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martes, 8 de diciembre de 2009

Fiesta de la Inmaculada Concepción: "He aquí la Esclava del Señor"

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (Lc 1, 26-38)

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María. Entró el Angel a donde ella estaba y le dijo: "Alégrate, llena de Gracia, el Señor está contigo".

Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.

El Ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y El reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin".

María le dijo entonces al Ángel:"¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?". El Ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios".

María contestó "Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho". Y el Ángel se retiró de su presencia.

Palabra del Señor.
Gloria a ti Señor Jesús.

Nuestra Madre Iglesia nos propone para cada 08 de diciembre celebrar el dogma de la Inmaculada Concepción de la siempre Virgen María.

El dogma de fe fue proclamado en el año 1862 por el Papa Pío IX y nos enseña que María fue preservada del pecado original cuando fue concebida en el seno de su propia madre, Santa Inés. Pío IX expresó que "la Santísima Virgen, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio concedido por Dios omnipotente, en previsión de los méritos de Jesucristo Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de pecado original". Cuatro años antes del pronunciamiento papal, en la aparición de Lourdes, cuando se le presenta a Santa Bernardita, Nuestra Madre le dice simplemente "Yo soy la Inmaculada Concepción".

El pecado que cometieron Adán y Eva no solo que contaminó su propia humanidad, sino que todos los que nacimos de ellos hemos heredado esa mancha en nuestro ser; esa mancha es lo que conocemos como pecado original.

Dios preparó con mucha antelación su Plan de Salvación y preparó a María desde que fue concebida por su madre. Dios hizo la excepción con ella y por eso decimos que es Inmaculada para ser digna Madre de su Hijo. La existencia de María en el plan de Dios está anunciada en el mismo Libro del Génesis cuando le dice al demonio que está representado por la serpiente “Pondré enemistad entre tí y la Mujer, entre tu descendencia y la suya; y su descendencia te aplastará la cabeza” (Gen. 3, 9-15.20).

Este día es una ocasión más que propicia para dar gracias a Dios en María por habernos tendido su Mano, habernos salvado del pecado a través de Cristo y dejándonos una Madre Espiritual que nos guía siempre hacia Dios.

El diálogo de la Anunciación entre el Ángel y Nuestra Madre Celestial es muy rico en enseñanzas. A partir de este pasaje del Evangelio de San Lucas, nos detengamos a analizar los siguientes puntos:

◘ San Lucas nos dice que María estaba "desposada", lo que significa que ya estaba comprometida con José, hombre descendiente de David y que había sido elegido para ser el esposo de Ella;

◘ Un detalle no menor es que Lucas no dice que María se haya asustado ante la aparición de un ángel, lo que nos hace deducir que Ella estaba habituada a ser asistida por los Mensajeros del Señor.

◘ Leemos que "la virgen se llamaba María" lo que nos deja en claro sobre la virginidad de María, un tema muy cuestionado por Iglesias Protestantes. Aún así, la maternidad virginal es reconocida en el Corán, libro sagrado de los musulmanes; Martín Lutero, líder de un gran cisma en la Iglesia Católica declaró "Cristo... fue el único Hijo de María, y la Virgen María no tuvo otros hijos aparte de Él... Me inclino a aceptar a quienes declaran que los "hermanos" realmente significan "primos" aquí ya que el escritor sagrado y los judíos en general siempre llamaban hermanos a los primos." Desde su más tierna edad, María estaba enteramente consagrada al Señor no solo en el alma y espíritu sino también su cuerpo. Nuestra Madre Iglesia nos enseña que María había ofrecido su virginidad para toda su vida basándose en este pasaje cuando, ante el Anuncio de su Maternidad Divina, Ella responde "¿cómo podrá ser ésto si yo permanezco virgen?" (otras traducciones bíblicas se lee "¿cómo puede ser posible si no conozco ningún hombre?") Tratándose de una mujer punto de contraer matrimonio, cualquiera pensaría que si le dicen que será madre es porque concebirá un hijo con su marido... pero en el caso de María no es así: Ella, en consecuencia con su virginidad, no entiende como podrá ser madre sin tener relación carnal con un hombre.

◘ La virginidad de María no es un desprecio de la sexualidad humana, al contrario, la enaltece. El celibato es una práctica antiquísima, ya varios siglos antes del nacimiento de Cristo, los griegos lo sugerían para poder entregarse enteramente al estudio de la filosofía (Sócrates lo recomendaba) y monjes budistas e hindúes. Dios mismo creo el sexo y, por provenir de Él, es intrínsecamente bueno; somos los seres humanos quienes, haciendo un mal uso de la libertad que Dios nos da, podemos desviar el sentido noble y fecundo que el sexo tiene en si mismo.

lunes, 7 de diciembre de 2009

¿Cómo sabemos que la Biblia es Palabra de Dios?

La Biblia, como la conocemos hoy, fue escrita durante un período de casi 1500 años, por diferentes personas, en diferentes momentos de la historia de la humanidad, desde el tiempo de Moisés (unos 1400 años antes de Cristo) hasta la muerte del último Apóstol de Jesucristo, San Juan Evangelista, (unos 100 años después de Cristo).

La Biblia nos presenta el mensaje de salvación que Dios ha querido comunicarnos. En ella encontramos verdades de fe, acontecimientos históricos relacionados con la salvación, promesas de Dios, exigencias morales, todo esto dentro de una perspectiva eminentemente religiosa, que nos muestra las obras realizadas por Dios para llevar a los seres humanos a la intimidad con El y a la salvación eterna.

No significa esto que Dios “dictó” a cada autor su parte. En efecto, cada autor tiene su propia manera de expresarse, sus características especiales de pensamiento y de lenguaje, además de su idioma específico.

