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viernes, 13 de enero de 2012

Aristóteles: El Universo y Dios

Gracias a sus descubrimientos metafísicos, Aristóteles es el primer filósofo que establece vías universalmente válidas del pensamiento hacia Dios.

1. CIELOS Y TIERRA: LA IMAGEN DEL MUNDO.

Como en toda la antigüedad, también en Aristóteles la imagen del Universo es la de un todo ordenado admirable (cosmos). Las regiones del mundo son dos: la Tierra y los cielos astronómicos. La Tierra ha sido objeto de estudio en la Física; las substancias naturales son cambiantes y corruptibles; constan de elementos. En la Tierra todo es cambio. En los cielos, por el contrario, no hay el más mínimo cambio: movimiento local perfecto, circular. La astronomía antigua y moderna, hasta Johannes Kepler (1571-1630), tomaba como evidente el carácter circular de las órbitas celestes debido a la creencia implícita en que los cielos son la región de las cosas eternas.

Aristóteles no elaboró una astronomía, se limitó a adoptar las teorías vigentes en su tiempo, las cuales no pretendían describir la realidad sino tan sólo explicar las “apariencias celestes”. La Astronomía de Eudoxio de Cnido (408-355, a.C.) mejorada por Calipso de Cízico, es adoptada por Aristóteles, que la puso en estrecha vinculación con ideas metafísicas. Así cada una de las esferas o cielos, de que consta el Cosmos, es un cuerpo indestructible, hecho de una “quinta esencia” o materia sutil e incorruptible (“éter”), que está animado por un principio vital a modo de forma sustancial: una inteligencia también incorruptible. La Inteligencia que anima el primer cielo, es el Primer Motor Inmóvil, de la Física.

La Tierra se encuentra en el centro (geocentrismo) del sistema de los cielos, inmóvil. Las esferas giran en torno a la Tierra, incorruptibles y perfectas. La perfección de las esferas celestes es mayor cuanto más se alejan de la Tierra. Hay siete esferas por encima de la Tierra, que contienen 34 órbitas, esto es, sistemas orbitales, giratorios, en los que se sitúan la Luna, el Sol, y los planetas conocidos (Venus, Mercurio, Marte, más Júpiter y Saturno), finalmente, hay la órbita de las estrellas fijas, que los contiene todos. Cada movimiento orbital está equilibrado por una esfera compensatoria, que gira en sentido contrario con la misma velocidad angular, de manera que el total de esferas o orbes es de 55 o de 47. Con este modelo de “máquina de los cielos” Aristóteles sólo pretendía “explicar las apariencias”, es decir, aquello que vemos en la alternancia del día y la noche, los meses, las estaciones, etc.

El movimiento de los cielos proviene de un impulso mecánico comunicado por el Primer Motor. El Primer Motor se ocupa, él mismo, en el conocimiento de Dios. Dios no forma parte del Universo. Y “mueve” de manera figurada: la Inteligencia del primer cielo lo conoce y en su contemplación encuentra un gozo perfecto, que traduce en la comunicación a su cuerpo de un movimiento perfecto; el primer cielo, por tanto, se mueve de manera uniforme y eterna. El movimiento perfecto de los cielos alcanzando a las dos últimas esferas, experimenta perturbaciones: la inclinación del zodíaco explica la aproximación y alejamiento periódicos del Sol a la Tierra, las perturbaciones atmosféricas, los cambios de los elementos terrestres. La mecánica celeste de Aristóteles estuvo vigente hasta el siglo XVI. El único interés que tiene hoy es ver cómo el Estagirita ordenaba las sustancias por grados de perfección ascendente hasta llegar a Dios, el cual está fuera de la Naturaleza. Las inteligencias intermedias eran hipotéticas, como todo el sistema astronómico. En todo caso, reflejaban la convicción de que lo actual –lo que tiene acto– es sobre todo intelectual y tiene grados: el hombre corona el mundo físico, con una mente (noûs) capaz de conocerlo todo; por encima del hombre, con una actualidad superior, cada inteligencia es un grado, hasta llegar a Dios, Inteligencia que es Acto puro. El Neoplatonismo pseudo-aristotélico otorgaría un enorme papel a las inteligencias “separadas” al pretender que el alma de todos los hombres o incluso Dios mismo, eran alguna de aquellas sustancias perfectas, “separadas”.



