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domingo, 4 de julio de 2010

“Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios”

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (Lc 10, 1-12.17-20)

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; Yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa digan: 'Que la paz reine en esta casa'. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes, se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: “Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios”. Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: “Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca”. Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad".

Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: "Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre". El les contestó: "Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les someten. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo".

Palabra del Señor.
Gloria a ti Señor Jesús. 

Jesús quiere llevar a la Buena Nueva a todos los pueblos pero necesita la ayuda de sus discípulos; es por ello que invita a 72 de los suyos y los envía a predicar en su Nombre no sin antes dejarles en claro algunas advertencias y recomendaciones. Él sabe que hay mucho por hacer en este mundo y lo manifiesta cuando dice que "la cosecha es abundante" y, a la vez, nota que no hay mucha gente dispuesta a trabajar por el Reino de los Cielos cuando afirma "los trabajadores son pocos". Es por ello que nos invita a rezar a Dios Padre para que toque los corazones de nuevos misioneros que quieran comprometerse con el Evangelio.

Nuestro Señor es conciente de lo difícil que es ser cristianos en este mundo, sabe que el poder de las tinieblas tiene una influencia notoria en muchas personas que son capaces de entorpecer toda obra de Dios sobre la humanidad. De allí que Jesucristo advierte que nos envía "como corderos en medio de lobos". Nuestra Madre Iglesia es atacada desde distintos lugares, muchas veces de una manera frontal y, otras tantas, sutilmente.

Para dar testimonio de Dios debemos estar desapegados a todas las cosas de este mundo. Ni siquiera las personas ni el dinero deben desviarnos del verdadero objetivo del misionero: mostrar a Dios.

Quienes se juegan por Cristo no buscan la aprobación de los demás ni los premios de este mundo. La recompensa que Dios tiene para sus elegidos es la Vida Eterna. Ni más ni menos. Y ahí radica la verdadera felicidad.

Procreación ¿suerte o don?

“El sexo es un instinto que produce una institución; y es algo positivo y no negativo, noble y no ruin, creador y no destructor, porque produce esa institución. Esa institución es la familia” [1].


¿Es natural la atracción?

En la actualidad cualquier persona que estudie medicina sabe que las células germinales masculinas (gametos masculinos o espermatozoides) buscan a la femenina (óvulo) para tratar de fecundarla. Se trata de millones de espermatozoides que penetran al aparato reproductor femenino y que recorren afanosamente una distancia que equivale a miles de veces el largo de su cuerpo y al encontrarse con el óvulo, intentan fecundarlo.

La reproducción sexual se caracteriza por la unión de dos células entre las que existe una atracción natural al servicio de la reproducción.

Pero esa atracción no sólo se da a nivel celular, para todos es conocido que entre varón y mujer existe también una atracción física y afectiva.


¿Diseño o mera casualidad?

Por otra parte, el diseño de los espermatozoides facilita conseguir la finalidad que tienen: fecundar [2].

El espermatozoide que logra fecundar al óvulo maduro, se desprende del flagelo que fue imprescindible para alcanzar ese objetivo.

Un espermatozoide y un óvulo maduros y listos para la fecundación, estando separados sobreviven unas horas; reunidos, pueden llegar a vivir 100 años, son el uno para el otro, así es su diseño.

A nivel corpóreo también existe entre mujer y varón una disposición fisiológica complementaria (un diseño) que permite el acoplamiento; además las células sexuales listas para la fecundación, los canales de “distribución” de dichos gametos y un enorme etc., están diseñados y ubicados en el lugar adecuado. Por si no fuera poco, la satisfacción sensorial que se produce en esa relación facilita el que se pueda realizar con agrado.

Y en cuanto al resultado, qué se puede decir en cuanto a que los bebés no posean al nacer un esqueleto rígido como el de los adultos, y que tengan su cuerpo cubierto de materia grasa, facilitando así la labor de parto. La madre posee el diseño natural para proporcionar el primer alimento a su hijo ya nacido y ella misma lo produce: un alimento con la temperatura, nutrientes y anticuerpos necesarios y convenientes para él. Por su parte, los bebés están naturalmente diseñados para alimentarse de esa sustancia sin herir a su madre.


Orden y programa

Se descubre un orden natural en lo referente a la generación: atracción y localización de gametos; atracción física y afectiva; disposición fisiológica, complementaridad; satisfacción sensorial; constitución anatómica y funcional del bebé; constitución anatómica y funcional para ser madre, etc.

