por el Boletín Salesiano, bajo su dirección y según sus criterios. El bien hay que difundirlo y hay que presentarlo de forma atrayente.'' Sobre todo ha influido el impacto directo del estilo y de los resultados educativos en una sociedad a la cual preocupa el fenómeno juvenil.

En el origen hay una santidad muy típica, marcada por la caridad pastoral, capaz de llegar al corazón de las personas, atenta a las cuestiones de su tiempo. De esta forma Congar, en un conocido comentario sobre el Concilio, se refería a la figura de Don Bosco: 'La novedad más grande del Concilio es ésta: si la Iglesia está en el mundo y en el mundo se encuentran los problemas, la santidad es un fenómeno que interesa a la cultura. Puede parecer un concepto discutible, pero un punto central de las intuiciones del Concilio es que la santidad tiene que ver con la historia. Con la Encarnación la historia del hombre es el lugar donde se expresa el amor de Dios; la santidad no nace pues de la fuga o rechazo del mundo porque en la medida en que me zambullo en el mundo para salvarlo, encuentro el gran don de Dios.

'Quiénes son los santos? Me agrada recordar, sobre todo, a aquél que ha precedido un siglo antes al Concilio: Don Bosco. Don Bosco fue ya proféticamente un nuevo modelo de santidad por su obra que se distingue por el modo de pensar y de juzgar a los contemporáneos'.

'Nosotros lo estudiamos y lo imitamos', dicen las Constituciones. Parecen dos momentos unidos. Hoy se habla mucho de fidelidad creativa en referencia a la vida consagrada. Un acercamiento serio y una atención renovada no solamente no amenazan la imagen de nuestro padre, iluminada por el afecto y por una tradición que ha sabido mantener vivo el recuerdo de sus gestos, sino que dan razón de su permanente validez colocándola en su contexto histórico y eclesial.

(ACG- 364 Juan Vecchi) 
(fuente: www.sdb.org)

miércoles, 30 de enero de 2013

Primeras Profesiones Religiosas en Córdoba

Querida familia salesiana, familiares, amigos y jóvenes:

En nombre de los Padres Inspectores de la Conferencia Inspectorial Salesiana del Cono Sur, con mucha alegría y agradecimiento a Dios que sigue llamando, los invito a participar de la Eucaristía del próximo miércoles 30 de enero de 2013 en la que serán consagrados como nuevos Salesianos de Don Bosco.

Hermanos coadjutores Felix Iván Quiroga - ARN Nelson José Domínguez Benitez - ARS Rolando Miguel Aguilera Benitez - PAR Silvio Miguel Torres Espinoza - PAR

Aspirantes al sacerdocio Eduardo Sanabria Florentín - PAR Emiliano Fallilone - ARN Gaspar Daniel Morales Chamorro - PAR Guido Arnaldo Talavera Melgarejo - PAR Leandro David Álvarez Ocampos - AR

La celebración de la Fiesta de Don Bosco estará presidida por el Padre Manuel Cayo, Inspector de la Provincia Salesiana de Argentina Norte y tendrá lugar en el Centro "Divino Niño Jesús" de la ciudad de Alta Gracia, a las 20:00 horas, seguida de un momento de compartir fraterno. ¡Los esperamos! ¡Un abrazo en Don Bosco!

P. Horacio Barbieri
Comunidad Salesiana del Noviciado 
(fuente: www.sdb.org.ar)

El Padre Eduardo Meana lanza "La Playa"

El 31 de enero, con motivo de la fiesta de Don Bosco, estará on-line “La Playa”, volumen 11 de la colección de canciones del salesiano Eduardo Meana, en el sitio www.estoquesoy.org.ar, para escuchar y compartir.

Con este volumen, son 139 las canciones que se pueden escuchar y descargar, como también bajar sus letras, partituras, acordes y otros materiales de manera gratuita.

A través de www.estoquesoy.org.ar se puede también colaborar con diversos los proyectos en favor de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes más pobres, que la Obra de Don Bosco lleva adelante en todo el país.

Los 11 discos originales de la colección “Esto que soy” también están disponibles en EDBA, en una edición especial pensada para regalo. Para más información de los discos (011) 4981-6627 o edba@donbosco.org.ar

Además, ya está avanzada la producción del Volumen XII de la misma colección, que pronto estará disponible.

(fuente: donbosco.org.ar)

El mensaje profético de San Juan Bosco educador

La situación juvenil del mundo actual —al siglo de la muerte del Santo— es muy distinta y, como saben educadores y Pastores, presenta condiciones y aspectos multiformes. Sin embargo, también hoy perduran los mismos interrogantes que el sacerdote Juan Bosco meditaba desde el principio de su ministerio, deseoso de entender y decidido a actuar: ¿Quiénes son los jóvenes, qué desean, hacia dónde van, qué es lo que necesitan? Entonces como hoy son preguntas difíciles, pero ineludibles, que todo educador debe afrontar.

No faltan hoy día, entre los jóvenes de todo el mundo, grupos auténticamente sensibles a los valores del espíritu, deseosos de ayuda y apoyo en !a maduración de su personalidad. Por otro lado, es evidente que la juventud está sometida a impulsos y condicionamientos negativos, fruto de visiones ideológicas diversas. El educador atento debe saber captar la condición juvenil concreta e intervenir con competencia segura y sabiduría clarividente En ello debe sentirse apremiado, iluminado y sostenido por la incomparable tradición educadora de la Iglesia.

La Iglesia, "experta en humanidad", consciente de que es el pueblo cuyo padre y educador es Dios, según explícita enseñanza de la Sagrada Escritura (cf. Dt 1, 31; 8, 5; 32, 10-12; Os 11, 1-4; ls 1, 3; Jer 3, 14-15; Prov 3, 11-12; Heb 12, 5-11; Ap 3, 19),la Iglesia —repito— "experta en humanidad" puede afirmar con todo derecho que es también "experta en educación". Lo atestigua la larga y gloriosa historia bimilenaria escrita por padres y familias, sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, instituciones religiosas y movimientos eclesiales, que en el servicio de la educación han vivido su carisma de prolongar la educación divina, cuya cumbre es Cristo. Gracias a la labor de tantos educadores y Pastores, y de numerosas órdenes e institutos religiosos promotores de instituciones de inestimable valor humano y cultural, la historia de la Iglesia se identifica, en parte no pequeña, con la historia de la educación de los pueblos. Verdaderamente, para la Iglesia —como dijo el Concilio Vaticano II— interesarse por la educación es cumplir el "mandato recibido de su divino Fundador, a saber, anunciar a todos los hombres el misterio de la salvación e instaurar todas las cosas en Cristo" .

Hablando de la labor de los religiosos y haciendo ver su espíritu emprendedor, el Papa Pablo VI, de venerable memoria, afirmaba que su apostolado "está frecuentemente marcado por una originalidad y una imaginación que suscitan admiración" . En cuanto a San Juan Bosco, fundador de una gran familia espiritual, puede decirse que el rasgo peculiar de su creatividad se vincula a la praxis educadora que llamó "sistema preventivo". Este representa, en cierto modo, la síntesis de la sabiduría pedagógica y constituye el mensaje profético que legó a los suyos y a toda la Iglesia, y que ha merecido la atención y el reconocimiento de numerosos educadores y estudiosos de pedagogía.

La palabra "preventivo" que emplea, hay que tomarla, más que en su acepción lingüística estricta, en la riqueza de las características peculiares del arte de educar del Santo. Ante todo, es preciso recordar la voluntad de prevenir la aparición de experiencias negativas, que podrían comprometer las energías del joven u obligarle a largos y penosos esfuerzos de recuperación. No obstante, en dicha palabra se significan también, vividas con intensidad peculiar, intuiciones profundas, opciones precisas y criterios metodológicos concretos; por ejemplo: el arte de educar en positivo, proponiendo el bien en vivencias adecuadas y envolventes, capaces de atraer por su nobleza y hermosura, el arte de hacer que los jóvenes crezcan desde dentro, apoyándose en su libertad interior, venciendo condicionamientos y formalismos exteriores; el arte de ganar el corazón de los jóvenes, de modo que caminen con alegría y satisfacción hacia el bien, corrigiendo desviaciones y preparándose para el mañana por medio de una sólida formación de su carácter.

Como es obvio, tal mensaje pedagógico supone que el educador esté convencido de que en todo joven, por marginado o perdido que se encuentre, hay energías de bien que si se cultivan de modo pertinente, pueden llevarle a optar por la fe y la honradez.

Conviene, por tanto, detenerse a reflexionar brevemente en lo que, por resonancia providencial de la Palabra de Dios, constituye uno de los aspectos más característicos de la pedagogía del Santo.

Hombre de actividad multiforme e incansable, Don Bosco ofrece, con su vida, la enseñanza más eficaz, tanto que ya sus contemporáneos lo vieron como educador eminente. Las pocas páginas que dedicó a presentar su experiencia pedagógica , cobran pleno significado únicamente si se leen dentro de la larga y rica experiencia que adquirió viviendo en medio de los jóvenes.

