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viernes, 5 de diciembre de 2014

Ocho consejos del Papa para las familias

Francisco no es sólo el Papa número 266 de la Iglesia católica. Jorge Mario Bergoglio también es el mayor de cinco hermanos. Y sus recomendaciones a los matrimonios han dado la vuelta al mundo.

El papa Francisco aconseja pasar tiempo con los hijos y siempre hacer las paces al final del día.

La experiencia personal y el trato a lo largo de los años con cientos de personas han convertido al Papa en un experto en familia. "El Papa también tiene una familia. Éramos cinco hermanos y tengo 16 sobrinos. Uno de estos sobrinos tuvo un accidente de tráfico", contó el pasado 20 de agosto.

Sus consejos, sencillos y directos, pueden facilitar mucho la vida en común. No cabe duda que sus recomendaciones a los matrimonios han dado la vuelta al mundo.

1. "A los recién casados les doy siempre este consejo: 'Reñid lo que queráis. Si vuelan los platos, dejadlos. Pero nunca acabéis el día sin hacer las paces. ¡Nunca!'"

2. "Para hacer las paces no hace falta llamar a Naciones Unidas, que venga a casa a hacer la paz. Basta un gesto pequeño, una caricia: 'Bueno, adiós, hasta mañana'. Y mañana se comienza de nuevo".

3. "[La Biblia]No es para ponerla en una estantería sino para tenerla a mano. Es para leerla a menudo, todos los días, ya sea individualmente o en grupo, marido y mujer, padres e hijos; tal vez por la noche, sobre todo los domingos. ¡Así la familia camina, con la luz y el poder de la Palabra de Dios!"

4. "Es un viaje lleno de desafíos, difícil a veces, y también con sus conflictos, pero así es la vida".

5. "Esta cultura del bienestar de hace diez años nos ha convencido: '¡Es mejor no tener hijos! ¡Es mejor! Así puedes ir de vacaciones, a conocer el mundo, puedes tener una casa en el campo... Estás tranquilo'(...)Y al final este matrimonio llega a la vejez en la soledad".

6. "Cuando confieso a jóvenes matrimonios y me hablan de sus hijos siempre hago una pregunta: '¿Y tú tienes tiempo para jugar con tus hijos?'. Y muchas veces el padre me dice: 'Pero padre, yo cuando voy a trabajar por la mañana ellos duermen y cuando vuelvo por la noche están en la cama durmiendo'. Esto no es vida".

7. "Tal vez muchos chicos y jóvenes pierden demasiadas horas en cosas fútiles, como chatear en Internet, o con los teléfonos, las telenovelas, los productos del progreso tecnológico que deberían simplificar y mejorar la calidad de vida. En cambio, a veces distraen la atención de aquello que es realmente importante".

8. "Una de las cosas más bonitas de la vida de la familia, de nuestra vida, es acariciar a un niño y dejarse acariciar por un abuelo o una abuela".

(Fuente: Oficina de Comunicación del Opus Dei)

jueves, 4 de diciembre de 2014

María fue la primera cristiana

Precursora de nuestra Iglesia, Reina del Cielo y de la tierra. ¡María es la Madre de la Iglesia!

El primer cristiano, cuando el mundo todavía no conocía el misterio de la Redención, fue la joven y sorprendida Virgen María. El Angel le reveló ese día el mayor misterio de la historia del mundo, y Ella no podía salir de su asombro. ¡Ella!. ¡Madre de Dios!. Y en ese mismo instante en que se unieron para siempre la Criatura y Su Creador, dio comienzo la mayor historia de Amor que jamás existió ni existirá: la historia de Dios hecho Hombre y entregado por nosotros.

María fue ese día testigo de la unión del hombre con la Divinidad. Dios hizo Su Nido en la Criatura, y la Criatura se transformó en la casa de Dios. María, que siempre había tenido al Espíritu Santo viviendo a pleno dentro de Ella, tuvo desde ese momento al Hombre-Dios creciendo y tomando su humanidad, para caminar en el sendero de la Vida de Cristo desde la primera fila, desde su origen.