Alguna vez nos hemos preguntado ¿por qué si en la construcción de una casa -por pequeña que sea-, es inevitable contar con personal especializado y el cálculo de tiempos y movimientos, no se necesita para la procreación de un ser humano? Comparémoslo: ambos tienen armazón, estructura; están revestidos y pintados (en los seres humanos se renuevan por sí mismos); poseen sistema de ventilación; tienen muros que protegen de las inclemencias del ambiente; cargados de energía eléctrica; poseen drenaje; necesitan un cierto mantenimiento, fumigación (el ser humano cuenta con sistema inmunológico, etc.). El bebé aumentará sus dimensiones; llegará a ser autosuficiente en la búsqueda y satisfacción de sus necesidades; en cambio la vivienda se irá desgastando poco a poco.

A lo mencionado habrá que añadir la gracia, movilidad y posteriormente el uso de la inteligencia del bebé, que contrasta con la inmovilidad de la vivienda.

Para edificar una casa se requieren más de una decena de especialistas; para que venga un ser humano al mundo serían suficientes dos ingenuos novatos.

Descubrimos un diseño, un orden, una exactitud que el hombre no ha realizado, y que apenas acaba de entender -a pesar de transcurrir cientos de generaciones que han venido al mundo de manera natural-; pero este mecanismo ya existía, sin previa consulta a nadie.

Si orden, es la disposición armoniosa de las cosas; y programa, es un conjunto de instrucciones preparadas para efectuar una sucesión de operaciones determinadas, entonces se puede afirmar que en la procreación todo está ordenado y programado de antemano.

¿Qué existe detrás de todo este complejo mundo de lo natural?, ante todo un orden; pero sabemos que el orden es necesariamente fruto de una inteligencia, pues de la casualidad ningún fruto permanente se obtiene [3].

Cuando se juega con un dado, cada ocasión que se lanza es posible que resulte un número entre el 1 y el 6, esto es, se tienen seis posibilidades distintas; en cambio cuando el óvulo es fecundado por el espermatozoide, no existe posibilidad de que el resultado sea un perro, un gato o un pájaro, sino que hay certeza de que será un ser humano. Por eso se puede asegurar que si la vida humana fuera chiripa, sería la chiripa más grande jamás vista.

Es claro que un azar así no opera en el vacío, sino en una materia dotada de propiedades específicas y bajo unas leyes precisas que ponen un coto a lo que pueda resultar.

El orden se percibe en todo, en la misma existencia del útero o matriz, hecho que implica una previsión, porque de la casualidad no puede surgir una matriz gracias a la cual continúe la humanidad recibiendo seres humanos iguales a su obra, pues si así fuera, la casualidad habría producido su propia contradicción: el orden.

El orden es fruto de la inteligencia; los seres inteligentes buscamos un fin en las acciones. El fin por el que las acciones se realizan dan explicación a los medios que se ponen para conseguirlo. Por lo tanto podemos decir que “todas las cosas tienen una explicación, una razón de ser, que conocida o no, lo cierto es que algo las motiva y con alguna finalidad” [4].


Y para la Iglesia ¿es chiripa o don?

La Biblia enseña que el ser humano desde el principio, es creado como varón y mujer (Génesis 1,27): el hombre, aun encontrándose rodeado de las innumerables criaturas del mundo visible, ve que está solo (Génesis 2, 20). Dios interviene para hacerlo salir de tal situación: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (Génesis 2, 18). En la creación de la mujer está inscrito, pues, desde el inicio el principio de ayuda recíproca. La mujer es el complemento del hombre, como el hombre es el complemento de la mujer. No únicamente en el ámbito del obrar, sino también en el de ser. Feminidad y masculinidad son entre sí complementarias no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo masculino y de lo femenino, lo humano se realiza plenamente [5].

La naturaleza humana exige la existencia de dos sexos; y los impulsos sexuales hacen idóneo al ser humano para engendrar.

Lo mismo que los ojos sirven para ver, las manos para tomar las cosas, la nariz para oler, la boca para hablar, de modo semejante, el sexo sirve para procrear: esta es su finalidad. Además contamos con el uso de la razón para gobernar nuestras acciones. Hay gente que no lo entiende, piensa que la vida es solamente para el placer y suprime la finalidad del matrimonio [6].

El cuerpo, en cuanto sexuado, manifiesta la vocación del hombre a la reciprocidad, esto es, al amor y al mutuo don de sí. El cuerpo llama al hombre y a la mujer a su constitutiva vocación a la fecundidad, y liga el origen de cada persona a una coparticipación con el hombre en el poder creador y en la paternidad [7].

