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martes, 17 de abril de 2012

Adan o Cristo, Eva o María

San Pablo estableció en Romanos 5 un claro paralelismo entre Adán y Cristo. El primero introduce el pecado en el mundo. El segundo nos trae la salvación: “Si, pues, por la transgresión de uno solo, esto es, por obra de uno solo, reinó la muerte, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia reinarán en la vida por obra de uno solo, Jesucristo” (Rom 5,17).

Igualmente conocemos que desde muy temprano los cristianos supieron ver la obvia relación entre la Eva del Génesis y la Virgen María del Nuevo Testamento. Así, san Justino Mártir escribe: “Porque Eva, cuando era todavía virgen e incorrupta, habiendo concebido la palabra que recibió de la serpiente, dio a luz la desobediencia y la muerte: en cambio, la virgen María concibió fe y alegría cuando el ángel Gabriel le dio la buena noticia de que el Espiritu del Señor vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra, por lo cual lo santo nacido de ella seria hijo de Dios; a lo que ella contestó: «Hágase en mi según tu palabra» (Lc 1, 38). Y de la Virgen nació aquel al que hemos mostrado que se refieren tantas Escrituras, por quien Dios destruye la serpiente y los ángeles y hombres que a ella se asemejan, y libra de la muerte a los que se arrepienten de sus malas obras y creen en él“.

San Ireneo de Lyon es aún más explícito: “Y así como por obra de una virgen desobediente fue el hombre herido y —precipitado— murió, así también, reanimado el hombre por obra de una Virgen, que obedeció a la Palabra de Dios, recibió él en el hombre nuevamente reavivado, por medio de la vida, la vida. Pues el Señor vino a buscar la oveja perdida, es decir, el hombre que se había perdido. De donde no se hizo el Señor otra carne, sino de aquella misma que traía origen de Adán y de ella conservó la semejanza. Porque era conveniente y justo que Adán fuese recapitulado en Cristo, a fin de que fuera abismado y sumergido lo que es mortal en la inmortalidad. Y que Eva fuese recapitulada en María, a fin de que una Virgen, venida a ser abogada de una virgen [Eva], deshiciera y destruyera la desobediencia virginal mediante la virginal obediencia” (AH III,22,4).

Nada ha cambiado desde el “Fiat” de María al ángel Gabriel, que anula el “sí” de Eva a Satanás, y desde el “Hágase tu voluntad y no la mía” de Cristo al Padre en Getsemaní, que nos libra de la condenación por el “no” de Adán a la voluntad de Dios. Hoy, hombres y mujeres tenemos dos opciones. O decimos sí a Dios y a la santidad o decimos sí a Satanás y el pecado. San Justino habla del resultado de una elección equivocada: “En efecto, el Espiritu Santo reprende a los hombres porque habiendo sido creados impasibles e inmortales a semejanza de Dios con tal de que guardaran sus mandamientos, y habiéndoles Dios concedido el honor de llamarse hijos suyos, ellos, por querer asemejarse a Adán y a Eva, se procuran a sí mismos la muerte“.

En este día de la Inmaculada Concepción, fiesta de la gracia divina derramada sobre la Madre del Señor, estamos todos llamados a seguir el ejemplo de Aquella que no temió las consecuencias de unir su voluntad a la de Dios. Siendo virgen habría de quedarse embarazada, con los peligros que ello supondría de ser repudiada, no sólo por su prometido, José, sino por toda la sociedad de entonces. Sin embargo, María no optó por la cultura de la muerte. No optó por el aborto o por la huida. Optó por la vida y por ello se convirtió en Trono de la Vida, en nueva Arca de la Alianza, en Árbol de cuyo Fruto, Jesucristo, obtenemos la salvación: “Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, Jesús“.

¿De quién quieres ser hijo? ¿De Eva o de María? ¿del primer Adán o del Salvador? Acojámonos a la intercesión de la Madre de Dios que nos lleva a su Hijo, cuyo nombre es el único dado a los hombres para que puedan ser salvos.

Dios te salve María, Llena eres de gracia, Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, Ruega por nosotros pecadores, Ahora y en la hora de nuestra muerte,

Amén.

escrito por Luis Fernando Pérez
(fuente: www.infocatolica.com)

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