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martes, 8 de noviembre de 2011

Argentina: José María Arancedo fue elegido esta tarde como nuevo presidente del Episcopado

El arzobispo de Santa Fe, monseñor José María Arancedo, fue elegido esta tarde por sus pares como el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) para los próximos tres años, en reemplazo del cardenal Jorge Mario Bergoglio.

Los obispos definieron hoy las nuevas autoridades mediante el voto electrónico durante el segundo día de deliberaciones de la asamblea plenaria de obispos que se desarrolla en Pilar.

En tanto, para la vicepresidencia primera fue elegido el arzobispo de Neuquen Virginio Bressanelli y para la segunda al arzobispo de Salta Mario Cargnello.

Arancedo es el actual vicepresidente segundo del organismo y estará frente al organismo colegiado de la Iglesia argentina, por un período de tres años, en una decisión que marca una continuidad en el rumbo pastoral y político de la Iglesia.
Una continuidad

De 71 años, reflexivo y consustanciado con la línea que la conducción de la Iglesia viene transitando desde 1996, Arancedo es un hombre mesurado, con fuerte vocación para el diálogo. Primo hermano del ex presidente Raúl Alfonsín, tiene buena relación con el Gobierno y con sectores políticos y sociales.

En noviembre de 2009, coincidió con Cristina Kirchner en Roma, al participar junto con el Papa y la entonces presidenta de Chile, Michelle Bachelet, de un acto por los 30 años de la recordada mediación de Juan Pablo II.

En tanto, Bergoglio, que preside la Conferencia Episcopal desde hace seis años no podía ser reelegido, pero continuará como arzobispo de la ciudad de Buenos Aires. Al cumplir 75 años, la edad límite fijada por la Santa Sede para ejercer funciones pastorales, el 17 de diciembre presentará formalmente su renuncia al Papa, aunque tanto en Roma como en Buenos Aires se descuenta que Benedicto XVI lo mantendrá en la estratégica sede porteña.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Estén preparados, porque no saben a qué hora va a venir el Hijo del Hombre

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (Mt 25, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que, tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó un grito: 'Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!’ Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: 'Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando'. Las previsoras les contestaron: 'No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo'. Mientras aquellas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: 'Señor, señor, ábrenos'. Pero él les respondió: 'Yo les aseguro que no las conozco'. Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora".

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

En el léxico común “prudencia” significa moderación en el actuar. Pero la virtud de la prudencia es muchísimo más que eso. Tan importante es esta virtud que la Biblia la cita en varias oportunidades y Jesucristo nos la presenta como un requerimiento para entrar al Reino de los Cielos, cuando nos cuenta la famosa parábola de las vírgenes necias (Mt. 25, 1-13).

Jesucristo llega de improviso a llamar a su Banquete Eterno a toda la humanidad, representada por las diez jóvenes. Cinco de las jóvenes eran prudentes y cinco eran descuidadas. Las prudentes tenían suficiente aceite para tener las lámparas encendidas; las otras cinco se quedaron sin aceite y sin poder entrar al Banquete Celestial.

Vivimos nuestra vida terrena en espera del Señor, que puede llegar en cualquier momento para iniciar su Fiesta Eterna. Pero para poder entrar a esa Fiesta, a la que todos somos invitados, tenemos que estar preparados, con nuestras lámparas llenas del aceite de las virtudes y de las buenas obras. Esta parábola es un llamado a ser prudentes. ¿En qué consiste, entonces, la virtud de la prudencia?

Consiste la prudencia en saber lo que debemos hacer o dejar de hacer para alcanzar la vida eterna en cada situación que se nos presente. ¡Nada menos! Es decir: la prudencia es como la guía que nos lleva al Banquete Celestial.

La prudencia incluye varios aspectos y se manifiesta de varias maneras. Por ejemplo, la persona prudente sabe aplicar las experiencias del pasado al momento presente, y a la vez puede decidir en el momento presente lo que es bueno o malo, conveniente o inconveniente, lícito o ilícito, siempre con miras al fin último, el cual es la vida eterna. Un rasgo importante de la persona prudente es saber ser humilde y dócil, para pedir consejo o aceptar corrección y orientación de personas sabias.

La persona prudente sabe decidir “prudentemente” tanto en los casos urgentes, cuando no es posible detenerse en un largo examen, como en los casos no urgentes cuando sí puede hacer una reflexión detenida.

La persona prudente puede decidir si debe actuar de una u otra manera, en un momento determinado, considerando todas las consecuencias que ese acto pueda tener, siempre con miras a la vida eterna.

La persona prudente sabe evitar los obstáculos que puedan poner en peligro el fin sobrenatural. Concretamente la virtud de la prudencia indica cómo evitar el pecado y cómo evitar también la tentación al pecado.

Lo contrario a la prudencia es el descuido, la imprudencia. Esta también tiene sus manifestaciones: actuar por capricho y con precipitación, sin tener en cuenta nuestro fin último. También incluye la inconstancia, que lleva a abandonar fácilmente y por capricho el fin sobrenatural que nos indica la prudencia. El imprudente es también negligente con relación a lo que hay que hacer para obtener la vida eterna.

La principal imprudencia, sin embargo, es la de dar una imprudente sobrevaloración a las cosas terrenas, siendo precavido e imprudentemente “prudente” para las cosas de este mundo, pero descuidando las cosas que tienen que ver con la vida eterna.

Los prudentes entrarán al Banquete Celestial y los imprudentes tendrán que oír la sentencia que el Señor nos da al final de esta parábola: “No los conozco”. No conoce el Señor a quienes no dirigen sus decisiones y sus actos de acuerdo al fin último al que estamos todos invitados: el Banquete Celestial. “Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora” (Mt. 25, 13).