Para él, educar lleva consigo una actitud especial del educador y un conjunto de procedimientos, basados en convicciones de razón y de fe que guían la labor pedagógica. En el centro de su visión está la "caridad pastoral", que describe así: "La práctica de este sistema se basa totalmente en la idea de San Pablo: 'la caridad es benigna y paciente, todo lo sufre, todo lo espera y lo soporta todo'" . Tal caridad pastoral inclina a amar al joven, sea cual fuere la situación en que se halla, con objeto de llevarlo a la plenitud de humanidad revelada en Cristo y darle la conciencia y posibilidad de vivir como ciudadano ejemplar en cuanto hijo de Dios. Tal caridad hace intuir y alimenta las energías que el Santo sintetiza en el ya célebre trinomio de la fórmula: "razón, religión y amor" .

El término "razón" destaca, según !a visión auténtica del humanismo cristiano, el valor de la persona, de la conciencia, de la naturaleza humana, de la cultura, del mundo del trabajo y del vivir social, o sea, el amplio cuadro de valores que es como el equipo que necesita el hombre en su vida familiar, civil y política. En la Encíclica Redemptor hominis recordé que "Jesucristo es el camino principal de la Iglesia; dicho camino lleva de Cristo al hombre" .

Es significativo señalar que ya hace más de un siglo Don Bosco daba mucha importancia a los aspectos humanos y a la condición histórica del individuo: a su libertad, a su preparación para la vida y para una profesión, a la asunción de las responsabilidades civiles en clima de alegría y de generoso servicio al prójimo. Formulaba tales objetivos con palabras incisivas y sencillas, tales como "alegría", "estudio", "piedad", "'cordura", "trabajo", "humanidad". Su ideal de educación se caracteriza por la moderación y el realismo. En su propuesta pedagógica hay una unión bien lograda entre permanencia de lo esencial y contingencia de lo histórico, entre lo tradicional y lo nuevo. El Santo ofrece a los jóvenes un programa sencillo y contemporáneamente serio, sintetizado en fórmula acertada y sugerente: ser ciudadano ejemplar, porque se es buen cristiano.

Resumiendo, la "razón", en la que Don Bosco cree como don de Dios y quehacer indeclinable del educador, señala los valores del bien, los objetivos que hay que alcanzar y los medios y modos que hay que emplear. La "razón" invita a los jóvenes a una relación de participación en los valores captados y compartidos. La define también como "racionalidad", por la cabida que debe tener la comprensión, el diálogo y la paciencia inalterable en que se realiza el nada fácil ejercicio de la racionalidad.

Por esto, evidentemente, supone hay la visión de una antropología actualizada y completa, libre de reducciones ideológicas. El educador moderno debe saber leer con atención los signos de los tiempos, a fin de individuar los valores emergentes que atraen a los jóvenes: la paz, la libertad, la justicia, la comunión y participación, la promoción de la mujer, la solidaridad, el desarrollo, las necesidades ecológicas.

El segundo término —"religión"— indica que la pedagogía de Don Bosco es, por naturaleza, trascendente, en cuanto que el objetivo último de su educación es formar al creyente. Para él, el hombre formado y maduro es el ciudadano que tiene fe, pone en el centro de su vida el ideal del hombre nuevo proclamado por Jesucristo y testimonia sin respeto humano sus convicciones religiosas.

Así, pues, no se trata de una religión especulativa y abstracta, sino de una fe viva, insertada en la realidad, forjada de presencia y comunión, de escucha y docilidad a la gracia. Como solía decir, los "pilares del edificio de la educación" son la Eucaristía y la Penitencia, la devoción a la Santísima Virgen, el amor a la Iglesia y a sus Pastores. Su educación es un itinerario de oración, de liturgia, de vida sacramental, de dirección espiritual: para algunos, respuesta a la vocación de consagración especial —¡cuántos sacerdotes y religiosos se formaron en las casas del Santo!—, y para todos, la perspectiva y el logro de la santidad.

Don Bosco es el sacerdote celoso que refiere siempre al fundamento revelado cuanto recibe, vive y da.

Este aspecto de trascendencia religiosa, base del método pedagógico de Don Bosco, no sólo puede aplicarse a todas las culturas; puede también adaptarse provechosamente a las religiones no cristianas.

En fin, desde el punto de vista metodológico, el "amor". Se trata de una actitud cotidiana, que no es simple amor humano ni sólo caridad sobrenatural. Denota una realidad compleja e implica disponibilidad, criterios sanos y comportamientos adecuados.

El amor se traduce a dedicación del educador como persona totalmente entregada al bien de los educandos, estando con ellos, dispuesta a afrontar sacrificios y fatigas por cumplir su misión. Ello requiere estar verdaderamente a disposición de los jóvenes, profunda concordancia de sentimientos y capacidad de diálogo. Es típica y sumamente iluminadora su expresión: "Aquí, con vosotros, me encuentro a gusto; mi vida es precisamente estar con vosotros" . Con acertada intuición dice de modo explícito: Lo importante es "no sólo querer a los jóvenes, sino que se den cuenta de que son amados” .

El educador auténtico, pues, participa en la vida de los jóvenes, se interesa por sus problemas, procura entender cómo ven ellos las cosas, toma parte en sus actividades deportivas y culturales, en sus conversaciones; como amigo maduro y responsable, ofrece caminos y metas de bien, está pronto a intervenir para esclarecer problemas, indicar criterios y corregir con prudencia y amable firmeza valoraciones y comportamientos censurables. En tal clima de "presencia pedagógica" el educador no es visto como "superior", sino como "padre, hermano y amigo".

En esta perspectiva, son muy importantes las relaciones personales. Don Bosco se complacía en utilizar el término "familiaridad" para definir cómo tenía que ser el trato entre educadores y jóvenes. Su larga experiencia le había llevado a la convicción de que sin familiaridad es imposible demostrar el amor, y que sin tal demostración no puede surgir la confianza, condición imprescindible para el buen resultado de la educación. El cuadro de objetivos, el programa y la orientación metodológicas sólo adquieren concreción y eficacia, si llevan el sello de un "espíritu de familia" transparente, o sea, si se viven en ambientes serenos, llenos de alegría y estimulantes.

A propósito de esto conviene recordar, por lo menos, el amplio espacio y dignidad que daba el Santo al aspecto recreativo, al deporte, a la música y al teatro o —como solía decir— al patio. Aquí, en la "espontaneidad y alegría de las relaciones, es donde el educador perspicaz encuentra modos concretos de intervención, tan rápidos en la expresión como eficaces por la continuidad y el clima de amistad en que se realizan . El trato, para ser educativo, requiere interés continuo y profundo, que lleve a conocer personalmente a cada uno y, simultáneamente, los elementos de la condición cultural que es común a todos. Se trata de una inteligente y afectuosa atención a las aspiraciones, a los juicios de valor, a los condicionamientos, a las situaciones de vida, a los modelos ambientales, y a las tensiones, reivindicaciones y propuestas colectivas. Se trata de comprender la necesidad urgente de formar la conciencia y el sentido familiar, social y político, de madurar en el amor y en la visión cristiana de la sexualidad, de la capacidad crítica y de la conveniente ductilidad en el desarrollo de la edad y de la mentalidad, teniendo siempre muy claro que la juventud no es sólo momento de paso, sino tiempo real de gracia en que construir la personalidad.

También hoy, aunque el contexto cultural diverso y hasta con jóvenes de religión no cristiana, tal característica constituye uno de los muchos aspectos válidos y originales de la pedagogía de Don Bosco.

Quiero, pues, hacer ver que tales criterios pedagógicos no se refieren sólo al pasado: la figura de este Santo, amigo de los jóvenes, sigue atrayendo con su hechizo a la juventud de las culturas más diferentes en todas las partes de la tierra. Es cierto que su mensaje requiere aún ser profundizado, adaptado, renovado con inteligencia y valentía, precisamente porque han cambiado los contextos socio-culturales, eclesiales y pastorales; convendrá tener en cuenta las aperturas y los logros obtenidos en muchos campos, los signos de los tiempos y las indicaciones del Concilio Vaticano II. No obstante, la sustancia de su enseñanza permanece, y la peculiaridad de su espíritu, sus intuiciones, su estilo y su carisma no pierden valor, pues se inspiran en la pedagogía transcendente de Dios.

San Juan Bosco es también actual por otro motivo: enseña a integrar los valores permanentes de la tradición con las soluciones nuevas, para afrontar con creatividad las demandas y los problemas emergentes: en estos nuestros difíciles tiempos continúa siendo maestro, poniendo una educación nueva, contemporáneamente creativa y fiel.