La Virgen fue la primer cristiana, la primera pieza humana del Cuerpo Místico de Cristo. Y fue de este modo también punto de partida de otro prodigio de Dios: en la unión de María con el Redentor se inicia el proceso que culmina en el nacimiento de la Iglesia. La Mujer Perfecta en el amor y la humildad recibió en su seno a Dios hecho Hombre, y así cumplió la misión que el mismo Dios le confió. De esta manera surgió la Nueva Jerusalén, el Nuevo Templo que iba a albergar al Santo de los Santos, Jesucristo, por los tiempos de los tiempos. ¡María es la Madre de la Iglesia!.

¡Que perfección!. ¡Que maravilloso es el Plan de Dios!. En la humilde Nazaret, en esa pequeña y desconocida Mujer se formó, con la intervención del Espíritu Santo, la mayor Obra Divina que el Cielo legó al hombre. En el mismo acto y en la presencia del Angel Gabriel y del Cielo todo, que admirado contemplaba, se encarnó Dios y se hizo Hombre, y surgió el primer cristiano. Y este primer cristiano fue luego elevado a la figura de Madre de todos los hombres, y Madre de la Iglesia.

Todo ocurrió en ese instante, en esa fracción de segundo, en la Palestina de hace dos mil años. El antiguo pueblo de Dios y Su Templo dieron paso al nuevo pueblo, el pueblo cristiano, y al nuevo Templo, la Santa Iglesia.

Virgen María, precursora de nuestra Iglesia, Reina del Cielo y de la tierra, puente entre la Divinidad y la criatura, alcánzanos con tu infinita Gracia los dones que nos hagan ser dignos integrantes del Pueblo del que Tu Hijo es Cabeza, Tu Padre es Creador y Tu Esposo es el soplo que le da la Vida.

escrito por Oscar Schmidt 
(fuente: www.reinadelcielo.org)

miércoles, 3 de diciembre de 2014

María Santísima: El arcoíris de la esperanza

Después de una fuerte lluvia en una pequeña ciudad del interior, donde no había rascacielos que obstaculizasen ver el horizonte, me deparé con un lindo arcoíris.

Maravillada, recordé la historia de Noé y de la sorprendente afirmación que oí en tiempos pasados en una clase de catecismo: el arcoíris surgido en el cielo después del diluvio fue una pre-figura de Nuestra Señora. Recordemos un poco la historia narrada por el Génesis, para comprender mejor tan bello simbolismo.

En aquel tiempo, "el Señor vio que la maldad de los hombres era grande en la Tierra (...) Entonces Dios dijo a Noé: Haced para ti un arca de madera resinosa (...) Haré caer el diluvio sobre la Tierra (...) Todo lo que está sobre la Tierra morirá. Pero haré alianza contigo: entrarás en el arca con tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos. De todo lo que vive, de cada especie de animales harás entrar en el arca dos, macho y hembra, para que vivan contigo".

"El diluvio cayó sobre la Tierra durante cuarenta días. (...) Las aguas inundaron todo con violencia, y cubrieron toda la Tierra, y el arca flotaba en la superficie de las aguas. (...) Las aguas cubrieron todos los altos montes. (...) Ellas cubrieron la Tierra por el espacio de ciento cincuenta días." Después del diluvio, dijo también Dios a Noé: "Hago esta alianza con vosotros: ninguna criatura será más destruida por las aguas del diluvio (...) Pongo mi arco en las nubes, para que él sea la señal de la alianza entre mí y la Tierra".

Transcurridos algunos milenios, al estar el corazón de los hombres dirigiéndose nuevamente hacia el mal y llegada la hora de misericordia prevista por los profetas, Dios envió a su propio Hijo para sacar a la humanidad del diluvio de iniquidad que inundaba la Tierra, e invitar a los hombres a en la nueva arca. No en un arca material, construida por manos humanas, pero sí, en el arca por excelencia: la Santa Iglesia edificada por el propio Hijo de Dios hecho Hombre. Y para protegernos y mantener una estrecha alianza con nosotros, nos envió también un arcoíris. Pero... ¿qué arcoíris? No un mero fenómeno natural mostrando siete colores, sino un arcoíris vivo: María, la Madre de Dios, Aquella en la cual los siete dones del Espíritu Santo brillan con inigualable magnificencia.