(fuente: www.homilia.org)

jueves, 3 de noviembre de 2011

Estudio del CONICET: "Un solo día de abuso de cocaína mata neuronas"

El alto consumo altera en forma irrecuperable la función cerebral.

No es una novedad que el abuso de cocaína a largo plazo genera trastornos como la epilepsia e incluso la muerte masiva de neuronas. Pero ahora un equipo de investigadores del Conicet pudo probar que basta un día de abuso de esta droga para que se alteren los ritmos de sueño y vigilia, y se produzcan modificaciones neuronales. El estudio analizó los efectos en ratones luego de un "atracón" de cocaína.

Se sabía que el consumo crónico de esa droga afecta las neuronas de la corteza y de una región del cerebro llamada tálamo. Por eso, los investigadores se centraron en analizar cambios en el circuito que comunica la corteza con el tálamo.

El tálamo está formado por diferentes agregados de neuronas (núcleos), que se ubican en el centro del cerebro y funcionan como un "director de orquesta", modulando la información que se conecta con diferentes regiones. A él llegan, por ejemplo, los estímulos sensoriales, que son procesados y luego reenviados a la corteza cerebral. Un clásico sistema tálamo-cortical es la vista: el impulso visual viaja desde la retina hasta la corteza, pasando por el tálamo. Algunos núcleos también procesan la actividad motora. Se conocían los efectos del consumo continuado, pero no las consecuencias de un atracón de droga en el cerebro joven. Responder estas preguntas fue el objetivo del grupo formado por Francisco Urbano y Belén Goitia, del Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias (Ifibyne) de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN). En el estudio también participó el grupo de Verónica Bisagno y Mariana Raineri, del Instituto de Investigaciones Farmacológicas (Ininfa), de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA.

Los investigadores administraron cocaína a ratones "adolescentes" y observaron las alteraciones en el circuito que va del tálamo a la corteza. Efectuaron tres inyecciones de cocaína a lo largo de un solo día, reproduciendo una situación de consumo compulsivo en la que una persona repite la dosis cuando siente que disminuye su efecto.

"Vimos cambios similares a los del Parkinson o la epilepsia", relata Urbano. Tras obtener electroencefalogramas de los ratones, el equipo constató que luego de la administración de cocaína la actividad eléctrica correspondía a la etapa del sueño y no a la de vigilia. Pero análisis posteriores in vitro mostraron cambios más específicos en las neuronas del tálamo. Estudiaron unas pequeñas compuertas (los canales de calcio dependientes de voltaje) que se encuentran en la membrana celular y que, al abrirse para que entre el calcio, contribuyen a liberar neurotransmisores como la dopamina y la serotonina.

En particular, pusieron la lupa en los canales denominados T, que transmiten señales de la membrana neuronal. Cuando esos canales están activados en exceso, generan en el individuo despierto frecuencias eléctricas que pertenecen al rango del sueño.

"La cocaína activa los canales T y genera una contradicción en los ritmos neuronales: hace que el cerebro del animal se encuentre en un estadio de sueño, cuando su cuerpo está activo y despierto, y eso genera patologías", sostiene Urbano.

Para confirmar la hipótesis, los investigadores bloquearon los canales T y vieron que los efectos de la cocaína se revertían o se prevenían. Por eso, subraya Urbano, "ésta es la primera demostración de que los canales T de calcio están involucrados en forma directa en la acción de la cocaína".

"Si esto sucede en forma aguda, cuando se inyecta a un animal durante un día, es muy fácil imaginar qué pasa con el abuso de drogas durante toda la adolescencia", dice Urbano.

Durante el sueño, hay zonas del cerebro que disminuyen su actividad y, de este modo, pueden recuperarse de la actividad diaria. Pero si están sobreactivadas por la cocaína, no pueden hacerlo y, a largo plazo, mueren. Los resultados de ambos trabajos se publicaron en Biological Psychiatry y en Psychopharmacology .

El abuso de cocaína sobreestimula el cerebro y aumenta la función muscular, pero los ritmos eléctricos cerebrales y la actividad del canal T están asociados con el sueño.

"Si uno prolonga el consumo de cocaína en esas condiciones, el cerebro empieza a dar respuestas involuntarias de forma espontánea, pero no puede concentrarse. Por eso los estudiantes que consumen drogas tienen tantas dificultades de concentración y disminuye su capacidad para aprender", concluye el investigador.

Centro de Divulgación Científica de la Facultad de Ciencias Exactas
Universidad de Buenos Aires.

escrito por Susana Gallardo

Adicciones, esclavitud existencial

Cuando se habla de adicciones, lo común es pensar en drogas, pero estas son sólo una modalidad, la obsesión por el sexo, el aspecto físico, el trabajo, el juego... crean también dependencias; la raíz es siempre la misma: la persona.

En el momento presente múltiples indicadores sociales apuntan que las adicciones sin sustancias o sin drogas van a marcar un cambio cualitativo en el discurrir histórico de la humanidad, por su extensión y por el número de personas afectadas.

Lo fundamental para determinar si una persona es adicta, no es la presencia en ella de una sustancia-droga, sino más bien la existencia de una experiencia que es buscada con tal ansiedad que la lleva a perder su control cerebral y emocional. Hay que insistir en que no todas las adicciones son iguales y que las adicciones a sustancias químicas alteran el funcionamiento del cerebro, a diferencia de las adicciones sin droga. Sin embargo, cualquier conducta placentera puede convertirse en adictiva si se hace un uso compulsivo de ella. Desde esta perspectiva, da igual estar atado por un hilo que por una maroma: todas las adicciones comparten el denominador común de la esclavitud existencial.