2. LA EXISTENCIA DE DIOS.

2.1. Argumento general: prioridad absoluta del ser en acto sobre el ser en potencia.

Aristóteles llega a la existencia de un Dios único por la línea de la absoluta prioridad del acto sobre la potencia. Un principio netamente aristotélico, de gran trascendencia es prioridad del acto respecto al ser en potencia. El acto es “antes” que el ser en potencia, no sólo según la perfección, sino también según el tiempo, y en todos los sentidos. Por tanto allí donde se encuentre ente en potencia es preciso que haya un ser en acto, superior, que le comunique actualidad; y así siempre, hasta llegar a un Acto tal que, no teniendo potencialidad alguna, sea Acto “puro”, el Acto superior a cualquier acto; y en consecuencia, no puede ser precedido por ningún otro acto, antes bien los precede a todos, no depende de nada ni es causado, sino que todos dependen de Él. La prioridad del acto exige la existencia del Acto puro (= sin potencia), ya que la actualidad no se sostiene en la potencia sino precisamente a la inversa. Ahora bien, tal prioridad se contempla según dos ópticas: la del conocimiento y la del cambio físico en el mundo.

2.2. Argumentos basados en la prioridad absoluta de la inteligencia.

Como la primera significación de “ser en acto “ es el conocer (como el que está despierto al que duerme, como el que piensa a quien puede pensar), acto es sinónimo de perfección. La acción cognoscitiva es superior a la acción física. Cuando consideramos en acto, «vemos», pero, no lo sabemos todo: podemos saberlo todo, pero no lo sabemos todo. En la línea del acto vital, se ve una potencialidad distinta de la material: no lo sabemos todo, no lo sabemos siempre, aunque saber es perfección; esta perfección no se sostiene por sí sola, por lo tanto hay una Inteligencia en acto de entender, plena y eterna: esto es, el Acto puro, el entender de un Inteligente que entiende en plena actualidad. Es vida perfecta y eterna. Esto es el Dios de Aristóteles.

El argumento por la prioridad de la inteligencia elaborado en la época platónica, se encontraba en los escritos de juventud y presentaba diversas formas:

·a)Por el orden del mundo

El objeto de la inteligencia es el orden. Si el mundo es inteligible ha de haber un Inteligente por encima del mundo: «si alguien sentado en lo alto de la montaña troyana de Ida, hubiese visto el ejército de los helenos avanzando por la llanura en orden y disposición perfectas..., tendría la idea de que existiría un ordenador de tal orden, que mandase a unos soldados tan bien dispuestos bajo su mando... De la misma manera, los primeros que miraron el cielo y contemplaron el sol recorriendo su curso desde la aurora hasta el ocaso, y las ordenadas danzas de los astros, buscaron un Artífice de esta bella ordenación, pensando en la imposibilidad de que se hubiera podido formar al azar, y sí, en cambio, por obra de una naturaleza superior e incorruptible, que era Dios».

·b)Por los grados de perfección de los seres.

Allí donde hay un más y un menos de perfección, tiene que haber un Ser perfectísimo, un Máximo, y Éste es Dios: «Se puede afirmar que en todas partes donde hay una jerarquía de grados y, por tanto, un acercamiento mayor o menor a la perfección, existe necesariamente una cosa absolutamente perfecta. Ahora bien, como en todo lo que existe se da una gradación de cosas más o menos perfectas, por la misma razón existirá también un Ser más perfecto que todos, el cual podría ser Dios».

·c)Por la experiencia psicológica.

Aristóteles solía decir que «la idea de Dios viene en los hombres de dos fuentes distintas: en primer lugar, de las experiencias de la vida psíquica; después, de la contemplación de los cuerpos celestes. En cuanto a la primera, tiene en cuenta los influjos divinos y la clarividencia que sobreviene al sueño».

Más que en Platón, para Aristóteles es imprescindible postular alguna forma de influjo divino en el alma humana, para que ésta sea capaz de formular la idea de Ser infinito, por mucho que contemple el cielo estrellado; en efecto, si todo nuestro conocimiento deriva de la experiencia sensible, ¿de dónde proviene la idea de Dios, como Ser infinito? Ninguna sensación puede proporcionar la idea del infinito positivo.

2.3.El argumento basado en el movimiento.

Es la prueba típicamente aristotélica aunque ya la había formulado Platón. Tanto la Física como la Metafísica parten del hecho evidente del movimiento, que consideran eterno, pero andan en busca de una Causa suprema y Primera para explicarlo.

En efecto, no hay ninguna cosa en el mundo que no cambie. Ahora bien, “todo lo que se mueve, es movido por otro” (principio de causalidad). Todo movimiento requiere un motor distinto del móvil. Pero la serie de motores móviles, que se subordinen en el acto de moverse, no puede remontarse al infinito. Es necesario pararse, llegamos así a un Primer Motor que mueve todas las cosas sin ser movido él mismo. El Primer Motor es inmóvil y eterno, puesto que el movimiento cósmico es también único y eterno.

El Primer Motor de la Física aparece como una parte del mundo: comunica la rotación a la periferia suprema del Universo. Por lo tanto este Primer Motor formaría parte del mundo. Es el alma del primer cielo. Lo mueve físicamente, por impulso y contacto, de modo semejante a como el alma mueve al cuerpo. El Primer Motor es inmóvil, activo, inteligente y alma del primer cielo que circunda el Universo. Aristóteles en la Física no le da el nombre de Dios.