Quien diseñó la sexualidad, también proporcionó una consecuencia extraordinaria, ser procreadores, según el orden naturalmente establecido: momentos de fecundidad y momentos de esterilidad naturales.

Nadie puede presumir de haber creado a sus propios hijos, ya que en la parte biológica del proceso ha sido poca la conciencia de su intervención: padres cultos y padres sin estudios dan a la humanidad hijos esencialmente idénticos.

En ese mismo sentido, algo revelará la enseñanza de la Iglesia al afirmar que el hijo es un don, el don más grande y el más gratuito del matrimonio, y es el testimonio vivo de la donación recíproca de sus padres [8].


Citando la fuente y el nombre del autor, se autoriza la reproducción de este artículo que forma parte del libro “SIN MIEDO A LA VIDA”, escrito por Oscar Fernández Espinosa de los Monteros
(Abogado e investigador en materias de Bioética - e-mail: oscarf@altavista.net)


[1] CHESTERTON, G. K., El amor o la fuerza del sino, Selección de textos realizada por Alvaro de Silva, Ediciones Rialp S.A., Madrid, España, 1994, pp. 252-253

[2] El óvulo tiene aproximadamente un diámetro de 0.1 mm. El citoplasma está cargado de sustancias alimenticias acumuladas, que sirven como portadoras de energía. El núcleo tiene los factores hereditarios maternos. El semen (ph alcalio) protege a los espermatozoides del ambiente ácido que existe en la vagina. Por medio de su movilidad entran al moco cervical y ayudados por contracciones uterinas alcanzan las trompas. De un promedio de 200 a 300 millones de espermatozoides, menos de 300 llegan a aproximarse al óvulo.

* Si deseas conocer más acerca de este tema, comunícate directamente con el autor del libro a la siguiente dirección de internet: oscarf@altavista.net



[3] PALAFOX MARQUÉS, Emilio, Pbro., directamente al autor.

[4] FERNÁNDEZ ALMADA, Q.B.P. Oscar, directamente al autor.

[5] Cfr. JUAN PABLO II, Carta del papa Juan Pablo II a las mujeres, 29-VI-95, nº 27

[6] DEL PORTILLO DIEZ DE SOLLANO, Álvaro, Obispo; paráfrasis de una idea suya.

[7] Cfr. GARCÍA DE HARO, Ramón, Amor y Sexualidad, folletos mc nº 515, Madrid, España, septiembre de 1990, pp. 21-23

[8] Cfr. SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción sobre el respeto a la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, Donum vitae, 22-II-87, Capítulo II, B, 8

sábado, 3 de julio de 2010

Hijos y Educación: El orden empieza por la cabeza

Los primeros seis años - Aunque los papás no lo crean, los niños aprecian el orden. Sólo hay que enseñarles a vivirlo.

El orden es un hábito que sirve de base para muchos otros. Gracias a él, podemos organizar mejor el tiempo y las ideas, somos capaces de sacar mayor partido a lo que vemos y aprendemos...

Ciertamente, lo que enseñamos a un niño es más bien el orden material, pero eso es tan sólo un primer paso. Cuando crezca, le ayudará a mantener en orden su cabeza y a ser más eficaz en todo lo que se proponga. Saber organizarse es algo que se aprende de pequeño, empezando por organizar los juguetes en su caja.

Un niño que se habitúa a vivir en el caos, sin que le enseñen a ordenar, cuando crezca tendrá mayor dificultad para elaborar un simple informe estructurado o incluso establecer sus propias prioridades en la vida.


SABER ENSEÑAR

A todos nos cuesta ser ordenados, pero hay pequeños «trucos» que nos hacen más llevadero este hábito. El más importante es la motivación, que también podemos transmitir a nuestros hijos. De partida, resulta absurdo hacerles ver el orden como un deseo tiránico de los papás. Es más fácil y eficaz ilusionarlos y hacerles ver sus porqué.

¿Cómo? Desde su primer año, aunque tengamos que ser nosotros mismos los que realicemos el acto físico de recoger los juguetes por que ellos aún no son capaces, les haremos participar de la actividad con nuestra conversación: "Recogemos las fichas del juego para que podamos jugar mañana; la muñeca la metemos en su cuna para que no se ponga fea; los papeles al basurero para que la habitación siga igual de bonita y limpia".