He aquí lo que, en el siglo XIV, Nuestra Señora, dirigiéndose a Santa Brígida, afirmó:

"Yo me extiendo sobre el mundo en continua oración, así como sobre las nubes está el arcoíris, que parece dirigirse a la Tierra y tocarla con sus extremidades. Este arcoíris, soy yo misma que, por mis preces, me bajo y me apoyo sobre los buenos y los malos habitantes de la Tierra. Me inclino sobre los buenos para ayudarlos a permanecer fieles y devotos en la observancia de los preceptos de la Iglesia; y sobre los malos, para impedirlos de ir adelante en su malicia y se tornen peores".

San Bernardino de Siena, ilustrando su discurso sobre el Santo Nombre de María, comenta: "María une y concilia la Iglesia Triunfante a la Iglesia Militante. Su nacimiento anuncia que, de ahora en adelante, existirá la paz entre el Cielo y la Tierra. Ella es el arcoíris dado por el Señor a Noé en señal de alianza, y como garantía de que el género humano no será más destruido. ¿Y por qué? Porque es Ella que trajo a la luz Aquel que es nuestra paz".

¡Cuánta consolación, cuánta esperanza nos evocan esas palabras! En este mundo, en que somos peregrinos, sufrimientos, tentaciones y perplejidades son inherentes a nuestra vida. Con todo, en medio de los dolores y aflicciones, siempre vislumbramos la esperanzadora figura de un incomparable arcoíris: ¡María Santísima! Es Ella quien nos guía en nuestra peregrinación rumbo a la Patria Celestial, ayudándonos en todas nuestras necesidades y envolviéndonos con su maternal, constante e infatigable amor.

"El arcoíris alegra la Tierra y le proporciona una lluvia abundante y benéfica. Del mismo modo, María consuela a los débiles, llenando de júbilo a los afligidos e inundando copiosamente los áridos corazones de los pecadores, por la fecunda lluvia de gracia", comenta el P. Jourdain en su obra dedicada a las grandezas de María.

Confiados y extremamente gratos por tan insondable protección, busquemos amarla, honrarla, invocarla y servirla a cada momento de nuestras vidas, propagando siempre una devoción piadosa y sincera a Ella, que es el único y verdadero Arcoíris que nos une a su Divino Hijo, el instrumento de alianza entre Dios y los hombres.

escrito por María Teresa Pinheiro Lisboa Miranda 
(fuente: Gaudium Press)

martes, 2 de diciembre de 2014

¿Qué espera Dios de mí?

Esta era una de las preguntas más profundas y urgentes que me planteé en mi juventud.

Quería elegir bien, quería asegurarme de tomar un camino que fuera conforme al Plan de Dios sobre mi vida. Él como Padre tendría un sueño para su hijo, como Creador un plan para su criatura; y yo quería darle gusto y acertar en el uso de mi libertad y poder escuchar al final de mi vida: "Ven, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor." (Mt 25,21)

Independientemente de la vocación específica de cada uno, hay un llamado que tenemos todos en común: ser conforme a la imagen de Cristo (Rom 8,29). Eso es lo que Dios espera de nosotros: que seamos como su Hijo Primogénito: Jesucristo.

Al ver San Juan de la Cruz cómo teniendo vocación tan sublime nos ocupamos muchas veces de otras cosas, dice: "¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas! ¿Qué hacéis, en qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos!" (Cántico espiritual, 39,7)


¿Hacia dónde?

Así es, a veces andamos como ciegos caminando fuera del camino o como sordos sin escuchar la Palabra de Dios que nos llama a vivir a su lado. Cristo es la Palabra y es el Camino y vino al mundo para mostrarnos cómo andar y por dónde avanzar. Así lo explica el Papa Juan Pablo II: "La única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo." (Redemptor Hominis, 7) "El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo -no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes- debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe «apropiarse» y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo." (Redemptor Hominis, 10)


Como una semilla destinada a germinar y crecer

¿Maravilla de sí mismo? Sí, maravilla, pues llevamos a Cristo dentro de nosotros, ha establecido allí su casa y quiere instaurar y extender su reino. Participamos de la misma vida de Dios. La gracia de Dios en nosotros es como una semilla plantada en nuestro interior el día de nuestro bautismo. Y esta semilla está destinada a crecer. San Basilio Magno explica que: "....desde que empieza a existir este ser vivo que llamamos hombre es depositada en él una fuerza espiritual, a manera de semilla, que encierra en sí misma la facultad y la tendencia al amor. Esta fuerza seminal es cultivada diligentemente y nutrida sabiamente en la escuela de los divinos preceptos y así, con la ayuda de Dios, llega a su perfección."