En ese sentido, entonces, el Autor principal de la Biblia es Dios mismo, y los escritores actuaron como instrumentos de Dios. Veremos, entonces, por qué la Iglesia puede enseñar como verdad que la Biblia es Palabra de Dios.

Sabemos que Jesucristo existió como personaje histórico, no sólo porque El es el personaje central de los Evangelios, sino porque la existencia de Jesús de Nazaret también se encuentra en documentos históricos no-cristianos, los cuales hablan de El, de su nacimiento en Belén, de la fundación del cristianismo por parte de Jesús, de su crucifixión a los 33 años de edad bajo Poncio Pilatos, y de la rápida difusión del cristianismo y los intentos del Emperador Nerón de liquidarlo (cf. Tácito, historiador romano; Flavio Josefo, historiador judío).

La Biblia y algunos libros no-cristianos, nos dicen que Jesucristo realizó grandes milagros, el mayor de los cuales fue haber resucitado, tal como El mismo había predicho. Y con sus milagros y su resurrección demostró que El es Dios.

Cristo, adicionalmente, instituyó su Iglesia y a ésta le prometió la asistencia del Espíritu Santo hasta el fin del mundo y la proveyó de autoridad para tomar decisiones en la tierra que El ratificaría en el Cielo: “Tú eres Pedro (o sea, Roca-Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes del Infierno jamás la podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo” (Mt. 16, 18-19).

De tal forma que la Iglesia que Cristo fundó, guiada por Pedro, tiene el poder de decidir cuestiones que afectan a los miembros de la Iglesia en cuanto a la fe y la moral, las cuales están de antemano ratificadas por Dios. Lo que esto significa, podrá ser imponente -y lo es, ciertamente- pero por más impresionante que sea, no puede ser ni descartado, ni disminuido, pues es promesa de Dios que no puede ser negada.

Es así, entonces, como la Iglesia de Cristo ha tomado decisiones importantísimas a lo largo de sus casi dos mil años de existencia. Una de estas muy importantes decisiones fue haber escogido los escritos que formarían parte de la Biblia y declarar que la Biblia era Palabra de Dios.

Los libros del Antiguo Testamento, 45 en total, fueron coleccionados y preservados por las más altas autoridades religiosas de los Judíos. Jesucristo y los Apóstoles confirmaron la creencia general de los Judíos de que estos libros eran de origen divino. La Iglesia, entonces, agregó al Antiguo Testamento los libros que componen el Nuevo Testamento (27 en total): los cuatro Evangelios, el libro de los Hechos de los Apóstoles, las Cartas escritas por los Apóstoles a varias comunidades cristianas y a particulares, y el último de todos los libros de la Biblia, el Apocalipsis, que contiene las revelaciones hechas por Dios a San Juan Evangelista. Así fueron reunidos y preservados por la Iglesia los libros que conforman la Biblia (72 en total).

La primera aprobación de los libros de la Biblia fue hecha por el Concilio de Hipona en el año 393, confirmada por el Concilio de Roma en el 394, y más tarde ratificada por el Concilio de Trento en el siglo XVI.

Los Concilios Generales de Florencia (1442) y de Trento (1545-1564) proclamaron que Dios era el Autor del Antiguo y del Nuevo Testamento, y en 1870 el Concilio Vaticano I declaró que los libros de la Biblia, “habiendo sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por Autor y han sido trasmitidos como tales a la Iglesia”.

(fuente: www.homilia.org)

domingo, 6 de diciembre de 2009

"Preparen el camino de Dios"

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (Lc 3, 1-6)

En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes rey de Galilea, su hermano Filipo rey de las regiones de Iturea y Traconítide, y Lisanias rey de Abilene, en tiempos de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, la palabra de Dios vino sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto. Y fue por toda la región del Jordán predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de las predicciones del profeta Isaías: Voz del que grita en el desierto: "Preparen el camino del Señor; hagan rectos sus senderos; todo barranco será rellenado y toda montaña o colina será rebajada; los caminos torcidos se enderezarán y los desnivelados se rectificarán. Y todos verán la salvación de Dios."

Palabra de Dios.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Seguimos transitando este tiempo de Adviento, ya por el segundo de los cuatro domingos previos a la celebración de la Navidad y Nuestra Madre Iglesia nos propone meditar sobre este pasaje en donde Juan El Bautista anuncia la llegada de Jesús para anunciar la Buena Nueva. La invitación de Juan es a la conversión, es decir, sin dejar de tener la mirada en las cosas de este mundo, poner a Dios como centro de nuestras vidas.

Claro que una cosa es decirlo así de simple y otra muy distinta es llevarlo a la práctica. Poner a Dios en el centro significa abandonar todo aquello que, precisamente, nos aleja de Él: egoísmos, rencores, orgullos vanos, mezquindades y, sobre todo, el pecado. Lograr despegarnos de todo eso implica un considerable esfuerzo espiritual... pero es necesario para purificar el propio corazón y así estar en paz con Dios. Pero no estamos solos en este camino a la Navidad: Dios nos conoce a cada uno profundamente, hasta lo más íntimo, sabe de nuestras fortalezas y de nuestras flaquezas y por eso nos tiende Su Mano para que podamos realizar el proceso personal de conversión.

Para las ocasiones especiales como por ejemplo, un cumpleaños, un bautismo, un casamiento o un aniversario, uno trata de prepararse adecuadamente para participar de ese encuentro tan especial con los seres queridos. Para los cristianos, Jesús es muy especial: es quien da sentido a nuestra existencia. Y Navidad es un tiempo muy especial para la conversión. Si nos decimos cristianos, debemos tener puesta la mirada en Cristo y dar gracias porque Dios se hizo uno de nosotros para salvarnos del pecado y redimirnos. Debemos preparar nuestro corazón en estos días para poder vivir a pleno la Nochebuena.