EL PLACER DE ENCONTRAR

Por mucho que cueste creerlo, los niños son los primeros que desean aprender a vivir el orden. Quizás resulte más complicado habituarles a la actividad de ordenar, pero es fácil distinguir que se sienten más cómodos cuando "controlan" las situaciones. Basta que les guarden dos noches seguidas el pijama bajo la almohada... y a la tercera lo buscará allí él mismo, y encontrarlo será el mejor de los triunfos.

A esta edad, los niños requieren estabilidad, saber cuál es el sitio para cada cosa y lo que va a ocurrir a continuación de buscar: ¡encontrar! Que se respete esa lógica es fundamental para su desarrollo psíquico y emocional, y en nuestras manos está ayudarlos, enseñándoles que cada cosa debe tener su sitio, y prestándoles con paciencia modelos de conducta ordenada.

Una forma concreta de ayudarles será cumplir los horarios de comidas y las horas de sueño, atender su aseo personal y necesidades fisiológicas, respetar sus salidas de paseo y juegos.


ENTRA POR LOS OJOS

Para que el niño pueda empezar lo antes posible a vivir el orden, las primeras lecciones deben ser sólo demostraciones ante sus ojos.

Comenzar exigiéndole pequeños detalles concretos, como dejar los zapatos juntos al pie de la cama al irse a dormir, o que él lleve su pañal sucio, muy bien doblado, al basurero después de cambiarlo. Poco a poco, la exigencia podrá crecer, y se acostumbrará a guardar las piezas de cada juego en su caja respectiva y será capaz de colocar los libros en la repisa, derechos y con el lomo hacia fuera.

Los sucesos encadenados son también un buen método para inculcar el orden en nuestros hijos. Las secuencias de actos no sólo facilitan al niño la adquisición del hábito, sino que hacen más llevadera la obediencia y les dan una enorme estabilidad y autonomía. Por ejemplo, acostumbrar al niño a que cada vez que llegue por la tarde del jardín o colegio, vaya directo a dar un beso a la mamá, cuelgue la mochila en su percha, se lave las manos y se siente a almorzar. Y, cuando llegue la hora de costumbre, busque el pijama, deje que lo bañen, se siente a cenar y se quede dormido en cuanto lo arropen en la cama.

Una vez que, a fuerza de costumbre, aprenda cada secuencia, tan sólo tendremos que indicarle el primer acto -un beso a la mamá-, para que sepa lo que viene a continuación y lo haga.


¿JUGAMOS A ORDENAR?

Pero el método más eficaz, en cualquier caso, para enseñarle a ordenar es sin duda alguna el juego. Lo que no quiere decir que le pongamos trampas, sino que nos adaptemos a su mentalidad infantil.

Así es que habrá que enseñarles -con mucha paciencia y buen humor- a jugar al orden: ordenar los muñecos por tamaños, los autitos por colores, los libros en fila... Nuestro propio ejemplo tendrá una importancia vital en el resultado final. Porque si el niño nos ve alegres ordenando nuestra ropa por colores, los zapatos en fila, las revistas apiladas, la fruta bien dispuesta sobre el frutero.... inevitablemente comenzará a apreciar la armonía.

También podemos involucrarlos en las tareas de ordenar, apelando a su siempre despierto sentido de la solidaridad. Un "¿me ayudas a limpiar mi armario?", puede tener resultados insospechados. No sólo aprenderá a distinguir la ropa que ha de ir al canasto de la ropa sucia, la que es de otra temporada, la que hay que arreglar antes de guardar.... sino que disfrutará enormemente, se sentirá importante y en adelante pondrá un empeño natural en emplear él mismo esos criterios para su propio ropero.


UN LUGAR PARA CADA COSA

No debemos olvidar que, para enseñarle a ser ordenado, el niño debe saber antes dónde han de estar las cosas. Ese detalle aparentemente mínimo es, en realidad, fundamental: para que él pueda guardar cada cosa, cada cosa ha de tener su sitio. ¿No es lógico?

Sería contraproducente que tan sólo dispusiera de un baúl, en el que lanza todo revuelto. Para que aprenda a ordenar, el niño necesita discernir primero, que los libros van en la repisa, los autitos en el cajón, los muñecos sobre la cama y los puzzles en la cómoda.

Ordenar, para el niño, debe ser como un paso más, inseparable de sus actividades normales: después de usar el juego y antes de sacar otro, se guarda el primero.

Una vez que haya aprendido esto, también podemos enseñarle que cada habitación tiene su uso específico: el living para reunirse la familia, el comedor para comer y hacer tareas, a veces; la cama para dormir.. A partir de este punto, podremos abstraer más y hacer ver al pequeño que también él ha de «presentarse» ordenado: cuidando su aseo personal, las manos, cara y dientes limpios, bien peinado... Poco a poco nuestro hijo, sin necesidad de ayuda o de recordatorios diarios, nos demostrará que ya aprendió a ordenar, o por lo menos, que disfruta con la armonía del orden.


