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sábado, 23 de abril de 2011

Acerca de LA BENDICIÓN DEL FUEGO

La bendición del nuevo fuego es, sin duda, la sacralización de una necesidad, la necesidad que antiguamente había de reanimar la luz para los oficios, dado que habían sido extinguidas las lámparas tras el lucernario. Pero en esta bendición del nuevo fuego lo mismo que en la bendición del cirio pascual y en la bendición del agua bautismal, hemos de ver los efectos de la redención. El mundo adquiere ya una nueva faz, la criatura infrahumana recupera su sitio, vuelve a integrarse en la unidad, deja de ser enemiga, y recobrando el sentido de servicio, se convierte de nuevo en instrumento de gracia.

Este rito de la bendición del nuevo fuego es como una especie de teatro de mimo representado ante los ojos del catecúmeno, que desde muchos días atrás viene esperando la iluminación. El Señor duerme en el sepulcro, pero el profeta Oseas escribía: "Oh muerte, yo seré tu muerte; país de los muertos, yo seré tu aguijón" (Oseas 13. 14. antífona 1ª de las Vísperas del sábado santo). Cristo se apropia estas palabras convirtiéndolas en realidad, y los Laudes de esta mañana han recordado a todos que era forzoso esperar la victoria del que había dicho: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré" (Jn 2, 19). Ese Señor que así duerme será el dueño victorioso del mundo. La Iglesia ha hecho que, al final del oficio de Vísperas de este sábado, canten sus fieles un pasaje de la epístola a los Filipenses que, unido a los dos versículos que inmediatamente le siguen, es como la carta de resurrección del Señor: Cristo, por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz; por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el "Nombre-sobre-todo-nombre". De modo que al Nombre de Jesús toda rodilla se dobla -en el cielo, en la tierra, en el abismo-, y toda lengua proclame: "¡Jesucristo es Señor!", para gloria del Padre (Flp 2, 08-11).

A Cristo Señor se le ha dado, pues, el imperio sobre el universo. La carta a los Filipenses subraya esta soberanía del resucitado sobre las criaturas del cielo, de la tierra y sobre las que están por debajo de la tierra.

En la epístola a los Colosenses quiere san Pablo afirmar otra vez este imperio absoluto de Cristo vencedor de la muerte, y escribe: Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes, terrestres, visibles e invisibles. Tronos, dominaciones, principados, potestades, todo fue creado por él y para él. El es anterior a todo, y todo se mantiene en él (Col 1, 15-17).

La epístola a los Efesios afirma el mismo imperio sobre el cosmos: ...Dios... resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro (Ef 1 20-21).

Es muy interesante ver cómo insiste san Pablo en este triunfo de Cristo y en su imperio sobre la creación entera. El misterio de la Pascua renueva ese imperio. Es cosa normal y lógica. El hombre fue colocado en el mundo y llamado a adjudicar un nombre a las criaturas destinadas a servirle. Al adquirir el hombre una existencia nueva en la línea del servicio de Dios, es preciso que las criaturas que existen a su alrededor y fueron creadas para él, sean renovadas también ellas y vuelvan a ponerse a servir, para que el hombre pueda ser su administrador y les haga consentir en la gloria divina. El que ahora se hace servidor del hombre es el fuego, "este nuevo fuego que para nuestro uso hemos hecho brotar del pedernal", y que se convierte en servidor de Dios: él debe contribuir a que Dios "encienda en nosotros deseos tan santos que podamos llegar con corazón limpio a las fiestas de la eterna luz" (Oración de la bendición del nuevo fuego). Es un nuevo comienzo de la vida.

El nuevo fuego es asperjado en silencio, después se toma parte del carbón bendecido y, colocado en el incensario, se pone incienso y se inciensa el fuego tres veces. Mediante este sencillo rito reconoce la Iglesia la dignidad de la creación que el Señor rescata. Pero la cera, a su vez, resulta ahora una criatura renovada. Se devolverá al cirio el sagrado papel de significar ante los ojos del mundo la gloria de Cristo resucitado. Por eso se graba en primer lugar la cruz en el cirio. La cruz de Cristo devuelve a cada cosa su sentido. El canon de la misa romana expresa bien esta universalidad del gesto de la redención, cuando dice: "Por él (Cristo) sigues creando todos los bienes, los santificas, los llenas de vida, los bendices y los repartes entre nosotros". Al grabar la cruz, las letras griegas Alfa y Omega también las cifras del año en curso, el celebrante dice: "Cristo ayer y hoy. Principio y Fin. Alfa y Omega. Suyo es el tiempo. Y la eternidad. A él la gloria y el poder. Por los siglos de los siglos. Amén". Así expresa el celebrante con gestos y palabras toda la doctrina del imperio de Cristo sobre el cosmos, expuesta en san Pablo. Nada escapa de la redención del Señor, y todo, hombres, cosas y tiempo están bajo su potestad.