Pero podemos caer fácilmente en la tentación de que la Navidad nos pase de largo entre inútiles consumismos y festejos vacíos en donde el homenajeado principal "brilla por su ausencia". Al margen de la situación personal con la que lleguemos a este próximo 25 de diciembre, debemos mirar con amor al Dios Hijo tan frágil y tan inocente en un pesebre: eso alimentará nuestro espíritu.

Estamos cada vez más cerca de Navidad. Preparemos el camino que llega el Señor. ¡Ánimos!

sábado, 5 de diciembre de 2009

El Adviento: Evolución y contenidos

por Fray Sergio Uribe G., Capuchino.

En la historia de las celebraciones litúrgicas el Adviento no ha tenido la misma importancia y realce que la Iglesia ha dado a otros tiempos litúrgicos. Además podríamos considerar que la evolución desigual que el Adviento ha tenido en las diversas Iglesias y Liturgias, dificulta conocer y apreciar el contenido profundo y la importancia que haya tenido en la antigüedad. Podemos afirmar que sus orígenes no son ni tan ciertos ni tan trabajados y ricos como los de otras celebraciones anuales.

Pero naturalmente hay algunos puntos y contenidos claros e importantes. Aparecen dos formas concretas de celebración, unas prácticas ascéticas y/o penitenciales y otras de carácter más estrechamente litúrgico. En cuanto a su contenido, lo que se celebra es la venida del Señor, acentuando dos aspectos de su manifestación salvadora: primero, la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos y segundo, el recuerdo litúrgico y mistérico de su venida al asumir nuestra naturaleza humana y nacer por y para nosotros en Belén. Este último aspecto de preparación a la fiesta litúrgica de la Navidad, tan desarrollado e importante hoy entre nosotros, fue menos enfatizado en la antigüedad. En la Liturgia Romana, el recuerdo del Nacimiento en Belén quedaba muy reducido y casi no se conoció en la Liturgias Orientales. Se privilegió mucho más el recuerdo y la celebración de la última manifestación de Jesús Salvador al final de los tiempos.

Los orientales celebraban el misterio del Nacimiento de Jesús el día 6 de enero. Le llamaban la Fiesta de la Manifestación. Y juntamente con el recuerdo celebrativo del Nacimiento en Belén, celebraban también otras revelaciones salvadoras de Jesús: su manifestación a los no judíos, en la persona de los sabios venidos de Oriente, y la manifestación del Jordán, en donde Jesús recién bautizado, es presentado por el Padre tanto a Israel y al resto del mundo, como el Mesías ungido por el Espíritu.

En los escritos de los Padres podemos encontrar dos formas o maneras de considerar el Nacimiento de Jesús. Para San Agustín, por ejemplo, la festividad era una simple memoria de ese acontecimiento histórico y pasado, tan trascendental en la manifestación de la Salvación. San León Magno lo entendía más bien en su aspecto mistérico y por eso lo llama Sacramentum Natalis Christi e invitaba, en una homilía cuya lectura aun nos la propone la Iglesia para nuestra oración, a alegrarnos porque HOY nos ha nacido Cristo.

En el marco de esta concepción sacramental o mistérica del Nacimiento de Jesús, aparece el Adviento como tiempo de preparación a la celebración de ese mismo acontecimiento sacramental. Y mientras más se consolida y fortalece en la liturgia de Roma este contendido sacramental de la fiesta de Navidad, con más razón y fuerza va enriqueciéndose también el Adviento, tanto en su contenido litúrgico y celebrativo, como en sus prácticas ascéticas de penitencia.

Casi a fines del Siglo IV se encuentra más o menos estructurado este tiempo litúrgico en Occidente. Y se le da en nombre de Adventus. La palabra advenimiento o adviento, en el diccionario profano, se usaba al referirse a los aniversarios de determinados acontecimientos nacionales o sociales que celebraban, o bien, más literalmente, a la llegada de algún personaje importante para la sociedad. Era frecuente, por ejemplo, llamar Adventus al aniversario o a la visita del Emperador.

Algunos Concilios occidentales de ese Siglo IV invitan a los fieles a participar diariamente, entre el 17 de diciembre y el 6 de enero, en las reuniones cristianas, para evitar la dispersión de las fiestas paganas comunes en esos días, a reunirse en asamblea orante. Esta acentuada práctica de oración iba acompañada de ayunos penitenciales que parece fueron exagerados en algunos lugares o épocas; tanto que el Concilio de Zaragoza [año 380] advierte a los fieles que deben moderar sus penitencias que parecían desproporcionadas.

Podemos leer en algunas homilías y sermones que esos siglos nos han legado, la acentuación de esos dos aspectos de la manifestación o Venida del Señor que antes señalamos: su aparición histórica o aniversario de su Nacimiento en Belén, al que el pueblo cristiano se preparaba con en forma ascética y penitencial, y el otro, la espera gozosa de la segunda Venida del Señor a terminar y coronar su obra salvadora, acontecimiento que acentuaba y exigía la vivencia de la esperanza cristiana y de la constante vigilancia que mantenía a los creyentes en una moderada tensión de espera escatológica.

En esta línea de preparación a la Navidad, el Adviento fue considerado y llamado, hacia el s. V, Cuaresma de Navidad, o bien, Cuaresma de San Martín; ya que su inicio coincidía con la fiesta litúrgica de San Martín de Tours, Santo que despertó mucha devoción en la antigüedad. Duraba seis o siete semanas.

En el Oriente, lo señalamos antes, el 6 de enero, se celebraba entre otras manifestaciones la del Bautismo de Jesús, mostrado por el Padre como Mesías salvador y ungido por el Espíritu. Y algunas Iglesias Orientales celebraban ese día el Bautismo de sus catecúmenos. Y, como preparación a la recepción o a la renovación de este Sacramento, le daban al Adviento un contenido ascético y penitencial, semejante a la Cuaresma que precede a la Pascua.