NO ES ORDEN...

- Ordenar recién a las nueve de la noche, cuando el caos ha llegado a tal extremo que ni nosotros -y mucho menos el niño- somos capaces de afrontarlo.

- Esconder todas las cosas de la vista, no para colocarlas en el sitio que corresponde a cada una, sino para distribuirlas al azar por cajones y canastos, creando un desorden que -aunque no se vea- es mayor.

- Guardar la ropa sucia y sin doblar, los juguetes rotos, los papeles arrugados debajo de la cama. Al recoger, hay que revisar las cosas, para retirar lo que hay que limpiar, arreglar o tirar.

- Guardar las piezas del mecano cuando un hermano todavía no ha terminado de jugar. Cada cosa tiene su momento, y ordenar también. No podemos convertirlo en una obsesión.



ASÍ ES MÁS FÁCIL

-Es más fácil ordenar cuando existen lugares dónde guardar cada cosa: canastos, cajas o repisas. Y esos lugares deben estar al alcance de los cortos brazos de nuestro hijo.

- A los niños más pequeños hay que ayudarlos con pequeños trucos: pegar fuera de la caja o canasto, por ejemplo, el dibujo correspondiente a lo que va en el interior: muñecas, rompecabezas o autitos.

- Es clave inculcar a los niños la siguiente idea: ordenar es la última parte de cada juego. Así, después de armar el puzzle, hay que desarmarlo, contar las piezas para comprobar que estén todas, y meterlas en la caja. No hacerlo es dejar el juego a medias.

- El orden rige también para las personas, su vestimenta y aseos: las camisas deben tener todos los botones, los zapatos sus cordones, y no cabe levantarse sin lavarse la cara, las manos y los dientes. En estas materias resulta vital la perseverancia de los papás.

- Paciencia. Este juego es demasiado difícil para aprender a jugarlo de la noche a la mañana. No se desanimen si al principio el hijo recoge un muñeco y ustedes cien, porque poco a poco ira variando la proporción.

- Expliquen con la palabra y el ejemplo que el orden es mucho más que un deseo tiránico y obsesivo de los adultos: gracias al orden hacemos la vida más estética y placentera, ahorramos tiempo encontrando pronto lo que buscamos y cuidamos las cosas, que limpias y bien guardadas duran más y mejor.

(fuente: www.encuentra.com)

La Iglesia contará con un nuevo santo y 35 nuevos beatos

VATICANO, 01 Jul. 10 / 08:15 am (ACI) El Papa Benedicto XVI autorizó esta mañana a la Congregación para la Causa de los Santos a promulgar los decretos concernientes a la canonización del sacerdote italiano Luigi Guanella, la beatificación de un sacerdote y tres religiosas italianas, y 31 mártires de España, Alemania, Hungria y Francia.

Al recibir al Arzobispo Angelo Amato, S.D.B., prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el Papa autorizó la promulgación de los decretos sobre los milagros atribuidos a la intercesión de:

Beato Luigi Guanella, italiano, (1842-1915), sacerdote, fundador de la Congregación de los Siervos de la Caridad y del Instituto de las Hijas de Santa María de la Providencia.

Venerable Giustino Maria Russolillo, italiano, (1891-1955), sacerdote, párroco de Pianura y fundador de la Sociedad de las Divinas Vocaciones.

Venerable Sierva de Dios Maria Serafina del Sagrado Corazón de Jesús (en el siglo: Clotilde Micheli), italiana, (1849-1911), fundadora del Instituto de las Hermanas de las Hermanas de los Ángeles.

Venerable Sierva de Dios Alfonsa Clerici, italiana, (1860-1930), religiosa profesa de la Congregación de las Hermanas de la Preciosísima Sangre de Monza.

Venerable Sierva de Dios Cecilia Eusepi, italiana, (1910-1928), de la Tercera Orden Secular de los Siervos de María.

También reconoció el martirio de:

Siervo de Dios Janos Scheffler, húngaro, (1887-1952), obispo de Satu Mare (Rumania).

Siervos de Dios José María Ruiz Cano, Jesús Aníbal Gómez Gómez, Tomás Cordero Cordero y 13 compañeros de la Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de la Bienaventurada Virgen María; asesinados por odio a la fe durante la persecución religiosa en España en 1936.