Enganchados al mundo virtual

Es sintomático que haya jóvenes enganchados al «celular» o a internet que necesitan pedir ayuda a centros de desintoxicación. Para comprender mejor el mundo virtual, lo primero en lo que reparamos es en que desde que nacemos estamos expuestos a los estímulos de la televisión. Es evidente que el problema comienza cuando esta exposición es compulsiva y se confunde drásticamente la ficción con la realidad.

Todos los niños aprenden muy pronto a percibir con claridad la diferencia entre fantasía y realidad, pero el mayor daño que causa la televisión se debe a su poder adictivo y al valioso tiempo que roba a otras actividades creativas necesarias.

En la primera y segunda infancia la televisión, los videojuegos e internet pueden provocar fuertes dependencias, que luego pueden configurar un tipo de personalidad adictiva. El auténtico reduccionismo se da cuando la máquina sustituye a las relaciones interpersonales.

Por eso George Steiner concluye que «tienes que ser muy rico para no oír la música del vecino. Los niños tienen terror al silencio, pero los mayores también. Por eso nos ponen música en los ascensores. Pero hay una esperanza: en este momento millones de adolescentes leen en el mundo a Harry Potter, libros difíciles y gordos. Esos niños necesitan silencio y les dicen a sus padres que apaguen la televisión».

En las últimas décadas el trabajo compulsivo ha sido considerado por muchos psicólogos un objeto de dependencia de graves consecuencias para la salud psíquica de las personas. En Estados Unidos se habla de workoholics o adictos al trabajo para describir hombres y mujeres cuya dedicación obsesiva al trabajo es de tal intensidad que descuidan sus necesidades materiales, físicas, psicológicas, familiares y sociales.

Hablamos de trabajo adictivo cuando trabajar es una actividad tan obsesiva que infiere en la salud, y en suma no es sino otra forma de huir de uno mismo.


En busca del cuerpo perfecto

Una derivación del trabajo adictivo es el perfeccionismo. En esa dinámica adictiva podemos entender a una gran proporción de personas obsesionadas con su peso, en busca de la figura perfecta. El triunfo de la voluntad sobre el hambre representa una virtud.

Por tanto, la delgadez ofrece una posibilidad única para expresar públicamente que se han logrado las dos metas, tanto la belleza como el autocontrol.

La anorexia y la bulimia son consecuencias de esta dependencia compulsiva. La comida, por defecto o por exceso, se convierte en el objeto central de la vida de una persona. En esta línea podemos incluir otras dos conductas obsesivas como la vigorexia y la ortorexia. La ortorexia impide a quienes la sufren comer otra cosa que alimentos «estrictamente sanos» y con el menor aporte calórico extra posible.

Sin embargo, los médicos reparan en que estas personas sufren carencias nutricionales ya que no sustituyen los alimentos que rechazan por otros que aporten lo mismo. El ortoréxico emplea una gran parte de su tiempo y energías en pensar qué va a comer al día siguiente, la semana siguiente, el mes siguiente; nunca come fuera de casa, ni productos enlatados, ni nada que lleve conservadores; desconfía de todo tipo de manufacturación intermedia de los alimentos; y sobre todo, se siente culpable cuando se salta sus estrictas convicciones dietéticas.

La vigorexia afecta sobre todo a adolescentes que, al contrario que los anoréxicos, ven su cuerpo siempre delgado aunque esté musculado en exceso. Su vida y su alimentación tienen el objetivo de conseguir la figura deseada, aunque hayan de recurrir a hormonas y sustancias dopantes. La diferencia entre una manía y una conducta normal está en la pérdida de autocontrol. Las personas adictas con tendencia a la vigorexia y a la ortorexia padecen lo que los especialistas llaman «ilusión de control», es decir, la creencia de que tienen control sobre su vida, pero en realidad son esclavas de su adicción.

Es muy llamativo el trastorno de potomanía (manía de beber). Los médicos de familia se encuentran con jóvenes a los que el consumo excesivo de agua les ha llevado a un estado vegetativo, cuando sus niveles de sodio bajan a límites que producen el estallido de células cerebrales.

Otro mundo adictivo es el de la sexodependencia. Estamos ante personas degradadas a la condición de objetos. El objetivo del sexoadicto es más la reducción morbosa de una carencia afectiva y de sentido de la vida que la obtención de placer. Al dejarse llevar por las apetencias sexuales inmediatas, el sexoadicto no sabe que es esclavo precisamente porque se trata a sí mismo primero, y a los demás después, como objeto de placer autonomizado y objeto de comercio. En otros aspectos de la vida se impone el mismo principio: cuanto más se centra uno en sí mismo, más próximo se sitúa en la frontera de la adicción.


Genes y ambiente no explican todo

Si queremos superar la orientación sanitarista excluyente que predomina en la sociedad actual hay que ir más lejos en nuestras explicaciones médicas y psiquiátricas. Con independencia de que haya una predisposición genética hacia este tipo de conductas compulsivas y unas circunstancias sociales o ambientales más o menos estresantes, la causa profunda hay que buscarla una vez más en el vacío existencial y el sin sentido de una vida carente de objetivos e ilusiones.

Uno de los momentos cumbre del proceso curativo de los llamados «Programas Libres de Drogas» que se llevan a cabo sobre todo en Centros de Rehumanización, se da cuando la persona llega a tomar conciencia de su realidad y, desde ese profundo autoconocimiento personal, decide vivir sin ataduras adictivas y sin comportamientos negativos que le conduzcan de nuevo a ellas. Lo grande de la persona es saber que la posibilidad última de su recuperación es impredecible y depende, en última instancia, de ella misma.