Puede pensarse que, desde el punto de vista pastoral, la restauración que se ha hecho de estos ritos, antiguos unos y otros únicamente locales, no ha sido muy afortunada por dar lugar en la celebración a un tiempo muerto en el que escasamente se ve estimulada la participación de los fieles. Se está a obscuras, apenas se ve, los gestos y las fórmulas que se pronuncian son secas y fragmentarias. No obstante, acabamos de ver las riquezas doctrinales contenidas en tal restauración. En la última reforma se ha dejado una gran libertad, y pueden omitirse estos ritos o elegir uno u otro. Se ha creído conveniente conservar aún los cinco granos de incienso, cuyo origen proviene de una mala lectura de un texto latino, al haber confundido el lector la palabra "incensum", que significa "encendido" y se refiere al cirio, con "incienso", que es otro significado de la misma palabra. Esta confusión dio origen a los "granos de incienso", que han pasado a significar simbólicamente las cinco llagas de Cristo: "Por sus llagas santas y gloriosas nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor".

Las palabras expresan bien el misterio de muerte gloriosa. Quizá este simbolismo bastante remoto pudiera desaparecer sin gran perjuicio para una liturgia rica ya por otra parte y que no conviene obstaculizar, si se quiere que los fieles se dejen marcar por los rasgos fundamentales del misterio pascual.

Termina el celebrante esta preparación, diciendo al encender el cirio pascual con el fuego nuevo: "La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu".

Tras el cirio encendido que representa a Cristo, columna de fuego y de luz que nos guía a través de las tinieblas y nos indica el camino a la tierra prometida, avanza el cortejo de los celebrantes. Se escucha el primer "Lumen Christi", Luz de Cristo. Se avanza un poco y, cuando el celebrante acaba de encender en el cirio pascual su propia vela, el diácono vuelve a cantar en tono de voz más elevado: "Luz de Cristo"; y se responde: "Demos gracias a Dios". Entonces se encienden en el cirio pascual las velas del clero.

Vuelve a avanzar el cortejo y, llegados ante el altar, proclama el diácono por tercera vez: "Luz de Cristo". Y entonces se encienden en el cirio recién bendecido las velas de los fieles y las lámparas de la iglesia.

Hay que vivir estas cosas con alma de niño, sencilla pero vibrante, para estar en condiciones de entrar en la mentalidad de la Iglesia en este momento de júbilo. El mundo conoce demasiado bien las tinieblas que envuelven a su tierra en infortunio y congoja. Pero en esa hora, puede decirse que su desdicha ha atraído la misericordia, y que el Señor quiere invadirlo todo con oleadas de su luz. Los profetas habían prometido ya la luz: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande", escribirá Isaías (Is 9, 1; 42, 7; 49, 9). Pero la luz que amanecerá sobre la nueva Jerusalén (Is 60, 1 ss.) será el mismo Dios vivo, que iluminará a los suyos (Is 60, 19) y su Siervo será la luz de las naciones (Is 42, 6; 49, 6). San Pablo termina su discurso ante el rey Agripa diciendo cómo Moisés y los profetas habían anunciado "que el Cristo había de padecer y que después de resucitar el primero de entre los muertos, anunciaría la luz al pueblo y a los gentiles" (Hch 26, 23). El propio Jesús hace saber lo que quieren decir sus milagros y, especialmente después de curar al ciego, exclama: "Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo" (Jn 9,5). San Juan, en el prólogo de su evangelio, vio a Cristo como "la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo" (Jn l, 9). Es emocionante comparar esta hora que vive la Iglesia al presente, con la que vivió con su Cristo cuando Judas salió del cenáculo después de la Cena: "Era de noche", apunta san Juan (Jn 13, 30), y Cristo había dicho en su prendimiento: "Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas (Lc 22, 53). Ahora la Iglesia contempla la luz: "El es la luz", escribe san Juan, y "en él no hay tiniebla alguna" (1 Jn 1, 5).