De lo que se trata es de avivar la chispa del amor que llevamos en lo más profundo de nuestro ser. Cristo nos participa de su vida, como la vid al sarmiento (Jn 15), de manera que sea Él quien viva y se manifieste en nosotros: "Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí" (cfr. Gal 2, 20).


¿De quién depende?

Nuestra unión con Dios y nuestra transformación en Cristo se lleva a cabo dentro de nosotros, pero sólo si nosotros lo permitimos y lo queremos. Una semilla de limón se siembra, se cultiva y da un limonero. En nuestro caso, la semilla de la gracia está destinada a convertirnos en un hijo como el Hijo, pero no se da por descontado, Dios nos hizo libres para ir hacia Él o no. En este cometido no estamos solos; el proyecto de Dios es obra conjunta de cada uno y del Espíritu Santo: artífice de nuestra unión y transformación en Cristo.

¿De qué tipo de crecimiento estamos hablando?

De un doble crecimiento:

- El crecimiento de la raíz: Que consiste en profundizar en el conocimiento personal de Cristo, cultivar la vida de gracia, crecer en intimidad con Dios, permitir que el reino de Cristo triunfe en nuestras vidas. Esto comporta también un trabajo de purificación de todo aquello que no sea Dios y de aquellos amores y aficiones que no sean conformes a Su querer, pues debido al pecado original arrastramos unas tendencias negativas a la que llamamos concupiscencia y debido al propio pecado encontramos también basura, piedras y espinas que limpiar.

- El crecimiento del árbol: Es decir, nuestra transformación en Cristo, que seamos más semejantes a Él, por su imitación en el ejercicio de las virtudes cristianas y la vivencia de las virtudes teologales.


Sin oración no hay crecimiento

Este doble crecimiento es arduo y fatigoso, como el cuidado de todo campo de cultivo. Entre otras cosas se requiere oración. Sin oración no hay crecimiento espiritual. La semilla crece cuando ponemos en acto las virtudes teologales. La fe: en la oración conocemos a Dios. Orar es poner la fe en acto. Esperanza: orar es ejercitar el deseo de Dios, es abandonarnos en Sus manos, es entrega confiada en Sus brazos. Amor: orar es acoger el amor de Dios y corresponderle amando.

En esto consiste el quehacer del hombre en su camino al cielo. ¡Buen viaje!

escrito por P. Evaristo Sada LC 
Fuente: Blog de la Oración

lunes, 1 de diciembre de 2014

“Nuestros mártires están gritando: ‘¡Somos uno!’”: El Papa Francisco sobre ecumenismo

ROMA, 30 Nov. 14 / 05:18 pm (ACI/EWTN Noticias).- Durante la conferencia de prensa de 46 minutos a su regreso de Turquía, el Papa Francisco reflexionó sobre el ecumenismo, y señaló la existencia de un “ecumenismo de la sangre” entre cristianos de diversas denominaciones en Medio Oriente, en el que “nuestros mártires están gritando: ‘¡Somos uno!’”.

Citado por Vatican Insider, el Santo Padre señaló que piensa que con los ortodoxos “estamos en camino; tienen sacramentos y sucesión apostólica. Estamos en camino”.

Para Francisco, “si tenemos que esperar a que los teólogos se pongan de acuerdo… ¡No llegará nunca ese día!”.

“Soy escéptico: trabajan bien los teólogos, pero Atenágoras había dicho: ‘¡Pongamos a los teólogos en una isla para que discutan y nosotros seguimos adelante!’”.

“La unidad es un camino que se debe hacer, y se debe hacer juntos; es el ecumenismo espiritual, rezar juntos, trabajar juntos. Y luego está el ecumenismo de la sangre: cuando estos matan a los cristianos, la sangre se mezcla. Nuestros mártires están gritando: ‘¡Somos uno!’”.