Siete preguntas a José Luis cañas

– La OMS ha dicho recientemente que el tratamiento de la dependencia debe dirigirse a cambiar el comportamiento de los adictos y aconseja a las autoridades de salud integrar este tipo de terapias en el sistema sanitario. Sus propuestas van precisamente en la línea de la rehumanización, más que en la de la rehabilitación. ¿En qué consiste esa fórmula?

– La rehabilitación se entiende por el abandono del consumo, mientras que la rehumanización, además de partir de ese abandono, se dirige a transformar las conductas personales que provocaron la esclavitud a las drogas. El fenómeno adictivo es más amplio que la sola dependencia a estas sustancias. Por eso creo que los centros universitarios de drogodependencias y los institutos de formación sobre drogas deberían dar una sólida formación humanista que consiga cambios duraderos en las personas adictas.
No se sale de un problema de drogas hablando de las sustancias que las producen sino de las personas que las padecen. Hay que atacar las conductas adictivas.


Fatiga de vivir

– ¿Hay que añadir a las campañas antidroga información sobre las conductas adictivas?

– Las conductas adictivas y las adicciones en general son un anestésico a la fatiga de vivir, un intento de huir de la realidad. Eso no ha cambiado.

Volvemos al terreno de la persona. El problema es la generación de una mentalidad adictiva que afecta a todos los niveles sociales. Hace más de diez años que se habla de «cultura adictiva» pero el discurso sigue ciñéndose a las toxicomanías, como si fueran la única clase de adicciones. Está claro que las drogas son un problema social en todo el mundo, pero si la lucha contra la droga tiene poco éxito es porque no se abordan los factores existenciales de la persona.

– ¿En qué se diferencia un drogadicto de lo que usted llama persona adicta?

– La perspectiva con que se aborda el problema condiciona cada uno de los aspectos posteriores. Si desde el primer momento entendemos que la conducta adictiva es síntoma de un profundo vacío existencial previo, la prioridad es la persona y su rehumanización, no las adicciones y la droga. El resto –prevención, rehabilitación, metadona, narcosalas, legalización, etcétera– también adquiere otra perspectiva.

Además, es muy común que se junten varias adicciones en una misma persona. La adicción al sexo se asocia con el abuso de alcohol. Los jugadores compulsivos con frecuencia comen y/o beben en exceso. Esto supone que poner fin a una adicción no alivia automáticamente las demás. Peor: a veces surgen otras nuevas. Ese es el perfil de la persona adicta. Lo que demuestra que la causa de la adicción está dentro de cada uno.


Buscar la raíz del vacío

– Un joven sin problemas aparentes, con más o menos apoyo familiar, con oportunidades académicas o profesionales razonables, con amistades, cae en la drogadicción. ¿Tan grande es ese vacío existencial?

– Los terapeutas que trabajan con jóvenes adictos dicen que hay una palabra con la que sistemáticamente estos se sienten identificados y se les ilumina la expresión del rostro: vacío. El vacío lleva a la opción adictiva, y viceversa. La persona que busca el placer por el placer, vive de forma acrítica, sin creencias ni compromisos, sin horizonte vital, sin un proyecto más allá de lo inmediato, acaba por sentir que ella misma se ha perdido. Eso es el vacío. Sin embargo, no se responsabiliza de sus errores. Mientras no encuentre la raíz de su problema, no podrá rehumanizarse.

Aunque son muchas las motivaciones para caer en las drogas, en estudios humanistas actuales se apunta que la actitud de la persona es la que la hace ser adicta. La adicción es un síntoma de un problema, como la fiebre. En todos los adictos se observan rasgos de inestabilidad emocional, necesidad de afecto, problemas de comunicación y síntomas de incompetencia social porque no saben controlar su afectividad y la ponen al servicio de la obtención del placer por el placer.

De todas formas, la primera causa sigue siendo la falta de motivaciones profundas, la falta de puntos de referencia, el vacío de los valores y pensar que nada tiene sentido. Desde esta perspectiva, la droga en sí no importa; el problema es que la persona sienta su necesidad. El joven que fracasa en los estudios y se droga, o el adulto que fracasa profesionalmente y recurre al alcohol, se hacen adictos a algo que no modifica en nada su suerte, con el agravante de que cuanto más se evaden, menos fuerzas tienen para soportar la realidad.

– ¿Cómo supera la drogadicción un joven sin valores, sin referencias familiares, con fracaso escolar o académico, con malas amistades, con hábitos de consumo, sin fuerzas…?

– Es verdad que se le han cerrado muchas puertas, pero las comunidades terapéuticas tienen miles de ejemplos en los que siempre quedan ventanas abiertas. La perspectiva de la rehumanización asegura que podrá salir totalmente de las adicciones si encuentra sentido a su vida. Es cierto que la sociedad influye mucho y mal, pero no tiene la última palabra.


Deficiencias educativas

– Se ha comprobado que ni una educación muy rigurosa ni una permisiva son suficientes como para evitar que los hijos prueben las drogas. ¿Qué aconsejaría a padres y educadores para mejorar la prevención?

– Nadie se acuesta abstemio y se levanta alcohólico. La entrada en el mundo adictivo es un proceso acumulativo. La conducta adictiva crece a medida que aumenta el aislamiento, la desintegración familiar, etcétera. Hay que estar alerta. De hecho, los programas de tratamiento de las comunidades terapéuticas, como Proyecto Hombre, son sobre todo programas que dan a las personas la educación que no recibieron de pequeños.