Siervos de Dios Carmelo María Moyano Linares y 9 compañeros de la Orden Carmelita; asesinados por odio a la fe durante la persecución religiosa en España en 1936.

Siervos de Dios Johannes Prassek y 2 compañeros, sacerdotes diocesanos, asesinados por odio a la fe en Hamburgo (Alemania), el 10 de noviembre de 1943.

Sierva de Dios Marguerite Rutan, francesa, religiosa profesa de la Congregación de las Hermanas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, nacida en 1736 y asesinada en 1794.

Asimismo, autorizó promulgar los decretos sobre las virtudes heroicas de

Siervo de Dios Basilio Martinelli, italiano, (1872-1962), sacerdote profeso de la Congregación de las Escuelas de la Caridad (Instituto Cavanis).

Sierva de Dios María Antonia de San José (en el siglo: María Antonia de Paz y Figueroa), argentina, (1730-1799), fundadora del Beaterio de los Ejercicios de Buenos Aires (Argentina).

Sierva de Dios María (en el siglo: Casimira Kaupas), lituana, (1880-1940), fundadora de la Congregación de las Hermanas de San Casimiro

Sierva de Dios Maria Luisa (en el siglo: Gertrude Prosperi), italiana, (1799-1847), abadesa del Monasterio de la Orden de San Benito de Trevi.

Sierva de Dios María Teresa (en el siglo: María del Carmen Albarracín), española, (1927-1946), religiosa profesa de las Hermanas de María Inmaculada Misioneras Claretianas.

Sierva de Dios Maria Plautilla (en el siglo: Lucia Cavallo), italiana, (1913-1947), religiosa profesa de las Hermanitas Misioneras de la Caridad.

(fuente: www.aciprensa.com)

viernes, 2 de julio de 2010

Sobreprotección de los hijos: Amores que asfixian

Padres sobreprotectores piensan que a mayor cantidad de cuidados, mayor es el afecto que entregan a sus hijos. ¡Gran error! El exceso de preocupación les dificulta el desarrollo de su personalidad.

Padres sobreprotectores piensan que a mayor cantidad de cuidados, mayor es el afecto que entregan a sus hijos. ¡Gran error! El exceso de preocupación les dificulta el desarrollo de su personalidad.

Por instinto los papás tienden a proteger a sus hijos. Los ven pequeños, dependientes e indefensos y sienten la necesidad de abrazarlos cuando lloran, de prevenirlos de los peligros, de mostrarles lo que pueden y no pueden hacer, de atender a sus problemas cuando están tristes.

También se preocupan de que les pueda ocurrir algo: cuando duermen, especialmente si es recién nacido, se acercan a comprobar si respira bien; ante una fiebre, consultan al médico y curan sus heridas cuando caen. Es lo normal de un padre hacia su hijo.


Proteger más de la cuenta

Muchas veces, sin embargo, la atención normal se transforma en aprensión y algunos padres demuestran una preocupación excesiva. y más que proteger a los hijos los sobreprotegen.


¿Cómo? Cuidándolos más de la cuenta

Viven pendientes minuto a minuto de las necesidades del niño: si tiene hambre, si el clima está muy frío para él, si es hora de vestirlo, si se puede caer, si le toca bañarse...

Se desvelan al verlo triste o enfermo. No entienden que a veces prefiera estar solo en su pieza.

Cuando llega la edad de las obligaciones escolares, son los primeros en sentarse a hacerle las tareas. El resultado: niños caprichosos, habituados a una vida hecha, siempre protegidos, llenos de límites y recomendaciones. No llegan a conocer lo que es frustrarse ni tener contratiempos. Las responsabilidades, si las tienen, son compartidas.



¿Mal nacional?

Con mayor o menor intensidad es acertado decir que en Chile se tiende a sobreproteger a los hijos. "Casi como parte de nuestra idiosincrasia", afirman algunos. Muy distinto a otras culturas, como la norteamericana, donde la educación incentiva a los niños la autonomía des- de sus primeros años de vida. Basta recordar la sorpresa de algunas mamás locales cuando vuelve la amiga chilena que partió becada con el marido y cUyo hijo de dos años ya sabe comer solo, no usa pañales, toma la leche en vaso, y en general participa mucho más de los quehaceres diarios.

En nuestro país, en cambio, las mamás y muchas veces también las empleadas, exageran en atenciones y mimos, mucho más allá de lo conveniente para el desarrollo de la madurez e independencia de los niños.