Esto pasó ciertamente a la Liturgia Romana y hoy lo podemos ver expresado en el contenido de las oraciones litúrgicas, en los ayunos prescritos tres días cada semana, en el ejercicio de la caridad para con pobres y enfermos, en la limosna generosa en ayuda de los necesitados, en el color penitencial de los ornamentos.

Si examinamos el contenido de las oraciones y textos bíblicos utilizados en las celebraciones litúrgicas, podremos percibir con claridad la preferencia que los antiguos daban en este tiempo litúrgico a la Parusía del Señor. Algunos pretenden ver en el mismo nombre Adventus, una alusión clara y determinada a la Segunda Venida del Señor, apoyándose en la letra del texto latino referente a la Parusía en Mt 24, 27: Ita erit Adventus Filii Hominis, así será la Venida del Hijo del Hombre.

Tal vez acentúe esta interpretación el dato que la Liturgia de Roma leyó tradicionalmente en este tiempo del Adviento la Profecía de Isaías, cuyo contenido central es el anuncio de la liberación plena, a partir de la real y dura esclavitud que sufría el Pueblo de Dios. Si es verdad que estos textos de Isaías pueden entenderse también como aplicados a la primera Venida del Señor en carne mortal, llegada y aparición real del Mesías Salvador, los sermones y comentarios que tenemos de esos tiempos, interpretan y aplican más bien el mensaje de Isaías a la venida final y gloriosa de Jesucristo como Salvador.

En nuestra Liturgia Romana, hacia finales del s. VII, la preparación a la fiesta de la Navidad quedó limitada la celebración de las llamadas Témporas de Diciembre. Y el domingo siguiente a la Navidad se destinaba a cerrar el Año Litúrgico con el recuerdo sacramental de la Parusía, conclusión del Misterio salvífico del Señor.

Poco a poco, en los siglos posteriores, se fue dando preferencialmente al Adviento, tanto en las formas celebrativas, como en la preparación ascética, el carácter de preparación a la Navidad, pasando a segundo plano el recuerdo de la Parusía.

Hacia el Siglo V lo llamaron y lo tomaron como una breve Cuaresma de Navidad, en la que se debían acentuar aspectos ascéticos y penitenciales semejantes a los de la Cuaresma que precede a la Pascua. Tal vez esto se deba a influencias de algunas Iglesias de Oriente que, por celebrar el 6 de enero el recuerdo del Bautismo del Señor, también era el día destinado a administrar este Sacramento a sus catecúmenos. Esto tuvo ciertamente su influencia en la Liturgia Romana, porque lo vemos expresado en el contenido de las oraciones, en la costumbre de los ayunos prescritos y en el color penitencia de los ornamentos.

Estos datos históricos nos subrayan y entregan estos contenidos concretos de este tiempo litúrgico: La preparación a la Navidad y el Adviento como preparación a la Segunda Venida del Señor.

(fuente: www.iglesia.cl)

viernes, 4 de diciembre de 2009

¿Y por qué faltar a misa el domingo es pecado?

Autor: P. Eduardo María Volpacchio

La participación en la celebración común de la eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y fidelidad a Cristo y a su Iglesia.

→ ¿Es pecado faltar a Misa el domingo?
La respuesta a esta pregunta podría ser muy corta: Sí, faltar a Misa -sin un motivo serio que lo justifique- es pecado grave. Quizá interese detenernos un poco a analizar porque esto es así.

→ ¿Y por qué faltar a Misa el domingo es un pecado?

Porque dejando de asistir dejamos de cumplir voluntariamente una obligación grave que tenemos. Y el incumplimiento de un deber grave, es una falta grave. Por eso el punto de partida de esta cuestión es la consideración de la ley de la Iglesia que manda participar en la Misa los domingos y días festivos.

→ ¿Por qué puede ser pecado, si quien falta a Misa no hace mal a nadie?

La gravedad de los pecados no se mide por cuánto mal hace a otros, sino por la ofensa que representa a Dios. Por eso, por ejemplo la blasfemia es un pecado grave, aunque ninguna otra persona la escuche. Por otro lado quien falta a Misa el domingo se hace daño a sí mismo y a la Comunidad eclesial a la que pertenece. La falta de Dios es una carencia peligrosa: hace daño al alma.

→ ¿Cuáles son las obligaciones del católico?

Los católicos, además de los Diez Mandamientos que resumen la ley natural y que son válidos para todos los hombres -no sólo para los cristianos-, tenemos otras obligaciones específicas por serlo: son los cinco Mandamientos de la Iglesia. Se trata de algunos deberes que regulan y encauzan la forma concreta de ser católicos: cómo nosotros amamos a Dios y le rendimos culto en la Iglesia. Entre ellos se encuentra la obligación de participar en la Santa Misa los domingos y fiestas de precepto. Es una de las obligaciones más básicas de los católicos. Sorprendentemente algunos católicos desconocen sus obligaciones. Y otros no acaban de creerse que existan verdaderos deberes que los obliguen. Piensan que por ser el amor la máxima ley cristiana, todo tendría que ser amor espontáneo, sin obligaciones. Pero esto no es así, ya que el amor es muy exigente: cuánto más amor, más exigencia de manifestarlo y de evitar todo lo que lo ofenda.

→ ¿Es un consejo o es una ley?

Es importante distinguir los consejos y las leyes. Una cosa son las recomendaciones de cosas buenas que nos dan para ayudarnos a ser mejores: “procura ayudar a los demás”, “trata de rezar el Rosario”, etc. En este caso haremos lo que nos parezca oportuno, pero sin estar obligados en conciencia a seguir dichos consejos. Obviamente no pecamos, si decidimos no seguir un consejo.