En la Metafísica sigue un proceso similar: partiendo de la realidad del cambio eterno en el mundo, se propone demostrar que existe una sustancia separada, inmóvil, eterna e incorruptible. Ahora ya distingue tres tipos de sustancia: las terrestres y las celestes son físicas, móviles, aunque las primeras corruptibles y las segundas no; por encima de todas ellas, hay otra, inmóvil y, por tanto, eterna, incorruptible.

El nervio de todo el argumento es el principio de causalidad: lo más no puede provenir de lo menos. «El ser no procede del Caos ni de la Noche». Como el acto es anterior a la potencia, así el motor es anterior al móvil. Y dado que en las cosas hay un cambio continuo, cíclico, de generaciones y corrupciones, ha de existir una sustancia primera, inmaterial, Acto Puro, sin mezcla de potencialidad que comunica el acto a todos los seres de modo continuo y uniforme. Si no existiera el Acto puro, siendo todas las cosas corruptibles, alguna vez dejaría todo de existir.

En suma, más allá de los movimientos y variedad de sustancias cambiantes de la Tierra, y más allá de los cuerpos celestes que comunican movimiento y vida, ha de haber un Ser que mueve sin ser movido, que es Acto y no es en potencia en ningún sentido: «Y esto es Dios», afirma (Metaph., XII, 7).



3. NATURALEZA DE DIOS.

La demostración de la existencia de Dios comporta ya el conocimiento de algunos atributos o propiedades que nos dan a conocer cómo es Dios y cómo opera. Ante todo, como es el Acto puro -- del que dependen todos los existentes, en su realidad y movimiento -- , se puede afirmar que está manteniendo en la existencia todas las cosas: «de este Principio penden el cielo y la naturaleza toda» (Metaph.,XII, 7)

En este argumento, el sistema aristotélico no depende ya de la astronomía ni de la mecánica antiguas; ha trascendido el orden físico. Si en el cosmos todo se mueve siempre, tiene que haber una Causa primera de este movimiento constante, la cual se encuentra fuera de cualquier movimiento, porque no necesita ser movida para comunicar actualidad. Es actualidad eterna, inmóvil, separada de lo sensible, inmaterial, indivisible, sin partes, sin pasividad, y , por tanto, inmutable e inalterable, incorruptible y «dotada de un Poder infinito».

El Acto puro que es Dios, es vida y felicidad perfectas: «Su actividad es como la más perfecta que nosotros somos capaces de vivir por un breve intervalo de tiempo. Es siempre feliz, cosa que para nosotros es imposible, porque su actividad es gozo (por esto, el estar despierto, la sensación y el pensamiento son sumamente placenteros, y en virtud de estos, lo son la esperanza y los recuerdos)».

Dios es vida, más aún, es la forma más alta de vida: es Acto de pensar, contemplación que nunca acaba:

«Así pues, si Dios se encuentra siempre tan bien como algunas veces nos encontramos nosotros, es admirable. Y si se encuentra mejor, todavía más admirable. Y así es. Y en El hay vida -- porque la actividad del entendimiento --; es vida y es idéntico a tal actividad. Y su actividad es, en sí misma, vida perfecta y eterna. Afirmamos, pues, que Dios es un Viviente eterno y perfecto. Así, pues, a Dios le corresponde vivir una vida continua y eterna. Esto es, pues, Dios» (Metaph.,XII, 7)

Pero la vida divina se encuentra encerrada sobre sí misma: el Acto puro de pensar no contempla nada exterior a sí, porque esto lo supondría en potencia. Conocer cosas externas a Él, sería imperfección y dependencia -- considera Aristóteles --, por tanto, no conoce nada fuera de sí mismo y en sí encuentra la plenitud de la felicidad.

El hombre y las inteligencias de las esferas pueden conocer y amar a Dios; pero El no puede amar. Para Aristóteles, lo que nosotros llamamos amor implica indigencia, deseo (orexis), potencialidad; pero el Entendimiento, que es Acto puro de ser, no puede estar en potencia respecto a nada. Por eso Aristóteles sostiene que Dios no conoce el mundo, ni los hombres. Tampoco es el Creador. Su causalidad sobre el mundo no es eficiente, sino final: “mueve como amado”, con una especie de causalidad psicológica.

escrito por Santiago Fernández Burillo
Extracto del libro S. Fernández Burillo – J. García del Muro i Solans, Història de la Filosofía, Lérida 1998, pp. 63-67 [ISBN: 84-605-8095-4]. Traducción de A. Orozco-Delclós
(fuente: www.mercaba.org)

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