"Uno lo puede ver en los colegios- asegura la educadora de párvulos M. Clara Valencia: Hay una tendencia generalizada a empequeñecer a los niños. Los padres exigen a sus hijos menos de lo que corresponde a su edad; no los dejan asumir responsabilidades para que vayan adquiriendo autonomía. Y los ven como niños aunque hayan entrado a la universidad".


Así llegamos a esta realidad:

- Niños de seis años que hay que vestir todas las mañanas para que no lleguen tarde al colegio.

- Muchos a los siete años todavía toman la leche en biberón.

- Niños que nunca ordenan sus cosas porque "para eso está la mamá". .Escolares de diez años que esperan a la mamá para hacer juntos las tareas.

- Niños que almuerzan sólo lo que les gusta comer.

"Y los padres contemplan estas situaciones sintiendo que es lo normal en hijos que reciben mucho cariño", explica la psicóloga infantil Carmen Birke. Agrega: "Para ellos, amor y mimo son proporcionales, ya mayor cantidad de cuidados, mayor es el afecto que creen expresarle a sus hijos. No saben que al sobreprotegerlos de esa manera no les están ayudando a ser niños fuertes, seguros e independientes. Por el contrario, le están impidiendo un desarrollo armónico e ideal de su personalidad".


Cariño imprudente

Si se analiza las actitudes en que caen los padres sobreprotectores, éstas se pueden resumir en las siguientes premisas:

- No exigen a sus hijos de acuerdo a la edad que tienen.

Entre los 0 y los 6 años se deberían vivir una serie de etapas de crecimiento, desde caminar, dejar el chupete, comer solo, sacarse los pañales, hasta pasar de biberón a taza...Son avances que los padres sobreprotectores no alientan a sus hijos, a veces por comodidad, pero también por no exigirles. "Pobrecitos, si son tan chicos todavía", se les oye decir. Y dejan huella: porque el niño que no tuvo la necesidad de esforzarse de chico tiene dificultades para hacerlo cuando es mayor.

- Impiden que los niños asuman sus responsabilidades.

"Mamá es hora de que me vistas", "hoy me tienes que bañar", " ¿quién me va a ordenar mis juguetes?"...

Cuando los padres acostumbran a los hijos a hacerles todo, los niños se acostumbran a no hacer nada. Para la mamá puede ser más rápido y cómodo porque se asegura que las cosas quedan bien hechas -según ella-, pero es necesario irle traspasando responsabilidades al niño de a poco, dejarlo que se equivoque. Sólo con la práctica de hacer cosas va a poder desarrollar habilidades y adquirir hábitos.

- No educan hijos autónomos.

A los seis años, los niños adquieren sus primeras responsabilidades escolares. Importante es que se involucre. Hay que enseñarles desde el principio que es su responsabilidad y no de los padres el que lo cumpla.


jueves, 1 de julio de 2010

El Papa alienta a anunciar a Cristo en el mundo digital... y real

Mensaje a la Convención de los Medios Católicos que se celebra en Nueva Orleans

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 2 de junio de 2010 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha alentado a los comunicadores católicos a hacer de Internet un lugar de encuentro y testimonio de Cristo en el mensaje que dirigió este miércoles a la Convención de los Medios Católicos de Estados Unidos y Canadá, que se celebra en Nueva Orleans.

Al final de la audiencia general de este miércoles, en la plaza de San Pedro, el pontífice tomó la palabra en inglés para comentar el tema del encuentro que reúne a delegados de la Asociación Católica de Prensa (http://www.catholicpress.org) y que en español podría traducirse como "Anunciar la Buena Noticia, octeto tras octeto".

El argumento, reconoció, "subraya la extraordinaria capacidad de los nuevos medios de comunicación para atraer la atención del gran público al mensaje de Cristo y la enseñanza de su Iglesia".

"Para que vuestra misión sea verdaderamente efectiva, para que vuestras palabras toquen los corazones, comprometan la libertad de las personas y cambien sus vidas, tenéis que llevarles a un encuentro con personas y comunidades que testimonian la gracia de Cristo con su fe y sus vidas", siguió diciendo.

En este sentido, el Papa deseó que la reunión de Nueva Orleans refresque "vuestro entusiasmo común por el Evangelio". Y ante "los numerosos desafíos" que ahora afrontan los comunicadores católicos, les recordó la promesa de Cristo al final de su Evangelio: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo".

La Asociación de Prensa Católica de Estados Unidos y Canadá, fundada en 1911, reúne a 600 medios de comunicación que se distribuyen entre 26 millones de personas.

Yo no voy a Misa los domingos. Dios es bueno y no me va a castigar por eso...

