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lunes, 25 de noviembre de 2013

Orar en el Espíritu Santo


"No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. "El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios... Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Cor 2,10-11). Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo porque es Dios" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 152).

En la oración es muy importante y necesario tener presente el "dulce huésped del alma", el Espíritu Santo. Nuestra oración, como cristianos, debe ser una oración "en el Espíritu". A veces tenemos un poco de miedo de dejarnos llevar por Él. Tememos ser "carismáticos", como si creer en el Espíritu Santo tuviera necesariamente que manifestarse en modos que son propios de ciertos movimientos católicos o protestantes. "No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en el Espíritu Santo". La razón es muy sencilla porque el Espíritu Santo es el Espíritu de Jesús. El que llenó con su presencia a María y el alma de Jesús, el que lo condujo al desierto, el que descendió sobre Él en el Jordán, el que lo acompañó durante su vida pública, el que le dio la fuerza para vivir la Pasión, el que descendió sobre los apóstoles el día de Pentecostés.

Sólo el Espíritu Santo es quien nos revela quién es Jesús. Por ello, la tradición de la Iglesia hace iniciar las oraciones con una invocación al Espíritu Santo. Una muy conocida y muy usada es: "Ven Espíritu Santo! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!". En la oración, personal o comunitaria, se invoca la venida del Espíritu Santo. El creyente se atreve a llamar al Espíritu para que venga como el día de Pentecostés para llenar el corazón del amor. El fuego que se posó sobre las cabezas de los que estaban reunidos en el Cenáculo simboliza el amor de Dios derramado sobre sus corazones. Así lo percibió San Pablo: "La caridad de Dios ha sido derramada sobre vuestros corazones a través del Espíritu Santo que les ha sido dado" (Rom 5, 5). ¿Y quién no necesita en su vida la caridad del Espíritu para perdonar, para soportar con paciencia situaciones, para renovar su vida, para aceptar desafíos, para luchar el buen combate de la fe?

Comencemos nuestra meditación personal con ésta u otra invocación al Espíritu Santo para que nos ilumine y nos guíe, para nos fortalezca y nos llene de sus siete dones. El Papa Juan Pablo II pedía diariamente en su oración que el Espíritu Santo lo llenase de sus siete dones. Todos los necesitamos en las variadas y cambiantes vicisitudes de la vida. Quien posee esos dones tiene su alma y su faz transfiguradas.

El Espíritu Santo es Dios como el Padre y el Hijo y él es nuestro guía en el camino de la vida espiritual, introduciéndonos en el misterio de la Trinidad a través de sus inspiraciones, consolaciones, mociones, llamadas al alma. Con su presencia la vida de oración se hace mucho más ligera, menos árida, llena de maravillas en el descubrimiento de las personas divinas, de sus misterios insondables de amor para cada uno de nosotros. El Espíritu Santo nos prepara para "las sorpresas divinas", ésas que Dios nos da porque sus pensamientos no son los nuestros y sus caminos no coinciden con los que nosotros nos hemos trazado a priori sin contar con Él.

Sepamos agradecer al Espíritu Santo su presencia gentil y bondadosa en nuestro corazón, sus luces e inspiraciones, sus consolaciones y estímulos para la santidad. De modo discreto y eficaz, Él está ahí, llamando a la puerta de nuestra alma para llenarla de la plenitud de Dios. Si somos hombres del Espíritu, no temamos caminar en el Espíritu.

(fuente: www.la-oracion.com)

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