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jueves, 7 de enero de 2016

El silencio de uno mismo

De la fidelidad al amor de Dios

Dijimos que el silencio del espíritu podría escribirse con “E” mayúscula. Es decir, es el silencio que el Espíritu Santo produce en mí. Es una acción suya en mi vida, en mi alma. Es Dios quien provoca este silencio del espíritu. En el capítulo anterior hablamos del silencio de las criaturas. Es decir, aquel silencio que se hace presente en nuestro espíritu cuando las criaturas, permitidas por Dios, dejan de hablarme. Ahora reflexionaremos sobre el silencio de uno mismo, es decir, el silencio que Dios produce en nuestra realidad personal con el fin de lograr que mis gustos sean los de Dios y mi meta sea Dios.

Repetidas veces habremos meditado y afirmado las palabras de Santa Teresa de Jesús: “quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”; o las del Hermano Rafael: “solo Dios, solo Dios, solo Dios”. O quizá nos hemos dirigido al Señor con expresiones como “Señor, contigo todo lo puedo”. Me pregunto, ¿son verdad en nuestra vida estas expresiones? ¿Qué significa ese “nada” me falta, si tengo a Dios? ¿O ese “todo” lo puedo, si estoy con Dios? El silencio de uno mismo pretende que mi vida se reduzca a “solo Dios, solo Dios”.


Silenciar los gustos

El silencio de uno mismo implica que Dios silencie nuestro gusto. Ese “nada” me falta implica que no me hace falta tener gustos personales. ¿Cómo es posible esto?, ¿no significa eso un despersonalizarme? Parecería que una persona que no tiene gustos es alguien sin personalidad propia. No, esto no es correcto.

Veamos un ejemplo concreto. Si a mí solamente me gustan la manzana y la pera, cuando entro en un supermercado solamente me beneficiaría de los estantes donde están expuestas esas dos frutas. En cambio, si me gustan todas las frutas todo el supermercado es un beneficio para mí. Dios, “solo Dios” quiere ser mi supermercado. Él solo quiere ser para mí, pues es el modo que “todo sea para mí”. Si permaneciera en mis gustos y no me abriera a todos los demás gustos me empobrecería en posibilidades y riquezas. “Solo Dios, solo Dios” es toda la riqueza. Y en su amor Dios me hace participar de todos sus gustos aunque eso implique que Él deba silenciar mis gustos. Atentos, silenciar, no renunciar a ellos. Se trata de ampliar, de añadir más gustos, no de cambiar unos por otros.


Llegar a "ampliar nuestros gustos"

Perdonen el ejemplo tan banal. Volvamos al ejemplo de las frutas. Un niño está formando sus gustos. Le gusta mucho la manzana y la pera. Cuando le ofrecen por primera vez un plátano, dado que no conoce su sabor, es posible que lo rechace; y seguramente que lo hace si al lado tiene manzanas y peras. En cambio, “silenciarle”, es decir, no tener a mano manzanas y peras le permite probar el durazno y, en consecuencia, ampliar sus gustos. Así hace el Señor con nosotros a fin de enriquecernos con la totalidad de sus gustos.

Esta capacidad de ampliar el gusto propio hasta llegar al gusto de Dios, que es el gusto de todo, es lo que el Señor Jesús vivió en Getsemaní. En cuanto hombre, Cristo disfrutó del gusto de tener una madre tan hermosa como María, y de un padre tan fiel y justo como José. Más tarde el Padre le hizo silencio de estos gustos y le abrió el gusto hacia unos apóstoles, rudos, algo tercos, pero buenos y nobles. En el huerto de los Olivos, el Padre silencia el gusto de estos apóstoles y le ofrece el sabor de un nuevo cáliz. Ahí contemplamos la humanidad de Jesús que se aferra a los gustos conocidos y desea no gustar del sabor del cáliz que le presentan. Pero Él se deja moldear y acepta el cáliz que le presenta el Padre y bebe de él. Entonces, con el Padre, “todo lo puede”. Cuando se pierde el gusto por las cosas buenas, es muy probable que sea el buen Dios quien esté silenciando nuestros gustos espirituales para alcanzar la totalidad de los gustos, es decir, el gusto por el “solo Dios, solo Dios”.