"Don Bosco retorna", dice un canto tradicional de la familia salesiana. Manifiesta el deseo y la esperanza de "una vuelta de Don Bosco" y de "una vuelta a Don Bosco", para ser educadores capaces de una fidelidad antigua, pero atentos, como él, a las mil necesidades de los jóvenes de hoy, a fin de hallar en su herencia las premisas para responder también a sus dificultades y a sus expectativas.

fragmento de la carta Apostólica IUVENUM PATRIS 
escrita por Juan Pablo II en el centenario de la muerte de San Juan Bosco
(fuente: www.donbosco.org.ar)

martes, 29 de enero de 2013

Vocación: ¿Qué entendemos por vocación y cómo identificarla?

Nadie viene a este mundo sin una vocación. Más que una opción que se puede o no considerar, es la condición de posibilidad de una vida realizada. “La vocación es el pensamiento providente del Creador sobre cada criatura, es su idea-proyecto, como un sueño que está en el corazón de Dios, porque ama vivamente la criatura. Dios-Padre lo quiere distinto y específico para cada viviente” (Nuevas vocaciones para una nueva Europa, 13).

Identificarse con la propia vocación es una de las tareas más importantes en la vida de las personas. Se necesita para ello atención a los indicadores que pueden conducir a su descubrimiento, desarrollo y realización. Se trata de algo dinámico, que no es ni independiente ni ajeno al propio esfuerzo por buscar la propia vocación.

La búsqueda vocacional legítima, comienza a 360º. Mirando todas las posibilidades que a uno se le plantean en la vida, mirando también al interior de uno mismo, en la propia conciencia, donde se disciernen los afectos y sentimientos, y desde donde se toman las decisiones que van marcando las opciones en la vida.

Nada de esto tiene que ver, por tanto, con el reclutamiento, las campañas de adhesión, las promesas de ventajas, la contratación, etc. La vocación no puede ser más que la decisión mutua por Dios que llama y propone y quien acepta la propuesta y la hace suya como respuesta de amor a quien primero pensó en él con amor.

Llegar a descubrir – no sin esfuerzo – la propia vocación, y seguirla con libertad y entrega generosa, cuenta con ayudas externas e internas que pueden mejorar – nunca sustituir – la tarea del discernimiento vocacional.

Vivir en grupo esta experiencia puede ser de gran ayuda. Quien desea encontrar su vocación, porque se siente llamado por Dios a vivir desde los valores del Evangelio su vida, se une a otros con el mismo deseo. Cada uno buscará lo que Dios le propone en su vida, escuchando la Palabra de Dios, meditándola, acogiéndola, mirando a su alrededor para identificar en qué lugar quiere Dios que viva su vida y cómo.

Una vez que se va discerniendo, acompañados, la propia vocación, se buscan experiencias que permitan profundizar las intuiciones vocacionales primeras, como respuesta concreta a las inquietudes vocacionales que van apareciendo: grupo de oración, grupo de fe, compromiso apostólico, voluntariado, experiencia de comunidad.

Cada uno va realizando su camino de búsqueda sincera, de discernimiento vocacional y de acompañamiento espiritual.

La identificación con la vocación propia, la respuesta que cada uno ofrece a la llamada de Dios, lo sitúa en el camino correcto de vivencia en plenitud de su propia vida.


La vocación consagrada salesiana, una posibilidad

Desde todo lo dicho anteriormente, a quienes se sienten llamados a una vida de seguimiento de Cristo, con el estilo de Don Bosco, como religiosos salesianos, les ofrecemos un itinerario de realización vocacional salesiana. Es lo que llamamos la “formación inicial”.

La formación inicial salesiana no es más que el intento de responder a las necesidades de quienes se sienten llamados por Dios a seguir a Jesucristo en la vida y misión salesiana como consagrados. Cada etapa tiene unos objetivos y propuestas para ir realizando en orden a la plena identificación vocacional.

1.- Aspiraciones del corazón

Quien ha sentido una inquietud vocacional, necesita confirmarla. Para ello, ofrecemos la experiencia inicial de la “comunidad propuesta”, donde se vive acompañado por salesianos, el proceso de discernimiento vocacional salesiano. ¿Me propone Dios ser salesiano? Acompañando y discerniendo se toma la primera decisión: iniciar el proceso para llegar a ser, si Dios lo quiere, salesiano.

2.- Petición oficial

Quien desea realizar la experiencia de vida salesiana, mientras comienza a conocer desde dentro la congregación salesiana y va dejándose conocer a sí mismo, solicita realizar la preparación al ingreso en la congregación. Es el prenoviciado: una etapa de búsqueda intensa de las motivaciones profundas del corazón para ser salesiano. La alegría del seguimiento de Cristo de forma decidida, mediante una vida obediente, pobre y célibe; con el estilo de Don Bosco de entrega a los jóvenes en la misión de educación y evangelización, viviendo en comunidad de espíritu y de acción con salesianos a quienes se considera hermanos. Concluye esta experiencia con la petición de entrar a formar parte de la Congregación Salesiana como novicio.

3.- Novedades radicales

Un año completo de intensa vida espiritual, con Dios como interlocutor principal, que va modelando el corazón en el seguimiento y formando el ser del salesiano con el estudio de las constituciones salesianas, la teología de la vida religiosa y el sentido profundo de la consagración, para poder entregar la mente, el corazón, la vida a Dios para el servicio de los jóvenes a los que Él envíe. Esta etapa concluye con la profesión religiosa como hermano comprometido con votos temporales en la Sociedad de San Francisco de Sales. ¡Salesiano!

4.- Cualificación para la misión

Con el fin de ofrecer el mejor servicio a los jóvenes, por ellos estudiamos, nos formamos para ayudarles a llegar a ser en sus vidas lo que Dios les propone. Con vistas a la formación de la mente del educador salesiano, iniciamos los estudios filosóficos y de cualificación pastoral, independientemente de las opciones profesionales previamente contraídas en estudios civiles o como preferencias personales de especialización técnica o universitaria. Son años de intensa confrontación con el pensamiento contemporáneo, el diálogo con la cultura, el estudio de la condición juvenil, sus necesidades, sus posibilidades. Y siempre en contacto directo con la realidad del entorno juvenil, mediante actividades apostólicas en momentos señalados.

5.- Entrega generosa

Después de una especial intensidad de formación intelectual, se concluye la formación del corazón del salesiano pastor-educador con una inserción plena en la misión salesiana. Es el tirocinio. Unos años de entrega a la misión con el deseo de confirmar la opción vocacional por los jóvenes pobres, abandonados y en peligro, desde la vida y la misión salesiana.

6.- La vida como servicio

La formación inicial del salesiano se completa con los estudios para la formación específica: la preparación a la profesión como salesiano para siempre como salesiano coadjutor, y los estudios de teología para quienes sienten la vocación salesiana como sacerdote. En estos años se confirma la opción de vivir para siempre esta vocación salesiana de servicio a los jóvenes a los que Dios nos envía. Es la conclusión de todo el proceso formativo inicial, si bien el salesiano adquiere una conciencia de formación permanente como respuesta en fidelidad a la propia vocación.

7.- Hasta el último aliento, por los jóvenes

La vida del salesiano, estará ya orientada – en comunidad y como religioso consagrado – a la misión juvenil que es la que da el estilo a toda nuestra vida. Como Don Bosco, pensar, vivir y trabajar como salesiano, a quien ha descubierto esta vocación y la vive, nos lleva a comprender y anunciar que el servicio a Dios en los jóvenes es fruto del Amor de Dios, y que su Amor es capaz de llenar nuestra vida.

(fuente: sersalesiano.com)

Casa salesiana: una casa que acoge y una escuela de comunión

Oratorio Bucamaranga, en Colombia
Como miembros de la Familia Salesiana os proponemos un documento que nos puede ayudar a reflexionar sobre cómo era la casa que quería Don Bosco.

Los invitamos a que en un primer momento leamos este texto, a continuación tengamos un momento de reflexión personal sobre las preguntas que están al final del documento y finalmente compartamos nuestras reflexiones.


Una casa que acoge y una escuela de comunión

Los jóvenes en general, y más particularmente de los ambientes populares de ayer y de hoy, respiran una atmósfera donde se desprecia y margina a los pobres, donde no se les reconoce en sus problemáticas, inquietudes, aspiraciones y valores. Vivimos en un contexto social en el cual el pueblo es constantemente reprimido y amenazado socialmente, alienado por una presión individualista y masificante. Diariamente acumulan en su vida frustraciones y fracasos.


Una casa, una familia, un hogar

En este contexto, los jóvenes, especialmente aquellos que son víctimas de la marginación y exclusión social y también de invisibilización o señalamiento, encuentran en la obra salesiana un espacio de acogida, de reconocimiento y de fraternidad: una casa, una familia, un hogar.

La casa salesiana no sólo presta servicios educativos y sociales a los y las jóvenes de la manera más eficaz según sus necesidades y posibilidades, sino que los acoge y reconoce como personas y les brinda la posibilidad de integrarse y formar parte de una comunidad que llega a ser su segunda, y para no pocos su primera, familia.