Otra muy distinta son las leyes que nos obligan en conciencia: las leyes establecen estrictos deberes.

→ Entonces, ¿el incumplimiento de las leyes es pecado?

Tenemos que distinguir entre la ley divina -que viene directamente de Dios- y la ley eclesiástica -dictada por la Iglesia para concretar modos de servir y honrar a Dios.

La ley divina regula cuestiones esenciales de la vida, por lo que no admite excepciones: su incumplimiento siempre es malo, no puede no ser pecado. Es el caso de los Diez Mandamientos.
En cambio, la ley eclesiástica trata de unas concreciones mínimas de la Iglesia para ayudarnos a vivir la vida cristiana y no tiene intención de obligar cuando existe una grave dificultad para cumplirla. Por esto la ley eclesiástica no me obliga cuando su cumplimiento me representa una incomodidad grave: si un domingo estoy enfermo o tengo otra dificultad que me lo hace muy difícil no tengo obligación de ir a Misa. Pero en situaciones normales obliga de tal manera que su incumplimiento es pecado. Porque el desprecio de la ley de la Iglesia no puede ser bueno. Y no darle importancia, dejar voluntariamente de cumplirla, sin motivo, supone de hecho un desprecio.

Como no es una cuestión de opiniones personales, sino de lo establecido por la Iglesia, que es quien ha establecido las leyes eclesiásticas.

Veamos ahora qué nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica acerca de estos mandamientos (he resaltado con negrita las partes específicas sobre este tema).


LOS MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA

■ 2041 Los mandamientos de la Iglesia se sitúan en esta línea de una vida moral ligada a la vida litúrgica y que se alimenta de ella. El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo. Los mandamientos más generales de la santa Madre Iglesia son cinco:

■ 2042 El primer mandamiento (oír misa entera y los domingos y demás fiestas de precepto y no realizar trabajos serviles") exige a los fieles que santifiquen el día en el cual se conmemora la Resurrección del Señor y las fiestas litúrgicas principales en honor de los misterios del Señor, de la Santísima Virgen María y de los santos, en primer lugar participando en la celebración eucarística, y descansando de aquellos trabajos y ocupaciones que puedan impedir esa santificación de estos días (cf CIC can. 1246-1248; CCEO, can. 880, § 3; 881, §§ 1. 2. 4).

El segundo mandamiento ("confesar los pecados mortales al menos una vez al año") asegura la preparación para la Eucaristía mediante la recepción del sacramento de la Reconciliación, que continúa la obra de conversión y de perdón del Bautismo (cf CIC can. 989; CCEO can.719).

El tercer mandamiento ("recibir el sacramento de la Eucaristía al menos por Pascua") garantiza un mínimo en la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor en conexión con el tiempo de Pascua, origen y centro de la liturgia cristiana (cf CIC can. 920; CCEO can. 708. 881, § 3).

■ 2043 El cuarto mandamiento (abstenerse de comer carne y ayunar en los días establecidos por la Iglesia) asegura los tiempos de ascesis y de penitencia que nos preparan para las fiestas litúrgicas y para adquirir el dominio sobre nuestros instintos, y la libertad del corazón (cf CIC can. 1249-51; CCEO can. 882).

El quinto mandamiento (ayudar a las necesidades de la Iglesia) enuncia que los fieles están además obligados a ayudar, cada uno según su posibilidad, a las necesidades materiales de la Iglesia (cf CIC can. 222; CCEO, can. 25. Las Conferencias Episcopales pueden además establecer otros preceptos eclesiásticos para el propio territorio. Cf CIC, can. 455).

Y en concreto, sobre la Misa dominical, señala:

■ 2177 La celebración dominical del Día y de la Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. "El domingo en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto" (CIC, can. 1246,1).

"Igualmente deben observarse los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, todos los Santos" (CIC, can. 1246,1).

■ 2178 Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1 Co 11,17). La carta a los Hebreos dice: "no abandonéis vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente" (Hb 10,25).

La tradición conserva el recuerdo de una exhortación siempre actual: "Venir temprano a la Iglesia, acercarse al Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la oración…Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su oración y no marchar antes de la despedida…Lo hemos dicho con frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos (Autor anónimo, serm. dom.).


La obligación del Domingo


■ 2180 El mandamiento de la Iglesia determina y precisa la ley del Señor: "El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa" (CIC, can. 1247). "Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde" (CIC, can. 1248,1)

■ 2181 La eucaristía del Domingo fundamenta y ratifica toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio (cf CIC, can. 1245). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.

■ 2182 La participación en la celebración común de la eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.

■ 2183 "Cuando falta el ministro sagrado u otra causa grave hace imposible la participación en la celebración eucarística, se recomienda vivamente que los fieles participen en la liturgia de la palabra, si ésta se celebra en la iglesia parroquial o en otro lugar sagrado conforme a lo prescrito por el Obispo diocesano, o permanezcan en oración durante un tiempo conveniente, solos o en familia, o, si es oportuno, en grupos de familias" (CIC, can. 1248,2).

Como se ve el Catecismo no deja lugar a dudas. Todo lo que se sale de esto, será una opinión personal al margen de lo establecido por la Iglesia.

(fuente: catholic.net)

jueves, 3 de diciembre de 2009

La esperanza de María

"Bienaventurado el que espera en Yahveh" (Sal 33,9).

"Bienaventurado aquel cuya esperanza es Yahveh, su Dios" (Sal 146,5).

La esperanza es una virtud teologal nacida de la fe; la espera es una actitud vital nacida de la esperanza y del amor. "Esperar en"... es tener esperanza; "esperar o aguardar a".. es anhelar al que es objeto de nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor.

