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sábado, 13 de agosto de 2011

¿Cómo es el amor de Dios?

Redacción (Lunes, 01-08-2011, Gaudium Press) La palabra amor en el mundo actual encierra desde los más viles hasta los más nobles sentimientos del hombre. Todos son capaces de amar. En nuestro cotidiano esta facultad se direcciona a diversas criaturas. Se ama a los familiares, vecinos y amigos, se ama hasta incluso los animales domésticos y objetos inanimados.

Ahora, si el hombre es capaz de amar, ¿qué se dirá de Dios? Y de hecho, Dios no posee propiamente amor; en verdad, como escribió San Juan, "Dios es amor" (1 Jn 4,6), pues el propio ser de Dios es Amor. Por tanto, esta frase no es solamente poética, sino que en ella se encuentra un enigma, una verdad teológica con una profundidad insondable explicada en términos por el catecismo de la Iglesia.



El amor del hombre semejante al amor de Dios

Para comprender algo del amor divino, es necesario antes definir el amor humano. Santo Tomás de Aquino enseña que, por más que sintamos el pecho latir más intensamente, el amor no es solo un sentimiento expresado por el corazón [1]; amar no es permanecer largas horas pensando en una persona e imaginando situaciones. "Amar" tampoco es simplemente un "verbo transitivo directo", como refería un escritor brasileño, ni incluso la simple inyección de la hormona dopamina...

No solamente la ciencia, la poesía y la literatura son capaces de decirnos algo sobre el amor. La teología enseña que en el fondo, amar es querer el bien del otro. Es el primer movimiento de la voluntad humana. Cuando queremos algo, amamos. Nuestro apetito, nuestra voluntad tiende sobre todo al bien, porque el amor se caracteriza por entender el bien existente en las criaturas, admirar y tener la voluntad de poseerlo; esto es tener benevolencia, es querer bien.

Así, amar es un acto de la inteligencia y la voluntad humana que muchas veces es corroborado por nuestra sensibilidad. San Agustín afirma que "la consumación de todas nuestras obras es el amor. Es en él que está el fin: es hacia la conquista de él que corremos; corremos para llegar allá y, una vez llegados, es en él que descansamos". [2]

Cuando poseemos lo que amamos tenemos alegría y placer. Cuando éste bien amado no está a nuestro alcance, poseemos deseo y esperanza. El amor es más verdadero cuanto más es racional, por eso, cuanto más se conoce, más se ama.

De la misma manera que el verdadero amor humano, el amor de Dios jamás es irracional, como, a veces, se encuentra nuestro amor, cuando es manchado por el egoísmo. En Dios no existe pasión como la que es capaz de arrastrarnos a perder el control de nosotros mismos, cuando deseamos algo fuera de la voluntad de Dios y perdemos la razón. Este es un amor imperfecto.

Ahora, si Dios es omnisciente, se diría que ama todas las cosas con la máxima intensidad posible. Semejante al nuestro, el amor de Dios se caracteriza por querer para lo amado aquello que es bueno, pero de modo enteramente racional. Es el amor máximamente perfecto.



Amor creador

Como enseña el libro del Génesis, el Universo fue creado por Dios según su sabiduría y no es solo fruto de un destino ciego o del acaso. En verdad, todo el universo procede de la voluntad libre de Dios, que quiso hacer las criaturas participantes de su Ser, su sabiduría y su bondad (Cf. Sb 9,9). La Iglesia enseña que el amor de Dios tiene una peculiaridad: infunde y crea la bondad en las criaturas [3]; por eso, "este mundo fue creado y continúa siendo conservado por el amor del Creador".[4]

El amor de Dios no se direcciona a algo apenas por aquello ser bueno, sino en verdad todo aquello que existe de bello y bueno en la Creación, existe porque Dios lo amó antes de crear, o sea, el amor de Dios es creador, crea porque ama. Por esta razón, todo lo que existe fue amado por Dios: el mar, las montañas, las florestas, los animales, el Cielo, inclusive el infierno y el demonio. Dios amó sobre todo al hombre haciéndolo rey de la creación, capaz de retribuir este amor divino.