El gusto por la santidad

De entre todos los gustos espirituales destaca uno: el gusto por la santidad y la perfección. Debemos reconocer que no es fácil gustar y desear la santidad. Dios Padre nos lo concede, ordinariamente, desde los primeros años de vida consagrada o cuando hemos avanzado en la vida interior. Y trabajamos con entusiasmo en ella. Pasan los años y nos damos cuenta que no es tan fácil alcanzarla. Es frecuente que venga un cierto desencanto y desilusión. En este momento se entrecruza el posible hastío humano con una acción sublime y silenciosa de Dios, una acción totalmente necesaria para el progreso del alma.

Nuestra búsqueda de la perfección es sincera, como es sincero el amor del hijo hacia sus padres cuando se esfuerza por ser obediente y sacar buenas notas en el colegio. Así también al inicio del camino de perfección buscamos ser fieles a nuestros compromisos y deberes de vida espiritual y religiosa, por no faltar a las virtudes esenciales del cristiano y de la persona consagrada. Pero, como hemos dicho, llega un momento en que tomamos conciencia de que no siempre somos tan fieles y, además, que esa fidelidad no es suficiente.


Dios lo pide todo

Dios nos pide perfección: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial”. En efecto, pero la verdadera perfección es la de Dios, no la nuestra. Por eso, Dios tiene que dar un paso en nosotros. Igual que en el amor humano de las expresiones externas de amor se va pasando a expresiones más afectivas, de confidencialidad, de intuición espiritual, así Dios nos lleva desde nuestra perfección humana, basada en la fidelidad, a la perfección de Dios, basada en el amor. De la fidelidad, sin dejar de ser fiel, al amor.

Cristo, como el Padre, siempre fue perfecto. Eso significa que, de niño, fue perfecto durante los treinta años de Nazaret. Luego la perfección no depende de la función que uno tiene o de las obras que uno realiza. Cristo fue perfecto también en su pasión en cruz, aunque en esas horas Cristo llegó a pedir al Padre que le retirara ese cáliz y le preguntó porqué le había abandonado; en esas horas no aguantó por tres ocasiones el peso de la cruz, que Dios permitió, ni se gozaba con la voluntad del Padre; en esas horas él fue causa de dolor en el corazón de su Madre y motivo para que sus discípulos se dispersaran. Y podríamos decir muchas cosas más. En consecuencia, perfección es también quejarse a Dios del mal que vivimos, sentirnos al límite del cansancio y dolor humano, ser causa de lágrimas para los demás y carga para los que nos rodean. ¿Cómo es posible esto?


Conclusión

Solamente se entenderá si Dios produce en nuestro corazón el silencio de la perfección. El silencio de una perfección humana externa, solamente basada en la fidelidad. Y logra elevarnos a una perfección que solamente es amor. Y porque es amor se es fiel. No solamente ser fiel “por” amor; sino ser, como Dios Padre, amor: amor cuando se vive la fidelidad y amor también cuando, por algún motivo, no se alcanza dicha fidelidad.

Hace unos momentos recordé cómo Cristo desde la cruz preguntó al Padre el porqué le había abandonado. Este silencio es el de la fe y confianza en Dios. “Yo soy la luz”, se definió Él mismo. En verdad, Dios es la luz de nuestra vida; buscamos su luz para que ilumine acontecimientos, personas y nuestro propio interior. Pero la perfección que Dios quiere participarnos es superior a este uso que hacemos de la luz que Él nos otorga. Su luz es amor y ve que nuestro amor quiere su luz para beneficio nuestro. Sería como si una mujer quisiera que su esposo le fuera bien en el trabajo para poder ella disfrutar del dinero que gana. Así nos pasa cuando buscamos la luz de Dios para ver mejor nosotros. ¿Qué hace Dios?

Él es amor. Él nos da con abundancia, más aún con totalidad. Nos regala con totalidad tan plena su luz que, ante tanto resplandor, nos sentimos ciegos de fe, de confianza y de amor humano. Cristo, en la cruz, a la vez que se siente abandonado por Dios, lo llama con plena certeza, confianza y amor “Padre”. Así Él, con su luz, nos hace capaces de creer sin sentir fe, de confiar sin sentir confianza y de amar sin sentir amor.

Concluyo: “solo Dios basta” significa que nada necesito, “nada me falta”. Es decir, teniendo la luz de Dios, ¿qué importa vivir en la oscuridad?

escrito por P. Juan Carlos Ortega, L.C.
(fuente: www.la-oracion.com)

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