– Robert J. Samuelson escribía hace poco [22/marzo/04] que una de las paradojas de la prosperidad es que, a medida que se cubren las necesidades y deseos materiales crecen los psicológicos (por ejemplo, en 1957 sólo 3% de los estadounidenses se sentían solos; ahora son 13%). Usted apunta que antes de la drogadicción suele haber vacío existencial y déficit espiritual que se intenta llenar con droga o sucedáneos.

– Es muy fácil de entender la ecuación que hace Samuelson. El mundo adictivo pretende llenar el déficit espiritual causado por las carencias afectivas y relacionales que han dejado a la persona arrojada en el vacío existencial de su vida. Y esto es algo que todos los exadictos reconocen con precisión universal.

En consecuencia, este camino a la inversa (el de la rehumanización) es el que debemos recorrer para ayudar de verdad a las personas más desestructuradas de la sociedad.


Bibliografía

1 Cañas, José Luis. Antropología de las Adicciones. Psicoterapia y Rehumanización. Dykinson. Madrid, 2004. 450 págs. Antes, el mismo autor publicó De las drogas a la esperanza (Ediciones San Pablo)

escrito por Ignacio Zabala

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Resucitaremos en nuestros propios cuerpos

I. Los saduceos, que no creían en la resurrección, se acercaron a Jesús para intentar ponerle en un aprieto. Según la ley antigua de Moisés (1), si un hombre moría sin dejar hijos, el hermano debía casarse con la viuda para suscitar descendencia a su hermano, y al primero de los hijos que tuviera se le debía imponer el nombre del difunto. Los saduceos pretenden poner en ridículo la fe en la resurrección de los muertos, inventando un problema pintoresco (2): si una mujer se casa siete veces al enviudar de sucesivos hermanos, ¿de cuál de ellos será esposa en los cielos? Jesús les responde poniendo de manifiesto la frivolidad de la objeción. Les contesta reafirmando la existencia de la resurrección, valiéndose de diversos pasajes del Antiguo Testamento, y al enseñar las propiedades de los cuerpos resucitados se desvanece el argumento de los saduceos (3).

El Señor les reprocha no conocer las Escrituras ni el poder de Dios, pues esta verdad estaba ya firmemente asentada en la Revelación. Isaías había profetizado (4): Las muchedumbres de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán: unos para eterna vida, otros para vergüenza y confusión: y la madre de los Macabeos confortaba a sus hijos en el momento del martirio recordándoles que el Creador del universo (...) misericordiosamente os devolverá la vida si ahora la despreciáis por amor a sus santos lugares (5). Y para Job, esta misma verdad será el consuelo de sus días malos: Sé que mi Redentor vive, y que en el último día resucitaré del polvo (...); en mi propia carne contemplaré a Dios (6).

Hemos de fomentar en nuestras almas la virtud de la esperanza, y concretamente el deseo de ver a Dios. «Los que se quieren, procuran verse. Los enamorados sólo tienen ojos para su amor. ¿No es lógico que sea así? El corazón humano siente esos imperativos. Mentiría si negase que me mueve tanto el afán de contemplar la faz de Jesucristo. Vultum tuum, Domine, requiram, buscaré, Señor, tu rostro» (7). Ese deseo se saciará, si permanecemos fieles, porque la solicitud de Dios por sus criaturas ha dispuesto la resurrección de la carne, verdad que constituye uno de los artículos fundamentales del Credo (8), pues si no hay resurrección de los muertos, tampoco resucitó Cristo. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, y vana es también nuestra fe (9) «La Iglesia cree en la resurrección de los muertos (...) y entiende que la resurrección se refiere a todo el hombre» (10): también a su cuerpo.

El Magisterio ha repetido en numerosas ocasiones que se trata de una resurrección del mismo cuerpo, el que tuvimos durante nuestro paso por la tierra, en esta carne «en que vivimos, subsistimos y nos movemos» (11). Por eso, «las dos fórmulas resurrección de los muertos y resurrección de la carne son expresiones complementarias de la misma tradición primitiva de la Iglesia», y deben seguirse usando los dos modos de expresarse (12).

La liturgia recoge esta verdad consoladora en numerosas ocasiones: En Él (en Cristo) brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; y así, aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo (13). Dios nos espera para siempre en su gloria. ¡Qué tristeza tan grande para quienes todo lo han cifrado en este mundo! ¡Qué alegría saber que seremos nosotros mismos, alma y cuerpo, quienes, con la ayuda de la gracia, viviremos eternamente con Jesucristo, con los ángeles y los santos, alabando a la Trinidad Beatísima! Cuando nos aflija la muerte de una persona querida, o acompañemos en su dolor a quien ha perdido aquí a alguien de su familia, hemos de poner de manifiesto, ante los demás y ante nosotros mismos, estas verdades que nos inundan de esperanza y de consuelo: la vida no termina aquí abajo en la tierra, sino que vamos al encuentro de Dios en la vida eterna.


II. Toda alma, después de la muerte, espera la resurrección del propio cuerpo, con el que, por toda la eternidad, estará en el Cielo, cerca de Dios, o en el infierno, lejos de Él. Nuestros cuerpos en el Cielo tendrán características diferentes, pero seguirán siendo cuerpos y ocuparán un lugar, como ahora el Cuerpo glorioso de Cristo y el de la Virgen. No sabemos dónde está, ni cómo se forma ese lugar: la tierra de ahora se habrá transfigurado (14). La recompensa de Dios redundará en el cuerpo glorioso haciéndolo inmortal, pues la caducidad es signo del pecado y la creación estuvo sometida a ella por culpa del pecado (15). Todo lo que amenaza e impide la vida desaparecerá (16). Los resucitados para la Gloria -como afirma San Juan en el Apocalipsis- no tendrán hambre, ni tendrán ya sed, ni caerá sobre ellos el sol, ni ardor alguno (17): esos sufrimientos que enumera el Apocalipsis fueron los que más dañaron al pueblo de Israel mientras atravesaba el desierto: los abrasadores rayos del sol caían como dardos, se desencadenaba con rapidez la corrupción, y el viento seco del desierto consumía las fuerzas (18). Estas mismas tribulaciones son símbolo de los dolores que tendría que soportar el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, mientras dure su peregrinación hasta la Patria definitiva.