¿Dejar de amar a Dios porque es bueno? Aunque parezca curioso —y en realidad sea paradójico— hay personas que se alejan de Dios porque piensan —con razón— que es muy bueno.


¿Tiene esto sentido?

Me preocupa que haya almas que se alejen de Dios por una concepción sentimental del amor, sin darse cuenta de lo poco razonable de un planteo que dan por obvio, y que no lo es en absoluto.
En concreto, hay personas que justifican, por ejemplo, su inasistencia a la Misa dominical, con un argumento sorprendente:

“Yo no voy a Misa los domingos. Dios es bueno y no me va a castigar por eso”
Parecería que detrás se esconde el siguiente razonamiento:

“No voy a Misa porque Dios no me va a condenar por eso; es decir, sólo iría en caso de que corriera peligro de condenación”.

Y con la misma actitud se intenta justificar algunos comportamientos contrarios a la moral cristiana (el uso de anticonceptivos, las relaciones prematrimoniales, el concubinato —que es como se llama técnicamente que novios vivan juntos—).

Ante estos casos, tenemos que preguntarnos si la misericordia infinita de Dios es motivo para ofenderlo sin reparo. Y si esa ofensa es gratis; es decir, no tiene un costo personal para nuestras almas.

No vamos a ir aquí al fondo de la cuestión (el papel de la moral en la vida cristiana, la obligatoriedad moral de los preceptos de la Iglesia y el papel de la Eucaristía en la vida cristiana, etc.), sino que simplemente nos preguntaremos si el supuesto que Dios no va a castigarme por dejar de adorarlo, de amarlo y de dedicarle tiempo, es un motivo razonable para dejar de hacerlo; si pensar que no va a condenarme es motivo suficiente para ofenderlo con actos contrarios a su ley moral.

La aclaración de algunos puntos fundamentales ayudará a entender el error que esconde la justificación que nos estamos analizando.

1) El amor y la vida cristiana

Comenzamos por analizar el papel del amor de Dios y de nuestra correspondencia en la salvación.
Una cosa es clara: lo que nos salva es el amor de Dios, no nuestras obras. Hay una primacía absoluta de la gracia sobre nuestras obras.
Jesucristo no se hizo hombre para evitar la condenación de los hombres, sino para llevarlos a la plenitud de la filiación divina: eso es lo que nos salva.

La causa de la salvación no es el amor que tenemos a Dios, sino el amor que Dios nos dona con la gracia.

Un amor cuyo fruto no es sólo la satisfacción afectiva de quien lo recibe, sino sobre todo una vida nueva (ese amor es amor divino, y como tal, nos diviniza). Esa vida, la recibimos y vivimos nosotros. Ser amados por Dios no es algo meramente pasivo, hemos de aceptar y asimilar ese amor, haciéndolo nuestro y ¡viviéndolo!
“Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, decía San Agustín. Nuestra libertad tiene un papel fundamental.

Haciendo nuestro amor que Dios no dona, podemos amar con ese amor y entonces la salvación se expresa en ese amor: recibimos el amor para asimilarlo, y una vez asimilado –hecho nuestro- poder amar con ese amor de Dios, que ahora es nuestro.

Es decir, es Dios quien nos salva, pero nuestras obras coherentes con esa salvación resultan indispensables para aceptación y la vivencia de esa salvación.

2) Quien salva y quien se condena

Si nos negáramos a amar, rechazaríamos el amor y con él, la salvación que se nos ofrece… y, por lo mismo, dejaríamos de estar salvados.
El amor de Dios es inagotable (es infinito), de manera que no se cansa de ofrecernos su amor salvador. Siempre estará dispuesto a perdonarnos, si volvemos a El arrepentidos. Siempre estará dispuesto a recibirnos, si a Él nos acercamos. Pero para que efectivamente nos perdone, nos salve y nos reciba, hemos de aceptarlo amando: nuestra libertad también aquí es imprescindible.

Dios no nos condena, pero no porque no pueda hacerlo, sino porque ¡no quiere hacerlo! Espera paciente y quiere la conversión de nuestro corazón. Conversión que sólo se llevará a término recorriendo el camino que El nos señala. Si nosotros no queremos amarlo, si rechazamos su voluntad, si nos cerramos a las fuentes de la gracia, estamos rechazando libremente su amor, su perdón y su salvación. Y esto es muy malo, haciéndolo nos condenamos a nosotros mismos. En esto consiste el infierno:

Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”.
Catecismo de la Iglesia Católica, 1033.

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