Por esto es que nadie espera si no cree: "Aguardando la bienaventurada esperanza" (Tito 2,13)

La esperanza se funda en un atributo de Dios; su bondad y su fidelidad a las promesas; la espera se refiere a un encuentro personal con el amado.

María esperó, en primer lugar, que, con la gracia de Dios, podía ser esposa virgen. Estaba ya desposada con San José y se mantenía firme en su propósito de no conocer varón. El Espíritu Santo, que la iluminó para mostrarle el camino de la vida consagrada a Dios, la fortaleció para confiar que pudrían unirse en su vida el ser verdadera esposa y el mantenerse siempre virgen. Y no fue defraudada en su esperanza: el mismo espíritu que a ella la guía por el camino de pureza inmaculada sembró en el corazón de San José, el varón justo, un amor tan casto que hizo posible un matrimonio virginal.

Cuando el ángel le revela los designios de Dios acerca de su maternidad por obra del ES, y no efecto de unión con ningún varón, María espera también, contra toda esperanza natural, que sin intervención humana se depositase en su seno la semilla de la vida, la encarnación del Verbo.

María advierte la angustia y la duda de su esposo San José al conocer de su embarazo. Ella pudo sencillamente manifestar a José el misterio que a Ella se le había revelado, con lo cual sus angustias hubieran desaparecido; pero ella prefería esperar en el plan perfecto de Dios y repetir como en el salmo 74: "Alzate, Oh Dios, y defiende tu causa". Por eso María callaba, oraba y esperaba en Dios. Y por su espera, un ángel se le aparece en sueños a José y le revela que María concibió por obra del ES y que el fruto de sus entrañas virginales seria el Salvador del mundo, el Emmanuel, el Mesías.


Esperando a Dios

Ya antes de que el arcángel la visitara en Nazaret, María esperaba como fiel israelita, con fe mesiánica, la venida del Redentor. Si las Escrituras nos dicen que Simeón "esperaba la consolación de Israel" y que José de Arimatea "esperaba el reino de Dios", podemos imaginarnos como María (la inmaculada) esperaba tan ardientemente al Mesías. Lo esperaba con tanta fuerza y anhelo que mereció ser la escogida para tenerle en su seno, siendo así la mas "bendita entre las mujeres".

Desde el momento que María dio su consentimiento al anuncio del ángel, Ella espera ver con sus propios ojos la plenitud de la promesa hecha por el ángel. Lleva en su corazón la expectación de tener a Dios hecho hombre en sus entrañas, su hijo ya presente dentro de ella. Es este precisamente el misterio del Adviento...esperar con alegría y añoranza la revelación del hijo de Dios. Es María quien inicia el Adviento, y es de Ella de quien la Iglesia aprende a esperar, a permanecer en ese estado de expectación. La Iglesia aprende de María Santísima a vivir el adviento.

A partir de aquel momento de la anunciación empezó en María una nueva espera. Ya estaba llena de Dios por dentro; pero quería estarlo también por fuera. Ya tenía al Verbo encarnado en su seno, pero quería tenerlo también en sus brazos y en su regazo. Ya le notaba en sus entrañas, pero ansiaba verle con sus ojos, oírle con sus oídos, besarle con sus labios, abrazarle con sus brazos, amamantarle con sus pechos.

Por eso María le esperaba con tan firme esperanza. Y a medida que se acercaba el día y la hora, aumentaba en María, el ansia y el deseo de la llegada del Mesías. Ni los mas arrebatadores anhelos de los místicos, cuando en su noche oscura esperan que el Señor se les revele, se puede comparar al anhelo de la espera de María en la noche de Belén.

Con un ardor inmensamente mas encendido, con una esperanza sin comparación mas firme, con un anhelo infinitamente mas vehemente, con un ansia indeciblemente mas sosegada, espero María la hora del alumbramiento.

"Los fieles, considerando el amor inefable con que la Virgen madre espero a su Hijo, están invitados a tomarla como modelo y a prepararse a salir al encuentro del Salvador que viene, velando en oración y cantando su alabanza" (misal romano prefacio de Adviento)


Caridad:

Pero la espera de María no era egoísta, no se basaba en la expectación simplemente de su hijo, sino del Mesías, el Salvador del mundo, quien venia por amor a los hombres a salvarlos. Es por esto que desde el principio hasta el final, María tendrá siempre una disposición interior de caridad y pobreza: nunca poseyendo al hijo sino entregándolo. Por lo tanto, en su espera por el hijo que nacerá, ella esta conciente que vendrá para el mundo y no para que ella lo posea. Es por eso que vemos en las Escrituras que María, lo coloca en el pesebre y lo acuesta, en ves de estrecharlo para si.

La espera de María, el adviento de María, es también una preparación al sufrimiento, una preparación: para el rechazo, el establo, la pobreza, el martirio de los niños, la huida a Egipto sin saber cuando regresarían, para la perdida de Jesús en el templo hasta encontrarlo, para la separación a la hora de entrar en su vida publica, para recorrer al lado de su hijo el camino de la cruz, para esperar la Resurrección, para separarse de el en su Ascensión y esperar por el momento en que se reunieran en el cielo.

Toda esta esperanza de María la prepara para oír a Simeón quien le anunció que, por su unión a la misión redentora de Cristo, ella participaría de sus persecuciones, hasta el punto de que "una espada traspasaría su alma" (Luc. 2,35). Ella no se atemorizó ante esta profecía, puso en Dios su esperanza y, cuando llegaron las horas sombrías de Egipto, de Jerusalén y del Calvario, sostenida por la gracia del Señor, vio siempre que era verdad que Dios no desampara a los que esperan en El.

