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domingo, 4 de julio de 2010

Procreación ¿suerte o don?

“El sexo es un instinto que produce una institución; y es algo positivo y no negativo, noble y no ruin, creador y no destructor, porque produce esa institución. Esa institución es la familia” [1].


¿Es natural la atracción?

En la actualidad cualquier persona que estudie medicina sabe que las células germinales masculinas (gametos masculinos o espermatozoides) buscan a la femenina (óvulo) para tratar de fecundarla. Se trata de millones de espermatozoides que penetran al aparato reproductor femenino y que recorren afanosamente una distancia que equivale a miles de veces el largo de su cuerpo y al encontrarse con el óvulo, intentan fecundarlo.

La reproducción sexual se caracteriza por la unión de dos células entre las que existe una atracción natural al servicio de la reproducción.

Pero esa atracción no sólo se da a nivel celular, para todos es conocido que entre varón y mujer existe también una atracción física y afectiva.


¿Diseño o mera casualidad?

Por otra parte, el diseño de los espermatozoides facilita conseguir la finalidad que tienen: fecundar [2].

El espermatozoide que logra fecundar al óvulo maduro, se desprende del flagelo que fue imprescindible para alcanzar ese objetivo.

Un espermatozoide y un óvulo maduros y listos para la fecundación, estando separados sobreviven unas horas; reunidos, pueden llegar a vivir 100 años, son el uno para el otro, así es su diseño.

A nivel corpóreo también existe entre mujer y varón una disposición fisiológica complementaria (un diseño) que permite el acoplamiento; además las células sexuales listas para la fecundación, los canales de “distribución” de dichos gametos y un enorme etc., están diseñados y ubicados en el lugar adecuado. Por si no fuera poco, la satisfacción sensorial que se produce en esa relación facilita el que se pueda realizar con agrado.

Y en cuanto al resultado, qué se puede decir en cuanto a que los bebés no posean al nacer un esqueleto rígido como el de los adultos, y que tengan su cuerpo cubierto de materia grasa, facilitando así la labor de parto. La madre posee el diseño natural para proporcionar el primer alimento a su hijo ya nacido y ella misma lo produce: un alimento con la temperatura, nutrientes y anticuerpos necesarios y convenientes para él. Por su parte, los bebés están naturalmente diseñados para alimentarse de esa sustancia sin herir a su madre.


Orden y programa

Se descubre un orden natural en lo referente a la generación: atracción y localización de gametos; atracción física y afectiva; disposición fisiológica, complementaridad; satisfacción sensorial; constitución anatómica y funcional del bebé; constitución anatómica y funcional para ser madre, etc.

Alguna vez nos hemos preguntado ¿por qué si en la construcción de una casa -por pequeña que sea-, es inevitable contar con personal especializado y el cálculo de tiempos y movimientos, no se necesita para la procreación de un ser humano? Comparémoslo: ambos tienen armazón, estructura; están revestidos y pintados (en los seres humanos se renuevan por sí mismos); poseen sistema de ventilación; tienen muros que protegen de las inclemencias del ambiente; cargados de energía eléctrica; poseen drenaje; necesitan un cierto mantenimiento, fumigación (el ser humano cuenta con sistema inmunológico, etc.). El bebé aumentará sus dimensiones; llegará a ser autosuficiente en la búsqueda y satisfacción de sus necesidades; en cambio la vivienda se irá desgastando poco a poco.

A lo mencionado habrá que añadir la gracia, movilidad y posteriormente el uso de la inteligencia del bebé, que contrasta con la inmovilidad de la vivienda.

Para edificar una casa se requieren más de una decena de especialistas; para que venga un ser humano al mundo serían suficientes dos ingenuos novatos.

Descubrimos un diseño, un orden, una exactitud que el hombre no ha realizado, y que apenas acaba de entender -a pesar de transcurrir cientos de generaciones que han venido al mundo de manera natural-; pero este mecanismo ya existía, sin previa consulta a nadie.

Si orden, es la disposición armoniosa de las cosas; y programa, es un conjunto de instrucciones preparadas para efectuar una sucesión de operaciones determinadas, entonces se puede afirmar que en la procreación todo está ordenado y programado de antemano.

¿Qué existe detrás de todo este complejo mundo de lo natural?, ante todo un orden; pero sabemos que el orden es necesariamente fruto de una inteligencia, pues de la casualidad ningún fruto permanente se obtiene [3].

Cuando se juega con un dado, cada ocasión que se lanza es posible que resulte un número entre el 1 y el 6, esto es, se tienen seis posibilidades distintas; en cambio cuando el óvulo es fecundado por el espermatozoide, no existe posibilidad de que el resultado sea un perro, un gato o un pájaro, sino que hay certeza de que será un ser humano. Por eso se puede asegurar que si la vida humana fuera chiripa, sería la chiripa más grande jamás vista.