Francisco reconoció que “es algo que tal vez algunos no pueden entender. Las Iglesias orientales católicas tienen derecho de existir, pero el uniatismo es una palabra de otra época. Hay que encontrar otra vía”.

Abordando el tema del Primado de Pedro en la Iglesia, Francisco, recordó una reciente reunión con el metropolita Hilarión, presidente del Departamento para las relaciones externas del Patriarcado de Moscú, y destacó que “hay que continuar con la petición de Juan Pablo II: ‘Ayúdenme a encontrar una fórmula de primado aceptable para las Iglesias ortodoxas’”.

El Papa aseguró que “lo que siento más profundamente en este camino para la unidad es la homilía que hice ayer sobre el Espíritu Santo: solo el camino del Espíritu Santo es correcto. Él es sorpresa, Él es creativo”.

“El problema -y esta tal vez sea una autocrítica, pero lo dije también en las Congregaciones generales antes del Cónclave- es que la Iglesia no tiene luz propia, debe ver a Jesucristo”.

“Las divisiones existen porque la Iglesia se ha visto demasiado a sí misma”, dijo.

El Santo Padre señaló que “mientras comíamos hoy, con (el Patriarca Ecuménico) Bartolomé, hablamos del momento en el que un cardenal fue a llevar la excomunión del Papa al Patriarca: la Iglesia se veía demasiado a sí misma en ese momento”.

“Cuando nos vemos a nosotros mismos nos volvemos auto-referenciales”.

Francisco destacó que “los ortodoxos aceptan el primado: en las letanías de hoy rezaron por su pastor y primado, ‘aquel que camina primero’. Lo dijeron hoy ante mí”.

“Para encontrar una fórmula aceptable debemos ir al primer milenio. No digo que la Iglesia se haya equivocado (en el segundo milenio), ¡no! Hizo su camino histórico. Pero ahora el camino es seguir adelante con la petición de Juan Pablo II”.

El Papa destacó que las preocupaciones de los conservadores que sospechan de la apertura hacia los ortodoxos no son solo un problema de la Iglesia Católica, sino que “este es también un problema de los ortodoxos, de algunos monjes y de algunos monasterios”.

“Por ejemplo, desde los tiempos del beato Pablo VI se discute sobre la fecha de la Pascua y no nos ponemos de acuerdo. Con este ritmo, nuestros tataranietos la van a celebrar en agosto”.

Francisco recordó que “el beato Pablo VI había propuesto una fecha fija, un domingo de abril”.

“Una vez, mientras yo estaba en Vía della Scorta y se estaban haciendo los preparativos para la Pascua, escuché a un oriental que decía: ‘Mi Cristo resucita dentro de un mes’. Mi Cristo, tu Cristo… Hay problemas”.

Sin embargo, subrayó, “debemos ser respetuosos y no cansarnos de dialogar, sin insultar, sin ensuciarse, sin chismear”.

“Pero si uno no quiere dialogar. Pero se necesita paciencia, mansedumbre y diálogo”, aseguró.

Más información del viaje del Papa a Turquía en https://www.aciprensa.com/turquia2014/


BENDICIÓN ECUMÉNICA Y FIRMA DE UNA DECLARACIÓN CONJUNTA

Estambul, Domingo 30 de noviembre de 2014

DECLARACIÓN COMÚN

Nosotros, el Papa Francisco y el Patriarca Ecuménico Bartolomé I, expresamos nuestra profunda gratitud a Dios por el don de este nuevo encuentro que, en presencia de los miembros del Santo Sínodo, del clero y de los fieles del Patriarcado Ecuménico, nos permite celebrar juntos la fiesta de san Andrés, el primer llamado y hermano del Apóstol Pedro. Nuestro recuerdo de los Apóstoles, que proclamaron la buena nueva del Evangelio al mundo mediante su predicación y el testimonio del martirio, refuerza en nosotros el deseo de seguir caminando juntos, con el fin de superar, en el amor y en la verdad, los obstáculos que nos dividen.