Don Bosco quería que a sus obras se les diera siempre el nombre e casa precisamente porque tenían que caracterizarse por el espíritu y el clima de familia que debían crearse y respirarse constantemente en ella. La casa salesiana debe ser para los jóvenes un espacio alternativo en el que cada uno se sienta acogido, reconocido, tenido en cuenta, valorado, respetado en su dignidad, querido cordialmente; un lugar donde los y las jóvenes puedan compartir cotidianamente las penas y alegrías, las satisfacciones y esperanzas, sin necesidad de cuidarse las espaldas; un sitio de encuentro, de convivencia y de apoyo mutuo.

El amor mutuo, la reciprocidad en el afecto, debe ser la gran marca de identidad de la vida interna de la casa salesiana: todos importantes, cada uno responsable de los demás y de las tareas comunes, con la originalidad y los dones propios de cada quien Hogar, familia, comunidad, donde el joven y la joven son capaces de gozar del encuentro, de celebrarlo gratuitamente como una verdadera fiesta de la vida y de la convivencia, del cariño mutuo y de la causa común compartida.


Familiaridad, afecto y confianza

Don Bosco basó su método educativo sobre la relación afectiva entre educador y educando. «Familiaridad, afecto y confianza» fueron, en efecto, tres palabras claves de su pedagogía.

La «familiaridad» era considerada por él como el presupuesto fundamental en el trabajo educativo. La simple relación «institucional» educador-educando no podría, entonces, ser válida para Don Bosco, por cuanto que sin afecto no existe sintonía y sin sintonía no puede darse confianza y sin confianza no puede haber educación.

La relación educativa debía, entonces, realizarse en un clima de familiaridad, como sucedía en Valdocco, donde se vivía el espíritu de familia. Así lo describe en 1883 el corresponsal del periódico parisino Le Pèlerin:

«Hemos visto este sistema en acción. En Turín los estudiantes constituyen un numeroso colegio, en el que no se conocen las filas, sino que, de un lugar a otro, se va como en familia. Cada grupo rodea a un profesor, sin bulla, sin alboroto, sin resistencia. Hemos admirado la cara serena de aquellos muchachos, y tuvimos que exclamar: Aquí está el dedo de Dios» (MB XVI, 168-169: MBe XVI, 147-148).

En el año 1874, un sacerdote secular, Don Pablo Orioli, fue sancionado por indisciplina eclesiástica. Cuando reconoció su falta y se arrepintió, se le exigió hacer los ejercicios espirituales durante doce días en una casa religiosa y fue enviado al Oratorio de Valdocco. Don Bosco estaba ausente y le tocó convivir con los jóvenes salesianos formados por él.

Después de haber vivido su experiencia, escribió un opúsculo que dedicó a un amigo suyo y que tituló: «La casa de Don Bosco en Turín».

«En esta casa —escribe— todo invita a hacer el bien. Hay en ella un ambiente de dulzura y de alegría reflejada en todos los semblantes, que sorprende... No tuve la suerte tan deseada de ver al reverendo Don Bosco, que se ha rodeado de jóvenes sacerdotes, que son hijos adoptivos suyos. Pero, aunque no lo haya visto, estoy seguro de que la dirección y la marcha de la casa es el espejo de ese hombre. Los hermosos frutos que se ven en esta casa, revelan la calidad del árbol, donde crecieron ramas y frutos tan selectos».

Y cuando habla de los Superiores comenta:

«Si se acerca uno a ellos sin conocerlos no sospechada que están investidos de autoridad, y no porque se descubra en su persona algo que demuestre incapacidad para ocupar la posición en esta Casa y en la otras, sino porque es tal su trato social, que parece quisieran alejar de sí hasta la sospecha de lo que son. Pero crece más la sorpresa ver a aquellos directores moverse entre unos jóvenes estudiantes, unos pobres aprendices, y tratarlos como amigos más que como superiores. En la Casa de Don Bosco no existe aquel aire pesado de autoridad que se respira en ciertos colegios... Satisface al espíritu ver a aquellos licenciados tan modestos, olvidados de sus méritos reales.

Al ver actuar a todo un doctor tan modestamente y tan despreocupado de sí mismo, se queda uno a mil millas de distancia de imaginarlo. Y con todo así son las cosas al lado de Don Bosco y en su casa.

Me voy de esta casa, mas no sin una viva emoción, y teniendo ante mis ojos lo que crea casi el querer, cuando le presta alas al soplo de la caridad. Hago votos para que surjan casas como estas en todas las ciudades de Italia» (MB XV, 563-564; MBe XV, 485-486).

Don Bosco recomendaba a sus colaboradores: «Conviene tener corazón de padre más que cabeza de superior» (MB XVIII, 866; MBe XVIII, 730); al Director lo exhortaba «a mostrarse constantemente amigo, compañero, hermano de todos; y a ser como padre en medio de su hijos» (Reglamento del Oratorio de San Francisco de Sales 1877, art. 2 y 7. MB 111,98; MBe 111, 85). A Don Pedro Perrot, nombrado director muy joven le envió este precioso consejo: «Ve tú, pues, en nombre del Señor; ve, mas no como Superior, sino como amigo, hermano y padre. Tu mandato, la caridad que se esmera por hacer el bien a todos y a ninguno el mal» (MB X111, 723; MBe X111, 614). Efectivamente, en el lenguaje Salesiano, el término «Superior» es sinónimo de «educador», en el sentido de «... padre, hermano y amigo»I06. Y en el Reglamento para las Casas de la Sociedad de San Francisco de Sales (1877), está escrito que: «Todo joven aceptado en nuestras casas, deberá considerar a sus compañeros como hermanos y a los superiores como a quienes hacen las veces de sus padres».

Como educador, Don Bosco realizó una relación paterna con los Oratorianos precisamente porque sabía que «...para ganar el corazón es necesario hacerse amar», por eso recomendaba: «Procure cada uno hacerse amar si quiere hacerse temer».

«La Familiaridad conduce al afecto» que es la verdadera fuerza del trabajo educativo. La educación puede llevarse a cabo solamente en el afecto y con el afecto, que debe ser exteriorizado... en palabras, hechos e incluso en la expresión de los ojos y del rostro, porque «el que quiera ser amado es menester que demuestre que ama» (MB XVII,111; MBe XVII, 103), por cuanto es necesario «...que los jóvenes no sean solamente amados, sino que ellos mismos se den cuenta de que son amados» (MB XVII, 110; MBe, XVII,102). Únicamente bajo estas condiciones, el educador se convierte en presencia amiga; presencia como relación personal y, por lo mismo, gratificante.

En la carta del 10 de mayo de 1884, Don Bosco usó por dieciocho veces el término «amor» y diecinueve veces los derivados «amar» y «amados». La palabra «amar» evoca el verbo griego «agapáo», que en el Evangelio de san Juan aparece cuarenta veces en el sentido de «amar» (mientras está presente siete veces el sustantivo «agápe», es decir «Amor»). Dicho verbo, bien sea en el Evangelio de san Juan como en la carta de Don Bosco, indica siempre dar con benevolencia, entregarse en forma generosa y gratuita, darse totalmente, «dar la vida» por el bien de los demás.

Don Bosco fue el pedagoga-de la donación de sí; del ofrecimiento de amor, precisamente debido a que el amor es el gran educador.

«La verdadera pedagogía se alimenta del amor», dijo Pablo VI el 6 de diciembre de 1966 en la Conferencia a la Unión Católica Italiana de Medios de Enseñanza, y Don Bosco amó muchísimo. Un amor educativo, en donde amar en forma madura es querer el bien de la otra persona, el bien de aquel a quien se ama.

Dentro de este espíritu y clima se viven los componentes propios de un Centro educativo, tales como la autoridad, la disciplina, la organización. Todo esto se vive dentro de un clima de confianza y de la convivencia razonable, que deja atrás cualquier forma de ejercicio del poder de carácter impositivo o autoritario o de forzada dependencia y aceptación de órdenes y determinaciones institucionales.


La familia de Dios

Esta vivencia comunitaria de hogar tenía para Don Bosco una dimensión y profundidad espirituales. Don Bosco quiso que en las casas salesianas se reprodujera en términos educativos el espíritu de comunión (koinonía) que vivificaba a las primeras comunidades cristianas en las cuales «todos los creyentes formaban un solo corazón y una sola alma» (Hch 2A2-47 y 4.32-35). La imagen del cuerpo, que Pablo evoca insistentemente para expresar la unión, la comunión de todos los creyentes con Cristo y de ellos entre sí (1 Cor 6,15; 10,17; 12,12-27; Rom 121,4-7; Col 1,18.22.24; 2, 19; 3,15; Ef 1,22-23; 2,16; 4,4-16; 5,23.29-30) es la que mejor expresa la identidad e ideal salesiano de la comunidad educativa: «Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así tarnbién Cristo» (1 Cor, 12,12).