Y esta fe y esperanza de María que fluyen tan abundantemente de su caridad, la preparan para la gran noche del alumbramiento, la noche de Navidad, cuando el hijo de Dios y de María, nace en un establo de Belén en medio de vicisitudes, negaciones, rechazo, pobreza.....Su espera, su fe, su caridad, la hacen descubrir en esa noche fría y entre animales, la gran noche de la gloria de Dios, donde el Mesías nace para traer a los hombres la salvación.

Vamos a ver en Lucas 2,1,19, como sucede esta noche tan esperada por María, la noche en que daría a luz al redentor.

Narración:

"Salieron de Nazaret a Belén para responder a un censo ordenado por el emperador romano Cesar Augusto. No encontraron sitio de alojamiento. Se quedaron en un establo. Dio a luz a su hijo primogénito. Le envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre".

Explicación:

Fe: creer que detrás de la aparente orden del emperador estaba el designio de Dios. Pues María sabia que nada sucede sin que Dios lo permita. Había en este evento un designio mayor.

No es fácil para una mujer a punto de dar a luz el tener que hacer un viaje de esta magnitud. Era ir a pie o en burro. María nunca se queja de las vicisitudes del momento.

Cuando José y María buscaban albergue en alguna casa de Belén...Todos le cerraron las puertas y María tuvo que dar a luz en un establo. ¡Imagínense!...cuantas personas que no abrieron las puertas de su casa a María perdieron la gracia, la bendición de que Jesús naciera en sus hogares.

El aceptar a María Santísima era aceptar a Jesús. Abrir la puerta a María Santísima, significaba abrirle la puerta a Jesús...porque la Misión de María es darnos a Jesús, es dar a luz a Jesús en nuestros corazones.

Imagínense, sobre este tema que nos puede decir la Virgen Santísima si San Pablo nos dice en Galatas 4:19 'hijos míos, por quienes sufro dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros". ¡Como debe sufrir Ella!

El establo era un sitio para animales, quizás para los limosneros, y pensar que un establo sucio y de mal olor fue donde el Rey de Reyes nació. Me pregunto que habrá sentido la Virgen. Yo estoy casi segura que en todo el camino ella iba orando, pidiéndole al Padre Celestial que proveyera por un lugar para ellos y para que el Mesías, el Hijo de Dios pudiera nacer. La fe de María le hacia ver que la puerta que Dios Padre abriera era la que en su plan perfecto debía ser: y el regalo de providencia de Dios fue un establo. !Feliz la que ha creído que de cualquier manera se cumplirían las promesas del Señor! María no tiene expectaciones propias, Ella espera en el Señor. María es la perfecta solidaria para con aquellos que viven en espera de la providencia de Dios"

En Belén experimentó María lo que es ser pobre y carente de fortuna con todas sus consecuencias: por casa tuvo una cueva; por cuna para su Hijo Divino, un pesebre; por tibio ambiente de hogar, el frío tajante de la noche; por compañía, según la tradición, dos animales de establo. Por eso la Navidad es un evento de pobreza y para los pobres de espíritu y de materia. Debemos vivir la Navidad no solo celebrarla. Vivirla es encarnar en nosotros lo que paso en ese evento. Es por eso que la Navidad debe ser mas que nunca un momento de abrir nuestros corazones y nuestras casas a los necesitados.

Tuvo su hijo y lo colocó en el pesebre. El primer impulso de una madre es estrechar a su hijo hacia si. María lo pone en el pesebre. Este es su papel, dar a su hijo al mundo, colocarlo en el pesebre frío de los corazones humanos. Eso es lo que Ella ha hecho desde el nacimiento de Jesús, entregarnos a su hijo.

Los pañales: cuidados propios de una madre. Jesús dependía de su madre en todo. Ella lo alimento, lo limpió, lo cuidó, lo envolvió. La gran pregunta: Si Dios Padre entregó a su Hijo al cuidado de María, si Dios hecho hombre, depende de María y de sus cuidados maternales, ¿como es posible que nosotros no busquemos a esta Madre, para que lo que Ella hizo en y por Jesús, lo haga hoy en nosotros?. ¿Por que nos cuesta tanto depender de María, si Jesús dependía de Ella?

Los Pastores: (son los sencillos los que ven primero a Dios) A ellos se les anunció que el salvador ya había llegado.

La señal sería: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. (Este acto tan insignificante realizado por María, se convierte en la señal por la que identificarían a Jesús, esto nos enseña que todo lo que María hace es para hacernos mas fácil el encuentro con Cristo. Ella nos prepara el camino, para que podamos mas rápidamente reconocer al Salvador).

Veamos también como al Salvador se le encuentra en lo pequeño.

Encontraron al niño al lado de María. Siempre la madre junto a su hijo. Donde esta María ahí esta Jesús y donde esta Jesús ahí María.

"María está tan unida a Cristo que sería mas fácil separar la luz de el mismo sol, el calor del fuego, los santos de Dios pero no a María de su Hijo querido." (San Luis María Grignión de Monfort)

"No hay lugar donde nosotros, criaturas débiles, encontremos a Jesús mas cercano a nuestra debilidad, que hecho niño en los brazos de Su Madre " (San Luis María Grignión de Monfort)

San Antonio -Doctor de la Iglesia . Ser doctor de la Iglesia significa que su doctrina debe ser aceptada por todos los fieles y ensenada en toda la Iglesia. El dijo: "OH mi adorado Jesús, ¿donde debo buscarte?, ¿donde te encontraría?, ¿donde vives y descansas? Y el mismo se responde: en María.

(fuente: ww.corazones.org)

miércoles, 2 de diciembre de 2009

¿Se puede cambiar la ley moral?