Durante nuestro encuentro en Jerusalén del mayo pasado, en el que recordamos el histórico abrazo de nuestros venerados predecesores, el Papa Pablo VI y el Patriarca Ecuménico Atenágoras, firmamos una declaración conjunta. Hoy, en la feliz ocasión de este nuevo encuentro fraterno, deseamos reafirmar juntos nuestras comunes intenciones y preocupaciones.

Expresamos nuestra resolución sincera y firme, en obediencia a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, de intensificar nuestros esfuerzos para promover la plena unidad de todos los cristianos, y sobre todo entre católicos y ortodoxos. Además, queremos apoyar el diálogo teológico promovido por la Comisión Mixta Internacional que, instituida hace exactamente treinta y cinco años por el Patriarca Ecuménico Dimitrios y el Papa Juan Pablo II aquí, en el Fanar, está actualmente tratando las cuestiones más difíciles que han marcado la historia de nuestra división, y que requieren un estudio cuidadoso y detallado. Para ello, aseguramos nuestra ferviente oración como Pastores de la Iglesia, pidiendo a nuestros fieles que se unan a nosotros en la común invocación de que «todos sean uno,... para que el mundo crea» (Jn 17,21).

Expresamos nuestra preocupación común por la situación actual en Irak, Siria y todo el Medio Oriente. Estamos unidos en el deseo de paz y estabilidad, y en la voluntad de promover la resolución de los conflictos mediante el diálogo y la reconciliación. Si bien reconocemos los esfuerzos realizados para ofrecer ayuda a la región, hacemos al mismo tiempo un llamamiento a todos los que tienen responsabilidad en el destino de los pueblos para que intensifiquen su compromiso con las comunidades que sufren, y puedan, incluidas las cristianas, permanecer en su tierra nativa. No podemos resignarnos a un Medio Oriente sin cristianos, que han profesado allí el nombre de Jesús durante dos mil años. Muchos de nuestros hermanos y hermanas están siendo perseguidos y se han visto forzados con violencia a dejar sus hogares. Parece que se haya perdido hasta el valor de la vida humana, y que la persona humana ya no tenga importancia y pueda ser sacrificada a otros intereses. Y, por desgracia, todo esto acaece por la indiferencia de muchos. Como nos recuerda san Pablo: «Si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Esta es la ley de la vida cristiana, y en este sentido podemos decir que también hay un ecumenismo del sufrimiento. Así como la sangre de los mártires ha sido siempre la semilla de la fuerza y la fecundidad de la Iglesia, así también el compartir los sufrimientos cotidianos puede ser un instrumento eficaz para la unidad. La terrible situación de los cristianos y de todos los que están sufriendo en el Medio Oriente, no sólo requiere nuestra oración constante, sino también una respuesta adecuada por parte de la comunidad internacional.

Los retos que afronta el mundo en la situación actual, necesitan la solidaridad de todas las personas de buena voluntad, por lo que también reconocemos la importancia de promover un diálogo constructivo con el Islam, basado en el respeto mutuo y la amistad. Inspirado por valores comunes y fortalecido por auténticos sentimientos fraternos, musulmanes y cristianos están llamados a trabajar juntos por el amor a la justicia, la paz y el respeto de la dignidad y los derechos de todas las personas, especialmente en aquellas regiones en las que un tiempo vivieron durante siglos en convivencia pacífica, y ahora sufren juntos trágicamente por los horrores de la guerra. Además, como líderes cristianos, exhortamos a todos los líderes religiosos a proseguir y reforzar el diálogo interreligioso y de hacer todo lo posible para construir una cultura de paz y la solidaridad entre las personas y entre los pueblos. También recordamos a todas las personas que experimentan el sufrimiento de la guerra. En particular, oramos por la paz en Ucrania, un país con una antigua tradición cristiana, y hacemos un llamamiento a todas las partes implicadas a que continúen el camino del diálogo y del respeto al derecho internacional, con el fin de poner fin al conflicto y permitir a todos los ucranianos vivir en armonía.

Tenemos presentes a todos los fieles de nuestras Iglesias en el todo el mundo, a los que saludamos, encomendándoles a Cristo, nuestro Salvador, para que sean testigos incansables del amor de Dios. Elevamos nuestra ferviente oración para que el Señor conceda el don de la paz en el amor y la unidad a toda la familia humana.