La fe y la esperanza en la glorificación de nuestro cuerpo nos harán valorarlo debidamente. El hombre «no debe despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día» (19). Sin embargo, qué lejos está de esta justa valoración el culto que hoy vemos tributar tantas veces al cuerpo. Ciertamente tenemos el deber de cuidarlo, de poner los medios oportunos para evitar la enfermedad, el sufrimiento, el hambre..., pero sin olvidar que ha de resucitar en el último día, y que lo importante es que resucite para ir al Cielo, no al infierno. Por encima de la salud está la aceptación amorosa de la voluntad de Dios sobre nuestra vida. No tengamos preocupación desmedida por el bienestar físico. Sepamos aprovechar sobrenaturalmente las molestias que podamos sufrir -poniendo con serenidad los medios ordinarios para evitarlas-, y no perderemos la alegría y la paz por haber puesto el corazón en un bien relativo y transitorio, que sólo será definitivo y pleno en la gloria.

En ningún momento debemos olvidar hacia dónde nos encaminamos y el valor verdadero de las cosas que tanto nos preocupan. Nuestra meta es el Cielo; para estar con Cristo, con alma y cuerpo, nos creó Dios. Por eso, aquí en la tierra «la última palabra sólo podrá ser una sonrisa... un cántico jovial» (20), porque más allá nos espera el Señor con la mano extendida y el gesto acogedor.

III. Aunque sea grande la diferencia entre el cuerpo terreno y el transfigurado, hay entre ellos una estrechísima relación. Es dogma de fe que el cuerpo resucitado es específica y numéricamente idéntico al cuerpo terreno (21).

La doctrina cristiana, basándose en la naturaleza del alma y en diversos pasajes de la Sagrada Escritura, muestra la conveniencia de la resurrección del propio cuerpo y la unión de nuevo con el alma. En primer lugar, porque el alma es sólo una parte del hombre, y mientras esté separada del cuerpo no podrá gozar de una felicidad tan completa y acabada como poseerá la persona entera. También, por haber sido creada el alma para unirse a un cuerpo, una separación definitiva violentaría su modo de ser propio; pero, sobre todo otro argumento, es más conforme con la sabiduría, justicia y misericordia divinas que las almas vuelvan a unirse a los cuerpos, para que ambos, el hombre completo -que no es sólo alma, ni sólo cuerpo-, participen del premio o del castigo merecido en su paso por la vida en la tierra; aunque es de fe que el alma inmediatamente después de la muerte recibe el premio o el castigo, sin esperar el momento de la resurrección del cuerpo.

A la luz de la enseñanza de la Iglesia vemos con mayor profundidad que el cuerpo no es un mero instrumento del alma, aunque de ella recibe la capacidad de actuar y con ella contribuye a la existencia y desarrollo de la persona. Por el cuerpo, el hombre se halla en contacto con la realidad terrena, que ha de dominar, trabajar y santificar, porque así lo ha querido Dios (22). Por él, el hombre puede entrar en comunicación con los demás y colaborar con ellos para edificar y desarrollar la comunidad social. Tampoco podemos olvidar que a través del cuerpo el hombre recibe la gracia de los sacramentos: ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (23).

Somos hombres y mujeres de carne y hueso, pero la gracia ejerce su influjo incluso sobre el cuerpo, divinizándolo en cierto modo, como un anticipo de la resurrección gloriosa. Mucho nos ayudará a vivir con la dignidad y el porte de un discípulo de Cristo considerar frecuentemente que este cuerpo nuestro, templo ahora de la Santísima Trinidad cuando vivimos en gracia, está destinado por Dios a ser glorificado. Acudamos hoy a San José para pedirle que nos enseñe a vivir con delicado respeto hacia los demás y hacia nosotros mismos. Nuestro cuerpo, el que tenemos en la vida terrena, también está destinado a participar para siempre de la gloria inefable de Dios.

Referencias

(1) Dt 24, 5 ss.-
(2) Mc 12, 18-27.-
(3) Cfr. SAGRADA BIBLIA, Santos Evangelios, 2ª ed., Pamplona 1985, comentarios a Mac 12, 18-27 y lugares paralelos.-
(4) Is 26, 19.-
(5) 2 Mac 7, 23.-
(6) Job 19, 25-26.-
(7) J. ESCRIVA DE BALAGUER, en Hoja informativa, n. 1, de su proceso de beatificación, p. 5.-
(8) Cfr. Symbolo Quicumque, Dz 40; BENEDICTO XII, Const. Benedictus Deus, 29-I-1336.-
(9) I Cor 15, 13-14.-
(10) CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta sobre algunas cuestiones referentes a la escatología, 17-V-1979.-
(11) CONC. XI DE TOLEDO, año 675, Dz 287 (540); cfr. CONC. IV DE LETRAN, cap. I, Sobre la fe católica, Dz 429(801); etc.-
(12) CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración acerca de la traducción del artículo «carnis resurrectionem» del Símbolo Apostólico, 14-XII-1983.-
(13) MISAL ROMANO, Prefacio I de Difuntos.-
(14) Cfr. M. SCHMAUS, Teología Dogmática, vol. VII, Los novísimos, p. 514.-
(15) Rom 8, 20.-
(16) Cfr. M. SCHMAUS, o. c. , vol. VII, p. 225 ss.-
(17) Apoc 7, 16.-
(18) Cfr. Eclo 43, 4; Sal 121, 6; Sal 91, 5-6.-
(19) CONC. VAT. II, Const. Gaudium et spes, 14.-
(20) L. RAMONEDA MOLINS, Vientos que jamás ha roto nadie, Danfel, Montevideo 1984, p. 41.-
(21) Cfr. Dz 287, 427, 429, 464, 531.-
(22) Gen 1, 28.-
(23) 1 Cor 6, 15.