En el sentido más teologal del término, en la casa salesiana se debe tener la experiencia del misterio de Dios, comunidad de amor y del Reino de Dios en su novedad y promesa de vida, fraternidad y gozo. Allí donde la casa salesiana es verdaderamente HOGAR —acogedor, cálido, celebrante—, se debe experimentar el amor de Dios Padre que ama a sus hijos e hijas; se siente la presencia de Cristo Jesús Resucitado, hermano nuestro; se viven y se palpan los frutos del Espíritu, el amor, la alegría y la paz (Ef 5,22). Allí se siente también la presencia materna de María, Maestra y Auxiliadora, que Jesús nos dejó como Madre y el discípulo «acogió en su casa» (Jn 19,27).

También en sentido teologal, en la casa salesiana los educadores son reconocidos como hermanos, amigos y compañeros, según la enseñanza de Jesús: «Vosotros no os dejéis llamar "Rabbí", porque uno solo es vuestro Maestro, y vosotros sois todos hermanos» (Mt 23,8).

Por eso mismo, la casa salesiana debe convertirse en una auténtica «casa y escuela de comunión» en el sentido evangélico más profundo.


Una comunidad educativa

Cuando los jóvenes entran a la casa salesiana, se establece, como lo hizo Don Bosco en el Oratorio, una fuerte relación con ellos y entre ellos, dando origen a una verdadera comunidad educativa, en la que los jóvenes más que beneficiarios de un servicio que se les brinda, llegan a ser verdaderos protagonistas en términos de auténtica reciprocidad. Surge así, más que una institución o establecimiento físico, un espacio abierto en el cual el educador cristiano intencionalmente busca encontrar a los jóvenes para acogerlos en una relación que, valorizando sus necesidades y potencialidades, se orienta hacia la construcción de un proyecto común rico de significados en el cual el joven tiene un rol protagónico. El verdadero clima de familia en la educación salesiana se da cuando se logra crear una renovada capacidad relacional que reconozca y valore en los jóvenes sus potencialidades y capacidades, haciéndolos protagonistas del propio proyecto de vida, estableciendo una verdadera circularidad educativa.

Los educadores adultos deben favorecen en los adolescentes y jóvenes una toma de posición activa en relación con su propio crecimiento para que puedan pasar, cada vez más con una mayor con-ciencia, de la heteroeducación a la autoeducación, de una heteronomía a una autonomía.

Los jóvenes que llegan a la casa salesiana deben ser vistos y considerados como los primeros responsables de la propia formación. No deben ser tratados como destinatarios-objeto de la acción educativa o simples receptores y ejecutores de normas o propuestas. Su maduración se da sólo cuando se establece con el educador una colaboración activa y consciente. El adulto, por su parte, para favorecer el protagonismo del joven deberá esforzarse por descubrir y valorizar su originalidad, sus potencialidades y aptitudes, con la conciencia de que el fin del camino educativo consiste en acompañar al joven hacia la propia autonomía, a caminar solo, a hacer las propias elecciones, a construir una biografía que sea sentida por él verdaderamente como propia.

El desafío está en ofrecer a los jóvenes espacios de participación en primera persona y no sólo para dejarse involucrar pasivamente; una participación que comprenda todos los niveles comenzando por la relación educativa, pasando por la interacción dentro del grupo, hasta la implicación activa en la vida de la comunidad.

En la comunidad educativa todos se sienten, porque deben serlo, protagonistas en primera persona del Proyecto Educativo, tanto en su elaboración, como en su realización y en su evaluación. A este respecto llama mucho la atención la corresponsabilidad reconocida y valorada de todos los involucrados en la labor educativa. Basta hojear los diversos reglamentos redactados por Don Bosco para las casas salesianas en los que se especifican las funciones de todas y cada una de las personas de la comunidad, comenzando por el director, el prefecto, el catequista, el consejero escolástico, los maestros de escuela, los jefe de taller, los asistentes, el despensero, el cocinero y los ayudantes de cocina, hasta señalar el papel importantísimo del portero en la casa salesiana, etc., y el reglamento para cada uno de los ambientes (teatro, enfermería...), para darse cuenta de la valoración de cada uno de los roles en la marcha de la casa y su función educativa.

De esta manera, cada obra salesiana llega a ser casa y escuela de comunión.



Preguntas para la reflexión y el diálogo: 

1. ¿Cuáles son las ideas más importantes para ti de este documento?
2. ¿Cómo se describe o cuáles son las características que debería tner una casa salesiana?
3. ¿Cómo podemos ayudar nosotros, como miembros de la Familia Salesiana, a que nuestra casa salesiana sea diferente o viva el estilo salesiano con mayor profundidad?

(fuente: sersalesiano.com)

lunes, 28 de enero de 2013

“Estén siempre alegres en el Señor; se los repito, estén alegres”

Homilía del Rector Mayor, Pascual Chávez, en el inicio del 2º año del trienio de preparación al Bicentenario del Nacimiento de Don Bosco.

Nos hemos reunido en Becchi, en el Santuario de Don Bosco, para iniciar el segundo año del trienio como preparación al bicentenario del nacimiento de Don Bosco. Es muy cercano a mi corazón compartir con ustedes el empeño y dedicación por contemplar a Don Bosco educador y ofrecer a los jóvenes el Evangelio de la alegría a través de la Pedagogía de la Bondad.

Después de habernos comprometido el año pasado en conocerlo más profundamente, en amarlo más intensamente e imitarlo fielmente en su total entrega a Dios y en su absoluta dedicación por los jóvenes, este año estamos invitados a contemplarlo como educador y por lo tanto en profundizar, actualizar e inculturar el Sistema Preventivo.

Después de haber descubierto cómo Don Bosco se sintió enviado por Dios a los jóvenes, que eran para él su razón de ser, su misión, la más preciosa herencia, debemos ahora descubrir qué les ofrecía a ellos: el evangelio de la alegría a través de la pedagogía de la bondad. Este es su programa educativo y su método pedagógico.

Para presentarlo, lo hago hablando a nombre suyo, encarnándolo, como verdadero Sucesor de Don Bosco:

“Me conocen en todo el mundo como un santo que ha sembrado a manos llenas tanta felicidad. Así, como ha escrito alguno que me conocía muy bien, he hecho de la alegría cristiana el undécimo mandamiento”.

La experiencia me ha convencido que no es posible un trabajo educativo sin esta maravillosa motivación, este estupendo camino que es la alegría.

Te estoy hablando de la felicidad verdadera, aquella que nace del corazón de quien se deja guiar por el Señor. La risa estruendosa, el ruido inoportuno son cosas de un momento; la alegría del cual te hablo viene de dentro, y permanece porque viene de Jesús, cuando es recibido sin reservas.

Siempre solía afirmar “Estate alegre, pero que tu alegría esté lejana del pecado”. Y para que mis muchachos estuvieran plenamente convencidos agregaba. “Si querés que tu vida sea alegre y tranquila, debés estar en gracia de Dios, porque el corazón del joven que está en pecado es como el mar en continua agitación”.

Les recordaba siempre que la “alegría nace de la paz del corazón”. Insistía: “Yo no quiero otra cosa de los jóvenes sino que sean buenos y que estén siempre alegres”. Sé que alguno ha dicho: “Si San Francisco de Asís santificó la naturaleza y la pobreza, Don Bosco santificó el trabajo y la alegría. Él es el santo de la vida cristiana comprometida y alegre”.

Esta frase me gusta por dos motivos: sea porque me coloca al lado de un santo simpático y siempre actual como lo es el estupendo joven de Asís, sea porque el autor de la frase ha retomado el secreto de mi santidad: el trabajo y la alegría.

Vos lo sabés: viví en tiempos difíciles y llenos de fuertes turbulencias. Yo decía: Nuestros tiempos son difíciles. Fueron siempre así, pero Dios jamás faltó con su ayuda”. La confianza en la Divina Providencia explicaba mi inquebrantable optimismo. Era una de las tantas lecciones de vida que había aprendido de mi madre.

“Don Bosco tenía como arma la bondad”: así escribió de mi un salesiano, entusiasta y sabio que yo había conocido cuando apenas era un muchacho y lo había confesado algunas veces. La alegría es mi simpático billete de visita, mi bandera. No una más.

Esperaba a mis muchachos el domingo en la mañana en Valdoco; era para mí una fiesta. Cuando iba al encuentro con los limpiachimeneas, los albañiles, los obreros de mil trabajos, venían – es verdad – por los juegos, por un pedazo de pan y algo más para comer, para pasar un jornada diversa, pero sobre todo, y yo lo sabía, llegaban porque había un sacerdote que los amaba y que sabía gastar horas y horas por hacerlos felices.

Te quiero revelar un secreto: jamás me consideré un educador que era también sacerdote; yo era un sacerdote (había llegado a esta meta después de años de sufrimiento, de privaciones y de entrega) que ejercitaba, vivía y testimoniaba su sacerdocio mediante la educación. Mejor todavía, me convertí en educador porque era sacerdote para ellos.

Lo sé: alguno, a veces, me presenta como el eterno saltimbanqui de I Becchi, pero esta imagen no habla todo de mí ideal, de lo que yo quería, de mi ideal. Los juegos, los paseos, la banda de música, las representaciones teatrales, las fiestas eran un medio, no un fin. Yo tenía en mente aquello que ciertamente escribía a mis muchachos: “Uno sólo es mi deseo: verlos felices en el tiempo y en la eternidad”.