«Que el mismo Señor de la paz os conceda la paz siempre y en todo lugar. El Señor esté con todos vosotros» (2 Ts 3,16).

El Fanar, 30 de noviembre de 2014.

El Papa Francisco junto a alumnos de Oratorio Salesiano en Turquía

VIAJE APOSTOLICO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A TURQUÍA
(28-30 DE NOVIEMBRE DE 2014)
 SALUDO DE LOS ALUMNOS DEL ORATORIO SALESIANO
EN LOS JARDINES DE LA REPRESENTACIÓN PONTIFICIA
PALABRAS DEL SANTO PADRE

Estambul, Domingo 30 de noviembre de 2014

Queridos jóvenes

He deseado mucho este encuentro con ustedes. Hubiera querido encontrarme también con otros refugiados, pero no ha sido posible hacer de otra manera. Ustedes vienen de Turquía, Siria, Irak, y de otros países del Medio Oriente y de África. Están aquí en representación de cientos de otros jóvenes, muchos de ellos refugiados y desplazados, asistidos cotidianamente por los Salesianos. Quiero expresar mi participación en su sufrimiento y espero que mi visita, con la gracia del Señor, pueda darles un poco de consuelo en su difícil situación. Esta es la triste consecuencia de conflictos exasperados y de la guerra, que siempre es un mal y nunca es la solución de los problemas, sino que más bien crea otros.

Los refugiados, como ustedes, se encuentran a menudo carentes, a veces durante mucho tiempo, de los bienes primarios: vivienda digna, asistencia sanitaria, educación, trabajo. Tuvieron que abandonar no sólo bienes materiales, sino, principalmente, la libertad, la cercanía de los familiares, su entorno de vida y las tradiciones culturales. Las condiciones degradantes en las que muchos refugiados tienen que vivir son intolerables. Por eso es preciso hacer todo esfuerzo para eliminar las causas de esta realidad. Hago un llamamiento para una mayor convergencia internacional para resolver los conflictos que ensangrientan sus tierras de origen, para contrarrestar las otras causas que obligan a las personas a abandonar su patria y promover las condiciones que les permitan quedarse o retornar. Aliento a todos los que están trabajando generosa y lealmente por la justicia y la paz a no desanimarse. Me dirijo a los líderes políticos para que tengan en cuenta que la gran mayoría de sus poblaciones aspiran a la paz, aunque a veces ya no tienen la fuerza ni la voz para pedirla.

Muchas organizaciones están haciendo mucho por los refugiados; me alegra particularmente la obra eficaz de los numerosos grupos católicos, que ofrecen ayuda generosa a tantas personas necesitadas sin discriminación alguna. Deseo expresar vivo reconocimiento a las autoridades turcas por el gran esfuerzo realizado en la asistencia a los desplazados, especialmente los refugiados sirios e iraquíes, y por el compromiso real de intentar satisfacer sus exigencias. Espero también que no falte el apoyo necesario de la comunidad internacional.

Queridos jóvenes, no se desanimen. Es fácil decirlo... pero hagan un esfuerzo para no desanimarse. Con la ayuda de Dios, sigan esperando en un futuro mejor, a pesar de las dificultades y obstáculos que ahora están afrontando. La Iglesia Católica, a través de la valiosa labor de los Salesianos, les es cercana y, además de otras ayudas, les ofrece la oportunidad de cuidar su educación y su formación. Recuerden siempre que Dios no olvida a ninguno de sus hijos, y que los niños y los enfermos están más cerca del corazón del Padre.

Por mi parte, junto con toda la Iglesia, voy a seguir dirigiéndome con confianza al Señor, pidiéndole que inspire a los que ocupan puestos de responsabilidad, para que promuevan la justicia, la seguridad y la paz sin vacilación y de manera verdaderamente concreta. A través de sus organizaciones sociales y caritativas, la Iglesia permanecerá a su lado y seguirá apoyando su causa ante el mundo.

Que Dios los bendiga a todos ustedes. Recen por mí. Gracias.