martes, 1 de noviembre de 2011

La veneración de los santos

Los primeros santos venerados fueron los discípulos de Jesús y los mártires (los que murieron por Cristo). Mas tarde también se incluyó a los confesores (se les llama así porque con su vida "confesaron" su fe), las vírgenes y otros cristianos que demostraron amor y fidelidad a Cristo y a su Iglesia y vivieron con virtud heroica. La Iglesia reconoce santos del A.T.: patriarcas, profetas y otros. (Cf. Catecismo 61)

Con el tiempo creció el número de los reconocidos como santos y se dieron abusos y exageraciones, por lo que la Iglesia instituyó un proceso para estudiar cuidadosamente la santidad. Este proceso, que culmina con la "canonización", es guiado por el Espíritu Santo según la promesa de Jesucristo a la Iglesia de guiarla siempre (Cf. Jn 14:26, Mt 16:18). Podemos estar seguros que quien es canonizado es verdaderamente santo.

Los santos no tienen necesidad de ser declarados tales. Ellos no se benefician en nada por la declaración de su santidad ya que esta no añade ni quita nada a su felicidad en el cielo. Nosotros, la Iglesia peregrina en la tierra si se enriquece al tener modelos de santidad. Ellos no añaden ninguna doctrina nueva sino que nos ayudan a comprender el Evangelio y vivirlo. Es una gran riqueza conocer a nuestros hermanos que han vivido heroicamente la fe.

La Iglesia no puede contar la cantidad de santos en el cielo ya que son innumerables (por eso celebra la fiesta de todos los santos). Solo se consideran para canonización unos pocos que han vivido la santidad en grado heroico. La canonización es para el bien de nosotros en la tierra y en nada beneficia a los santos que ya gozan de la visión beatífica (ven a Dios cara a cara). Los santos en el cielo son nuestros hermanos mayores que nos ayudan con su ejemplo e intercesión hasta llegar a reunirnos con ellos.

La devoción a los santos es una expresión de la doctrina de la Comunión de los Santos la cual enseña que la muerte no rompe los lazos que unen a los cristianos en Cristo. Los santos contribuyen a fortalecer la unión existente entre la Iglesia del cielo (triunfante) y la iglesia en la tierra (peregrinante). Ellos son un ejemplo de los frutos de la gracia santificante que Jesús nos ganó con su redención. Los Protestantes rechazaron la devoción a los santos por no comprender la doctrina de la comunión de los santos. El Concilio de Trento (1545-63) reafirmó la doctrina católica.

Los santos interceden por nosotros. En virtud de que están en Cristo y gozan de sus bienes espirituales, los santos pueden interceder por nosotros. La intercesión nunca reemplaza la oración directa a Dios, quién puede conceder nuestros ruegos sin la mediación de los santos. Pero, como Padre, se complace en que sus hijos se ayuden y así participen de su amor. Dios ha querido constituirnos una gran familia, cada miembro haciendo el bien a su prójimo. Los bienes proceden de Dios pero los santos los comparten.

Los santos son modelos. Debemos imitar la virtud heroica de los santos. Ellos nos enseñan a interpretar el Evangelio evitando así acomodarlo a nuestra mediocridad y a las desviaciones de la cultura. Por ejemplo, al ver como los santos aman la Eucaristía, a la Virgen y a los pobres, podemos entender hasta donde puede llegar el amor en un corazón que se abre a la gracia. Al venerar a los santos damos gloria a Dios de quien proceden todas las gracias. Vea: Que es venerar y la diferencia con la adoración que le atribuye solo a Dios

Sin duda hay quienes se desvían de una sana devoción y hasta existen personajes que son venerados popularmente al margen de la Iglesia y no son sino falsos santos. Estos errores no justifican que se descuide la auténtica devoción sino mas bien resalta la importancia de la catequesis.


Santos patronos

Un santo puede ser declarado patrón de un país, diócesis o institución religiosa. También hay santos patronos de diferentes gremios y causas. Además, todos podemos elegir un santo patrón de nuestra devoción como modelo e intercesor.

Santos Doctores de la Iglesia
Título reconocido por la Iglesia a los santos que por su gran sabiduría doctrinal han tenido gran influencia en la tradición eclesial.


Santos Padres

Los Padres son pastores (generalmente, pero no siempre obispos) de la Iglesia de los primeros siglos, cuyas enseñanzas, en sentido colectivo, son consideradas por la Iglesia como el fundamental para la doctrina ortodoxa cristiana porque son la correcta interpretación de las Sagradas Escrituras. Los cuatro principales criterios esta designación son: antigüedad, ortodoxia, santidad, aprobación de la Iglesia. No todos los escritos de los Padres son ortodoxos sino solo aquellos en los que hay común acuerdo entre ellos. (Orígenes y Tertuliano cayeron en serios errores pero no se niega el valor de sus obras anteriores.)


¿Hay santos aun en la tierra?