Por eso entenderán a aquél maravilloso muchachito que es Domingo Savio y a quién yo le había señalado la alegría como un camino de auténtica santidad. Y él había entendido, cuando explicaba a su amigo que apenas llegaba a Valdocco y se encontraba completamente confundido: “Sabés que nosotros hacemos consistir la santidad en estar siempre alegres: Procuramos solamente evitar el pecado, como un gran enemigo que nos roba la gracia de Dios y la paz del corazón, y cumplir fielmente nuestros deberes”.

Domingo, ese estupendo adolescente, rico de gracia y de bondad, no hacía otra cosa que presentar a su amigo Camillo Gavio el camino de santidad juvenil que le había sido propuesto algún mes antes.

Desde muchacho, el juego y la alegría fueron para mí una forma de apostolado serio, del cual yo estaba firmemente convencido. Para mí la alegría era un elemento inseparable del estudio, del trabajo y de la piedad.

A Francisco Besucco, otro muchacho ejemplar del cual escribí una biografía, le había sugerido: “Si quieres ser bueno, practica tres cosas y todo te saldrá bien. Éstas son: Alegría, estudio y piedad”.

Cuando comencé a trabajar en Valdocco, tenía un sueño en el corazón: crear un clima de familia para tantos jóvenes que estaban lejos de su casa por el trabajo o porque jamás habían sentido un gesto de verdadero afecto.

La alegría ayudaba a crear este ambiente. Hacía superar las estrecheces de la pobreza y regalaba serenidad en todos los corazones. Sé que un muchacho de aquellos primeros años (llega a ser sacerdote de la Iglesia de Turín, uno de los miles de sacerdotes que crecieron en esta primera casa salesiana) recordando los años “heroicos” lo describía así: “Pensando cómo se comía y cómo se dormía, nos maravillamos de haber podido vivir, sin sufrir y sin lamentarnos. Éramos felices, vivíamos del afecto”.

Vivir y trasmitir la alegría era una forma de vida, una elección consciente de pedagogía en acción.

Para mí el muchacho era siempre un muchacho, su exigencia profunda era la alegría, la libertad y el juego. Encontraba natural que yo, sacerdote para los jóvenes, trasmitiera a ellos la buena y alegre noticia contenida en el Evangelio. Quien posee a Jesús vive en la alegría. Y yo no lo haría con el rostro desagradable, sombrío y brusco. Los jóvenes tenían necesidad de saber que para mí la alegría era algo tremendamente serio. Que el patio era mi biblioteca, mi cátedra donde yo era al mismo tiempo profesor y alumno. Que la alegría es ley fundamental de la juventud.

Por eso le deba mucha importancia a las celebraciones de las fiestas, sacras o profanas: ellas poseían una enorme carga pedagógica y terminaban por hablar al corazón, valoraba el teatro, la música, el canto. Organizaba con los más mínimos detalles los paseos de otoño. Recuerdo como si fuera hoy: entrábamos en los pueblos con la banda al frente, éramos recibidos por los párrocos y por quienes en el lugar que nos aseguraban el alojamiento y el alimento de cada día.

Las jornadas eran intensas: visitas a los personajes de interés, celebraciones mañana y tarde, presentaciones de la banda musical, espectáculos teatrales en palcos improvisados en la plaza principal. Y risas hasta no acabar. Risas que dejaban el recuerdo de una alegría serena. Mostraba a los muchachos y, de reflejo a mis paisanos, que servir a Dios puede ir perfectamente unido a la honesta alegría.

En el año 1847 imprimí un libro de formación cristiana, el Joven Instruido. Lo había escrito robando muchas horas a mi sueño. Las primeras palabras que los muchachos leían eran estas: “El primero y principal engaño con el que el demonio suele alejar a los jóvenes de la virtud es hacerles creer que servir al Señor consiste en una vida melancólica y lejana de toda diversión y placer. No es así, queridos jóvenes. Yo les quiero enseñar un método de vida cristiana, que los haga, al mismo tiempo, alegres y felices, ajustándose a las verdaderas diversiones y los verdaderos placeres. El verdadero propósito de este folleto es, servir al Señor y estar siempre alegres”.

Como ves, para mí la alegría asumía un profundo significado religioso. En mi estilo educativo había una equilibrada combinación de sagrado y profano, de naturaleza y gracia. Los resultados no tardaron en aparecer, tanto que en algunas notas bibliográficas, que fui casi obligado a escribir podía asegurar: “Fieles a esta mezcla de devoción, diversión y paseos, cada uno estaba atento a cualquier señal, que no sólo eran obedientes a mis órdenes, sino que estaban ansiosos que les confiara alguna tarea”.

La experiencia me había convencido que “un santo triste es un santo que no fascina, que no convence”.

Yo hablaba de alegría, no de inconsciencia o superficialidad. La alegría, para mí, apuntaba directamente al optimismo, a la confianza amorosa y filial en un Dios providente; era una respuesta concreta al amor con que Dios nos rodea y nos abraza; era aquel resultado de la aceptación entusiasta de las exigencias de la vida. Y lo decía con una imagen: “Para recoger las rosas, se sabe, que se encuentran las espinas; pero con las espinas está siempre la rosa”.

No me contentaba que los jóvenes estuvieran alegres; quería que ellos difundieran este clima de fiesta, de entusiasmo, de amor a la vida. Los quería constructores de esperanza y de alegría. Misioneros de otros jóvenes mediante el apostolado de la alegría. Un apostolado contagiante.

Insistía: “Un pedazo de paraíso acomoda todo”. Y con esta simple expresión, tomada de los labios de mi madre, indicaba una perspectiva que iba más allá de las fragilidades y contingencias humanas; abría una esperanza de futuro, de eternidad, les enseñaba a ellos que las “espinas de la vida serán las flores para la eternidad”.

Cosas Buenas Revista de Pastoral 
Universidad Católica Silva Henríquez, Chile
(fuente: www.donbosco.org.ar)

domingo, 27 de enero de 2013

"El Señor me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva y proclamar la liberación a los cautivos"

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas
(Lc 1, 1-4; 4, 14-21)
Gloria a ti, Señor.

Muchos han tratado de escribir la historia de las cosas que pasaron entre nosotros, tal y como nos las trasmitieron los que las vieron desde el principio y que ayudaron en la predicación. Yo también, ilustre Teófilo, después de haberme informado minuciosamente de todo, desde sus principios, pensé escribírtelo por orden, para que veas la verdad de lo que se te ha enseñado. (Después de que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto), impulsado por el Espíritu, volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región. Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor". Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en El. Entonces comenzó a hablar, diciendo: "Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír".


Palabra del Señor.
Gloria a ti Señor Jesús.

“Todo el pueblo lloraba mientras escuchaba las palabras de la ley” (Ne 8,9). Todo el pueblo de Israel, escuchando las palabras de la ley, ¡llora! Llora de conmoción y llora de dolor. En uno y otro caso, el llanto es saludable, es don de Dios, que riega la dureza de los corazones y los abre a la obra de su amor.

«Todo el pueblo, escuchando las palabras de la ley, lloraba»! ¿Por qué?¿Por qué, escuchando esas palabras, el pueblo se conmovía tanto que, como hemos escuchado, Esdrás y Nehemías, guías del pueblo, deben recomendarle que no lloren y que no hagan luto?

Porque escuchando esas palabras, los corazones se sentían arrebatados por la alegría y, al mismo tiempo, por el dolor.

Sobre todo, Israel llora de alegría. Sí, el pueblo llora de alagría escuchando esas palabras, porque la ley, es decir, la voluntad que Dios había querido revelar a la nación que había elegido, representa el signo más grande de la proximidad y de la predilección de Dios. Una proximidad y una predilección que hunde sus raíces no en una preeminencia geográfica, militar o económica de Israel frente a las otras naciones –el pueblo, en efecto, había retornado hacía poco del exilio de Babilonia, durante el cual había experimentado toda la fragilidad y el peso de su pecado- sino solo en la soberana voluntad de Dios, cuya Providencia había reunido a Israel en la tierra prometida para prestarle atención a su palabra. El pueblo, por esto, llora conmovido, porque Dios es fiel a sus promesas y no se ha alejado, ni siquiera por el pecado.

En segundo lugar, el pueblo llora de dolor. ¿Por qué? Porque la lectura del libro de la ley le recuerda de qué dignidad ha caído y qué grande es su infidelidad, una infidelidad hecha de numerosas traiciones, una infidelidad que parece ineluctable, invencible. Una infidelidad que sólo la fuerza de aquel amor fuerte, incansable, obstinado de Dios podrá borrar.

El libro de la ley es un libro de bendición, porque revela la cercanía de Dios, pero también es un libro de maldición, porque a la luz de la ley, todo el mundo se reconoce culpable ante Dios (cfr. Rm 3,19).