(fuente: vatican.va)

La Corona de Adviento, anuncio de la Navidad

La corona o guirnalda de Adviento es el primer anuncio de Navidad. El Adviento inició el 30 de noviembre de 2014. La corona o guirnalda de Adviento es el primer anuncio de Navidad.

La palabra ADVIENTO es de origen latín y quiere decir VENIDA. Es el tiempo en que los cristianos nos preparamos para la venida de Jesucristo. El tiempo de adviento abarca cuatro semanas antes de Navidad.

Una costumbre significativa y de gran ayuda para vivir este tiempo es La corona o guirnalda de Adviento, es el primer anuncio de Navidad.


Origen:

La corona de adviento encuentra sus raíces en las costumbres pre-cristianas de los germanos (Alemania). Durante el frío y la oscuridad de diciembre, colectaban coronas de ramas verdes y encendían fuegos como señal de esperanza en la venida de la primavera. Pero la corona de adviento no representa una concesión al paganismo sino, al contrario, es un ejemplo de la cristianización de la cultura. Lo viejo ahora toma un nuevo y pleno contenido en Cristo. El vino para hacer todas las cosas nuevas.


Nueva realidad:

Los cristianos supieron apreciar la enseñanza de Jesús: Juan 8,12: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.». La luz que prendemos en la oscuridad del invierno nos recuerda a Cristo que vence la oscuridad. Nosotros, unidos a Jesús, también somos luz: Mateo 5,14 «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte."

En el siglo XVI católicos y protestantes alemanes utilizaban este símbolo para celebrar el adviento: Aquellas costumbres primitivas contenían una semilla de verdad que ahora podía expresar la verdad suprema: Jesús es la luz que ha venido, que está con nosotros y que vendrá con gloria. Las velas anticipan la venida de la luz en la Navidad: Jesucristo.

La corona de adviento se hace con follaje verde sobre el que se insertan cuatro velas. Tres velas son violeta, una es rosa. El primer domingo de adviento encendemos la primera vela y cada domingo de adviento encendemos una vela mas hasta llegar a la Navidad. La vela rosa corresponde al tercer domingo y representa el gozo. Mientras se encienden las velas se hace una oración, utilizando algún pasaje de la Biblia y se entonan cantos. Esto lo hacemos en las misas de adviento y también es recomendable hacerlo en casa, por ejemplo antes o después de la cena. Si no hay velas de esos colores aun se puede hacer la corona ya que lo mas importante es el significado: la luz que aumenta con la proximidad del nacimiento de Jesús quien es la Luz del Mundo. La corona se puede llevar a la iglesia para ser bendecida por el sacerdote.


La corona de adviento encierra varios simbolismos:

La forma circular: El círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio y sin fin, y también de nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.

Las ramas verdes: Verde es el color de esperanza y vida. Dios quiere que esperemos su gracia, el perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.

Las cuatro velas: Nos hacen pensar en la obscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Después de la primera caída del hombre, Dios fue dando poco a poco una esperanza de salvación que iluminó todo el universo como las velas la corona. Así como las tinieblas se disipan con cada vela que encendemos, los siglos se fueron iluminando con la cada vez más cercana llegada de Cristo a nuestro mundo. Son cuatro velas las que se ponen en la corona y se prenden de una en una, durante los cuatro domingos de adviento al hacer la oración en familia.

Las manzanas rojas que adornan la corona: Representan los frutos del jardín del Edén con Adán y Eva que trajeron el pecado al mundo pero recibieron también la promesa del Salvador Universal.

El listón rojo: Representa nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve.


BENDICIÓN DE LA CORONA DE ADVIENTO

En algunas parroquias o colegios se hace la bendición de las Coronas de Adviento. Si no se puede asistir a estas celebraciones, se puede hacer la bendición en familia con la siguiente oración:

Señor Dios, bendice con tu poder
nuestra corona de adviento para que, al encenderla, despierte en nosotros el deseo de esperar la venida de Cristo practicando las buenas obras, y para que así, cuando Él llegue, seamos admitidos al Reino de los Cielos.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Todos: Amén.
La bendición de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre esta Corona y sobre todos los que con ella queremos preparar la venida de Jesús.

(fuente: catholic.net)
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