Es claro que un azar así no opera en el vacío, sino en una materia dotada de propiedades específicas y bajo unas leyes precisas que ponen un coto a lo que pueda resultar.

El orden se percibe en todo, en la misma existencia del útero o matriz, hecho que implica una previsión, porque de la casualidad no puede surgir una matriz gracias a la cual continúe la humanidad recibiendo seres humanos iguales a su obra, pues si así fuera, la casualidad habría producido su propia contradicción: el orden.

El orden es fruto de la inteligencia; los seres inteligentes buscamos un fin en las acciones. El fin por el que las acciones se realizan dan explicación a los medios que se ponen para conseguirlo. Por lo tanto podemos decir que “todas las cosas tienen una explicación, una razón de ser, que conocida o no, lo cierto es que algo las motiva y con alguna finalidad” [4].


Y para la Iglesia ¿es chiripa o don?

La Biblia enseña que el ser humano desde el principio, es creado como varón y mujer (Génesis 1,27): el hombre, aun encontrándose rodeado de las innumerables criaturas del mundo visible, ve que está solo (Génesis 2, 20). Dios interviene para hacerlo salir de tal situación: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (Génesis 2, 18). En la creación de la mujer está inscrito, pues, desde el inicio el principio de ayuda recíproca. La mujer es el complemento del hombre, como el hombre es el complemento de la mujer. No únicamente en el ámbito del obrar, sino también en el de ser. Feminidad y masculinidad son entre sí complementarias no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo masculino y de lo femenino, lo humano se realiza plenamente [5].

La naturaleza humana exige la existencia de dos sexos; y los impulsos sexuales hacen idóneo al ser humano para engendrar.

Lo mismo que los ojos sirven para ver, las manos para tomar las cosas, la nariz para oler, la boca para hablar, de modo semejante, el sexo sirve para procrear: esta es su finalidad. Además contamos con el uso de la razón para gobernar nuestras acciones. Hay gente que no lo entiende, piensa que la vida es solamente para el placer y suprime la finalidad del matrimonio [6].

El cuerpo, en cuanto sexuado, manifiesta la vocación del hombre a la reciprocidad, esto es, al amor y al mutuo don de sí. El cuerpo llama al hombre y a la mujer a su constitutiva vocación a la fecundidad, y liga el origen de cada persona a una coparticipación con el hombre en el poder creador y en la paternidad [7].

Quien diseñó la sexualidad, también proporcionó una consecuencia extraordinaria, ser procreadores, según el orden naturalmente establecido: momentos de fecundidad y momentos de esterilidad naturales.

Nadie puede presumir de haber creado a sus propios hijos, ya que en la parte biológica del proceso ha sido poca la conciencia de su intervención: padres cultos y padres sin estudios dan a la humanidad hijos esencialmente idénticos.

En ese mismo sentido, algo revelará la enseñanza de la Iglesia al afirmar que el hijo es un don, el don más grande y el más gratuito del matrimonio, y es el testimonio vivo de la donación recíproca de sus padres [8].


Citando la fuente y el nombre del autor, se autoriza la reproducción de este artículo que forma parte del libro “SIN MIEDO A LA VIDA”, escrito por Oscar Fernández Espinosa de los Monteros
(Abogado e investigador en materias de Bioética - e-mail: oscarf@altavista.net)


[1] CHESTERTON, G. K., El amor o la fuerza del sino, Selección de textos realizada por Alvaro de Silva, Ediciones Rialp S.A., Madrid, España, 1994, pp. 252-253

[2] El óvulo tiene aproximadamente un diámetro de 0.1 mm. El citoplasma está cargado de sustancias alimenticias acumuladas, que sirven como portadoras de energía. El núcleo tiene los factores hereditarios maternos. El semen (ph alcalio) protege a los espermatozoides del ambiente ácido que existe en la vagina. Por medio de su movilidad entran al moco cervical y ayudados por contracciones uterinas alcanzan las trompas. De un promedio de 200 a 300 millones de espermatozoides, menos de 300 llegan a aproximarse al óvulo.

* Si deseas conocer más acerca de este tema, comunícate directamente con el autor del libro a la siguiente dirección de internet: oscarf@altavista.net



[3] PALAFOX MARQUÉS, Emilio, Pbro., directamente al autor.

[4] FERNÁNDEZ ALMADA, Q.B.P. Oscar, directamente al autor.

[5] Cfr. JUAN PABLO II, Carta del papa Juan Pablo II a las mujeres, 29-VI-95, nº 27

[6] DEL PORTILLO DIEZ DE SOLLANO, Álvaro, Obispo; paráfrasis de una idea suya.

[7] Cfr. GARCÍA DE HARO, Ramón, Amor y Sexualidad, folletos mc nº 515, Madrid, España, septiembre de 1990, pp. 21-23

[8] Cfr. SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción sobre el respeto a la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, Donum vitae, 22-II-87, Capítulo II, B, 8

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