Sin duda los hay. En todas partes hay personas santas. Los hay enfermos, madres y padres que viven la vida cotidiana con gran fidelidad, jóvenes que mantienen el ideal de ser cristianos y no se dejan arrastrar por la cultura, niños y ancianos.... Creo que el Papa actual está entre los santos en la tierra. Dios quiera que aprovechemos la sabiduría y el ejemplo que nos da como buen padre.

Ser santos

Ser santo es participar de la santidad de Dios. Nuestro Padre, nos creó para ser santos.

Dios nos ha llamado y nos capacita a todos a ser santos: "Sean santos... porque Yo, el Señor, soy santo" (Lev 19,2; Mt 5, 48). Cristo vino al mundo para hacer posible nuestra santidad. Es por eso que en el Nuevo Testamento se le llama "santos" a los cristianos (1Cor 1, 12; Rm 1, 5; 1Pe 1, 15-16). Son santos solo si viven su fe (Apoc 21, 2.10). Los santos del cielo murieron en gracia de Dios. Su santidad comenzó en la tierra.

Los santos «han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo» (Hechos de los Apóstoles,15, 26).

Papa Benedicto XVI: "El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo".

Los hombres perdimos la vida de gracia al apartarnos de Dios por el pecado, pero Jesucristo nos reconcilió con el Padre muriendo por nosotros en la Cruz. Por el bautismo recibimos los méritos de ese sacrificio de Cristo, somos liberados del pecado e injertados en Cristo para ser Hijos de Dios y participar de su santidad. San Pablo usa la palabra "santos" para referirse a los fieles que viven la nueva vida en el Espíritu Santo. (2 Cor. 13,12; Ef. 1,1)

La Iglesia es una gran familia en la que Dios es Padre, Jesús el Hermano Mayor, el Espíritu Santo es el santificador que comunica amor entre los miembros de tal manera que, aunque no los hemos visto, podemos llegar a conocer y amar mucho a los santos. Ellos nos enseñan, guían e interceden por nosotros. María es la madre de la familia santa.

Aunque Jesucristo, el Sol de Justicia, ha sido rechazado por la humanidad, el cielo de la Santa Iglesia no ha dejado de tener su luz que ilumina a quien abra su corazón. Los santos son esas personas heroicas que brillan con el Señor.

Se le llama santo a lo que está consagrado al servicio de Dios, sea persona, cosa, lugar, tiempo.

S.S. Benedicto XVI, 1 nov, 2007: El cristiano, «ya es santo, pues el Bautismo le une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo tiene que llegar a ser santo, conformándose con Él cada vez más íntimamente».

«A veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, ¡llegar a ser santo es la tarea de cada cristiano, es más, podríamos decir, de cada hombre!».

«Todos los seres humanos están llamados a la santidad que, en última instancia, consiste en vivir como hijos de Dios, en esa “semejanza” a Él, según la cual, han sido creados»

«todos los seres humanos son hijos de Dios, y todos tienen que llegar a ser lo que son, a través del camino exigente de la libertad».

«Dios les invita a todos a formar parte de su pueblo santo. El “Camino” es Cristo, el Hijo, el Santo de Dios: nadie puede llegar al Padre si no por Él».

"Los santos no son personas que nunca han cometido errores o pecados, sino quienes se arrepienten y se reconcilian". Dijo Benedicto XVI comentando sobre San Pablo y Bernabé. Añadió: "Por tanto, también entre los santos se dan contrastes, discordias, controversias...Son hombres como nosotros, con problemas complicados... La santidad crece con la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disponibilidad para volver a comenzar, y sobre todo con la capacidad de reconciliación y de perdón". "Y todos podemos aprender este camino de santidad". -31 enero 2007 Benedicto XVI.

Perseverar en la santidad es mantenerse en comunión con Cristo quien salva y da vida eterna. Dios quiere que todos se salven (1Tm 2,4), pero no todos se abren a la gracia que santifica. Para salvarse es necesario renunciar al pecado y seguir a Cristo con fe. Por eso San Pablo nos exhorta: "Hermanos: Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor" (Hb. 12,14)Al final no importara otra cosa, la única verdadera desgracia es no ser santos.

La Biblia nos exhorta a seguir el ejemplo de los santos (CF. Dan 7, 22-25; Sab 5, 5). La Iglesia continúa esa tradición y reconoce la santidad después de un largo y cuidadoso proceso en el que examina las vidas de los candidatos.


COMO SER SANTOS(por Benedicto XVI)

El luminoso ejemplo de los santos despierta en nosotros el gran deseo de ser como ellos, felices de vivir junto a Dios, en su Luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir en la cercanía de Dios, vivir en su familia, y esta es la vocación de todos nosotros, confirmada con vigor por el Concilio Vaticano II.

Pero, ¿cómo podemos convertirnos en santos, amigos de Dios?. A esta pregunta se puede responder, ante todo, con un enunciado negativo: para ser santos no es necesario realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es necesario ante todo escuchar a Jesús y después seguirle, sin desalentarse ante las dificultades.

La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, si bien sigue caminos diferentes, siempre pasa por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo. Las biografías de los santos describen a hombres y mujeres que, siendo dóciles a los designios divinos, afrontaron en ocasiones pruebas y sufrimientos inenarrables, persecuciones y martirios.

El ejemplo de los santos es para nosotros un aliento a seguir los mismos pasos y a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, pues la única causa de tristeza y de infelicidad para el hombre se debe al hecho de vivir lejos de Él.

El camino que conduce a la santidad es presentado por el camino de las Bienaventuranzas. En la medida en que acogemos la propuesta [de Cristo ndr.] y le seguimos --cada uno en sus circunstancias-- también nosotros podemos participar en la bienaventuranza. Con Él lo imposible se hace posible.

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