De hecho, el amor de Dios desea reciprocidad. Todavía, aunque no exista gratitud el amor de Dios no cesa, pues es gratuito. La benevolencia de Dios es infinita, sin límites. Santo Tomás de Aquino enseña que este amor divino a los hombres tiene dos características esenciales: por la fuerza de unión, quiere unirse a nosotros, dándose a sí mismo, viviendo en nosotros a través de la gracia; y en virtud de la cohesión, quiere perfeccionar a quien Él ama, quiere ayudarnos en nuestros dolores, en nuestras caídas, Él quiere santificarnos [5].

Por esta razón, el amor de Dios al hombre no se manifiesta solo en las cosas visibles, ni siquiera en los alimentos y los bienes de este mundo. Este amor quiere comunicar el mayor bien de la creación que es la gracia, o sea, la participación en su vida bienaventurada, que nos hace semejantes a Él y nos da la posibilidad de conocerlo y amarlo [6]. Dios quiere conversar con el hombre, consolarlo en sus aflicciones, compartir su alegría infinita, quiere ser nuestro padre, amigo y hermano.



¿Dios ama más a unos que a otros? [7]

Debido a la mentalidad moderna, esta pregunta puede herir a los defensores del igualitarismo completo, que quiere restringir a esta ley utópica incluso hasta el amor del Creador, diciendo que su amor es idéntico a todos los hombres fundamentalmente iguales.

Es verdad que como acto propio de Su voluntad, Dios ama todas las cosas igualmente, pues una sola es su voluntad, por la cual ama como con el mismo ‘instrumento' a todos los hombres.

Creación.jpgDios puede amar, sin embargo, más intensamente queriendo un bien mayor a uno que a otro. Como la voluntad y el amor de Dios son la causa de la bondad en las criaturas, Dios ama ciertas cosas más que otras, pues algunas son más perfectas que otras. Cuanto más excelente es una criatura más fue amada por Dios [8], por eso, "los mejores son más amados por Dios" [9].

Así, una planta fue más amada que una piedra, pues posee vida. Un hombre más que el animal, porque posee inteligencia. Un hombre puede haber sido más amado por Dios que otro, por esta razón algunos poseen más fuerza, inteligencia, belleza o dotes naturales que otros.

Además, cuanto más el hombre posee la gracia y dones sobrenaturales más es amado por Dios, pues, "el bien sobrenatural de un solo individuo está encima del bien natural de todo el universo" [10]. Por esta razón, caso fuese posible reunir la gracia como una gotita de agua, esta valdría más que todo el oro del mundo, más que todos los astros y seres visibles. Es la misma razón, que hace concluir que un santo es la criatura de Dios más amada del Universo.

Un alma santa posee la gracia de Dios y responde con amor y adoración a la benevolencia divina. Por esto, Dios manifiesta su poder para el bien de los hombres a través de almas bienaventuradas que se entregaron enteramente al amor del Creador. La criatura más amada por Dios fue María, la Virgen llena de gracia, "hija bien amada del Padre Eterno".



El amor de Dios a los pecadores

Ni siquiera el pecado es un límite para este amor. Se diría que Judas al traicionar al divino Maestro, cometiendo el mayor crimen de la Historia al cambiar por treinta monedas la vida de Jesús, había perdido cualquier capacidad de ser objeto del amor divino.

Entretanto, como nos lo recuerda San Bernardo, si Judas después de su crimen horrendo hubiese implorado el amor de Dios, habría sido perdonado. Si él hubiese recurrido a Nuestra Señora, sería hoy venerado entre los Apóstoles de la Iglesia. De hecho, ni el deicidio es un límite para el amor divino. Este amor de Dios quiere nuestro bien, quiere santificarnos. Dios ama al hombre, aunque haya caído "bajo la esclavitud del pecado" porque este amor omnipotente puede sobreponerse hasta a las peores infidelidades.