El catecúmeno que participa en esta celebración de la luz sabe por experiencia propia que desde su nacimiento pertenece a las tinieblas; pero sabe también que Dios "le llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa" (l Pe 2, 9). Dentro de unos momentos, en la pila bautismal, como escribe san Pablo a los Efesios, "Cristo será su luz" (Ef 5, 14) Se va a convertir de tiniebla que es, en "luz en el Señor" (Ef 5, 8). Arrancado de las tinieblas e incorporado a la Iglesia, será transferido al Reino del Hijo y compartirá la herencia de los santos en la luz (Col l, 12).

Ahora les resta a todos los fieles que están presentes y cara a cara con la luz, elegirla de nuevo o rechazarla. Ninguna celebración litúrgica por pastoral, emotiva y significativa que pueda ser forzará a los fieles, y, ante Cristo resucitado, existe siempre la división entre "los hijos de este mundo" y "los hijos de la luz" (Lc 16, 8). La cuestión es siempre creer concretamente en la luz para ser hijos de la luz (Jn 12, 36). Mediante la lucha caminan los fieles hacia la Jerusalén celestial. En el Apocalipsis señala san Juan que Jerusalén puede pasarse sin el resplandor del sol y de la luna, porque la ilumina la gloria de Dios y la lámpara del Cordero (Apoc 21, 23). El diácono se acerca ahora al celebrante para pedirle su bendición antes de proclamar el pregón pascual. Después inciensa el libro en que está escrito el texto del Exultet, y a continuación inciensa el cirio pascual alrededor. Seguidamente entona el pregón pascual denominado clásicamente "Laus cerei".

La palabra "Exultet" con que empieza el el pregón y que en realidad afecta sólo al prólogo, ha dado nombre a la pieza entera, que también es llamada "praeconium paschale", proclama, pregón. Primero anuncia el diácono a todos la alegría de la Pascua, alegría del cielo, de la tierra, de la Iglesia, de la asamblea de los cristianos. Esta alegría procede de la victoria de Cristo sobre las tinieblas.

Tras esta primera parte, que lo mismo que su continuación era a menudo improvisada sobre el tema de la resurrección, el diácono entona la gran Acción de gracias. Su tema es la historia de la salvación resumida por el poema: recuerda la redención que redimió el pecado de Adán, rememorando luego las figuras de esta redención: el Cordero pascual, el Mar Rojo, la columna de fuego. En esta noche se da la salvación y Cristo alcanza su victoria. Entonces el diácono expresa, en términos aún más poéticos, lo que acaba de cantar y ensalza la venturosa noche en que se rompen las cadenas de la muerte, noche de la condescendencia de Dios para con nosotros, noche de la inestimable ternura de su amor, pues para rescatar al esclavo entregó a su propio Hijo; canta el diácono a la "feliz culpa", feliz por haber tenido tan augusto redentor. Después canta el diácono al cirio mismo que la Iglesia toda ofrece. Que este cirio arda sin apagarse, y que el lucero matutino (que es Cristo) que no conoce ocaso, al salir del sepulcro lo encuentre ardiendo todavía.

Una tercera parte consiste en una oración por la paz, por la Iglesia en sus jefes y en sus fieles, por los que gobiernan los pueblos, para que todos lleguen a la patria del cielo. Esta bellísima pieza lírica -cuyo autor quizá pudiera ser san Ambrosio de Milán-, aunque al comienzo de su canto arrebate a menudo a los fieles sorprendidos además por la impresión de la noche iluminada por el fulgor vacilante de las velas, en nuestra época apenas puede ya impresionarles con su doctrina. No sólo la lengua latina (como sucedía antes) sino también la profusión de figuras, la excesiva condensación de los temas y un lirismo desfasado respecto a nuestra actual manera de reaccionar convierten esta pieza valiente, que requiere una sólida voz en el diácono, en un lapso un tanto prolongado en el que los fieles, después del clarinazo del Lumen Christi, se quedan un poco como con hambre y corren peligro de cansarse, cuando se está sólo en los primerísimos comienzos de la celebración del misterio pascual.

Con sentimiento por tratarse de tal obra maestra, hay que decir que una futura reforma debería acortar su longitud y encontrar unos términos más de acuerdo con la mentalidad actual. Aquí es donde hace falta encontrar pastores autorizados y armados de valor para sacrificar algo que está teológicamente construido y artísticamente compuesto, en favor de una adaptación que podrá resultar tanto más hermosa cuanto que dé a un nuevo canto en la lengua usual un valor pastoral real. Nada puede ser verdaderamente hermoso si no es funcional; este principio es tan cierto en liturgia como en arquitectura. No hay que vivir ni del pasado ni del porvenir, sino del presente.

(fuente: www.mercaba.org)

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