Autor: Javier Garralda Alonso

La peor tragedia espiritual no es pecar, sino no reconocer que uno ha pecado

Algunos teólogos que se apartan del magisterio de la Iglesia afirman que el cristianismo no sería seguir una moral (cabría no cumplir algunos de los diez mandamientos, sobre todo en materia sexual), sino seguir a una persona, seguir a Cristo. Ahora bien, la pregunta que se plantea de modo inmediato es si es posible seguir a Cristo sin cumplir sus mandamientos. Y la Escritura nos contesta - dice Jesús al joven rico: "Si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos" (no matarás, no cometerás adulterio, etc.) (Mt. 19, 17).

Y como dice en su encíclica "Veritatis Splendor", Juan Pablo II: «Se puede "permanecer" en el amor sólo bajo la condición de que se observen los mandamientos, como afirma Jesús: "Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como Yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor" (Jn. 15, 10). Y dice San Juan: "En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: "Yo le conozco" y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero, quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En esto conocemos que estamos en Él. Quien dice que permanece en Él, debe vivir como vivió Él" (1 Jn 1, 5-6; 2, 3-6).»

Los partidarios de cambiar la moral de siempre de la Iglesia Católica alegan que "hay que superar el legalismo y el carácter inmovilista de la moral tradicional, enfrentando a los hombres a esas exigencias de fe y amor (al seguimiento de Cristo como contrapuesto al seguimiento de la moral que Él enseñó). Y de este modo, elaborar una ética de la responsabilidad, sin formalismos, con "mayoría de edad". Para lograr sus fines, estos innovadores de la moral se sirven de una terminología aparentemente cristiana; pero enseguida se advierte que ha sido vaciada de contenido sobrenatural, y también, en la mayor parte de los casos, del contenido propio del lenguaje común.

Ante todas estas doctrinas, resuenan con particular actualidad las palabras inspiradas de San Pablo a Timoteo: "Has de saber que en los días postreros sobrevendrán tiempos peligrosos: se levantarán hombres amadores de sí mismos, codiciosos, altaneros, soberbios, blasfemos, desobedientes de sus padres, ingratos, facinerosos, desnaturalizados, implacables, calumniadores, disolutos, fieros, inhumanos, traidores, protervos, hinchados y más amadores de deleites que de Dios, mostrando así apariencia de piedad o religión pero renunciando a su espíritu. Apártate de esos tales; porque de ellos son los que se meten en las casas y cautivan a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas de varias pasiones, las cuales andan siempre aprendiendo, y jamás llegan al conocimiento de la verdad. En fin, así como Jannes y Mambres resistieron a Moisés, del mismo modo éstos resisten a la verdad, hombres de corazón corrompido, réprobos en la fe, que quisieron pervertir a los demás; mas no lograrán sus intentos, porque su necedad se hará patente a todos, como antes se hizo la de aquéllos"(II Tim. 3, 1-8)».[1]

De otra manera tratan algunos falsos teólogos de cambiar la moral de la Iglesia: A saber, dicen que lo importante para salvarse es haber tomado una decisión profunda en favor de Dios, elegirlo a Él, la llamada opción fundamental que supondría un compromiso de fe-amor a los demás hombres, compromiso que sobrepasaría toda "categoría moral", que exigiría cambiar el corazón y no cumplir un código.

De modo que una vez asegurada esta opción fundamental (normas trascendentales), en cambio, podemos orillar un precepto moral particular (normas categoriales) si, en un caso concreto, impide la felicidad del sujeto y su incumplimiento no produce daño a nadie. Sería el caso de algunos pecados contra el sexto y noveno mandamientos, que podrían ser incumplidos sin que uno perdiera la amistad con Dios asegurada por la "opción fundamental" positiva.

Frente a esta postura nos dice el Papa en la encíclica "Veritatis Splendor":"Por tanto, dichas teorías son contrarias a la misma enseñanza bíblica, que concibe la opción fundamental como una verdadera y propia elección de la libertad y vincula profundamente esta elección a los actos particulares. Mediante la elección fundamental, el hombre es capaz de orientar su vida y - con la ayuda de la gracia - tender a su fin siguiendo la llamada divina.

Pero esta capacidad se ejerce de hecho en las elecciones particulares de actos determinados, mediante los cuales el hombre se conforma deliberadamente con la voluntad, la sabiduría y la ley de Dios. Precisamente por esto, la opción fundamental es revocada cuando el hombre compromete su libertad en elecciones conscientes de sentido contrario, en materia moral grave. En realidad el hombre no va a la perdición solamente por la infidelidad a la opción fundamental según la cual se ha entregado "entera y libremente a Dios".

Con cualquier pecado mortal cometido deliberadamente, el hombre ofende a Dios que ha dado la ley y, por tanto, se hace culpable frente a toda la ley (cf. Sant. 2, 8-11); a pesar de conservar la fe, pierde la "gracia santificante", la "caridad" y la "bienaventuranza eterna". "La gracia de la justificación que se ha recibido -enseña el Concilio de Trento - no sólo se pierde por la infidelidad, por la cual se pierde incluso la fe, sino por cualquier otro pecado mortal." [2]

En realidad, es evidente que nadie puede decir que ama a Dios si le desobedece en materia grave. Por el contrario el que comete un pecado mortal, asesina, o comete adulterio, de modo deliberado, se aparta de la amistad de Dios: “Obras son amores y no buenas razones”.

La perversa influencia de estas teorías radica en que apartan, so capa de aparente compasión, de la misericordia de Dios, ya que, supuesto que todo hombre o mujer es débil, la peor tragedia espiritual no es pecar, sino no reconocer que uno ha pecado, pues entonces se cierra uno la puerta al arrepentimiento y al perdón de Dios que, como buen Padre, siempre está dispuesto a usar con nosotros su infinita misericordia, por poco que seamos verdaderos (humildes) y nos apene haberle ofendido.

(fuente: Forum Libertas)
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