Esta doble dimensión de la ley, que bendice y maldice al mismo tiempo, que habla del amor y el cuidado de Dios por el hombre y de la culpabilidad del hombre, que no corresponde al amor de Dios, perdura en la historia hasta que sucede un hecho nuevo, hasta que ocurre un acontecmiento del que habla San Lucas en la página del Evangelio que hemos escuchado: «Ya que muchos han intentado poner en orden la narración de las cosas que se han cumplido entre nosotros, conforme nos las transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me pareció también a mí, después de haberme informado con exactitud de todo desde los comienzos, escribírtelo de forma ordenada » (Lc 1,1-4).

¿De qué acontecimiento se trata? ¿Qué se nos ha transmitido por medio de los que fueron testigos oculares? ¿Qué ha sucedido?

Queridos hermanos y hermanas, lo que ha sucedido es la Misericordia de Dios hecha carne. Ha sucedido que el Hijo de Dios ha “nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a aquellos que estaban bajo la ley (Gal 4,4) Nos ha sucedido que Jesucristo fue crucificado, muerto y resucitó. Él, aquí como en la sinagoga de Nazaret, nos dice: “Hoy –es decir, ahora, mientras me están mirando; “hoy”, es decir, en mí, en mi persona, en mi carne- se ha cumplido la Escritura que habéis escuchado”.

Es en Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, que la ley encuentra su perfecto cumplimiento; es en su carne, que la voluntad del hombre se adhiere perfecta y definitivamente a la voluntad de Dios; es en su carne que, por el Misterio de la Encarnación, se nos da la comunión del hombre con Dios y es siempre en Él que esta comunión se cumple en la obediencia perfecta “hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,8).

En Cristo, la ley se cumple perfectamente y, aún más, se supera. Al hombre ya no se le pide solamente un amor “creatural”, humano; al hombre Dios le pide ahora un amor divino, el amor eterno del Hijo por el Padre, en el cual Cristo nos ha introducido, abriéndonos su corazón, dándonos su Espíritu en el Bautismo y haciéndonos miembros de su Cuerpo.

Nuestra ley, ahora, es Él, el mismo Cristo, ley de gracia, ley escrita en nuestros corazones con el fuego del Espíritu, ley viva que, mientras nos comunica el amor de Dios, por pura misericordia nos hace también capaces de amarlo porque “cada uno es un miembro de él” (1Cor 12,27).

Pidamos a María Santísima, icono perfecto de este Cuerpo, que ilumine los ojos de nuestra mente, que nos muestre a cada uno la inaudita proximidad del Misterio hecho hombre en su vientre y que acoja siempre más la comunión viva con Cristo, para abrazar, con completa gratitud, el puesto que Él nos ha asignado en la Iglesia y, desde él, servirlo con todo el corazón. Amén.

(fuente: www.zenit.org)

sábado, 26 de enero de 2013

Misas más cerca del cielo

Por primera vez, dos curas locales subieron a esa montaña, en una expedición. Aunque no llegaron a la cima, Víctor Gallardo y Diego Navarro celebraron misa y confesaron incluso a 5.400 msnm.

Cuando las fuerzas no permitieron celebrar misa de pie, lo hicieron sentados; cuando el clima castigó, fue dentro de la carpa; si hasta se dio la casualidad de que en plena montaña coincidieron los dos sacerdotes sanjuaninos con uno mendocino, por lo que los tres dieron la misa ante un grupo de andinistas. Pero lo que más satisfacción les dio fue convocar a Dios en una celebración a casi 5.400 metros de altura. Los curas Víctor Gallardo (50) y Diego Navarro (54) integraron una expedición de siete hombres que intentó escalar al Aconcagua, la montaña más alta de Sudamérica con 6.960 msnm. Y aunque no lograron el objetivo, fue la primera vez que dos sacerdotes sanjuaninos hicieron el intento a la misma vez.

“La misa más alta que celebramos fue en Nido de Cóndores, el último campamento antes de intentar hacer cumbre. Está a 5.380 metros y tuvo la particularidad de que un andinista de otra expedición me pidió confesar y cuando quise acordar, ya había una larga fila de otras personas esperando”, contó Gallardo, párroco de Zonda. Navarro, sacerdote en Guadalupe, ascendió por primera vez a esta montaña, tras ser invitado por Gallardo. Pero antes de atacar la cumbre sufrió una descompensación y tuvo que quedarse en el campamento reposando, para luego ser evacuado. Si bien pensaron que sufría algo grave, fue apenas un susto. En el Aconcagua, Diego festejó sus 54 años y brindó con una taza de chocolate.

De los 7 integrantes que tuvo la expedición, sólo uno pudo hacer cumbre, mientras que el resto quedó relegado por las adversidades climáticas.



Monseñor Alfonso Delgado estuvo pendiente de los sacerdotes y fue al primero a quien avisaron que la aventura había terminado. Con esto, el grupo confesó que se dio por satisfecho y anunció que ya no habrá un nuevo intento de hacer cumbre.

(fuente: www.diariodecuyo.com.ar)

Ser felices: aspiración y meta

"Hay muchos que dicen: ¿Quién nos hará ver la dicha, si la luz ha huido de nosotros? Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino." (Sal 4)


Búsqueda de la felicidad 

En la Sagrada Escritura encontramos páginas muy hermosas sobre la felicidad. La contemplan siempre en relación a Dios, que la ha sembrado en el corazón humano. En el pensamiento filosófico, el tema de la felicidad ha sido objeto de reflexión constante. Los grandes pensadores, en las diversas culturas, lo han situado en el centro de sus investigaciones acerca del fin de nuestra existencia. Algunos, como Aristóteles, Epicuro, Boecio, Schopenhauer, defendieron que el individuo puede controlar su propio destino y puede alcanzar la felicidad por su propio esfuerzo. Otros, en cambio, como Séneca, Tomás de Aquino, Tomás Moro, sostuvieron que la felicidad humana depende de muchas causas: la naturaleza, las condiciones sociales, la fortuna, Dios…

La pregunta del salmista no ha dejado de suscitar ecos a lo largo de los siglos, ni de recibir respuestas por parte de creyentes y no creyentes. En realidad, se trata de una búsqueda y de un interrogante fundamental para toda la humanidad. ¿Quién nos hará ver y encontrar la felicidad?

Todos los hombres sin excepción, afirmó Pascal, buscan ser felices. Este es el motivo de todas sus acciones. Su obrar está encaminado a buscar y aumentar la felicidad. Es algo que llena la vida humana, el gran envolvente de todo lo demás. Según Julián Marías, las cosas que buscamos, las que queremos, las que nos interpelan, por las que nos afanamos, todas tienen como trasfondo esa esquiva e improbable felicidad. Nos interesan en la medida en que contribuyen a ella. Por eso, “a lo que no renuncia el hombre es a ser feliz”.

¿De acuerdo o en desacuerdo?

Ningún hombre feliz ha perturbado nunca una reunión, ni predicado la guerra, ni linchado a un negro. Ninguna mujer feliz ha sido nunca regañona con su marido ni con sus hijos. Ningún hombre feliz cometió nunca un asesinato o un robo. Ningún patrono feliz ha metido miedo nunca a sus trabajadores. Todos los crímenes, todos los odios, todas las guerras, pueden reducirse a infelicidad (A. S. Neill).

La máxima felicidad para el mayor número de personas es el fundamento de la moral y de la ley (J. Bentham).

De todos los ideales políticos, el de hacer feliz a la gente es el más peligroso (Karl Popper).

La meta principal de la humanidad es ser feliz. Hallar la felicidad donde hay que encontrarla es la fuente de todo bien. En cambio, la fuente de todo mal está en encontrarla donde no se debe (Bossuet).

La felicidad consiste en conocer y amar lo bueno (Hugo de San Víctor).

Diferimos, en cambio, las personas en la determinación de la felicidad. Muchos la confunden con otras cosas: con bienestar, placer, gusto, goce, alegría, satisfacción, etc. Pero todos la desean y la buscan no como algo pasajero, sino permanente. Las señales e indicadores de una vida feliz son muchos. Importan especialmente: la aceptación de sí mismo, la gratitud, el don de ver el bien en todas las cosas, el crecer en confianza a pesar de las dificultades encontradas en experiencias pasadas, la coherencia con las propias responsabilidades y opciones realizadas, la generosidad y el amor gratuito.

El ser humano es un ser que estructuralmente tiende a la felicidad. Con frecuencia no la mira ni considera como un fin último, sino como una realidad puramente temporal, como un asunto personal en el que se juega el sentido o sinsentido del ser en la realidad del momento presente. Y siente vivamente que su realización humana tiene que pasar por la felicidad.

La vida humana aparece así concentrada en la felicidad. Es importante, pues, comprender y apreciar la realidad de la vida en toda su complejidad: personas, relaciones, acontecimientos, situaciones placenteras, dolorosas o rutinarias. Hay que intentar conocer los misterios, desafíos y oportunidades que ofrece. Y hay que aprender a gozar humanamente de la vida en todas sus múltiples facetas. Quizá, sobre todo, hay que aprender a amar, porque, como explica Fromm, el amor es la respuesta al problema de la existencia humana.