Leemos en la Biblia que Dios manifestó por los profetas un gran amor al "pueblo elegido". El amor de Dios es eterno, pues "los montes pueden cambiar de lugar y las colinas pueden sacudirse, pero mi amor no cambiará" (Is 54,8-10; Jr 31,3). El amor de Dios es comparado al amor de un esposo por su bien amada. Este amor es más fuerte que el amor de un padre, o incluso de una madre, por sus hijos; pues así como el padre del hijo pródigo lo perdonó, cuando el pueblo de Israel se alejaba de este amor, Dios los perdonaba en sus infidelidades y los galardonaba de bienes [11].



La cumbre de la manifestación del amor de Dios

Este Amor por la humanidad - aunque pecadora - culmina en la Encarnación de Jesús, pues "Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único" (Jn 3,16).

El Divino Maestro manifestó este amor de Dios en diversas parábolas como la de la moneda perdida, el banquete a los lisiados, el samaritano, el publicano, y sobre todo en la parábola del hijo pródigo y de la oveja perdida. Jesús es el pastor que se alegra más con el encuentro de una oveja perdida, es como el padre que encuentra a su hijo perdido.

Por esta razón, el pecador jamás debe perder la confianza en este amor infinito del Creador demostrado por la pasión y muerte de Jesús en la Cruz [12]. Jesús sería capaz de entregarse por un solo hombre a todos los suplicios del Calvario. Como una vez Jacob sacrificó a su único y amado hijo Isaac, Dios Padre entregó a Cristo en rescate de todos los hombres.

De tal manera Dios es amor, que la relación que existe entre las personas de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo es sobre todo de amor. Amor eterno sin comienzo, ni fin. Enseña el Catecismo que "al enviar, en la plenitud de los tiempos, a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo: Él mismo es eternamente intercambio de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos destinó a participar de esta convivencia" [13]. A través de la gracia de Dios somos capaces de amarlo como Él mismo se ama. Dios como que nos presta su propia capacidad de amar.



El amor de Dios en nuestra vida

Es este amor el que mueve al cristiano a practicar los mandamientos de Dios y a soportar todos los sufrimientos de la vida presente. Es la firme convicción de este amor de Dios por cada hombre, aunque pecador, el que nos hace querer conocer los misterios insondables de la Fe y ser firmes en los propósitos de santidad.

Por esta razón, los santos son la más perfecta imagen del amor divino, pues corresponden a este amor. Almas ardientes de caridad divina reflejan este amor en la benevolencia para con el prójimo. Como los mártires, son capaces de entregar sus vidas y abandonar todas las cosas terrenales por causa de este amor.A este amor todos los cristianos son llamados, pues la santidad es un camino universal, para todos los hombres, para usted, que lee este artículo.

Garrigou-Lagrange enseña que "el amor de Dios para con nosotros es, pues, un amor de benevolencia y amistad, amistad tanto más generosa cuanto más pobres nosotros seamos" [14]. Qué confianza el cristiano debe tener en este amor Divino, especialmente en las amarguras y dificultades de la vida presente.

escrito por Marcos Eduardo Melo dos Santos

[1] S. Th. 1,20,1.
[2] Santo Agostinho, In epistulam Iohannis ad Parthos tractus 10, 4: PL 35, 2056-2057.
[3] S. Th. 1,20,2.
[4] II Concílio do Vaticano, Const. past. Gaudium et spes, 2: AAS 58 (1966) 1026.
[5] S. Th. 1,20,1, ad.3.
[6] II Concílio do Vaticano, Decr. Ad gentes, 2-9: AAS 58 (1966) 948-958.
[7] Super Ioannes. Tract 110: ML 35,1924.
[8] S. Th. 1,20,3.
[9] S. Th. 1,20,4.
[10] S. Th. 1-2, 113,9 ad 2.
[11] CCE, 218
[12] II Concílio Vaticano, Const. past. Gaudium et spes, 2: AAS 58 (1966) 1026.
[13] Catecismo da Igreja Católica, 221.
[14] GARRIGOU-LAGRANGE, R. Dios. La naturaleza de Dios. Tradução José San Román Villassante. 2 ed. Madrid: Palabra, 1980. p. 90.

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