HAN DICHO:

Todos buscan ser felices. No hay excepción a esta regla. Aunque utilicen medios distintos, todos persiguen el mismo objetivo. Esta es la fuerza motriz de todas las acciones de todos los individuos, incluso de los que se quitan la vida (Pascal).

La gente busca la felicidad como un borracho busca su casa: no consigue encontrarla, pero sabe que existe (Voltaire).

La mayoría de la gente es feliz en la medida en que decide serlo (A. Lincoln)

Pregúntate si eres feliz y dejarás de serlo (J. Stuart Mill).

Hay una sola manera de ser feliz: no querer ignorar o rehuir el sufrimiento, sino aceptar la transformación que el mismo conlleva (H. de Lubac).


Manifiesto de la felicidad cristiana

Reflexionar sobre la felicidad significa detenerse en un aspecto muy importante de la crisis de nuestra época, que afecta tanto a la vida personal como a la sociedad; y que llega también a la crisis que la fe religiosa atraviesa en nuestro tiempo. El mensaje cristiano ofrece un tipo de felicidad nuevo: la buena noticia anunciada por Cristo y manifestada en él. Especialmente los cristianos estamos invitados a ver en el mensaje de Cristo una llamada a la felicidad. Si no se experimenta ese vínculo esencial entre religión y felicidad, se crea un vacío entre la vida vivida y la fe percibida.

El gran manifiesto de la felicidad cristiana lo proclamó Jesús en la montaña. Él explicó con detalle a los suyos cuál es y en qué consiste la verdadera felicidad. Las bienaventuranzas representan el proyecto ético y la propuesta de los valores más genuinamente cristianos. Pero son también manifestación de Dios y de su deseo de felicidad.

Las bienaventuranzas proclaman una felicidad que, a primera vista, muchos juzgarían como desgracia. En efecto, en la mentalidad corriente, a los pobres, los afligidos, los que lloran, a los que tienen hambre, se les juzga desafortunados e infelices. Sin embargo, Jesús proclama que son felices. Esta es la paradoja cristiana. Suponen un cambio de perspectiva y de estimación de muchos valores. Cuando Jesús las proclamó, tuvieron que causar estupor e irritación en muchos; hoy siguen siendo un mensaje sorprendente y difícil. Suponen una contraposición radical a valores y actitudes que presentan la sociedad y la cultura actual.

Las bienaventuranzas representan el corazón y el espíritu del evangelio, el corazón mismo de Jesús, el proyecto de Dios sobre la vida y la felicidad. Comprometen a la responsabilidad de buscar y construir, en la vida concreta, la felicidad a la que Dios llama. Y es importante que los cristianos lleguemos a comprender la razón de la felicidad que Jesús promete. Llama bienaventurados a los pobres, a los hambrientos, a los perseguidos. Pero no proclama las bienaventuranzas de la pobreza y miseria, de la persecución o el sufrimiento. Jesús llama felices a pobres y afligidos, porque en la situación en que viven se manifiesta y descubre el amor de Dios; por la decisión de Dios de reinar en su favor; porque en ellos se realiza la salvación y la liberación. En realidad, las bienaventuranzas expresan las intenciones de Dios, sus verdaderas opciones: anuncian la presencia del Reino.

escrito por Eugenio Alburquerque Frutos 
(fuente: www.boletin-salesiano.com)

viernes, 25 de enero de 2013

Marchas pro vida y contra el aborto en EEUU tienen impacto mundial, dice autoridad del Vaticano

REDACCIÓN CENTRAL, 25 Ene. 13 / 03:41 am (ACI/EWTN Noticias).- El Presidente de la Pontificia Academia para la Vida, Mons. Ignacio Carrasco de Paula, afirmó que “las marchas por la vida en Estados Unidos son muy importantes no sólo para el país, sino también para todo el mundo”.

En declaraciones a ACI Prensa, la autoridad vaticana indicó que este tipo de eventos que “están a favor de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, se han convertido en una importante referencia histórica para otros católicos alrededor del mundo”.

“Si hablamos del Vaticano como otra cara de la Iglesia, entonces diremos que la Iglesia apoya las marchas en todo el mundo porque los que participan en ellas son parte de la misma Iglesia”, añadió.

El Obispo dijo que la Santa Sede sabe que este tipo de acciones “se vuelven visibles en todo el mundo, especialmente en Estados Unidos” y que el Vaticano ayuda a aquellos que están al frente de la batalla cultural para defender al no nacido y agregó que las marchas son testimonio histórico de santidad de la vida humana.

Cientos de miles participarán hoy 25 de enero en la ciudad de Washington D.C. en la “Marcha por la Vida”, que se convoca anualmente desde hace 40 años. Ya desde la tarde de ayer un gran número de personas se reunieron en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción para participar de la “Vigilia Nacional de Oración por la Vida”.

La “Marcha por la Vida” se inició un año después que la Corte Suprema de Estados Unidos legalizara el aborto en todo el país con el fallo Roe vs. Wade, del cual este año se conmemora el 40º aniversario de la norma que ha causado más de 55 millones de asesinatos legales de bebés en el vientre de su propia madre.

“Realmente creo que al igual que la esclavitud, vamos a ser capaces de erradicar el aborto con el tiempo", indicó Mons. Carrasco de Paula, quien recordó que la legalización de esta práctica ha tenido un impacto profundamente negativo sobre el valor social de la maternidad.

"El aborto no ayuda a las mujeres en los momentos que más necesitan apoyo al contrario se convierte en una fuente de sufrimiento interior", añadió. "Hemos sido creados por Dios para ser feliz y el aborto es simplemente lo contrario", indicó.

Finalmente, recordó que las mujeres que se someten a abortos son también víctimas, especialmente cuando el médico les indica que deben someterse a uno "a veces las mujeres no están en la capacidad de defenderse en ciertas situaciones”.

Don Bosco, iniciador de la Familia Salesiana

La expresión “familia salesiana” fue pronunciada oficialmente por primera vez por el Papa Pío XI, el día 3 de abril de 1934, dos días después de la canonización de Don Bosco, a los peregrinos llegados a Roma para esta ocasión: “Vosotros representáis a aquellos que habéis dejado en los diversos lugares de donde provenís, toda la gran familia salesiana”.

Ya Don Bosco, desde los inicios de sus misión, sintió la necesidad de ayuda. No dudó en pedirla a todo aquel que pudiera contribuir a dedicar algo de su tiempo o de sus bienes en favor de la juventud necesitada. De esta manera se formó un grupo de laicos, hombres y mujeres, y de sacerdotes, amigos de Don Bosco, que colaboraban con él de múltiples formas. Ante todo, su propia madre, mamá Margarita, acompañando y animando a su hijo en los difíciles comienzos del Oratorio y del trabajo con los chicos que llamaban a la puerta de su casa. Junto a Margarita estuvo la madre de Miguel Rúa, primer salesiano, y la madre del arzobispo Gastaldi, y el padre de Domingo Savio. Este grupo de personas, que conocía y quería bien a Don Bosco, fueron dando a su obra un matiz totalmente distinto al que existía en otras instituciones de la época. Fueron dando a todo el ambiente educativo la impronta de un “clima de familia”.

Dentro de este grupo de primeros colaboradores hay que destacar a los sacerdotes que se prestaban para aportar algo de su tiempo a la Obra de los Oratorios que estaba surgiendo con Don Bosco. Entre otros destacan el teólogo Borel, D. Cafasso, D. Murialdo... Junto con ellos comenzaron a profesar como salesianos aquellos jóvenes que habían convivido con Don Bosco desde los inicios del Oratorio y que habían experimentado su sistema educativo.

La visión de Don Bosco era todavía más amplia. Él quería llegar, si fuera posible, “a todos los jóvenes del mundo”. Fue dando forma a un reglamento de vida para un grupo más comprometido en su misión: los Cooperadores Salesianos. También otro grupo de Bienhechores y simpatizantes ayudaban con su aportación económica a las obras iniciadas por Don Bosco en Turín y en otras naciones de Europa y de América.

En este mismo sentido, las circunstancias hicieron que se encontraran dos personas que llevaban las mismas inquietudes: Don Bosco y María Mazzarello, juntos darían forma a otra fuerza eclesial de la misma familia: las Hijas de María Auxiliadora.

De este núcleo inicial fueron surgiendo los distintos grupos de lo que hoy llamamos “Familia Salesiana”. Son grupos con organización propia y reconocimiento eclesial específico pero que se encuentran todos ellos en la persona de Don Bosco.

En la actualidad, este movimiento de simpatía y compromiso juvenil se ha visto actualizado por los miles de catequistas, profesores seglares y animadores juveniles del “Movimiento juvenil salesiano” que forman, en sentido amplio, una gran “familia salesiana”.

(fuente: www.donbosco.es)
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